Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon, etc
Eco
-¿Helga? ¿Dónde estás? ¿Qué haces? Ya es algo tarde…
La voz de su hermana al otro lado de la línea era como uñas rascando una pizarra contra su oído en ese momento –ahora más que nunca– ¿por qué había atendido al maldito celular? Porque había pensado que era él. Aún cuando había visto claramente la palabra "OLGA" su cerebro, estúpidamente, se había negado a aceptarlo… pues bien, era hora de pagar las consecuencias.
-Olga… ¿tienes una idea de lo increíblemente inoportuno que es hablarle a alguien cuando está en medio de una cita, especialmente para saber dónde está, o qué está haciendo?
Casi pudo escuchar el sonrojo de su hermana al otro lado de la línea.
-Pe... Perdón si… si interrumpo… algo…
Casi podía ver la escena triple equis en la mente de su loca hermana mayor. Tenía qué detener eso, o de lo contrario encontraría, al llegar a casa, una colección completa de todos los métodos anticonceptivos del planeta con todas sus variantes, colores y sabores incluidos, y una interminable perorata sobre cómo utilizar ESPECÍFICAMENTE cada uno… con todo y su correspondiente material visual, claro; citas con el ginecólogo, el psicólogo, el sexólogo… todo lo que encontrara que terminara el "ólogo", charlas de mujer a mujer…
Sacudió la cabeza, aterrada.
-La verdad es que no interrumpes nada –confesó. Prefería decir la verdad; Absolutamente CUALQUIER cosa era mejor que el panorama que se presentaba ante sus ojos… excepto, claro, lo que acababa de pasarle con Arnold…
…Hubiera preferido ser enviada a la jaula de los leones hambrientos, mientras Olga le daba su simpósium de sexología, que haber tenido que enfrentar… bueno, lo que había pasado…
…Había hecho llorar a Arnold…
Y sintió que caía de nuevo en ese terriblemente frío y obscuro abismo de tristeza.
La voz de Olga la trajo a la realidad (a la horrible realidad) de nuevo.
-Qué bueno –su voz sonaba muy aliviada, casi podía escuchar su orgullosa sonrisa, de nuevo, del otro lado de la línea –Si quieres que pase por ti cuando te desocupes, me avisas…
-De hecho –soltó ella, al ver que el sol comenzaba a ponerse (¿Cuánto tiempo llevaba ya ahí?) -¿Podrías venir por mi ahora?
oOo
Allí, a lo lejos, la ciudad refulgía y centellaba como un gigantesco árbol de navidad; cuántas veces había visto ese panorama antes… por mucho que cambiara la ciudad, parecía que, de lejos, seguía siendo la misma… Recordó también, por desgracia, lo que había estado sintiendo cada vez que la había encontrado la noche ahí, tratando de aferrarse a ese recuerdo que se había convertido en su santuario… Sí; ya era demasiado grande para refugiarse en un clóset, además de que éste había sido invadido también por la suciedad… en ese tiempo, la casa había sido el mayor pozo de porquería del mundo… Cualquier lugar le parecía mejor que su hogar… Pero ahora, en este momento, comenzaba a sentir que la inmundicia había alcanzado su nuevo santuario… No era que la porquería la fuera siguiendo… era que la llevaba dentro de ella -apretó los ojos- por más que se lo hubiese tratado de negar todos estos años… y había terminado cumpliendo la mayor pesadilla que se presentaba ante sus ojos antaño, cuando se refugiaba ahí: había embarrado de inmundicia también a Arnold… y justamente ahí…
Si cuando echaba a perder las cosas, se aseguraba de hacerlo fenomenalmente bien…
oOo
Tocaron la puerta suavemente.
-¿Arnold?
Era su madre; el chico dirigió los cansados ojos ésta. Al parecer, se había quedado dormido.
-Hijo, sólo quiero… bueno… ¿Está todo bien?
El chico no respondió. ¿Acaso no era demasiado obvio que se lo estaba llevando el demonio?
-Es decir –se explicó Stella, sonaba nerviosa –, físicamente… ¿Estás bien? ¿Helga está bien?
El chico suspiró.
-No nos atropelló un auto o algo así –dijo, y le sorprendió a sí mismo lo ronca que estaba su voz –. Sólo peleamos.
"¿Sólo peleamos?" ¿En verdad había sido sólo una pelea? ¿Habían peleado al menos? Se revolvió el cabello, furioso.
-Vaya… ¿Quieres hablar, cariño? –preguntó ella.
-Ahora no, mamá –soltó él, haciendo acopio de todo su autocontrol para no gritarle que lo dejara en paz.
-De acuerdo –respondió ella –si después quieres hablar… bueno… estaré esperando –dijo, y la escuchó bajar las escaleras sin esperar respuesta.
oOo
Vio el auto de Olga acercarse a lo lejos. Aún seguía sentada contra aquél frondoso árbol, en esa fresca colina que ahora ya estaba fría -¿Por qué no había traído un suéter? Ah, sí. Porque JAMÁS, bajo ninguna circunstancia, se le hubiera ocurrido que su cita iba a terminar así… tal vez hubieran terminado hasta esa hora de haber salido todo bien, pero habría tenido los brazos de él para calentarse…-, mirando las imponentes luces de la ciudad. La voz de su hermana en el camino la hizo ponerse de pie, y entonces se dio cuenta que estaba MUY entumecida (de hecho, apenas y pudo levantarse).
-¿Helga?
-¡Voy! –respondió la aludida, luchando por incorporarse completamente, y, sobre todo, que Olga no la mirara moverse raro, o terminaría ese "maravilloso" día en la sala de urgencias de un hospital, escuchando a la histérica Olga rogando por su totalmente a salvo vida.
-¿Qué haces aquí? –le preguntó, preocupada, una vez que la chica se subió al auto -¿Y sola?
-Arnold estaba aquí –le explicó, mientras su hermana le pasaba un suéter ¿Qué a esta mujer no se le pasaba nada? –pero ya se fue.
-¿Y te dejó aquí sola, en la obscuridad? –inquirió, muy ofendida mientras su hermanita se pasaba la cálida prenda sobre la cabeza...
-No –respondió cansinamente –cuando él se fue, aún había luz…
Olga abrió la boca para responder… Y entonces un evento que rayaba en lo milagroso ocurrió: Cerró la boca, encendió el carro y se dirigió a la ciudad, limitándose a dirigirle una mirada preocupada de vez en cuando.
Helga, como no sabía del todo a quién agradecer, lo hizo con todas las deidades habidas y por haber. Ese silencio, justo en ese momento, era el mejor regalo que Olga jamás le había dado en su vida.
Llegaron al edificio de departamentos, estacionaron el auto y, cuando Olga quiso llamar al elevador, Helga le puso una mano en el brazo.
-¿Podríamos ir por las escaleras? –le preguntó.
-Claro –le respondió simplemente la otra y emprendieron el recorrido vertical, de nuevo, en silencio. Helga había pensado pedirle a su hermana que se adelantara en el elevador, pero de pronto no le había apetecido subirlas sola (eso sin mencionar el hecho de que esta jamás habría aceptado).
Llegaron al departamento y ya se estaba preparando para responder las curiosas preguntas de su madre cuando notó que no estaba.
-¿Y mamá? –le preguntó.
Olga se puso tensa.
-No vendrá a dormir –dijo secamente, dirigiéndose a la cocina.
Helga, a pesar de su tormenta interior, se dio tiempo para sorprenderse; no era muy común que su madre no fuera a dormir… al parecer su relación con ese... ¿Percy? ¿Charlie? como se llamara, iba en serio.
-¿Ya cenaste?
La voz de su hermana resonó entre los muebles del mortalmente silencioso departamento.
-No…
Pensó en mentir y decirle que sí, pero definitivamente no estaba de humor para responder a su interrogatorio alimenticio con un menú imaginario que cuadrara con su estrictísimo régimen… y decirle que no tenía hambre iba a ser aún peor, así que, al parecer, esta noche Olga iba a tener a una hermanita bebé totalmente honesta.
…Esta era una noche de milagros, definitivamente…
…Tal vez Arnold de repente se parara frente a su puerta, con amnesia, creyendo que acababa de volver de su viaje de San Lorenzo…
…Arnold…
-¿Quieres ir a comer por ahí?
Si no hubiera estado tan aturdida, hubiera pensado seriamente que algún ser alienígena había usurpado el cuerpo de su hermana, pero como estaba demasiado agotada para pensar, simplemente aceptó la invitación.
Olga estaba mortalmente seria, al parecer, estaba furiosa de imaginarse lo que su madre andaría haciendo con un hombre que no era su padre; Helga, por su parte, luchaba por tragarse esa pasta que sentía como vil maleza contra su garganta. Le dio un trago al agua, y la sintió como arena.
El sonido de los cubiertos contra los platos retumbaba en su cabeza como campanada; como las estúpidas piedras estrellándose contra el contenedor de basura… Las voces de las personas se le clavaban en los tímpanos, pero, a la vez, le resonaban distantes, huecos… deslavados…
Gracias a Dios que Olga estaba callada.
Volvieron a casa y se bañaron… juntas. Ninguna le preguntó nada a la otra; simplemente llegaron y, sin poner atención a nada, se quitaron la ropa, se ducharon, se pusieron la piyama y se fueron a la cama.
La recámara de Miriam estaba desocupada, pero ninguna reparó en eso. Comenzaba a vencerla el sueño cuando Olga le dio un beso en la frente.
-Ya verás que esto sólo será una pesadilla en poco tiempo –le dijo.
Helga no supo si se refería a su pelea con Arnold o al hecho de que ella no podía aceptar aún la separación de sus padres, y antes de saberlo con exactitud, cayó dormida.
oOo
-El desayuno está listo.
Un delicioso olor a pan recién horneado la despertó, Su hermana la miraba con todo su habitual resplandor; Al parecer, la noche le había sentado de maravilla.
Definitivamente ellas dos siempre iban a ser polos opuestos, porque ella se sentía como si acabara de arrollarla un tren.
-¡Vamos, levántate, dormilona! –Le dijo cantarinamente –ya te elegí algo de ropa.
¿Sería demasiado peligroso decirle que no tenía ánimos de ir a la escuela? La idea de la ambulancia y la voz histérica de Olga la hizo levantarse sin respingar, aunque, si no llamó a emergencias al verla usar la ropa que ella le había elegido sin protestar, cuando en otras circunstancias no la había hecho hacerlo por nada del mundo, tampoco lo haría ante su petición de quedarse en la cama, pero estaba demasiado indispuesta para darse cuenta.
Se puso sin chistar la falda rosa y la blusa de holanes en el pecho, los zapatos de niña buena y, mientras desayunaba, dejó que Olga le hiciera rizos.
Cuando salió del departamento, era una muñeca de porcelana, pero ella ni siquiera se dio cuenta.
Phoebe la miró con los ojos como platos cuando llegó, pero al ver a Olga ahí, comprendió a medias la situación así que se limitó a saludar y a subir al auto con las hermanas Pataki, sin hacer ningún comentario.
La radiante chica las dejó en la escuela y se fue, y como los planes de Phoebe habían estado basados en llegar a la escuela caminando, habían llegado increíblemente temprano.
-¿Quieres dar una vuelta por el jardín en lo que dan el timbrazo? –le preguntó tentativamente, profundamente intrigada por la lúgubre actitud de su mejor amiga, aunque sin atreverse a preguntar nada hasta que se diera una idea de la situación.
-Arnold y yo rompimos –fue la respuesta de ella.
Ok; se había imaginado algo malo, pero jamás algo como eso.
-¿QUEEE? –al diablo con sutilezas.
-Ayer tuvimos una cita –confesó monótonamente –sí, sé que no te dije nada, creo que en el fondo, sabía que iba a pasar algo así…
-¿Y qué pasó? –algo dentro de ella rogaba por que se tratara de una broma de muy mal gusto.
-Dije algo muy estúpido y ahora Arnold me odia… -la shockeada expresión de su amiga fue toda su respuesta –espero que me odie –agregó –todo es mejor que verlo así de triste…
Su voz se quebró justo en el momento en que decidió guardar silencio. Por alguna extraña razón la tarde anterior no había derramado ni una sola lágrima, y si bien se las había ingeniado para no desmoronarse frente a Olga, hacerlo frente a Phoebe, ahí en la escuela, le parecía igualmente humillante.
La pelinegra pareció comprender la situación, porque se limitó a sugerirle que fueran al salón de biología donde compartían la primera clase, y hundió la nariz en sus notas. Helga, sin saber qué hacer, la imitó, aunque, al sonar el timbre de inicio de clases, había leído como treinta veces la misma línea; sin tener idea de lo que decía.
oOo
El chico picaba y revolvía la comida en su plato sin llevarse nada a la boca; a pesar de que había dormido prácticamente toda la tarde y la noche (llorar como una nenaza cansaba, además un extraño sueño, del que no recordaba ya nada, lo había despertado varias veces), se sentía mortalmente sin fuerzas. Su madre le había sugerido que se quedara en la cama cuando había visto su horroroso aspecto en la mañana (por suerte había tenido el suficiente tacto para no preguntarle de nuevo por su vergonzosa actitud del día anterior), pero él se había negado. Cualquier cosa era mejor que estar ahí tirado en la cama sintiendo lástima consigo mismo.
Gerald lo miraba, alarmado, a su lado. A él nadie le había comentado nada, pero dada la expresión que tenía la rubia en la mesa a unos metros de ellos, y la forma en que su novia lo miraba desde la misma, le daba un panorama bastante aproximado de lo que había pasado.
Dos hoyos negros. En ese momento, los rubios eran dos hoyos negros, absorbiendo hacia su infinitamente obscuro interior toda la energía y la luz a su alrededor… e inevitablemente, a ellos también. La cara de su novia, y el hecho de no estar comiendo junto a ella en ese momento, se lo confirmaba.
Un manotazo contra la mesa de las chicas hizo brincar a Phoebe y a Gerald, que tenía la vista clavada en ella, pero Helga apenas levantó la mirada. Arnold, por su parte, pareció ni siquiera oírlo.
-¡Aléjate de mi novio, zorrita! –Una chica alta y bastante bien formada, flanqueada por otras dos chicas igualmente bien formadas y con ropa igualmente sugestiva, miraba directamente a Helga, furiosa. La aludida apenas la miró y regresó la vista a su intacto almuerzo.
-¡Te estoy hablando! –Otro manotazo, más fuerte. El plato de Helga bailó en la mesa, su vaso se volteó. Phoebe levantó el suyo, mirándola recelosa.
Helga suspiró.
-¿Qué se te ofrece? –su voz parecía provenir de un sitio muy distante.
-Tres palabras: Aléjate-de-minovio…
-Esas son cuatro –dijo, desganada, la otra. Phoebe se mordió el labio para no soltar una carcajada.
-Muy bien, chica lista –soltó la otra, dando un cabezazo para apartar el cabello falsamente rubio que le caía sobre los hombros –espero que también hayas comprendido el mensaje… por tu propia seguridad –agregó, al ver que sus intentos por intimidar a la niña de los bucles de oro estaban siendo totalmente infructuosos.
-¿Y tu novio es? –preguntó ella, aunque parecía que la respuesta le importaba lo mismo que los problemas financieros de sus padres a un bebé con cólicos.
-¡¿No sabes quién es mi novio?! –exclamó la otra, casi en shock.
-No sé quién eres tú –soltó la rubia en el mismo tono. Gerald no pudo evitar soltar una risa ahogada, Arnold al fin volteó.
-¡Soy Jena Hanson!
Por toda respuesta, Helga arqueó una ceja.
-¡La capitana del equipo de las porristas!
Helga se pasó una mano por la cara; parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por seguir la extraña conversación.
-Sigo sin saber quién es tu novio.
Jena soltó una carcajada; las otras dos la siguieron, aunque no parecían tener idea de por qué se reían.
-¿En serio eres así de tonta o te haces?
Helga sólo la miró… podría responder tantas cosas a eso… pero no estaba de humor.
-Si no vas a decirme, entonces déjame comer…
Pero una mano había arrojado su plato muy lejos antes de que ésta lo tocara. Se oyó un estruendo y un "estoy bien" a unos metros de ahí.
-¡CHRIS TOMPHSON! –gritó.
La chica se llevó ambas manos a la cabeza, se revolvió sus inmaculados rizos y volvió a mirarla, frustrada.
-¡EL CAPITÁN DEL EQUIPO DE FUTBOL! –exclamó la capitana del equipo de las porristas con los ojos desorbitados, parecía en shock ante la falta de cultura de su contrincante; miró a las otras dos chicas, que soltaron una risita despectiva y muy tonta.
-No sé quién es…-Las manos volvieron a su cabeza ¿Por qué no sólo le daba una paliza a ver si así cerraba la boca?
…Porque no tenía fuerzas ni para comer: por eso.
-¿Alto? ¿Fornido? ¿Moreno, ojos verdes, cabello rapado?
-Sí… ese –soltó Helga de pronto. En verdad lo había recordado, pero hubiera dicho lo mismo aunque no –. No he salido con él –reconoció, dejando caer el pecho sobre la mesa.
-¡Pues él habla de ti todo el maldito tiempo!
-Me ha invitado varias veces a salir, pero yo no he aceptado –explicó ella perezosamente.
-Pues no hace otra cosa que mencionarte todo el día con sus estúpidos amigos…
-¿Por qué no entienden que ese no es mi proble…
-¡ES TU PROBLEMA! –Otro manotazo, pero como Helga había tenido esta vez la cabeza contra la mesa, la había lastimado –¡Es tu culpa por andar por ahí, revolcándote con medio mundo!
Tal vez había sido la última frase, tal vez el golpe, pero Helga la miraba mucho menos aturdida en ese momento.
-¿Perdón? –soltó, por primera vez con algo de interés en la mirada.
¿Dónde rayos estaban metidos los maestros? Esto pintaba terriblemente mal.
-Tengo noticias para ti, pequeña perra –siseó la otra, acercando la cara a la de ella, con los ojos entornados –la razón por la que todos los hombres en esta escuela parecen estar obsesionados contigo…
Algunas sillas se movieron un poco; el comedor, que se había sumido poco a poco en un silencio sepulcral, de pronto comenzó a zumbar como un panal de abejas. Arnold miraba con interés la situación, pero no parecía dispuesto a intervenir en lo absoluto.
-Hay una apuesta sobre tu cabeza –soltó Jena con una sonrisa triunfal –. Cada vez que aceptas salir con alguien, apuesta diez dólares, y como eres tan zorra que ya te has revolcado con toda la escuela, ya hay demasiado dinero de por medio.
-¿Y cuál es el punto de esa apuesta? –preguntó una de las otras porristas, confundida.
La otra la miró un momento, parecía no haber pensado en eso.
-Necesitan una foto –la ayudó la tercera –creo…
-¡Así es! –Soltó, triunfal, la capitana –El que te haga la cosa más asquerosa, gana el dinero.
Una silla se arrastró con fuerza, un chico se dirigía a toda velocidad a la mesa de Phoebe y Helga; era un chico alto y delgado, de cabello castaño y ojos grises; el chico del club de literatura: Elliot.
-¡Cierra tu sucia boca! –Le gritó –es verdad lo de la apuesta –agregó, mirando avergonzado a Helga, pero esta apenas pestañeó, impávida –pero Helga no es una cualquiera; no juzgues a todos como si fueran tú.
La aludida dio un paso hacia atrás; abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua.
-Sólo porque tú ya te metiste con todo el equipo de futbol y de beis, no quiere decir que ella lo haga también, de echo –de nuevo miró a Helga –ella es la chica más decente que he conocido –luego levantó la voz, mirando hacia las mesas –para que lo sepan, la apuesta es sólo darle un beso, y hasta el momento, nadie lo ha logrado.
Al fin un profesor asomó la cabeza hacia la cafetería, al verlo, las tres porristas desaparecieron de vista tan repentinamente como habían llegado; Elliot se sentó a la mesa de las muchachas.
-Helga, yo… -comenzó, apenado.
-¿Está bien mañana a las ocho? –lo cortó ella, sin quitar la cara de indiferencia –. Había pensado más tarde, pero luego recordé que voy a almorzar con mi papá, así que desayunaremos juntos, ¿te parece?
El chico, aturdido, asintió y se alejó de la mesa. Phoebe apoyó su plato de nuevo sobre esta y le pasó la mitad de su sándwich a Helga, quien inmediatamente le clavó los dientes. Y, así como empezó, la tormenta se disipó…
…Al menos, de momento.
La siguiente clase tenían matemáticas, juntos.
…Y eran compañeros de equipo.
Helga sintió el alma caérsele hasta los pies cuando recordó que iba a tener qué pasar cincuenta minutos de frente a él, tratando de salvar sus futuras calificaciones (como si éstas le importara justo ahora)
Tomó su lugar y, un minuto después, lo hizo el rubio, del otro lado del salón.
La chica se llevó las manos a la cabeza… ¿Qué acaso no lo recordaba?
-Vallan con sus parejas –les ordenó el profesor apenas puso un pié dentro del salón.
De reojo, vio al rubio posar su vista sobre ella durante un segundo, y después, arrastrar la silla perezosamente hasta ponerse delante de ella. Tenía la vista clavada en el libro cuando lo escuchó tomar asiento.
-Página 57, por si no lo recuerdan. –Les aclaró el profesor.
Alguien preguntó algo referente al ejercicio; el profesor, a su vez, respondió otra cosa. Ella no podía despegar la vista del texto, aunque no tuviera idea de qué rayos estaba leyendo una y otra vez. Lo escuchó suspirar cansadamente, abrir su mochila y sacar su libro, luego lo escuchó bostezar y rasgar el lápiz contra el papel…
Y así pasó la clase. Luchando por no toparse con su mirada; luchando por no estallar en llanto al sentir la proximidad; el aroma de su cuerpo… luchando por hacer como que trabajaba cada vez que el maestro pasaba por su lado.
Lo que no recordó, era que ese día había qué entregar el producto final.
-¿Y esto? –Preguntó el profesor, a los dos chicos que deliberadamente evadían su vista –Helga –dijo clavando la mirada en esa bonita rubia alta y delgada, que si bien era bastante temperamental, obstinada y rebelde, le veía demasiado potencial –me prometiste que harías un trabajo final impecable esta semana, para compensar todas las faltas que tuviste el mes pasado.
-Lo sé –soltó ella, incapaz de mirarlo a los ojos –, lo siento.
-¿Lo siento? ¿Es todo lo que tienes qué decirme? –preguntó él, mostrándole el trabajo que descaradamente acababan de entregarle, exactamente donde mismo que lo habían dejado la clase pasada, sólo con algunos borrones nuevos –Lo siento, Pataki –dijo, acomodándose los anteojos al tiempo que negaba con la cabeza –me temo que tendré que citar a tus padres para informarles de todas las infracciones que has cometido en mi clase… y explicarles por qué te reprobaré…
La chica se encogió de hombros.
-Hágalo, por favor –soltó tristemente, al tiempo que se daba la vuelta –, es poco comparado con lo que realmente merezco –y salió del salón.
El profesor la miró atónito, sin dar crédito a lo que acababa de pasar ¿Era esa la misma chica que, apenas el lunes, le había rogado por otra oportunidad, luego de saltarse varias de sus clases? ¿Era esa misma chica que le había jurado que podía cambiar, que se lo demostraría? ¿La misma que había estado trabajando como loca y de manera tan impecable durante toda la semana, que lo había hecho considerar seriamente borrar todas esas faltas de la lista y subir su calificación de un mediocre siete a un respetable nueve y, de seguir así, subirle hasta el diez que sabía que era perfectamente capaz de lograr?
Dirigió su mirada hacia ese chico nuevo que también le había parecido tan prometedor.
-¿Qué tiene usted qué decir al respecto, señor? –le preguntó, recargando la barbilla en sus dedos entrelazados.
-Supongo que puede reprobarme también –soltó el joven en un tono tan cansado, que lo asustó. Luego se dio la media vuelta y siguió los pasos de su infame compañera de trabajo.
¿Qué rayos pasaba con los jóvenes de ahora?
Ella desaparecía en una esquina en el momento que salió del salón; le temblaban las piernas. Esa, definitivamente, había sido la peor tortura por la que podría haber pasado. Tenerla casi una hora ahí, frente a él, provocándole tantas emociones encontradas, creando una tempestad aún mayor (sí, era posible) dentro de él… Eso había sido infinitamente peor que esa noche, en su cuarto, cuando se preguntaba qué rayos haría ahora con el resto de su vida… Su presencia dolía infinitamente más que el recuerdo y, al menos, en su cuarto había podido llorar…
-¡Arnold!
Brincó hacia atrás, aterrado, con el corazón retumbándole contra los oídos. Por el amor de Dios; qué manera tan ruda de bajarlo de su nube…
-Lo siento, no quería asustarte…
Con la mano aún sobre el pecho, levantó la vista para saber a quién pertenecía esa femenina voz que casi le había provocado un infarto.
Duró un par de segundos para reconocerla, pero cuando lo hizo, se quedó sin aire de nuevo… Ese viaje a Francia sí que le había sentado bien…
El largo cabello cobrizo, por primera vez libre desde que él tenía memoria de conocerla, de desparramaba en suaves y a la vez salvajes ondas sobre sus hombros tapando a medias sus bastante prominentes pechos; enmarcando sus pecosas e increíblemente bien proporcionadas facciones; sus dientes, derechos y refulgiendo como perlas tras los sonrientes labios tan rojos como el fuego; como su cabello, y los castaños ojos mirándolo de una manera tan penetrante que casi doblaba las piernas.
Si bien en Helga (oh, Helga), su ropa nunca había llamado su atención, la de ella simplemente no podía pasarse por alto. Era de una sofisticación y buen gusto nada normal en una chica de dieciséis años; mientras las demás se enfundaban en comunes jeans y blusas medianamente bonitas, (como… bueno, su tormento rubio) o rayando en el mal gusto y la vulgaridad para llamar la atención del sexo opuesto, (como esa tal Jena), la pelirroja enfundaba su bondadosa figura en una elegante falda recta a una altura bastante equilibrada de las rodillas, con unas botas cafés con tacón de aguja (al parecer, de piel) a la altura de estas, un ligero y sofisticado saco sobre una blusa de seda y… ese cabello… definitivamente ese llameante cabello era su mejor accesorio.
-Lila –balbuceó él, aún presa del asombro –luces… wow…
-¡Tú también luces "wow"! –Exclamó ella, divertidísima –mira qué alto estas… y tan guapo…
Se sintió como un reverendo idiota cuando el calor le abrasó las mejillas.
-¿Cuándo llegaste? –agregó la chica, con su amplia y brillante sonrisa grabada en piedra en su blanco rostro.
-Podría preguntar lo mismo –dijo él, forzándose (aunque no tanto) por sonreír.
-Yo llegué anoche –respondió ella.
-Yo el domingo –respondió a su vez él.
-Entonces, bienvenido –soltó, al tiempo que le extendía la mano.
-Igualmente –dijo a su vez él, respondiéndole el saludo.
-Hay definitivamente tantas cosas de qué ponernos al corriente –exclamó ella, mientras se echaba atrás con una maestría impresionante el cabello que le caía sobre el hombro derecho.
-Sí –respondió simplemente él.
-Tal vez te gustaría venir a mi casa mañana –formuló de pronto la chica –, trae a Helga –agregó inocentemente, y él sintió su estómago tratando de deshacerse a sí mismo en ese momento –podemos hablar de nuestros solitarios viajes de autodescubrimiento.
Él sólo sonrió, sin saber qué responder. Cuando menos lo pensó, la chica había tomado su mano y plasmaba en ella, con un elegante bolígrafo, una aún más elegante y pulcra letra que le dejaba saber su nueva dirección.
-Vengan a la hora que quieran –dijo –planeo estar en casa todo el día.
Y, sin agregar nada más, se retiró con paso veloz.
El chico se quedó como un tonto en medio del pasillo viéndola alejarse. ¿Esa era Lila? ¿La dulce niña campesina que se había robado su corazón por aquél corto periodo de tiempo en la primaria? Y, honestamente, jamás se habría imaginado que la naturaleza le otorgaría semejantes curvas… Y esa forma de hablar. ¿Dónde había quedado su lindo acento sureño?
…La palabra "lindo" definitivamente ya no pegaba con ella… y si antes asustaba a los chicos con su perfección… ahora sería el diablo en persona…
"Todo estaba mal con esa chica" esa voz… oh, esa voz, retumbó en su cabeza, y una extraña mezcla de dolor y fascinación se apoderó de él… ¿Mal? No… esa palabra, definitivamente, tampoco pegaba para nada con ella
oOo
-Oye, ¿ya viste a Lila? –le preguntó Gerald a su amigo, cuando caminaban de regreso a casa.
Su amigo lo miraba con los ojos como platos, él asintió, levantando las cejas.
-La vi –confirmó.
-Wow… -soltó él –nunca me imaginé que las feas niñas que recuerdo de la primaria se convirtieran en… bueno, lo que son. ¿Recuerdas lo extraña que era Sheena, tan exageradamente alta y con esa nariz larga y extraña? Y sólo mírala ahora... pero a pesar de lo mucho que han cambiado todas (lila es el ejemplo más estremecedor) –agregó, fingiendo un escalofrío –mi favorita siempre será… -y se cortó justo ahí al recordar la actitud de su mejor amigo toda esa mañana.
Caminaron en silencio por un buen rato, su amigo se había enfurruñado aún cuando él no la hubiera mencionado –al menos no la había mencionado literalmente… No sabía cómo abordar el tema con delicadeza, pero como igual sabía que saldría tarde o temprano, y muy probablemente en un momento aún más inoportuno, simplemente lo hizo.
-Creí que ibas a saltar a defender a tu chica. –Dijo simplemente; el aludido sólo clavó la vista en el suelo, sin pronunciar palabra –Viejo –soltó, mirándolo apenado –sé que tú y Helga pelearon, pero el que otro haya tenido qué ir a defenderla se vio mal.
-Helga no necesita ser protegida de alguien como esa tal Jena –Soltó el otro, con las manos metidas en las bolsas de los pantalones y la mirada clavada en el suelo.
-Aún así… -sacudió la cabeza, Arnold tenía razón, pero… -¿Fue algo muy grave? –Le preguntó –lo digo porque, en otras circunstancias, Helga habría jugado con la cabeza hueca de esa chica de tal manera que la habría echo orinarse en el mismo comedor si hubiera querido… y tú, por menos de la mitad de lo que le dijo, habrías saltado a defender su honor, aunque lo niegues…
-Creo que terminamos –respondió secamente el otro
Gerald se quedó sin aliento, pero supo que no era broma; casi podía ver la obscuridad brotando del señor luz de sol en ese momento.
-¿En serio? –inquirió, incrédulo.
-Le dije cosas horribles –soltó el otro –y ella también…
-¿Y qué harás ahora? ¿No hablarle durante otros cinco años, en los cuales me bombardearás a mí con preguntas sobre ella cada vez que hablemos, para luego hablarle otra semana y volver a lo mismo? –Sacudió la cabeza, molesto. Ese par en verdad eran una espina clavada en el trasero –tal vez tú puedas con eso, pero yo no, y Phoebe tampoco, por cierto.
El rubio lo miró de una forma tan obscura que le provocó un escalofrío.
-Lamento profundamente que mi problema sea una molestia para ti y tu perfecta novia…
-¡Hey! –Exclamó el otro, levantando las manos –no mates al mensajero…
-Creo que de aquí me voy solo –soltó el otro chico.
-De acuerdo –asintió Gerald –llámame cuando pierdas las ganas de romper todos los lazos importantes en tu vida…
Y se dio la media vuelta y se alejó. No estaba molesto con él, Arnold lo sabía, pero tenía razón, era mejor que lo dejara solo por un buen rato...
Porque sí, en ese momento, tenía ganas de hacer muchas cosas desagradables… como romperle la cara, a ese tal Elliot, quien, a pesar de la situación, iba a salir mañana con Helga, a las ocho… No es que no lo hubiera deseado ya antes…
oOo
Luego de otra tarde de tortura psicológica y otra horrible noche asediado por ese extraño sueño, del cual, de nuevo, no recordaba un carajo, fue levantado por la voz de su madre, no sugiriéndole, sino ordenándole que bajara a desayunar. La tarde anterior le había permitido comer en su cuarto, y lo había excusado esa noche de no cenar, pero, al parecer, ya había rebasado su límite de tolerancia. Por fortuna, no fue tan malo como creyó. El chico se levantó de mala gana y llegó a la mesa, escuchando algunas bromas ocasionales de algunos de los inquilinos sobre su mal humor y su falta de apetito hasta que no quedó nadie en el comedor más que él. Al parecer, nadie sabía sobre "su incidente" o más bien, a nadie le había importado… O los habían obligado a que no les importara… Stella podía ser aterradora cuando se lo proponía…
-¿Mala racha, Kimba? –le preguntó su abuela al tiempo que recogía los platos de la mesa y los metía en una sucia red, con su casco de exploradora puesto.
-Sí, abuela –soltó, cansado, revolviendo los fideos intactos en su plato, con la cabeza recargada en su mano libre.
-¿Esa amiguita tuya, la rubia de una ceja, te sacó de tus casillas de nuevo?
La voz de su abuelo le llegó desde la sala.
-¡Phil! –escuchó a Stella susurrar, también desde la sala.
-Oh, no es para tanto –respondió éste entre risas, dando un manotazo al aire, mientras entraba en el viejo comedor, seguido de cerca por su nuera –ustedes llegaron tarde a la película,- dijo, divertido mientras le ponía una mano en el hombro a su nieto –Si los hubieran visto cómo empezaron –dijo, moviendo la cabeza hacia los lados, con una desdentada sonrisa –no siempre las cosas fueron miel sobre hojuelas… -le dio un apretón.
-Esta vez no quiero hablar de eso, abuelo. –soltó el chico, molesto.
-¡Recuerdas cuando te puso una cola de ave? –le preguntó, divertidísimo, ignorando olímpicamente la opinión del joven.
-Sí…
-¿Y recuerdas que le vaciaste un bote de pintura encima?
Stella se llevó una mano a la boca.
-Sí…
-¿Recuerdas lo que hiciste después?
-Sí…
-¿Qué fue, Arnold?
El chico no respondió.
-Vamos, hombre pequeño, tú puedes con esta –le dijo, zarandeándolo levemente.
-Llamé a su casa…
-¿Y?
-Y… -suspiró –me disculpé…
-Ahí lo tienes –dijo, dándole una palmada.
-¿Dices que debo disculparme? –preguntó, molesto. Su abuelo arrastró la silla a su lado y se sentó –Eres un chico listo –le dijo, aún encantado.
-No lo haré –soltó el otro, enfurruñándose sobre la mesa.
-¿Por qué no? –preguntó.
-No fue mi culpa –respondió secamente, con un puchero. Si hubiera podido verse en un espejo, se le habría caído la cara de vergüenza ante lo infantil que lucía.
-¿La vez de la cola de ave lo fue? –El interrogatorio no iba a cesar hasta llegar a su punto.
Parada en la entrada del cuarto, Stella, quien había lucido aprehensiva en un principio, ahora los miraba con un interés casi científico.
-No.
-Y aún así, lo hiciste, ¿recuerdas por qué?
Por toda respuesta, Arnold resopló sonoramente, escondiendo la cabeza entre los brazos. El abuelo no dejaba de sonreír.
-Bien… -soltó, al ver que su nieto no iba a responderle –tal vez para ti, que viste tantas cosas en tus viajes, terminaste por olvidar ciertos detalles de tu aburrida vida aquí, pero este vejestorio, encerrado en estas viejas paredes, sólo se ha dedicado a recordar –dijo, con su huesuda mano de nuevo en el hombro de su nieto.
-Ahí te va una más difícil –dijo –¿Recuerdas cuando tenías cinco años, y llegaste del jardín de infancia con un gorrión herido?
Arnold frunció aún más el ceño, pero esta vez, tratando de recordar.
-Sí… -soltó al fin, pero este "sí" no tenía ni por asomo las molestas connotaciones de sus antiguas afirmaciones; parecía estar cayendo en cuenta de algo, por fin.
-¿Recuerdas que lo estuviste cuidando estoicamente toda esa tarde, cómo le diste de comer, e incluso lo arropaste en la noche? –Los labios de Arnold comenzaron a estirarse de pronto -¿Recuerdas que incluso le pusiste nombre?
-Señor pájaro –respondió él, por fin comenzaba a sonreír –qué original.
El viejo volvió a reír. Ninguno de los dos lo notó, pero su muda observadora, en esos momentos, tenía lágrimas en los ojos.
-¿Recuerdas lo que pasó en la mañana? –preguntó, poniéndose serio de pronto.
-El señor botas se lo comió –respondió el chico, serio también.
-Cómo lloraste por tu gorrión, ¿recuerdas? Tu abuela, tratando de animarte, dijo que castigaría al tonto gato por su mal comportamiento. ¿Qué le respondiste tú, Arnold?
El chico lo miró un momento. Un nudo se había formado en su garganta…
-Que no lo hiciera –soltó –le dije que había sido mi culpa por no cerrar bien la puertita de la jaula en la mañana.
-Y agregaste un "además" ¿recuerdas? –El viejo parecía estar en medio de una batalla de pesca.
El chico se quedó como en trance un mayor rato esa vez.
-Dije: "además, los gatos comen aves; no puedes castigar a un gato por comportarse como un gato…"
-Me dejaste atónito esa vez –exclamó el viejo, mientras le daba un leve abrazo, feliz de haber llegado a su objetivo, al chico que parecía poco a poco caer en el limbo. A unos metros de ellos, una orgullosa mamá se secó la nariz discretamente.
-Tienes razón, abuelo –dijo al fin. Los ojos brillantes de repente –Helga es así. No puedo molestarme con ella por hacerme sentir mal; porque eso es lo que siempre hace… y no lo hace porque sea mala…
-¡Igual que el gato! –exclamó el viejo, lleno de júbilo.
-Igual que el gato –repitió él, contagiado por la risa de su abuelo. Lleno de juventud de nuevo, se puso de pie de un brinco y le besó la calva cabeza, luego corrió con su madre, que era toda sonrisas también y le dio un fuerte abrazo.
-¡Eres el mejor, abuelo! –exclamó, para luego perderse escaleras arriba.
El viejo se recargó en el respaldo de la silla a saborear su victoria. Su nuera, aún en el marco de la puerta, lo miraba con renovada admiración… Definitivamente, era una bendición que ese hombre hubiera estado tan presente en la vida de su hijo cuando ellos no estaban… y ahora que estaban, también…
El chico se dejó caer en su cama, pero esta vez, reía. Aún no entendía por qué, pero sentía el pecho ligero como una pluma.
Helga había dicho lo que había dicho, y lo que le había echo ver el abuelo no había cambiado su significado: Aún quería decir que si ella lo había adorado de esa manera (esa adoración que él tanto adoraba); se había debdo solamente a que se estaba reflejando en su persona el amor imposible hacia su familia. Lo sabía. Ahora ella abiertamente amaba a su familia, pero, rayos… ¿No lo amaba a él también? Porque cada vez que la besaba, incluso en cada mínimo acercamiento… caramba; esas cosas no se podían fingir, por mucho que se intentara… no de esa magnitud, al menos… y la cita del día anterior… ella le había demostrado con hechos que se sentía feliz con él… ¿Y qué más daba si ya no era la persona más importante en su vida, si ya no era la única? ¿Era demasiado terrible tener qué compartir su amor con los demás?
…Él amaba que ella estuviera rota… Ella había tenido una razón contundente en eso. Y él se había encargado de hacer realidad su más profundo temor, ese que ella acababa de confiarle, al reaccionar como lo había hecho…
Incluso había tildado de "mierda" a su relación…
Qué reverendo pedazo de imbécil era…
Recordó su cara aterrorizada, mirándolo, como si la vida estuviera escapándosele por los ojos… Y él, totalmente ciego, escapando, dejándola sola una vez más…
Se puso de pie. Tenía qué encontrarla; tenía qué disculparse EN ESE PRECISO MOMENTO por ser reverendo imbécil… tenía qué demostrarle que, sin importar de la forma en que lo amara, él la aceptaría, porque no había nada peor que tenerla a unos centímetros apenas y no poder ni mirarla a los ojos…
Salió del cuarto y miró su reloj: eran las diez. Seguro Helga estaba aún en la cita con ese tal Elliot, así que iría a su departamento a preguntarle a Olga dónde podía encontrarla.
Y ahí estaba: El edificio de departamentos.
Apresuró el paso. El estómago le ardía de nuevo, pero esta vez, era una sensación agradable.
…Y ahí estaba ella, en la entrada. Y junto a ella, el delgado muchacho sonriente.
Ya había visto esa escena hacía unos días, y ya sabía cómo terminaba, sólo que ahora la luz los bañaba por completo. En cuanto la puerta se le estrellara en la cara al idiota ese y se retirara justo como y por donde había llegado –iluso-, él la alcanzaría y ahí, frente a su familia, le diría todo lo que la amaba –por más avergonzada que esta se sintiera- y entonces él…
Momento.
¿PERO QUÉ DEMONIOS?
Sí. Sus ojos no lo engañaban; estaba lo suficientemente cerca y había la suficiente luz como para que esto se tratara de un malentendido.
Ahí, a la entrada del edificio, una linda rubia cerraba los brazos alrededor del cuello de un igualmente lindo castaño… y lo besaba…
En la boca…
Ok. Al demonio con su linda y angelical niña que no hacía cosas malas. Al menos, no con intención.
¿Qué así era ella? Al demonio; Que ella y todo su trágico mundo se fueran al infierno. Ya bastaba de llorar como un pelmazo.
Al fin y al cabo, una increíblemente hermosa pelirroja estaba esperándolo en su casa.
oOo
-¡Arnold, viniste! –la chica lo miraba con una gran sonrisa. Su cabello seguía salvajemente suelto, pero su maquillaje y ropa elegante ya no estaban. Tenía puesta una camiseta lisa de algodón y unos cómodos shorts (aunque tal vez un poco demasiado cortos) y estaba descalza.
Se hizo a un lado para dejarlo pasar, y luego cerró la puerta tras ella.
Lo guió hacia una linda sala y retiró una sábana que cubría el sillón más grande (casi todos los muebles estaban cubiertos, ahora que lo veía con detenimiento).
-Perdón por el desorden –dijo, riendo –pero es que la casa ha estado totalmente sola por tres meses, se echó el cabello tras la oreja derecha y le pasó un cojín, al tiempo que se sentaba, subiendo los pies y abrazándose las rodillas –ponte cómodo –dijo, señalando el resto del amplio mueble, el chico se sentó.
-¿Te ofrezco algo de tomar?
El chico negó.
-Gracias –dijo, con una mueca que intentaba ser una sonrisa.
-¿Y Helga? –preguntó de pronto.
Arnold sintió como si le hubieran dado en la cabeza con un martillo.
-En algún lugar –respondió secamente –disfrutando de la vida con un tal Elliot.
Curiosamente, Lila pareció sentir lo mismo que él al escuchar ese nombre.
-Oh… -sólo atinó a formular –Creí que… bueno –enlazó los dedos, mirándose las rodillas –que cuando volvieras tú, ella…
-Sí, yo también… -soltó él.
Pasaron unos diez minutos en un silencio asfixiante, Cada uno demasiado metido dentro de sus propios pensamientos para caer en cuenta de la tormenta interior del otro.
-Yo solía salir con Elliot –soltó de repente.
-¿Sí? -en verdad estaba extrañado; ¿Qué diablos le veían a ese tipo?
-Ajá… de hecho –agregó, por fin mirándolo a los ojos –fui su novia durante un año completo…
Arnold la miró, pasmado. Los claros ojos de la chica mostraban un profundo pesar.
-¿Y qué pasó? –preguntó. ¿Por qué no seguía junto a ese monumento de mujer, en lugar de andar tonteando por ahí junto a la única chica de quien se había enamorado como un loco?
-Él me dejó –confesó ella, y en verdad parecía dolerle el recuerdo –me dijo que no era justo para mí que me hiciera seguir perdiendo el tiempo si estaba enamorado de alguien más…
-¿De quié… -Pero ni falta hizo no completar la cuestión; la mirada de ella fue contundente.
-¿De ella? –preguntó, anonadado.
-La historia de mi vida –soltó la chica, junto con un suspiro –Después de un año de rondarla, justo un día antes irme a Francia, me confesó que iba a darse por vencido con Helga, porque estaba seguro que, aunque no lo dijera, ella amaba a otro –para mí fue más que obvio de quién se trataba, aunque no le dije nada-… yo pensé que al volver podríamos retomar nuestra relación…
-La historia de nuestra vida –soltó Arnold, desinflándose.
Otro rato de triste silencio.
-¿Quieres una cerveza?
El chico casi se cayó del sillón.
-¿Una cerveza? –preguntó, incrédulo. ¿En verdad esa era Lila?
-Sí –soltó ella, poniéndose ágilmente de pié.-también tengo algunas botanas –sacó una enorme bolsa de frituras, y entonces recordó a Helga y su resolución por la dieta extremadamente saludable.
…Y, por primera vez, se sintió más cómodo con Lila…
-De acuerdo –dijo él, tratando de hacer a un lado a esa rubia que tantos dolores le había provocado en tan corto tiempo.
Y así, cerveza tras cerveza, hablaron cada uno de sus respectivos viajes, de sus vivencias, de las personas que habían conocido, de los nuevos amigos; de cosas que se habían quedado para siempre con ellos… De vez en cuando, se encontraba a si mismo deseando haber podido platicar así con Helga, pero trataba de sacar la idea de su cabeza con más alcohol. Ese que en un principio le había parecido repugnante, pero que, botella tras botella, le parecía cada vez más apetecible.
oOo
-Aún tienes once años –le espetó ella; el aliento alcohólico estrellándosele en la cara al tiempo que le daba con el índice en la frente.
-¿Eh? –balbuceó él.
-Eres un niño –le explicó, las enrojecidas mejillas le daban un aire, irónicamente, infantil –volviste con la misma edad que te fuiste de tu viaje…
-¿En serio? –Preguntó él -¿Por qué lo dices? –Aunque no era un gigantón, comparado a como era a los once, había crecido más que la gran mayoría…
-Sigues siendo un lindo, un buenazo y un inocentón –le espetó ella –no maduraste nada en este tiempo, me doy cuenta ahora que te escucho hablar…
Arnold arrugó la nariz.
-No es verdad –dijo –viví más cosas en estos años de las que había vivido o de las que viviré nunca.
Ella negó tranquilamente con la cabeza.
-Eso es cierto a medias –dijo –viviste muchas cosas, sí. Pero nada significativo; nada que te obligara a madurar…
Arnold sólo la miró.
-No me entiendes, ¿verdad? –soltó, riéndose, con la vista clavada en el rojo mechón que enredaba en su dedo.
-Creo que no –dijo él, levantando una ceja.
-Mira a Helga –dijo, y levantó una mano antes de que este pudiera decir nada -sé que no quieres hablar de ella, pero no se me ocurre ningún mejor ejemplo –era tan insegura –dijo –; era tan infantil… creo que se quedó en una etapa muy temprana de su vida, y se había negado a madurar, por miedo a lo que encontraría si analizaba las cosas con madurez –meneó la cabeza.
Arnold recordó lo mucho que ella detestaba que la psicoanalizaran "psicología barata" casi la escuchaba decir.
-Pero después de estar a punto de morir… -le dio un trago tan largo a su botella que la vació –porque aunque no quisieran que se supiera, estuvo a punto de morir –le aseveró a la horrorizada mirada del rubio –cambió –agregó –ese fue su viaje de auto descubrimiento; se le notó hasta físicamente. Te juro que cuando la vi regresar, me quedé alucinada. Helga siempre me pareció interesante; una de las pocas personas interesantes de ese tiempo, si me lo permites –soltó, mirando fastidiada hacia otro lado.
-¿En serio? –Preguntó el chico –parecías llevarte tan bien con todo el mundo…
-Fingía –reconoció llanamente ella –todos me parecían una panda de inútiles y fofos sacos de huesos sin cerebro…
Arnold la miró, impresionado. Más que por sus palabras, por lo mucho que Helga había atinado sobre ella… ¿Cómo era que nunca se habían hecho amigas? Eran tan parecidas…
Helga y Lila parecidas… Definitivamente, el mundo estaba loco…
-Tú fuiste una de las pocas personas interesantes que encontré en la pública 118 –dijo, mirándolo de manera extraña –sabía que tú no estabas loco por mí, y me preguntaba por qué. Luego se dio la oportunidad de salir contigo, con aquél tonto mural en la pared… era tan obvio que tú no lo habías escrito… -se rió –pero aproveché la oportunidad para obligarte a salir conmigo, para conocerte…Y cuando lo hice, me di cuenta que eras tan buen niño en todo sentido, que, honestamente… comenzaste a aburrirme; si te soy sincera… -soltó, con una sonrisa levemente fastidiada -Hasta que me mandaste al infierno… -agregó y se rio con más ganas, pero luego se puso seria –pero después comenzaste a acosarme, y eso mató el encanto –se encogió de hombros.
-Jamás me imaginé que fueras así en realidad –confesó él, azorado, ella sonrió.
-Yo también tenía mis mecanismos de defensa… al igual que tú y Helga, yo tampoco tenía padres…
Arnold no necesitó preguntar por Helga; era demasiado obvio que las personas que vivían con ella bajo su mismo techo nunca habían actuado como tal…
-Tres huérfanos con los padres vivos –agregó, con una amarga risa esta vez.
-¿Tu madre está viva? –inquirió él. No sabía de dónde lo había escuchado, pero siempre había sido un echo para él que la madre de la pelirroja estaba muerta y enterrada desde hacía mucho tiempo.
-¿Pensabas que estaba muerta? -Adivinó, divertida –no te preocupes. La gente suele suponer que la única manera que existe de que una madre deje a sus hijos, es muerta, -sacudió la cabeza –y es por eso que el mundo entero, o al menos, la mayoría, vive en un mundo de fantasía y por eso su caída hacia la realidad suele ser tan estrepitosa.
Arnold no emitía sonido. Estaba fascinado.
-Nosotros vivíamos en una granja –le explicó –ya sabes: vacas, puercos, gallinas… kilómetros y kilómetros de suelo verde y naturaleza indomable… Solíamos ser una familia muy unida… hasta que mi padre comenzó a pasar por una mala racha… una mala racha que se extendió por más de un año… mi padre, un día, harto de la tonta granja, fue a la ciudad –que resultó ser esta ciudad- a buscar trabajo. Recuerdo que era muy temprano, mi padre había pasado a mi cuarto a despedirse y, me estaba quedando dormida de nuevo, cuando mi madre entró a mi cuarto, me destapó los pies y comenzó a ponerme unos zapatos… Yo le pregunté qué hacía, y me dio que íbamos a dar un paseo… -negó con la cabeza; el cuello de la botella apenas sostenido entre sus laxos dedos –Pero yo supe la verdad apenas vi sus ojos: iba a abandonar a mi padre, y quería llevarme con ella. Yo me negué, y le dije que jamás abandonaría a mi padre. Primero me rogó para que la siguiera, trató de explicarme lo injusto que era para las dos, según ella, que estuviésemos sufriendo por la falta de eficiencia de mi padre… luego me lo ordenó… luego me amenazó con llevarme a la fuerza –una negra sonrisa surcó su repentinamente cansado rostro –le dije que si lo hacía, iría con el primer policía que viera y le diría que me había secuestrado… esa cobarde… -otro largo trago –entonces llegó un auto, y ella me rogó por última vez que la acompañara; yo me negué de nuevo… cuando subió al coche con ese hombre (su amante, claro) me lo pidió una última vez… Lloraba. Yo me quedé en el marco de la puerta, mirándola. Jamás pensé que se fuera a ir sin mí… pero lo hizo…
…Y así fue como salí del promedio de la ilusa mayoría de la gente; eh ahí por qué ya no toleraba, después, a los que alguna vez fueron como yo. Pero, a la vez, tratando desesperadamente de verme como ellos… Que no se enteraran, ni por asomo, de lo que realmente pensaba… tal vez, en el fondo, tenía miedo de que me dejaran, como mi sacrosanta madre lo había echo…
Arnold estaba pasmado. Nunca se hubiera maginado que esa eternamente inmaculada sonrisa –palabras de Helga- hubiera ocultado un secreto tan profundo…
-Ahora estás bien –sólo alcanzó a decir.
Ella sonrió, su mirada de vuelta a la realidad.
-En Francia conocí a muchas personas… cada una me enseñó, a su manera, a ser yo misma; a que me importara un bledo lo que pensaran los demás –se encogió de hombros, luego se puso de pié para ir por otras dos botellas, al tiempo que se desperezaba –quiero ser una de esas personas para ti, Arnold –dijo, clavando sus ojos en los de él al tiempo que le pasaba la nueva botella –quiero ayudarte a que dejes de pensar lo mejor de las personas, o terminarás mal –se sentó en su lugar –mira a mi padre –dijo, sonriendo tristemente –ahora es exitoso, tiene dinero, respeto, y una hija que lo adora… pero sigue esperando que su santa esposa regrese arrepentida… sólo mira lo único que tenía en el refrigerador –soltó despectivamente, mirando la botella.
Arnold recordó a Miriam y lo que había pasado también con el alcohol, y sintió ganas de arrojar la botella hasta donde le alcanzara la mano… sin embargo, sólo se limitó a darle un trago.
-Así que tú, amigo…
-Por favor, no hablemos de mí –la interrumpió el chico, sintiéndose totalmente agotado para hacer una confesión ni remotamente parecida en magnitud a la que acababa de escuchar.
-Tienes razón –soltó ella, mirándolo con una intensidad que le provocó escalofríos –dejemos de hablar.
Mientras dijo eso último, se abalanzó sobre él y comenzó a besarlo con una ferocidad bestial. El chico en un principio se negó, asustado, pero, ya demasiado cansado de luchar contra la corriente se dejó llevar…
…Tal vez fue por el alcohol, tal vez por la decepción de la vida en general que lo invadía en ese momento y por su corazón roto, tal vez por la furia y el amor desmedido que aún sentía por la rubia…
No sabía realmente por qué, pero aceptó mansamente; sin resistencia, -y sin importarle demasiado- que la actual situación iría más allá de los dulces y tiernos besos a los que le tenía acostumbrado su hermoso ángel negro…
Primero que nada: ¡DOS NUEVAS LECTORAS! Estoy TAN feliz :3 Sean extremadamente bienvenidas CaptainK8th (que por cierto, casi me haces llorar de alegría con tu hermosa opinión :')) y Lexie Asakura Kidou (me apuré a escribir esta cosa para quitarte el pendiente :D)… lamento haberlas conocido en circunstancias tan "deprimentes" XD también mi infinito agradecimiento a mi hermosa y fiel lectora Geraldine Hatch (amo que te hayas emocionado leyendo el capítulo ); En fin…¡Las amo a todas!
Y ahora, sobre este acpítulo…
Ejem… les juro que jamás, JAMÁS pretendí que la historia se tornara en estas latitudes… en serio que Lila ni siquiera estaba contemplada para salir en la historia… pero, bueno, ella también quiso aparecer; qué puedo hacer yo…
No me odien, por favor T-T Ni odien a Lila, ni a Arnold, ni a Helga. Ningún personaje será la "bitch" que vendrá exclusivamente a hacerle la vida de cuadritos a nadie; yo soy de la idea de que las cosas siempre pasan por una razón, y que, por muy malos que parezcan los acontecimientos, a menudo es sólo que las cosas se están alineando para ir en una dirección mucho mejor. Y, sobre todo, que no hay una sola persona –ni ha habido- que sea completamente mala. Las circunstancias nos hacen ser quienes somos, y a veces sólo conocemos una sola faceta de la gente (y eso obviamente no quiere decir que sólo tengan esa).
Ok, el capi tal vez no aclaró mucho, pero es que la mayoría de los acontecimientos, como ya lo dije, no fueron planeados. Escribí esto prácticamente todo de un jalón y pues… ahí se los dejo.
De nuevo, porras, tomatazos, todo será bien recibido. ¡Nos leemos! X3
