Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon… etc.
Culpa
Miró el reloj: eran las dos. ¿Dónde rayos se había metido esa chiquilla? Bufó.
…E inmediatamente se reprimió a sí mismo. Ese tipo de pensamientos hacían daño. Tal vez a él le resultaran beneficiosos, pero irremediablemente, siempre herían a las personas a su alrededor. Y él ya no quería herir a las personas. Especialmente a ella; nunca más.
Dio otro trago a su bebida y entonces la vio. Venía caminando a toda prisa; su cola de caballo se mecía de un lado a otro y varias gotas de sudor surcaban su frente.
-Lo siento, Big Bob –dijo, al tiempo que se dejaba caer sobre la silla libre y vaciaba el vaso de su padre de un trago (su cara se enrojeció de pronto; esa cosa tenía alcohol) –Ese idiota no se quería ir.
El corpulento hombre sólo meneó la cabeza, pero no pudo evitar una leve sonrisa que, traviesa, se coló por la comisura de sus labios.
-Eres el demonio, Helga –soltó.
-Hija de tigre… -dijo mientras se encogía de hombros.
Y fue todo lo que se habló del tema. Ambos comieron con algo de prisa y pidieron la cuenta.
-¿A qué hora vas a llegar? –Le preguntó él.
-No sé –respondió la jovencita, con la mirada clavada en la calle, buscando un taxi –. Depende de hasta a qué hora le hayan dado permiso a Phoebe.
-Ya –soltó él -¿Necesitas dinero?
-No me caería mal una recarga –dijo ella, extendiendo la mano.
El hombre sacó un par de billetes de la cartera y se los dio a su hija.
-Nos vemos en la noche –dijo ella, al tiempo que le hacía señas a un taxi para que se detuviera.
-¿Y mi beso? –Preguntó el hombre.
La chica torció la boca y estiró la mano de nuevo.
-¿Qué? ¡Pero si acabo de… -Bufó; sacó otro billete de la cartera y se lo dio.
Ésta sonrió, se puso de puntillas (aunque realmente no hacía falta), le dio un rápido beso en la rasposa barbilla y corrió al taxi.
-¡Ten cuidado!
-Sí… -respondió ella, un tanto fastidiada, mientras cerraba la puerta y el vehículo emprendía la marcha.
"Malcriada" Pensó el hombre y sonrió.
Su hija era tan hermosa. Era increíble; prácticamente era un clon de él y, aún así, se las había ingeniado para convertirse en una mujer increíblemente bella.
Además era lista, muy lista. Tanto como Olga, aunque, como un estúpido, por tanto tiempo no se hubiera dado cuenta.
Además era astuta y fría como él, y soñadora y rebelde como Miriam…
…O al menos, como había sido Miriam cuando él la había conocido…
La recordaba en la piscina de la escuela, a punto de lanzarse al agua.
Su estilizada figura enfundada en el entallado y discreto traje de baño, y cómo, una vez ganada la carrera, había sacado la cabeza del agua y soltado su larga cabellera dorada…
Olga era casi una copia exacta de ella en ese tiempo; pero esa mirada, definitivamente, la había heredado Helga.
Ese fuego en los ojos, que le daba a su look de ninfa el toque final y definitivo.
Había sido un sueño para él. Verla cruzar, veloz como el viento, el espacio abierto en perfecta sincronía con el caballo: como si fueran uno sólo.
Era salvaje, rebelde y hermosa, y él la adoraba.
Cuando había accedido, por fin, a casarse con él, se había sentido, aunque jamás se lo había dicho, el hombre más feliz del mundo.
Cuando la pequeña Olga había nacido, él se había prometido que conquistaría el mundo entero, con el único propósito de ponerlo a los pies de sus reinas.
…Y luego había venido ella…
En el peor momento; en el peor lugar.
Miriam no se había sentido bien de salud por esos tiempos, sin embargo, se las había ingeniado para conseguir el tan anhelado ascenso en la editorial para la que trabajaba: ya sólo estaba a un paso de lograr su sueño…
Y luego lo había sabido: Estaba embarazada.
No era el momento para un embarazo. Necesitaba todo el tiempo posible para ella misma; para su realización.
Había esperado el tiempo suficiente para ir por todo; Olga ya tenía la edad necesaria para valerse por sí misma, y había demostrado ser increíblemente buena en ello… De ninguna manera podía volver a la tapa de vigilias nocturnas y cambios de pañales.
-Ni lo pienses –le había dicho él –. Ni loco dejaré que mates a mi hijo.
Miriam lo había mirado aterrada.
-¡No es un… -se había cortado de pronto; la voz ahogada del miedo –Es mi cuerpo… –había balbuceado al fin.
-¡Será tu cuerpo, pero lo que traes adentro es de los dos! ¡Al demonio si tienes qué esperar otros doce años para alcanzar tu estúpido sueño!
Miriam había roto en llanto y no había vuelto a tocar el tema. Era obvio que ella tampoco quería hacerlo, pero la vida estaba siendo demasiado injusta. Ella nunca se había imaginado como una madre mártir, dispuesta a dejar su vida un lado por sus hijos. Ella quería ser una mujer fuerte, independiente, precisamente para el bien de su descendencia.
…Pero lo peor estaba por venir.
El embarazo se había complicado; y las órdenes del médico habían sido contundentes: Reposo absoluto desde ese momento y, hasta que naciera el bebé, no podía abandonar la cama absolutamente para nada.
Ese había sido el punto de quiebre. Miriam había tenido qué pedir licencia, lo que significaba perder su ascenso.
Esos seis meses se oxidaría, así que ni siquiera tendría su puesto anterior al volver. Años y años de trabajo duro tirados a la basura.
La recordaba ahí, tirada en la cama, con la vida escapándosele por los ojos cada día.
Y él totalmente inútil. Recordaba la impotencia y la rabia que le daba verla así, y cómo había intentado reanimarla del único modo que sabía:
Siendo el mejor en todo lo que hacía; Olga había seguido el ejemplo de su padre.
Ella sonreía cada vez que él le traía las cifras del crecimiento de su compañía; cada vez que su hija le traía un nuevo reconocimiento.
Pero sus ojos perdían cada vez más el brillo.
Luego había nacido. Otra niña. Aunque ninguno había dicho nada, ambos se habían sentido ligeramente decepcionados; Estaban esperando un varón.
…Pero cuando el destino se ensaña con alguien, lo hace con todo.
Miriam había vuelto a enfermar luego de dar a luz, por lo que su regreso al trabajo se había demorado aún más, luego la bebé había enfermado, junto con Olga.
Cuando al fin había vuelto, había tanta gente por encima de ella que se había comenzado a sentir cada vez más y más pequeña.
…Y entonces había llegado la bebida.
La mujer se había vuelto cada vez más y más obscura.
Recordaba lo mal que se había sentido por Miriam al principio, especialmente al no saber cómo enfrentar la situación.
Pero había sido cobarde, así que, en lugar de hacer frente a sus propias limitaciones y luchar por su amada, había escogido el camino fácil: Huir hacia sus propios logros y realizaciones.
Y su hija, ya acostumbrada a seguir el ejemplo de su padre, había ido desesperadamente por todo en la escuela.
La bebé había sido la única sin un lugar al qué huir.
Miriam había perdido el empleo, y con él, las ganas de vivir… Luego habían venido los antidepresivos… y el alcohol, en cantidades cada vez mayores.
La niña, la que se había quedado en las tinieblas, también clamaba por su luz, pero al no saber expresarse ni tener los medios para poder buscarse la felicidad por su propia cuenta, había buscado hacerse notar mediante el único modo que conocen los niños muy pequeños: rabietas y malas conductas, que sólo habían hecho a sus padres dirigir el rostro hacia el faro de luz en el que se había convertido su hermana mayor: la única figura inmaculada y refulgente en ese mar de basura en el que se había convertido su realidad.
Y así había pasado el tiempo. La niña había crecido a como había podido y, por un tiempo, había estado relativamente bien: sin hacerse notar demasiado; sin dar verdaderos problemas.
Pero Miriam se había ido cada vez más y más a pique, y la pobre pequeña, como siempre anclada al barco, se había ido junto con ella… Y él, como siempre, (o tal vez más que nunca), había estado demasiado sumergido en su pequeño mundo de egoísmo para notarlo…
Ese día sería la culminación de meses y meses de arduo trabajo; la oportunidad de cerrar un contrato millonario, y nada se lo iba a impedir. Ni siquiera que lo llamaran de la comisaría para informarle que su alcohólica mujer estaba detenida por estrellar el auto –de nuevo- contra un árbol, ni siquiera su hija menor, quien lo había llamado un rato después, para decirle que se sentía muy mal, que la llevara a ver un doctor (obviamente una exageración, ni siquiera se había lastimado o algo).
Cualquier cosa podía esperar. Se había apurado lo que había podido, y luego de ¡por fin! cerrar el contrato, y de paso, asegurar el futuro de su problemática e ingrata familia, había ido primero por la niña –eso había parecido más urgente (porque ahora que lo pensaba con calma, la niña había sonado bastante alterada).
…Pero, al llegar a casa, no la había encontrado por ningún lado…
Luego había visto una nota en la mesita del recibidor. Era de un paramédico, informándole, a quien correspondiera, el hospital al que se habían llevado a la pequeña…
Se recordaba conduciendo como un loco; gritándole al personal por información sobre su hija, y luego haber visto a Olga ahí, frente a él…
Esa mirada en sus ojos… Jamás la olvidaría…
¿Diagnóstico? Muy simple: Cosas reventando, o a punto de reventar en su cuerpo, repugnantes parásitos, demasiados, en partes inimaginables; debilidad potencialmente mortal, aún más dentro de un quirófano, en medio de una cirugía mayor, que igual había tenido qué ser hecha, de lo contrario… bueno, había muchas posibilidades de que de todas maneras no lo lograra, pero al menos querían decir que lo habían intentado…
Enfermedades de tercer mundo, casi inconcebibles en ese mundo civilizado en el que vivían; en la hija de un empresario tan exitoso como él…
Era grave. Cada una; todas.
La internaron, les dieron el peor de los pronósticos, y se las quitaron.
El estado lo había decidido. No eran aptos, en definitiva, para ser padres.
Ninguno de los dos.
Aún recordaba con extrema claridad ese momento. Ahí, sentado, con la cabeza entre las manos.
Su hija podía morir en cualquier momento y ni siquiera le permitían acercársele.
…Y él tampoco había peleado demasiado.
Tenían razón. No tenía derecho a acercársele. Era un monstruo que había condenado a su pequeña e inocente hija al abandono total. Era la peor de las basuras… No. Incluso las basuras se ofenderían al ser comparadas con alguien como él.
No había calificativo lo suficientemente asqueroso para describirlo.
Aunque nunca había creído realmente en Dios, se había sorprendido a sí mismo rogándole hasta quedarse dormido; le había prometido, con una fe de la que jamás se habría creído capaz, que si su hija se salvaba, sería un hombre diferente. Que viviría única y exclusivamente para hacerla feliz; que compensaría con creces todo el daño que le había hecho.
Al día siguiente había despertado, aún en la silla, con un sonido de vidrios chocando. Se había levantado, curioso, y había visto a Miriam con una botella de Whisky en la mano. La vaciaba directamente en la tarja de la cocina.
-No volveré a beber –le había dicho, sin voltear a verlo –Me reformaré, les demostraré que puedo ser una excelente madre y, cuando Helga salga del hospital, me dejarán traerla de regreso.
Bob suspiró, un tanto conmovido. Estaba seguro que esa resolución no duraría mucho.
Pero decidió seguir su ejemplo. Confió en que la pequeña dama se recuperaría, y se apuntó en terapia. Comenzó a explorar sus propios medios y limitaciones, mientras Miriam hacía lo propio con sus problemas. Al principio había sido un calvario; un verdadero infierno, (las luchas contra ellos mismos, con lo abogados… pero especialmente, la de Helga por salvar su propia vida)… pero, una vez vencida la primera batalla, todo había evolucionado increíblemente bien; Helga en especial. De hecho, una vez pasada la crisis inicial, su progreso había sido tan bueno, que los mismos doctores estaban sorprendidos (él no tanto; la verdad, siempre había sabido, muy en el fondo, que su hija era una verdadera guerrera; él la había educado así… al menos hasta que se había olvidado por completo de ella). Y, aunque había sido tal vez demasiado tiempo, habían logrado sus objetivos casi al unísono.
Helga había sido dada de alta, aunque tendrían qué seguir el tratamiento en casa (sí, se las habían devuelto, no sin mucho esfuerzo de parte de todos, en especial de Olga… Olga, ¿Qué habrían hecho sin ella? Sin embargo, los tendrían muy bien vigilados; estaban advertidos).
Miriam, de repente, luego de unos días de por fin tener a su niña en casa, se había vuelto taciturna y distraída, y Bob comenzaba a preguntarse si había vuelto a las viejas andadas, cuando le había aclarado las cosas.
-Voy a dejarte, Bob.
El hombre había clavado los ojos en ella, pasmado; sin dar crédito a sus oídos.
-Me iré con mi madre, de momento.
El hombre seguía atónito, ella había movido la cabeza lentamente; las dos manos sosteniendo su taza de café.
-No puedo seguir aquí –había continuado, sin romper el contacto visual ni por un momento –. Todo esto me hace daño… y a Helga también.
-No vas a llevártela… -era todo lo que había salido de su boca, de repente, sin pensarlo.
-Lo haré –había sostenido ella –, Bob, esas personas tienen razón: no somos aptos para cuidarla… no aún, al menos. Mi mamá me ayudará a cuidar de ella, mientras nos recuperamos…
-Dile que venga aquí, entonces –Había replicado él. Una presión muy fuerte comenzaba a ahogarlo.
Ella negó con la cabeza.
-Yo ya no puedo con esto –y hasta entonces bajó los ojos, clavándolos en el caliente líquido negro. –Ya no puedo vivir contigo.
…Y entonces lo había sabido: su esposa tenía razón. Hacía siglos que ya no funcionaban como pareja. Y la niña estaría definitivamente mejor con ella (claro, si ella estaba en un ambiente mejor también).
No había habido más discusión. Él mismo había ayudado a empacar las cosas de su hija, y la había sacado en brazos, dormida, de su casa, y las había llevado con su suegra.
Aún recordaba el tortuoso camino de regreso a una casa vacía. Su mente viajando una y otra vez atrás, con Miriam mirándolo a punto de llorar, afianzando a su hija, que apenas se sostenía de pié, con la cara adormilada, obviamente sin comprender qué estaba pasando.
Había tardado un mes en volver. Le aterraba encontrarse de nuevo con ellas… pero, sobre todo, con ella; mirarla a los ojos y saber que habían estado a punto de extinguirse por su abandono, su negligencia; su completa incapacidad para realmente preocuparse por ella.
Pero lo hizo, por que también se moría de ganas de verla, y todos los reproches que le hiciera, por más horribles que fueran, los absorbería con avidez, porque cualquier cosa era mejor que perderla.
Había salido en la madrugada, para llegar lo más temprano posible.
Recordaba la casa de la madre de Miriam, inmaculada desde los tiempos de juventud de su esposa; sus hectáreas verdes de terreno, los caballos y vacas pastando; la pintoresca finca en medio de las flores.
…Y ahí, en medio de todo eso, su niña, sentada en una mesita, bajo una sombrilla. La vista clavada en una libreta en la que escribía, profundamente abstraída. El largo cabello echado sobre uno de sus hombros, sujeto por un listón, el cuerpo aún muy delgado y pálido, enfundado en un amplio y vaporoso vestido blanco de tirantes, y unas sandalias de florecitas color celeste. Había estado tan sumergida en su labor que no había notado el auto hasta que su puerta se había estrellado al cerrarse.
Ella había levantado la cabeza y lo había visto.
No había habido reproches, ni siquiera una mala mirada.
La nena se había puesto de pie de un salto, y había corrido hacia él.
Una enorme sonrisa y un fuerte abrazo… Ese había sido su castigo por ser el peor padre del mundo.
Si estaba seguro de que nada podía hacerlo llorar, o, al menos, que podía aguantarse las ganas ante cualquier situación, era porque en esa ocasión había podido contener las lágrimas, aunque no sin hacer un esfuerzo sobrehumano en ese momento.
Verla ahí, parada, sonriendo, después de haberla dejado tan mal que, la única razón por la que se mantenía de pié era porque Miriam la sostenía de los hombros. Aún recordaba su pequeña y temblorosa mano, apenas sosteniéndose mientras apuñaba débilmente la blusa de su madre… Los ojos enrojecidos y adormilados, surcados de profundas ojeras.
Era un milagro. Lo supo en el momento en que hundía la nariz en el perfumado cabello de su hija, y sentía su carita cómodamente acomodada contra su pecho.
Miriam tenía razón. No había mejor lugar para ella que ese.
En ese momento Olga, que había salido como exhalación de la casa, se había unido al abrazo, mientras Miriam y su madre los observaban, sonrientes, desde la puerta de entrada.
Ese día habían decidido divorciarse.
oOo
Mientras tanto, aún en el taxi, totalmente ajena a la tormenta por la que estaban pasando sus dos hombres más cercanos, la rubia, mirando distraídamente los autos que le pasaban por un lado, mientras la refrescante brisa le golpeaba la cara, se preguntaba, algo divertida, en qué se gastaría el loco de Elliot el dinero de la apuesta (que ya era bastante; había llevado la cuenta).
Ella ya no lo necesitaba. –El agudo pinchazo en su estómago la había hecho hacer a un lado el recuerdo- esperaba que siguiera su consejo y buscara protección, porque si bien lo que le había dicho a esa tal Jena no era más que la verdad, la cabeza hueca no le perdonaría la humillación tan fácilmente, y su flamante novio aún menos…
Pobre chico. Uno más que arrastraba a su mundo patas arriba…
oOo
La luz artificial que la bañaba jugaba con las sombras en su cuerpo, volviéndola casi irreal. El cabello rojo desparramándose desde sus hombros hacia todas direcciones; los ambarinos ojos clavados en él; los pensamientos indescifrables en su mirada.
…Y él, aún entre las sábanas, sintiendo que su cuerpo al fin volvía, como en cámara lenta, de una interminable y febril travesía de locura, delirios y toda clase de inconsciencias e irrealidades.
-Yo… ¿Eh? –Ya no le daba vueltas las cosas, pero sentía ganas de vomitar; estaba profundamente atontado y una sobrecarga de emociones lo aplastaban al verla ahí, sentada a los pies de la cama, sin tener siquiera la decencia de ponerse algo encima.
Y la sonrisa… esa indescifrable sonrisa. Se sentía un ratón en el hueco de la pared, mirando los enormes ojos del gato. Agudos, acechantes. Esperándolo paciente, fríamente del otro lado…
-¿Baño? –preguntó ella, mostrándole los dientes en esa sonrisa tan endemoniadamente perfecta… tan plástica y falsa ahora que conocía lo que se encontraba detrás…
Se puso de pié (al menos tuvo la conciencia de cubrirse un poco primero) y se dirigió raudamente a la delgada puerta de madera que ella le señalaba con la mano.
…Y vomitó hasta el estómago (O al menos así lo sintió). Se pasó el dorso de la mano por la boca, cuando, al parecer, la última arcada dejaba de doblarlo sobre su eje, casi haciéndolo meter la cabeza dentro de la pulcra taza de baño.
Tomó aire ruidosamente; el olor a alcohol que salía de su propio cuerpo era insoportable. ¿Por qué había hecho eso? …¿Todo eso?
Nunca; jamás en su vida hubiera podido imaginarse que pudiera sentirse tan endemoniadamente mal en tantos niveles; en este momento, se sentía la escoria más baja del universo.
-¿Quieres darte un baño? –la cantarina vos de la chica le llegó del otro lado de la puerta; de la cama –veo que ya terminaste tus asuntos ahí…
-Eso sería genial –balbuceó él, al tiempo que jalaba de la cadena del inodoro; jamás se había sentido más repugnante, en todos sentidos.
-¿Quieres que te acompañe? –escuchó, seguido de una risita.
-¡No! –le puso seguro a la puerta.
-Vamos, Arnold –la divertida voz del otro lado en serio lo irritó -¿Vas a mostrarte tímido después de lo que acaba de pasar?
La cara comenzó a arderle sobremanera. Bien. En verdad podía sentirse peor; Infinitamente peor. Una cosa era tener conciencia de lo que acababa de hacer; pero escucharlo de la voz de un tercero era aterradoramente catastrófico.
El agua fría hizo estremecer su cuerpo, pero, a la vez, lo trajo de nuevo a la vida. Cuando al fin salió del cuarto de baño, se sentía ligeramente –en verdad muy, pero muy ligeramente- mejor.
-¿Qué hora es? –le preguntó. Las gruesas cortinas sobre las ventanas no dejaban pasar absolutamente nada de luz, tampoco tenía una idea de cuánto tiempo había dormido. Sólo sabía que una terrible resaca física, y una moral infinitamente mayor lo azolaban en ese momento.
-Casi las ocho –dijo ella –dormimos como lirones… -de nuevo esa risita traviesa –ahora es mi turno –se puso de pié –ya que no me dejaste acompañarte… Acabo de ordenar una pizza –soltó, ya dentro del baño. Ni siquiera se había molestado por cerrar la puerta –vístete para que la recojas.
El chico la obedeció. Era tardísimo, pero lo que menos le apetecía en ese momento era llegar a su casa; tener qué encarar a su familia… o a cualquier persona, a decir verdad; incluso se preguntaba con qué cara enfrentaría al repartidor.
La pizza llegó. La pagó y, para su fortuna, no tuvo qué encarar al grasiento chico, porque éste ni siquiera lo miró; se limitó a contar el dinero y desapareció tan repentinamente como había llegado.
Entró rápidamente en la casa, dejó la caja sobre la mesa y la abrió; su estómago rugía sobremanera.
-¿Ni siquiera vas a esperarme? –una voz tras él lo sobresaltó. Ahí estaba ella, con el cabello húmedo cayéndole sobre los hombros y, afortunadamente, vestida esta vez.
-Dame –dijo simplemente mientras lo hacía a un lado con el hombro y metía la mano en el cartón y sacaba una grasienta rebanada. Le hundió los dientes con inusitada alegría y, con el humeante trozo triangular aún en la mano, se dirigió a la vitrina y tomó algo.
-El postre –le dijo, poniéndole un par de aspirinas frente a él, en la mesa.
-Yo soy una niña mala, me comí el postre primero –soltó, mientras llenaba un enorme vaso de soda –puedes portarte mal también, te doy permiso –le dijo, de un humor de las mil maravillas.
El chico miró las pastillas un momento y se las aventó a la boca, tomó el enorme vaso de soda (acababa de comprender que era para los dos) y le dio una mordida enorme a la rebanada en su mano.
Ya no dijeron nada más; la pizza se había esfumado. Ambos estaban sentados en el piso, con la espalda recargada en el sillón (en algún punto, les había parecido más adecuado ese lugar para comer que la mesa). Y ahora, cada uno con media pizza en su estómago, se limitaban a mirar el techo.
De pronto, ella volteó a verlo y soltó una carcajada.
-¿Qué es tan gracioso? –preguntó él.
-Estás furioso –dijo, los labios dilatándose en su rostro. El muchacho la miró, extrañado -¿Sabes? –Inquirió ella, desperezándose –los chicos, por lo general, después de tener sexo, están eufóricos; felices, nerviosos, tal vez un poco asustados, pero, ¿enojados? –Soltó una carcajada –debes ser el primero en la historia.
"Sexo"…La palabra retumbó en su cabeza como una enorme campana.
-Bueno, no fue precisamente como había soñado –masculló el otro, mirando a la pared. El sonrojo había vuelto a sus facciones.
-Me ofendes –soltó la otra con fingida indignación –De hecho, a mi no me pareció tan mal –agregó, encogiéndose de hombros –por el contrario, yo pienso que estuviste bastante bien para tratarse de un novato…
El chico sólo resopló. ¿Por qué no sólo se quedaba callada y lo dejaba en paz?
…Pero las mujeres siempre hablan y hablan; es una de las mayores verdades de la vida…
-¿Qué harías si te buscara en unas semanas –preguntó de pronto –y te dijera que cierto retraso femenino no me ha dejado dormir? O las náuseas matutinas, o algún antojo extraño, como de pepinillos con chocolate… qué sé yo…
Un escalofrío horroroso recorrió su espina dorsal; sus ojos, ahora desorbitados, se clavaron en ella.
-No fuiste precisamente precavido –soltó la otra, apurando su vaso ahora lleno de agua.
Por todos los cielos… ¿Qué había hecho?
-¿Qué harías en ese caso, eh? –Insistió ella -¿Harías lo correcto, como siempre lo haces, y te casarías conmigo? ¿Abandonarías tus planes, ir a la universidad, tu oportunidad de estar con una persona que realmente amaras? –se encogió de hombros –porque debemos de admitir que, si bien nos agradamos, e incluso nos atraemos físicamente, nunca tendremos ese tipo de conexión… Yo no soy tu tipo, aunque de niños lo hubieras creído así. Muestra de ello fue lo fácil que te resultó darte por vencido conmigo, después de un rato –no había ni pizca de reproche en sus palabras, de hecho, sonaba divertida –y como yo te lo dije tantas veces: no me gustas mucho, sólo me agradas… -eso último lo dijo imitando su propia voz de infante. Había algo demasiado extraño en ver a alguien imitar su propia voz; su propio acento… -Bonito futuro te esperaría, ¿eh?
El chico parecía querer salir huyendo.
-¡Tranquilo! – Exclamó ella, y enseguida soltó una carcajada –yo sí tomé mis precauciones, para suerte de ambos.
El chico sintió un elefante bajándosele del pecho.
-¿Por qué fue tan terrible, eh? –inquirió ella, fingiendo interés.
-No lo sé –soltó él –tal vez me imaginaba algo más… -se esforzó por encontrar la palabra adecuada, pero su cabeza se había quedado en blanco.
-¿Romántico?–Lo ayudó ella -¿Especial? ¿significativo?
El chico la miró. Esa era la palabra que buscaba.
-La vida no siempre es justa –resopló –yo me imaginaba un panorama totalmente diferente, también. Y te juro que tú jamás estuviste en él.
-Lamento decepcionarte –masculló él.
La chica se encogió de hombros.
-Hay qué tomar lo que la vida te da –dijo simplemente –por eso te decía que es malo esperar siempre lo mejor de todo; apuesto a que te rompió el corazón, sobremanera, que Helga no saltara a tus brazos al verte luego de tanto tiempo, como siempre lo habías fantaseado en tu viaje.
El chico la miró con los ojos como platos ¿Otra psíquica?
-…Y estoy segura que, si hubieras hecho exactamente lo mismo hoy, pero que la chica en lugar de ser esta pelirroja hubiese sido cierta rubia, te sentirías el ser más completo de la tierra, y ni siquiera te asustaría tanto la posibilidad de una posible "consecuencia".
El chico no respondió. De repente, parecía haber caído en un pozo sin fondo.
-Por eso estás molesto –dijo ella –como te lo dije, el esperar lo mejor de todos, inevitablemente, terminará rompiéndote el corazón. El hecho de estar hoy aquí, conmigo, te está matando; el que Helga esté con Elliot es aún peor; y apuesto que te tomé tan desprevenido porque, jamás, bajo ninguna circunstancia, se te hubiera ocurrido pensar que la linda e inocente Lila podría tomar este tipo de acciones…
El chico agachó la mirada. Cada palabra, exactamente cada una de ellas había dado en la diana. Malditas mujeres y su igualmente maldita y agudísima puntería psíquica.
-No te digo que siempre pienses mal de la gente, o esperes lo peor; -retomó su discurso –sólo te pido que consideres que el resto de las personas muy probablemente no estén pensando como tú; ellos siempre intentarán hacer lo mejor, eso sin duda; pero muy probablemente lo que ellos consideren como tal no sea precisamente lo que tú considerarías como "lo mejor" –hizo una pausa, en la cual una retorcida sonrisa le surcó el rostro -¿Qué crees que pensaría Helga si supiera lo que te hice?
Arnold la miró, aún más aterrado que antes.
-Pensaría que soy una maldita zorra que le robó la inocencia de su novio… y puede que sea cierto –agregó, riendo, luego se puso seria de nuevo –pero te diré lo que según yo, hice: Le ayudé a que el chico que ama comience a considerar que ella no es absolutamente buena, ni santa, ni tiene por qué serlo; al igual que él. Porque ya comprendió que cualquiera puede cometer errores, incluso uno que podría haber sido gravísimo y arruinado su vida (¿Te imaginas que tuviera SIDA? –Tranquilo, no tengo-) y no por eso deja de ser una buena persona… las cosas, la mayoría de las veces, son de alguna tonalidad de gris, Arnold; deja de pensar que todo es blanco y negro… El mundo es más duro y ruin de lo que piensas, pero tampoco demasiado, y hay que tomar las cosas como vienen y seguir adelante… hay que ver las cosas con sus respectivos matices…
-¿Así que todo esto lo hiciste por ayudarme? –Inquirió de repente, confundido; la chica soltó otra carcajada.
-¡Caramba, Arnold, sí que eres necio! –más risas –no me acosté contigo para darte un espiritual y esclarecedor viaje de autodescubrimiento personal; lo hice porque se me dio la gana, porque también yo soñaba con que Elliot corriera a mis brazos esta vez, sin embargo, llego aquí, llena de madurez y de autoconfianza, segura de ser todo y lo único que él necesita, pensando que será lo suficientemente maduro y seguro también para verme por lo que realmente soy, por nuestro infinito potencial juntos… sólo para enterarme que sigue exactamente igual que como lo dejé: aferrado tenazmente al barco de Helga… -Se llevó una mano al rostro, con una dolorosa sonrisa en los labios, luego suspiró y lo miró de nuevo. El aplomo había vuelto a su ser casi inmediatamente –pero, como te lo dije, eso no quiere decir que no podamos sacar algo bueno de todo esto…
Arnold al fin sonrió también.
-Me agradas, Lila –soltó sinceramente –mucho más que antes…
-¡Por favor! –Exclamó la chica, rodando los ojos –no te enamores de mi de nuevo; no podría soportar traerte encima todo el tiempo otra vez…
-Pues no parecías muy molesta de eso hace unas horas… -contraatacó él.
La chica le dio una palmada muy fuerte en la espalda, ahogada de risa.
-¡Ese es el espíritu! –soltó, entre jadeos.
Arnold rió también.
-¿Amigos? –le preguntó, extendiéndole la mano.
-Qué demonios –soltó ella, estrechándosela de buena gana –y espero que no te moleste, pero planeo hacerme amiga de Helga también.
Arnold sonrió; de pronto, escuchar su nombre ya no le dolía tanto.
-Suerte –le dijo –mientras no se entere de lo que pasó hoy, no veo por qué no puedas lograrlo –agregó mientras se dirigía a la puerta, Lila la abrió y él salió al extremo frescor de la noche.
-Por eso no te preocupes –dijo ella –en tanto tú no le digas, jamás lo sabrá… lo que me pregunto es: ¿podrás guardarle semejante secreto?
El chico se quedó de piedra en la puerta.
-Buenas noches, Arnold.
-Buenas noches –respondió él, como un autómata, para luego ver a la hermosa pelirroja desaparecer tras la puerta.
oOo
-¿Qué me quede aquí?
La chica miraba el teléfono, asombrada.
-¿Se podría saber por qué? –preguntó, molesta. No tanto por la idea de quedarse en la casa de su amiga, sino porque todo esto le olía muy mal…
-Tengo cosas qué hacer –le había respondido él –mira, se que está mal, que debería de dedicarte los fines de semana a ti, pero…
-Sólo quiero saber qué vas a hacer –lo interrumpió ella, de un humor mucho peor del habitual.
La voz del otro lado del teléfono tembló un poco; tan poco, que nadie más que ella –y tal vez Olga o Miriam- lo habrían notado.
-Son cosas de trabajo –soltó secamente.
-Voy contigo –lo cortó ella.
-No. Te aburrirás; además, ahí no hay guardería…
-¡Tengo dieciséis años!
-Te daré cien dólares si cierras la boca.
Y la cerró. El hombre sonrió. Esa era su chica.
-Te prometo que todo es por tu bien, Helga.
-Sí, claro –respondió su voz, algo apagada, del otro lado de la línea –dijiste cien, ¿De acuerdo? No aceptaré un centavo menos.
-Claro, claro –soltó distraídamente él –adiós, Olga.
-Helga –lo corrigió –a quien le debes dinero es a Helga, recuerda… -agregó, fastidiada; sin importar lo que pasara, algunas cosas simplemente no cambiaban.
-Sí, lo siento, Helga. Cuídate… y mañana te daré tu dinero. Es un trato.
-Más te vale –y colgó.
Esto olía endemoniadamente mal…
-¿Helga, qué…
La mano frente a ella la silenció. Por la expresión de su rostro, la mente de su amiga viajaba a una velocidad fenomenal.
-Me quedaré aquí –dijo simplemente.
-Sí, de eso ya me di cuenta –rodó los ojos.
La otra no la escuchaba, había marcado otro número y esperaba.
-¿Olga?
Ok. ¿Helga llamando a Olga? Eso sí que era extraño.
-¿Está Miriam en el departamento?
La repentina expresión en su cara la aterró.
-Ya veo… -soltó la rubia, sin fuerzas, y su mano quedó colgando laxa contra sus muslos.
"¿Helga? ¿Estás ahí?"
La amortiguada voz de Olga retumbaba en la habitación, silenciosa como un sepulcro de pronto.
Phoebe estuvo a punto de ir a sostenerla; por un momento le pareció que iba a desmayarse. Pero la detuvo su siguiente acción.
-Sí, aquí estoy –le respondió, parecía haber recuperado su aplomo de nuevo –descuida, no es nada, quería preguntarle algo, pero lo hago mañana… ¡No! ¡No vengas!, es decir… no vayas; yo no voy a estar, voy a quedarme aquí con Phoebe, tenemos un trabajo pendiente que no habíamos recordado hacer…
"¿Eh? ¿Qué rayos estaba pasando?"
…Sí, lo sé, es mi tiempo con Big Bob… perdón; con papá… ¿pero qué quieres que haga? No puedo descuidar la escuela tampoco… No, Big Bob tampoco estará, cuando le dije que iba a quedarme aquí, me dijo que aprovecharía para ponerse al corriente con algunas cosas de trabajo… parece que se amanecerá en la oficina; y ya sabes cómo es cuando se enfrasca en algo; no le gusta que nadie lo interrumpa…
"No puede ser, no puede ser, no puede ser…" Los ojos de Phoebe casi se salían de sus cuencas.
…sí; ni modo, ya te tocará dormir sola… sí, buenas noches. –Y colgó.
-¿Helga?
Una elocuente mirada se clavó en la suya.
-No… -la pelinegra se cubrió la boca con la mano.
Otra mirada; horrorizada.
Tomó el teléfono y volvió a marcar. Línea muerta. Otro; de nuevo, nada…
-Rayos, Phoebe…
La miró ahí: mortalmente pálida, las manos temblorosas, los ojos repentinamente húmedos; la voz atorada en su garganta.
-Tal vez estás sacando conclusiones apresuradas…
Pero todo le decía que no era así. Rayos. ¿Por qué no eran un par de típicas adolescentes cabezas huecas, que habrían aprovechado la oportunidad para hacerse manicure y tal vez robar el licor que sus padres guardaban en la alacena, para hacerse confesiones sobre chicos guapos, enfrascadas en su hueco mundo de fantasía, totalmente ajenas al mundo que las rodeaba?
Helga se sentó junto a ella sobre la cama, e hizo lo que ni siquiera cuando le había contado lo que había pasado con Arnold se había atrevido a hacer: Le echó los brazos al cuello y comenzó a sollozar.
-Mi vida es una mierda, Pheebs…
¿Cómo contradecirla? Simplemente la rodeó por el torso y lloró junto con ella…
oOoOoOoOoOoOoOoOoOo
¡Woooh!… Mein gott…
Sí que causó revuelo el "Eco" jajajajajajajajaja
¿Tenía qué haber infidelidades para que se animaran a escribir? ¿Eh?
JAJAJAJAJA
No me quejo; amo que se animen a darme su opinión, no importa cuándo sea.
Sobre el capi: Está más corto de lo usual, lo sé, pero no me negarán que está bastante sustancioso; si bien nada contundente, las cosas comienzan a tomar su forma definitiva…. En la idea original, tal vez habría sólo uno o dos capítulos más para que esto se acabara, pero los personajes que andan ahí metiendo su cuchara ya me están haciendo dudar… ¿Ustedes qué opinan? ¿Le seguimos un rato más o ya les damos su merecido descanso a estos chamacos?
Espero su opinión… ni modo, ya me acostumbré a los múltiples reviews (a lo bueno uno de volada se acostumbra… por cierto, perdón por los regionalismos que uso de repente, pero es que si no lo hago, no me sabe escribir… Así que, si no entienden alguna frase, me avisan). Igual y le hago como algunos autores, que no publican hasta tener una cantidad decente de opiniones… No se crean, yo no soy así. Cada una de sus opiniones vale diamantes, y si sólo hay una persona esperando la conti, yo se la escribo con mucho gusto.
…Pero no sean malos, de vez en cuando, tomar el teclado y decir qué les pareció no hace daño… (Como en el capi 7 XD).
Agradecimientos:
Milanh: Ya te había extrañado; bienvenida, mi hija pródiga, amo que te guste cómo se van tornando las cosas; la verdad estaba un poco preocupada de que no les gustara…
Geraldine Hatch: Siempre es un placer leerte, me da mucho gusto que te adentres tanto en la historia; es un verdadero honor para mí :3
romii: ¿Una novela? ¡Noooooooo! ¡ Jamás, jamás, jamás, lo juro! DX jajajaja Don't worry, no soy ASÍ de dramática jajajaja
CaptainK8th: JJAJAJAJA en serio me haces reír, especialmente porque yo soy igual de desesperada que tú, y también grito, y me rio… incluso con mi historia, QUE YO MISMA ESCRIBÍ jajajaja ya no digamos con las de otros. Por cierto, me equivoqué en la nota anterior; tú eras la chica desesperada, no Lexie, sorry :p
Medianoche 19: ¡Bienvenida! Qué bueno que te guste la historia, y tienes razón, las cosas que nos hacen madurar no siempre son las más agradables, pero bueno; al menos la vida se vuelve más profunda y significativa de esa manera.
Guest: No sé si darte la bienvenida o no, jejeje, pero igual te mando un abrazo; qué gusto que disfrutes con la historia, y tienes razón, la vida a veces nos lleva por caminos sin darnos elección; eso nos hace más humanos. Espero no decepcionarte con lo que viene.
mercy-got: ¡Bienvenida! Me encanta que te haya gustado el cambio de perspectiva, y sí, tienes razón, Helga es la pareja ideal para Arnold, pero pues, sin piedras en el camino, no habría historia XD Un abrazo.
En verdad me da mucho gusto que les agrade lo que pasó, la verdad estaba bastante preocupada por sus reacciones (quiero hacer algo que le agrade, en serio).
…Y bueno, ya me despido, o las notas serán más largas que el capi. ¡Las amo a todas! (y si hay todos, también).
Un abrazote apachurrado, Aufwiedersehen!
¡Nos leemos!
