Antes que nada, escribí un one shot cortito, llamado "Te recuerdo" me encantaría saber qué piensan, porque tal vez me anime a hacer algunos otros (no de la misma temática, no se asusten XD). Y gracias a LunaHermosa y a Geraldine Hatch que ya lo hicieron, las amo :3

Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon, etc. Enjoy!

Frío

¡Plaf!

El golpe resonó por todo el salón; la mayoría de los alumnos que habían estado abstraídos totalmente en su trabajo, volteaban a todos lados, confundidos. Los que habían visto entrar a la rubia, aún no podían creer lo que había hecho: especialmente a ella.

La dulce pelirroja la miraba con los ojos muy abiertos; la mano en la maltrecha mejilla, que en ese instante le ardía como una braza.

-Supongo que esto es lo que haría una persona decente y civilizada, ¿verdad? –le preguntó. Los azules orbes entornados; encerrando una mirada que podría provocar pesadillas a cualquiera.

Aún con los ojos desorbitados, asintió.

-Y supongo que comprenderás, si te digo, -agregó, arrastrando las palabras –que no quiero volver a verte en mi vida.

Otro asentimiento.

-Bien –afirmó, asintiendo levemente a su vez.

Luego volteó hacia atrás del salón, hacia cierto rubio que la miraba, aún con la cartulina en la mano y la boca abierta, con una mezcla de tantas emociones apelmazadas que sólo se podía decir que parecía a punto del colapso.

Y salió del salón pisando firme, orgullosa, con la cabeza bien en alto; no sin antes haberle dejado MUY en claro su mensaje al idiota ese:

"Tú sigues…"

- Varias semanas antes -

Esa opresión en el pecho… había vuelto. Se llevó una mano ahí, donde algo le avisaba que algo andaba terriblemente mal…

El mismo presentimiento que la había hecho ir ahí, y mentir… Porque no había tenido un descanso en sus clases del doctorado. Ella había decidido tomarse una semana libre, porque esa opresión en el pecho no se había ido con nada. No podía decirlo -¿Quién lo entendería?- pero ella lo sabía.

La primera vez lo había sentido ese día, había comenzado en la mañana, unas horas antes de que Helga la llamara…

Pasó una mano de lado donde solía dormir su hermanita cuando le daba cobijo en su cama (aún en contra de su voluntad) sonrió.

En verdad quería ir a buscarla, pero ya le había llamado tres veces, y las tres veces se lo había confirmado: estaba bien.

…Pero entonces; ¿Por qué esa sensación no se iba?

"… ¿Y tú?… ¿Dónde estabas tú?"

Le había respondido su padre en aquella ocasión. Cierto. ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde había estado ella todos esos años? Ahora exageraba, lo sabía. Helga tenía razón en alucinarla, pero, simplemente no podía evitarlo. Quería recompensarle con creces el tiempo que la había abandonado.

"¿Dónde estabas tú?" ¿Dónde estaba ahora? Ahí, profanado el santuario de su hermana, mientras ella hacía quién sabe qué cosa…

…Y lo de esa mañana… ¿Qué rayos había sido? ¿No había besado, hacía menos de dos días, en ese mismo lugar, a otro chico? Helga no era así. Mucho menos cuando el primer chico que había besado había sido Arnold. Su Arnold.

Le marcó a su padre, pero su teléfono estaba apagado. Bueno, en parte, eso le daba la razón a Helga. Llamó a la casa; nada.

"¿Ya ves? Puedes confiar en ella" se dijo. Pero la maldita sensación no se iba…

Apretó los párpados con fuerza; ese recuerdo jamás se iba a ir…

-¿Olga?

El tono en su voz en verdad la había paralizado del terror en aquella ocasión.

-Ya no sé qué hacer; papá no viene y mamá no me responde… y yo ya no lo soporto…

-¿Helga? ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? –había tenido que luchar por mantener el teléfono en sus manos. Sólo de recordarlo hacía que un horroroso escalofrío y una terrible sensación hueca y helada la recorrieran por completo…

-Me duele –había dicho ella casi sin voz; la respiración aterradoramente entrecortada –cada vez es peor.

-Quédate ahí –le había ordenado. La niña, dócilmente (aterradoramente dócil) había dicho "De acuerdo" –llamaré a un ambulancia, no cuelgues.

Había tomado el teléfono del chico de al lado, sin siquiera pedírselo, y había llamado a emergencias.

-Una ambulancia ya va en camino, cariño… ¿Helga? ¡¿HELGA?!

Pero ya no le había contestado. No era que la línea se hubiera cortado; ella ya no hablaba.

Había conducido como alma que llevara el diablo…

oOo

-¡Estaba en otra ciudad!

Le había gritado. Nunca había odiado a alguien. Jamás. De hecho, no había comprendido del todo el significado de esa palabra hasta ese momento. Sí. Sin tener qué preguntárselo, tuvo la absoluta certeza: Odiaba a su padre.

-¡Estaba en otra ciudad! –había repetido dando un paso al frente. Nadie había intervenido; intentado hacerla callar, ni siquiera el personal que laboraba ahí. La escena era demasiado buena para perdérsela -¡Llegué antes que tú, a pesar de estar en otra ciudad! Recorrí un camino de tres horas, ¡En una! ¡Tuve que ser yo, que estaba a quién sabe cuántas millas de aquí quien llamara a una ambulancia, ¡Porque no había nadie en casa con ella! –El estómago le hervía. La sangre se había agolpado en su cabeza; le palpitaban las sienes. Deseaba tomar a ese hombre –sentía que ya no lo conocía- y arrojarlo por la ventana -¡MI MADRE ESTÁ ENFERMA! ¿Pero tú? ¿Cuál es tu excusa? ¿Dónde estabas hoy? ¿Dónde demonios estabas cuando todo esto pasó? –las lágrimas le abrasaban los ojos. Sentía ganas de romper cosas, de gritar como posesa. Arrancarse los cabellos de la cabeza. -¿DÓNDE DEMONIOS ESTABAS?

El hombre, que en ese momento ya no era su padre, la miró de una forma hueca; extraviada.

-No lo sé –respondió de pronto. Parecía que el alma había abandonado a ese cuerpo frente a ella –No lo sé… -repitió.

De repente, levantó la mirada y clavó sus ojos en los de ella.

-¿Y tú? –Soltó de pronto -¿Dónde estabas tú?

¿Dónde había estado ella?

Ahí había comprendido todo. Ella también había cooperado con eso, desde el principio. Nadie había querido verlas. Ninguno de los dos. Habían acordado tácitamente ser felices en su egoísmo e ignorar a ese par de criaturas que necesitaban tan desesperadamente de su ayuda, de su protección. De su amor.

Ella era tan egoísta como él…

Como un autómata, se dejó caer contra la silla junto a la que se había sentado él.

Había pensado, ilusamente, que atrayendo la atención hacia ella, estaba librando a la pequeña del martirio por el que había tenido qué pasar ella. De tener que ser siempre perfecta; sin ningún margen de error. De tener qué llenar siempre las expectativas de su madre: de tener qué vivir por ella la vida maravillosa, llena de triunfos que el destino le había negado.

De desviar de la nena las expectativas y exigencias ridículamente elevadas de su padre…

Pero, se había exigido tanto en llamar la atención hacia ella, que incluso la suya propia lo había hecho… Y la pobre niña se había quedado sin nada…

Quería que su hermanita tuviera la felicidad, esa que ella sabía actuar tan maravillosamente bien, aunque jamás la había conocido en verdad… Pero no había hecho realmente nada por ayudarle a alcanzarla…

"¿Dónde estabas tú…?"

Si esa pequeña moría, ella moriría también. De pura tristeza, sí, y pasaría el resto de la eternidad en el infierno de la culpa… Viva o muerta… no podría liberarse jamás…

Y ahí estaba: Viva, saludable, hermosa; con ellos. Se había esforzado con toda su alma por ayudarle a lograrlo, pero aún así, ese infierno se había quedado. La culpa la consumía a cada instante; a cada momento.

A pesar de que ahora sonreía…

Porque esa sonrisa, sin importar lo que ella dijera… No era auténtica… Era casi tan falsa como la suya…

"¿Dónde estaba Helga?" Tomó la almohada de la muchacha y la abrazó. Olía a ella, a su cabello. "Está con Phoebe" le respondió la parte racional de su cabeza. "¿Y cómo está?"

Esta vez nadie le respondió.

oOo

Despertó con el corazón acelerado; y abrir los ojos y seguir sin ver nada no la había ayudado a calmarse… se había sentado, y poco a poco sus ojos se habían impuesto a la casi nula cantidad de luz…

Ahí, a lo lejos, divisó la ventana, y la mortecina luz de la farola de la calle que se colaba, muy difuminada, por entre las cortinas… ese era el único punto de iluminación en esa recámara.

Miró a su lado. El pequeño cuerpo de su amiga estaba laxo sobre el colchón, profundamente dormido. Estaba acostada de lado y abrazaba una gran almohada con brazos y piernas.

"¿Soñando con el cabeza de cepillo, eh?" le preguntó mentalmente, y sonrió.

Había soñado (o recordado) de nuevo, esa extraña parte de su vida. Esa en la que estaba casi totalmente privada de los sentidos, pero, aún así, lo suficientemente consciente para recordarlo. Había sido como estar bajo el agua; con ese peso que no te presiona pero sí se hace presente; que te aturde y te aísla de todo lo demás… la sensación de no poder moverse; de estar tan pesada como un elefante, de escuchar esos ruidos apaciguados… ese rítmico pitido en especial, que, aún si no tenía capacidad para razonar en ese momento, le hacía saber que aún se encontraba con vida… porque ante esa pesadez, esa obscuridad y ese maldito frío, había pensado que estaba muerta, aunque no sabía si "pensar" era una palabra adecuada en ese entonces…

A veces, cuando su cuerpo comenzaba a caer en el sueño, su cerebro recordaba, de súbito, esa sensación, que era prácticamente igual, y la hacía despertar aterrada.

"Aún no quiero morir…" Sí. Eso decía cada vez. A veces sólo en su cabeza; a veces, vergonzosamente, en voz alta. Maldito subconsciente que había terminando asociando ambas sensaciones.

Sonrió. Esto sí que era irónico. Por lo general, cuando dormía con alguien, (mayormente con Olga), al despertar se daba cuenta de inmediato que todo estaba bien y se quedaba dormida de nuevo muy rápido, ya sin sobresaltos. Pero esta vez, al despertar y ver a Phoebe ahí, junto a ella, había engañado a su confundido cerebro por un instante, haciéndole creer que acababa de volver del hospital y aún estaba tan débil que no podía ni hablar con coherencia.

Recordaba que había ido a visitarla a su habitación, después de la escuela, apenas había salido del hospital. Parecía a punto de las lágrimas, pero se las había ingeniado para sonreírle.

"Hola, Helga" le había dicho "te ves…" había durado rato mirándola, tratando de encontrar un sinónimo adecuado, pues no le gustaba mentir. Al final, como no lo había encontrado, se había limitado a reconocer: "te ves horrorosa." Por primera vez en mucho tiempo había reído. Sólo un poco, porque le dolía la herida aún a medio camino de cerrar.

La visitaba prácticamente a diario, pero como pronto se habían dado cuenta de que no podrían hacer mucho estando juntas, y Helga estaba increíblemente cansada todo el tiempo, había tomado por costumbre sólo saludarla, -tal vez preguntarle cómo se sentía- y luego se subía a la cama y dormía una siesta junto a ella.

Había sido increíble cómo había sentido la mejoría en todo su ser sólo con ese pequeño gesto.

Después de eso, siempre dormían en la misma cama, aunque antes siempre lo hicieran por separado. Se había convertido en una especie de ritual para ellas; uno sanador para las dos.

Después de la intempestiva mudanza, Phoebe había ido a visitarla muchas veces a la casa de su abuela; a veces pasaba todo el fin de semana allá, y habían aprendido a cuidar ovejas y montar a caballo juntas. En verdad había sido genial. Phoebe había sido un punto importantísimo en su recuperación, en especial, porque era la única que sabía cómo hablarle, cosa que nadie –ni siquiera Arnold- había aprendido aún (tal vez también Bob, pero, a comparación de antes, se había suavizado). Ella había sido la primera y única en darse cuenta que lo que ella necesitaba no era amabilidad, ni consideración, sino palabras fuertes y trato duro, que le hiciera recordar que no era una frágil muñequita de cristal que se rompería con el más mínimo golpe, como todos parecían considerarla desde su enfermedad. Phoebe había sido su faro de cordura en ese tiempo, recordándole su verdadero "yo", así como Olga lo había sido en el hospital; en el área de terapia intensiva, cuando todos juraban que iba a morir de un momento a otro.

Desde entonces las amaba a ambas con todo su corazón (no que no lo hubiese hecho antes) pero ahora lo que sentía por ellas era infinitamente más fuerte… aunque primero la quemarían viva que hacerla confesarlo enfrente de cualquiera de las dos. Se tiró sobre el colchón de nuevo y cerró los ojos… y Arnold llegó a su cabeza, y le dolió el corazón. Trató de hacer a un lado el recuerdo, y pensó en sus padres… y una sensación aún peor la asaltó. Las lágrimas se agolparon en sus ojos. ¿Ahora ni siquiera iba a poder dormir? Bufó; e iba a comenzar a pensar en la horrible realidad en la que súbitamente se había tornado su vida, cuando se quedó dormida, y soñó que Arnold le sonreía de lejos, y, por más que corría, no podía alcanzarlo. "Te espero en la colina" le dijo, y desapareció como si hubiese sido sólo un reflejo en el agua.

oOo

Despertó. Aún las estrellas brillaban en el cielo, pero él ya no tenía sueño. Vio el reloj; las 3:17.

Ahora que lo pensaba, aproximadamente a esa hora se habían bajado del avión hacía exactamente una semana.

Recordó lo increíblemente feliz que se sentía. Era como estar en un sueño: había vuelto, y, todo lo que una vez había sido rutina, ahora sería nuevo y excitante. Se moría por ver a sus abuelos; a los inquilinos (a los que quedaban viviendo ahí, al menos), volver a la escuela (porque durante todo ese tiempo sus padres se habían encargado de su educación) y sí… volver a ver a sus amigos. Mostrarles lo mucho que había cambiado, y, a su vez, maravillarse con lo diferentes, y a la vez iguales, que lucirían…

Por fin la vería a ella. Esa sería la culminación de todo. Después de que sus ojos se encontraran, el plan se acababa, y todo lo que podía vislumbrar era una ola de deslumbrante felicidad…

Qué iluso había sido. Y lo peor, era que ni siquiera tenían un motivo sólido para estar separados, simplemente, parecían haber perdido la capacidad para comunicarse… No que antes hubieran sido muy buenos en eso…

Se echó una almohada sobre la cara. Y ahora, esto, para cerrar con broche de oro el asunto. Había hecho lo peor que puedes hacer al estar en una relación. Había saltado de un simple jueguito en el lote baldío a las grandes ligas…

Era un traidor. La había traicionado… y en tantos niveles…

¿Qué hería ella cuando lo supiera? Ya ni siquiera le importaba de ella hubiera besado a ese tonto; era una parte del jueguito en el lote baldío que jugaban al principio… Él la había armado en serio. Si Lila quería que dejara de juzgar a Helga, lo había logrado. Lo que había olvidado enseñarle, era a no juzgarse a sí mismo…

Si él no podía perdonarse, ¿Cómo lo haría ella?

Tomó el cobertor y se cubrió hasta la barbilla. Vaya que estaba haciendo frío, y ni siquiera era tiempo aún. Perfecto. El clima se unía a la celebración.

Y él, como un idiota, había quedado con Gerald a las diez de la mañana, en el parque… y todo porque Phoebe había cancelado el "Domingo de novios" por alguna enigmática razón… Rayos. Ni siquiera iba a poder quedarse hasta mediodía disfrutando del calor de la cama, envuelto en un delicioso sueño que lo privara de la realidad (de esa horrible realidad) que lo asolaba.

oOo

Hacía frío. Un frío de los mil demonios. La menuda pelinegra había tenido qué levantarse a tomar otro cobertor y se lo había echado encima a una casi noqueada Helga, encogida por ese horroroso frío que ni así la despertó. Suspiró. Tendrían qué ir a su departamento por algo de ropa para ella, porque lo que traía no la iba a cubrir lo suficiente, y la ropa de ella no le quedaba; Envidiaba a las otras chicas que compartían ropa con sus amigas; el clásico: "Quédate en mi casa, yo te presto algo para que te pongas". Pero bueno. Si bien tenían una complexión parecida (ambas eran bastante delgadas); la rubia medía casi el uno setenta y siete, cuando ella difícilmente rebasaba el uno sesenta de estatura. No era terrible, pero bueno, por muy tonto que pareciera, siempre había querido compartir ropa con alguien. O compartir lo que fuera; la verdad, ser hija única a veces era bastante solitario, por mucho que Gerald se quejara de sus hermanos… o Helga de la suya.

Por cierto, ¿Se habría dado cuenta Olga de lo mismo que ellas? ¿Cómo se lo tomaría ella? ¿Cómo se tomaría Helga la actitud de su hermana ante la situación?

Sacudió la cabeza. Era hora de dormir; ya se preocuparía de eso al despertar.

oOo

Hacía frío. Aún no era tiempo, pero lo hacía… El clima estaba loco, igual que todo en ese maldito mundo de porquería.

Se sentó en esa banca. En esa misma que seguramente hubiesen usado si ella no hubiera pensado en una mejor opción. ¿Qué habría pasado si hubieran almorzado ahí, en lugar de en aquella remota colina?

Los sentimientos de ella siempre hubieran estado ahí, sin duda. Pero, tal vez, de haber estado en otro momento, no habría sobre reaccionado…

Porque ahora lo sabía: había sobre reaccionado y había arrojado lo mejor de su vida así, a la basura.

Y lo había continuado haciendo.

¿Por qué no había ido a partirle la cara a ese idiota, como tanto tiempo lo había fantaseado, en lugar de correr a los brazos de otra?

Tal vez quería que pasara… El pensamiento le dolió por su veracidad…

"Tal vez, después de todo, no soy tan inocente…"

¿Y ella? ¿Qué tan inocente era?

-¿En qué piensas? Alguien se había sentado a su lado. Él la miró un instante.

-En ti –respondió, clavando la vista en las ramas del árbol de enfrente.

-Ya veo…

El mundo pasaba lentamente frente a sus ojos; ambos demasiado incómodos en una ropa que habían tenido qué sacar prematuramente de su armario…

-Te extraño –soltó ella.

-Yo también –respondió él.

Ninguno se veía.

-¿No podríamos, al menos, intentar ser amigos?

Él la miró; ella lo veía. Sus ojos estaban brillantes, más que de costumbre. Su ceño ligeramente fruncido; su quijada, apretada… estaba triste.

-No… -respondió él –yo nunca podría ser amigo tuyo, Helga.

La chica bajó la mirada.

-Ya veo…

El viento helado cruzó en ese momento. Una tarde de principios de otoño convertida en una de crudo invierno.

"Ventisca otoñal," así la habían llamado en el noticiero.

Ella tembló. Él sintió ganas de envolverla con sus brazos. ¿Cómo podían ser amigos, si cada vez que la veía quería comérsela a besos? Apretarla tan fuerte contra él hasta que se volviera difícil respirar… besar su cabello; recorrer su frágil espalda con sus manos, y sí… hacerla suya.

Ahí. En esa banca. Eso era lo que quería hacer; no ser su amigo.

-¿Me odias? –preguntó ella; su voz tan baja que apenas alcanzaba a tomarla antes de que se la llevara el viento.

-No… -respondió él –en esta vida podría hacer cualquier cosa, menos odiarte.

-Ya veo.

¿Odiarla? ¿Cómo demonios podría odiarla si era, con mucho, lo que más amaba en el mundo?

-Sólo estás triste…

Ya no era una pregunta; sin embargo, respondió.

-Sí…

El viento pasó otra vez. Ella tembló de nuevo. Su ropa era más delgada que la suya.

Se quitó la chamarra y la puso sobre sus hombros.

Sus ojos al fin se levantaron, él se había puesto de pié.

-Te dará frío –dijo ella.

-No –respondió –yo ya me iba…

Y ella lo miró; el dolor desbordándose de su mirada; el reseco labio inferior atrapado entre sus dientes.

-De acuerdo –respondió; sus ojos azules, aún más grandes ahora que miraban hacia arriba; hacia él, lo hipnotizaron –te la devolveré maña…

Pero ya no pudo hablar; unas manos le atenazaban la quijada, la nunca. Unos labios; una lengua la invadían sin el menor tacto.

Quería respingar –estaba asustada- pero no podía hacer más que levantar las manos, y luego, sujetarlas contra sus hombros.

Quería comérsela. Quería hacerla parte de su sistema. No dejarla ir nunca. Ella estaba asustada; podía sentirlo en la tirantez de su cuerpo, en la forma en que no le respondía.

Pero no le importaba. Porque esto es lo que era ahora; en lo que ella lo había convertido.

-¿Por qué tenías qué besarlo? –Al fin la soltó. Sus ojos amenazaban con traicionarlo en cualquier momento y soltarse a llorar.

-¿Eh?

Ella en verdad no entendía…

-Los vi, frente a tu departamento, al día siguiente de nuestra cita en la colina.

Los ojos de ella lo miraron, aterrados.

-Yo no…

Pero volvió a besarla. Esta vez con calma, con delicadeza; y ella le respondió.

-¡Hey!

Un agudo y repentino dolor en la espalda lo hizo soltarla, mirar hacia arriba –había vuelto a sentarse- un anciana regresaba su bordón al suelo.

-¡Deja a la muchacha! –le ordenó, malhumorada –estás en un lugar público, por el amor de Dios…

Y se retiró lentamente, soltando maldiciones de anciana en el camino; diciendo como en sus tiempos todo era más puro, más casto.

En otro momento habrían reído. Pero ahora estaban demasiado confundidos, increíblemente incómodos.

-Yo… -soltó ella, pero no pudo continuar.

Él le pasó la mano por la cabeza.

-No me expliques nada –le dijo –no tengo cara para pedirte explicaciones.

Ella no preguntó por qué; no quería escuchar la respuesta.

-Te necesito –soltó en su lugar, y su voz se quebró. Las lágrimas habían comenzado a correr por su cara; abriendo un surco hirviente sobre su piel helada.

Y él la abrazó. Pasó su mano una y otra vez sobre el rubio cabello, ahora alborotado por el viento. Ella no sollozaba contra su pecho. Las lágrimas sólo escapaban, silenciosas.

Él pasó su fría mano sobre la inmaculadamente blanca piel de sus tersas mejillas, esas que tanto amaba tocar. Una a una, así como salían, él las borraba.

Y besó su frente. Y su nariz.

Y juntó su cabeza con la de él, y sintió que no quería dejarla ir nunca…

…Pero tenía qué hacerlo. Porque si volvían en ese momento, sólo lograría hacerle daño, y ella ya estaba demasiado lastimada, y no sólo por él; Podía verlo en sus ojos.

-Te amo –confesó –pero ahora no puedo estar contigo; no así.

-Lo sé –dijo ella, clavando la vista en la tela de la chamarra de él, ahora cubriéndola –por eso quiero que seamos amigos, porque te necesito a mi lado de la manera que sea.

-No puedo ser tu amigo –le repitió él.

-¿Podríamos, al menos, pretenderlo? –le dijo. Los ojos anhelantes, ahora clavados en los de él -¿Podrías hacer eso por mí?

-Por ti me iría al infierno –le dijo, y la apretó tan fuerte como pudo sin hacerle daño, y ella se volvió un bulto caliente entre sus brazos.

-Tengo calor –fue todo lo que ella respondió después de un rato –toma –se separó un poco para quitarse la chamarra.

Él se la puso, impregnada del calor de ella; de su aroma… y entonces deseó que el frío, el viento no se fuera jamás; así podría usarla hasta el día en que muriera.

-Amigos –le dijo él, tendiéndole una mano.

-Amigos –repitió ella, y su mano tembló contra la suya.

Y se levantó y se fue, y él quedó en la banca tal y como cuando había llegado.

-¿Interrumpí algo?

Preguntó, la voz que esperaba, a su lado.

-No, ella ya se iba –resopló, mientras veía, a lo lejos, su grácil cuerpo mecido por el viento; su cabello danzando junto a las hojas muertas.

-Caramba; sí que es bonita –dijo él, tomando el lugar que ella había ocupado hacía un momento.

-No tienes una idea de cuánto–soltó el otro, al tiempo que su pecho se llenaba de una cálida sensación de dolor.

oOo

-¿Y eso? –Phoebe la miraba con los ojos desorbitados.

-¿Qué? –soltó ella distraídamente, caminando con las manos metidas en las bolsas del largo suéter.

-¿Cómo que "qué"? –Inquirió, ligeramente irritada -¿No se supone que Arnold y tú terminaron? –agregó.

-Terminamos –le confirmó ella, sin verla a la cara.

-¿Y entonces?

-¿Entonces qué?

Phoebe resopló. ¿Cómo podía seguir con esa actitud tan desenfadada cuando acababa de pasar… bueno, "eso"?

-Helga, tal vez use lentes, pero no estoy ciega; Gerald y yo los vimos…

La rubia al fin volteó.

-Acordamos ser amigos. –le dijo sin variar el tono, mientras se encogía de hombros.

-¿Amigos?

-Mjm…

Phoebe levantó una ceja; ¿Qué clase de amigos se llevaban así?

-¿Se darán otra oportunidad? –se atrevió a indagar, aunque sin estar segura si hacía bien.

-Él dice que me ama –le aclaró –, pero no puede estar conmigo en estas condiciones…

-Necesitan trabajar en su relación primero –soltó la otra, comenzando a comprender la situación.

-Tal vez –dijo la rubia, encogiéndose de hombros de nuevo; no parecía nada animada.

Phoebe se limitó a caminar en silencio a su lado a partir de entonces. Hubiera querido estar con Gerald; no era que le molestara estar con Helga, pero extrañaba a su novio. No había podido verlo casi nada en la escuela (especialmente después que esos dos habían peleado) y la noche anterior lo había llamado para decirle que no iba a poder pasar todo el día con él como lo tenían planeado, sino que sólo lo vería en la tarde (y un momentito en la mañana, antes de cada quién tomar sus respectivas direcciones, "para entregarle la libreta que le había prestado el viernes"… y claro, aprovechar un poquito el tiempo, de paso. Y justo habían estado en eso, cuando vieron a Helga, quien, sabiendo lo que se avecinaba, se había adelantado un poco, cuando los habían visto, bueno, ganándoles con una ventaja holgada…), ya que Helga se fuera con su padre, a eso de las tres, a la función de lucha libre que tenían planeada desde hacía meses (si no es que la cancelaba también, aunque algo le hacía pensar que a su amiga no le molestarían otros cien grandes en compensación) ellos podrían hacer lo que fuera.

…Y sabía muy bien lo que quería hacer…

Ella había sido la de la idea de acompañarla hasta entonces; por nada del mundo iba a dejarla sola en el estado en que se encontraba. Después de haber llorado como veinte minutos esa noche en su recámara, parecía que algo le había absorbido el alma.

…Pero al menos ahora Arnold y Helga iban a intentar ser amigos, lo que significaba que podrían pasar tiempo juntos los cuatro.

Levantó la cabeza un poco aliviada, sonriéndole al remolino de hojas secas que bailaba frente a ella en ese momento.

oOo

Llegó el lunes. Helga caminaba por el pasillo de la escuela, sintiendo que el fin de semana se había ido en un abrir y cerrar de ojos, pero, a su vez, sentía que hacía siglos desde que se había encontrado con Arnold justo en ese pasillo, después de tantos años: cuando había pensado que, por fin, su vida iba a estar completa.

No se lo había mostrado esa vez, pero había estado a punto de desmayarse al verlo ahí, a unos metros de ella, tan alto y bien parecido, con esa piel dorada por el sol; con ese cabello eternamente salvaje… ese aire tan sabio, masculino e irresistible que había adquirido en sus viajes… Sus piernas habían flaqueado. Había estado a punto de gritar como posesa su nombre y lanzarse sobre él…

Cuando todo había parecido indicar que él ya no volvería sino hasta dentro de mucho tiempo (si es que alguna vez lo hacía) a su vida, se lo había encontrado allí, justo frente a su casillero…

Y entonces se había dado cuenta. Pese a todas las mentiras que se hubiera dicho para guardar la compostura durante ese tiempo, aún estaba perdidamente enmarada del chico, y, por más buena que fuera su vida en ese momento (¿Tal vez otra mentira de autoprotección?), nunca iba a ser totalmente feliz sin él.

Por eso había guardado la compostura. Porque el asunto era más delicado de lo que había querido creer; porque no tenía una certeza de lo que él pensaba de ella después de tanto tiempo… Luego se había ido dando cuenta, para su gran deleite, que, al parecer, los sentimientos de él sólo habían aumentado con el tiempo y la distancia…

…Y luego, su ridícula inseguridad había atacado…

Esa que no podía vencer con nada, (por mucho que la aplastara y la hundiera en lo más profundo de su ser), había comenzado a hacerla preguntarse, si no sería de la niña que era en el pasado de quien Arnold estaba enamorado aún, de quien se había enamorado tan fuertemente durante todos esos años; porque ella ya había cambiado demasiado desde entonces…

Luego, con su estúpida política de la honestidad, una vez que se había sentido totalmente cómoda, se lo había hecho saber… Y todo se había ido al infierno. Justo del lugar por el que había luchado tanto para salir.

Ahora tenía una oportunidad de nuevo, y no la iba a desaprovechar. Tal vez él aún no sabía qué pensar del todo, pero le demostraría, de nuevo, que con defectos e inseguridades (a pesar de ellos), eran el uno para el otro.

Iba tan abstraída dentro de su propia cabeza, que no vio al bólido rubio que se le aproximaba peligrosamente… Y terminó en el piso, con todos los libros regados por el suelo.

-¡Lo siento, lo siento!, yo… ¡¿Helga?!

Una enorme e involuntaria sonrisa cruzó la cara del chico, simplemente le era imposible no ponerse eufórico al tenerla tan cerca.

-¿Arnold? –soltó ella, sintiendo que el piso bajo su trasero se hundía y caía en un mar de rosadas y cursis nubes de algodón.

-Yo… iba a… -le tendió una mano para ayudarla a ponerse de pié –iba a… -¿Adónde es que iba? ¿A quién diablos le importaba? -¿A dónde vas tú? –preguntó en su lugar.

-No importa –respondió ella, mientras recogía, junto con el chico, el desastre de papeles en el suelo –en serio que ya no importa…

El chico metió la última hoja a la carpeta rosa de su amada, y luego la miró, sonriente. Acababa de tener una maravillosa y loca idea.

-¿Y qué tal si nos vamos a hacer nada lejos de aquí?

-¿Eh? –la chica había comprendido perfectamente la invitación, sólo que no podía creerlo.

-Fuguémonos de clases hoy –le susurró al oído. El corazón le retumbaba en el pecho.

-¿En serio? –inquirió ella, anonadado.

-Sí, yo también estoy mutando –dijo distraídamente -¿Nos vamos o nos vamos?

La chica sonrió.

-Es una decisión difícil… pero creo que me inclinaré por la segunda opción…

Ambos rieron. La rubia metió las cosas en su casillero, y ambos salieron disparados del edificio antes de que dieran el timbrazo de entrada.

…Y salieron al terrible clima de la estúpida ventisca, y, mientras sus mejillas se enrojecían por el frío, sonrieron.

Él le pasó una mano sobre los hombros y corrieron lo más lejos que pudieron, porque ahora eran amigos; un par de amigos que ahora hacían cosas prohibidas, y lo disfrutaban.

Un par de amigos que se amaban como locos, pero que habían decidido conocerse de nuevo, y reconciliarse con ellos mismos antes de continuar con algo más.

-¿Y ahora, a dónde vamos? –preguntó el chico, una vez recuperada la respiración (maldición, qué aire tan frío) después de correr por varias cuadras.

Helga lo pensó un momento.

-¿Y si vamos a mi departamento? –Sugirió, de pronto –Olga irá con mi madre a su trabajo (se aburre de estar sola en casa) y no volverán hasta las cuarto…

Arnold la miró con los ojos como platos. Una cálida y bochornosa sensación lo recorrió de pies a cabeza (concentrándose en el centro de su cuerpo), mientras la veía, sonrojada también (aunque tal vez era sólo por el frío), atónito.

-A cualquier lugar que vayamos podrían vernos –soltó inocentemente –ahí es el último lugar donde nos buscarían.

-Pero… -el chico comenzaba a ponerse nervioso. Nada bueno salía de un chico y una chica, en una casa sola (acababa de comprobarlo apenas el sábado).

-¿Tienes miedo de lo que pueda suceder? –le preguntó, y la mirada en sus ojos lo estremeció hasta la punta de los cabellos.

-La verdad, sí –reconoció, sin pensarlo.

-Somos sólo amigos –soltó ella, encogiéndose de hombros, mientras lo tomaba de la bufanda y se ponía en marcha, obligándolo a hacer lo mismo -¿Qué rayos podría pasar?

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Y ustedes: ¿Qué creen que pueda pasar? Yo ya no lo sé, pero se me ocurren muchas cosas, jujujuju (mode pervert ON)…

Capítulo algo denso… lo sé. Muchos recuerdos y muy poco presente… pero bueno, así es la historia, qué puedo hacer yo…

Les prometo que el próximo episodio será infinitamente más dinámico (Yo creo que me voy a poner a escribirlo de una vez, así que esperen actualización prontito).

Y una y mil veces, gracias por leer esta cosa y por sus comentarios; la verdad es que casi me voy de espaldas ante la cantidad que he recibido de nuevo (estoy en el cielo *-*).

Me van a malacostumbrar, jejeje…

Agradecimientos a:

CaptainK8th: Me encanta leer tus comentarios, aunque lamento haberte hecho llorar esta vez T-T Tienes razón, Phoebe es una gran amiga, y en este capi quise adentrarme un poco más en este tema… Un abrazo para ti, y de nuevo, perdón por hacerte llorar XD

Sakura (o Guest, jejeje, a veces pasan cosas raras en esta vida XD): ¡Hola de nuevo! Espero haber satisfecho un poquito de tu curiosidad con este capítulo. Debo reconocer que el reencuentro de Arnold y Helga no iba a ser así, pero hace unos días, de repente se me metió en la cabeza esa escena y ya no la pude sacar; a mí me gustó bastante como quedó, no sé a ti ;)

DarOn Mal: Te doy la bienvenida y un abrazo gigantesco. No sabes lo que elevaste mi ego con tu comentario tan detallado y específico :3 ¡Mil Gracias por tantas flores! Atendiendo a tu petición (y al montón de ideas que han ido llegando a mi cabeza) lo haré más largo, aunque no creo que demasiado…

Lexie Asakura Kidou: T-T Te hice odiar a Arnold… soy despreciable… pero en fin, quiero hacer lo más humanos posibles a los personajes, y como bien dices (que dije XD) las cosas no siempre son como deberían… y sobre tu pregunta: soy del mero Sinaloa, donde se rompen las olas XD ¿Y tú? Veo que también eres de México…

Milanh: Qué bueno que te conmoviste, quiere decir que voy por buen camino. La verdad es que hasta yo me conmuevo cada que leo esa parte (sí, soy una ególatra, lo sé, pero me gusta demasiado esta historia XD) Y sobre la última parte… bueno, eso se aclarará más adelante, lo prometo.

Geraldine Hatch: Ya llené de dudas a todo mundo, ¿Verdad? Esa era la idea (soy malvada, lo sé) Qué honor que te guste cómo van las cosas, en serio. Un abraztototote a la distancia para ti también :3

MxAdlerLover: ¡Otra nueva lectora! Bienvenida también y un abrazo. No sabes lo feliz que me hace saber que consideres lo que hago de esa magnitud, en serio que todas ustedes harán que mi cabeza se infle como globo y salga volando por la ventana ¡Estoy tan feliz! Una y mil veces, gracias. Aquí tienes el próximo capi, con mucho cariño.

Gracias a todas de nuevo, y abrazos mega apachurrados a cada una de ustedes. Las amo con locura (porque estoy loca, jejejeje…).

Bueno, ya me despido, que no quiero perder tiempo (no es que lo esté perdiendo en este momento, ustedes son la razón de que escriba esta cosa y sea tan feliz X3) pero quiero aprovechar ahorita que traigo la inspiración (siempre que publico un capi es que lo acabo de terminar, así que sorry por los errores que a veces llevan, pero soy una desesperada de primera y no puedo esperar a dejárselos y saber qué les pareció). Ya que lo termine de escribir me pondré a corregir con calma esos pequeños errores de dedo (o de este teclado viejo que tengo XD).

¡Nos leemos!