Derechos Craig Bartlett y NIckelodeon, etc.
Ventisca
Se sentía como en un sueño en ese momento. Ella iba delante de él, jalándolo intempestivamente.
Él no sabía qué pensar; ni siquiera podía verle la cara, incluso parecía que lo hacía a propósito eso de ir delante siempre, para que no alcanzara a verla.
El frío y el viento habían subido bastante esa noche, y, según el pronóstico del clima, había posibilidades de caída de aguanieve (al parecer, la simple ventisca amenazaba con convertirse en tormenta).
No se habían suspendido las clases, pero había muchas posibilidades de que muchos chicos se quedaran en casa. Por eso se le había ocurrido que podían darse una escapada; porque nadie los atraparía; porque nadie extrañaría su presencia (Phoebe y Gerald al parecer ni siquiera habían ido a la escuela). En un principio había parecido una excelente idea. Pero ahora, pensándolo bien, comenzaba a desear haberse quedado en la escuela.
Casi podía verse de nuevo en la casa de Lila, con muchas cervezas y el corazón roto.
Bien, al menos en esta ocasión, y dado el historial de Miriam con la bebida, dudaba que pudieran encontrar algo de alcohol… Aunque dudaba que fueran a necesitarlo. Se amaban; y mucho, y eran jóvenes e iban a estar totalmente solos… Estaba muy asustado. Casi tanto como estaba excitado. ¡Maldita sea! Esas hormonas iban a volverlo loco, sobre todo ahora que su cuerpo ya había conocido las delicias de la carne…
La miró, en ese momento ella clavó sus hermosos ojos de él y sonrió, estaban a punto de llegar.
Cuando vio al edificio, deseó salir corriendo en dirección contraria; su relación ya estaba DEMASIADO complicada para añadirle eso además; se suponía que se darían tiempo de pensar y arreglar las cosas… aunque, ¿En eso habían quedado?
…Ahora que lo pensaba, ella simplemente le había pedido que fingiera ser su amigo, porque lo necesitaba a su lado.
Y él la necesitaba también. Demonios que sí.
Entraron al edificio y llamaron al ascensor. Una vez dentro, la chica lo encaró.
-¿Nervioso? –le preguntó, su cara inusualmente roja (el frío; era por el frío).
-Helga… -dijo él –no deberíamos hacer esto…
-Sólo vamos a pasar un rato… como amigos, no te preocupes.
Y le sonrió. Pero esa sonrisa lo puso aún más nervioso.
Llegaron al piso y entraron al pulcro departamento. Tenía una temperatura deliciosa.
-¿Dónde dejo esto? –le preguntó, una vez que se quitó la chamarra.
La chica abrió una puertita y arrojó su abrigo también, con todo y bufandas.
-¡Es increíble el frío que está haciendo allí afuera! –Exclamó, molesta –me encanta el clima de otoño, y el invierno también… pero en sus fechas.
El chico sonrió.
-Lo que a mí me parece increíble es la calefacción de este lugar –dijo-en mi casa hace casi el mismo frío afuera que adentro.
La chica se encogió de hombros.
-A mi padre le ha ido bien –dijo –cuando recién nos mudamos, estábamos en un departamento de renta, más sencillo, que mamá pagaba; estaba en un plan de no tocar ni un centavo de mi padre, más que para mí. Entonces mi papá compró este departamento y lo puso a mi nombre –dijo, ya en la cocina, hasta donde el chico la había seguido; prendió la estufa y puso un recipiente, que sacó del refrigerador, a calentar –le dijo a Miriam que el departamento era para mí, pero que podía venir a hacerme compañía –se encogió de hombros de nuevo –vieras mi fondo universitario –soltó, abriendo muy grandes los ojos –el de Olga no era ni una tercera parte.
Se sentaron en los banquitos de la barra.
-Quiere decir que la compañía de tu padre es un éxito, ¿Verdad? –inquirió el chico, sintiéndose feliz por ella.
-Sí –reconoció la otra, aunque no lucía muy convencida –pero hay algo más –sacudió la cabeza y clavó la vista en un pequeño salero que tenía enfrente – yo creo que tanta generosidad se debe a… tú sabes…
-¿A qué? –inquirió él, totalmente ajeno a lo que pensaba su interlocutora. Esta levantó la vista, se veía molesta y avergonzada.
-Se siente culpable –soltó llanamente ella –por mucho tiempo no me dio nada… y ahora quiere remediarlo dándome de más…
El chico la miró un tanto conmovido, sentía ganas de abrazarla, pero se dijo a sí mismo que, en esas circunstancias, más le valía mantener las manos junto a su cuerpo.
-¿Chocolate? –le preguntó, poniéndose repentinamente de pié.
-Por favor –dijo él.
La chica apagó la estufa y le sirvió una humeante taza de un aroma delicioso.
-¿Receta de Olga? –le preguntó, sonriendo.
La chica asintió.
-Tú sí sabes cómo funcionan las cosas aquí –le dijo sonriendo, mientras hacía chocar su taza con la del chico.
Bebieron la deliciosa infusión en silencio, mirándose a los ojos. El calor de la bebida lo reconfortaba por dentro, pero no más que la sensación de tenerla así, frente a él, mirándolo tranquilamente. Había añorado tanto estar así con ella… Recordaba toda la zozobra, el dolor y la desesperación que había sentido en esos días, como si hiciera ya demasiado tiempo que hubieran pasado. Se recordaba apenas un día antes, ahí, en el parque, viéndola alejarse, sin saber lo que haría la próxima vez que la viera.
Pero habérsela topado así, tan intempestivamente como antaño, lo había hecho recordar viejos tiempos, cuando no había nada qué ocultar; nada qué temer, y se había dicho a sí mismo, que valía la pena intentarlo, aún con todos los peligros que pudieran amenazarlos, aún con la posibilidad de terminar con un dolor infinitamente mayor al que pudieran haber experimentado.
-¿Y ahora? ¿Qué hacemos? –preguntó ella, una vez terminada la bebida.
-No lo sé –soltó él; comenzaba a ponerse nervioso de nuevo.
-Vamos, Arnold, ¿En serio no se te ocurre nada? –preguntó, sonriendo.
-Esta es tu casa –dijo él –di tú.
Ella se mordió el labio inferior, mientras levantaba la vista hacia un lado (y él sintió unas arrasadoras ganas de besarla justo en ese momento, pero se reprimió).
-¿Quieres ver la tele? –le preguntó.
-¿En serio? –Soltó el chico, riéndose irónicamente -¿ver la tele? ¿Es lo mejor que tienes? ¿Nos fugamos de la escuela para ver la tele?
-¿Una película? –Soltó ella, fastidiada –seguro que estás demasiado atrasado en ese aspecto…
-Casi lo mismo –respondió él, cortante –siguiente.
-¿Quieres pasar a mi alcoba y… ponerte cómodo?
Al chico se le subieron los colores hilarantemente rápido.
-¡No! –exclamó, casi cayéndose del banco; la chica soltó una carcajada.
-¡Tranquilo! –Soltó ella –no te traje aquí para arrebatarte tu castidad…
Se rió de nuevo. Pero él sintió que caía en un pozo muy profundo…
-Oye, ¿Estás bien? –le preguntó, un poco preocupada de pronto, al ver la expresión en la cara del chico.
-Sí… sí –respondió, tratando de sobreponerse y fingió una sonrisa lo mejor que pudo -¿Qué tal si sólo platicamos en la sala? –le preguntó, e inmediatamente se arrepintió. Chico más chica, más sillones amplios y cómodos… era igual a problemas, de nuevo.
-¿Quieres contarme tus aventuras de chico selvático de nuevo? –Le preguntó –le verdad, me da flojera…
-Puedes platicarme lo que ha sido de tu vida –sugirió él, lo más inocentemente que pudo.
-Peor… -soltó ella, desviando la vista.
Arnold se desparramó sobre la barra.
-Creo que mejor nos regresamos a la escuela –soltó, junto con un suspiro.
-Te recuerdo que esta fue tu idea, Arnoldo –dijo la chica, recargando la barbilla en una mano.
-Tú quisiste venir aquí –contraatacó él, incorporándose.
-¿Quieres salir a congelarte el trasero allí afuera? –Se defendió ella -¿Arriesgarte a que te vea algún chismoso y tus padres te castiguen hasta el próximo año?
Ambos resoplaron. Definitivamente, debían haber planeado mejor las cosas.
Duraron otro rato sin decir nada, hasta que su teléfono sonó. Era Gerald.
-Viejo, ¿Dónde rayos estás? –Preguntó –teníamos clase juntos y no te presentaste…
-Bueno… -respondió él –creí que no habías asistido a la escuela…
-¿Y por eso no entraste a la primera clase? –lo interrumpió.
-Me fugué –reconoció él –casi no había nadie, así que le sugerí a Helga que…
-¡¿Estás con Helga?!
-Sí, justo ahora…
-De acuerdo, te veo mañana. –Sentenció, cortante.
-Pero…
-¡SIN PEROS! –y colgó.
El chico miró desconcertado el teléfono.
-Parece ser que, después de todo, no quería hablar –le dijo a la chica, sonriendo confundido, ella sólo lo miraba, insondable. –Tal vez podríamos…
Pero esta vez ella lo interrumpió. Se había puesto de pié y lo miraba directamente a los ojos, a sólo unos centímetros de él.
-Creo que sabes a qué vinimos, ¿No? –inquirió ella, bastante seria.
Al muchacho se le erizaron todos los vellos del cuerpo.
-Helga, no creo que esto sea lo más adecuado…
-¡Al demonio con tu estúpida moral! –Exclamó de pronto, fastidiada –Estoy harta de que todos quieran tratarme bien, que se aterren ante la posibilidad de lastimarme… no voy a romperme ni nada por el estilo, ¿Sabes?
El chico puso las manos en su cintura, y ésta se calló inmediatamente.
-No sabes lo que dices –sentenció, mirándola a los ojos, molesto – hacer "eso" no es cualquier cosa.
Los ojos de la chica se llenaron de asombro, y sí, también de tristeza.
-¿Tú ya…?
Con todo el dolor del mundo, él asintió.
-Vaya… -soltó ella, sin saber cómo actuar. De repente se había imaginado que algo así podría pasar entre tantos viajes y tanta gente, pero bueno…
-No me importa –soltó repentinamente, y él la miró, casi en shock.
-¿En serio? –inquirió, atónito. La rubia asintió.
-No me importa –confirmó –me da igual qué número sea para ti, quiero que mi primera vez sea contigo…
Hablaba muy segura, pero no lo miraba a los ojos. Él se sintió tan conmovido que casi lloró.
-Helga…
Pero ella seguía sin mirarlo.
Rodeó la delgada cintura con sus brazos y recargó su cara contra el torso de la chica.
-Eres increíble –le dijo, y ella, una vez más, comenzó a llorar.
La tomó de la mano y caminaron hacia su cuarto –el que decía "aléjate" en la puerta, obviamente-, y entraron; Era una habitación algo amplia, sencilla. Al fondo había una gran ventana que, seguramente, en los días soleados iluminaba magistralmente la estancia, aunque en ese día gris, no ayudaba mucho. Las paredes estaban pintadas de blanco, y unas líneas negras subían por una de las ellas, dando la impresión de ser la sombra de una enredadera, en las puntas había fotos y recortes (él aparecía en varias). La cama individual tenía sábanas blancas con discretos dibujitos de flores, hechos con líneas rosas, y un muñeco en forma de un ave multicolor (que él le había mandado, por cierto), reposaba en el lugar de honor de la cama. Se sentaron en ésta y él la tomó de la mano.
-Lo lamento –le dijo, llevando la mano libre hacia la cara de ella. Helga negó, algo abochornada.
-Últimamente no hago más que llorar –le dijo, con una agria sonrisa en el enrojecido rostro –soy tan patética…
-Eres hermosa –dijo él, tomándola de la barbilla y encarándola –y el día que por fin seas mía, será el momento más feliz de mi vida… pero, créeme, este no es ese momento.
Ella lo miró, algo dolida.
-En verdad quiero que sea hoy –dijo. Había dejado de llorar; pero seguía habiendo algo infantil en su actitud; casi parecía una niña encaprichada.
-Créeme. No lo quieres… o al menos no lo querrás si te digo lo que hice…
Lo miró, confundida, pero no preguntó nada.
-Helga, Lila y yo…
-¿Tú y Lila qué? –preguntó ella, sin saber a qué diablos salía a la conversación una chica que estaba casi al otro lado del mundo.
-Ella volvió el viernes –le dijo –y, después de verte con Elliot, yo…
-Antes de que continúes –lo interrumpió ella –y para que dejes de pensar tonterías, besé a Elliot sólo para que pudiera cobrar la apuesta.
Eso no se lo esperaba. La miró, absolutamente en shock. Ella sólo asintió.
-Yo creé la idea de la apuesta, ¿Sabes? –Le dijo –cuando vi que todos los idiotas de la escuela tenían una especie de competencia por salir conmigo, dije "al demonio, vamos a sacar provecho de esto" así que elegí al más idiota y manejable de todos –una malvada sonrisa surcó su rostro –y le metí la idea en la cabeza, (sutilmente, claro), le dije sobre una película experimental que había visto (una mentira, obvio) en la que un montón de hombres hacían una apuesta sobre quién podía montar primero a un caballo salvaje que había aparecido de pronto en un pueblo, y luego me inventé algún final gracioso que ya no me acuerdo… -sonrió, parecía encantada con el recuerdo –y luego le dejé MUY en claro, por si acaso, que lo más que podría sacar cualquiera de mi en una primera cita era, si acaso, un beso.
El chico la miraba con una mezcla de fascinación y asombro bastante graciosa.
-No fuera a ser que se tomaran literal eso de "montar" –soltó, junto con una risita –al día siguiente comenzaron a moverse, fue bastante notorio, a decir verdad, que los chicos traían algo entre manos. –Después, tentativamente salí con alguien, y, por su comportamiento, su instinto competitivo fue más que obvio; la apuesta estaba en marcha –tomó una almohada y la abrazó; estaba tan relajada de pronto que Arnold no pudo más que contagiarse –Después era fácil saber quiénes habían apostado, pero, para no levantar sospechas, salía con prácticamente todos, sólo evitaba a los que podrían traerme problemas serios. Fue fácil hacerme una idea de cuánto dinero se iba acumulando… Tenía planeado, cuando se hubiera acumulado suficiente, buscar, entre uno de los concursantes, uno lo suficientemente listo y confiable para fingir el beso, a cambio de la mitad del dinero.
Arnold cayó en cuenta de algo de pronto.
-Pero a ti, según veo, lo que menos te falta es dinero, ¿Por qué hacías eso? –inquirió, curioso (y algo preocupado, a decir verdad).
-Por la aventura –soltó simplemente ella, pero se puso seria de pronto y, luego de suspirar, lo miró directamente a los ojos y le confesó: -también tenía esta estúpida fantasía… como no volviste cuando dijiste que lo harías, (¡caray, se suponía que volverías en dos años!) y nunca tenías una fecha exacta para regresar… -su cara se puso muy roja -¿Prometes que no te burlarás de mí? –le preguntó, enfurruñada.
Él le sonrió cálidamente.
-Yo jamás me burlaría de ti –le aseguró, con una convicción avasallante.
-Bueno… -soltó ella –eso es en parte por lo que mejor le di el dinero a Elliot; ya no lo necesitaba, pero, siendo sincera, ya había pensado en él como mi cómplice; reúne los requisitos y, además, me cae bien, y dado que acababa de meterse en un gran lío por defenderme en la cafetería de la escuela, decidí que él necesitaba realmente el dinero más que yo.
-Sigues sin responderme para qué querías el dinero – señaló el otro, sonriente ¿Por qué le sacaba tanto la vuelta al tema?
-De acuerdo –resopló -quería, ya que tuviera suficiente dinero… juntando mis ahorros, claro… porque esa era otra de las ventajas de las citas; iba a donde me daba la gana sin soltar un centavo… bueno, el punto es que ya que tuviera mucho dinero…
Suspiró, desvió ligeramente la vista e hizo un gesto algo extraño; en verdad parecía batallar para confesar lo que seguía.
Tragó ruidosamente, le dio una pasada rápida con la vista a las sábanas para luego clavar sus grandes ojos, muy brillantes de nuevo, en los de él.
-Iba a ir a buscarte, -confesó, muy roja –a la parte del mundo en la que estuvieras… Te encontraría, y así podríamos estar juntos de nuevo, al menos unos días…
…
Algo estalló dentro de él. El cielo se abrió y los ángeles en forma de regordetes bebés bajaron de entre las nubes tocando sus diminutas y celestiales arpas; Casi podía escuchar los hermosos y multicolores fuegos artificiales desbaratándose a sus espaldas…
Allí estaba: la niña que había dejado a los once años; esa salvaje y loca, romántica y soñadora chiquilla dispuesta a hacer lo que fuera por lograr su objetivo; Por obtenerlo a él.
Sonrió como un idiota; como no lo hacía desde que era un infante: se sentía totalmente ebrio; pero ebrio de amor por esa celestial criatura frente a él. Muy lejos se había ido el bestial deseo que había sentido por ella desde el día anterior; que había ido creciendo desde su encuentro. Ahora sólo quedaba esa infantil emoción del amor puro y cristalino, de ese que no quiere nada más allá de la simpleza de estar con la otra persona. De disfrutar de su presencia por el simple hecho de ser quien es…
-Te amo –soltó el chico sin pensarlo, y le echó las brazos al cuello –, te amo –repitió casi sin voz.
Ella le pasó las manos por la espalda, sin idea de qué hacer…
Era él ahora quien lloraba…
oOo
Despertó poco a poco, algo aturdido. Una sensación de tranquilidad increíble lo envolvía, aunque, de momento, no sabía dónde estaba. Un olor dulce lo hizo voltear hacia un lado, y la vio ahí, junto a él, aún profundamente dormida. Aún confuso, y al verla de pronto, se asustó -¿Qué había hecho ahora?- pero al moverse notó que aún traía puesta la ropa, y vio que ella también.
Y entonces lo recordó: cuando él había comenzado a llorar, ella lo había abrazado, luego lo había tumbado en la cama y se había acostado junto con él, abrazándolo. "Vamos a dormir" le había dicho "creo que ya tuvimos suficientes emociones por hoy" y, sorprendentemente, en verdad habían caído en los brazos de Morfeo casi inmediatamente.
Casi podía escuchar a Lila diciendo que Helga aún era una niña, y nunca se sintió más feliz como al comprobar que era cierto.
El chico quería saber la hora, pero no veía reloj por ningún lado, y las cortinas que cubrían la vista a la calle no lo ayudaban tampoco. Se movió un poco para buscar su celular, y ella se despertó.
-¿Qué hora es? –preguntó, adormilada. El rubio cabello desordenado cayéndole sobre la amodorrada cara le daba el aspecto más encantador que hubiera visto jamás.
-No lo sé –respondió, mirándola encantado, al tiempo que le pasaba una mano por la tersa mejilla y alejaba algunos cabellos de su rosto a la pasada.
No pudo evitar pensar que nada lo haría más feliz en ese mundo que despertar así cada mañana del resto de su vida.
La chica lo sacó de sus ensoñaciones al momento que se retiró hacia la orilla de la cama y sacó un reloj de pulsera de la mesa de noche.
-Son las once, apenas –le dijo, acostándose junto a él de nuevo -¿Quieres comer algo? –el aludido negó con la cabeza, al tiempo que la atraía hacia él de nuevo –Sólo quedémonos así un rato más –dijo.
La chica sonrió, pero de pronto, volvió a incorporarse.
-¿Qué hicieron tú y Lila? –le preguntó, de golpe –me estabas contando de eso hace rato, cuando te interrumpí…
Rayos.
…¿Por qué no había aceptado la comida?
-Yo…
Balbuceó. Había estado dispuesto a contarle lo que había pasado, pero ahora, después de lo que ella le había confesado… simplemente no tenía corazón…
-Yo… -repitió.
-Te la pondré fácil –dijo ella, rodando los ojos –sólo termina la frase: Lila y yo…
La miró a los ojos; esos cristalinos e inocentes ojos azules, mirándolo sin malicia… ¿Cómo podía confesarle algo así?
-Nos besamos –dijo al fin.
-¿Qué? –inquirió ella.
-Nos besamos –repitió él, tranquilo. Helga estaba lo suficientemente ofendida para creerle la mentira –bebimos cerveza, platicamos, y, cuando menos lo pensamos, estábamos besándonos…
-¿Y qué pasó después? –le preguntó, mirándolo perspicazmente desde los ojos ahora entornados.
-Nada –mintió –sólo eso. Luego de que pasó, estaba tan abochornado que me fui de ahí.
-¿Por qué hiciste eso? –Le preguntó, algo dolida -¿Porque viste que besé a Elliot?
Arnold suspiró. No quería hacerla sentir culpable, pero, era la verdad… Al menos, en parte. "Hipócrita" se dijo a sí mismo; "¿desde cuándo escoges tan selectivamente la verdad?" –Estaba molesto por eso; sí… Creo que la palabra exacta sería "furioso" –confesó –, iba a pedirte perdón por mi comportamiento del día anterior y me topé con… bueno; con eso…
-¿Ibas a disculparte? –Soltó ella, asombrada.
-Sí –reconoció él –me di cuenta que sobre reaccioné con lo que me dijiste, y pues… sólo quería disculparme… no me importa ya no ser la persona más importante de tu vida –confesó, mirándola a los ojos –Lo único que quiero es formar parte de ella...
La chica lo miraba atónita; profundamente conmovida.
-Yo… lo siento –dijo –besé a Elliot justo frente a la puerta porque quería que Olga me viera, y, por tacto, no me fuera a preguntar sobre ti… la verdad, me dolía demasiado tocar el tema con quien fuera…
Su mirada se apagó, y una sensación horrible se apoderó del pecho de Arnold; había algo increíblemente incorrecto en que fuera Helga quien estuviera disculpándose… Y entonces, de nuevo, se sintió como basura.
-No fue tu culpa –dijo –yo fui el que actuó mal en un principio…
-Pero en verdad te dolió lo que hice; lo vi en tu cara ayer…
-Olvídate de lo de ayer –dijo afanosamente él, incorporándose sobre los codos, mirándola, anhelante –en serio olvida mi estúpida actuación de ayer; estaba viendo el mundo desde una perspectiva errada…
-¿En serio? –Preguntó ella, un tanto decepcionada –me gustó lo que dijiste…
Él sonrió.
Entonces guárdate lo que te hizo sentir bien, y tira lo demás…
Ella respondió su sonrisa.
-De acuerdo –dijo.
Listo; estaba fuera. Le había mentido y se había salido con la suya. Al menos, había ganado algo de tiempo… Pero… ¿habría algún buen momento para hacerle tamaña confesión? Y, además, ¿por qué se preocupaba tanto por eso, si ella misma le había dicho que no le importaba que lo hubiera hecho ya con alguien?
Fácil. Porque ella se imaginaba una mujer sin rostro, totalmente insignificante a estas alturas, a miles y miles de kilómetros de distancia, en un lugar al que nunca volvería, probablemente en alguna fiesta extraña, inducido por costumbres exóticas… No con alguien tan cercano, con tanto pasado juntos, y en una época tan alarmantemente cercana…
Ella le sonreía; sin tener idea de la tormenta que acababa de formar en su cabeza. Acercó su rostro al de él y lo besó dulce, lentamente. El chico le respondió sin dudarlo, mientras pasaba una mano por su espalda y la atraía hacia su cuerpo. La calidez, la delicada sinuosidad de sus formas; el contacto abrasador y a la vez suave de su piel, su aroma… Estaba totalmente extasiado y, en ese momento, se dijo que nada más importaba.
Se incorporó hasta quedar sobre ella y le quitó la blusa bruscamente, sin miramientos. Se sentía infinitamente más ebrio y emocionado que la vez anterior. Ella sólo lo miraba, anonadada. El cabello completamente alborotado cruzando en todas direcciones sobre su rostro; las mejillas rojas, el pecho subiendo y bajando furiosamente ante su agitada respiración… La besó de nuevo, y sintió que ella le desabotonaba la camisa… No podía creerlo… en verdad iba a pasar… en verdad… iba a hacerlo con ella…
…Sin protección, como la vez anterior; y después de haberle dicho la mentira más grande y terrible de su vida.
Se separó de ella de golpe. La chica, pensando que planeaba su próxima jugada, lo miró, expectante.
…Ese rostro sonrojado… esa mirada de inocente curiosidad… lo hicieron sentirse el peor de los patanes.
Se sentó sobre la cama y empezó a buscar sus zapatos, furioso consigo mismo.
-¿Qué pasa? –Preguntó la chica, confundida -¿Hice algo mal?
Él no le respondió.
-¡Arnold, contéstame por favor! –El aludido simplemente no podía mirarla -¡Arnold!
El joven se levantó, con los cordones aún desabrochados y salió del cuarto intempestivamente… y entonces vio la puerta abrirse frente a él…
Miriam y Olga estaban entrando justo en ese momento, cada una con un café en la mano y algunas bolsas; el rostro enrojecido de frío.
Y lo miraron: despeinado, la cara enrojecida; aún con la respiración agitada; la camisa abierta, los cordones desatados…
Y detrás de él, aún sobre la cama, una igualmente despeinada, agitada y ruborizada Helga, aún más precariamente vestida que él.
Olga tenía la boca abierta, en shock. Miriam desvió la vista de él a ella varias veces, procesando la escena a una velocidad alarmantemente rápida.
-Señora… Miriam… yo…
-¿Podrías hacerme el favor de retirarte en este momento? –siseó la mujer, mirándolo con una sonrisa tan torcida en el rostro que juró que tendría pesadillas con ella por años.
-¡No! –Soltó él –permítame explica…
-¡FUERA!
Ok. Por si alguna vez lo había dudado, esa era la madre de Helga G. Pataki, sin lugar a dudas. Esa aura aterradora que rodeaba la chica a veces, y que siempre pensó que había heredado de su padre, indudablemente, venía de ella.
-¡Fuera de mi casa en este mismo momento!
Una voz alarmantemente cercana a él casi le hizo pegar un grito.
-Vete, Arnold –casi le susurró al oído.
El chico volteó a verla, aterrado. ¿Cómo quería que la dejara sola en esa situación? Ella, sin verlo, pasó de él (aún con sólo el brassiere cubriendo la parte superior de su cuerpo), abrió el pequeño armario y le entregó su chamarra y bufanda.
-Te veo mañana en la escuela –le dijo, como si nada estuviera pasando.
-¿E… estás segura? –balbuceó él.
La chica asintió.
-Vete, por favor –le repitió amablemente.
La tranquilidad en su rostro lo hizo tomar su decisión.
-De acuerdo –le dijo, y besó su mejilla antes de seguir su camino.
El joven pasó entre las dos mujeres, que ahora le parecían unas enormes leonas, e intentó disculparse.
-Sólo vete –le ordenó la voz de la muchacha tras él, y lo hizo.
Sí que la había armado esta vez. Pensó, resoplando, una vez en la seguridad del elevador. ¿Por qué la había dejado sola? Fácil. Porque era Helga. Y sólo ella podía mantener esa increíble y algo aterradora tranquilidad en un momento como ese… Aunque no por eso se sentía menos cobarde… Bien; su autoestima iba bajando a una velocidad infinitamente mayor a la de ese estúpido ascensor…
…
-Helga… -su madre la llamó fríamente, sin voltear a verla, la aludida, inmutable, le respondió:
-¿Sí?
-¿Qué tienes qué decir de todo esto? –Al fin la encaró… Estaba furiosa. Por fin, después de tantos años, había logrado desatar la furia de su madre, y sin proponérselo.
Helga se encogió de hombros.
-No pensé que fueran a volver tan rápido –soltó, cínicamente.
Olga al fin reaccionó: clavó los exorbitantemente abiertos ojos en su hermana y se llevó las manos a la boca.
-¿Eso es todo? –inquirió su madre.
-Sí –respondió ella –y ahora, si me disculpan, voy a ponerme la blusa, que me está dando frío…
-¡Te quedas justo donde estás! –le ordenó su madre, sin embargo, la chica siguió su camino.
-Te dije que tengo frío –le respondió secamente.
Pero antes de que pudiera llegar a la puerta de su cuarto, su madre la había sujetado del brazo.
-Helga; ¿Tienes una idea de lo que acabas de hacer?
La chica la encaró, molesta.
-Tengo una idea de lo que "quería" hacer; sí –la corrigió –. Pero Arnold, por algún motivo, no estuvo de acuerdo conmigo y se fue…
Los dedos de su madre aflojaron el agarre, pero no la soltaron; su expresión se suavizó sólo un poco. Había algo de alivio en sus ojos.
-Pero –agregó, la otra, clavando sus ojos azules en los de su madre –créeme que lo convenceré de hacerlo; y MUY pronto.
Lo vio en sus ojos. Estuvo a punto de abofetearla, pero se contuvo en el último momento.
-¡Helga! –exclamó en cambio, apretándole más el brazo.
-¿Qué? –Soltó ella -¿Ahora comenzarás a comportarte como una madre?
La mujer la soltó inmediatamente, como si de pronto le hubiese quemado su tacto; tras ella, escuchó a su hermana mayor ahogar un grito.
-Helga… -exclamó de nuevo, pero ahora débilmente; parecía aturdida; como si acabaran de golpearla.
-Te escuché la primera vez –siseó -¿Qué vas a decirme? ¿Que eso no lo hacen las mujeres decentes? ¿Que debo esperar hasta el matrimonio, o alguna estupidez así? –Había una expresión increíblemente fría en el rostro de la adolescente, pero, a la vez, increíblemente dolida –No me vengas con cosas ahora, cuando toda mi vida te ha valido una mierda lo que hago –se dio la media vuelta y entró a su habitación, recogió la blusa de la cama y se la puso -¿Qué creías? –. La encaró de nuevo – ¿Que porque me aconsejabas "de mujer a mujer," como "mi amiga," siempre me iba a comportar "decentemente"? ¿Qué sabías tú de lo que hacía cada vez que salía con ese montón de perdedores? ¿De los problemas en los que podía meterme? ¿Estaba bien que hiciera lo que quisiera con ellos, pero cuando se trata de Arnold, vas a ponerte estricta, por primera vez en tu vida?
Parecía a punto de llorar. Miriam también, y Olga… bueno, esa ya lloraba desde hacía rato.
-Si quieres exigir como una madre, compórtate como una –le exigió, mientras caminaba hasta la entrada de su cuarto –el día que aprendas a hacerlo, entonces hablamos…
E iba a cerrar la puerta cuando Miriam se lo impidió, deteniéndola con el brazo, quedando a sólo unos centímetros de su repentinamente rebelde vástago.
-No me importa lo que digas de mi –soltó la mujer. Sorprendentemente, su voz no temblaba en lo absoluto –sé que no me he comportado como la madre del año jamás, y mucho menos contigo, -añadió, mirándola directamente a los ojos –pero sigo siendo tu madre, y reconozco cuando realmente tengo qué actuar…
-¿En serio? –La joven soltó una risita increíblemente sádica -¿Cómo cuando estaba revolcándome de dolor aquélla vez, y sólo se te ocurrió ir a comprar víveres en lugar de llevarme al hospital?
El aplomo en la cara de Miriam se rompió en mil pedazos. Su mirada reveló un dolor increíblemente profundo; increíblemente añejo y arraigado ya.
-Sí. He roto el tabú –soltó la chica, fastidiada, al ver, sobre el hombro de su madre, el horror reflejado en el rostro de su hermana, aún junto a la entrada del departamento –pero la verdad es que estoy harta; nadie habla de eso, pero es lo único en lo que piensa todo el mundo… -Su voz tembló por un ligero momento, pero inmediatamente se compuso –tratan de ser buenos conmigo sólo porque se sienten culpables, y sobre todo, porque me tienen lástima, y por la misma lástima que me tienen, se desviven por que esté bien; aunque ninguno tenga idea realmente de qué hacer, porque nunca lo han hecho…
Las otras dos mujeres en el cuarto estaban de piedra. Sólo la aguerrida adolescente parecía sacar fuego por cada poro de su ser.
-Me pregunto si alguna vez dejarán de compadecerme, y comenzarán a sentir algo por mí de verdad… si alguna vez, en verdad, me considerarán uno de ustedes…
Y cerró la puerta sin la menor oposición. Olga se dejó caer en el suelo, a punto de desmayarse. Miriam, como una autómata, se dejó caer, a su vez, en el sillón, con la cabeza sostenida en las manos.
…Habían tenido razón en el noticiero: Una terrible tormenta se había formado sobre sus cabezas…
oOo
Su celular sonó. Afuera todo era silencio.
-¿Sí? –respondió; era Arnold.
-Helga –la voz del chico sonaba preocupado (Qué sorpresa) -¿Estás bien?
-Sí –le contestó ella de mala gana. Mentira. Se sorprendía a sí misma de no estar llorando a lágrima viva en ese momento.
-Aún puedo ir ahí y explicar las cosas –le ofreció.
-¿Sigues en el edificio? –inquirió, asombrada.
-Así es –afirmó el chico –el portero no me dejó salir; dice que está a punto de golpear una tormenta y es peligroso andar por ahí a pié, así que llamé a un taxi… pero, si quieres, puedo cancelarlo e ir allá…
-Vete –lo cortó ella –si lo que dicen es cierto (y de seguro lo es; eso explica que Miriam y Olga hayan vuelto tan pronto), seguro que regresaron a todos los estudiantes a sus casas, y ya deben de estar preguntándose en la tuya por qué no has llegado.
-En efecto –suspiró –mi madre acaba de hablarme… y no me quedó de otra más que contarle lo que hice…
-No todo, espero –soltó la otra, sonriendo.
-No todo –confirmó él.
-Tengo una mejor idea –dijo de pronto –no te vayas aún, voy para allá.
-¿Cancelo el taxi? –cuestionó el chico.
-No. Sólo espérame –y colgó.
Se cambió de ropa de prisa, abrió lentamente la puerta de su cuarto, y vio el terreno despejado. De la cocina le llegó un leve tintineo, pero más nada. Se escabulló de puntillas y salió de la estancia sin que nadie la viera.
La puerta del ascensor se abrió. Helga le sonrió debajo de la gruesa bufanda.
-¿Estás bien? –le preguntó el muchacho, preocupado, ella asintió sin darle importancia.
-Creo que las cosas quedaron claras –dijo.
-Menos mal –soltó él, y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa -¿Qué querías? –Le preguntó -¿A qué bajaste? –le aclaró, ante la expresión de confusión de ella.
La rubia lo miró, extrañada.
-Voy contigo –le dijo, como si fuera lo más obvio del mundo.
-¿Qué? –exclamó él.
-Tengo muchas ganas de platicar con tu papá –le aclaró y sonrió.
El otro ya no dijo nada. Sus ojos le acababan de mandar el mensaje completo "Sólo sácame de aquí."
-De acuerdo –asintió, y entonces el portero, quien acababa de soltar el teléfono, le informó que había llegado su taxi.
Ambos salieron del edificio, y les sorprendió ver que el viento se había calmado, si bien las gruesas nubes seguían cubriendo por completo el cielo, envolviéndolo todo de una luz mortecina y casi metálica. Las calles estaban prácticamente desiertas.
"La calma antes de la tormenta" pensó.
-¿A dónde los llevo? –preguntó el taxista, una vez dentro. Fue Helga quien le dio la dirección.
El chico suspiró. Al menos, si llegaba con ella, el regaño tendría qué esperar mínimamente a que se fuera… y si venía una tormenta, sería dentro de un buen rato…
Y entonces cayó en cuenta de algo: ¿Helga le había avisado a su familia a dónde iba? Pero ya era demasiado tarde para preguntárselo. El vehículo ya se había puesto en marcha, y, por la cara de preocupación del hombre tras el volante, por nada del mundo esperaría otro momento a que la chica subiera a despedirse.
oOo
La puerta resonó en medio del vendaval. Todos los presentes en la sala voltearon al unísono.
¿Quién rayos podía ser con ese clima?
-Yo voy –dijo Miles, sonriéndole a la linda rubia junto a su hijo. En un principio le había extrañado verla ahí, especialmente con ese clima y con el pronóstico de lo que venía; pero siempre era bueno contar con su presencia en casa, sin importar las circunstancias.
-Ten cuidado, cariño –le pidió Stella desde el love seat que había estado compartiendo con él hacía un momento.
Arnold miró a Helga. Tenía un mal presentimiento. Y entonces lo supo; ella lo estaba sintiendo también.
Había estado toda sonrisas con sus padres, escuchando encantada las peripecias que habían sufrido los primeros días de grabación, en los que se habían topado con una tormenta tropical en un lugar donde nadie hablaba el idioma local; por lo general siempre tenían ya listo al traductor y guía cuando llegaban a una nueva locación, pero, esa vez, el susodicho había enfermado y ellos se habían quedado totalmente incomunicados en el peor momento.
Pero ahora estaba seria; expectante. Casi al acecho.
Se oyó la puerta abrirse y un murmullo en el pasillo. La espalda de la chica casi se arqueó de la tensión. Parecía saber lo que venía.
Dos pares de pisadas resonaron por el pasillo.
Primero entró Miles, quien miró a la rubia de una manera bastante significativa.
"Creí haberte escuchado decir que habías pedido permiso para venir aquí" le reclamaron sus ojos.
La chica agachó la mirada justo en el momento que Big Bob entraba, mojado y molesto, a la sala.
-Helga –masculló.
La chica, sin levantar la mirada, se puso de pié.
-Nos vemos –fue todo lo que dijo antes de salir de la habitación tras su padre.
Miles miró a su hijo, pero no dijo nada.
-¿Se van a ir con este clima? –inquirió la madre de Arnold, alarmada.
-Su casa está aquí cerca –respondió, encogiéndose de hombros, tratando de disimular su repentino mal humor –y es mejor que la chica esté con su familia.
Arnold resopló, desviando la mirada hacia un lado.
-¿Puedo retirarme? –preguntó, mientras se ponía de pié.
Su padre, con cara de cansancio, le hizo una señal afirmativa.
Se sentía como perro regañado, y nadie le había dicho media palabra. Se tiró en la cama y miró la lluvia semi congelada anegando su techo.
Bien. Desde que había vuelto a Hillwood, su única gracia había sido meter la pata.
oOo
La chica, sentada en el asiento del copiloto, veía a su iracundo padre, en ese momento totalmente concentrado en distinguir las cosas que se le ponían en el camino en los escasos segundos que duraba el vidrio delantero en cubrirse totalmente de agua luego de que el parabrisas la quitara.
Llegaron a la casa ahora sólo de su padre y éste se bajó, haciéndole una seña de que hiciera lo mismo.
Ella obedeció.
Tiesos de frío, entraron a la casa.
La chica se quitó la empapada chaqueta y la arrojó al suelo. Big Bob la observaba sin emitir sonido.
-Voy a bañarme –le dijo, el hombre sólo asintió.
Una vez fuera y con ropa seca, la chica fue a la sala donde su padre la había llamado mientras se vestía.
Tomó lugar frente a su progenitor. Éste la miraba, insondable.
Duraron así un largo rato. Sin ninguno emitir sonido. La chica no se atrevía a mirarlo a la cara.
-¿Qué voy a hacer contigo? –soltó de pronto, sobresaltándola un poco.
Volteó. Él se masajeaba el entrecejo con una mano.
Por toda respuesta, la jovencita se encogió en su lugar.
-Nunca he sabido qué hacer contigo –confesó –desde el principio, has sido endemoniadamente temperamental –resopló –. Te amo, pero en verdad no sé qué hacer contigo…
La chica hizo un puchero.
-¿Qué quieres, Helga? –le preguntó; la vista clavada en su bello retoño, ahora encogido y silente -¿Debo castigarte? ¿Gritarte?... ¿O sólo necesitas un abrazo?
La chica pasó rápidamente una mano por su cara, tratando de disimular una traicionera lágrima que, veloz, se había escapado de su ojo.
-Hemos sido horribles contigo –confesó, sin despegarle la vista –, y tienes razón: nos sentimos tan culpables que no sabemos cómo tratarte. Así que dime, hija; ¿Qué quieres?
Helga escondió la cara entre las manos mientras se ponía de pié e intentó huir, pero en un rápido movimiento el hombre la tomó del hombro.
-Espera –la chica intentó soltarse, pero fue inútil, su padre se había puesto de pié también y le había pasado un brazo sobre los hombros –no somos una familia perfecta –continuó, dándole un ligero apretón –pero sólo nos tenemos los unos a los otros; entiendes eso, ¿verdad?
Ella seguía en el silencio total.
-Helga, tu madre está inconsolable –le dijo –, cuando vio que no estabas en tu cuarto, se puso histérica y me llamó… era más que obvio para mí dónde estabas, así que, cuando le dije que iría por ti, se tranquilizó un poco y luego me contó lo que pasó –la chica sollozó ruidosamente –. Todo –agregó.
Entonces se revolvió contra él; en verdad quería huir. Sin soltarla, el hombre la obligó a sentarse de nuevo, y tomó asiento junto a ella.
-A mi no me importa –soltó roncamente; la afirmación casi sonó como un ladrido. La chica lo miró asombrada por entre las lágrimas –todos los chicos lo hacen, o al menos, la mayoría –agregó, desviando la vista al techo.
…No podía creer lo que estaba diciendo su padre…
-El punto es que a tu madre, eso la altera –agregó –, a mi no me hace gracia tampoco –reconoció, por fin encarándola de nuevo; tenía el entrecejo fruncido –pero no creo que el mundo se vaya a acabar por eso… lo que me molesta es que le hayas reclamado algo tan delicado a tu mamá –entonces su mirada se volvió muy profunda; no lucía molesto, más bien, parecía decepcionado –eres una chica muy lista, y eres buena también –agregó –. Me sorprende que hayas lastimado a tu madre de ese modo a propósito…
Las lágrimas de su hija, que se habían ido deteniendo poco a poco, retomaron su ataque de nuevo.
-¿No tienes nada qué decir? –inquirió, luego de un rato. Su hija seguía ocultando la cara en sus manos, sumergida en el más absoluto mutismo.
…Y continuó así.
El hombre exhaló ruidosamente. Echó los brazos alrededor del frágil torso de su hija y la abrazó muy fuerte, luego recargó la barbilla contra su rubia cabeza.
-Quédate conmigo hasta que las cosas se calmen por allá –le dijo –… tranquila –agregó, al escucharla respingar aún entre los sollozos –. Lucy ya no trabaja conmigo.
La chica se separó de él y levantó la cabeza.
-¿Qué? –preguntó, confundida, aún entre las lágrimas.
-La despedí la semana pasada –dijo sin darle importancia –, me cansé de sus tonterías.
Helga lo miró, perspicaz, pero ya no dijo nada.
-¿Tienes hambre? –Le preguntó él mientras se incorporaba –no podemos ordenar una pizza –dijo –, pero algo debe haber en la alacena.
Y se fue a la cocina.
Ella se quedó ahí, en la sala, escuchando el sonido de la lluvia en la casa que ahora se le antojaba demasiado grande; hueca. La extraña obscuridad de la tormenta parecía haberla llevado al pasado, pero en una dimensión donde todas sus memorias habían sido borradas, y sólo quedaba ese cascarón mostrándole todo lo que fue, pero, a su vez, todo lo que pudo haber sido su pasado.
…Y comieron unos horribles huevos con jamón que su propio padre preparó, jugaron damas, y al final, la chica se quedó dormida en el sillón, mientras intentaban ver una película con la terrible señal ocasionada por la lluvia.
Big Bob la miró, y la recordó siendo pequeña, casi una bebé, dormida junto a él, cuando intentaba ver enteras las películas que pasaban ya tarde los fines de semana, y nunca lo lograba, sin embargo, tampoco nunca se rendía en sus intentos…
Suspiró, y luego sonrió… en verdad, nunca había sabido qué hacer con esa salvaje criatura… y eso era lo que más amaba de ella…
oOo
Las clases se retomaron hasta el miércoles. Toda la tarde del lunes había llovido y buena hasta pasado el mediodía del martes, pero, por fortuna, no había ocurrido nada qué lamentar.
La tormenta se había ido, junto con la ventisca, y el clima poco a poco se iba estabilizando, aunque la humedad de tanta lluvia aún bajaba la temperatura más de lo normal.
Helga caminaba lentamente por el pasillo, con toda la pereza del mundo, luego del inesperado descanso (tanto de la escuela como de Olga), cuando un brazo se encaramó sobre sus hombros. Un par de ojos grises le sonrieron, muy cerca de su cara.
-¿Te gustan mis nuevos anteojos? –le preguntó.
-No sabía que necesitaras lentes, Elliot –le dijo la rubia.
El otro sonrió.
-Yo tampoco –dijo él –pero ahora que soy rico, estoy aprovechando el tiempo.
-¿En serio? –Inquirió ella, incrédula –¿Lo primero que se te ocurrió hacer, luego de cobrar tu fortuna, fue visitar a un oftalmólogo?
-Vista cansada –soltó él en tono dramático, luego agregó, en un tono más bajo –me dijiste que buscara protección, y tú sabes; no hay nada peor ante la vista de la sociedad que golpear al chico con anteojos…
Helga soltó una carcajada, pero se cortó de pronto al ver la repentina e intempestiva expresión en el rostro de su interlocutor; Estaba anonadado. Volteó hacia el lugar que miraba y comprendió la razón.
Una hermosa pelirroja los observaba, al parecer, sin saber qué hacer.
-¡Mi hermosa hada de fuego! –Exclamó, al tiempo que retiraba bruscamente el brazo de los hombros de la rubia y corría a abrazar a la azorada Lila, levantándola del suelo -¿Cuándo rayos volviste que no me habías avisado? –preguntó, casi al borde de las lágrimas, sin soltarla.
Ésta, atónita, aún con los pies despegados del piso, miraba al chico rubio que se encontraba justo detrás de Helga en ese momento.
"¿PERO QUÉ DEMONIOS?" le preguntaba su mirada, y Arnold, quien, unos segundos antes, al divisar a su chica con ese molesto castaño bonachón pegado a ella en ese medio abrazo, se había acercado a, por fin, marcar territorio, ahora miraba a la confundida y azorada pelirroja sin saber qué cara poner.
"Es una larga historia" pensó, y se llevó una mano a la frente.
…Lo que le faltaba… ahora tendría qué explicarle a Lila, que lo de Helga y Elliot había sido un tonto y garrafal malentendido de su parte. Que, al parecer, en verdad Elliot la amaba con locura y había estado esperándola, ansioso por saltar a sus brazos, justo como ella había soñado…
…Y que lo de ellos había sido, si se podía, un error aún mayor…
Esperaba que, de nuevo, Lila se aferrara a su novedosa política de aceptar y abrazar los errores, o sería hombre triplemente muerto.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
Hasta aquí llegamos hoy. No se me ocurre mucho qué decir en esta ocasión, sólo agradecerles por tomarse el tiempo de leer esta cosa y aún más en dejarme sus comentarios; en verdad amo saber su opinión.
Agradecimientos especiales a:
Milanh: Me hizo reír mucho tu comentario. Es gracioso porque a ti no te dejaba leerlo tu amiguito bigotón, y a mí no me dejaba escribirlo la mía: primero me mordía los pies, luego se me subió a las piernas y me mordía las manos, y luego le dio por subirse al teclado… creo que por eso quedó con tantos detalles el capi… pero en fin. Gajes del oficio, ¿verdad? Un abrazo para ti y para tu gatito, y aguas con la silla asesina ;)
romiih: Aquí está tu actualización con mucho cariño, y, sobre lo de que se reconcilien… pues ya veremos ¡muajajajajajajá! (se supone que es una risa malvada) XD Un abrazote.
DarOn mal: Ego bien alto y aún más si continúan comentando XD Me fascina saber que te guste tanto lo que hago, en serio. Y aquí tienes la conti con mucho gusto; es un placer para mí entretenerlos. Un abrazo :)
Sakura: Me encantó que te encantara el capi; Olga es un personaje que no iba a tener mucha relevancia en la historia en un principio, la verdad, pero una vez que comencé a usarla no pude parar. La amo, y a Phoebe también. He aquí la respuesta sobre lo que pasó en el depa… al comenzar a escribir ni yo estaba muy segura de lo que pasaría, pero ya ves: Arnold sólo complicó las cosas… pobre :( ¡Abrazos para ti! :3
Y ya para finalizar, (porque la respuesta está algo larga):
Guest: No sé si darte la bienvenida o no, pero dada tu forma de expresarte, lo dudo, así que bienvenido(a) seas también. ¿Sabes? Haces una observación muy buena. Estoy consciente que rara vez utilizo los nombres de los personajes en las escenas; por lo general me gusta hacerlo hasta que ya di suficientes pistas sobre qué personaje estoy utilizando (que el lector vaya creando toda la escena desde cero en su cabeza; es parte del estilo de la narrativa), y como, hasta el momento, nadie se había quejado, tal vez se me pasó la mano con eso de el anonimato y confundí a algunas personas (como a ti, y en cuyo caso me disculpo). Pero bueno; dado que, especialmente en el capítulo nueve sólo hay dos personajes por escena, creí que sería demasiado obvio quién era "ella" o "él"; tres en la escena del parque, y el del final es Gerald, a quien había estado esperando Arnold, como lo había explicado antes, y creí especificar después. Como sea, estoy trabajando en ese detalle ;) Como verás, tu opinión también vale para mí y te agradezco tu sinceridad, aunque te agradecería también que para la próxima ocasión, (si la hay), trates de expresarte de una manera un poco más civilizada y menos agresiva, como todos los demás aquí. (Te recomiendo que cuentes hasta diez antes de escribir cuando estás molesta(o)). Recuerda que la gente siempre te tratará según como tú la trates. Un abrazo:)
…Y pues bien, hasta aquí llegamos hoy; les reitero que se reciben tanto flores como tomatazos; pero por favor, dije tomatazos, no pedradas, porque las palabras innecesariamente duras, pues duelen.
Besos y abrazos apachurrados para todas (y para todos).
¡Ich liebe sie! X3
¡Nos leemos!
