Derechos Craig Bartlett, etc.

Luz

No debía hacerlo, pero simplemente no podía resistirlo. Le dolía, pero aún así seguía haciéndolo… ese sabor a cobre era asqueroso, pero, por algún motivo, le gustaba… Definitivamente estaba loca, y era una masoquista; por eso quería ser amiga de esa criatura tan violenta…

Si eso le había hecho sólo por un tonto beso, sería mejor preparar sus boletos de regreso a Francia cuando se enterara de lo que realmente había hecho con su novio…

Se rió ante el recuerdo.

Le había dado muy duro, tanto, que la había hecho caer al suelo. ¿Cómo rayos había podido darle tan fuerte con una distancia tan corta? Y sí que había sido rápida; ni siquiera lo había visto venir. El dolor punzante y caliente en el labio y la nariz, la tibieza de la sangre corriendo por su cara.

-Muy madura, Helga –había sido lo primero que había alcanzado a decir, desde el suelo, mientras la veía aguantarse la risa.

Iba a responderle algo, cuando un grito las había hecho voltear a ambas.

El director, ni más ni menos, las veía con la boca abierta; un maletín en una mano y un termo con café en la otra.

-¡Pataki! ¿Qué diablos haces?

La rubia había fruncido el ceño.

El director sólo conocía los nombres de dos clases de chicos: los que destacaban por brillantes, y los que destacaban por desastrosos. Helga estaba en las dos categorías, así que el director (y todo el personal de la escuela, a decir verdad) la conocían doble.

Ante el grito, mucha gente había salido a los pasillos; la mitad había corrido a ayudarla a levantarse (la mayoría horrorizados al ver la sangre escurriéndose alarmistamente hasta el piso) y la otra mitad sujetando a Helga de los brazos, como si estuvieran aprehendiendo a un criminal extremadamente peligroso; otros, como si tocaran una fiera salvaje.

La verdad es que ambas hacían el mismo caso de los que habían venido a intervenir: ninguno. Ambas tenían la vista clavada en la única figura que importaba: el director.

-No se enoje con ella, -había dicho Lila –fue mi culpa.

-Sí, fue su culpa –la había apoyado Helga, asintiendo cándidamente.

Pero de nada había servido. Lo único que había pasado con eso es que todos vieran a la pelirroja casi como una santa, y a la rubia como el mismo demonio. No era que le importara realmente a ninguna lo que pensaran de ellas ese inútil montón de sacos de huesos sin cerebro… Sí, era por eso que quería ser su amiga, sin importar cuántos dientes perdiera en el proceso.

Siempre había pensado que ella era genial, siempre había sido la representación de todo lo que quería ser, pero no se atrevía; siempre había pensado que, si se le acercaba lo suficiente, se contagiaría de su temeridad y comenzaría a importarle un reverendo sorbete lo que el mundo opinara de ella.

Había vuelto de Francia y ya en verdad lo que pensara el mundo de ella le importaba un sorbete, pero las costumbres son difíciles de erradicar. Y ella era una fingida niña buena hasta la médula. Necesitaba esa contraparte dura y ácida para poder estar completa… Sí. Necesitaba a Helga, y no iba a parar hasta conseguirla, sin importar que "el estúpido cabeza de balón" se siguiera interponiendo… Sí, en definitiva, era genial ser Helga.

Se chupó el hinchado y punzante labio de nuevo; estaba caliente.

Tomó su mochila y se decidió a salir a clases, sin importarle que su otrora impecable blusa estuviera ahora toda manchada de sangre.

-Puedes irte a casa si quieres, cariño –le había dicho la enfermera dulcemente.

-Estoy bien –había respondido ella, y por acto reflejo, le había regalado una sonrisa… una sonrisa que le había dolido hasta el alma.

-¡Ouch!

-Ve a casa, linda –le había repetido la enfermera –, llamaré a tu papá para que pase a reco…

-Está de viaje –la interrumpió ella –y la verdad, no estoy tan mal; de hecho, estoy bastante bien, así que, si me disculpa, me voy a clases.

-Pero…

-En serio estoy bien.

Y salió de la enfermería. La mujer se quedó un poco en shock. Por un momento, la mirada de la adolescente la había asustado. ¿Acaso tendría una ligera contusión, o… en verdad la había mirado con esa frialdad aterradora? ¿Ella? ¿La niña más dulce de la escuela?

…No; definitivamente debía ser una contusión…

oOo

-¿Quieres acompañarme al trabajo, linda, o nos tomamos el día libre?

El aire entraba a raudales, veloz, por las ventanillas abiertas. Su madre lucía radiante. La ceñuda adolescente apenas la miró por el rabillo del ojo; ¿Qué no debía estar gritándole por lo que había hecho? En lugar de ello, parecía ansiosa por irse a celebrar…

El celular sonó.

-¿Sí?

-¿Helga?

-Hey, Arnold.

-¿Cómo estás? –su voz sonaba inquieta.

-Bien –dijo ella –mañana puedo volver a la escuela.

Escuchó al chico exhalar el aire retenido en sus pulmones, aliviado.

-Genial –soltó el chico –aunque te extrañaré hoy…

-Dramático –soltó ella –, puedes ir a hacerle compañía a la señorita perfección; seguro que toda la escuela se peleará por ofrecerle apoyo y compañía, consolarla y darle muestras físicas de afecto… si te descuidas, terminarán asfixiándola, o explotará por tener que fingir cordialidad en cantidades tan industriales. Digo, la hipocresía definitivamente es lo suyo, pero tampoco debería sobre exigirse, está muy débil por la pérdida de tanta sangre…

Arnold se rió.

-Tú te sofocarás de tanto sarcasmo y acritud; se te atorarán en la garganta y morirás…

-Nop, al contrario, -se defendió, divertida –es por eso que siempre lo saco; te sorprenderías de la cantidad de vidas amables y bien educadas que se cobran cada año las acumulaciones de sarcasmo y acritud dentro del cuerpo; acabo de leer un minucioso estudio de Harvard al respecto…

Su madre, a su lado, reprimió una risa; del otro lado de la línea, Arnold no.

-Eres el demonio, Helga –soltó el chico, encantado.

-No eres la primera persona que me lo dice –soltó ella, sonriendo por primera vez en el día, orgullosa.

-Bien, iré a salvarle la vida a Lila… -dijo el chico, divertido.

-Por favor, caballero de brillante armadura y cabeza de balón; y no te preocupes por esos labios rojos e inquietos; los he dejado fuera de servicio por un buen rato. –y colgó.

En la escuela, el rubio miró el celular en sus manos con una repentina y profunda tristeza.

"Ay, Helga –pensó, moviendo la cabeza –si supieras…"

Luego se imaginó a Helga dejando fuera de servicio a sus partes inquietas, cuando se enterara de lo que habían andado haciendo en realidad.

"Te lo mereces –pensó –lo que sea que te haga: te lo mereces."

oOo

Mamá se había ido al trabajo, ella a casa.

La nena no había querido celebrar, y mamá estaba tan orgullosa de ella que le había concedido el capricho de quedarse sola en casa.

La adolescente veía un estúpido programa por la tele, mientras se preguntaba por qué asesinaba a sus neuronas de esa manera. Era basura, pura y llanamente. La protagonista increíblemente mal actuada lloraba por los rincones por culpa de su infiel pareja, que ahora iba a casarse con la mujer más malvada del mundo porque estaba esperando un hijo de él. Éste, aunque había estado tan borracho esa noche que ni siquiera podía recordar lo que había pasado, iba a casarse con ella porque era tan endemoniadamente honorable que, si había la más mínima posibilidad que ese hijo que aquélla mujer esperaba (que en realidad, no era más que un cojín bajo la blusa de la ruin villana) fuera suyo, entonces él le respondería, aún si tenía qué sacrificar al más grande amor de su vida en el camino. Y ella lo comprendía perfectamente, claro, como buena y estúpidamente honorable y patológicamente sufrida heroína de telenovela, pero su siempre rebosante de sentimientos corazón aún no se hacía a la idea de perderlo para siempre...

Vaya montón de basura… eso apestaba en tantos niveles… Pero ahí estaba; mirándolo. Tal vez inconscientemente se estaba flagelando en castigo por haberle partido el labio a Lila… pero no lo creía; se sentía demasiado bien al respecto como para tener una pena subconsciente por eso.

El intercomunicador sonó. Vio la hora; era en la que usualmente llegaba a casa de la escuela. Sonrió. Corrió hacia el aparato y presionó el botón.

-¿Arnold? –preguntó, esperanzada.

-¿Helga?

-… ¿Lila?

-Hola… -"¿Qué diablos estaba mal con esa mujer?" -¿Puedo pasar?

-Pasa. –"ya qué."

Y presionó el botón.

Minutos después, tocaron la puerta. Abrió.

-¿Qué diablos haces aquí? –le preguntó, aún traía la ropa manchada de sangre.

-Te lo dije, quiero ser tu amiga –soltó la otra entrando al departamento aún sin que la invitaran.

-Ponte cómoda –soltó irónicamente la rubia mientras cerraba la puerta –¿Vienes aquí? ¿Sola? –Preguntó, mirándola mientras se sentaba en su sillón -¿Desde cuándo los corderitos se meten por su voluntad en las fauces del lobo? –inquirió, mirándola con los ojos entornados.

La otra la miró intensamente.

-Perdona que no me ría de tu broma –dijo –pero tengo mi pobre labio partido.

-Di que no te dejé el ojo morado, como te había dicho –soltó, tomando asiento en el sillón de al lado –. No quería obligar a Elliot a caminar junto a una chica cuya mitad de la cara pareciera un filete sin cocinar.

-Qué considerada –masculló la otra, y a pesar de que no sonreía, lucía bastante divertida; sin ningún tipo de reclamo en su voz.

-¿En verdad no estás molesta? –le preguntó.

-Nop.

-¿No me tienes miedo? –Inquirió, acercándole la cara.

-Nop.

-Podría matarte si quisiera, ¿Sabes?

-Hazlo.

Entornó los ojos; la otra también.

Y luego se rieron.

-¡Auch!

Más risas de la rubia.

-¿Es en serio eso de querer ser mi amiga? –le preguntó.

-Sip.

-Estás loca…

-Eso creo…

Se quedaron calladas un rato; en la tele, la tragedia seguía.

-Qué basura –dijo Lila, luego de unos minutos de verlo –sin ofender –agregó, al ver el rostro perplejo de Helga.

-Me ofendería si no lo dijeras –soltó.

Y comenzaron a analizar las fallas de todo tipo en esa porquería. Al finalizar el capítulo, si los involucrados en el melodrama hubiesen escuchado sólo la mitad de las críticas, se habrían retirado del medio para siempre. Los más sensibles, tal vez habrían terminado en la cornisa de algún rascacielos.

Una hora después, las dos seguían en la sala; Lila le hablaba de París, y contestaba la inusitada cantidad de dudas que la rubia tenía sobre la ciudad luz.

-Algún día volveré –soltó ella, con mirada soñadora, desperezándose –la verdad, de no ser por mi padre, creo que me habría quedado allá.

-Ouch –soltó Helga –pobre Elliot; eso debió doler…

-Elliot… -Lila suspiró –ni siquiera tenía idea de la cara que pondría al verme de nuevo…

-Sobre eso –Helga habló sin pensar –, lamento la confusión que provocamos la semana pasada…

Lila la miró de una manera extraña, y luego sonrió.

-No te preocupes por eso –dijo –, las cosas siempre pasan por una razón.

-¿Como el que besaras a Arnold? –la atacó la rubia, aunque no lucía realmente molesta.

-Como que besaras a Elliot –contraatacó la pelirroja –; no te tortures –los ojos castaños la miraban insondablemente –, todo pasa, sin importar el daño que provoque al principio…

-Fue por la apuesta –se defendió la chica, aunque de repente se sentía incómoda.

-Fue más que eso –soltó la otra. Helga la miró, confundida –; él estaba enamorado de ti –le dijo, los ojos azules la miraron con sorpresa –. Yo era su novia, ¿sabes? Y me dejó por ti…

-¡Hey! –Helga saltó –Yo jamás he tenido nada qué ver con el chico.

-Lo sé –la interrumpió ella; sorprendentemente, estaba muy tranquila –pero igual me dejó por ti… sólo por la esperanza de poder alcanzarte…

La otra se removió en su asiento, incómoda.

-No lo sabía –dijo, con la mirada clavada en la pared de al lado.

-Lo sé –dijo la chica –, sólo quiero que comprendas por qué sobre reaccioné cuando me enteré.

Helga resopló.

-No estoy molesta por lo que hiciste –dijo –; nunca lo estuve realmente.

-¿Y por qué me golpeaste? –preguntó la otra, curiosa, chupándose el maltrecho labio por enésima vez en el día.

-Porque me provocaste –soltó, como si fuera lo más obvio del mundo.

-Eres una niña –farfulló Lila.

-Y tú una falsa –soltó la otra -¿Dónde está tu campirano acento sureño? ¿Y tus vestidos de niña buena? ¿Por qué escondes tu exuberante cuerpo de jovenzuela tras esa ropa de mujer presumida de treinta años?

-Es ropa elegante –se defendió –; esto es lo que los adolescentes usan en París.

-Pues ahora estás en América -le recordó la ojiazul –, deja de querer ser tan "Europea."

Lila frunció la nariz con fingida indignación.

-Para tu información, toda la familia de mi padre es irlandesa –dijo.

-Eso explica por qué eres un duende…

Un par de miradas fingidamente antipáticas se cruzaron, Lila le sacó la lengua.

-Además, eso no te justifica –continuó Helga –mi abuela materna era Alemana; toda su familia lo era; mi abuela materna es rusa, y también tengo familia directa en Ucrania y quién sabe cuántos más países de por allá; y eso no me hace menos yankee, y a ti tampoco…

Lila suspiró.

-Rompes mi corazón –dijo melodramáticamente –, quería volver totalmente cambiada, y dejar a todos boquiabiertos, tal como tú lo hiciste hace dos años…

Helga sonrió.

-Lo curioso, es que yo me fui al campo.

-¿En serio? –preguntó Lila, y la otra se dio cuenta que nunca había visto sus ojos brillar de esa manera.

-Sí, mi abuela tiene una granja –le dijo –, ahí aprendí a montar a caballo.

-¡¿Sabes montar?! –exclamó la otra, casi poniéndose de pié de un salto.

-Sí –dijo, sonriendo –y Phoebe también.

-Daría mi alma por volverme a subir a un caballo –soltó la pecosa muchacha, y por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, la rubia tuvo la certeza de que no fingía –; caminar por el campo, con el sol y el viento en mi cara… el olor de las plantas…

-Si en verdad estás dispuesta a vender tu alma, podría hacer tu sueño realidad –soltó la rubia, mientras subía los desnudos pies al sillón.

La chica la miró con los ojos como platos.

-Estaba pensando ir este fin de semana a visitar a mi abuela –dijo.

-¿La rusa? –inquirió la otra.

-Esa.

-Un momento ¿Quieres mi alma? –acababa de caer en cuenta de las locas palabras de su interlocutora.

-Dijiste que la darías a cambio de montar un caballo –soltó distraídamente, mientras se revisaba las uñas –, aunque, si me lo preguntas, comienzo a preguntarme si en verdad quiero un alma tan devaluada; digo, ¿Un alma que sólo vale un paseo en un apestoso caballo?

-¿Quién eres? ¿El diablo? –inquirió la otra, burlesca.

-Eso dicen muchos –respondió la rubia, encogiéndose de hombros.

-Me quedo con la cosita suave y esponjosa… creo que eres un conejito –le dijo.

-Y yo creo que tú quieres perder algunos dientes…

Y se rieron de nuevo.

Para cuando llegó Miriam, Helga ya había arreglado todo con su abuela, y Phoebe ya había confirmado que iría.

-¡Esto será magnífico! –exclamó Lila, cuando se despedía, una vez más, de su nueva amiga. (Sí, aunque Helga no quisiera aceptarlo, acababan de hacerse amigas).

-Calma tus ímpetus –dijo la otra, tratando de separarse del abrazo de la efusiva cabeza de zanahoria –; guárdalos para los caballos… -frunció la nariz –Momento; eso sonó asqueroso…

Lila aguantó las ganas de carcajearse sólo por miedo a una nueva hemorragia labial.

-Eres… un conejito –dijo, y antes de que la furibunda rubia atacara, la chica se dio la media vuelta y corrió a su casa.

…Sí… le iba a encantar ser amiga de Helga, lo mucho o poco que durara…

oOo

-¡Helga, es Arnold!

La chica, desde la cama, volteó hacia afuera. ¿Arnold?

Salió, su madre tenía el teléfono de la cocina en las manos.

Se lo pasó y salió de la habitación.

-¿Arnold?

-¿Helga?

-¿Por qué no me marcaste a mi celular?

-No lo contestas; he intentado comunicarme contigo desde hace una hora.

Y entonces lo recordó: Lo había apagado porque Lila no dejaba de mandarle mensajes con lindos conejitos moviendo la colita y las orejas… esa mujer quería perder los dientes, sin duda alguna.

-Sí, creo que se me descargó –mintió.

-¿Quieres ir al cine? –le preguntó él. La chica por poco y pegó un grito.

-¿Al cine? ¡Claro! –Exclamó, luego sacudió la cabeza –es decir; sólo si tú pagas, cabeza de balón –, eso; no quería lucir desesperada por estar con él.

El rubio sonrió del otro lado de la línea.

-Claro, Helga, lo que tú digas. Paso por ti en media hora, ¿Te parece?

-Como quieras, cabezón –dijo ella –, no es como si fuera a durar siglos alistándome para ti, o algo…

-Entonces vámonos ya.

-¿Eh? –la chica miró el teléfono confundida.

-Estoy justo afuera de tu edificio.

Dejó el teléfono sobre la barra y corrió a la ventana; en efecto, el chico ahí estaba, saludándola con la mano.

Ni siquiera se molestó en volver a colgar el teléfono de la cocina. Corrió a su cuarto, tomó su celular y cartera, y gritó, ya en la puerta principal.

-¡Vuelvo al rato, Miriam!

Y sin esperar respuesta, corrió al ascensor.

Era estúpido; pero su corazón latía desbocado en su pecho, y una sonrisa idiota se dilataba en su rostro. ¿A dónde se había ido la nostalgia que la había invadido en la mañana? Un puñetazo, un poco de adrenalina y una charla interesante, y ahora, una cita inesperada con su cabeza de balón favorito, había sido todo lo que había necesitado para salir del pozo. ¿Y qué si sus papás volvían a estar juntos? Ella ahora tenía muchos lugares a dónde correr…

…Aunque, ¿si llegaba a necesitarse, esta vez sí se atrevería a buscar ayuda?

Para cuando el elevador se detuvo, su sonrisa se había esfumado. Bien; al menos así no quedaría como una boba enamorada frente a Arnold.

-Eso fue rápido –dijo el chico, una vez que la vio salir.

-Si quieres me regreso y te hago esperar dos horas aquí afuera –contraatacó, dándole un ligero golpe en el hombro.

-Ya vámonos, Helga –soltó él, con esa floja media sonrisa que hacía que, secretamente, sus piernas temblaran.

Y se fueron. Vieron la película (un verdadero bodrio lleno de clichés), comieron un hot dog (sí, la misma Helga lo había propuesto, y él había aceptado, tragándose el mar de preguntas que se le habían venido a la cabeza en el acto), caminaron sin rumbo fijo por la ciudad y vieron el atardecer desde el muelle lleno de basura.

No había habido besos, ni silencios incómodos. Salvo algunas ocasionales tomadas de la mano, no había habido casi ningún contacto físico, y realmente, no le había importado a ninguno de los dos.

Estaban ahí, con los pies colgando sobre el agua, viendo cómo el astro rey se ocultaba casi con desgano, cuando al fin cayeron en cuenta que habían pasado una tarde como nunca antes lo habían hecho: como amigos. Sin pleitos ni declaraciones apasionadas; sin enfrentamientos de ningún tipo. Y aunque había sido agradable, los había hecho sentirse extrañamente vacíos.

-¿Lo has pensado? –le preguntó el chico, sin mencionar lo que acababan de descubrir sus cerebros al unísono.

-¿Qué? –despegó los ojos del horizonte y los clavó en él.

-En el futuro –soltó el otro, aún sin verla.

-¿En la universidad y eso? –preguntó.

-Sí –afirmó él -¿Qué piensas estudiar? ¿A dónde piensas ir? ¿Qué harás una vez que te gradúes; volverás aquí, o buscarás tu destino en otro lado?

-Esas son muchas preguntas –resopló ella –; la verdad, no tengo idea… hace mucho que odio pensar en el futuro…

El rubio suspiró. No esperaba una respuesta de verdad, porque la única pregunta que le interesaba realmente, no se había atrevido a plantearla… ¿Lo veía a él en su futuro?

Al fin la miró, tratando de encontrar en sus ojos la respuesta a la cuestión que nunca salió de sus labios, pero los azules orbes de la chica se habían vuelto a clavar en el cielo en llamas.

-Es hermoso, ¿verdad? –dijo en cambio.

-Quítale la basura, y sería algo digno de recordar –soltó ella, junto con una sonrisa cansada.

-Esa eres tú –dijo él, recargando el peso del cuerpo en las palmas de sus manos –, siempre viendo el lado positivo de las cosas.

Helga soltó una risita burlesca.

-¿Tú siendo sarcástico? –Inquirió -¿Para qué rayos preocuparme por el futuro, si la alarma del fin del mundo acaba de dejarme sorda?

Ambos soltaron una risa floja, y se perdieron en la inmensidad del horizonte, preguntándose cada uno miles de cosas que jamás dirían en voz alta; miedos e inquietudes paralelas, pero diferentes en contexto. Dudas que jamás exteriorizarían, pero que los preocupaban en un nivel muy similar.

El chico puso su mano suavemente sobre la de ella, y ella lo miró. El sol por fin se había ahogado en el agua.

-Eres hermosa –le dijo.

La chica no respondió. Estaban tan bien hasta ese momento, ¿Por qué lo había arruinado?

-¿Dije algo malo? –preguntó el muchacho, viendo cómo se había oscurecido de repente el semblante de su acompañante.

-Somos amigos, ¿no? –Soltó ella -¿Por qué me dices eso?

-Porque te amo –soltó él sin dudar; sin pensar realmente.

La chica suspiró.

-Sabes que ya no podemos tener la misma relación que de niños, ¿verdad? –le preguntó ella.

El chico sólo asintió.

-Deberías tomar una decisión –continuó –; o somos novios bien, o nos olvidamos del asunto de una vez… -resopló.

-¿Te refieres a tener sexo? –Soltó el muchacho sin tapujos, la chica asintió –Muchos son novios sin hacerlo, Helga –le dijo, muy serio.

-Pues yo sí quiero –argumentó ella.

-¿Por qué? –inquirió él.

-Phoebe y Gerald lo hacen, ¿lo sabías?

Arnold casi dio un brinco en su lugar.

-¿En serio?

Sin mirarlo, la rubia asintió; ahora se abrazaba las piernas.

Ella no quiere aceptarlo; pero es más que obvio… creo que no me cuenta nada porque cree que no lo entendería, porque yo nunca he experimentado algo así…

El chico la miró enarcando una ceja.

-¿Quieres acostarte conmigo sólo para tener experiencias qué compartir con tu mejor amiga? –Inquirió, incrédulo –eso es demasiado infantil, Helga –la regañó.

La aludida lo miró, ceñuda.

-No es sólo por eso –argumentó –, quiero hacerlo contigo y ya… y no me mires con esa cara de "no sabes de lo que hablas" sólo porque me llevas algo de ventaja en el asunto…

Escondió la cara un poco tras las rodillas y él sintió como si le hubiesen prendido fuego en las entrañas.

-A propósito de eso, Helga… -Comenzó él, totalmente aterrado, pero ella lo interrumpió.

-No te disculpes –dijo –, yo también pensé en hacerlo con alguien más a veces.

El chico la miró con los ojos desorbitados. Eso no se lo esperaba.

-A veces me preguntaba si volverías –continuó, sin molestarse en mirar cómo le había caído la confesión al chico a su lado –; a veces sólo pensaba que estaba perdiendo mi tiempo, mientras tú quién sabe qué cosas harías por allá…Phoebe se veía tan feliz con su novio, mientras yo tenía qué conformarme con ser el muñeco con el que todos querían jugar, pero al que nadie quería realmente llevarse a casa…

Arnold levantó una mano para pasársela por la espalda, pero se contuvo en el último momento.

-Te lo juro, Helga: No pasó un solo día, desde que me fui, en el que no pensara en ti –un nudo se había formado en su garganta.

La chica resopló.

-Yo a veces no pensaba en ti en semanas enteras –aceptó –, a veces sólo te recordaba como algo del pasado; como algo que sólo sería un sueño de la infancia. Uno muy hermoso, pero nada más allá de una ilusión, al fin de cuentas –su mirada estaba clavada en la nada.

-En verdad lamento haber tardado tanto en volver –Dijo. La chica lo miró desde detrás de sus rodillas.

-¿Y por qué tardaste tanto?

Bien. Al fin lo había dicho.

El muchacho soltó ruidosamente el aire en sus pulmones.

-Se suponía que iban a ser sólo dos años; tres a lo mucho. ¿Recuerdas? –Ella asintió, sus enormes y brillantes ojos clavados en los de él –El contrato de mis padres para grabar era de dos años, con la posibilidad de extenderse a tres si el programa era bien recibido –otro asentimiento –Pues bien; el programa fue muy bien aceptado, y el contrato se alargó por tres años .

-Ajá.

-Pero… -resopló –cuando íbamos a hacer las grabaciones… bueno; todo era muy interesante y divertido, pero cuando nos quedábamos solos, mis padres siempre se quejaban de que no podían investigar a fondo las costumbres de los pueblos, siempre había protocolos y horarios a seguir, y la gente no se abría del todo cuando había una cámara frente a ellos; además, había problemas muy de fondo que tenía la gente, y que a la televisora no le interesaba que salieran a la luz…

-Sólo había que contar historias bonitas y pintorescas y moverse al siguiente pueblo… -dijo la chica.

Arnold asintió, feliz de que comprendiera tan rápido.

-A veces se suponía que se hallaban soluciones a los problemas que encontraban, pero sólo era paliativos; casi farsas.

-Bueno –soltó ella –, tampoco es como si tus padres solos, o un tonto programa de televisión pudieran solucionar los problemas del mundo…

-Lo sé –soltó él –y mis padres también lo sabían; pero había cosas que sí se podían arreglar, o que en verdad hacía falta sacar a la luz, y se ignoraban olímpicamente sólo porque podría afectar a las personas que están arriba… no sé si me explico…

-El sistema funciona aplastando a la gente –le respondió llanamente ella –; si se resolvieran los problemas más fundamentales del mundo, como el hambre, la contaminación y las guerras, las personas que dominan el sistema no podrían mantenerse en la cúspide y caerían.

El chico sintió fuego en su interior de nuevo; pero esta vez de pasión en lugar de culpa: ¿Cómo no amar a un ser tan endemoniadamente inteligente?

A él le había llevado años de pasear por todo el mundo y de aprender de gente increíblemente sabía lo que ella había deducido sola desde su mundana vida de estudiante promedio.

-Eres increíble, Helga –soltó, con una admiración que no cabía por completo en el timbre de su voz.

Ella lo miró sonriente.

-No es para tanto –dijo –. Hay muchos documentales al respecto, ¿Sabes?

Y entonces la besó.

Fue un beso rápido, pero furioso. Y cuando la soltó, ella lo miraba, casi asustada.

-Lo siento –soltó él, algo incómodo.

-Yo no –dijo la rubia, un poco sonrojada –, fue muy intenso…

Y soltó una risita floja, efímera, que la brisa nocturna se llevó suavemente.

-Aún no me cuentas por qué tardaron cinco años, aunque ya me doy una idea de lo que pasó…

-El contrato terminó, y continuamos el viaje por nuestra cuenta –reconoció él.

-¿Fueron a salvar el mundo? –inquirió ella, sonriendo.

-Fuimos a salvar el mundo –confirmó él –y a acabarnos todo el dinero que mis padres habían ganado…

-Ahora comprendo por qué eres semejante samaritano –dijo Helga, riendo –, lo llevas incrustado en el ADN…

-Eso creo –reconoció –, aunque, para ser honesto, últimamente mi conducta ha dejado mucho qué desear –aceptó el chico, apesadumbrado.

-Menos mal –intervino la rubia, sin pensar –; sería un verdadero calvario pasar el resto de mi vida con un santo…

Se calló de golpe. El chico la miró con los ojos como platos. Ahí estaba su respuesta, sin haber tenido qué plantear la pregunta.

La chica se puso de pie con una agilidad casi felina; el rostro encendido como una antorcha.

Reverendo pedazo de idiota; ¿Qué estupidez acababa de soltar…?

Arnold casi corrió tras ella. La muchacha caminaba muy rápido, con la cabeza gacha. Iba caminando tan fuerte que casi hacía un hoyo a cada paso.

-¡Hey, espérame! –la sonrisa del chico era tan grande que casi se salía de su rostro.

-¡Déjame en paz!

La chica comenzó a correr.

…Y él la persiguió; se sentía ebrio. Estaba tan feliz que casi no sentía sus pies tocando el suelo.

Ambos corrían, cada uno tan enfrascado en sus emociones que no veían prácticamente nada a su alrededor…

Como ese camión que venía justo en dirección de la rubia.

oOo

El hombre miró los papeles sobre la mesita. Listo. Estaba contratado.

Ahí estaba; la posibilidad de un futuro estable, de darle a su hijo todas las cosas que necesitara.

Porque pronto necesitaría ir a la universidad, y el modesto fondo que había guardado su padre (su padre; nunca terminaría de agradecerle todo lo que había hecho por Arnold), y la miseria que les había quedado a ellos luego de su paseo por todo el mundo, no les alcanzaría para pagarle una universidad verdaderamente decente, y su hijo se merecía eso y más. Así que comenzaría a trabajar la siguiente semana.

Adiós a su vida de aventurero, al menos, de momento. Su hijo ya no quería más aventuras, al menos, ya no con ellos. Se los había dejado demasiado en claro desde hacía ya casi un año.

Recordaba cómo, después de las grabaciones, poco a poco, se había comenzado a hacer gruñón y malhumorado. Ellos decían que era por la edad; los adolescentes eran así. Pero ambos sabían la verdad. El chico estaba cansado, y ya se estaba hartando. Quería volver a casa, con sus abuelos, sus amigos y su novia. Sí, con esa con quien, neciamente, se negaba a ponerse en contacto, y para quien hacía siempre detalles incansablemente.

Esa que lo volvía loco en todos los sentidos posibles, aún sin haber cruzado media palabra en años.

El chico tenía su vida en Hillwood, y se la estaban quitando. Había llegado a su límite de tolerancia e, incluso un niño tan bueno como él, iba a estallar en cualquier momento.

La última parada había sido San Lorenzo, con la gente de los ojos verdes. Recordaba que el chamán les había aconsejado quedarse el mayor tiempo que pudieran, y arreglaran lo que tuvieran qué arreglar, porque sería la última vez que pisaran esas tierras. Les había aclarado que no era un presagio de muerte, sino de renovación. La próxima vez que su sangre volviera, (porque su sangre y la de ellos estaba destinada a estar en contacto constante de ahí en el futuro), volvería en el cuerpo de su hijo, y dentro del cuerpo de su futura esposa. Sí; les había recomendado, casi ordenado, que antes de que naciera el primer hijo de su hijo, fueran a visitarlos. Porque si Arnold era un chico extraordinario, su primogénito lo sería aún más, porque por su cuerpo correría sangre doblemente noble, y ellos debían ayudarlos a encausarla, porque era un ser que crearía cosas extraordinarias.

Miles no lo había dudado ni por un segundo. Aún recordaba el primer pensamiento que lo había azotado al ver a la acompañante de su tan largamente extrañado y añorado hijo: Si esos dos tenían descendencia, dicha descendencia podría zamparse al mundo de un solo bocado. Y ahí estaba su confirmación, de boca de la persona más sabia que había conocido en su vida.

Suspiró. Era por eso que le había extrañado tanto el comportamiento de su hijo.

¿En verdad estaba engañando a Helga con esa otra muchacha?

Su hijo no era así, definitivamente. Pero entonces, ¿Qué rayos estaba pasando? Porque quien dijera que Arnold no estaba ocultando algo, era sencillamente porque no lo conocía.

Aún no había querido indagar; no se había atrevido. Especialmente, porque no sabía cómo reaccionar, qué decirle…

Miró el contrato recién firmado con la universidad.

¿Si no sabía cómo encausar a su hijo, sería capaz de ayudar a los cientos de jóvenes con los que se cruzaría en su nueva carrera?

Resopló. No le quedaba de otra que aprender sobre la marcha, en todos sentidos…

oOo

-¡HELGA!

Su desgarrador grito se perdió en el estruendo de la bocina del enorme camión; las gruesas llantas tallándose furiosamente contra el suelo…

Y ella, enfrente de todo eso, paralizada en el último segundo…

Estaba ciega; las repentinas luces sobe su cara la habían deslumbrado por completo; tanto ruido la dejaba ensordecida y confusa, y sólo atinó a protegerse la cabeza con los brazos, mientras un dolor sordo se apoderaba de un lado de su cuerpo, al tiempo que salía disparada hacia algún lado…

Su cara se raspó contra el piso, y casi inmediatamente unos brazos se pusieron sobre ella.

-¡Helga! ¡Helga!

La voz a su lado la aturdía.

-¿Qué pasó? ¿Cómo está?

El murmullo se hacía cada vez más fuerte a lo lejos.

-¡Por el amor de Dios! ¡¿Qué demonios pasa con ustedes, niños?!

Una encolerizada y asustada voz se unía a la que repetía su nombre como un mantra.

-¡Helga!

-Estoy bien, Arnoldo, quítate de encima –soltó, tratando de incorporarse, aún algo aturdida. El pómulo izquierdo le escocía horriblemente.

-¡Gracias al cielo que ya venía deteniendo el camión! –Exclamó la rasposa voz del hombre, ya a su lado -¿Tienes una idea de lo que esta cosa te habría hecho si viniera a toda velocidad?

La chica, en ese momento sentada sobre el suelo, arqueó una ceja.

-Hasta donde yo sé –dijo –los muelles no se distinguen por sus carreras de camiones pesados, precisamente.

El hombre soltó una profunda, casi gutural carcajada.

-Veo que en verdad estás bien –casi ladró, mientras le extendía una mano para ayudarla a ponerse de pie –No pasó nada –le dijo a las pocas personas que se habían acercado, entre curiosas y preocupadas.

-Estoy bien –repitió la chica, pero la sangre que corría por su cara y su aspecto revolcado y aturdido no la ayudaban a sonar muy convincente.

-Yo la llevaré al hospital –le dijo a un hombre que había comenzado a marcar a emergencias.

-¿Helga? –Arnold temblaba, aterrado. Acercó su mano a ella, dubitativo.

-¡Auch!

El chico la retiró al instante. Ella se tocó con mucho cuidado el magullado hombro.

-Ahí te golpeó, ¿verdad? –inquirió el camionero.

-Ajá.

El rubio hizo una mueca de dolor; en verdad no sabía qué hacer.

-Vamos –le dijo el hombre, haciendo una seña hacia su unidad –; te llevaré al hospital para que te revisen.

-¡NO! –La chica lo miraba, aterrada –¡En serio que estoy bien!

El hombre negó enérgicamente.

-No me voy a arriesgar a una demanda, niña –dijo –. Vamos, que mi seguro cubre estas contingencias.

Helga lo miró, recelosa.

-¿Entonces no hay necesidad de llamar a mis padres, verdad?

Él se rió.

-No si tienes más de dieciocho –la chica sólo lo miró –, eres alta –dijo, encogiéndose de hombros –, seguro que te creerán si lo dices.

La chica resopló y se subió al enorme y pesado armatoste seguida de Arnold, que la miraba, aún muy asustado. No podía creer que se moviera con semejante agilidad después de haber sido atropellada por esa cosa.

-¿Nombre? –preguntó una distraída enfermera.

-Geraldine –respondió ella; la mujer enarcó una ceja –Peterson –completó –; Geraldine Peterson.

La mujer lo anotó en una hoja, mientras masticaba una vez más su chicle. Helga recordó las vacas de su abuela.

-¿Edad?

-Dieciocho.

La mujer la miró de arriba abajo, sin perder el ritmo de sus quijadas, incrédula.

A su lado, Arnold asintió nada convincentemente.

Obviamente la mujer no les creyó, pero se limitó a encogerse de hombros y anotar algo más en la hoja, y luego se alejó sin decir media palabra más.

-¿Geraldine Peterson? –Soltó el conductor en medio de una risa perruna –, apuesto a que no te llamas así ni de coña…

-Sí me llamo así –brincó ella –… más o menos –agregó, casi en un susurro.

La carcajada del hombre los aturdió.

-Apuesto a que tus padres te darán una tunda si se enteran que te atropelló un camión, ¿verdad?

La chica se enfurruñó un poco y el hombre se carcajeó aún más.

-No le vayas a decir de esto a nadie –le susurró la chica a Arnold –; A NADIE –agregó, en un tono que no daba lugar a réplicas.

En ese momento llamaron su nombre… bueno, el nombre que había dado.

Un par de radiografías, curaciones y un chequeo médico después, los tres salían del hospital con nada más que unos pocos medicamentos para el dolor y la hinchazón.

-Tuviste suerte –le dijo el hombre, muy serio, a esa rubia que encontraba tan divertida –pero, para la próxima –, y clavó la vista en el despeinado y asustado chico rubio a su lado –, asegúrense de jugar carreras en una pista de atletismo, o en un terreno baldío, o en cualquier lugar que no esté destinado para carga y descarga de camiones pesados.

Arnold asintió. La muchacha a su lado, se rió.

-Lo prometemos –le dijo, levantando solemnemente la mano derecha.

-¿Quieren que los lleve a algún lugar, Geraldine, muchacho melenudo?

La chica se rió aún con más ganas.

-No, gracias, Jerry –respondió ella, aún sonriendo.

-¿Y cómo es que sabes mi nombre, Geraldine? –soltó el hombre, divertido, antes de subir al camión.

La chica se señaló el pecho, y el hombre miró el gafete de identificación que portaba en el propio. Soltó otra carcajada.

-Nos vemos niños –dijo –. De todas las personas en el muelle, me alegro de haberte atropellado a ti.

La chica enarcó una ceja.

-Momento, eso no sonó bien…

Y ambos soltaron otra carcajada.

-De todos los camioneros en el muelle –dijo Helga –, me alegro que hayas sido tú quien me atropellara, Jerry.

Le respondió, y rieron de nuevo.

-Bien, me voy, muchachos. Y tú, melenudo –agregó, ya arriba de su unidad –, para la próxima cuida mejor de esta chica tan lista.

Arnold sólo asintió y el hombre, luego de reír una vez más, se fue.

-Eso fue extraño –soltó la chica, al ver el camión alejarse –; vaya día de locos…

Arnold resopló.

-¿Segura que estás bien?

Helga frunció el ceño.

-¡Ah, no! –Exclamó –¡ni se te ocurra mirarme de esa forma a ti también, Arnoldo, o te juro que no te vuelvo a dirigir la palabra en mi vida!

Trató de cruzarse de brazos, pero aún le dolía el hombro.

-De acuerdo, lo siento –soltó él, sin tener una idea clara de por qué se estaba disculpando.

-De acuerdo –soltó la chica, luego de resoplar -¿Ya viste la hora que es? –le preguntó, de buen humor otra vez –Apuesto a que tus padres te matarán…

-Los llamé hace rato –respondió él –cuando te hacían las radiografías. Les dije que muy probablemente no iría a dormir; que me quedaría en casa de Gerald.

-¿No les mencionaste nada de lo que pasó?

El chico negó.

-Gracias –soltó ella, y le sonrió.

Arnold respondió su sonrisa, mientras sentía que se derretía por dentro.

-Por cierto –agregó, sacando su celular –Qué raro que Miriam aún no me haya llama… -Torció la boca, al tiempo que le mostraba la pantalla de su celular al muchacho.

"Cariño, no iré a dormir –decía el mensaje de texto, que había llegado hacía más de una hora –. Te dejé la cena, el desayuno y el lunch para la escuela en el refrigerador. Asegúrate de llegar temprano a clases mañana. Nos vemos después del trabajo. Besos."

-¿Quieres quedarte en mi casa? –le preguntó, una vez que su acompañante dejó de leer –mi madre no volverá hasta mañana a las cuatro de la tarde… y esta vez te prometo que no volverá antes; créeme.

El chico la miró con los ojos muy abiertos.

-Tranquilo… -resopló, fastidiada –te prometo que no intentaré violarte… -rodó los ojos.

Arnold lo pensó un momento. Con semejante golpe, dudaba mucho que a la chica le quedaran ganas de más actividad física. Además que el hecho de dormir con ella (sólo dormir, ¿eh? le parecía demasiado tentador para rechazarlo).

-De acuerdo –soltó el chico con una sonrisa tranquila –vamos, pues.

Tomaron un taxi, subieron al departamento y Arnold se comió la cena, Helga el desayuno, se bañaron (Helga primero, él después), y se fueron a la cama.

-¿Sabes? –le preguntó, acostada sobre el lado no magullado de su cuerpo, mirando los ojos del chico acostado frente a ella, que en ese momento vestía una de sus pijamas, bajo las colchas –esto de ser tu amiga es una reverenda estupidez…

Sus ojos comenzaban a cerrarse por el cansancio, el sueño y los medicamentos; él le sonrió.

-Quiero ser tu novia –continuó –me da igual si nos tenemos qué mantener inmaculados hasta el matrimonio –bostezó.

-Entonces seré tu novio inmaculado –soltó él, bostezando también.

Ambos se sonrieron de una manera floja y cayeron dormidos.

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Y colorín colorado, este cuento se ha terminado…

¡NO! ¡No se crean! ¡Es broma! XD

La verdad, no tengo idea de cuánto le quede a esta cosa… no demasiado, creo. Si comienza a aburrirlos, me avisan ;)

Jajajaja sólo decidí, por una vez, dejar tranquilos a este par, sólo por este capi… Qué mala soy XD

Gracias a todos por leer, y a lo que sigue.

Agradecimientos especiales:

diana carolina: sí que están enredadas las cosas, ¿verdad? A ver qué pasa más adelante. Aquí te dejo la actualización con mucho cariño :)

Milanh: A Helga también le gustó golpear a Lila al parecer, jejeje, qué bueno que te gusto, trataré de no perder el ritmo, saludos ;)

Sakura: Pues sí, estos chamacos son unos tontos, pero la verdad, la adolescencia no se distingue especialmente por las sabias decisiones que uno toma durante ésta (lo digo por experiencia XD), y pues sí, los padres siempre buscarán lo mejor para los hijos, eso ya es de naturaleza. Gracias por las flores, me encanta que te encante lo que hago, un abrazo.

Y pues bien, me despido enviándoles los ya consabidos abrazos apachurrados a todos y todas.

¡Nos leemos!