Derechos Craig Bartlett.

Locura

Despertó. Estaba un poco desorientado, aunque la duda sólo le duró un par de segundos al ver los azules ojos clavados en él. Sonrió. Ella hizo lo mismo.

-¿Cómo amaneciste? –le preguntó.

-Como si me hubiera atropellado un camión –respondió ella.

Se rio. No debía hacerlo, pero lo hizo. No lo pudo evitar.

-¿Qué hora es? –le preguntó; con una risa floja, amodorrada.

-No lo sé –respondió el muchacho, junto con un bostezo –pero debe ser muy temprano; aún no sale el sol y la alarma no ha sonado… y la puse a las cinco…

Ella le sonrió, mientras se acomodaba de nuevo entre las sábanas.

-Quédate –le dijo –, vámonos juntos a la escuela…

Él asintió. Al fin que se había cambiado de ropa para ir por Helga, así que no iba a llevar la misma ropa del día pasado a la escuela.

-Me quedo –asintió él, al tiempo que tomaba su celular. Eran las 4:42.

-Desactiva la alarma –dijo ella –, no quiero volver a despertar en unos diez minutos…

Y se dio la vuelta… y ahí lo sintió.

-¿Qué tienes? –le preguntó, asustado, sentándose sobre la cama; la chica, aún encogida sobre sí misma, se quejaba sordamente.

-¡Rayos! –Exclamó –ahora es en serio; siento como si me hubiera tropellado un camión…

-Te atropelló un camión –dijo él, sin atreverse a tocarla.

-Pues duele... –se quejó ella –. MUCHO más que ayer…

-Tómate las pastillas –se levantó y comenzó a buscarlas en la mesita de noche.

-Rayos…

Se las tomó, luego de incorporarse con bastante esfuerzo, y volvió a acostarse.

Maldición… ¿Cómo diablos le iba a hacer para subirse a un caballo al día siguiente?

oOo

-Helga, ¿Estás lista?

-¡Ya vamos!

"¿Vamos?"

Se quedó de piedra al ver al rubio salir junto con ella… y peor al ver su cara.

-¡Por todos los cielos, Helga, ¿Qué te pasó?!

A quién le importaba que hubiera amanecido junto con un chico cuando lucía así de golpeada… momento… ¿Qué clase de costumbres tenían esos dos…?

Sacudió la cabeza; ¿Qué estaba pensando?

-¿Tan mal me veo, Phoebe?

Preguntó la rubia algo preocupada, la boquiabierta pelinegra asintió.

-Rayos –soltó –y yo que pensé… rayos.

Se pasó la mano por el gigantesco raspón en su cara, luego por el horroroso morete que se le había hecho alrededor de éste… Si le hubiera dado a Lila en el ojo, como se lo había sentenciado, al menos ahora serían dos con media cara de filete sin cocinar… maldito karma, o justicia poética, o lo que fuera…

-¿Qué te pasó? –repitió ella.

La rubia suspiró, miró a su igualmente rubio pero silente acompañante y luego a su preocupada amiga.

-Larga historia –le dijo –te cuento al rato…

Llegaron las clases.

Moverse era un verdadero calvario, y a la hora de gimnasia, pensó que iba a morir. Trató de correr, pero simplemente no pudo.

-¡¿Qué pasa Pata… -La fornida profesora se paró de golpe al ver la cara de la chica que resollaba en medio del gimnasio, incapaz de completar la primera vuelta corriendo de las cinco que tenían qué dar -¿Qué demonios te pasó? –Inquirió, horrorizada.

-Me atropelló un camión de carga –soltó la adolescente de mala gana.

-Muy graciosa, niña –soltó la maestra de mala gana –ve a la enfermería, ahora.

-Ya me la pasé toda la tarde-noche de ayer en el hospital –soltó –estoy bien.

La mujer la miró incrédula.

-De todas maneras ve –le dijo –para que te den un permiso; no te quiero en mi clase en una semana, mínimo.

Y le hizo una nota para la enfermera.

Todos los maestros que la habían visto habían tratado de enviarla al hospital. No quería ni imaginarse lo que diría su familia al verla… tal vez debería de irse con su abuela de una vez…

Una vez hecha a un lado la preocupación por sus padres (lo que fuera a pasar, pues iba a pasar), a decir verdad, la cosa no había estado tan mal; ya que nadie le creía la verdad (cada vez que decía "me atropelló un camión" la mayoría de la gente soltaba una carcajada, pensando que era una broma, o la miraba acusatoriamente por no quererle contar la verdad), decidió condimentar el asunto.

-Fue Lila –les decía en tono lúgubre –; me estuvo siguiendo sin que me diera cuenta, y cuando me quedé sola… ¡zaz! Me saltó encima… no sé qué rayos aprendió allá, en Francia, pero una cosa sí te digo… no la hagas enojar…

Aunque la mayoría rechazaba la idea de inmediato, era gracioso cómo se quedaba la duda en el rostro de todos… oh, sí; esto iba a ser divertido…

Llegó el receso, y Phoebe fue la única que aceptó su historia del camión sin chistar. (A Helga podía pasarle cualquier cosa; ella lo sabía mejor que nadie), y sí… también le contó lo que había pasado antes; lo que había provocado su loca carrera hacia la casi-muerte. De toda la gente sobre la faz de la tierra, sólo a ella le contaría algo TAN bochornoso.

-Creo que fue muy tierno –dijo la muchacha, sonriendo.

-¿Estás loca? –Saltó la rubia –¡fue horroroso! ¡Lo más vergonzoso que me ha sucedido en la vida, Phoebe, ; y mira que yo tengo los suficientes momentos humillantes para llenar varios tomos de una enciclopedia… lo digo en serio. Hasta agradezco que me haya golpeado ese armatoste… al menos así Arnold se olvidó un poco de… bueno; mi confesión involuntaria… -lo último lo agregó en voz muy baja, mirando al chico sentado a unas mesas de ellas, en compañía del novio de la otra… por fortuna, el rubio había tenido el suficiente tacto para comprender que necesitaban su momento a solas, y se había llevado al moreno, obviamente para darle su propia versión del asunto…Y más le valía que midiera sus palabras al respecto…

-¡AUCH! –varios voltearon a ver a la mesa de las chicas, asustados, Arnold incluso se levantó del asiento a una velocidad increíble.

-Pe… perdón… -la adorable pelirroja la miraba, confundida; sólo había sido un abrazo… pero luego miró su cara –¡Oh, por Dios! –se cubrió la boca con las manos; los bellos ojos castaños casi saliéndosele de las cuencas –no sabía que… que estabas… ¿Qué te pasó? –tomó asiento junto a ellas, aterrada; su labio partido e hinchado ahora le parecía una nimiedad ante semejante aspecto…

Ahí iba de nuevo…

oOo

…Y luego llegó el momento de sus padres; al menos, esta vez, no tuvo qué contar la historia dos veces.

-¡¿Pero qué demonios te hicieron?!

Big Bob se había puesto de pié; el párpado inferior le temblaba.

-¡¿Fue ese noviecito tuyo?! –Inquirió, colérico. Los puños tan tensados que le temblaban.

-¡NO, NO, NO, NO! ¡POR EL AMOR DE DIOS, NO! –la chica negaba con la cabeza, las manos, y el resto su cuerpo; no quería ni imaginarse lo que su enorme y furibundo padre le haría al pobre de Arnold si pensaba que la había dejado en esas condiciones… ¿Qué le hacía pensar que ese chico tan dulce podría hacerle semejante daño?

-¿Fue entonces esa chiquilla con la que te peleaste?

-¿Lila? –Helga soltó una carcajada, aunque su maltrecho cuerpo se lo recriminó inmediatamente –esa tonta lo único que hizo después de que la golpeé fue aterrizar sobre su trasero y rogar clemencia por mí, ¡Por favor!

Bob no lucía para nada divertido, Miriam se cubría la boca con las manos, aún un poco en shock.

-¿Entonces quién fue? –soltó; la furia le daba un timbre verdaderamente aterrador a su voz.

-Nadie –mintió ella –; iba corriendo y me caí, y aterricé sobre la cara…

El hombre presionó levemente su dedo índice en la carne ennegrecida del rostro, y la chica soltó un agudo chillido.

-¡Oye!

-¿Te caíste? ¡Mis polainas! ¡Traes un golpe horroroso allí! –los ojos de su padre eran dos rendijas en ese momento, y ella comenzaba a asustarse en serio.

-Me di muy duro –se defendió ella, luchando desesperadamente por que su voz no temblara… demonios; ella había pensado que no lo vería hasta el próximo fin de semana, y para entonces su cara ya habría mejorado mucho. Jamás, pero JAMÁS se le pasó por la cabeza que sería lo primero que se encontraría al abrir la puerta del departamento, platicando amenamente con su madre en la sala.

El hombre la tomó del brazo, y la chica hizo un esfuerzo sobrehumano por no soltar otro grito… pero a su padre no le pasó por alto la expresión de su cara… La miró una fracción de segundo a los ojos, y luego le bajó la blusa hasta dejarle descubierto el hombro… y el horroroso moretón que tenía en él. Miriam ahogó un grito. Bob hizo una genuina expresión de dolor.

-Hija –soltó, en un tono tan calmado que la asustó MUCHO más –, más vale que me digas AHORA mismo lo que pasó, o te juro que llamaré a la policía…

Derrotada, la chica se sentó, seguida de sus padres, que no perdían detalle de cada uno de sus movimientos.

-Me atropellaron –confesó al fin. Su padre asintió, al tiempo que entrelazara los dedos sobre las rodillas; comenzaba a creerle. Su madre soltó un angustiado: "Por Dios, Helga" a su lado.

-¿Quién? –inquirió él.

-No lo sé, un auto, quién sabe quién sería…

¡Oh, oh! Big Bob no se la estaba tragando.

-¿Qué clase de auto?

¿Por qué la miraba de esa forma?

-Un auto… no lo sé… ¿Un Nissan? ¿Qué importa el modelo? –se defendió… Sí. Era obvio que estaba a la defensiva. Rayos y centellas.

-¿Un auto compacto te golpeó en el hombro? Porque ahí fue donde te golpeó, ¿No? ¿Qué crees, niña, que nacía ayer? –acercó la cara a la de su maltrecho retoño; una furia helada lo recorría –más vale que dejes de mentirme, pequeña dama, o te juro que te arrepentirás.

La jovencita se encogió en su asiento, algo asustada. Un pinchazo de culpa atravesó el pecho del hombre al ver a la pobre niña en esas condiciones (ambas), pero tenía qué saber quién le había hecho eso… y, más aún; por qué lo defendía de tal manera…

-No te diré nada –soltó, aunque sin verlo a la cara.

-Te castigaré hasta el año que entra –le sentenció él.

-Hazlo.

Al fin lo encaraba, cruzada de brazos. Bien, el efecto de papá malo se esfumaba poco a poco… de hecho, ya comenzaba a extrañarle que estuviese durando tanto.

-¿No me crees? –la retó –no tendrás nada de salidas, ni noviecitos, ni amigas, ni viajes, ni restaurantes ni nada de esas cosas de niña mimada que tanto te gustan… igual y hasta te meto a trabajar; necesitamos una cajera en el local del centro.

Helga se estremeció… ¿se estaba aguantando la risa?

-¿En serio? –inquirió, ahogada, sí, de risa -¿Me amenazas con ponerme a trabajar? ¿Qué clase de padre le enseña a sus hijos que trabajar es un castigo?

-¡Suficiente! –el hombre se puso de pié, la chica lo miró, un poco sobresaltada -¡A tu habitación, ahora!

Se puso de pié de un salto (cómo le dolió), para hacer lo que acababan de ordenarle, pero antes de que tocara la puerta, su padre se le adelantó. Escuchó un estruendo dentro de su recámara y luego éste salió con el CPU de su computadora en las manos.

-Celular –le ordenó.

La chica frunció el seño.

-Se me rompió ayer en el accidente –mintió –. Lo tiré.

El hombre liberó una de sus manos y la metió en el bolsillo trasero del pantalón de su hija.

-Un mes más, por mentirme, otra vez –sentenció, mientras paseaba el pequeño aparato frente al ceñudo rostro de su hija –Adentro –ordenó.

La chica entró y luego dio un portazo.

Pasaron unos quince minutos. Ella, sentada en la cama, miraba fijamente a la puerta cerrada… ¿A cuánto aumentaría su castigo si se enteraba que Arnold había pasado la noche allí? Sólo tenía qué hablar con el portero para enterarse… y eso le daría a su padre el pretexto que seguramente quería para poder ir sobre él… genial… y ni siquiera podía avisarle al tonto cabeza de balón… cómo extrañaba su antigua casa, en la que escapar por la ventana de su habitación era tan fácil…

La puerta se abrió. Era su padre, de nuevo. La miraba ya más calmado.

-Vamos al hospital –le dijo –quiero que te revise un médico de confianza.

-Estoy bien –soltó ella, fastidiada –me duele, sí, pero no tengo ningún hueso roto, ni astillado, ni órganos inflamados ni nada… sólo necesito darle tiempo a mi cuerpo para que se recupere solo…

El fornido hombre negó con la cabeza.

-Vas a acompañarme, así tenga qué llevarte a rastras –entornó los ojos. Hablaba en serio.

-¿Te han dicho que eres una espina en el trasero? –soltó, al tiempo que se ponía de pié.

-¿Te han dicho que soy tu padre, y eres mía hasta los veintiuno? Más te vale medir tu vocabulario, jovencita.

La chica sacó el gran sobre que le habían dado el día anterior en el hospital.

-Radiografías y esas estupideces –le dijo, mientras se lo entregaba –; te lo repito: estoy bien.

-Eso lo dirá el médico –y salieron del departamento.

…Y lo mismo dijo el médico de confianza.

-Te lo dije –la chica lo miraba fastidiada.

-Sólo súbete al auto –le ordenó él.

Tenía hambre, pero lo que quería era alejarse de ese hombre, así que no le dijo nada… y entonces notó que no seguían la ruta que ella esperaba.

-¿A dónde vamos? –Inquirió, pero él no respondió… ni falta hacía. Sabía muy bien la respuesta.

-En serio, Bob, ¿No vas a darme un respiro? Necesito descansar…

-Estás perfectamente, ¿No?

El hombre salió dando un portazo y luego abrió su portezuela.

-No voy a ningún lado –soltó ella, cruzándose de brazos.

-Si no me lo dices tú, preguntaré, e igual daré con él, sólo que tu castigo aumentará…

-¿Por qué no puedes dejar las cosas así, papá? –soltó la chica; el dolor en su cabeza había ido en aumento desde que había llegado a casa –estoy bien, y el hombre no lo hizo a propósito; de hecho, fue enteramente culpa mía… aún así fue muy amable, me llevó al hospital y no se movió de allí hasta que le confirmaron, varios especialistas, que estaba bien… no voy a arriesgarme a que vayas y lo golpees… o a que él te de una paliza –sonrió –; sus brazos son como troncos –no mentía.

Big Bob sonrió.

-Tu padre es un roble también, Helga, no lo olvides –una sonrisa presuntuosa cruzó su rostro; la chica bufó.

–Además –agregó -¿Cómo sabes que fue aquí?

-En el muelle los camiones andan lento; -se encogió de hombros -y no hay otra forma de que hayas sobrevivido al impacto de una de esas cosas a no ser que fuera muy lento, y muy probablemente sin carga… además, me lo acabas de confirmar tú sola.

Se llevó una mano al rostro. Tenía razón. El dolor en la cabeza, y en todo el cuerpo, en general, no la dejaba pensar bien.

-No me hagas esto –soltó –me siento mal…

-Mientras más pronto me digas, más pronto nos iremos.

-Vete tú solo –se cruzó de brazos y levantó la trompa, ceñuda. Era su última palabra.

…Y entonces su padre la alzó en brazos.

-¡Bob!

-¿Prefieres que te arrastre?

…Por Dios, que se abriera la tierra y se la tragara en ese mismo instante…

-¡Geraldine!

Ratas.

-Hey, Jerry… -soltó ella, junto con un suspiro resignado, desde los brazos de su progenitor.

El hombre se les acercaba con la canina sonrisa en el rostro.

-Wow, niña, pareces un filete a medio cocinar…

-Tú también luces genial, Jerry…

Su padre veía al hombre de una forma bastante peculiar… acababa de caer en cuenta de algo...

-¿Jerry? –soltó, casi en un susurro -¿El infame Jeremy Stevenson?

-¡¿El gran Robert Pataki?!

"¿Eh?"

-¡Viejo! ¿A dónde rayos te habías metido?

De pronto estaba de vuelta sobre sus pies (gracias al cielo), mientras los hombres se abrazaban y palmeaban tan fuerte la espalda que parecían querer destrozarse los pulmones.

-¿Así que eres hija del Gran Bob? –Ahora se dirigía a ella –¡ahora comprendo por qué te asustaba como el diablo que se enterara! –su característica carcajada perruna coloreó el aire.

-Así que tú atropellaste a mi hija, ¿eh? –soltó el otro.

-Sólo un poco.

Y ambos se carcajearon.

Un momento… eso ofendía. ¿A dónde estaba su enorme padre dispuesto a moler a golpes al que había dejado en semejantes condiciones a su amada florecita?

-¿Así que ella es la famosa Olga? –le preguntó, mirándola curioso –hubiera jurado que era mayor.

-Ella es mi otra hija, Helga –le respondió.

-Helga… ese nombre te pega mucho más, "Geraldine."

-También me llamo así –soltó, molesta, pero ya no la escuchaban.

-¿Cómo está la hermosa Miriam? –le preguntaba, mientras se alejaban de ella, riendo como colegialas.

…Nunca, JAMÁS se hubiese imaginado que eso iba a terminar así.

Bufó, al tiempo que se volvía a subir al auto… en verdad se estaba sintiendo mal…

-Atrás, pequeña dama.

Su padre había vuelto.

-¿Eh?

-Anda, niña, déjale el campo a los viejos.

Jerry venía junto con él. La chica se bajó del asiento del copiloto y se sentó en la parte trasera del auto.

Fueron a un local cerca de ahí y pidieron comida y cervezas, y hablaron… mucho. Por lo que Helga escuchó, habían sido amigos en preparatoria, hasta que la novia de Jerry lo había abandonado por irse con Bob, y luego Bob había abandonado a ésta por la entonces dulce e inocente Miriam. Había durado sólo unos meses con la ex de Jerry, pero ellos no habían vuelto a hablarse hasta la boda de Bob y Miriam, algunos años después…

También comprendió, ese día, quién era esa misteriosa "zorra" a quien su madre se había referido en sus peleas con Bob, ya muchos años atrás…

Así que la "zorra" se llamaba "Jennifer," y había sido novia de ese ahora tosco camionero…

-Bob, detén el auto.

-¿Qué pasa, Helga?

-Que detengas el…

Demasiado tarde. No pudo contener la arcada ni un segundo más.

-¡Rayos, Helga!

Ahora sí detuvo el auto. Los tres: Bob, Helga y el auto estaban llenos de vómito, aunque la peor parte se la habían llevado la propia Helga y el pobre auto; Bob apenas tenía algunas salpicaduras.

-¡Te dije que me sentía mal, pero tú tenías qué buscar al que me golpeó, luego burlarte de mí con él y luego ir a emborracharte!

-¿Burlarme? ¿Emborracharme? ¿De qué hablas, niña, y en qué momento me dijiste que te sentías mal?

-Sólo llévame a casa; quiero darme un baño… -soltó, molesta y asqueada, sacudiendo las asquerosamente salpicadas manos, luego recargó la cabeza en el respaldo del asiento; se sentía mareada.

Bob bajó las ventanillas y emprendió la marcha de nuevo, aguantando su propio y repentino estómago revuelto… no quería ni imaginarse la que le esperaba con Miriam…

Y en efecto, mientras se bañaba, la chica escuchó la tremenda reprimenda que le daba Miriam a su padre por su irresponsabilidad ¿No veía que la pobre niña estaba débil? ¿Que necesitaba descansar? ¿Cómo se le ocurría llevarla a ese sitio de mala muerte? Pero esta vez ninguno gritaba; de hecho, su padre le respondía increíblemente calmado… Las cosas estaban cambiadas, sin lugar a dudas… pero ella no iba a cambiar de opinión.

Se metió a su cuarto, y luego de que su madre pasara, un rato más tarde, a tomarle la temperatura y pasarle algo ligero para cenar, junto con un té de quién sabe qué, y que le aclarara que su castigo no había sido levantado, aunque sí acortado (sólo una semana; obviamente el que su verdugo hubiese sido un buen amigo de Bob, y que éste se hubiese comportado moderadamente irresponsable, había influido en la decisión), así que le pidió a su madre que le avisara a Phoebe y a Lila que se suspendía la salida del siguiente día, al fin que ella no tenía con qué comunicarse.

Fingió estar molesta y algo dolida cuando se lo dijo, pero la verdad era que, secretamente, estaba feliz; no se sentía de ánimos para andar de viaje y menos aún soportando a Lila en un estado tan desastrosamente deplorable…

oOo

El fin de semana se fue rápido; dado que estaba castigada, no salió a ningún lado, así que aprovechó para dormir… y vaya que durmió.

Al parecer, su cuerpo estaba peor de lo que había pensado…

Llegaron las clases, y nada nuevo pasó, salvo que había sido elegida para representar a la escuela, junto con algunos otros chicos del club de literatura, en un concurso que sería ahí mismo, la siguiente semana.

Las chicas estaban expectantes por el viaje del sábado (sí, lo habían cambiado para el siguiente, que al fin que ese día le levantaban el castigo), así que de eso se trataron casi todas sus conversaciones (de eso y el hecho de que casi todas las antiguas admiradoras de Lila, por alguna extraña razón, comenzaban a evitarla).

La convivencia con Arnold había estado bien, también, aunque el chico no se atrevía a tocarla de ningún modo por miedo a lastimarla (vaya momento habían elegido para volver a ser novios), además de que sólo se veían por cortos periodos de tiempo en la escuela, porque era impensable que saliera después de esta (su padre iba a recogerla todos los días). Al final, ya se sentía la estúpida princesita encerrada en una torre… eso sin mencionar que, con el pretexto de asegurarse de que "cumpliera su castigo" el hombre se la pasaba en el departamento, con su madre…

Helga sentía que comenzaba a llegarle el agua al cuello…

oOo

Al fin llegó el tan esperado sábado, y aunque salieron muy temprano, los respectivos novios de cada una fueron a despedirlas. A Helga le hubiera gustado llevar a Arnold con ellas, pero eso hubiera significado tener qué llevar al cabeza de cepillo y al fideo con anteojos también, y eso, definitivamente, no iba a pasar.

-Te voy a extrañar –le dijo el rubio, y por primera vez en un buen tiempo (que a ella le pareció una eternidad, a decir verdad), la abrazó. Después siguió un beso, nervioso, dubitativo… y luego otro, más confiado…

Luego de un rato, se soltó, algo incómoda, pensando que los demás estarían mirándolos, golpeando nerviosamente el suelo con el pié y mirando sus relojes… pero estaban aún más ocupados que ellos.

-¡Ya basta! –Les gritó a las otras dos parejas -¡Ya déjense ahí o iré por una manguera!

Al fin todos se separaron, se despidieron una vez más, y se fueron.

Se sentaron en la parte de atrás del autobús, supuestamente para poder platicar, pero la mayor parte del camino las otras se la pasaron dormidas… y la rubia lo agradeció. A decir verdad, tenía un plan secreto para este viaje; algo de lo que no le había hablado a nadie, y sobre lo que tenía qué meditar mucho…

Llegaron a la ciudad, y de ahí tomaron otro autobús a la casa de la abuela, aunque, por petición de Phoebe, el último tramo del camino lo recorrieron a pié. A la chica le encantaba ese caminito lleno de árboles y flores, y, a decir verdad, se sintió bastante bien cuando notó que su cuerpo ya no le dolía al hacer esfuerzos…

Y Lila… Bueno, la chica estaba tan loca de alegría que prácticamente la tuvo qué arrastrar todo el camino porque la muchacha no la soltaba del brazo.

-¡Esto es tan positivamente genial! –soltó, eufórica, mirando hacia todos lados, y aún más al distinguir en la lejanía, la casita de la abuela Anja -¿Es en serio? ¿Tu abuela vive ahí?

-Sip –soltó simplemente ella.

-Es hermoso, ¿verdad? –soltó Phoebe, emocionada.

-Es lo que le sigue –respondió la pelirroja, con los ojos increíblemente brillantes –esto me trae tantos recuerdos…

Llegaron a la finca y la abuela ya las esperaba con un delicioso desayuno recién preparado.

-Supongo que tienen hambre –les dijo, luego de darles un fuerte abrazo a cada una, y de que Lila se presentara.

-¡Otra amiga! –exclamó, dirigiéndose a Helga –¡Bien hecho, mi niña! –y le revolvió el cabello.

-¿Podrías intentar hacerlo sonar un poco menos como si fuera un perro que ha aprendido un nuevo truco? –inquirió la rubia, entrando a la casa. La mujer las miró y les guiñó un ojo.

-Ni qué hacer con esta renegona, ¿verdad, chicas?

Y entraron. La casa era preciosa. Cada centímetro de ella evocaba una vida sencilla y natural, pero a la vez ligeramente elegante e increíblemente pulcra.

En las paredes había fotos, muchas que Lila por un momento pensó que se trataban de Olga, pero pronto comprendió que eran de la madre de Helga; al parecer, la mujer había tenido una niñez y juventud muy movidas; caballos, natación, danza… Más allá, estaba la verdadera Olga, y la pequeña y malhumorada Helga que recordaba de su infancia.

La abuela les explicaba (principalmente a Lila), algunas de las fotos de las paredes, pero la gran mayoría se limitaba a sonreírle a sus propios recuerdos.

La pelirroja la miró y, por un momento, se preguntó si estaría viendo a la versión cincuenta años mayor de Helga, pero rápidamente se dijo que no era así. Olga y Miriam se parecían mucho a ella, sin duda, pero Helga era diferente, en todos sentidos, y comenzó a preguntarse si se parecería a la familia de su padre… después de todo, ella no se parecía a su madre ni a su familia en lo absoluto tampoco… por fortuna…

Comieron hasta quedar hartas, y después fueron por los caballos (Lila no dejaba de molestar al respecto).

Dieron un largo paseo por los alrededores, Lila coqueteó un poco con un mozo bastante bien parecido (y las otras dos se sonrojaron aún en contra de su voluntad, cuando las saludó de una manera increíblemente galante); se bañaron en el estanque, y cuando menos lo pensaron, la tarde había comenzado a caer.

-Sí que hace frío aquí –dijo Phoebe frotándose levemente las manos –la verdad, había comenzado a olvidarlo.

-El campo es así –soltó Lila soñadoramente, cubierta con un sweater que su nueva abuela le había regalado –tejido a mano, por cierto- y una deliciosa taza de chocolate en las manos que la misma le había preparado, mientras veían al sol desapareciendo entre una barrera de árboles, tiñendo al cielo, a la vez, de unos espectaculares tonos naranjas y violetas –. Es porque casi no hay casas, ni mucho menos edificios que bloqueen el aire… no me molestaría quedarme aquí para siempre… -agregó, mientras sonreía.

-Ni a mi –soltó Phoebe, con una dilatada sonrisa en el rostro.

"Ni a mi" Pensó Helga, con un nudo en el estómago. Sólo faltaba que su abuela compartiera su opinión…

Unas horas más tarde, luego de cenar, las chicas conversaban animadamente en la recámara que habían usado antiguamente Helga y Olga, y más antes, Miriam y su hermana. Aunque eran más bien Phoebe y Lila las que parloteaban alegremente, Helga estaba pensativa; se limitaba a responder las veces que la llamaban, sonreía o se molestaba según fuera el caso, pero pronto regresaba a su meditabundo estado.

-Voy a hablar con mi abuela un momento, chicas –les dijo, poniéndose de pie de pronto –. Vuelvo en un rato.

Las otras dos asintieron y la rubia se fue.

-¿Qué le pasa? –inquirió Lila en voz baja; por toda respuesta, Phoebe se encogió de hombros.

-No lo sé –dijo, en el mismo tono –pero está muy rara…

-Hola, cariño.

-¿Cómo supiste que era yo, abuela? –inquirió la chica, al tiempo que tomaba lugar en la mecedora al lado de la de su abuela, en el porche de la casa.

-Sólo están ustedes tres, linda –le respondió –, y por si no lo has notado, llamo "cariño" a las tres, así que no había manera de equivocarme…

Soltó una risa floja, que su nieta imitó.

-Quiero consultarte algo, abuela –soltó la jovencita, sin rodeos –, pero tienes qué prometerme que no le comentarás NADA a mis padres.

La mujer la miró.

-¿Estás embarazada? –inquirió.

-¡NO!

-¿Tienes alguna enfermedad vergonzosa?

Helga negó, muy roja; sabía a qué se refería por "vergonzosa".

-¿Tienes problemas con la justicia? –su abuela la veía casi esperanzada.

-¡No!

-Oh, ya veo –suspiró -¿Has creado o liberado algún nuevo virus que convierte a las personas en muertos vivientes, y estamos a punto de vivir un apocalipsis zombie?

La chica soltó una carcajada.

-Deja de ver tanta tele, abuela –dijo.

-No me has dicho que no –soltó la anciana.

-No, abuela –dijo, sonriendo –no desataré el fin de la humanidad.

-No de esa manera, al menos –agregó la mujer, riendo encantada.

-Gracias por el voto de confianza… -masculló la chica, la otra sólo se rio más.

-¿Qué te pasa, querida? –inquirió al fin, ya calmada.

-¿Me prometes que no les dirás nada? –inquirió Helga.

La mujer suspiró.

-No puedo prometerte eso, linda –dijo –pero por lo que me dices, no encuentro nada que deba contarle a tus padres…

-Big Bob y Miriam quieren volver –soltó, sin rodeos, mirándola a la cara.

-¿Qué…?

-Eso.

-¿Desde cuándo? –inquirió la otra, no se veía muy contenta.

-No sé desde cuándo, pero yo me enteré hace unas semanas…

-¿Te lo dijeron ellos?

-Más bien yo me di cuenta sola por mi cuenta –se encogió de hombros –; luego ellos me lo confirmaron… -suspiró.

-no sabía nada…

Ambas se quedaron calladas un rato. El murmullo de las hojas mecidas por el tenue viento y los grillos entre las hojas resonaban en sus oídos.

-¿Qué opinas? –le preguntó a su abuela.

La mujer suspiró.

-Es su decisión –dijo al fin.

-¿No te molesta? –Inquirió, molesta –luego de tantas cosas que sucedieron… de todo ese maldito infierno… ¿Por qué?

-Sus motivos tendrán –respondió la otra, encogiéndose de hombros, con la vista fija al frente –. Debes aprender a confiar en ellos –agregó, al fin encarando a su ceñuda nieta.

-Al demonio con eso…

-Cuida tu lenguaje, jovencita…

-¿Y?

-¿Y?

La chica se volteó hacia a su abuela de tal forma que, de no ser por los pasamanos de la mecedora, se hubiera caído de la silla.

-¿Me dejarás venirme a vivir contigo?

-¿Qué? -La mujer la miraba como si hubiera perdido la razón -¿Bromeas, niña? ¿Por qué haría eso?

-Porque… -sacudió la cabeza -¿En serio tengo qué explicarte por qué?

Anja puso su mano sobre la de su nieta. En verdad le dolía la expresión de desesperanza en el rostro de la jovencita.

-No lo haré si antes no les has dado una oportunidad –le dijo -¿Quién te garantiza que las cosas no van a salir bien?

-¿Quién me garantiza que sí lo harán? –Repuso ella –no me voy a arriesgar, abuela.

-No –soltó la otra, contundente, afianzando el agarre sobre la fría mano de Helga –. No te dejaré sin una buena razón.

-Sabes que igual me vendré si ellos se juntan de nuevo, ¿verdad? –le preguntó, desafiante, mientras se ponía de pié.

-Sabes que este es el primer lugar donde te buscarán, ¿verdad? –respondió la otra.

La chica se desinfló ruidosamente.

-Eres horrible, abuela.

-Eso explicaría de dónde lo heredaste –le respondió la otra, encogiéndose de hombros, mirando a su nieta con una expresión totalmente apacible.

Por toda respuesta, la chica se dio la media vuelta y entro a la casa.

Anja arrugó el ceño (Tenía rato aguantándose las ganas), furiosa. ¿Qué demonios estaba pensando Miriam? Ya hablaría MUY seriamente con ella… con ambos…

Helga caminaba por el pasillo, furiosa también. En verdad esperaba que su abuela la apoyara en esta. ¿De qué había servido todo el maldito viaje?

Iba a abrir la puerta cuando escuchó un cuchicheo. De haber estado hablando en voz normal, no le habría interesado en lo absoluto, pero el tnon la obligó a detenerse en el acto y acercar el oído a la puerta. Era Phoebe.

"…y entonces llegaron sus padres" escuchó, y un par de risitas ahogadas "no encontrábamos nuestra ropa por ningún lado, luego Gerald recordó que nos la habíamos quitado en el baño… yo me enredé en una sábana y me escondí bajo la cama; él se enredó en una toalla y corrió para allá, antes de que alguien entrara."

"¿Y lo logró?" Ahora hablaba Lila.

"Apenas" respondió la otra, casi ahogada de la silenciosa risa, pero Helga ya no quiso escuchar.

Genial. Phoebe no le contaba nada de eso a ella, es más, se lo negaba, pero a Lila no dudaba en narrarle con lujo de detalles sus nuevas aventuras en el universo de los adultos…

Abrió la puerta. Ambas chicas, sentadas de frente sobre la cama, dieron un respingo. Lila se rio cuando la miró, pero Phoebe desvió la mirada.

-¡Helga! –Exclamó la pelirroja -¡Me asustaste! Creí que era la abuela Anja… -soltó otra risa, pero ahora con el volumen normal -¿escuchaste algo? –le preguntó. La pelinegra parecía no saber dónde esconder la cara.

-Algo –respondió Helga, sentándose sobre la cama, ceñuda.

Lila miró perpleja la expresión de ambas.

-¿Sucede algo que sólo yo no comprendo o qué? –inquirió, levantando una ceja.

-La rubia se cruzó de brazos y desvió la mirada. Phoebe, por su parte, suspiró.

-Yo… no le había contado a Helga nada de esto…

Lila arqueó las cejas.

-¿Por eso estás molesta? –le preguntó a la rubia -¿No crees que exageras?

Fue Phoebe la que respondió.

-Le mentí –confesó avergonzada –; ella me preguntó si Gerald y yo lo hacíamos, y…

-Ya venía molesta desde antes, si eso te hace sentir mejor –la interrumpió Helga –, tampoco es que sea tu obligación contarme cada cosa que hacen ustedes dos… de hecho, qué bueno que no lo hiciste…

La pelinegra desvió la mirada, con una mezcla de vergüenza y arrepentimiento, Helga seguía cruzada de brazos, con la vista fija en la pared.

Lila gateó hasta la rubia y la tomó de la barbilla.

-Eres TAN dulce –soltó, sonriendo maliciosamente – …dime, inocente y virginal criatura, ¿Qué es lo que quieres saber? Te juro que a mí no me dará vergüenza explicarte CUALQUIER COSA –agregó, con una mirada felina en los ojos brillantes y claros, clavados en los muy azules y desorbitados de la otra.

Helga se hizo hacia atrás, asqueada.

-¡Aléjate, pervertida! –soltó, muy roja, y Lila soltó una carcajada.

-¡Ahora veo por qué Phoebe no te cuenta nada! –Exclamó –eres una bebita…

-Cállate, Lila…

Helga estaba enfurruñada, algo enrojecida, en la orilla de la cama.

-¿O si no, qué? –soltó, desafiante, acercándosele de nuevo.

-En serio no aprendes, ¿Verdad? –siseó Helga, con los ojos entornados.

-Esta vez yo también atacaré –se defendió Lila.

-Ah, ¿sí? –La retó Helga, ahora ella acercándole la cara –quiero ver qué es lo que tienes, señorita perfección –soltó, clavando los azules ojos en los castaños.

En verdad no se esperaba el siguiente movimiento. Con una velocidad increíble, Lila la tomo del mentón y le plantó un sonoro beso en los labios, luego, con la misma velocidad apabullante, se bajó de la cama de un brinco, mientras una encolerizada Helga se ponía de pié.

-¡Yo la mato! –gritó, al tiempo que emprendía la marcha a toda velocidad tras una igualmente divertida y aterrada pelirroja. Y Phoebe corrió tras ellas, no fuera a ocurrírsele a Helga cumplir su amenaza…

-¡Abuela! ¡ABUELA ANJA!

Lila gritaba tan fuerte que su voz resonaba por toda la casa.

-¡No huyas! –ordenó Helga… como si fuera a hacerle caso.

-¿Pero qué es lo que pasa, niñas?

No terminaba de decir la frase cuando Lila se había escondido como un bólido detrás de ella.

-¡Helga quiere matarme, abuela! –Soltó Lila, divertidísima. Anja miró a la chica que la atenazaba por detrás de su blusa, a una muy roja Helga, y a una algo confundida y asustada Phoebe detrás de ella.

-Helga… -soltó la mujer, cruzándose de brazos.

-Ella… ella… -balbuceaba Helga, pero estaba tan trabada que no podía hablar.

-Lo que haya hecho –soltó –; no es para que le digas eso. Discúlpate ahora mismo –le ordenó.

Helga negó enérgicamente.

-Helga –la mujer entornó los ojos, clavándolos en su berrinchuda nieta.

-Sólo la besé… -soltó en un falso tono angustiado la pelirroja, aún detrás de ella.

-¿Sólo por eso? –Inquirió la abuela –Helga, discúlpate en este momento.

La rubia bufó, clavó los ojos en lo que alcanzaba a ver tras la progenitora de su progenitora, y repentinamente se dio la media vuelta.

-No lo haré –dijo en tono bajo –. Pero tampoco te golpearé, bebé llorona –agregó, mientras regresaba a la alcoba sin voltear atrás ni un momento.

-Gracias, abuela Anja –La chica al fin la había soltado y le dio un beso en la mejilla –eres la mejor –y luego siguió a la otra como si nada hubiera pasado.

-Phoebe…–la aludida volteó -¿Dónde la besó? –inquirió, perspicaz, la anciana.

La pelinegra, que se había quedado en el pasillo, algo aturdida, se tocó con el dedo índice los labios.

Y una sonora carcajada resonó en la casa.

Esa chica era cosa seria…

-Helga, en serio lo siento…

Las tres estaban de nuevo en la recámara.

-Ya no te disculpes –soltó Helga, sin perder de vista a la sonriente pelirroja –, no importa…

-Helga tiene razón –la apoyó la otra, pasándole un brazo sobre los hombros antes de que la rubia pudiera huir –tú no tienes al culpa de que Helga no sepa sacar secretos –dijo.

La aludida la miró molesta, pero se volteó al lado contrario al ver lo cerca que estaban sus caras de nuevo.

-Para sacar secretos –continuó, mientras la rubia luchaba por soltarse de su agarre –primero debes soltar algo similar a lo que quieres oír; eso genera un ambiente de confianza; de comprensión…

Phoebe la miró algo dolida, Lila le sonrió.

-No te utilicé, querida –le dijo en tono conciliador –, lo que te conté era verdad, y no pretendía retribución, sin embargo, tu historia fue genial –y le guiñó un ojo.

La pelinegra la miró sin saber qué pensar. Helga seguía tratando de soltarse. ¿De dónde había sacado tanta fuerza esa loca?

-Eres una enferma –escupió la rubia. La aludida sonrió.

-No es cierto –se defendió, al momento en que la otra al fin lograba soltarse –, de hecho, Phoebe y yo lo hemos hecho el mismo número de veces… casi.

Helga enarcó una ceja.

-Cuatro y cinco –soltó Phoebe, algo roja pero ya resignada.

-Sólo que yo sólo he repetido a un chico –soltó la pelirroja, divertida –; mientras con Phoebe siempre ha sido el mismo; los míos han sido: dos en Francia, dos en América…

Helga clavó los ojos en ella de una forma que le erizó la piel.

-¿Dos en América? –Inquirió.

-El repetido –soltó la otra, encogiéndose de hombros.

-Dijiste que sólo habías repetido a un chico…

-Sí –soltó la otra –dos chicos en Francia, y uno dos veces aquí…

-Creí que hablabas de personas, no de veces…

-Tal vez no me expliqué bien –respondió la otra, encogiéndose de hombros.

Helga miró a Phoebe, y esta desvió la mirada.

-¿Elliot lo sabe? –le preguntó.

-Sí –soltó despreocupadamente la otra, y al ver la cara de incredulidad de ambas, sonrió –antes de irme a Francia –les explicó –él vino a buscarme, y a decirme que me amaba, pero que había sido muy cobarde para decírmelo antes –bufó –. Se imaginarán que fue difícil creerle luego de que me dejara por cierta rubia hermosa y temperamental, que ni en el mundo lo hacía, por cierto –ahora fue Helga quien bufó, fastidiada, Phoebe la miró de forma curiosa pero no preguntó nada –ya saben; dijo que siempre me había amado a mí, que se había dejado deslumbrar por una criatura increíble, pero cuyo corazón tenía dueño desde hacía mucho tiempo –Phoebe alzó las cejas y miró a su amiga sonriendo, ésta desvió la mirada. Lila se encogió de hombros –luego dijo que yo era igualmente increíble, pero que no se había dado cuenta antes, y no sé qué tantas estupideces más…

-…Y luego lo hicieron –dijo Helga, rodando los ojos; conocía es tipo de historias estúpidas y cursis… pero, curiosamente, Lila negó con la cabeza.

-Le dije que se fuera al demonio.

Ambas la miraron con las cejas levantadas.

-…Con palabras más altisonantes, la verdad –agregó, riendo divertida; las otras la imitaron. –Entonces me propuso esto: -continuó –me dijo que me olvidara de él en mi viaje; que viviera e hiciera lo que quisiera, literalmente. Y que si al volver aún sentía algo por él, que lo buscara.

-Carta abierta –soltó Phoebe.

-Carta abierta –confirmó ella –. Aunque, a decir verdad, no tenía por qué pedirle permiso para nada, ya que hacía mucho que nuestra relación había terminado… como sea, me dijo que debíamos tener otras parejas, para saber si realmente éramos lo que necesitábamos el uno del otro… Y lo hice –agregó junto con un suspiro –no fui una libertina loca, pero sí tuve citas, e incluso una relación de tres meses… él fue uno de "los chicos" –les explicó -¿Quieres detalles? –inquirió, clavando los ojos en los de la rubia.

Por toda respuesta, la otra la fulminó con la mirada.

-La última vez que salimos fue cuando lo hice con él –continuó, interpretando fácilmente la respuesta de la otra –después de "eso" me sentí tan mal que no quise volver a verlo; la segunda vez fue con un chico con el que ni siquiera estaba saliendo como pareja, y las cosas fueron más sencillas: sólo éramos amigos, así que simplemente decidí que no quería volver a hacerlo con él y seguimos como si nada…

-No te estoy entendiendo nada –la interrumpió Helga –; creí que te habías sentido mal la primera vez por haber perdido… bueno… eso, con un alguien que no fuera Elliot, ¿pero dices que la segunda vez fue más fácil porque sólo eran amigos?

Lila se rió.

-No me sentí mal por eso –soltó –y "eso" ya lo había perdido con Elliot, justo el día antes de irme a Francia…

-Ok… -soltó la rubia, con pinta de no estar entendiendo nada, pero no querer ahondar en el asunto.

-Helga –le explicó –el problema no fue por Elliot, para ese momento yo no sabía qué sentía realmente por él; el problema fue que el otro chico estaba enamorado de mi, pero yo no lo estaba de él; eso fue lo que me hizo sentir mal…

Phoebe suspiró a su lado.

-El sexo es complicado –soltó, clavando sus negros ojos en los de su mejor amiga, sonrojada –, por eso no te había platicado nada…

-El sexo no es complicado –la corrigió Lila, sonriente –lo complicado es la maraña de emociones que desata; por eso, si no estás segura de lo que sientes por alguien, -agregó, mirando a la rubia -mejor ni te arriesgues, porque alguien sin duda saldrá lastimado. O asegúrate de amarlo con toda el alma (y que te ame igual), o de que no sientan nada romántico el uno por el otro.

-¿Por qué hacerlo con alguien por quien no sientes nada?

La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera analizarla realmente, y también, antes de que se diera cuenta, Lila la abrazaba efusivamente.

-¿Lo ves? –soltó -¡No puedes evitarlo! ¡Eres una cosita dulce, inocente y romántica hasta el fondo de tus huesos!

Y antes de que se diera cuenta tampoco la pelirroja, había aterrizado sobre su trasero, fuera de la cama.

-¡Aléjate de mí, Lila!

Helga la miraba desde arriba del mueble como si en serio quisiera matarla.

-Se llama lujuria, Helga, simple y llanamente –le contestó, tranquila, desde el suelo –es una forma de saciar un instinto básico; así de sencillo… el sexo no tiene que ser siempre una oda al amor, dulzura… -agregó, mirando con deleite cómo la avergonzada rubia se quedaba sin palabras –; es algo que no comprenderás hasta que lo hagas –dijo –yo aún no lo comprendo del todo; aún soy una novata en ese aspecto –reconoció, encogiéndose de hombros.

Las tres se quedaron en silencio por un buen rato.

-¿Y a Elliot no le importa? –fue Phoebe quien habló.

-Él tampoco fue precisamente un santo –respondió –; nos contábamos todo en ese tiempo, y a ninguno nos importaba, realmente… mientras lo que hiciéramos nos sirviera para aclarar nuestros sentimientos, estaba bien…

Helga recordó a Arnold y su confesión sobre el conocer más de ese tema que ella, y pensó que hubiera estado bien poner algunos puntos en claro sobre eso antes de su repentina y larga separación… pero en ese tiempo habían sido muy jóvenes para saber algo de esos temas… eso sin mencionar que su comunicación había sido nula durante toda la jornada, salvo por los constantes recordatorios de Arnold en forma de regalos, que la hacían saber que aún pensaba en ella… aún cuando una parte de ella (la pesimista e insegura, que por lo general era la que la metía en problemas) la hacía dudar de si realmente la amaría aún o sólo se aferraría al recuerdo de alguien quien, definitivamente, ya no era.

-Ustedes son muy abiertos –soltó Phoebe, asombrada –si algún otro hombre me pusiera un solo dedo encima, Gerald lo mataría, así tuviera qué ir al otro lado del mundo para alcanzarlo…

-Gerald es un cavernícola –dijo Helga, riéndose.

-Prefiero llamarlo romántico –se defendió Phoebe, sin disimular lo de acuerdo que estaba con su amiga sobre ese tema.

-Y tú, Helga, ¿Qué opinas al respecto? –Había vuelto a sentarse sobre la cama, y la miraba de forma demasiado significativa.

Helga suspiró.

-No lo sé –confesó –creo que depende demasiado de las circunstancias… de ambas partes de la pareja…

Se había quedado sin aire; desinflada. No había vuelto a pensar en el asunto desde que Arnold se lo había dicho… ¿En qué circunstancias había hecho "eso" Arnold? ¿Con quién…? Miró a Lila, y decidió que era una de las tantas cosas que, como buena Pataki, era mejor esconder debajo de la alfombra…

Pasó un rato en que sólo el silencio reinó; al parecer, cada chica se había sumergido en su propio universo personal; en sus propias dudas e inquietudes… en sus propios miedos…

Helga se preguntaba qué hora sería, porque ya le escocían los ojos, volteó, y vio que Phoebe se había quedado dormida del lado más alejado de la enorme cama; lila, a su lado (y peligrosamente cerca), la miraba soñadoramente.

-Tu cabello es increíble…-Soltó mientras miraba uno de los rubios mechones de la chica a su lado, que habían quedado cerca de su cara –es tan brillante… -soltó, fascinada –como finas hebras de sol…

Helga se rió algo burlesca, floja, y clavó su mirada en la de la otra.

-¿Esperas otro cumplido en retribución? –Inquirió, adormiladamente mordaz -¿Qué debo decir? ¿Qué tu cabello es como hermosos y brillantes alambres de cobre enroscados?

Lila soltó una risa floja.

-Se supone que tú eres la poeta, ¿Y sólo eso tienes?

-Sólo eso me inspiras… -soltó la otra.

Lila bostezó, volteándose boca arriba para clavar la vista en el techo.

-Admítelo, te agrado –le dijo sonriendo.

Helga suspiró.

-Eso creo… -admitió –y no esperes cumplidos de mí… ya tienes suficiente con los de… bueno; todo el mundo.

Lila volvió a reír, torciendo el cuello hasta alcanzar la mirada de la rubia.

-¿Te agrado? –preguntó.

-Tampoco alardees con eso…

Fue toda su respuesta.

Pasaron un rato en un suave silencio, sintiendo cómo lentamente el sueño comenzaba a aturdirlas, a envolverlas en un cómodo sopor, cuando Lila, que ya había comenzado a soñar, escuchó la voz de Helga que la trajo a medias a la realidad (si bien lo que escuchó la hizo pensar que probablemente aún soñaba):

-En serio quisiera ser tu amiga, Lila…

Su voz sonaba melancólica.

-¿Qué te lo impide? –le respondió con voz adormilada.

-No lo sé, Lila. ¿Hay algo que lo impida?

La pelirroja suspiró

-Creo que eso lo descubriremos muy pronto –respondió.

-Eso creo…

Y ya no se dijo más por ese día.

oOo

El día siguiente fue genial; sin temas escabrosos ni pensamientos deprimentes. A la hora de volver a casa, a las tres les importaban un comino sus dolencias tanto físicas como emocionales; lo único que deseaban era haberse podido quedar un tiempo más.

A la hora de subir al autobús, estaban verdaderamente unidas, y eso las hacía inmensamente felices (incluso a la temperamental rubia, aunque luchara por que no se le notara).

Pero Helga no tenía idea de que el bienestar de sus minúsculas vacaciones se desaparecería tan rápido.

-¿Ya vienes para acá?

Era Bob quien hablaba.

-Sí, papá, ya voy.

-De acuerdo –dijo –. Por favor vente tú sola; tu madre y yo necesitamos hablar contigo.

"O-oh."

-¿De qué? –inquirió; sintiendo que miles de brazas se encendían en su estómago.

-Lo sabrás cuando llegues.

Y colgó. Ni siquiera le dijo si la esperaban en la casa o el departamento, pero, francamente, no le importaba. Dejó el celular a un lado de sus piernas y clavó la vista en la ventana.

-¿Sucede algo, Helga? –inquirió Phoebe, sentada a su lado.

-Nada –soltó, evasiva.

Pero ese "nada" le dijo todo a Phoebe. Tomó aire, se mordió los labios y desvió la vista. Del otro lado del pasillo, Lila las miraba, curiosa, pero no dijo nada.

Bajaron del autobús y cada una tomó una dirección diferente. El ambiente de cordial tranquilidad que las había envuelto apenas una hora antes se había acabado. El encanto se había roto.

-Nos vemos –Fue todo lo que la rubia dijo, se dio la media vuelta sin esperar respuesta y se fue.

Lila tenía miles de preguntas para la menuda pelinegra, pero se limitó a abrazarla.

-Nos vemos mañana en la escuela –le dijo al tiempo que le regalaba una enorme y auténtica sonrisa.

-Claro –soltó la otra tratando de sonreír –nos vemos.

Y se separaron también.

Llegó al departamento casi arrastrándose. Toda la energía que había acumulado en su viaje se le había escapado en forma de un sudor frío sobre su piel hirviente.

Subió en el elevador y casi dio gracias al cielo al notar que no había nadie en su morada.

Entró a su cuarto… Y había una maleta sobre la cama.

-¡NO! –Gritó, al tiempo que arrojaba las cosas de su hermana mayor al piso -¡Con mil demonios, NO!

Arrojó su cuerpo tembloroso sobre la ahora vacía cama y luchó, en verdad luchó por no llorar; odiaba a la criatura frágil y quebradiza en la que se estaba volviendo…

El celular sonó en su bolsa, lo sacó y vio que ahora le hablaba Olga. Lo miró furiosa y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la pared. Escuchó el estruendo al tiempo que ahogaba un grito contra la almohada.

Los odiaba. En serio los odiaba a los tres. Y a su abuela…

Y a Lila…

…y a Arnold…

A Lila y a Arnold, más precisamente…

…Tal vez…

-Helga…

¿Pero quién diablos…?

Ah, sí; su padre.

-Te estamos esperando –le dijo algo molesto, al ver que ya había despertado.

-No me dijiste a dónde me esperaban –se dio vuelta sobre la cama, dándole la espalda.

-Vámonos, pues.

-No voy a ningún lado contigo.

Lo escuchó resoplar muy fuerte a su espalda.

-Helga…

-Me llavearás a rastras; lo sé. Hazlo, porque sólo así podrás sacarme de aquí.

Y la tomó como un costal de papas y se la echó al hombro.

…Y así se iba su último rastro de dignidad; lo supo cuando se vio en el espejo del ascensor, colgando sobre la espalda de su padre; los traseros de ambos peligrosamente cerca de la cara del otro.

-¿Vas a caminar? –le preguntó un poco antes de que se detuviera el armatoste, pero el eco de su voz fue su única respuesta.

Y así salieron a la calle, y la echó al auto.

-Ponte el cinturón.

No lo hizo; con suerte chocaban y se moría, o al menos quedaba en coma hasta que pasara toda esa locura.

Llegaron a la casa, y la tuvo qué cargar de nuevo, porque ella no se iba a mover. La dejó sobre el sillón y Olga se le lanzó encima.

"Hermanita bebé" "Maravillosas noticias" "Felicidad" Las palabras sólo danzaban en sus oídos pero rebotaban antes de llegarle al cerebro.

Big Bob la tomaba de los hombros y le hablaba sobre la confianza, sobre las segundas oportunidades, sobre aprender quién sabe cuántas cosas.

Miriam lloraba y le decía quién sabe qué sobre aprender de la vida…

Se sentía atrapada en medio de una bizarra película sub realista; ni siquiera escuchaba con claridad. Estaba helada, entumecida, y su cabeza zumbaba como si un millón de abejas pelearan furiosas.

No podía creerlo; no quería… la vida no podía ser tan cruel y sus padres tan estúpidos…

-¡YA BASTA!

Ni siquiera supo a quién interrumpió.

Olga y Miriam la miraban sobresaltadas; casi asustadas. Big Bob parecía haber estado contando el tiempo para que eso pasara.

-Todos ustedes, cállense –se puso de pié –Son un montón de idiotas, y lo peor es que lo saben y no les importa –Nadie se molestó en regañarla - ¿Tienen una idea de lo que están haciendo? –se rió de una manera tan amarga que lastimó sus propios oídos -¡Por supuesto que la tienen! –se respondió a sí misma -¿Lo hacen por mi? ¿En verdad quieren que sea feliz? ¡Dejen las cosas como están! ¿Qué les hace pensar que volver a este pozo de basura con todos ustedes me haría feliz? ¿Creen que se harían felices entre ustedes? –Los miró, pero nadie movía un músculo. Casi le parecía que eran bultos sin caras. Estúpidos costales de papas. ¿Qué demonios estaba pasando? –Todos están huecos, lo sé, pero no lo van a resolver encerrándose bajo el mismo techo… ¿Quieren jugar a la casita? ¡Háganlo, pero no me incluyan a mí en esta locura! -¿Por qué parecía estar soltando un monólogo rancio y decrépito en algún teatro de mala muerte y tener al peor público del mundo? –Tú –Miró a Miriam –Ni siquiera sé qué decir de ti, ¿Qué harás si esto no funciona? ¿Sumergirte en la depresión de nuevo? ¿Llorar hasta que las cosas mejoren por arte de magia? ¿Por qué no puedes simplemente aceptar que el pasado no funcionó y seguir con tu vida? ¿Por qué no puedes aprender que las cosas a veces, simplemente, no son como uno deseara?

El silencio de nuevo. Todos la miraban. Nadie emitía un sonido. Estaba sola, como siempre.

-Bob –comenzaba a cansarse –eres la persona más terca del mundo y más ciega para con los demás; ¿Dices que lo haces por mi? ¿Por todos? Sólo quieres mitigar tu propia culpa, deja de fingir que en serio te importo; tú no sabes lo que es eso a no ser que se trate de ti mismo. Beneficios, beneficios, es lo único que conoces. Deja de verme como si fuera una maldita inversión, y, de paso, deja de ver así a Olga también –La aludida dio su primer señal de vida en un buen rato; estaba asombrada –La haz forzado a redituar cada segundo de tiempo que le has invertido, que la pobre ni siquiera puede respirar sin pensar primero en si tú la aprobarás –Clavó los ojos en ella, ésta le devolvió la mirada, parecía… ¿Agradecida? ¿En serio? –la has convertido en un maldito robot; en el ser más infeliz del mundo, aún peor que yo en mis años más negros, y ni siquiera te has dado cuenta, ¿Qué esperas? ¿Verla encerrada en un manicomio para darte cuenta de hasta qué punto la presionas?

Al fin Bob reaccionó. Paseaba la mirada alternativamente entre sus dos hijas; la menor lo miraba furiosa, la mayor sólo comenzó a llorar quedamente. Miriam evitó su mirada.

Un pesado silencio cayó como yunque sobre todos, sólo los sordos sollozos de la joven resonaban como campanas en ese silencio sepulcral.

…Y entonces sucedió algo inaudito: Helga se sentó junto a su hermana y la abrazó.

-Olga –le dijo –eres la única con esperanzas aquí; deja a un lado este mar de porquería y vive tu vida; cásate, ten hijos… la juventud se te está escapando tratando de pegar rocas con arena seca…

La aludida sólo sollozó más fuerte y le devolvió el abrazo. Sus padres las miraban atónitos. Pasó así un largo rato. Helga, con la cara hundida sobre el rostro de su cada vez más calmada hermana, no quería voltear alrededor; sabía que, salvo tal vez el tema de Olga, el resto se lo había gritado a la pared.

-¿Terminaste? –la voz de su padre a sus espaldas era tan cansada que se asustó un poco.

Se separó de Olga mientras su madre tomaba su lugar, y lo miró.

-Algunas cosas de lo que dijiste son ciertas… la gran mayoría, de hecho –reconoció mientras se masajeaba el entrecejo –pero hay cosas que no comprendes, y no comprenderás jamás si no nos das una oportunidad ¿Y si funciona, eh? –inquirió. Sus ojos en verdad le pedían una oportunidad, pero definitivamente no iba a dársela. Ya había tenido suficiente de eso por varias vidas.

-¿Y si no funciona? –contraatacó ella.

-Entonces cada quien se regresa por donde vino –le respondió el hombre encogiéndose de hombros.

-Qué simple, ¿Verdad? –soltó ella, entornando losojos -¿Y las heridas nuevas, qué? ¿Cuántos años tardará para sanar el nuevo daño que nos hagamos?

-Sólo sabemos que vamos a intentarlo –le respondió Miriam, con la voz sorprendentemente segura, desde el sillón –, no estamos pidiéndote permiso –agregó –; sólo te estamos avisando.

-No – La amarga sonrisa había vuelto –. Con un demonio, ¡No!

-Te vienes con nosotros –agregó su padre –; aún eres menor de edad, y vivirás aquí te guste o no.

-Oblíguenme –siseó, al tiempo que se daba la media vuelta y se encaminaba hacia la puerta.

-El departamento ya se rentó –continuó la voz de su padre, cuando ésta puso su mano sobre la perilla –se vienen a vivir los inquilinos el sábado, así que disfruta tus pequeñas vacaciones.

Dio un portazo tan fuerte al salir que le dolieron los oídos.

Salió como loca de esa casa de locos y corrió a casa; a su casa. Que ni soñaran con que se los iba a permitir tan fácil… ¿Pero qué no les iba a permitir?

Cuando llegó a su recámara sólo atinó a dormirse de nuevo, y no se despertó hasta en la mañana. Se sentía como un autómata. No supo ni qué se puso para ir a la escuela. Phoebe pasó a recogerla en la mañana y, camino a la escuela, respondió a los comentarios de ésta sin saber realmente qué le había dicho. Saludó a Arnold en la escuela, fuera del salón del club de literatura, donde tenía que prepararse para el concurso del viernes. Lo besó sin sentir siquiera sus labios, igual hubiera besado a cualquier otro, incluso a una silla, y ni siquiera hubiera notado la diferencia; respondió con un ligero asentimiento al "¿Estás bien?" Del chico y entró al salón.

Se sentó junto a un chico, que resultó ser Elliot, y sacó su cuaderno, mientras un profesor les decía quién sabe qué.

Todos seguían su impulso creativo en ese momento. Escribían e intercambiaban opiniones animadamente… todos, menos ella… y el chico junto a ella.

¿Por fin salió de su letargo. ¿Qué rayos había pasado con el señor sonrisas? Lucía aún peor que ella…

-¿Te sucede algo? –Le preguntó, no porque le importara realmente (en ese momento no le importaba nada), sino porque, tal vez, si ese chico tenía un problema peor que el de ella, terminaría comprobando que el universo no estaba construido única y exclusivamente para hacer su vida miserable… tal vez.

El chico asintió, sin mirarla.

-Creo que Lila…

Lila. Genial.

La miró, parecía no haber dormido en toda la noche.

-Ayer una mujer que es vecina de Lila (ya sabes, esas chismosas que nunca faltan), me comentó, cuando iba a visitarla, que vio salir a un chico, ya muy noche, de la casa de ésta, el sábado que llegó…

Ok. El universo no estaba construido única y exclusivamente para hacer su vida miserable… estaba construido para hacer su vida un infierno en vida…

-Yo no lo creía, -continuó el chico, totalmente sumergido en sus propias preocupaciones para notar que parecía acabar de caerle un yunque encima a su interlocutora; uno aún más pesado del que ya parecía traer -o no lo quería creer, pero, aún así, cuando ella salió y me quedé solo en su recámara… comencé a buscar sin saber realmente qué… y vi este cinturón de hombre tras su cama…

Y lo sacó de su mochila.

-¿Lo conoces, Helga? –inquirió, sombrío.

No era muy observadora, en verdad; pero ese sí que lo conocía…

Todo encajó entonces; La verdad que había ido hilando poco a poco, que había ido metiendo bajo la alfombra, ya era demasiado grande para ocultarla.

Se puso de pié de golpe, y salió del salón sin importarle que todos la miraran, que el profesor le preguntara a dónde iba, que alguien la siguiera muy de cerca.

Entró al salón donde ambos sinvergüenzas compartían clase, y se fue sobre quien vio primero.

Le dio una bofetada tan fuerte que le ardió como una braza la palma de la mano.

…La pelirroja la miraba con ojos desorbitados.

Le dijo algo. Ni siquiera supo bien qué le dijo; ella asintió dos veces, anonadada. Miró al rubio unos metros más atrás y salió de ahí con renovadas energías.

…Si la vida se empeñaba en estrellarla contra el piso; al menos lo haría con dignidad…

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Primero que nada: mil disculpas; por el retraso y por los errores de ortografía, sintaxis, continuidad o cualquier otro tipo que traiga esta cosa. Estas semanas han sido muy ajetreadas para mí y simplemente no podía sentarme a escribir, así que, para compensar la espera, les dejo un capi bastante largo (espero no las aburra :p), ya después lo corregiré con calma; de momento no quiero hacerlas esperar más.

Agradecimientos especiales:

diana carolina: Mi querida diana, pues ya ves, parece que el teatrito se les acaba de caer a estos dos; ahora sigue lo bueno XD Un abrazo, qué bueno que te guste mi historia :)

DarOn mal: Welcome back, my dear :) Yo estoy bien, gracias, aunque un poquito demasiado atareada. Aquí el nuevo capi, espero te guste… Amo que te guste el fic, te mando un abrazo también.

Lexie Asakura Kidou: Aunque a veces no estés en las notas finales, siempre estás en mi corazón, querida paisana :3 y las escenas de Bob siguen… y seguirán; espero no darte un sobredosis de amor paternal ficticio XD Saludos y abrazos.

Geraldine Hatch: Mi Geraldine :3 Hola X3 No sabes lo feliz que me haces cada vez que comentas (todos lo hacen , en realidad) :3 Has comentado desde el primer capi y me encanta que te guste tanto mi historia, y no te aburra; espero que después de leer este extensísimo capi opines lo mismo, XD … Como bien dices, parece que la amistad de Helga y Lila llegó a su posible fin… al igual que otras cosas :( Saludos y abrazos apachurrados para ti :)

Y bueno, de momento es todo, espero poder actualizar más pronto el próximo capítulo, créanme que jamás me olvido de ustedes, se que esperan mi historia y eso me halaga demasiado, y créanme también que hago todo lo que puedo.

Besos y abrazos apachurrados para todas y todos, recuerden que los y las amo.

¡Nos leemos!