Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon.
Matices
¿Pero qué rayos había pasado? Un segundo estaba haciendo un cartel contra la discriminación, y al siguiente le daban tan duro en la cara que sentía entumecido hasta el cerebro. Por Dios que esa bofetada le había dolido más que el puñetazo… y vaya que le había dolido el puñetazo…
La miró salir del salón, y, en la puerta, a Elliot…
…Lo sabía…
…
-Helga, perdón –el chico la miraba, aturdido –no tenía idea de que…
Pero lo pasó de largo sin voltear a verlo, y él la siguió; justo cuando dieron vuelta en el pasillo, un aterrado rubio salía del salón ignorando los gritos del profesor.
¿A dónde rayos había ido?
…
-¡Helga, espera!
¿Por qué lo hacía? Era obvio que no le iba a hacer caso.
De ahí en adelante se limitó a caminar –casi correr- a lo largo de toda la escuela, tras ella; la vio doblar en el último pasillo y entonces ya no tuvo duda de a dónde iba; su estómago se encendía como braza al tiempo que la miró correr el último tramo y subir los escalones de dos en dos.
Volvió a gritar su nombre, y entonces la vio forcejear con la cerradura -¡Sí!, ¡el viejo armatoste se había trabado de nuevo!- pero el alivio le duró poco al verla levantar la pierna y darle con todo a la delgada lámina. Un chirrido metálico inundó el lugar junto con el ruido seco del golpe, y la vio salir por la puerta antes trabada al tiempo que corría el último tramo de la escalera.
Estaban en la azotea de la escuela… y la vio correr hacia la orilla…
Corrió como alma que lleva el diablo tras ella, y estuvo a punto de agarrarla de la blusa… pero sus dedos sólo se movieron a milímetros de la tela… ella seguía corriendo… entonces llegó al barandal, e iba a gritar su nombre cuando la vio detenerse en el último segundo; se encaramó sobre la primera barra, mientras cerraba las manos sobre la última y la escuchaba soltar un agudo grito sin abrir la boca…
Luego gruñó muy fuerte, se bajó del barandal y comenzó a patearlo con todo lo que tenía…
-¡Helga, basta!
A ese paso se iba a romper el pie… o el barandal; y ninguna de las opciones era buena.
-¡Basta!
La tomó del hombro y la volteó hacia él…
Y un hermoso y delicado puño se le enterró en la cara…
-¡Helga!
-¡DÉJAME EN PAZ!
Otro puñetazo, que el chico atrapó esta vez antes de que lo alcanzara… y cerró las rodillas, atrapando la otra que venía directo a sus partes nobles…
El chico era un poeta galardonado; sí. Pero también era cinta negra en Karate.
-¡TE ODIO! –gritó la chica mientras trataba frenéticamente de soltarse; le tiró un puñetazo con la mano libre pero también fue detenida; luego el muchacho, en un movimiento relampagueante tomó ambas muñecas de la joven con una sola mano mientras con la otra le golpeaba tras las rodillas para luego frenar su caída y hacerla aterrizar suavemente sobre su trasero.
-Tranquila, potranquilla –Soltó en tono autoritario. La rubia le dirigió una mirada increíblemente resentida, pero ya no se movió. El chico se sentó a su lado.
-¿Has considerado estudiar karate? –le preguntó, mientras se llevaba la mano a la parte adolorida de su cara -tienes unos reflejos bárbaros…
-El karate es para mariquitas –La chica estaba tan enfurruñada que casi daba risa…
-Pues un mariquita acaba de sacarte de combate en apenas dos segundos, señorita…
No le respondió; no esperaba que lo hiciera…
-Pensé que ibas a saltar… -confesó, luego de un rato. Una sonrisa amarga cruzó el rostro de ella.
-¿Tan patética me crees? –inquirió.
-Patética no –soltó él, mirando despreocupadamente el cielo –, pero sí muy apasionada…
-Elegante tu manera de decir estúpida… -se había recargado sobre el ahora maltrecho barandal… pero no más maltrecho que su pié, que ahora le punzaba y dolía horrores…
-No eres estúpida –afirmó el otro, contundente.
-Quisiera serlo, Elliot… -se desinfló –a veces quisiera serlo…
Un brazo largo y delgado se cruzó por sus hombros, y ella sólo cerró los ojos.
El chico se sintió fascinado; era la primera vez que reaccionaba de manera tan pacífica a su toque…
-¿Ya lo sabías, ¿verdad? –Inquirió, sin verla, ella no respondió –ese cinturón no tenía nada de especial… pero tú sólo necesitabas alguien que te lo confirmara…
Silencio.
-¿Sabes? –continuó él –es como cuando compras billetes de lotería –hizo una pausa, esperando alguna reacción sobre su aparentemente absurdo comentario, pero al notar un público difícil, decidió continuar el show –Sí, es parecido, aunque no lo creas –nada –Tomas ese estúpido papel, y sabes que hay sólo una probabilidad entre millones de sacártela, pero lo haces; ni siquiera crees realmente que te la puedas a ganar; pero la sola idea de que hay una remota posibilidad, entre miles, de que suceda… bueno… la simple fantasía que obtienes al comprar ese trozo de basura hace que valga la pena cada centavo que gastaste…
-¿Juegas a la lotería? –inquirió la rubia al fin, clavando sus ojos en los de él.
-¿En serio? ¿Es todo lo que deduces de mi comentario?
-Deduzco que eres un idiota al que le gusta mentirse a sí mismo…
-Exacto –soltó el otro, y apretó su medio abrazo.
Helga bufó.
-No soy idiota –soltó.
-No dije que lo fueras… a veces la fantasía es lo único que nos impide volvernos locos…
Helga sintió que algo le desgarraba las entrañas; se recordó, de niña, imaginando que el cabeza de balón un día correspondería a sus sentimientos y así ya no se sentiría sola; que sabría lo que era ser amada… Luego se recordó, ya casi adolescente, fantaseando con que él volvería de ese viaje; que abandonaría a sus padres –porque ella le importaba más que cualquier otra cosa en el mundo- y la rescataría de el humillante infierno que vivía… Y, sólo unos días atrás, fantaseando que "eso" nunca había pasado… que si cerraba los ojos, simplemente desaparecería… como de niña, cuando juraba que había un monstruo en su armario, pero que, al cubrirse con las sábanas, desaparecería…
Pero ahora estaba en el mundo adulto; y en este, si te cubres con sábanas de los monstruos, lo único que hacen es crecer hasta que te comen…
-Dices que yo me encerraba en mi fantasía de que nada había pasado, así como tú te encierras en tu fantasía de que un día serás rico mágicamente…
-A veces una fantasía es mejor que la realidad –soltó él –sólo quiero que sepas que te comprendo…
-Soy una idiota, igual que tú, por consentir que nos estafen, e incluso gozarlo… -¿Sabes? él prácticamente me lo confesó al poco tiempo… -continuó, recargando la cabeza en su hombro -; Lila prácticamente me lo dijo la ante noche también…
-¿En serio? –volteó, curioso.
Ella asintió.
-Hablábamos de sexo –soltó –y ella me dijo que… Bueno, el punto es que prácticamente me dijo que se había acostado con dos chicos en Francia y dos aquí… aunque luego intentó corregirlo, pero Phoebe la desmintió con la pura mirada… esa chica es un libro abierto –su risa esta vez fue más cristalina –Era obvio que uno de ellos eras tú, pero, ¿Y el otro? ¿Quién era? ¿Cuándo? si antes de irse era una niña buena, y al volver venía enamorada de ti…
-Y el cinturón te lo confirmó.
-Y el hecho de que fuera el sábado; justo el día que nos vio besándonos… y se lo dijo a Lila…
-¿Qué te dijo él al respecto? –inquirió el chico.
-Me dijo que había hecho algo horrible… - respondió –y luego resultó que había sido sólo un beso… las cosas no cuadraban… -cerró los ojos mientras fruncía el ceño –pero yo no quería analizarlo…
-No querías ver la verdad –soltó el otro, junto con un suspiro.
-Sólo quería tener amigos y un novio, ¿es demasiado pedir? –la tristeza poco a poco se abría camino a través de su máscara de hosquedad.
-Aún los tienes –dijo el chico.
Helga, aún contra su cuerpo, negó.
-Vamos, Helga; ¿es en serio? ¿Vas a terminar con Arnold por eso?
-¿Tú vas a seguir con Lila? –Inquirió a su vez ella.
El muchacho se encogió de hombros.
-Nuestras circunstancias son diferentes –soltó –. Te juro que, de haber sabido que fue él, no te hubiera dicho nada… pero te juro que jamás; JAMÁS se me hubiera ocurrido pensar que un tipo fuera TAN IMBÉCIL como para meterse con cualquier otra mujer, teniéndote a ti…
Las mejillas de la rubia se colorearon un poco.
-Y yo no entiendo cómo Lila pudo engañar a un tipo tan zalamero como tú…
Elliot rió.
-Lila no me engañó –soltó, poniéndose serio de nuevo –ella y yo no éramos nada aún en ese entonces, y, que yo recuerde –agregó, clavando sus profundos ojos grises en los de ella –tú y él habían terminado un día antes…
Helga frunció el ceño.
-No recuerdo que estuvieras tan comprensivo hace un rato, que parecías a punto de morir de la preocupación y de los celos…
-No puedo evitar que esto me haga sufrir, sin duda –soltó –y el hecho de que me haya enterado de esta forma sólo lo hace aún peor –completó.
-Exacto…
-¿De verdad no lo vas a perdonar? –insistió.
Ella resopló.
-Hay más cosas en esto, Elliot, de lo que tú ves; cosas que nadie más que yo podría comprender…
-Eso te lo creo –soltó él, afianzando su agarre –; eres un enigma, mujer… y mejor volvamos al salón a prepararnos para esa estúpida competencia antes de que nos expulsen; escribamos una oda a lo mucho que apesta el amor…
-Amén por eso, hermano –respondió la otra, ignorando la mano que le tendía para ponerse de pie.
oOo
Arnold caminaba pesadamente. Había durado un buen rato buscando a Helga por toda la escuela, para de repente encontrársela entrando tranquilamente al salón del club de literatura con el siempre perfecto y desesperante "Elliot."
Había decidido no perturbarla de momento, y había continuado sus otras clases. No había podido encontrar a Lila tampoco para saber qué había pasado, y Gerald se la había pasado todo el almuerzo haciéndole una detallada inspección oral a Phoebe, así que había decidido poner tierra de por medio.
Pero ya era hora de salir, y los chicos que se preparaban para el concurso al fin obtendrían su libertad también (las preparaciones para concursos del club de literatura, según había escuchado, eran extenuantes; los encerraban en ese salón todo el día, sin asistir a ninguna otra clase; al parecer, el hecho de que todo lo que pasaba en esas competencias era puramente creación de las cabezas de los estudiantes, contrario a las otras en que mayormente consistía en memorizar datos o usar la lógica, necesitaba, si no un mayor grado de dedicación, sí de tiempo invertido).
Llegó al salón, y casi agradeció al cielo cuando vio que no estaba.
Quería hablar con ella, sin duda, pero le aterraba cómo podría reaccionar… lo que vendría después… Había evitado por tanto tiempo decirle eso… ¿Por qué no se lo había dicho uno de los cientos de veces en los que hbaía tenido una oportunidad? ¿Por qué había dejado que se enterara de esa forma? …Ah, sí. Porque era un imbécil; claro…
En eso iba divagando, cuando la miró; sentada sobre el pequeño muro bajo que dividía la zona de las escaleras con el pasillo de los casilleros. Tenía una pierna recogida y parecía estar esperando a alguien. ¿Acaso sería a él?
Una ola de felicidad y temor lo invadió partes iguales.
Se le acercó lentamente, dudoso. Trataba de adivinar qué pensamientos cruzarían por su mente, pero lo único que le revelaban sus facciones era un plano aburrimiento.
-Helga…
La chica dirigió su vista lentamente hacia él. Lo miró con fastidio; con indiferencia.
-Necesitamos hablar –soltó. Su mirada lo aplastaba.
-Yo no tengo de qué hablar contigo, Arnoldo.
Y se volteó. Fue contundente.
-Por favor –rogaba por que lo mirara, pero la chica en verdad parecía haber terminado con él –No sé si disculparme primero por lo que hice en sí, o por no habértelo dicho en su momento, o por haberte mentido… hay tantas cosas… -se desinfló. En verdad se sentía una basura, y así debí considerarlo ella, porque ni siquiera lo creía merecedor de una mirada; ya por lo menos de un poco de odio… -Lo siento… -Alzó la vista; buscó su cara -¿En verdad pretendes ignorarme para siempre? –cuestionó, sumamente angustiado.
Y entonces lo miró. Y de verdad deseó que no lo hubiera hecho.
-¿En serio pretendes que te suelte aquí todo lo que estoy pensando? –Lo dijo sin pausas, con las mandíbulas tan apretadas que el movimiento de sus labios había sido casi nulo; los ojos tan entornados que se habían reducido a dos rendijas -¿En serio pretendes tomar la ínfima cantidad de dignidad que queda en mi ser en medio de este montón de perdedores?
Había veneno en esa mirada. Sin proponérselo, dio un paso hacia atrás. Los ojos azules lo atravesaban de lado a lado; lo herían de una forma inconmensurable.
Un repentino estruendo tras él lo hizo voltear. Una mochila acababa de estrellarse a menos de un metro de sus pies y antes de que pudiera levantar la vista del todo, un puño se incrustó en su mejilla derecha.
Bien. Elliot era zurdo.
No lo pensó ni un segundo; se lo devolvió. Tanto tiempo deseando hacerlo… y se sintió genial.
Cuando menos lo pensaron eran el centro de atención de toda la escuela. Nadie intentaba separarlos; la mayoría gritaban, divertidos. Parecían un montón de estúpidos cavernícolas danzando alrededor de una hoguera. La rubia era la única que no los miraba; pudo verlo aún en medio del alboroto del que era el causante; en medio de los golpes dados y recibidos.
-¡Arnold, Elliot!
Una alarmada pelirroja corría hacia ellos, tratando de separarlos.
-¡No te metas en esto! –La empujó tan fuerte que la arrojó al piso; desde ahí, Lila lo miró con los ojos desorbitados; ¿Qué rayos pasaba con Elliot?
Furioso, el rubio lo golpeó muy fuerte.
-¡Déjala en paz! –le gritó.
-¡ES MI NOVIA! –La voz de Elliot resonó por toda la escuela; su garganta casi se desgarró en el acto, se escuchó.
Continuaron los gritos, y los golpes.
Alguien había detenido a Lila para que no volviera a meterse; el resto veía a Helga preguntándose por qué ella no lo hacía.
Más gritos. Ahora del director.
Pronto estaban en la dirección. Los cuatro.
Lila con el labio partido a punto de sanar. Arnold con la hemorragia apenas contenida de sus labios y nariz. Helga con el raspón de su cara cada vez más pequeño, Ellot, con un ojo tan hinchado que apenas podía ver.
-¡Esto es inaudito! –soltó el hombre, furioso -¿Qué diantres está pasando con los mejores alumnos de esta escuela? –Ninguno respondió –Pataki, -clavó sus ojos en la rubia, quien, con el ceño fruncido, mantenía la vista fija en la pequeña ventana que daba al campo de atletismo –esta es la segunda vez en menos de un mes para ti, ¿Qué tienes qué decir?
Pero Helga no iba a decir nada, a nadie.
-Ella no hizo nada –Saltó inmediatamente Elliot. Ahí estaba; Elliot defendiéndola antes que él, de nuevo.
-A mi me dijeron que había estado discutiendo con… -El director lo miró con los ojos entrecerrados detrás de los anteojos.
-Arnold –aclaró de mala gana el aludido; era el único del que no se sabía el nombre.
-Cuando llegó usted, señor Stevens…
-¡Él tuvo sexo con MI NOVIA! –gritó intempestivamente el aludido; el rostro amoratado de ira.
Arnold volteó violentamente hacia él.
-No era tu novia en ese momento, que yo sepa… -siseó.
-¿Y Helga? –respondió él, con los puños apretados; la aludida seguía sin voltear -¿no pensaste en ella?
-No metas a Helga en esto…
-¡Silencio! –el director se había puesto de pié -¿De qué están hablando, niños? –los miraba a los cuatro como si hubieran perdido el juicio.
-Todo esto fue mi culpa –soltó Lila de pronto en tono tímido. Tenía la vista clavada en las manos sobre su regazo –, por eso es que Helga… bueno, me golpeó…
El director Carpenter se quitó los lentes y se masajeó el puente de la nariz. De hecho, cuando había encontrado la trifulca, había ido a buscar a Helga, en un principio, para saber por qué había vuelto a atacar a la señorita Sawyer… Pues bien; ahora lo sabía…
Salió de la dirección sin decir palabra, y los cuatro adolescentes se quedaron solos.
Lila miraba fijamente a Elliot, éste a su vez, mantenía la iracunda mirada clavada en Arnold, quien sólo miraba al suelo. Helga seguía con la mirada clavada en el punto más distante que encontraba, como si estuviera en cualquier lugar menos ahí, como si nada de eso estuviese ocurriéndole a ella.
Los envió a detención por el resto de la tarde, mientras él mandaba llamar a sus padres.
Arnold vio, a lo lejos por la ventana, pasar a su padre (aunque no pudo ver su cara, y por ende, su expresión), junto a una mujer alta y muy bella de cabello castaño (La medre de Elliot, sin duda), un poco después pasó el seños Sawyer (el estómago se le encogió al pensar lo que sentiría al enterarse; aún más que al ver a su propio padre), y al final, con una expresión increíblemente lúgubre, a Olga.
Nadie supo qué pasó. Aunque estaban hablando en el salón de al lado, y fácilmente podrían haber escuchado lo que decían con sólo acercar el oído a la rendija de la ventana, ninguno se levantó de su lugar.
Duraron un buen rato ahí; mucho. Después de la reunión entraron a recoger a sus respectivos familiares.
Todos se limitaron a dirigir dos o tres palabras increíblemente cortantes a sus vástagos, quienes obedecieron de inmediato. Sólo Helga se soltó violentamente del agarre de su hermana y gritó "¡Déjame en paz!" Los padres voltearon, curiosos, los chicos ni siquiera respingaron.
-Te lo juro, mi padre se siente mal –casi susurró, suplicante, pero la adolescente se limitó a echarse la mochila al hombro, sin voltear.
-Díselo a quien le importe –soltó fríamente y se dirigió a la salida sin voltear a ver a nadie.
-Espérame aquí, Arnold.
Los ojos de su progenitor estaban clavados en la chica que abría la puerta en ese momento.
El chico asintió aún sabiendo que su padre no lo miraba, y lo vio acercarse a ella, antes de que saliera.
-Helga –el hombre le puso una mano sobre el hombro, que la chica inmediatamente tomó para alejar, pero se quedó de piedra al ver de quién se trataba.
-Miles… -su expresión de enfado se esfumó, dando paso unos ojos que parecían a punto del llanto.
-Hola, cariño.
La chica se limitó a mirarlo con esa intensidad abrumadora tan habitual en ella, pero, a la vez, tan nueva cada vez.
-Si necesitas algo, lo que sea –le dijo muy cerca del oído, en tono bajo, apretando suavemente su agarre sobre el delicado hombro de la jovencita –sabes dónde encontrarme; estaré ahí en el momento que lo necesites, no lo dudes… o háblame, e iré por ti a donde sea…
Ella abrió la boca, a punto de decir algo, pero pareció cambiar de opinión en el último momento porque se limitó a desviar le mirada y soltar un apenas audible "me tengo que ir," se deshizo del agarre del hombre y salió del salón a toda prisa.
A su lado, un chico muy alto salió por la misma puerta, soltando un tímido "con permiso", evitando a toda costa sus ojos.
Elliot, el hijo de esa mujer tan lista y agradable, sin duda. El novio de esa hermosa pelirroja con quien su hijo, de alguna manera que ahora sí averiguaría, se había enredado; el mejor amigo de Helga, al parecer ¿O era su pretendiente?
Por todos los cielos; si sólo tenían dieciséis años; ¿Cómo podían haber complicado las cosas de semejante manera?
Lo miró alcanzar a la rubia y ponerle una mano en el hombro antes de que se cerrara la puerta. Volteó a ver a su hijo, y él también miraba la escena; exactamente la misma, y parecía a punto del llanto.
Lila hablaba en voz baja con la linda hermana mayor de Helga, sentada en uno de los pupitres con la cara recargada en una mano, parecía exhausta.
La madre de Elliot –Elizabeth- revolvía su bolso y miraba el reloj, impasible. De todos los padres (y hermana mayor) presentes en la reunión, había sido la que menos importancia le había dado al asunto, había dicho que era lógico que su hijo -y Helga- hubiesen reaccionado en la forma en que lo habían hecho; y sobre la idea de los jovencitos teniendo ya una vida sexual activa, se había limitado a aconsejar a los otros padres de que se aseguraran de que sus hijos usaran la protección adecuada, y ya. Y sobre el asunto de la complicada infidelidad, había dicho, encogiéndose de hombros: "Son prácticamente niños en el cuerpo de adultos, con todo lo que eso implica; así que no esperen que se comporten como lo haría un adulto responsable; hasta que aprendan de la vida y maduren lo suficiente, limítense a guiarlos sin sermonearlos demasiado; aunque parezca que no escuchan, los chicos hacen más caso a una explicación razonable que a las amenazas. Ahora, qué tanto hacen caso… -sonrió divertida- ese ya es tema aparte…"
-Nos vemos, Miles –le dijo a la pasada, y él la despidió con una sonrisa. Acababa de enterarse que era su nueva colega en la universidad, pero ella daba clases de arte.
Después de ella salieron los Sawyer; el hombre seguía con la misma expresión lúgubre que había mantenido durante toda la reunión (su rostro seguía repitiendo el "la tengo demasiado descuidada" que había repetido durante tantas veces a lo largo de la reunión); la aludida, tras él, iba algo pensativa, pero nada más.
Olga, luego de un largo suspiro, se puso de pié.
-¿Está todo bien? –inquirió, acercándosele.
La joven esbozó una sonrisa cansada.
-Hace mucho que nada está bien, Miles –le respondió –. Helga es una chica complicada, pero no es culpa de ella –se encogió de hombros –diría que, de la familia, es la más tratable de todos –sacudió suavemente la cabeza y le dirigió una sonrisa mucho más agradable, mientras le tomaba suavemente las manos –gracias por preocuparte tanto por mi hermana, -le dijo –ella no es de las personas que ande por ahí diciendo ese tipo de cosas, pero en verdad te aprecia demasiado.
Y sin esperar respuesta, se despidió y se fue.
-Vámonos, hijo –ordenó suavemente el hombre al muchacho que había permanecido clavado en el mismo lugar, con la expresión más lúgubre de todos los ahí presentes. Como un autómata, salió por la puerta que él le abría. Tal vez hablaría con él al día siguiente; lo que sea que le dijera ese día, no iba a escucharlo, y no porque no quisiera, sino porque no iba a poder.
…
-Nunca pensé que pisaría estas tierras sagradas –soltó el chico, sonriendo, mientras la rubia le pasaba un vaso con agua.
-Yo nunca pensé que te verías peor que yo cuando me atropelló el camión, señor experto en artes marciales.
-Tu novio me agarró desprevenido –se defendió.
-Sí –soltó ella mientras esbozaba una sonrisa burlona –se aprovechó de que en ese momento luchabas contra Lila también: dos contra uno; eso es muy sucio…
Elliot resopló.
-No pretendía tumbarla –dijo –sólo tenía demasiada adrenalina en ese momento; sólo pretendía hacerla a un lado.
-Pretendías justo lo que hiciste –lo interrumpió ella –estabas furioso; es comprensible…
-¿No tienes algo más fuerte? –soltó el chico,ignorando su comentario, mientras miraba su vaso.
Helga soltó una carcajada.
-¿Bromeas? –Preguntó -¿En serio quieres repetir el acto de nuestras patéticas parejas? –. Sacudió la cabeza –tú y yo hablamos de nuestros males de amores mientras nos embriagamos, después nos besamos y tú te vas… ah, no, espera; tú me lo haces como si fuera nuestro último día sobre la tierra, sin pensar en las consecuencias que esto traerá, sin importarnos un carajo lo que el otro par de idiotas sentirán cuando se enteren…
El castaño sonrió mientras se desinflaba.
-Suena patético…
-Ellos son patéticos… y nosotros también…
El chico a su lado asintió.
Duraron un largo rato en un pesado silencio; cada uno recargado en su respectivo banquito, mirándose de vez en cuando y sonriendo cansadamente.
-No estaría tan mal –soltó de pronto ella.
-¿Qué? –él la miraba desorientado.
-Lo del alcohol y el sexo –se encogió de hombros –al menos así podría perdonar al cabeza de balón más fácil…
El otro sonrió.
-Si vas a perdonarlo, simplemente hazlo –soltó –; el que te metas conmigo sólo te haría sentir peor. Si quieres dile que lo hicimos y yo te daré la razón (eso sería buen castigo para Lila también), pero no te pondré un dedo encima…
Sonaba bastante seguro de lo que decía.
-La historia de mi vida –masculló ella –. La última vez que me veía en el espejo, lucía como una chica normal, de esas que los tipos quieren llevarse a la cama, pero, por algún motivo, nadie quiere ponerme un dedo encima…
-Y por ese "nadie" te refieres a…
-A Arnold, por supuesto…
Elliot sonrió.
–Eso habla bien de él –dijo –; Al menos no fue tan sinvergüenza para meterse contigo sin que supieras lo de Lila primero…
-Lo odio… -soltó la chica mientras bufaba.
-Yo también –asintió él.
Helga lo miró curiosa.
-Por cierto –dijo –quería preguntarte algo desde hace rato: ¿por qué en la mañana, cuando nos enteramos de loq eu hicieron, no parecía importarte demasiado el asunto, o al menos parecías tomártelo con calma, y cuando lo viste en el pasillo te comportaste como el clásico macho dominante y posesivo… hasta le diste su empujón a Lila y todo –sonrió, divertida.
El chico sonrió también.
-Arnold me da (o me daba) igual; si te soy sincero, ni siquiera estaba consciente de su existencia hasta que lo vi a tu lado cuando me reencontré con Lila –y entonces clavó sus ojos en los de ella, ya serio –no fue hasta que lo vi en el pasillo, molestándote, que quise molerlo a golpes…
La chica lo miró algo asombrada, pero no dijo nada.
-Él es el chico que tanto has amado durante todos estos años; ese por el que tú jamás volteaste a verme más allá de un amigo/compañero/idiota-semi-acosador –ella sonrió –. Pensé que sería una persona extraordinaria; pero luego veo que no es más que un tipo común y corriente que engaña, miente y luego va con su cara de borrego a medio morir a tratar de arreglar su desastre en un vulgar pasillo de escuela…
-Vaya fraude, ¿eh? –soltó ella, con una triste sonrisa en el cansado rostro.
El chico continuó.
-Lo odio porque, a pesar de todo eso, lo sigues amando… -su rostro se ensombreció alarmantemente –en la azotea, francamente, pensé que tal vez había malinterpretado tus sentimientos y la cosa no era para tanto respecto a él, pero cuando te vi en el pasillo a su lado… - clavó los grises ojos en los azules, y la miró con una intensidad que su cuerpo retrocedió un poco, aún sin pensarlo -¿Qué tiene ese idiota que no tenga yo, Helga? –le preguntó. Había un dolor increíble en sus ojos.
La chica se puso de pié y salió de la cocina, él iba tras ella.
-No me salgas con esto –dijo –; me sé de memoria el cuento de que dejaste a Lila sólo para ver si podías tener algo conmigo, pero, por favor, ¿Después de todo lo de la señorita perfección ahora me vas a salir con que sigues enamorado de mi? ¿De repente dejaste de amar a Lila, o qué?
El chico sonrió tristemente.
-Nunca he dejado de amarla –soltó, mirando hacia el suelo, luego volvió a clavarlos en los de ella –pero tampoco he dejado de amarte a ti…
Helga estaba anonadada.
-¿Cómo? ¿Pero qué dem…
Sacudió la cabeza; el chico se sentó en un sillón mientras exhalaba ruidosamente.
-Todos vemos al amor de distintas formas –le explicó tranquilamente –; para Lila, puedes amar locamente a alguien y aún así estar físicamente con alguien más, siempre y cuando no haya sentimientos de por medio con ese otro alguien; para ti el amor es con sólo una persona y aún voltear a ver a alguien más es un insulto para el amor mismo; si ves sus puntos de vista te darás cuenta que son totalmente opuestos, y aún así, ambas son capaces de amar con la misma intensidad, pero a una única persona…
Helga se sentó frente a él. El fideo ahora sin anteojos parecía tener un punto importante.
-Pero yo, Helga –continuó –estoy de acuerdo con ambas, pero, a su vez, difiero abismalmente con las dos…
Helga levantó una ceja, inquiriendo miles de cosas sin abrir la boca.
-Yo también creo que amar a alguien es un acto de entrega total; de dedicación única y exclusiva al objeto de tus afectos; y creo también que, aún así, cada quien es libre de hacer con su cuerpo y disfrutarlo de la forma en la que se le dé la gana… pero, además… -desvió la vista de ella y la clavó en el suelo, su tono bajó un poco –también creo que es perfectamente posible de enamorarte de varias personas a la vez; y no por eso un amor deja de ser más real que el otro.
-¿Estás diciendo que nos mas a ambas? –inquirió, boquiabierta.
El chico asintió.
-Cuando estaba con Lila –dijo –te amaba también a ti, y pensé que no la amaba si sentía eso tan fuerte contigo; mientras salía contigo y mantenía comunicación con Lila, me sentía tranquilo respecto a ambas, porque no estaba realmente con ninguna, y ustedes, tampoco estaban realmente con nadie… pero cuando volví con Lila y tú volviste con Arnold… ahí lo supe… y hoy lo confirmé –la miró de nuevo –: Odio a ese idiota porque lo amas; no porque se haya metido con Lila, y no porque no me importe Lila, sino porque sé que realmente eso no significó nada para ella; pero para ti fue terrible… te lastimó, y aún así lo amas, y yo lo odio porque jamás sentirás eso por mi…
La rubia estaba anonadada.
-¿Y dices que yo soy un enigma? –soltó –Elliot, tú podrías ser el protagonista de el libro romántico más retorcido que exista sobre la faz de la tierra…
-La historia es tuya si quieres tomarla – soltó él, sonriendo –, la única regalía que te pediría sería un beso…
Helga lo miró. Ahí, sentado frente a ella, mirándola tan impávido después de haber soltado semejante locura. ¿Qué pasaba con ese tipo? ¿Qué demonios había dentro de su cabeza…?
-Eres la pareja perfecta para Lila, ¿Lo sabías? –inquirió, divertida.
Él sonrió.
-Lo sé –dijo –, por eso me decidí por ella al final, y por eso es que no voy a dejarla; tú jamás podrías soportar mi forma de amar; así que no te tocaría un pelo así en verdad ya no quisieras tener nada qué ver con ese idiota; eres un ser demasiado delicado para mí; y aunque eso me haga amarte, es mi mismo amor el que no me permitiría tocarte jamás…
Helga se rió.
-No me demandes cuando mi libro sea el más vendido de la historia, por favor.
Elliot sonrió.
-Te iba a decir que yo podía tomar tu historia, pero tu amor es demasiado perfecto, nadie lo creería…
-Lo sé, soy demasiado perfecta –soltó la chica, desperezándose.
-No lo eres –la cortó el otro.
-Ah, ¿No?
-No.
La rubia lo miró, curiosa.
-Tus orejas –le explicó –son raras; no me gustan.
La chica se llevó las manos sobre las aludidas.
-¿Raras? –inquirió.
-Sí –confirmó él, mientras asentía –son largas y gachas –sacudió la cabeza –esa es la principal razón de que elija a Lila; sus orejas son pequeñas y perfectas.
Helga soltó una carcajada.
-Entonces gracias a los cielos por mis orejas gachas.
Y ambos rieron.
Entonces la miró. Sonreía genuinamente, y una dulce calidez lo recorrió por dentro. En verdad la amaba, y, aunque nunca sería para él, estaba seguro que daría su vida por mantenerla feliz. Había insistido en acompañarla a su casa porque la había visto muy mal (aún recordaba el susto de muerte que se había llevado en la azotea de la escuela), pero ahora estaba seguro que, sin importar qué, ella estaría bien.
La repentina voz de la chica lo regresó a la realidad de golpe.
-Lástima que no quieras tocarme ni un pelo –soltó, desinflándose –; me habrías facilitado mucho las cosas con Arnold…
-No hablas en serio –el chico la miró con una ceja levantada.
-Muy en serio –dijo ella –. Me atraes físicamente –admitió –y tienes experiencia; supongo que eso también es una ventaja… -lo miró de una forma tan intensa que supo, sin lugar a dudas, que la rubia no bromeaba -Una niña buena no se comporta así Elliot; y si algo no quiero ser en este mundo, eso es una chica buena…
Un calor muy fuerte lo recorrió de pies a cabeza; le abrasó las entrañas… Ella lo miraba de esa forma que él sólo había imaginado en sus sueños… y decidió que debía irse, en ese mismo momento, o ambos lo lamentarían por el resto de su vida.
-Ya me voy, Helga –soltó, muy rojo, al tiempo que se ponía de pié.
-¿Es por mis orejas, Elliot? –Bromeó, pero el chico no alcanzó a contestar; alguien tocaba la puerta.
Maldijo a todas las cosas habidas y por haber antes de abrir. Genial; seguro era alguno de sus padres (Big Bob, seguramente) venía a regañarla por lo que acababa de pasar, y la encontrarían encerrada y sola con otro chico…
Pero no era su padre, ni Miriam; ni siquiera Olga… era alguien mucho peor…
-¿Arnold? ¿Qué diablos haces aquí?
Helga se puso tensa; Elliot parecía a punto de saltarle de nuevo encima cuando el chico respondió, muy serio, con la mirada clavada en ella:
-Es tu padre, Helga.
-¿Mi padre? –inquirió, confundida.
-Acaba de sufrir un infarto.
…
Las cosas se sucedían una a otra a una velocidad de vértigo; tonto Bob, él, que no le había permitido aprender a manejar cuando cumplió dieciséis, edad en la que la mayoría lo hacía, e incluso obtenían su primer auto.
"Yo te daré para todos los taxis que necesites" le había dicho "Con lo impulsiva que eres no me arriesgaré a que te mates a alguien o te mates tú sola a la primera que te subas de malas en una de esas cosas".
Helga no le había dado demasiada importancia al asunto (había sido una forma más de sacarle dinero sin que chistara), pero ahora comprendía su error. Ahí iba, ahora, junto al descarado infiel cabeza de balón volando al hospital en el auto de Olga que habían tomado del estacionamiento del edificio, porque ella no sabía manejar y no había tiempo para esperar a que llegara el infame taxi (y no había tenido cabeza para considerar esa opción, definitivamente).
Diablos. Estaba vivo; eso lo sabía; se lo había aclarado él en cuanto había llegado (había sido la primera pregunta que ella le había hecho al respecto); pero sabía que esas cosas rara vez venían solas. ¿Y si le dejaba alguna secuela? ¿Y si le daba otro y ahora sí no lo soportaba? Luchaba ferozmente por que las lágrimas no escaparan de sus ojos. ¿Por qué no le había hecho caso a Olga? Ella se lo había intentado decir y no la había escuchado… ¿Y si ya no lo volvía a ver con vida? ¿Y si había perdido su última oportunidad para despedirse? ¿Y si el último recuerdo que tenía de él era mientras se gritaban? Ni siquiera recordaba qué era lo último que le había dicho…
Demonios. Apretó los labios, mientras centraba la vista en los borrones que apenas se dibujaban en la ventanilla y desaparecían; en el reflejo del cristal, vio al cabezón mirarla nerviosamente por un segundo y luego volver su vista al camino.
Maldita sea. "Ojos al frente" pensó, al tiempo que se enfurruñaba. Esta vez era la gran oportunidad de Bob de lucirse como víctima en el hospital, no quería eclipsarlo con su trágica muerte en plena flor de la juventud…
Llegaron. Ilesos. No bien habían encontrado un lugar para estacionase, Helga saltó del auto, con Arnold pisándole los talones.
Llegaron a la sala de espera, donde Olga nerviosamente se mordía las uñas (rayos, jamás la había visto hacer tal cosa) y saltó sobre ella en cuanto la vio.
-¡Hermanita! –exclamó, estallando en llanto –no podía comunicarme contigo de ninguna forma, así que tuve que llamar a Arnold para que fuera por ti…
Tenía razón; su celular había terminado sus días justo la tarde anterior, cuando lo había estrellado contra la pared, y había dejado descolgado el teléfono a propósito para que nadie la molestara.
-¿Cómo está? –inquirió ella, separándola un poco para verle la llorosa cara.
-No lo sé –soltó, el caudal de lágrimas no se detenía –mi madre ha ido a exigir que nos informen de algo…
-Entonces, sentémonos –dijo, tratando de mantener la calma (por nada del mundo se iba a desmoronar frente al tonto cabezón que por algún motivo no se iba), así que tomó a su hermana de los hombros y la regresó a su asiento, luego se sentó junto a ella.
Miriam volvió como unos veinte minutos después (que, francamente, le parecieron una eternidad), y les dijo que, al parecer, Bob se encontraba fuera de peligro, aunque lo tendrían en observación toda la noche.
…
-Deberías irte a dormir –soltó de pronto su madre, clavando sus ojerosos ojos en su hija menor –mañana tienes qué ir a la escuela.
A su lado, Olga asintió.
-Y sirve que Arnold también regresa a su casa –la apoyó Olga –es muy amable de tu parte en acompañarnos –dijo, clavando sus ojos en él e intentando sonreírle –pero ya es hora de que vayas a casa.
-El amabilísimo Arnold puede irse a la hora que quiera –soltó la chica, mirándolo despectivamente –yo no me muevo de aquí.
El aludido sólo desvió la mirada y permaneció en su lugar, totalmente silente.
-Vete tú también –le ordenó su madre -además no traes ropa adecuada, aquí hace frío y te enfermarás…
Arnold hizo un movimiento para quitarse su camisa, pero la gélida mirada que le dirigió la chica lo de tuvo en el acto.
-Por favor, Helga –soltó Olga, tomándola delicadamente de la mano –No nos permitirán verlo hasta mañana, mamá y yo nos quedaremos por cualquier cosa que se ofrezca; nos turnaremos para dormir y así no será tan pesado –trató de sonreírle –, te prometo que cualquier noticia que haya, lo que sea, te avisaré de inmediato.
Helga suspiró. En verdad tenía frío y se estaba muriendo de sueño.
-De acuerdo –soltó de mala gana –llamen al teléfono del departamento, mi celular no funciona.
Ambas asintieron y los chicos se fueron.
…
Dejaron el auto en el estacionamiento subterráneo del edificio y esperaron a que llegara el elevador que dejaría a Arnold en la recepción, libre para volver a casa y desembarazarse de esa bizarra situación, y a Helga en su piso, libre para sentirse el ser más bajo del universo y pasar una noche infernal.
Cuando el elevador llegó, Helga, sin pensarlo, cerró la mano alrededor de la muñeca del chico. Éste volteó a verla, atónito.
-¿Podrías quedarte un rato? –inquirió tímidamente, sin mirarlo –tenemos cosas de qué hablar…
El chico tragó ruidosamente y, luego de pensarlo apenas por un segundo, asintió. Tuvieron qué llamar de vuelta al elevador, porque este ya se había vuelto a ir.
Al fin entraron al armatoste. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
¿Hablar? ¿Ellos dos? Rayos. Era casi la peor idea del mundo; a ambos les aterraba sobremanera tener qué enfrentarse en ese momento, pero sería peor para Arnold enfrentarse a la idea de que la había dejado sola en un momento como ese, y para Helga tener simplemente qué enfrentarse a sí misma en ese momento, con todo lo que eso implicaba; esa era la única idea peor que se le ocurría en ese momento que encerrarse con el cabeza de balón a solas después de lo que acababa de pasar entre ellos.
Llegaron al piso, Helga abrió la puerta y entraron.
-¿Tienes hambre? –Inquirió ella, el chico negó sin emitir sonido -¿Sed? –asintió.
Se dirigió a la cocina y llenó dos vasos. Maldita sea; ¿Ahora qué?
Volvió a la sala y le pasó un vaso al chico, luego se posicionó sobre un sillón e hizo una seña al muchacho para que hiciera lo mismo.
Arnold se sentó.
-Tú padre se pondrá bien –soltó de pronto, tímidamente, sin mirarla –es un hombre muy fuerte.
-Lo sé –la chica apuró su vaso.
Ninguno dijo nada por la siguiente hora.
Se quedaron ahí, uno frente al otro, evadiendo miradas, clavándose cada uno en sus luchas internas, en sus tormentas interiores. Helga se debatía entre su padre y Arnold, Arnold y su padre… ningún tema le gustaba, pero era lo único para lo que daba su cerebro y eso la estaba volviendo loca…
El chico no sabía qué rayos hacía ahí, y, aún así, era el único lugar en el que se le ocurría que debía estar.
-Deberías acostarte –soltó el chico mirándola al fin, luego de escucharla bostezar –, si quieres me quedo a dormir aquí, en el sillón.
La chica al fin levantó la vista, y para gran sorpresa de él, asintió.
-Voy a avisarle a mis padres –dijo y se dirigió al teléfono de la cocina (ese que aún seguía descolgado); hizo uso de él y volvió a la sala.
-Listo –dijo -¿Tendrás alguna sábana que me prestes?; hace algo de frío
La chica no respondió al instante; se tomó un largo rato para responder.
-Tengo una mejor idea –dijo al fin, clavando una intensísima mirada en él -¿Por qué no te duermes en mi cama?
-¿Y tú? –soltó él confundido; ella rodó los azules orbes.
-¿Tú dónde crees, zopenco? –inquirió, frunciendo el ceño.
Arnold la miró con los ojos muy abiertos y negó… muy fuerte.
-Oh, vamos –soltó ella, molesta -¿Después de todo lo que ha pasado seguirás haciéndote del rogar?
El chico la miraba horrorizado… Maldita fuera la hora que se le había ocurrido que era buena idea subir con ella al departamento.
-No –dijo lo más enérgicamente que pudo (lo cual no fue mucho; se le había quebrado la voz de los nervios, y sí, de la emoción) -, no estás pensando con claridad, Helga; te han pasado demasiadas cosas este día…
Helga asintió.
-Lo sé –dijo –y en días pasados; cosas que ni siquiera te conté... por eso quiero hacerlo, Arnold, sólo quiero olvidar por un momento toda la mierda que hay en mi vida –soltó, cada vez de peor humor.
-Acostándote conmigo no es la mejor forma de lograrlo –respondió el chico, atragantándose con su propia saliva.
-¿Y cuál sí lo es? –Inquirió ella, ahora sí, furiosa -¿Emborracharme hasta perder la conciencia?
-Helga… –en verdad estaba nervioso, la hermosa rubia cada vez estaba más cerca…
-¿Qué? –Soltó ella -¿Por qué con Lila sí pudiste tan fácil y conmigo te niegas de esa forma? –Dio un paso más hacia él -¿Necesitas estar ebrio? Porque Miriam esconde una botella de vodka en el fondo de la alacena, ¿voy por ella? –el chico negó -¿Entonces qué demonios quieres, Arnold? –Las lagrimas habían comenzado a correr por sus mejillas, rayos -¿Piensas que te aprovecharás de mi? ¿Que me lastimarás? ¡Lo único que realmente me lástima es que todos me traten como si fuera romperme de un momento a otro! …soy fuerte, Arnold; aunque nadie quiera creerlo…
Y se quedó ahí, en medio de la habitación, repentinamente silente; temblando como una hoja. Arnold quería correr a abrazarla, pero no se atrevía. Apenas la tocara y ya no respondería por sus actos. El corazón le latía ya en la garganta; sus dedos temblaban por el deseo de recorrer el cuerpo de esa hermosa criatura que tanto amaba… esa que en ese momento le exigía su compañía… y por Dios que el mataría por dársela…
-Vamos, Arnold –su voz era ya casi un susurro –; yo soy la chica, se supone que tú eres el que me debería de rogarme a mí por sexo…
Y sonrió; aunque no lo quería, sonrió; una tímida sonrisa iluminó el enrojecido y húmedo rostro de ella también mientras sus miradas se encontraron.
Por todos lo dioses. La amaba como un loco… Y entonces lo decidió. Que pasara lo que tuviera qué pasar ¿Quién le garantizaba que esa oportunidad se repetiría? Tampoco es como si pudiera dejarla sola en esas circunstancias, eso sería aún más bajo…
Caminó hacia ella y la envolvió en un dulce abrazo; mientras un torrente de felicidad indescriptible lo elevaba al cielo al sentir que ella le respondía… luego la besó tierna, muy delicadamente… y luego ya no supo de sí.
…
Casi agradeció que no fuera su primera vez; el tener una idea concisa de la mecánica de la situación le ayudó a prepararla todo lo posible; a hacer todo lo que estuviera en sus manos por no lastimarla más de lo estrictamente necesario…
Y aún así hubo lágrimas: de dolor físico y emocional, pero también de alegría. La sintió temblar contra su cuerpo; sentir su corazón golpeando furiosamente contra el suyo. Mirarlo con sorpresa, con miedo y con una ternura infinita; todo al mismo tiempo… La escuchó suspirar, mientras apretaba su mano tan fuerte que sentía que iba a romperla…
Y entonces lo supo; lo que era alcanzar el grado máximo de intimidad; de una fusión que iba más allá de lo físico y lo espiritual; que realmente los elevaba a un plano diferente y los sellaba en un solo ser por la eternidad…
Tal vez ya no era virgen, pero por los cielos que esta era la primera vez que comprendía la sutileza y la magnanimidad de este acto alrededor del cual danzaban tantas y tantas cosas…
Tal vez antes hubiese tenido sexo, pero por más cursi que sonara, era la primera vez que hacía el amor...
…
Despertó en la mañana; muy temprano, a juzgar por la mortecina luz que entraba por la ventana, y lo primero que miró fue su cara. Aún dormía profundamente; y el recuerdo de lo que apenas unas horas atrás había pasado le llenó de una sensación increíblemente cálida en el pecho; de una adoración que jamás se creyó capaz de sentir.
Sus finos cabellos recorrían traviesamente su cara; ahí, donde la manifestación máxima de ese ser maravillosamente perfecto en su imperfección se escondía tras esos párpados cerrados, bajo las espesas pestañas tan negras como sus cejas. Sonrió. Helga era un extraño capricho de la naturaleza por donde la viera; incluso la genética había luchado por hacer a ese ser suculentamente contrastante, incluso físicamente. Había escuchado rumores que decían que Helga no era rubia natural, después de todo, ¿Quién rayos tenía el cabello tan claro y as cejas tan obscuras? Pues ella, ni más ni menos. Una de las tantas cosas por las que te podías maravillar con Helga Pataki.
Miró su piel pálida; su graciosa nariz redondeada de la punta; sus hermosos labios –el superior ligeramente sobresaliente del inferior- que le daba a su cara esa dulce expresión de puchero perpetuo…
Miró sus hombros suaves y tersos; esos que había recorrido con tanta adoración esa noche, junto al el resto de su hermoso cuerpo, ahora oculto bajo las matas… toda ella impregnada del aroma de él; el cuerpo de él impregnado del de ella…
¿Y si había una "consecuencia" esa vez? Casi rogaba por que así fuera… sería inconcebiblemente grandioso ver lo que resultaría de una mezcla de los dos… Pero no la habría; había tomado sus precauciones esta vez…
Aún eran muy jóvenes para un compromiso tan serio; "después de todo –pensó mientras sonreía- tenían toda la vida por delante para tomar las cosas con calma…"
Pero la sonrisa se le congeló en el rostro al tiempo que un escalofrío horroroso le recorría la espina dorsal, al darse cuenta, de pronto, que la chica parecía a punto de despertar.
¿Cuál sería su reacción al verlo junto a ella? ¿Significaba esto que ella ya lo había perdonado? Rayos; no. ¿Y si esta había sido su forma de despedirse para siempre de él…?
La miró moverse hasta quedar bocarriba y seguir durmiendo, al tiempo que la manta se resbalaba hacia abajo por su torso y revelaba más de la cuenta.
El chico con mucho cuidado la volvió a cubrir y contempló la apacible expresión en su rostro… ¿Cuánto tiempo le duraría? Suspiró.
…Por favor, que ese momento no terminara nunca…
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Bien, nuevo capi; esta vez me apuré a escribirlo antes de que me ganara el tiempo (al parecer mis días ocupados no han acabado T-T). Pero al menos ya saqué el capi a flote y no las voy a hacer esperar tanto; sé lo cruel que es eso D': de nuevo me disculpo…
Pasando a otro tema, ¿Cómo la ven con estos muchachos? Yo ya no sé qué hacer con ellos; a veces me dan ganas de sacar una manguera y rociarlos, pero luego recuerdo que las hormonas son a prueba de agua, jejejeje…
En fin.
Agradecimientos especiales:
diana carolina: hola :) Como verás, la cosa sigue complicándose… y pues, cada quien tiene su definición del amor, aunque nadie pueda ponerlo realmente en palabras… este fic ya es un revoltijo, ¿verdad? XD Aquí está tu actualización con mucho cariño; un abrazote apachurradote para ti :3
romiih: Sale una actualización con dosis extra de golpes para mi querida romiih, y con dosis extra de cariño también X3 Te extrañé :')
DarOn mal: Yo muy bien, ¿y tú? :3 Pues ya ves cómo se está desarrollando todo esto ¿te lo esperabas? No sé qué pasa con mi cabeza últimamente; la verdad. A ver qué cosas suceden a continuación; yo ya no sé nada XD, Por cierto, amo que me cuenten cómo se sintieron al leer esta cosa, qué se les ocurrió… gracias :') Abrazo recibido y reenviado X3
Lexie Asakura Kidou: Paisana, me disculpo una vez más, te juro que me estoy poniendo las pilas para que no vuelva a pasar (me perdonas, ¿verdad? :3) Pues aún no sabemos muy bien qué les vaya a pasar a esos dos sinvergüenzas… sólo sé que la cosa cada vez se pone más densa. Actualización servida, mi querida paisana, cuídeseme mucho :D
Arianna 3: Ohhh… nueva lectora… y le gusta escribir testamentos de reviews… *flota de la felicidad* *-* jajajaaja me divertí mucho con tu review; te juro que cuando comencé la historia jamás me imaginé que el drama llegaría a tal extremo (por lo general no soy muy fan de ese tipo de género, pero ya ves, jeje, estos chicos andan muy sentimentales últimamente XD) …eso de que Lila es buena amiga a pesar de ser una perra, me mató, y déjame decirte que yo también lo he pensado, jejeje… soy mala :c Y por la longitud de tus reviews, no te preocupes; tú escribe veinte páginas si quieres, que yo las leeré fascinada; nada me hace más feliz que saber sus opiniones *u* Y muchas gracias por las flores n.n me hiciste el día; es por ese tipo de reacciones (las de todos ustedes, mis amados lectores) que me he mantenido TAN motivada a lo largo de tanto tiempo y de tanta palabrería X3 Abrazo mega apachurrado para ti también, y un honor que me acoses, eres inmensamente bienvenida X3 (¿Ya ves que no eres la única que escribe mensajotes?) jejeje…
Y una vez más, gracias a todos los que leen y aún más a los que se dan su tiempecito de comentar; subo el capi con el ego hasta la luna (a ver cómo lo bajo; ahorita voy por la escoba XD) y con un amor inmenso hacia todos y todas ustedes.
Abrazos mega apachurrados para todas y todos; los y las amo inmensamente X3
¡Nos leemos!
