Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon.

Ahora sí, vayan por sus pañuelos y su helado de chocolate, porque comenzamos XD

Legado

Si alguien quisiera ponerle un rostro a la felicidad, ese sería el de ella en ese momento; sin duda.

La chica literalmente la irradiaba, como un alegre y refulgente sol mientras caminaba por los pasillos de la escuela; el largo cabello rubio ondeando alegre y traviesamente en la cola de caballo; las largas piernas dando animadas zancadas; haciendo que la falda bailoteara alrededor de sus firmes caderas… Los brillantes ojos azules refulgiendo tras las largas pestañas…

Llegó a la puerta de su casillero y lo abrió velozmente, sus dedos, curiosamente más ágiles ahora con ese peso extra… ella nunca había usado anillos… vaya forma de comenzar…

Tomó los libros que necesitaba, cerró la puertita metálica y entonces notó que tenía compañía: una chica muy blanca, de cabello largo y castaño; lacio pero ligeramente ondulado de las puntas, de facciones muy finas y unos abultados labios la miraba fijamente; las pecas sobre su nariz le daban un aspecto aniñado, era delgada, un poco más bajita que ella; pero una delantera que le ganaba con mucho.

-¿Eres la novia de Robert? –inquirió; su voz era suave, arrastrada, pero, a la vez, ligeramente rasposa.

Ella asintió; una dulce sonrisa en su rostro.

-¿Quieres verlo? –inquirió; mostrándole, sin esperar respuesta, el reluciente anillo en su mano, y la brillante y hermosa piedra incrustada en él.

-Entonces es cierto… -soltó la otra, tomando los dedos de la chica para ver con más detenimiento la piedra.

Miriam la miraba tratando de recordar de quién se trataba, pero pronto desistió; desde que se había corrido el rumor de que el espectacular capitán del equipo de football se le había propuesto a su novia, toda la escuela (especialmente las chicas) se le habían acercado curiosas. Sí; era un diamante auténtico el que traía en su mano; y de considerable tamaño, por cierto.

-Es hermoso –soltó –¿ya tienen fecha para la boda?

Había algo extraño en esa chica; hacía y preguntaba lo mismo que las demás, pero su expresión era completamente diferente…

-Aún no –respondió, un poco contrariada –pero planeamos hacerlo en las vacaciones de verano.

-¿Cuándo él se gradúe?

Asintió.

-¿Y qué harán después? Él se irá a la universidad, ¿Te irás con él?

La rubia la miró extrañada ¿Por qué le preguntaba eso? ¿Acaso no era obvia la respuesta?

Asintió de nuevo.

-Bueno –la extraña peli castaña volvió a hablar –no debe ser difícil para ti, donde sea hay otras preparatorias… no sé si tengan un equipo de natación tan bueno, o si te den tu lugar de líder ahí donde vayas; si ganas la siguiente competencia quedarías clasificada para los olímpicos, ¿No es así? –clavó los ambarinos ojos en los azules –eso sí será difícil, supongo, ¿no? Recuperar todo eso a donde te vayas, y además cumplir con tus obligaciones de esposa…

La sonrisa se había esfumado del rostro de la dulce muchacha desde hacía rato.

-¿Te conozco? –inquirió secamente Miriam.

-No lo creo –soltó, echándose hacia atrás el cabello que le había caído sobre el descubierto y pecoso hombro –, pero yo a ti sí; eres la chica con quien hablaba Robert hace dos meses por teléfono; esa a la que no pudo ir a ver a su competencia de nado porque estaba en un cuarto de hotel conmigo…

-¿Qué?

Ahora podía notar lo que era diferente en esa chica: no la miraba con curiosidad, sino con odio…

-Dijo que había vuelto su padre sin avisar, y que se iría al día siguiente, y como no lo había visto en más de un año, podrías excusarlo esa vez ¿Verdad?

Miriam no podía hablar; se había quedado de piedra.

-Debo darle su crédito –continuó la otra, mientras se encogía de hombros –cuando recordó que era tu competencia, intentó irse a como diera lugar; no importaba lo que dijera, él iba a irse… no fue hasta que me abrí la blusa que lo convencí.

Sus ojos, algo rasgados, se entornaron un poco al ver que la rubia había comenzado a llorar.

-Lo digo por tu bien, muñequita; eres bonita y dulce, talentosa, y sin duda cualquiera mataría por estar contigo… sólo quiero que sepas la clase de hombre por quien estás a punto de arrojar tu futuro por la borda…

Al fin la chica reaccionó: le plantó una bofetada tan fuerte que resonó por todo el pasillo.

-Eres una perra… -siseó, con los ojos anegados de lágrimas.

-No –la otra negó, impasible –, soy sólo otra víctima de él; me hizo dejar a mi novio, quien me idolatraba, sólo para mandarme al demonio al poco tiempo después, porque había encontrado una nueva muñequita, más maleable… pero aún así quiso seguir jugando conmigo…

-¡CÁLLATE! –Su rostro ya estaba empapado; todos los presentes las miraban boquiabiertos desde hacía un buen rato -¡No es verdad nada de lo que dices! ¡MIENTES!

La otra se encogió de hombros.

-Pregúntale si no me crees –dijo –, me llamo Jennifer, y soy la chica que abandonó por irse contigo… por cierto, cuando comenzó a salir contigo, aún andaba conmigo también; me atrevería a decir que después de acostarse conmigo, se iba a seguirle contigo, o viceversa…

-¡CÁLLATE!

Por toda respuesta, la otra se dio la media vuelta y se fue, meneando descaradamente el trasero, feliz de ver que la mayoría de los hombres la seguían con la mirada, casi hipnotizados.

Varias chicas fueron a ayudar a la pobre Miriam, ahora convertida en un mar de lágrimas.

Se lo había preguntado; sí, y sorprendentemente, él no lo había negado.

Había sido su novia, era verdad. Antes había sido la novia de su mejor amigo, y ella lo había dejado por él; nadie la había obligado. Luego él la había conocido a ella (a Miriam) y se había dado cuenta de que era mucho mejor; en un principio no se había animado a cortar del todo con Jenny (como él la llamaba), por miedo a cómo pudiera reaccionar, pero en cuanto Miriam había aceptado ser su novia, él había cortado definitivamente con la otra.

…Y sobre lo del día de la competencia… era cierto también, por desgracia. Se la había encontrado en una fuente de sodas, y habían comenzado a hablar; ella parecía haber superado su relación fallida, y habían salido por ahí a platicar –sólo eso- pero después de un rato, la cosa se había ido poniendo densa… y él era un hombre, por el amor de Dios, y pues; bueno, ella no había querido tener nada qué ver con él hasta el matrimonio, y él la comprendía y respetaba, y en verdad nunca había tenido nada qué ver con nadie, pero… bueno; eso no quería decir que no tenía necesidades, y ella había estado tan dispuesta a hacerlo sin ninguna clase de compromiso…

Había sido un estúpido; lo sabía, pero eso no quería decir que por ello la amara menos, de hecho, ese había sido el primer paso de Jennifer para intentar conquistarlo de nuevo, y como, después de "eso" ya no había querido tener nada qué ver con ella, pues, el que le dijera había sido el último recurso para arruinar su relación…

…Pero él la amaba más que a nada en el mundo; aún más que a su propia vida, y se lo demostraría; el que le estuviera confesando la verdad en lugar de fácilmente haberle mentido, era sólo la primera prueba de ello…

La boda se canceló, y ella no quiso saber nada de él en un buen tiempo; él se había desvivido por reconquistarla, y ella había llorado tanto que había descuidado sus entrenamiento y perdido su pase a sus sueños; habían sido meses difíciles; él ni siquiera había ido a la universidad ese año para seguir luchando por ella, y al final, sí, la había convencido…

Se habían casado en marzo de el siguiente año, y, cuando ella había terminado la escuela, se habían ido juntos a la universidad.

A la de él, porque a ella la habían aceptado también; no a la que ella quería (Y que tenía un equipo de natación de ensueño) porque a él no lo habían aceptado ahí, o tal vez porque ni siquiera había aplicado; después de todo, ya lo habían aceptado donde él quería…

Pasaron los años en relativa calma; ambos iban bien en sus carreras, y la alternancia entre éstas y sus trabajos (el pequeño negocio de Bob iba viento en popa) y su vida de casados se había vuelto fluida y armoniosa; de vez en cuando había peleas, claro, como en toda relación; a veces él llegaba muy tarde y con un notable aliento alcohólico, aunque aseguraba que había estado en una reunión de negocios; ella no tenía un motivo real para no creerle, salvo el lejano fantasma de esa tal "Jennifer" que casi –casi- había arruinado su matrimonio.

Después se había embarazado, a un año de terminar la carrera, y había tenido qué dejarla, porque el embarazo se había vuelto delicado; luego había nacido la bebé y se había dedicado a cuidarla –al fin que aún era joven; podía terminar su carrera cuando quisiera, pero su niña la necesitaba en ese momento, además, a Bob le iba bastante bien para tener que volver a trabajar, al menos, de momento- tres años después, había entrado a la carrera de nuevo… y entonces había ocurrido de nuevo…

Jennifer había asomado su pecosa y descarada cara, para hacerle saber que aún seguía en su vida.

Miriam había sonreído esa vez.

-Me conmueves –le había dicho, mientras acomodaba a su pequeña y durmiente hija sobre sus brazos -¿Aún sigues luchando por una causa perdida? –luego había agregado, en tono muy bajo para que su pequeña no fuera a despertarse y a escuchar, aunque no creía que comprendiera nada, de todas maneras –por mi puedes ir y revolcarte todo lo que quieras con él, que al fin de cuentas siempre volverá conmigo; porque es a mí a quien ama, y a ti sólo te tiene como distracción… como la simple mujerzuela que eres…

Jennifer la había mirado en shock, y sí, había llorado. Le había dicho que era patética "no más que tú" le había respondido Miriam, y se había ido…

No le había dicho ni una palabra a Bob, -¿Para qué?- Sólo había seguido con su vida. Tenía una carrera qué sacar adelante y una hija hermosa por quién mantener el hogar. ¿A quién le importaba con quién se bajara los pantalones su marido? …A ella; por supuesto, pero había decidido aguantar; ya no iba a caer en el jueguito de esa zorra. Además, amaba a Bob con toda su alma; jamás había tenido un novio, ni siquiera había besado a nadie hasta que lo conoció a él, y, honestamente, no necesitaba a nadie más. Y él también la amaba por sobre todas las cosas a pesar de ser un cerdo…

Y ese cerdo, al parecer, había comprendido sin tener qué decirle media palabra, porque a partir de ese día las llegadas tarde se habían acabado; se había vuelto increíblemente cariñoso y se habían ido a viajar por el mundo…

Ella se había graduado, y había comenzado su carrera profesional un tiempo después (la natación ya era cosa del pasado; había qué adaptarse a su vida actual); había progresado mucho; había estado a punto de superarse por completo… y luego había venido Helga…

"Helga" siempre había odiado ese nombre; no sabía a ciencia cierta por qué, pero no le gustaba; y así le habían puesto a su segunda nena…

…Su pobre segunda nena…

El alcoholismo, la somnolencia; la indiferencia y el abandono; todo eso había sido tolerable por un tiempo y, aunque tal vez un poco a patadas, la situación había avanzado…

Pero había llegado "ese" tiempo…

Ya no era joven y hermosa; ya no tenía un futuro por el qué luchar; ya no estaba tan segura del amor de su esposo… de hecho, estaba segura, desde hacía mucho tiempo, que se había muerto…

Se repetían las juntas hasta muy tarde; la ambigüedad; el mal humor, aún peor que el de costumbre… La hija de esta ocasión no era dulce y encantadora; no daba motivos para abrazarla a cada rato y querer vivir sólo para ver qué maravillosa idea traería a cada momento; lo suficientemente encantadora para concentrarse en ella e ignorar al resto del mundo… Esta insultaba, y peleaba y daba portazos… Desde que ese chico se había ido se había vuelto aún más huraña que de costumbre… había intentado hablar con ella; de consolarla. Por Dios que sí; pero ella era como Bob; justo igual que él. ¿Cómo podía distraerse de la horrible realidad con su esposo, si su única distracción era exactamente igual que su problema?

Simplemente había dejado de intentarlo; En cambio, se había enfocado en él.

Él… maldito y descarado infiel… cerdo… ¿Ahora qué seguía? ¿Era la misma zorra de siempre, o una nueva?

…¿Quién le garantizaba que sólo había sido esa?

Lo odiaba; cada vez más, especialmente, porque cada vez que lo enfrentaba, él la ignoraba olímpicamente. Habría tenido más efecto un perro ladrándole…

Pronto la mandaría al demonio; sí, la abandonaría por una mujer más joven, por una de esas zorritas de grandes pechos que tanto le gustaban…

¿Y ella? Se quedaría ahí, en esa triste jaula que había dado por llamar casa; atada a esa chiquilla que no hacía más que recordarle la ruina en la que se había transformado su vida...

Se había hartado de llorar; así que ahora sólo bebía, y Bob se había hartado de intentar, así que ahora ni siquiera venía a casa.

De vez en cuando se echaba una vuelta, le aventaba un puño de billetes y seguía con su vida, no sin antes gritarse el uno al otro, arrojarse con cosas y tratar de matarse con la mirada…

Se odiaban, y eso era lo único que pensaba en ese entonces…

La niña no ayudaba tampoco; la habían suspendido de la escuela, y en lugar de ser ella quien la regañara, era la insolente chiquilla quien no dejaba de gritarle todo el día…

¿Por qué no podía solo dejarla en paz? ¿Por qué no podía simplemente desaparecer de su vida…?

…Y casi lo había hecho…

La había visto ahí, retorciéndose; muriéndose de dolor en la cama…

Ahora que lo pensaba …No le había dado de comer en días… ¿O habían sido semanas?

Había subido al auto; tenía obligaciones qué atender… Completamente ebria y cargada de calmantes, como siempre…

Se había estrellado contra un árbol… ¿O había sido un poste? …Al menos no había sido una persona…

Su hija se había salvado por poco, pero ella había aprendido la lección; A veces era mejor darse por vencido y comenzar de nuevo, por más doloroso que esto fuera…

Pero, ¿Qué tan bien había aprendido la lección? "No mucho, al parecer" pensó, mientras lo veía ahí, a su lado…

Suspiró. ¿Acaso algo de eso tenía sentido? Estaba sacrificando de nuevo a su hija por esa estúpida relación…

No podía culpar a Bob esta vez; ni mucho menos a su dulce hija menor -porque sí, era una niña tan dulce como la otra, sólo que había tenido la desgracia de nacer justo en medio de la ruina de esa familia…

¿En serio estaban pensando en ella?

De ser así; ¿Qué hacía ideando un plan para traerla a casa? ¿Para obligarla a vivir con ellos; Para al menos saber dónde estaba o qué andaba haciendo…?

Quería creer que todo era para bien, pero cada vez le era más difícil aceptarlo...

oOo

-¿vas a llorar?

-¿Por qué?

-La mayoría lloran cuando escuchan esa historia; lo odio… Porque, en ese momento, me tienen lástima…

Sus ojos seguían clavados en los de él, pero no estaba seguro si en verdad estaba mirándolo.

-Tú también me tienes lástima a veces…

Arnold levantó una ceja.

-Eso no es verdad.

-Lo es –lo cortó tajantemente la otra (tan tajantemente como pudo, al menos) –; me tienes lástima porque me quedé sola; porque me hiciste falta todo este tiempo; porque crees que soy frágil y delicada, ¿Y adivina qué? Sí lo soy. Por eso odio que me miren así; porque me recuerdan que es verdad –todo lo soltó de corrido, en un tono monocorde y flojo.

-No eres frágil, ni delicada; eres grandiosa…

Alargó la mano para tocar su mejilla, pero no se atrevió en el último momento…

Ella negó lentamente.

-Soy buena actriz, eso es todo… o tú eres un gran mentiroso… pero tú no mientes, ¿Verdad? …Sí mientes; ya me acordé…

Cerró los ojos, y Arnold pensó que se había quedado dormida, y ya se había puesto de pié cuando su voz lo detuvo.

-¿A dónde vas? –inquirió, floja.

-Iba atraerte una manta –le respondió -¿no tienes frío?

Ella negó de nuevo.

-Ven aquí –le dijo –, aún no te cuento lo que te quería contar.

-No quiero escucharlo, Helga –le respondió, sentándose junto a ella. Desde el colchón, la chica le dirigió una mirada que apenas y delataba confusión –; no quiero que te sientas mal…

-Si vamos a terminar –soltó ella –quiero que comprendas por qué lo hago… no quiero que te culpes…

Un nudo se cerró en su garganta por enésima vez desde que había vuelto a esa estúpida ciudad. Quería salir de esa habitación, de esa maldita casa de huéspedes; subir a un avión y perderse de nuevo en una remota aldea, donde no podía comprender nada de lo que decía la gente y donde no le importaba realmente nadie, ni a nadie le importaba él…

Se acostó de nuevo junto a ella.

-Entonces te escucho –le dijo.

-Tú me engañaste –le dijo, sin ningún tipo de reproche en la voz; sólo era una afirmación.

-Técnicamente, sí –afirmó él.

-¿Técnicamente?

-Habíamos terminado, Helga…

-¿Entonces por qué te ofendiste tanto porque besé a Elliot?

Arnold suspiró. Tal vez la chica estaba algo lenta, algo "relajada" como ella misma había dicho… pero en verdad sabía lo que decía…

-Te engañé, entonces –soltó él, aceptando su derrota.

Ella asintió.

-No te lo estoy reclamando, sólo quiero aclarar algo.

-Ok.

-Mi padre engañó a mi mamá cuando tenían más o menos nuestra edad… y ella lo perdonó.

-¿Ah, sí? –eso no lo sabía.

-Sí, lo perdonó, pero jamás se le olvidó, y, eventualmente eso la hizo volverse loca…

-¿Sí?

-Vivía acechándolo, lamentándose de su situación y arrepintiéndose de sus decisiones en el pasado… incluida yo entre ellas…

-Helga… -acercó su mano a su hombro, tratando de consolarla, pero ella negó.

-Eso ya no importa –dijo –el punto es… bueno… esta historia, más que trágica, es ridícula; ¿Por qué la gente no se burla de mi e lugar de compadecerme? Fui muy estúpida en verdad…

-¿Qué te pasó, Helga? –Arnold la miraba increíblemente compungido.

-Te fuiste –respondió ella –y yo traté de ser fuerte, lo juro; pero cuando llegaba a casa, me desmoronaba sin poder evitarlo. No quería ver a nadie, me encerraba en mi cuarto y me preguntaba por qué aún no te habías puesto en contacto; Cuando alguien más lo decía, en la escuela por ejemplo, yo les explicaba que estabas ocupado, y que en cuanto pudieras lo harías… pero, al quedarme sola, no podía tragarme mis propias palabras… luego mis padres comenzaron a pelear; primero sólo eran unos gritos ahogados dentro de la habitación, después, ya no les importaba que yo los escuchara… luego dejaron de importarles incluso los vecinos… cada vez gritaban más; se arrojaban cosas; una vez tuve que llamar a la policía porque creí ver que mi padre traía una pistola… aunque sólo fue mi imaginación; pero es que en serio me asustaba cuando peleaban… cada vez se insultaban peor; yo no podía dormir por las noches, ni mantenerme despierta durante el día; todos en la escuela se burlaban de mi, y a mí no me importaba; te lo juro. Tenía cosas mucho más importantes por las qué preocuparme… pero un día… -sus ojos brillaron, por primera vez, totalmente despiertos ante el recuerdo –este imbécil, frustrado porque no podía hacerme reaccionar con burlas sobre mi aspecto o mis notas cada vez peores, o sobre mi madre alcohólica, decidió darme donde realmente me dolía… me dijo, muy despacio, para que nadie más que yo oyera, y así me doliera más, supongo, que si tú te habías ido, había sido sólo para huir de mi… porque yo era TAN horrible…

-¡Helga! –su voz tembló junto a la de ella; una furia voraz contra ese imbécil (que ni siquiera sabía de quién se trataba) comenzó a abrasarle las entrañas a la vez que los ojos de ella se llenaban de lágrimas.

-Le salté encima –continuó ella, sin hacer caso de su interlocutor, totalmente concentrada en sus propios recuerdos –lo golpeé… lo golpeé hasta que me dolieron las manos; los brazos. Hasta que ya no podía moverme; quería molerlo a golpes; quería matarlo, porque había dicho por él mismo lo que yo me repetía cada noche… porque yo era TAN horrible que hasta mi madre se arrepentía de haberme parido… ¿Por qué alguien querría estar conmigo? Especialmente alguien como tú…

Arnold quería respingar, quería callarla y decirle que ella no era horrible de ninguna manera; que no había forma de que ella tuviera algo qué ver con los problemas de sus padres; que su madre no pensaba con claridad cuando decía esas cosas… que era él quien no era digno de una `persona tan increíble como ella… pero no dijo nada, ni siquiera la tocó. Iba a dejarla desahogarse, porque estaba seguro de que nunca, a nadie le había dicho nada de eso, y era mejor que escupiera ese veneno de una buena vez…

-Me expulsaron –continuó ella –y entonces tuve qué quedarme en casa todo el día. Big Bob se puso furioso cuando se enteró (aunque, siendo honestos, siempre que iba a la casa terminaba furioso, o ya llegaba furioso… en fin), me dijo que era la vergüenza de esa familia; una familia que ya era una vergüenza en sí misma; que estaba harto de las dos y que ya no iba a volver; que no nos lo merecíamos. Y lo hizo. Rara vez iba a la casa, y cuando lo hacía, apenas duraba un momento y se iba cuando las cosas comenzaban a estrellarse contra la pared. No me dejaba hablar nunca; la mayor parte del tiempo hacía como que no existía; y yo no sabía qué hacer, en casa nunca había nada qué comer, y yo nunca tenía dinero; tampoco iba con nadie, la verdad es que mi única amiga era Phoebe, y me aterraba que se enterara de las condiciones en las que vivía; quería que fuera mi amiga, la de siempre, no la que estaba conmigo sólo porque sentía pena por mí… Mi vida era un asco total, Arnold…

Hizo una pausa, en la que una solitaria lágrima se escapó de su ojo izquierdo y fue a parar al colchón. El chico luchaba con todas sus fuerzas por no saltarle encima y abrazarla, y besarla, y jurarle que nunca volvería a pasarle nada de eso; que de eso se encargaría él… porque terminarían como la última vez que se habían quedado solos, y, de nuevo, eso sólo complicaría aún más las cosas.

-Al final, ya no quería estar en casa; todo me daba asco; yo misma me daba asco para ese entonces, pero, por desgracia, no podía salirme de mi propia piel. Vagaba sin rumbo; la mayor parte del tiempo buscando algo qué comer; escondiéndome para que nadie viera la ruina en la que me había convertido…

De pronto sonrió, y le dijo en voz un poco animada.

-Tengo varios perros, ¿Sabes?

Arnold negó, ¿Ahora estaba desvariando?

-Los tengo –afirmó ella –con mi abuela; también varios gatos…

-Bien –soltó él, pensando que la pobre chica ya se había perdido.

-No puedo tenerlos conmigo –dijo –por el departamento; tú sabes, no es lugar para tener animales…

-Ajá.

-Por eso los llevo con mi abuela; ahí les sobra espacio y comida, y mi abuela les consigue nuevo hogar, a veces…

-Qué bien –dijo él –, no sabía que te gustaran los animales –añadió; no sabía si estaba descubriendo una nueva faceta de esta fascinante chica o sólo le estaba siguiendo la corriente en una nueva ocurrencia producto de su semi-inconsciencia.

-No –aceptó ella –, aún no soy amante de ellos… pero cuando los veo en la calle, flacos y sucios… yo sé lo que es andar así, Arnold; tener tanta hambre que no puedes pensar en nada más… y luego darte cuenta que, conforme pasa el tiempo, tu deseo de comer se va esfumando junto con tus fuerzas… junto con tu vida…

Ok. No había estado alucinando; esto era parte de la historia; y en verdad hubiera deseado no escucharla…

-¿Sabías que comí basura? Por supuesto que no, ¿Cómo podrías saberlo? Nunca se lo he dicho a nadie… -hizo una pausa, luego volvió a sonreír –aunque, ahora que lo pienso, sí se lo dije a la trabajadora social que vino a verme al hospital luego de la operación… creo; no lo sé; estaba muy drogada y débil y moribunda, pero creo que así fue. ¿O por qué otro motivo les quitaron mi custodia tan rápido a mis padres? Bonito país en el que vivimos; está por demás bien visto que los padres atiborren a su hijo de comida basura y engorde como un cerdo y muera prematuramente de diabetes, o hipertensión, o alguna de esas porquerías, pero que tu hijo no coma algo salido de un basurero, porque te lo quitan…

Arnold sonrió sin proponérselo; lo que le decía era horroroso; sin duda, pero la forma en que, aún drogada y enfrentando sus más grandes traumas, no perdía su toque mordaz y analítico –y muy atinado- de la realidad, lo tenía extasiado: Definitivamente no iba a dejar ir a esa chica por nada del mundo; sin importar lo que costara…

-Una vez me encontré una hamburguesa mordisqueada, a la mitad, en un bote de basura… la idea pasó por mi mente pero la deseché al instante; me sentí asqueada de mí misma por sólo considerarlo, pero el ardor en mi estómago me hizo volver… y créeme, Arnold, es la mejor hamburguesa que he comido en mi vida –sonrió de nuevo.

¿Por qué demonios sonreía? Porque estaba drogada; no había otra explicación…

-Después de eso ya no fue tan difícil –confesó –me tragué mi orgullo junto con aquellas sobras, y las defequé junto con mi dignidad; eso era en lo que me había convertido: en una mierda… Por eso ya no buscaba a nadie; por eso ya no pedía ayuda; ya nada valía la pena…

Hizo una larga pausa, en la que se entretuvo en mirar –analizar- el compungido rostro que tenía frente a ella; sus ojos se iban iluminando cada vez más mientras más lo veía.

-Luego pensaba en ti –sonrió dulcemente –iba a esa colina, nuestra colina, y tu recuerdo me hacía olvidarme de todo lo demás; se había convertido en mi nuevo santuario, desde que todo en mi casa me daba asco… Cerraba los ojos y te imaginaba ahí, conmigo, y entonces sabía que todo valía la pena, porque un día volvería a verte… valía la pena aguantar, por ti… no llores…

Arnold se secó las lágrimas que ni siquiera había notado a qué hora, traicioneras, habían salido.

-Listo –musitó, y se forzó a esbozar una sonrisa.

-Así está mejor –soltó ella, suspirando –odio verte llorar, es lo peor que puede pasarme… en fin. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Así me la pasé mucho tiempo; salía muy temprano de casa, y volvía lo más noche que podía, (no demasiado, tampoco era tan estúpida como para ponerme en más peligro del necesario) Sin embargo, un día, no me pude levantar. Había un dolor en mi estómago… no era que antes no lo hubiese sentido, de hecho, me era tan común que ya ni siquiera me extrañaba, pero ese día era diferente; sentí que iba a morir. Literalmente algo me quemaba por dentro. Grité, y nadie escuchó. A como pude me puse de pié y fui con Miriam, que dormía en el piso de la cocina; le arrojé un vaso de alguna porquería con alcohol que tenía junto a ella y despertó; le dije lo que pasaba y ella, a como pudo se puso de pie y salió de la casa, diciendo que ya sabía lo que pasaba… y nunca volvió. No sé cuánto tiempo pasó, tal vez sólo unos minutos, pero a mí me pareció una eternidad, así que llamé a mi padre; me dijo que iría en cuanto pudiera y colgó, intenté llamarle al ver que no venía tampoco, pero ya no me respondió –su voz se quebró un momento, pero luego de agarrar aire y mirarlo directamente a los ojos, continuó: -entonces hice lo único que se me ocurrió: mi último recurso. Le hablé a Olga, me dijo que iba a llamar a una ambulancia… y luego ya no supe qué pasó…

Exhaló ruidosamente, luego bostezó. Arnold no movía un músculo; había demasiada información y demasiadas emociones dentro de su cerebro, tantas, que no lo dejaban pensar del todo.

-Ahora me pregunto por qué no llamé yo a la ambulancia –una sonrisa amarga cruzó su rostro mientras meneaba levemente la cabeza –tal vez el dolor no me dejaba pensar bien… lo más seguro… -frunció levemente el ceño, y hasta entonces desvió la mirada de sus ojos para posicionarla en el cielo y negro que ahora mostraba el vidrio sobre ellos –pero también creo que fue porque quería a alguien de mi familia cerca de mí… no quería morir sola –regresó sus ojos a los de él –ni siquiera pensé en ti, o en tus padres, ni siquiera en Phoebe, los quería a ellos; a cualquiera, a los tres… poniéndolo en perspectiva, algunas semanas después, me di cuenta de que a pesar de lo mucho que los alucino, son lo más importante que tengo… curioso que tuviera qué estar al borde de la muerte para que lo notara…

Arnold sólo la veía, inmóvil como una escultura de piedra; totalmente fascinado por la maravillosa criatura frente a él.

-Pero no es como si nunca hubiera pensado en ti –agregó, la voz cada vez más débil –después, en el hospital…

Cerró los ojos. Arnold se le acercó, ahora sí estaba dormida.

El chico la miró un tanto decepcionado; le hubiera gustado escuchar la historia completa, pero qué bueno que ya se había dormido.

Se puso de pié y ahora sí fue por la manta y la cubrió, así como estaba atravesada en la cama, sin moverla; no quería despertarla.

Se quedó junto a ella, en la obscuridad, mirando su grácil y pálida figura, casi fosforescente bajo la luz de los astros… había tantas cosas en las qué pensar… ahora comprendía tantas cosas… ¿Cómo un ser tan delicado y frágil en apariencia podía soportar tanto? Ahí, tirada en su cama, sólo era una jovencita de hermoso rostro y curvas modestas pero suficientes para alguien que aún no dejaba del todo de ser una niña… ¿Cómo podía, después de tantas cosas que le habían pasado, seguir adelante como si nada de eso hubiera sucedido…?

Esa chica era un coloso; sin duda… y él cada vez la adoraba más…

-¿Arnold?

El chico abrió los ojos. Estaba despierta otra vez. No sabía si molestarse o alegrarse ante eso.

-Aquí estoy –fue a acostarse a su lado.

-¿Me dormí?

-Un ratito –respondió él, sonriendo.

-Lo siento.

-No te preocupes, creo que yo también me dormí…

Se miraron largo rato, disfrutando ambos de la cercanía del otro, aunque sin tocarse.

-¿En dónde me quedé? –soltó ella de pronto -¿O ya me detengo? Tal vez ya te hartaste de tanta basura…

Arnold le sonrió amablemente.

-De hecho –dijo –tengo una pregunta: ¿Cuál fue tu diagnóstico en el hospital?

La chica asintió.

-Una úlcera –le respondió –se hizo tan profunda que traspasó la pared del estómago, y todo su contenido (los ácidos y demás) se regaron por el resto del cuerpo… eso sí que duele; créeme.

Él asintió.

-Tuvieron que intervenirme de emergencia –continuó –, y cuando me hicieron los análisis, se dieron cuenta que estaba increíblemente débil; tenía una anemia tan avanzada que temían que mi corazón no aguantara la operación, pero igual tuvieron qué hacerla, porque de todas maneras iba a morir si no lo hacían… luego resultó que estaba infestada de amebas, se habían mudado a mi hígado y creían que podría reventar de un momento a otro… y si eso pasaba, entonces sí, buenas noches…

El chico asintió de nuevo; tenía erizados los vellos de todo el cuerpo y el estómago se le había encaramado de nuevo a la garganta.

-Aguanté la operación, contra todos los pronósticos, y mi hígado aguantó también… me dijeron que era una guerrera increíble, pero yo me sentía como cualquier cosa menos eso… de hecho, nunca me había sentido tan mal en toda mi vida…

Seguía hablando despacio, claro; y sin perder el tono monocorde en la voz.

-Me dijeron que cualquiera de las cosas podía haberme matado por separado, y yo tenía las tres; de hecho, el que se me hubiera perforado el estómago me salvó la vida, porque si no, no hubiera ido al hospital, y tarde o temprano la otra bomba de tiempo que traía adentro me hubiera explotado, y entonces sí, ya no hubiera servido de nada ir ahí… -sus ojos seguían sobre los de él, pero su mirada se extravió hacia sí misma, hacia el pasado –Recuerdo que, luego de la operación, no tenía energía ni para mantener los ojos abiertos; había agujas en mis brazos, muchas. Sentía que mi cabeza pesaba una tonelada, ahí, clavada en la almohada, y el resto de mi cuerpo entumecido, casi como si ya no formara parte de mí… Recuerdo el silencio, tanto del entorno como dentro de mi ser.

Suspiró un momento, cada vez parecía más sumergida dentro de sí misma.

-Lo único que lo rompía era ese estúpido pitido, que mostraba la lucha incansable de mi corazón por mantenerme a flote… por fortuna, él es aún más necio que yo, y nunca había conocido la palabra "rendirse", así que no lo hizo, a pesar de que todo estaba contra él…

De repente lo miró; había vuelto del pasado, y ahora se introducía directamente en él.

Y él la miró: Sus ojos clavados en los suyos, pero sin mostrar una expresión definida; su blanca mano ahí, junto a él.

Sentía ganas de abrazarla, de tomar su mano y apretarla con fuerza; pero se veía tan etérea, ahí, tirada a su lado, bañada por la tenue y fantasmal luz de la luna, que sentía que si sólo la rozaba con la punta de los dedos, desaparecería en una voluta de humo.

Su rubio cabello de nuevo brillaba fantasmal bajo la metálica luz, desparramado en todas direcciones, bajando por su grácil espalda, cruzando desafiante su casi irreal rostro, serpenteando sobre el colchón, como finas y delicadas áspides de oro y plata.

Su piel, casi fluorescente; más blanca que la misma luna; sus ojos, el azul encendido de sus orbes refulgiendo como carbones ardientes entre la niebla…

Parecía una aparición; un fantasma… la fantasía de una mente delirante… y ahí, en ese momento, a pesar de todo… era toda para él…

-Te amo –dijo el chico, y le sorprendió a sí mismo el tono estrangulado de su voz.

-Y yo a ti –soltó ella en apenas un susurro –y sé que si mi corazón no se rindió esa vez, fue porque sabía que iba a volver a sentirse contra el tuyo… y eso vale cualquier batalla…

Por fin se atrevió: puso su mano suavemente sorbe la de ella, y se sumergió en el sueño más pacífico que había tenido en su vida.

oOo

"Deben estar aquí"

Los pasos resonaban por el corredor, él los escuchó, pero su cerebro no lo registró del todo; intentó moverse, pero su cuerpo estaba demasiado pesado, así que, sin importarle nada, siguió durmiendo.

Luego se abrió la puerta, pero, de nuevo, no le importó.

Los cinco entraron en la habitación. Ahí estaban los dos jovencitos, durmiendo profundamente, y, para alivio de todos, era demasiado obvio que esta vez se habían portado como niños buenos.

-Deberíamos venir mañana –susurró Miriam en el oído de Bob –mírala; está tan tranquila…

El hombre negó.

-Mañana se va a ir en cuanto despierte; la conozco.

Miriam suspiró; sin duda alguna tenía razón.

-¿Podemos discutir esto afuera? –fue Olga esta vez quien habló.

Salieron todos del cuarto y cerraron la puerta tras ellos.

A su lado, alguien se movió, y entonces se despertó por completo; la chica estaba sentada en la cama, mirando fijamente hacia la puerta.

-Parece que ya te encontraron tus padres –murmuró Arnold tras ella.

Un poco sobresaltada, la chica volteó; ahora sí lucía del todo despierta, especialmente porque lo miraba con el entrecejo fruncido.

-Eso creo –soltó –y los trajeron tus padres.

-No los culpes –saltó él al instante, sentándose también -¿Qué más podían hacer? Se preocupan por ti, Helga… todos lo hacemos.

Por toda respuesta, la chica clavó su mirada en él y luego hacia el techo sobre su cabeza. Se paró sobre la cama y escaló hacia la trampilla.

-¡Helga! ¿A dónde vas? –su voz aún era un susurro.

-Me largo de aquí –respondió en el mismo tono.

-¿A dónde?

-No lo sé –respondió la otra, fastidiada –con mi abuela, creo… pero hazme un favor, cabeza de balón, no les digas nada; finge que estabas durmiendo cuando me fui.

-Helga…

-¡Arnold! Te lo estoy pidiendo de favor; de todas maneras no me iré con ellos ni me quedaré aquí, así que, te lo suplico; ahórrame otro drama. Con lo que he tenido sólo hoy me basta para el resto de esta vida y varias más…

Arnold suspiró, resignado.

-Toma –le dijo, agarrando algo de un lado de la computadora y extendiéndoselo.

-¿Qué…? ¿Tu celular? –inquirió, mientras lo tomaba.

-Necesito saber que estás bien…

-Quédatelo –lo arrojó a la cama –si lo traigo yo, ¿Cómo te voy a llamar?

-¡Yo voy a llamarte a ti!

-En tus sueños, cabeza de balón, -abrió la trampilla –yo decidiré cuándo me pongo en contacto.

-Pero…

-¡Pero nada! Ahora, tú dormidito, que yo, me largo…

El chico la miró, compungido, aún sobre la cama.

Ella lo miró durante un buen rato y luego bufó.

-Estaré bien –soltó, rodando los ojos –no me mires con esos ojitos de borrego a medio morir…

-¿Me prometes que estarás en contacto? –inquirió él.

-Lo prometo –soltó ella –ahora, duérmete –y salió del cuarto hacia la azotea.

Arnold se tiró en la cama y se cubrió con las mantas al perderla de vista; no había forma de detenerla, y él había decidido dejarla hacer lo que tuviera qué hacer; después de todo, era su vida… Además, después de todo lo que le había contado… ¿Qué podía asustarla ya?

La chica bajó por la escalera de incendios, entró por la puerta frontal del edificio; tomó su mochila y se perdió en la noche.

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Bieeen… por fin, aquí está. El capi iba a ser más largo, pero yo estoy agotada; anímica y físicamente (es que, rayos; no puedo evitar meterme en la historia cuando escribo, si en el capi pasado me temblaban -literalmente- las manos cuando escribí la parte del poema –o no poema- de Helga). Esta cosa es DEMASIADO densa, y mejor lo dejo ahí por el momento…

Agradecimientos especiales:

diana carolina: síp, fuiste la primera XD me encanta que te adentres tanto en la historia; aunque, la verdad, espero que en este capítulo no lo hagas tanto, o terminarás como yo: totalmente agotada; en serio, no sé bien ni lo que estoy escribiendo… un abrazo para ti, mi lectora estrella :3

Lexie Asakura Kidou: Abrazo y beso psicológico para ti también, paisana; mi año nuevo estuvo muy bien, gracias. Y el poema, pues sí, salió de mi ronco pecho en el momento que escribía el capi, así; de la nada XD Espero en serio un día poder publicar mi propio libro; sería el mayor sueño de mi vida hecho realidad. Cuídeseme mucho y gracias por tanta flor X3

Agus MLee: Aquí tienes tu nueva dosis; más pequeña, pero muy potente, jejeje, yo aún sufro las consecuencias… Espero la disfrutes, y espero que no traiga demasiados errores, porque no estoy de ánimos de revisarla de nuevo (Ya tuve una sobredosis de sufrimiento ficticio) y si no la publico ahorita, ya no voy a poder hasta dentro de varios días, así que ahí está, y, de una vez, me disculpo por adelantado. Un abrazo.

Arianna: Espero que hayas tenido tus pañuelos y tu nieve de chocolate a la mano para el capi, porque no sé tú, pero a mí me dejó exhausta escribirlo… luego me cuentas cómo te fue leyéndolo… Gracias por tus opiniones tan detalladas; amo leerlas, en serio, y quisiera darte una respuesta igual, pero tendrás que dispensarme esta vez, pero ya casi no me acuerdo ni cómo me llamo. Un abrazote para ti, con mucho cariño :3

Y bien, los amo a todos y todas; abrazotes apachurrados para cada uno de ustedes, y ya me voy a acostar, o a hacerme cosquillas yo sola, o a ver qué, porque escribir TANTO drama de corrido (sip, no me levanté más que al baño al escribir este capi) me ha dejado increíblemente exhausta.

Espero actualizar pronto para compensar el capítulo tan corto.

Nos leemos y recuerden que los y las amo locamente, cuídenseme mucho X3