CAPITULO 3: ESPERANZA

Una semana, una semana había pasado desde la fuerte masacre del blanco y tranquilo pueblo en la ladera de las blancas montañas siberianas. Una semana desde que Scandia había aniquilado el ejercito invasor de los Mongoles, una semana desde que Rus, Yekaterina, Iván, Anya y Natalia habían huido de su pueblo natal a tierras mas pacificas, el Este de Europa, a lo mejor encontraron refugio... o tal vez no. Los caballos estaban cansados, apenas podían trotar ya, necesitaban un lugar para comer y descansar que no fuera el suelo y comida en condiciones, tanto el transporte como los tripulantes que eran una mujer y niños.

Se encontraban en una colina fresca y brillante, con la nieve derretida y convertida en agua que inundaba los prados, las ovejas pastaban libremente por aquellas fértiles tierras de primavera. Rus, con la cual estaba con Natalia en brazos, le pidió a su hija mayor Yekaterina que viera al horizonte si había algún pueblo vecino en el que residir. La niña subió una pequeña colina y en efectivamente, podía ver un pequeño pueblo, de pocas cabañas, unas 20 aproximadamente todas alrededor de la del jefe del las que desprendían levemente un humo de las chimeneas, estupendo, disponían de la suficiente leña. También podían ver a niños jugar y revolcándose en el barro, tanto niños como niñas jugando con espadas de maderas y escudos improvisados. Las mujeres limpiando las prendas de sus maridos y soldados en el río que tenían a escasos metros del asentamiento.

-¡Mamá Mamá!¡Mira Mira!- Señalaba con ilusión el poblado mientras con la otra mano, la movía enérgicamente llamándola para que subiera con rapidez, sin dejar de mirar con una amplia sonrisa inocente e ilusionada el magnífico lugar.

Rus con bastante ligereza, subió la pendiente y contempló el asentamiento, era de los suyos, los acogerían bien -Ya veo, hija, lo veo. Estaremos bien, Da- Frotó levemente el pelo de la muchacha con una tremenda satisfacción y alivio -¡Anya, Iván! Dejad de jugar y venid- Los críos se encontraban corriendo por las llanuras, sin separarse mucho de la vista de su madre. Fueron corriendo a su llamada, aun así sin dejar de empujarse el uno al otro, sin parar de reírse, les daba igual lo que pasara, normal, eran niños sin preocupaciones -Mirad lo que hay allí, más niños, podéis jugar con ellos. Pero si os comportáis bien ¿Da?-

Los mellizos la miraron ilusionados y asintieron -¡Da!- Dijeron a la vez los sincronizados hermanos. Mientras bajaban lo corriendo la cuesta hacia el pueblo, no habían entendido muy bien la palabra "Comportarse"... Los traviesos soviéticos echaban una carrera hacia el pueblo, lleno de esperanza para la familia.

-O-Oye ¡Esperad!¡Venid aquí!- Dijo con una voz alterada y fuerte, se apresuró en cogerlos, pero no corría mucho aparte de que tenía a la pequeña Natalia en brazos, solo trataba de no tropezar con la húmeda y resbaladiza tierra.

Cuando los hermanos llegaron a la entrada del lugar, un hombre fornido, alto, rubio y de facciones rudas y dañadas, por lo que se llegaba a suponer que era un veterano en el campo de batalla. Con un traje de malla, un escudo rojo y con forma de pua, una espada tradicional y simple guardada en su funda, la cual estaba amarrada a la cintura, y unas sucias y desgastadas botas marrones. Estos se chocaron contra el soldado e hizo que el alto se diera la vuelta y los mirara seriamente -¿Quienes sois?- Dijo de una manera áspera y grave. Los pobres chiquillos no sabían que decir, estaban realmente asustados y avergonzados con el desconocido, titubeaban y temblaban levemente.

-Son mis hijos- Dijo la recién llegada madre, con un buen porte y la voz firme y clara como la más limpia agua. Era la representante de La Rus de Kiev, le debían respeto y sumisión, y debía comportarse como tal delante de sus hombres y paisanos.

El vigilante se quedó perplejo al ver a la mujer y se quitó el casco de plumas con rapidez, arrodillándose y mostrando respeto -Mi señora ¿Como usted por estas tierras?- Dijo con la voz mas suave e inquieta, estaba delante de un superior, y nada menos que con el estado en persona.

-Los Mongoles, han invadido nuestras tierras, y hemos huido hasta aquí... Esperaba que podríais acogernos a mi y a mis hijos- Dijo con la voz aun firme y agarrando a Yekaterina por los hombros desde detrás de la niña.

-Faltaría más, ahora mismo avisaré al Jefe- Dicho esto, se levantó con rapidez -Seguidme, os llevaré ante él- Se dio la vuelta bruscamente y se dirigió al gran salón, el edificio de madera con tallas de personajes mitológicos como dragones, grabados en él, realmente impresionante para los ojos de los críos, aunque deseaban más jugar con los hijos de los paisanos.

-Iván, Anya, podéis ir a jugar... Yekaterina, coge a Natalia y cuidala, no tardaré- Le dio la pequeña a la mayor y le dejó un beso en la frente. Los mellizos salieron corriendo sin queja alguna, ya presentándose con los muchachos pueblerinos con emoción. La joven asintió con una leve sonrisa, y Rus siguió con paso largo y lento al Siberiano, mientras veía todo a su alrededor, tranquilidad y seguridad. Tenía que impedir a que llegaran los Mongoles... Al pensar en ello, no pudo evitar en pensar en su marido Scandia... ¿Seguiría con vida? Era un pregunta que la carcomía por dentro, evitando toda muestra de debilidad ante su gente. Al llegar y subir las escaleras del edificio, entró en el gran salón, donde descansaban y bebían los soldados, cuales estaban haciendo en ese instante. El sonido del portón abrirse hizo instintivamente a los hombre mirar, todo el jaleo que se estaba armando y la música y los cantos que sonaban en el lugar... Paró en seco al ver el rostro del imponente mujer, todos parpadearon un par de veces, incrédulos, al reconocerla. La Siberiana se soltó el dorado cabello y cruzó la sala con paso sereno y firme mientras los hombres la seguían con la mirada y se levantan de los asientos en señal de respeto.

El jefe del poblado, Sergei, un hombre viejo de pelo albino, conocido de rus, se levantó del "trono" de madera y bajó unos escalones, con una amplia sonrisa y las manos levantadas -Rus, Priviet ¿A que se debe su visita?- Dijo arrodillándose al estar frente a frente con la soviética y besar su mano.

-Sergei, viejo amigo, cuanto tiempo... He venido a avisaros de lo que está por venir. El ejercito Mongol se ha atrevido a pisar estas tierras y ya han empezado a atacar nuestros poblados. Mi marido está combatiendo con sus Vikingos y algunos de mis hombre el Este de Asia, necesitamos ayuda, y necesito que convoques y llames a todos los pueblos del Oeste de Asia... Estamos en guerra- Dijo con un tono tembloroso al principio, pero que al final aclaró su voz y lo dijo firmemente e imponente.

Asintió y se levantó -Sea pues ¡estamos en guerra!- Alzó el puño cerrado y gritó en todo el enorme salón para que sus camaradas pudieran oírlo. Los hombres gritaron "¡Hurra!" y el lugar parecía que iba a caer, las paredes retumbaban.

La mujer sonrió levemente, satisfecha por tener de nuevo el apoyo de su pueblo... Habría muchas muertes, pero ese es el precio de la guerra y la libertad. Salió tal como entró, pero esta vez, vitoreada por los soldados los cuales aporreaban las mesas y desenvainaban las espadas. Un mensajero que fue convocado por Sergei, irrumpió poco después en el salón, cual le encomendó la misión de informar a los pueblos del Norte que... Estaban en guerra y necesitaban preparación, después llamó a otros dos para que se encargaran de los demás pueblos del Oeste y el Sur.

Al caer la noche en el campo de batalla donde se encontraba Scandia, cadáveres por doquier, espedas clavadas en la tierra con piedras alrededor, formando innumerables lapidas de los caídos siberianos y Nórdicos, para que las Valquirias se llevaran las almas de los valientes guerreros... Un espantoso panorama que hacían las noches aún mas solitarias y frías, por si no era poco las bajas temperaturas y el frío aire que bajaban de las laderas de las montañas nevadas. Aún ensangrentado por las numerosas victorias que resistían contra el invasor. Todas las noches, se tumbaba en la tierra antes de descansar y mirar las estrellas y el firmamento, las cuales les pedía a Odín en repetidas ocasiones... -Señor del Valhalla, Rey de Asgard... Dame fuerzas para vencer a los que osan cuestionar mi poder e invadir el hogar de mi mujer... Protégeme a mí, a mis guerreros, a mis hijos... y a Rus-