Disclaimer: El Potterverso es de Rowling. Mi expansión está basada en la de Sorg-esp, así que créditos para ella también.

Este fic participa en el reto especial: "OTP" del Foro de la Expansiones.

Y ahora toca la otra mitad de la historia.

Florencia

Capítulo 2

Él

Florencia, septiembre de 2015

—Bartolini, ¡concéntrate! —exclamó uno de sus amigos. La quaffle acababa de pasar a su lado y el joven ni siquiera se había movido para hacer el pase. El equipo contrario acababa de hacerse con ella y estaban volando en dirección al arco, donde Tomasso tendría que detenerla.

El árbitro improvisado pitó, señalando el final del partido. El buscador del otro equipo acababa de hacerse con la snitch dorada. El tablero al fondo del gimnasio marcaba 160-20 en contra del equipo de Guido.

—Joder, Bartolini —gruñó Piero cuando bajaron de sus escobas—. Vamos a necesitar arrasar con los demás partidos si queremos tener una oportunidad de ganar la liga.

—Te apuesto que tiene que ver con esa chica que conoció hace unos días —dijo Tomasso, que venía detrás de ellos, dándole una palmada a Guido en la espalda—. Qué bonito, nuestro pequeño está enamorado —añadió al tiempo que le apretaba las mejillas a su amigo.

—Cállate —fue la única respuesta del aludido. ¿En qué estaba pensando cuando le había contado a sus amigos acerca de la chica? Debería haber adivinado que eso sólo iba a traerle burlas y comentarios insoportables.

—¿A qué hora comienzan tus clases? —le preguntó Filippo, el más calmado del grupo. Al día siguiente empezaban las clases en la Academia de Bellas Artes Mágicas, después del descanso del verano. Guido estaba haciendo un máster en ilustración, porque uno de sus sueños era ser artista de cómics. A sus padres no les había caído tan bien, pero era asunto suyo.

—La primera hora es a las diez.

—Uf, qué envidia —suspiró el otro. Ya había terminado sus estudios de economía y administración y estaba trabajando en una empresa de importaciones y exportaciones en el barrio mágico—. Yo tengo que estar mañana a las ocho en la oficina.

Guido asintió sin más palabras, cogiendo sus cosas para irse a las duchas. Estaba cansado porque la noche anterior se había quedado hasta tarde con Blanca en el museo del Palazzo Pitti. Habían quedado de verse unos días después, y él estaba prácticamente contando las horas para eso.

—¿Y qué crees que va a decir cuándo sepa que eres un brujo?

—¿Ah?

Filippo soltó un suspiro y repitió la pregunta. Guido se vio obligado a reconocer que no había pensado en ese escenario. Pero es que tampoco había pensado mucho en lo que a Blanca concernía. Las cosas con ella simplemente se daban.

—No lo sé. Cruzaremos ese puente cuando haya que hacerlo. Es sólo una chica a la que conocí por ahí. Ustedes son los que están saltando a conclusiones apresuradas.

Por la mirada en el rostro de su amigo, Guido supo que no estaba convencido. Después de todo, las relaciones entre brujos y mu ggles siempre se veían complicadas por una u otra cosa. Eran dos mundos demasiado diferentes y mezclarlos podía ser una mala idea. Había casos en los que las cosas resultaban bien, pero eran contados con los dedos de una mano. En su familia, al menos, preferían evitarse esos problemas.

—Te estás metiendo en un lío, si me preguntas mi opinión —comentó su amigo.

—Bueno, no recuerdo haberlo hecho —espetó el joven, con bastante más agresividad de lo que hubiera querido. Cogió su toalla y se metió en una de las duchas del vestidor.

—¿Cuándo es el próximo partido? —le preguntó a sus compañeros antes de dar el agua. Tenía que organizar bien sus tiempos para poder estudiar y participar en la liguilla de mini-Quidditch en la que jugaban todas las semanas.

—Dentro de dos jueves. Y más te vale que estés concentrado —respondió Tomasso, mientras rebuscaba en su bolso un desodorante.

—Sí, mi capitán.

-o-

La Academia de Bellas Artes Mágicas no había cambiado demasiado en los últimos cinco siglos. Aparte de cañerías nuevas a principios del siglo XX, seguía siendo el mismo edificio que había albergado a los magos renacentistas. De hecho, algunos de los estudiantes de esos tiempos seguían dando vueltas por ahí.

—¡Bartolini! —exclamó Gino, uno de sus compañeros—. Estás como en la luna, hombre. Concéntrate.

Parecía que todos sus conocidos estaban de acuerdo para decirle lo mismo. Pero no podía evitarlo; estaba pensando que a Blanca le gustaría mucho ese lugar. Seguro que se fascinaría con los frescos móviles que decoraban los techos. Uno de sus antepasados había ayudado a pintarlos, de hecho. La familia Bartolini era parte importante de la historia de las artes mágicas desde hacía siglos, y él siempre había querido ser parte de esa tradición.

Pero lo más seguro era que nunca podría mostrarle eso a Blanca.

—Es que conoció a alguien —interrumpió Giuletta, sacudiendo su espesa melena rizada.

—¿De dónde sacaste eso?

—De ti. Es cosa de mirarte, tienes cara de enamorado.

Guido siempre había creído que su amiga tenía algún tipo de poderes psíquicos, aunque temía hacer preguntas. Prefería quedarse en la ignorancia a descubrir que ella era una experta legermens que podía meterse en su mente sin aviso. Se sentía más cómodo así.

—Bueno, ¿y qué si es verdad?

—Nada —la joven se encogió de hombros y se apartó un mechón rebelde del rostro—. De hecho, te felicitaría. Hace tiempo que te hace falta ver a alguien. Desde… ya sabes… —bajó la voz, como siempre que alguien hacía referencia al accidente.

Guido bajó la cabeza, sintiéndose culpable. Por supuesto. Allegra. Se sentía culpable de no haber pensado en ella en la última semana, desde que se había topado con Blanca en las escaleras Santa María del Fiore. Era primera vez en mucho tiempo que no recordaba a la chica que había muerto tan prematuramente.

—Es normal, han pasado dos años —dijo Giuletta, adivinándole nuevamente el pensamiento—. Ella no querría que te perdieras tu vida por ella.

¿Cómo podían saber ellos qué era lo que Allegra hubiera querido? Entre ellos se había instalado un silencio muy incómodo y Guido no pudo evitar sentirse culpable de nuevo. No había querido que sus amigos se sintieran así. Pero algunas cosas eran inevitables y estaban fuera de su control.

—Tengo que ir a buscar algo a la biblioteca —inventó a la rápida, esperando que eso bastase para apartarse por un momento de las miradas de lástima—. Nos vemos en la clase de Donate —agregó antes de alejarse por el pasillo.

Caminó en la dirección de la biblioteca, aunque no tenía pensado entrar ahí. Era uno de los lugares que menos le gustaban de la Academia. Siempre le había parecido demasiado tétrica y oscura. Además, se rumoreaba que ahí había más fantasmas que en ningún otro lugar de Florencia.

No, sus planes serían ir a caminar un poco y despejar su mente. Le haría bien.

—¿Guido?

Se detuvo en seco al escuchar eso.

Conocía esa voz. Desde la semana anterior, la había escuchado tantas veces que se había vuelto algo muy familiar para él. Era ella.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Blanca, que llevaba un lienzo en la mano, junto con varios pinceles—. Las alcanzo después —le dijo a las chicas que estaban con ella.

—¿Qué estás haciendo aquí? —fue lo único que pudo decir él.

—Estudio. Supongo que tú también.

Guido se quedó mirándola de hito en hito. Por supuesto que la chica perfectamente podía ser bruja y no habérselo dicho por razones obvias. Pero la idea no dejaba de parecerle increíble. Después de todo, uno no conocía todos los días a una chica como ella y que además fuese bruja. Eran demasiadas coincidencias. Y ella parecía tan sorprendida como él por el inesperado giro que habían tomado las cosas.

—¿Eres bruja? —preguntó. Apenas fue consciente de las palabras que acababan de salir de sus labios, se sintió un idiota redomado.

Por supuesto que era bruja. Si no, no podría estar ahí sosteniendo un lienzo y con las manos manchadas de pintura.

—Ajá —ella asintió. Al chico le pareció que ella misma tampoco estaba segura de qué decir.

De pronto, a Guido le entraron unas ganas incontrolables de reír. Así que los dos pensaban que el otro era muggle. Normal que estuvieran así al encontrarse en medio de la Academia. Blanca también empezó a reír. Tenía una risa bonita, aunque Guido no hubiera sabido cómo describirla exactamente.

—Creo que tendremos que empezar de nuevo —dijo después de unos momentos y le tendió la mano—. Blanca Romero, bruja.

—Guido Bartolini, mago —respondió él estrechándosela. La mano de Blanca era cálida y amable, como ella misma—. Supongo que ya lo hicieron, pero puedo ofrecerte un tour por aquí. De hecho, hace un rato estaba pensando que te encantaría este lugar.

Blanca sonrió y se acomodó un mechón de cabello detrás de una oreja. Aunque normalmente Guido la había visto llevando el pelo suelto, ese día llevaba una especie de recogido desordenado, que la hacía verse un tanto extraña.

—La verdad es que no lo he visto tanto como me gustaría.

—¿Y eso?

—No sé, es como que siempre tuviéramos algo más que hacer.

—¿Te gustaría verlo?

—Tengo clases —dijo ella—. Salgo a las seis.

—Yo también. ¿Por qué no nos juntamos y te muestro mis cosas favoritas?

Una sonrisa iluminó el rostro de Blanca.

—Encantada.

-o-

—¿De verdad podemos estar aquí a estas horas? —preguntó Blanca en un susurro. Guido se había pasado las últimas dos horas mostrándole algunas de las salas y auditorios de honor de la Academia. Salas que, por supuesto, estaban cerradas. Pero nada que un alohomora no pudiese solucionar.

—Bueno, en teoría, no —dijo él en el mismo tono—. Pero si nos encuentran, siempre puedo decirles quién soy.

—¿Y eso en qué nos ayudaría?

—Bueno, uno de mis antepasados ayudó a fundar este lugar —dijo él. No era para pavonearse ni nada, sólo era un hecho.

—¿Y eso es para impresionarme?

—No. Es un dato curioso —replicó él, dándose cuenta de lo presuntuoso que eso podía haberle parecido a la muchacha—. ¿No te parece?

—Un poco. Es que yo apenas sé nada sobre mis antepasados. Mi familia es… común y corriente. No hay nada especial en nosotros, no salimos en los libros de historia ni nada por el estilo. Sólo somos nosotros.

Muchas veces, Guido hubiera preferido nacer en una familia sin tanto renombre. Tener un apellido que no hiciera que la gente esperara grandes cosas de él. Había decidido estudiar arte porque era lo que le apasionaba, pero sabía que muchos pensaban que sólo había entrado ahí por su familia. Ni siquiera se preocupaban por ver su talento antes de desmerecerlo sin más.

—Tienes suerte. Al menos eso significa que nadie espera nada de ti —comentó suavemente—. O que puedes hacerte un nombre por tu cuenta.

—¿Y tú no puedes?

—Es complicado.

—Ya.

Nuevamente se hizo el silencio entre ambos. Pero Guido no se sentía incómodo. Todo lo contrario, a decir verdad. De hecho, hacía mucho tiempo que no se sentía de esa forma con alguien. Seguro, como si llevara tiempo con ella. Blanca tenía ese efecto en él.

Quizás por eso él se había acercado a ella en la Piazza. Algo los había reunido, como en esa leyenda oriental del hilo rojo del destino. Guido nunca había sido supersticioso, pero de pronto la vieja historia le sonaba a algo posible.

—Mira —dijo, en parte para distraerse de esos pensamientos tan extraños—. Esos los pintó una de mis tatarabuelas. Una mujer muy lista y con un mal genio impresionante, o eso contaba mi bisabuelo. Se supone que las peleas entre ella y su marido eran cosa seria, aunque se reconciliaban rápidamente. De hecho, tuvieron quince hijos.

La pintura en cuestión era un fresco que retrataba a la diosa Minerva en su carruaje. Los caballos se movían y la melena de la diosa revoloteaba en el viento. Se parecía un poco al retrato de su tatarabuela que tenían en casa, aunque las facciones de la diosa eran ligeramente más suaves y parecían emanar calma. Era como si su antepasada hubiera plasmado todo lo que le faltaba en su pintura.

—Es increíble —dijo ella muy suavemente, con una voz que revelaba que de verdad estaba sorprendida por todo eso—. Gracias por traerme aquí, Guido —añadió al tiempo que deslizaba su mano y cogía la del joven.

Ninguno de los dos dijo nada más.

No era necesario.

FIN


Aquí entre nos, sospecho que Allegra tuvo algo que ver en el encuentro de Guido y Blanca. La verdad es que ella se me vino a la mente mientras escribía este capítulo, pero me gustó la idea y queda. Así que añadiré a mi lista de pendientes dar más detalles sobre Allegra y su relación con Blanca.

En fin, que me he quedado muy a gusto.

¡Saludos y hasta la próxima historia!

Muselina