Se va a casar. Con otro que no soy yo. Con otra persona que no la quiere como la voy a querer yo. Con otro. Casada. Esta prometida.
Siempre quise que rehiciera su vida, pero jamás pensé que en lo que pasaría conmigo cuando ella siguiera adelante. Quizás, si hubiera llegado y ya hubiera estado casada, habría sido muy distinto, pero… no puedo soportar saber que va a empezar su vida con otra persona estando yo aquí.
Estaba tan sumergido en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que habíamos llegado ya a la casa de Kurt y Blaine. Agradecí al conductor tanto el trayecto de ida, como el de vuelta, y me baje de aquel gran coche rápidamente.
Subí las escaleras, hasta llegar a la puerta y allí rebusque en mi bolsillo las llaves que me dejaron, pero para mi sorpresa, no las encontré. En seguida recordé, que antes de salir esta mañana, a toda prisa, las había dejado en el pequeño boll que tenían colocado en la entrada. Llame un par de veces a la puerta y no contesto nadie. Volví a llamar, pero ocurrió exactamente lo mismo.
Suspire, llevándome las manos a la cabeza. Me senté en el pequeño muró que había al lado de la puerta, y saqué mi móvil del bolsillo.
- ¿Si?.- Contestó Kurt.
- Hola, Kurt. Soy Finn. ¿Dónde estáis?
- Yo trabajando y Blaine en clase. ¿Por qué? ¿Te aburres y quieres dar una vuelta por la Gran Manzana?
- No, quiero entrar en casa.
- Usa las llaves.
- Ya, bueno… las olvide dentro.
- Vaya, pues hasta dentro de unas horas no podremos ir ninguno.- Alcé la cabeza, suspirando incrédulo.- Bueno, tengo una idea.
- ¿Si? Dime que tengo que hacer.
- Llama a Rachel.- En ese momento solté una leve carcajada casi inaudible.- Ella tiene llaves de nuestro piso. Venga anda, llámala. Tengo que irme, un beso.
Y colgó. Pase las manos por mi cara, rascando la leve barba de un par de días. Lo último que quería hacer ahora mismo era ver a Rachel. La misma Rachel que iba a casarse con otro. La misma Rachel de la que seguía enamorado. Pero no me quedaba otra, sino hacía eso estaría en la calle durante horas muriéndome de frío.
- ¿Si? ¿Quién es?.- Contesto Rachel.
- Ho… Hola Rachel, soy yo, Finn.
- Oh, hola Finn. ¿Qué tal? ¿Qué ocurre?
- Mira es que… he olvidado las llaves en casa y ni Kurt ni Blaine pueden abrirme hasta dentro de unas horas, y me ha dicho Kurt que tú tenías llaves de su piso y… bueno.
- Claro que sí. ¿Dónde estás?
- En la puerta de la casa.
- Vale, paso a buscarte en un momento.
Y colgó. Parecía que la gente se había olvidado de despedirse por teléfono. ¿A buscarme? ¿A buscarme para qué? Yo solo quería las llaves para entrar en casa y disfrutar de mi tiempo en soledad, pensando en miles de formas de deshacerme del futuro marido de Rachel para que así no se pudiera casar con ella.
Saqué un cigarro y lo encendí, comenzando a fumar. Era el tercer cigarro en toda la mañana, y todo gracias a la visita a la Sede, sino, seguramente, con los nervios que tenía habría acabado con él. Antes de que pudiera acabarlo, un coche negro aparcó frente a mi puerta. El cristal del copiloto se bajo y la pequeña cabeza de Rachel, tapada por un gorro apareció.
- Tira ese cigarro ahora mismo y monta.
Sonreí levemente, y la hice caso. Pise el cigarro y abrí la puerta del copiloto. Antes de poder sentarme, Rachel me atacó con un chorro de perfume. Tosí, apartando con las manos el liquidillo del perfume que me atacaba.
- ¿Qué haces?.- Dije auturdido.
- No pensarás entrar en mi coche oliendo a tabaco.- Reí negando con la cabeza y acomodándome en el asiento. Respiré profundamente para, acto seguido, hacer un mohín.
- Rachel, es colonia de mujer.
- No tenía otra.- Rió divertida.- Venga cierra que nos vamos.
Pasamos el camino manteniendo una conversación bastante amena. Bueno, realmente, ella hablaba y yo escuchaba, como había pasado siempre. De vez en cuando desconectaba, pues todo su monólogo trataba sobre canciones de musicales de los que yo jamás había escuchado, pero me gustaba escuchar su voz. Era como si nunca me hubiera ido. Como si estuviéramos en el instituto y fuéramos a entrar en el Glee club. Con una diferencia. Ella ya no estaba enamorada de mí.
Llegamos hasta un bloque de apartamentos, y se adentro en el garaje de este. En unos pocos minutos estábamos delante de la puerta de su casa. Abrió la puerta, y cuando paso yo me quede en el marco de esta, apoyado.
- ¿Qué haces? Pasa dentro, hombre. No sé donde tengo las llaves y tengo que buscarlas.
- Eres un desastre.
- Soy una mujer ocupada.
Reí y entre a la casa, cerrando la puerta tras de mí. Rachel se quito su gorro, dejando su larga melena libre y lo dejo encima de la mesa, junto a su abrigo. Iba con un vestido negro, que marcaba sus curvas, haciéndola más irresistible de lo que ya era.
- Deja tus cosas aquí, y bueno, toma asiento. Si quieres podemos tomar un café, o, un té o… lo que tomes.
- Quería descansar un rato antes de que llegarán Kurt y Blaine, porque estoy algo cansado y… quería ayudarles con las cosas de la casa.- Pase mi mano por mi cabeza, peinándome.- Me siento un poco culpable.
- Oh, venga Finn. Parece que no quieres estar conmigo. Venga siéntate. ¿Qué quieres?
- ¿Agua?
- Finn…- Puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.
- No sé, ¿qué tienes?
- ¿Té?
- Rachel…- Esta vez fui yo el que puso los ojos en blanco, sacando mi media sonrisa.
- Tengo café también si quieres…
- Café está bien.
Rachel se fue hacia la cocina y comenzó a preparar su té, y mi café. Me encontraba desubicado. No quería estar aquí, pues tenerla tan cerca de mí y saber que nunca más sería mía no me hacía ningún bien, pero si era así… ¿por qué no me iba ahora mismo? Por más que lo intentará, mi cuerpo había echado raíces en ese suelo, y se negaba a irse hasta que la misma Rachel me suplicará que me fuera.
Me quite el abrigo dejándolo junto al de Rachel y comencé a andar por el salón, mirando atentamente todo. Tenía una estantería con un montón de figuritas y pequeñas cartas de sus admiradores enmarcadas. Al fondo de la sala, había un gran marco que unía muchos marcos entre sí. Me acerqué para observar las fotos y sonreí viendo cada una de ellas: Rachel con Kurt en uno de sus primeros días por la ciudad. La primera reunión que hicieron con todos en su piso. Rachel disfrazada de Funny. Una foto del señor Shue con Emma y su hijo. Una foto del Glee club. Y… ¿qué era esto? Ese… ¿ese era yo?
- Si, eres tú.- Oí la voz de Rachel tras mi espalda, haciendo que me incorporará.
- Eh… esto… yo…- No sabía que decir.
- Pensé un millón de cosas cuando estuviste fuera. Que no te volvería a ver. Que volverías y no querrías saber de mí. Que no volverías…- Mojo sus labios, negando con la cabeza.- Es una foto bonita.
- Si.- Dije volviéndome a girar mirándola.- Realmente lo es. Ibas muy guapa aquel día.
- Era mi graduación, tenía que ir así.
- Siempre estabas preciosa.
- Tú me veías con buenos ojos.- Pude notar como sonreía.- Vamos, se te va a quedar frío el café.
Me di la vuelta y vi como aun mantenía la sonrisa en su rostro. Estaba tan guapa cuando sonreía. Se sentó en el sofá y tome asiento justo en el sillón de en frente, para poder hablar con ella.
Estuvimos durante un buen rato hablando, hasta que sonó mi teléfono en el bolsillo. Cuando lo saque, vi el teléfono de la Sede en él.
- ¿Me disculpas? Es trabajo.
- Claro, voy a cambiarme mientras hablas.- Rachel se levanto, y paso por mi lado, acariciando mi brazo.
- ¿Si?.- Dije manteniendo la mirada en la figura de Rachel, que comenzaba a desaparecer por la puerta de su habitación.
- Finn.- Dijo la voz de Dylan.- ¿Estas ocupado?
- No, está todo bien. ¿Qué ocurre?
- Podrías volver mañana a la Sede.
- He contado todo lo que sabía, Dylan, no creo que pueda recordar más. Al menos de momento.- Mi cuerpo se tensó notablemente.
- No, no es por eso, relájate. Quieren hacerte un par de pruebas médicas.
- No voy a volver.- Rachel salió por la puerta en silencio, sin que yo pudiera verla.- Me encuentro bien físicamente, pero no estoy preparado para volver al campo de batalla.
- No te preocupes, Finn. Tú ven, te harán las pruebas y te comentarán lo que ocurre.
- De acuerdo.- Dije abatido.- Mañana estaré allí.
- Pasará el coche como hoy. Hasta mañana, Finn.
- Adios, Dylan.
Colgué el teléfono y me deje caer sobre el sillón soltando un leve bufido. Me lleve las manos a la cabeza, preocupado por lo que pudiera ocurrir conmigo. De repente, note la cálida mano de Rachel acariciando mi brazo, y por mis reflejos me giré, asustándola.
- Oh, Rachel perdona.- Dije levantándome del sofá, acercándome a ella.
- No, lo siento yo. Quizás he sido muy sigilosa.
- Si, la verdad. Podrías estar en mi equipo perfectamente.- Sonreí tristemente.
- No vas a volver, ¿verdad?.- Dijo en un susurro.
- ¿Me has oído?.- Miré a Rachel, que bajaba la cabeza temerosa de mirarme.- ¿Cuanto llevabas escuchando?
- Poco, solo he escuchado que no querías volver.- Cogí su barbilla para que me mirará y la sonreí.- ¿Vas a tener que borrarme la memoria o matarme?.- Solté una carcajada y mecánicamente cogí su brazo, tirando levemente de ella y la abrace.
- Si no borre tu mente cuando me viste bailar no lo voy a hacer ahora.- Rachel se agarró a mi cadera, abrazándome y ambos reímos.
- No vuelvas, por favor.- Dijo aun entre mis brazos.
- No lo haré.
Estuvimos abrazados unos segundos más, y nos soltamos al mismo tiempo, volviendo a sentarnos en nuestros sitios, buscando cualquier conversación que no tratará sobre la última llamada.
-O.
No sé cuánto tiempo estuvimos hablando en aquel salón, pero el tiempo voló. Miré mi reloj y vi que ya eran las 14h de la tarde, y me quede realmente asombrado.
- Rachel.- Dije levantándome de aquel sillón.- Estoy realmente cómodo aquí, pero se me está haciendo bastante tarde, y quería comprar la comida para cuando Kurt y Blaine llegarán…
- Claro, lo entiendo. Ven.- Rachel se levanto y me hizo seguirla hasta su habitación.- Creo que guarde las llaves en mi joyero.
Entre en su habitación y me quede embobado mirando toda la sala. La recorrí con mi vista y me quede paralizado mirando un pequeño marco que tenía algo en su interior. Mientras Rachel seguía hablando me dirigí hasta aquel pequeño marco donde comencé a visualizar dos objetos que me resultaban muy familiares.
- ¿Son mis baquetas?.- La interrumpí, girándome a mirarla. Rachel sonrió afirmando con la cabeza.
- Si. Cuando te fuiste al ejército, me acerque al instituto y le suplique al señor Shue que me las diera. Necesitaba tener algo tuyo, algo tan personal como… tus baquetas.
Me gire volviendo a mirar aquellas baquetas, sonriendo ampliamente. Tenía mis baquetas. Y no las tenía guardadas en algún cajón. Las tenía metidas en un marco, en su habitación. Una pizca de esperanza se abrió camino en mi, y de repente volvió a sonar en mi cabeza aquel verbo conjugado: "lo hago"
