Muchas gracias por los reviews, los fav y las visitas. La verdad es que animan a seguir con esta historia que nació en una de esas tardes de aburrimiento en las que hasta estudiar parece un buen plan.

No prometo capítulo diario, pero intentaré no tardar demasiado.


Ese día Regina, como todos los sábados, se despertó con un flagrante buen humor. Los sábados era el día en el que veía a Henry. Sí, de repente la custodia de su hijo le había sido arrebatada de forma completamente ilegal y el único día que tenía permitido pasar todo el día con él era el sábado. Eso era lo que peor llevaba de su nueva vida de pseudo arresto domiciliario. Vale, realmente no estaba en la cárcel, pero su vida se había convertido en la peor prisión. También sabía que el único motivo de no ver más a menudo a Henry era por su reciente encierro en su propia casa, alejada de las miradas inquisidoras de todo el pueblo. En realidad, hablaba con él prácticamente todos los días, y antes de encerrarse literalmente en sí misma, lo veía algunos días en Granny's o en cualquier lugar donde se toparan. Aún así, no era suficiente, nunca era suficiente cuando se trataba de su hijo. Y sabía que él estaba bien, que era feliz, pero le dolía y le daba rabia que no fuera con ella. ¿Era egoísta? Sí, mucho, sobre todo cuando se trataba de su hijo. Ella le adoptó con muchísima ilusión, él era el cambio que necesitaba su vida, el amor incondicional que siempre había buscado y deseado. Puede que le fallara como madre, que no supiera mostrarle todo lo que le quería y significaba para ella, pero había crecido con su madre, no tenía buenas referencias de cómo ser una madre cariñosa.

Apenas desayunó, siempre sentía los mismos nervios en el estómago cuando iba a ver a Henry, era el miedo a su reacción. Cada sábado temía que el niño al verla la rechazara, o se mostrara distante con ella, como esa época antes de que apareciese Emma en su vida. Vivía con el miedo de que su "familia" influyera tanto en él que le inculcaran odio hacia ella. Si bien tenía que admitir, eso era muy impropio de doña perfecta y su príncipe encantador.

Se vistió eligiendo la ropa con esmero, quería que su hijo la viera perfecta, no como a una pobre desgraciada que apenas salía de su casa. Ese día, además, le tenía preparada una sorpresa. No se quedarían en casa ni darían una vuelta por el pueblo, no, ese día le llevaría de picnic al bosque. Sabía que a su hijo le encantaba merodear por ahí, imaginando mil historias vividas por los habitantes del pueblo en ese otro mundo que quedaba ya tan lejano. Incluso había preparado empanada y tarta de manzana, sabiendo cómo lo disfrutaría el pequeño. No había nada que pudiera estropear ese día.

Cuando ya empezaba a impacientarse por la no llegada del niño, el sonido del timbre y la voz de Henry llamándola, la hicieron suspirar de alivio. Rápidamente se dirigió a la puerta para no hacer esperar más a su pequeño. Nada más abrir, se quedó mirándole un instante antes de agacharse y abrazarle con necesidad. Una sonrisa magnánima y sincera floreció en su rostro mientras soltaba y volvía a examinar a su hijo.

-Has crecido – dijo sin dejar de sonreír, revolviéndole el pelo con cariño.

-No es verdad, todavía soy de los más bajitos de clase – dijo con resignación.

-No lo creo… Te tengo una sorpresa – cambió el tema, aumentando la sonrisa al ver cómo los ojos de Henry brillaban de curiosidad.

- ¿Sorpresa? ¿Qué sorpresa? – casi saltaba ilusionado.

-He pensado que como hace tan buen día… podríamos ir al bosque. Tengo una empanada y una tarta de manzana en la cocina deseosas de que nos la comamos junto al lago. ¿Te apetece?

-¡Sí! – gritó el niño dando un salto – ¿Puede venir Emma?

-¿Emma? – preguntó Regina confundida.

-Esa soy yo – dijo Emma acercándose casi con timidez hasta donde el niño miraba con súplica a su madre.

Regina ni siquiera se había dado cuenta de que la sheriff estaba ahí. ¿Cómo había sido eso posible? Su sentido emmácnido nunca fallaba en cuanto a presentir a la rubia se trataba. Siempre que ella estaba cerca ocurría algo y nunca bueno.

-Señorita Swan – dijo con una sonrisa falsa, ocultando una mueca de desagrado – ¿A qué debo el placer?.. De nuevo.

-Solo he venido a traer al niño, lo prometo – levantó la mano derecha de forma solemne, mientras que con la izquierda a su espalda cruzaba el dedo índice y el corazón como una niña.

Regina puso los ojos en blanco ante ese gesto de la sheriff y simplemente añadió.

-Ya, claro.

-¿Entonces puede venir? Por favor mamá, nos lo pasaremos muy bien juntos. Y además, nunca he estado con las dos sin que os peléis – dijo Henry mirando con súplica a su madre.

A Regina le habría encantado decirle a su hijo que la pelea la habría precisamente si Emma iba con ellos. Sin embargo, se contuvo y mirando primero de forma dura a Emma, se dirigió a su hijo:
-Pero cariño, hoy es sábado y Emma seguro que tiene montones de cosas que hacer – dijo intentando poner el tono más dulce que la rabia por la simple presencia de la rubia le dejaba – ¿Verdad? – hizo énfasis en la palabra mirando significativamente a Emma.

-La verdad es que no – respondió en tono alegre – Así que me encantará ir con vosotros al bosque. Además, me encanta la empanada y la tarta de manzana – dijo dejando claro, para mayor rabia de Regina, que había estado pendiente de todo lo que hablaban madre e hijo.

Si existe una palabra para definir el ambiente que se respiraba en el coche, esa era tensión… y diversión. ¿Tenversión? Lo que estaba claro es que la cara y la cruz viajaban en ese coche de camino al bosque. Por un lado Regina, que conducía seria y con la mandíbula tan apretada que estaba segura que le estaría doliendo por lo menos una semana. La invitación de su hijo a Emma había conseguido estropear su día perfecto madre e hijo. Ahora era un día madre, hijo y señorita incordio. Pero la culpa no era de su hijo, para nada, toda la culpa la tenía esa rubia entrometida. Aún sabiendo que no quería que fuera, había hecho que se viera en la obligación de aceptar su presencia, sabiendo que no podía negarle nada a su hijo. Lo peor es que sabía perfectamente que la rubia estaba disfrutando de su disgusto como una niña el día de reyes.

Y no iba nada desencaminada Regina, Emma iba disfrutando de lo lindo en el asiento de atrás del asiento del coche de la reina. Le encantaba hacer enfadar a Regina, era como un vicio. Quizás fue eso lo que esa misma mañana le llevó a convencer a Henry de que le suplicara a su madre que le dejara ir con ellos. O quizás fuera el pronóstico de otro sábado monótono en ese pueblo en el que desde hacía un tiempo nunca pasaba nada. Ella que estaba acostumbrada a la acción, de repente se veía atrapada en un lugar donde todo era felicidad y armonía. Cosa que su madre – aunque no creía que se acostumbrara jamás a llamar así a Mary Margaret – parecía encantarle, pero que a ella… no, definitivamente esa tranquilidad no iba con ella. A veces, incluso le daban ganas de dejar el pueblo y volver a su antigua vida de cazarrecompensas. Sin embargo, pequeñas cosas como la cara de ilusión de su hijo pasando un rato con sus madres o la irritación muy bien disimulada de Regina, le hacían ver que estaba donde debía estar. Le encantaba discutir con Regina, sus disputas verbales eran de lo más estimulantes y eso era algo que ella valoraba mucho.

La llegada al bosque no mejoró la situación entre ellas, además, el que de repente a Henry le diera por ir cogido de las manos de sus dos madres, no ayudaba a que mejorara el ya marchito humor de Regina. Encima, para más inri, el niño, que parecía o fingía estar ajeno a su incomodidad, no dejaba de hablar con ellas e intentar que intercambiaran palabras. Pero para su suerte, el niño se cansó pronto de ir a su ritmo y decidió soltarse y adelantar a las lentas de sus madres queriendo llegar al lago cuanto antes. Sin embargo, eso no fue una excusa para que Emma callara, de hecho, Regina tenía la certeza de que únicamente le hablaba para molestarla, como demostraba las sonrisas estúpidas que intentaba esconder cada vez daba un resoplido al oírla hablar. Siempre que la rubia abría su bocaza para decir algo le daban ganas de arrancarle la lengua y utilizarla de vela. Ese simple pensamiento la hizo sonreír casi con malicia sin apenas ser consciente de ello, llamando la atención de Emma.

-¿Y esa sonrisa majestad? – dijo con voz divertida – Parece que alguien le ha hecho gracia mi historia del tejón que se coló en la comisaría.

-Su historia puede calificarse de muchas formas menos de graciosa. Habría sido graciosa si el tejón le hubiera arrancado esa lengua que tanto le gusta utilizar conmigo – sin mirarla siquiera, adelantó el paso para dejarla atrás.

Emma no pudo evitar soltar una carcajada, Regina parecía no ser consciente del doble sentido de sus palabras anteriores. O quizás sí, de ahí su escapada. ¿Estaría avergonzada la reina? Eso tenía que verlo, no podía dejar que llegara a donde estaba Henry sin explotar esas palabras.

-¿Te has dado cuenta de que acaba de traicionarte la mente? – dijo llegando casi corriendo a su lado.

-¿Perdona? – la miró casi con desdén – Mi mente nunca me traiciona.

-Entonces es verdad… – dijo la rubia poniendo una sonrisa enigmática – Quieres que utilice mi lengua contigo.

Regina se quedó parada, si otra persona le hubiera dicho eso se habría ruborizado… o quizás simplemente se habría reído y seguido el juego. Probablemente lo segundo, hace mucho tiempo que perdió la capacidad de ruborizarse. Pero se lo había dicho Emma Swan, la mujer que puso patas arriba toda su vida y que se había ganado su propia lista de "Formas de torturar a Emma" donde ponía todas las cosas que le haría a la rubia si pudiera.

-Por supuesto – le contestó con una sonrisa falsa – Y mientras lo hicieras me convertiría en mantis religiosa para arrancarte la cabeza mientras disfrutas.

Emma, para disgusto de Regina, sonrió aún más.

-¿Qué te hace pensar que disfrutaría? Es más, ¿qué te hace pensar que tendría relaciones contigo? Disculpa majestad, pero tienes una mente muy sucia, con lo de la lengua yo me refería a hablar, pero parece que tu mente "no traicionera" siempre te lleva a lo mismo – con una sonrisa falsamente inocente, la miró un momento antes de ser ella quién esta vez adelantara el paso dejando a la reina con la mandíbula casi desencajada.