El día en el bosque fue… interesante. Regina estuvo todo el tiempo evitando sin fortuna alguna a Emma, mientras ésta no dejaba de hacer comentarios impertinentes sobre lenguas, que no hacían más que enfurecer a la reina. Sin embargo, Regina no podía negar que, a pesar de la molesta presencia de la rubia, había pasado uno de los mejores días con su hijo. Éste se había mostrado cariñoso y abierto como hacía tiempo que no hacía, tanto, que sus intentos porque hablara y se llevara bien con Emma no la molestaron como antes. Incluso hubo un momento – aunque no lo admitiría ni aunque la estuvieran torturando – que tuvo que hacer un gran esfuerzo por no reírse mientras la rubia contaba una historia absurda de su vida de cazarrecompensas, sobre cómo tuvo que esconderse entre una piara de cerdos para que el tío al que vigilaba en ese momento no la viera, mientras uno de los cerdos no dejaba de intentar comerse su chaqueta. A veces Emma podía llegar a ser graciosa, pero eso no significaba nada, los gatos también lo eran y eso no evitaba que les tuviera alergia. De hecho, empezaba a pensar que lo que sentía por Emma era alergia, una tan grande que su sistema inmunológico reaccionaba ante su presencia irritándole todo el cuerpo. No estornudaba, pero a cambio, bufaba cada vez que escuchaba su – para ella – odiosa voz.

Fue difícil ese día – como todos – despedirse de su hijo, pero por una vez lo hizo con la tranquilidad de que, aparentemente, todo volvía a estar bien entre ellos. Aunque le habría encantado que se quedara a dormir con ella y recordar esas noches de historias antes de dormir, no se atrevió a pedírselo por miedo a una negativa. También le habría encantado quedar con él para verse aunque fuera para almorzar después del colegio, pero la presencia de Emma la cortó, seguramente si se lo hubiera pedido la otra se habría autoinvitado y no quería volver a caer en eso con ella.

Sacudió la cabeza queriendo desprenderse de los recuerdos de ese día, sí, fue un día estupendo, pero recordarlo una y otra vez no era sano. Tenía que hacer algo más con su vida si no quería volverse loca, no podía vivir de recuerdos mientras esperaba volver a tener a su hijo con ella otro día para tener más recuerdos de los que alimentarse. Para nada. Ella era la reina, hubo un tiempo en el que nada la achantaba, en el que todos temían mirarla a los ojos por miedo a que se los sacara, donde cada criatura estaba a su merced… no podía dejarse amedrentar por un puñado de seres de menor categoría. Si no la querían en el pueblo, que se fueran, pero a ella nadie iba echarla de su propia creación. Esa nueva determinación le trajo nuevas energías de vuelta y una sonrisa se formó en su rostro. Cogió el teléfono para llamar a su hijo, pero la hora que marcaba el reloj del aparato la frenó, mejor lo hacía mañana. En lugar de eso, cogió el mando y encendió la televisión. Nunca había sido fan de ese aparato, de hecho, si tenía uno en casa era por Henry, pero sabía que si se iba a la cama se llevaría horas dando vueltas horas antes de dormir. Fue pasando los canales rápidamente hasta que una película animada le llamó la atención. Blancanieves y los siete enanitos, no pudo evitar reírse de la burda representación que hacían de ella misma.

-¿Querer matar a Blancanieves por su belleza? – dijo en voz alta con un tono jocoso y medio indignado – Por favor, eso no se lo cree nadie. Yo soy mucho más guapa que ella.

Mientras seguía viendo divertida esa "representación" animada de una parte de su vida, la vibración de su teléfono móvil en la mesa de café que había frente al sofá, le llamó la atención. Lo cogió con curiosidad viendo como una pestaña indicaba que tenía un mensaje de un número desconocido. Lo abrió, y nada más leer lo que había en él, una sonrisa se le formó en los labios.

"Buenas noches mamá. Me lo he pasado muy bien contigo, espero que nos veamos pronto. Un beso, Henry J"

Rápidamente se puso a teclear para contestarle, seguramente debería estar ya a punto de acostarse y quería que leyera el mensaje antes de quedarse dormido. Lo releyó un momento antes y pulsó el botón de "enviar".

"Yo también cariño. ¿Desayunamos juntos mañana? Un beso"

Esperó nerviosa con el teléfono en la mano sin dejar de mirarlo, como si así un poder mágico que no poseía hiciera que contestara antes. Sin embargo, la contestación no se hizo esperar, e incluso antes de que el móvil vibrara, Regina ya había abierto la contestación.

"Vale. Nos vemos a las 10 en Granny's J"

Su sonrisa aumentó de tamaño ante el último mensaje, lo leyó un par de veces más antes de contestar finalmente:

"Allí estaré. Buenas noches cariño"

Rápidamente apagó el televisor y se dirigió a su habitación, no quería por nada del mundo quedarse dormida y perderse la cita con su hijo. Aunque sabía perfectamente que la emoción haría que apenas durmiera.

Al día siguiente se despertó sobresaltada, al final sí que había dormido y lo peor, se había quedado dormida. Ella que lo controlaba todo, había olvidado poner una alarma creyendo controlar hasta su sueño. Ahora tenía solo media hora para ducharse, arreglarse y salir corriendo hacia el restaurante, esperando que su hijo no hubiera llegado todavía. Siempre había odiado la impuntualidad y no dejaría que ésta se colara en su cuerpo.

Finalmente, y todo mérito suyo, llegó cinco minutos antes de la hora. Entró al restaurante con la cabeza alta, y nada más poner un pie dentro de él, todos los que allí había dirigieron sus ojos hacia ella. En sus miradas se podía ver que la presencia de Regina en ese lugar no era grata, pero nadie se atrevió a acercarse ni decir nada. Regina, en cambio, elevó más la cabeza en señal de superioridad y les dirigió una sonrisa con desdén antes de dirigirse a una de las mesas, sentándose de espaldas a la puerta.

-¿Le sirvo algo? – le preguntó Ruby llegando hasta su mesa con el cuaderno de pedidos en la mano.

-Aún no, gracias. Estoy esperando a alguien – le respondió con educación.

-Muy bien, como quiera – Ruby se alejó poniendo una cara de disgusto por la presencia de la reina en su establecimiento.

Mientras Regina leía el menú de desayunos, sonó el sonido la campana de la puerta indicando que alguien entraba o salía. Ella miró su reloj, eran las diez en punto, así que seguramente aun no sería Henry. Siempre que quedaba con él llegaba tarde por culpa a la gente con la que vivía. Así que haciendo caso omiso al sonido de la puerta, sin molestarse siquiera a mirar, siguió enfrascada en el menú, analizando qué sería mejor pedir y haciendo apuestas de cosas que seguro que le encantarían a su hijo. Tan absorta estaba en su tarea, que no fue consciente de cómo alguien se paraba a su lado con una sonrisa y se sentaba frente a ella.

-¿Sabes ya lo que vas a pedir? – la indudable e inesperada voz de Emma hizo que Regina diera un pequeño respingo y se llevara la mano derecha al pecho.

Emma dio una carcajada mientras que la reina la miraba con extrañeza, dirigiendo la mirada por el restaurante esperando encontrar a su hijo escondido en alguna esquina.

-¿Se puede saber que haces aquí? – soltó con un tono brusco ausente de amabilidad.

-Desayunar – respondió Emma como si fuera evidente.

-Me refiero a qué haces en mi mesa, sentada frente a mí y con esa sonrisa de estúpida – repitió Regina lentamente y con la misma dureza, como si no hubiera quedado claro la primera vez.

Emma se habría reído, pero la mirada de hierro de Regina dejaba bastante claro que de hacer eso seguramente algún objeto punzante habría volado mágicamente hacia su cara. Así que borró su sonrisa y fingiendo seriedad dijo:

-Desayunar contigo, ayer por la noche a las 22:45 me invitaste – al ver que Regina iba a decir algo la cortó – No puedes negarlo, tengo pruebas. Además, mi sonrisa no es estúpida, es encantadora.

Volviendo a sonreír, sacó su teléfono móvil y se lo puso en la cara a Regina justo donde se podía leer el mensaje que ésta envió.

-Sabes perfectamente que ese mensaje era para Henry – dijo Regina aguantándose las ganas de estamparle en la cara cualquier cosa que tuviera cerca, para borrarle esa sonrisa insolente.

-¿En serio? – dijo fingiendo consternación – Que bochorno, ya decía yo que tanto cariño y beso por tu parte no era muy normal… pero como tuvimos nuestro momento lengua pensé que quizás…

-¿Te estás burlando de mí? – la miró con unos ojos que casi echaban chispas – Porque de ser así tienes que saber que la gente que en un pasado se reía de mí nunca tenían un final feliz y usted, señorita Swan, está colmando mi paciencia.

Se quedaron mirando fijamente a los ojos, unos brillaban de furia y otros de algo que aún no quedaba muy claro. Emma sonrió de forma canalla mientras la miraba, la reina estaba enfurecida y eso le encantaba. Algo había en su forma de mirarla, de hablarle, de pronunciar su nombre, e incluso de amenazarla de forma poco sutil, que le daban unas tremendas ganas de saltar encima de ella y… besarla hasta que se olvidara hasta de su nombre. Espera, ¿acababa de pensar eso ella? Emma abrió los ojos de par en par y apartó la mirada de Regina, ese pensamiento completamente nuevo la había pillado desprevenida. ¿De verdad deseaba besar a Regina? El simple pensamiento hizo que se le erizara el vello de todo el cuerpo y que, sin ninguna explicación, se levantara de un salto de la mesa y saliera corriendo del restaurante dejando a una Regina patidifusa ante semejante huida. Nunca una amenaza suya había surtido un efecto tan rápido y eficaz.