Corría sin ningún control, de repente sus piernas parecían haber cobrado vida y la llevaban sin ser consciente de nada más que del aire frío colándose en sus pulmones. No sabía el tiempo que llevaba así, ni por donde había ido, pero cuando un fuerte dolor en el costado fruto de su trabajosa respiración la hizo parar, se encontró frente a la puerta de su edificio. Miró la puerta debatiéndose si entrar o no mientras intentaba estabilizar su respiración, pero la idea de entrar pronto fue desechada. Si Mary Margaret la veía así seguro que preguntaría y ¿qué le iba a decir? Ni siquiera ella sabía que le pasaba. Porque… ¿qué acababa de pasar? ¿De verdad acababa de sentir deseo por Regina? ¿Deseo sexual? ¿Y...? ¡Oh, Dios! ¿De verdad acababa de salir corriendo dejándola tirada en el restaurante sin ninguna explicación? De repente una gran vergüenza empezó a colarse por todos los poros de su cuerpo, había hecho el ridículo de una forma espantosa. Ahora Regina no sólo pensaría todo lo malo que ya piensa de ella, sino que además creerá que es una loca cobarde que sale corriendo sin venir a cuento. Aunque para ella venía a cuento, venía muy a cuento. No todos los días se descubre que te pone tu "enemiga número uno". Que esa es otra, ¿por qué de todas las mujeres del pueblo tuvo que fijarse en ella? Precisamente en la reina malvada a la que todos temen a la par que odian. La misma mujer sin escrúpulos cuyos crímenes no cabrían en un solo tomo de un libro, la que despreciaba tanto a su familia – y a ella misma, aunque le doliera – que si no fuera por Henry ya los habría destruido… vamos, una joyita. ¿Qué pensaría Mary Margaret de esto? Ella ni siquiera sabía que hacía años fue de visita a Lesbos y se quedó a vivir ahí. De hecho, si había algo positivo en ser huérfana era ahorrarse toda la parafernalia de salida del armario con los padres. ¿Tendría que decírselo ahora?

-Sí claro – dijo para sí misma en voz alta – Mary Margaret tengo que decirte algo, soy lesbiana. Pero no te escandalices porque lo gordo viene ahora. ¿Sabes quién me gusta? Tu madrastra, la reina mala malota que tiene una habitación reservada para colgar nuestras cabezas.

Era absurdo, no podía gustarle Regina. Podía llegar a admitir que alguna vez la había mirado de más, pero la culpa era de Regina, ¿por qué tenía que ponerse esos trajes ajustados? Es como si fuera diciendo "estoy buena, mírame", y ella no era de piedra. Y sí, vale, también podía aceptar que alguna que otra vez se le había quedado mirando fijamente los labios mientras le decía algo. Pero de nuevo no era su culpa, la culpa la tenía esa maldita cicatriz, ¿por qué tenía que ser tan sexy? Esa cicatriz iba pidiendo guerra y punto. Pero a ella no le gustaba Regina. No. Para nada. El hecho de que le gustara picarla y hacerla enfadar hasta límites insospechados no estaba relacionado. Eso no tenía nada que ver con el gustar. Simplemente le encantaba como entrecerraba los ojos, cómo elevaba ligeramente el labio superior cuando se enfadaba, cómo sonreía con desdén mientras le lanzaba alguna pulla, como le brillaban los ojos de ira ante su simple presencia… ¡mierda! No lo solo le gustaba Regina, sino que acababa de descubrir que además era masoquista.

¿Pero cómo había podido pasar eso? ¿Cuándo había pasado de tensión por enemistad a tensión sexual? ¿Y por qué precisamente con ella? No podía dejar de darle vueltas a todos los porqués que le rondaban la cabeza después de esa gran revelación, era como si quisiera descubrir el minuto, el segundo exacto en el que su cuerpo empezó a reaccionar de forma diferente ante la presencia de Regina. Sin embargo, era incapaz de sacar nada en claro, la única certeza que tenía era que le gustaba, simplemente le gustaba. Ni siquiera sabía qué debía hacer, estaba claro que no era recíproco, pero ahora que era consciente de ese nuevo sentimiento no sabía cómo reaccionar ante ella. "Sería tan fácil como dejar de buscarla constantemente" – le dijo una odiosa voz desde el interior de su cabeza. Sí claro – se autocontestó – como si eso fuera tan fácil.

De repente, una inesperada mano en su hombro la sacó de su mundo haciendo que se sobresaltara del susto. Siguió el recorrido de la mano hasta su dueña y suspiró, ahí estaba Mary Margaret mirándola con la cara más parecida a un signo de interrogación que había visto en su vida.

-Emma, ¿qué haces aquí? – le preguntó.

-Lo mismo podría preguntar yo – al ver como se fruncía el ceño en la cara de la otra, añadió – Estaba tomando el aire, el piso es muy pequeño para cuatro personas. Simplemente necesitaba algo de aire.

-Vaya, ¿no habías quedado para desayunar? – siguió con las preguntas para desesperación de Emma.

-Sí pero… eh… me he… hemos terminado pronto – dijo que forma tan poco convincente que no habría resultado creíble ni para un niño.

-Ya… ¿qué ha pasado Emma? ¿Has tenido algún problema con alguien? ¿Se han metido contigo? Puedes contármelo – Mary Margaret la miraba seria y Emma no pudo evitar poner los ojos en blanco.

- ¿Para qué? ¿Para que se lo cuentes a mi profe? No tengo cinco años, sé resolver mis propios problemas.

- O sea que tienes un problema… – sonrió triunfante.

- ¡Yo no he dicho eso! De verdad que no pasa nada, si fuera así te lo contaría… lo prometo – la miró con sinceridad y Mary Margaret no pudo más que asentir.

-Está bien, ¿quieres subir a casa? – le preguntó con una sonrisa.

-Más tarde – le devolvió una media sonrisa.

Mary Margaret asintió en silencio y Emma se quedó mirando como entraba en el edificio y desaparecía de su vista. Suspiró, no creía que fuera capaz de decirle lo que le pasaba, estaba segura que no lo entendería. Ni siquiera ella lo entendía.

De repente, volvió a pensar en Regina y en cómo la había dejado tirada en el restaurante. ¿Seguiría allí? ¿Se habría enfadado por su huída? La duda hizo que se mordiera el labio pensativa, quizás si siguiera allí aun podría desayunar con ella. El simple pensamiento la hizo sonreír y empezó a correr de vuelta al restaurante. Ciertamente estaba tan obnubilada por su reciente descubrimiento sobre Regina, que no se había parado a pensar que quizás, aunque la reina siguiera allí, lo último que querría sería hablar con ella.

De hecho así era, Regina, al momento de la huida de Emma se sintió satisfecha con ella misma. Sin embargo, al rato, decidió que era de muy mala educación que la hubiera dejado ahí tirada sin ninguna explicación. Encima, todo el mundo se la quedó mirando después de esa huida como si ella hubiera sido la culpable. Típico de Emma, primera la embaucaba para desayunar con ella y al rato la dejaba tirada. Eso la hizo enfadar aún más, ¿qué quería? ¿Reírse de ella? Porque si eso era así iba por muy mal camino, de ella no se reía nadie.

Mientras alimentaba mentalmente su propia furia, alguien se acercó a su mesa. Regina levantó la mirada, y al ver a quien había a su lado no pudo evitar sonreír de forma siniestra. Sonrisa que aumentó aún más al escuchar lo que su inesperado visitante le dijo.

-Oye bruja – dijo Leroy de forma brusca para placer de Regina – No sé lo que le habrás dicho o hecho a Emma, pero como vuelvas acercarte a ella te la verás conmigo. A mí no me das miedo.

-Vaya, vaya, vaya. Aquí hay alguien que echa de menos su vida de enano – dijo aumentando la sonrisa – Yo puedo ayudarte con eso, creo que quedarías ideal en mi jardín haciendo compañía a los otros enanos de cerámica. Vuelve a hablarme así y te pasarás la vida convertido en un elemento decorativo para jardines horteras.

Leroy gruñó, iba a añadir algo más pero al ver como Regina borraba la sonrisa y hacía un gesto con su mano, se acobardó y se alejó de su mesa. Ella se quedó mirando complacida como se iba alejando. "Imbécil" – pensó. Si supiera algo de ella sabría que sería incapaz de hacer eso, por mucho que se muriera de ganas, no después de la promesa que le había hecho a su hijo. Pero a nadie le preocupaba, de hecho, estaba segura de que no la creían capaz de cumplir su promesa. Aunque a ella poco le importaba. Si la creían capaz de hacer las mismas cosas que antaño, mejor, así se asustarían y la dejarían en paz. ¿Sería eso lo que le había pasado a Emma? Ese pensamiento fugaz le hizo fruncir el ceño. Que el resto de paletos de ese pueblo la creyeran capaz de todo era una cosa, pero Emma había visto y vivido cómo había luchado por cambiar para recuperar a su hijo. No es que le importara lo que pensara de ella, pero era un poco hiriente que no reconociera su cambio aun habiéndolo visto. Además, si creía eso, ¿por qué la buscaba? El simple pensamiento la hizo enfadar, que creyera lo que fuera, a ella le daba igual. Con el enfado en el cuerpo se levantó de su asiento y salió del restaurante como alma que lleva el diablo, ya no tenía ánimos para estar ahí bajo la mirada escrutadora de esa gente.

Una vez en su casa, se tiró una hora dando vueltas de un lado a otro, ese enfado de tan buena mañana le había amargado todo el día. Además, el hecho de no tener nada que hacer la tenía como a un león enjaulado, no quería salir fuera, pero tampoco quería estar en su casa. Era como si ahora no perteneciera a ningún lugar, todo sitio por el que pasara era como una prisión. Fue en el momento en el que decidió coger el mismo libro que había dejado abandonado quince veces esa misma mañana, que sonó el timbre de su puerta sorprendiéndola. Suspiró, como fuera quien creía se iba a llevar una buena.

Efectivamente, al abrir la puerta se encontró frente a frente con la culpable de su mal día. Emma, con las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero, la miraba a los ojos con lo que parecía una pizca de vergüenza, cosa que no ablandó a Regina.

-¿Qué haces aquí? Te hacía preparándote para las olimpiadas, Usain Bolt a tu lado no tiene nada que hacer – dijo seria con las manos en los bolsillos. Como era su costumbre no hizo ni siquiera el amago de invitarla a pasar.

-Quería pedirte perdón, no tenía que haberme ido de esa forma – dijo hablando de forma más tímida a lo que era habitual en ella, cosa que hizo que se reprendiera mentalmente. Si seguía así Regina se daría cuenta que le pasaba algo.

-¿Pedirme perdón? – soltó una carcajada falsa – Tendría que agradecértelo, me libraste de tu desagradable presencia.

-Bueno… según me ha contado un pajarito no parecías muy contenta cuando me fui – sonrió con suficiencia.

-Evidentemente tu pajarito es tan inútil como tú, deberías decirle que se gradúe la vista. Lo único que parecía cuando te fuiste fue aliviada de no tener que aguantarte más, pero parece que eso no es tan fácil – dijo con hastío.

-Pues ese mismo pajarito también me ha dicho que hoy has ido amenazando con convertir en enanos de jardín a la gente – sonrió aún más al ver como Regina ponía los ojos en blanco.

-Ese pajarito es un chivato, además de un mentiroso – dijo en tono calmado.

-¿Vas a negarme que no has amenazado con eso? – elevó una ceja.

-¡Oh, no! Sí que lo hice, pero a una persona, no a todo el mundo. ¿Qué vas a hacer? ¿Piensa detenerme sheriff? – preguntó con un deje de desafío en su voz.

-Pues… la verdad es que sí – sonrió con malicia.

Rápidamente y ante la mirada estupefacta de Regina sacó unas esposas, colocó un extremo en la muñeca de la reina y el otro en la suya propia. Regina se quedó mirando su muñeca y la de Emma como si no creyera lo que acababa de pasar. Emma sonrió y le dijo:

-Parece que hoy pasaremos el día juntas, majestad.