¡Y otra vez yo juntando capítulos! (?) El 9 y el 8 eran demasiado cortos e.e ¡Espero que les guste! Creo que no hay mucho que explicar acá tampoco. Perdón por la tardanza~
Los ingleses continuaban buscando las armas, las milicias habían tenido tiempo para reagruparse, pero Trece Colonias no comprendía el fin. O tal vez ni siquiera se preocupaba en pensarlo. Su mentaba estaba demasiado ausente, recordando claramente las palabras que Inglaterra había gritado en su cara. "El castigo que te daré cuando gane esta maldita guerra te juro que jamás vas a olvidarlo" A medida que los minutos pasaban la voz era más fuerte en su cabeza, la presión de la situación era también fuerte. Todo eso era una locura, jamás lograría ganarle a Inglaterra, eso lo sabía, pero al parecer su gente no. Al parecer ellos no eran conscientes de que, en caso de perder, todos acabarían muertos. En el mejor de los casos (o peor, realmente no lo sabía) terminarían encarcelados. ¿Para qué seguir peleando habiendo una posibilidad tan terrible como la derrota de por medio?
–¿Está todo bien, Estados Unidos? -preguntó una voz, pero la colonia no se dio por aludido. El adulto chasqueó la lengua y volvió a llamarlo, esta vez por su nombre colonial-. Trece Colonias.
Y sólo así el ojiazul le dirigió la mirada. George Washington, el hombre que lo había llamado, tomó asiento en el suelo junto a él.
–¿Todo bien? ¿Hay algo que te moleste, o algo de lo que quieras hablar? Si es con respecto a la batalla de Lexington dejame decirte que...
–No quiero seguir con esto -lo interrumpió, hablando con un hilo de voz. Estaba a punto de quebrarse-. Yo no... No quiero... Los ingleses son más rápidos, son más fuertes, tienen mayor experiencia... ¡Ni siquiera otras potencias europeas pueden con ellos y nosotros no sabemos usar una maldita arma!... ¡¿Qué sentido tiene pelear?! ¡¿Para qué lo hacemos?! ¡Vamos a perder, van a matarnos, a torturarnos, a-!
–No te adelantes a los hechos -dijo George con busquedad-. Deja de dudar tanto, y no te comportes como un niño asustado, porque sí, es verdad, nosotros podemos morir. Es más, 8 de nosotros ya han muerto, ¿y tú ves a alguno de estos hombres retractándose del hecho de luchar por ti? Tú no morirás hasta que el último colono muera, y ellos -señaló con su mano a los milicianos reunidos en ese campo- saben que posiblemente jamás vuelvan a ver a sus familias. Pero aún así luchan, luchan por la libertad. ¿Qué no era ese el lema? "Dame libertad o dame la muerte", se aplica perfectamente aquí. ¿Podemos retirarnos? Sí, podemos hacerlo. Quedar como unos cobardes, perder nuestro honor, hacer que esas muertes no hayan valido de nada... Yo no tengo ningún problema de morir en nombre de mi patria, ¡es más! Orgulloso estaría de ello. Si tuviese que interponerme entre una bala inglesa y tú, no lo dudaría ni un instante, aún sabiendo que esa bala no te produciría más que un rasguño -el hombre se puso de pie, parándose frente a la colonia y obligándolo a ponerse de pie. Puso una mano en su hombro, mirándolo fijamente-. No debes dudar, los que deberían temblar como niñas aquí somos nosotros, nuestras vidas son frágiles, no la tuya. Tú eres fuerte, eres grande y lo serás aún más. Nosotros estamos seguros de esto porque estamos seguros de lo que queremos y estamos seguros de que vale la pena luchar por ello -sonrió confiado de sus palabras, y con su dedo índice pinchó el pecho del rubio-. Además, Estados Unidos -remarcó aquel nombre- La libertad, cuando empieza a echar raíces, es una planta de rápido crecimiento -dio una suave palmada en su mejilla y una sonrisa extremadamente débil surcó los labios del muchacho de apariencia joven-. No dejes atrás a tu gente cuando ellos están dispuestos a dar su vida por ti. Eso no es lo que hace un hombre honorable.
Trece Colonias estuvo a punto de responder. No sabía que decir, pero sentía que debía decir algo, aunque sea un 'lo siento'. Sin embargo, Washington lo interrumpió antes de que pudiese articular palabra alguna.
–¡Pero ahora debemos irnos! Los ingleses seguramente están emprendiendo la vuelta, deberíamos darles una pequeña sorpresa, ¿no crees?
El chico sonrió y asintió. Secó sus lágrimas y suspiró. Se rindiese o no lo hiciese, Inglaterra ya estaba molesto, así que, ¿para qué darse por vencido?
El plan de los más de mil hombres reunidos era defender a sus pueblos de los británicos. Las tropas británicas emprendían su marcha de 30 kilómetros para regresar a Boston. Los rebeldes comenzaron su venganza. La Colonia recordaba cada uno de los golpes de Inglaterra, y esta vez no con miedo, sino con coraje. Recordaba los impuestos, recordaba la libertad que sintió el día del motín del té... Esta vez estaba emocionado. Emocionado por el ataque, emocionado por la forma en la que los hombres cooperaban entre sí, emocionado por la poca idea que parecían tener los británicos con respecto al ataque...
Las muertes en Lexington unieron a todos los hombres en contra de los británicos. El sentimiento de pertenencia y fraternidad en cuanto a la tierra en la que a muchos les había tocado nacer era más grande que cualquier orden de fidelidad a la Corona.
–...¡Las milicias! -gritó uno de los británicos una vez que los americanos hubiesen estado lo suficientemente cerca como para ser vistos.
Inglaterra se volteó rápidamente, sorprendido ante el anuncio. Alcanzó a ver cómo sos hombres tomaban posición mientras los colonos ya habían comenzado a atacar. Vio a sus hombres caer. Vio británicos ser derribados, y eso lo enfureció. Con su arma apuntó hacia nadie en especial y disparó. Sea quien sea a quien le había dado, cayó, y se sintió satisfecho por ello... Pero se sorprendió al ver hacia el horizonte.
No eran 60 hombres, ni 80 o 90. Eran miles. Estaban armados y no retrocedían ante los disparos, estaban molestos. Trece Colonias, que horas atrás había estado llorando bajo su cuerpo, ahora estaba disparando. Aún con imperfecciones, pero lo hacía. Más soldados británicos cayeron, y los casacas rojas comenzaron a retroceder...
Los colonos no se quedaron atrás, persiguieron a sus enemigos durante todo el recorrido, dispararon, recibieron disparos pero no importó. No dieron marcha atrás. Querían que los británicos paguen, y no iban a renunciar a ello.
Un tercio de la infantería anglosajona murió o fue herida. Fue allí, en ese momento, en que una pequeña luz de esperanza nació en el corazón de Trece Colonias.
Hacía 7 generaciones, ingleses habían partido de sus tierras en busca de libertad y prosperidad, y ahora, sus descendientes luchaban también por estos derechos.
