Hoy me merezco un premio por ponerme a escribir un domingo de madrugada después de haberme tirado el día fuera, así que si alguien me manda a Lana Parrilla por correo urgente sería bien recibida. Otro capítulo más, gracias por comentar, seguir, leer y todo :)
-Y ahora es cuando me dices que esta es la broma con menos gracia del mundo – soltó Regina con voz grave y llena de ira.
-No, ahora es cuando entramos en tu casa y pensamos un plan para no aburrirnos – sonriendo ampliamente, la rubia se coló en casa de Regina arrastrando a ésta con ella.
Cuando Emma intentó entrar en el salón para sentarse en el sofá, se topó con el impedimento de la inmovilidad de Regina. Se giró para mirarla y lo que encontró en los ojos de la reina la hizo tragar saliva, una parte por miedo a la reacción que podría venir con ese brillo de furia y otra por excitación. Le ponía Regina enfadada, mucho, demasiado, y el simple pensamiento la hizo negar con la cabeza pensando, "masoquista". De repente pensó que quizás ese impulso de esposarse a ella, que en su mente era incluso romántico, no había sido la mejor idea que había tenido. Ni mucho menos era la mejor forma de ligársela… aunque, ¿realmente quería ligársela? No es que la idea no la atrajera, pero no parecía algo que fuera a dar demasiados frutos. Maldijo internamente a al lío que era su cabeza, al lío que era ella misma y al lío que era todo, estaba claro que pensar no traía nada bueno, solo dudas e inseguridades. Así que decidió dejar de pensar y simplemente actuar.
-Creo que deberías moverte para que yo pueda moverme y así juntas entrar y sentarnos en ese carísimo y comodísimo sofá de diseño que tienes – dijo mientras Regina seguía mirándola de la misma forma.
-Me está costando trabajo, mucho trabajo no romper ahora mismo la promesa que le hice a mi hijo, así que por tú bien, por el bien de Henry y por mi propio bien, te pido… y eso es ya más de lo que alguna vez he hecho por alguien, que me sueltes. Tú te vas, yo me quedo aquí y todo sigue en paz – dijo con una calma extraña que dejaba ver el esfuerzo real que estaba haciendo por contenerse.
Y tanto que se estaba conteniendo, ahora mismo Regina era como una bomba de relojería. Hacía demasiado tiempo que no aceptaba órdenes, que no se dejaba someter, que no se dejaba acorralar… ella era la que daba órdenes, la que sometía, la que acorralaba, la que dejaba indefensos a los demás, la que siempre tenía el poder. Y sin embargo, ahora llegaba esa niñata rubia y no solo se rebelaba contra ella, sino que encima tenía el valor de esposarla y avasallarla. ¿Quién se creía que era? Desde luego, pensaba, estaba claro que no se parecía en nada a los simplones de sus padres. Ella no estaba acostumbrada a eso, ella no soportaba eso, sentía tanta rabia en su interior que temía que incluso la magia saliera de ella de forma involuntaria, y si eso ocurría, estaba claro que la que saldría perdiendo sería Emma y Henry jamás se lo perdonaría. Se obligó a pensar en su hijo para tranquilizarse, cerró los ojos y empezó a respirar hondo con la imagen de Henry en la cabeza. Él era lo único que importaba y no pensaba perderlo por nada en el mundo. Y si esa era la forma que tenía Emma de hacer que faltara a su promesa de cambiar y no volver a usar magia, la llevaba clara, nada la haría flaquear. Ni aunque tuviera que pasar un año entero atada a esa rubia insoportable. No importaba lo que pensara el pueblo, no importaba los intentos que hiciera Emma de provocarla para que fallara, nada haría que rompiera su promesa. Fue por ello, que cuando abrió los ojos y vio a la rubia mirándola con extrañeza, pero sin ninguna intención de soltarla, que decidió que no podría con ella. La miró con desprecio y poniendo su sonrisa más falsa le dijo:
-Ya que parece que nada te hará cambiar de opinión, ¿qué te gustaría hacer? – Emma sonrió al escucharla, sabía que eso era una aceptación pasivo-agresiva de su detención ilegal no autorizada, pero no le importaba, iba a pasar el día con ella. Lo mismo hasta hacía cambiar de opinión con respecto a ella.
Tras un largo debate, o más bien monólogo de Emma, puesto que Regina permanecía en completo silencio mirándola seria, se decidió que verían una película. La reina insistió que por comodidad de ambas sería mejor que se soltaran las esposas, sin embargo Emma se negó, no porque creyera que fuera a escapar, sino porque así estaba más cerca de ella. Fue por eso, que mientras Emma permanecía agachada mirando las películas que había en el mueble bajo el televisor, Regina tenía que quedarse a su lado, sintiendo tirones en el brazo cada vez que la rubia cogía alguna carátula para leerla. Eso no hacía más que hacer resoplar a la reina, estaba claro que ese día sería mucho más largo de lo que había pensado y no se lo merecía, ella había cometido muchos crímenes, pero pasar cinco minutos con la rubia los saldaba todos.
Emma, por su parte, sabía que estaba fastidiando a la reina con su tardanza y con los tirones que le daba a su brazo, cosa que la hizo ralentizar sus movimientos, cogiendo incluso varias veces la misma carátula solo para hacer rabiar a Regina. De hecho, ni siquiera estaba leyendo las sinopsis, la mayoría de las películas que ahí habían eran para niños y ya las conocía, así que cada movimiento que hacía estaba cuidadosamente estudiado, con el único fin de hacer enfadar a Regina para alimentar sus morbosas fantasías sexuales. Sin embargo, un pack de DVDs al fondo del mueble, escondido entre tanta película infantil le llamó la atención. Lo sacó con cuidado y cuando lo tuvo en sus manos, no pudo evitar abrir los ojos sorprendida.
-¿Desde cuándo ves Friends? – casi gritó mirándola con una sonrisa incrédula.
Regina, al ver descubierto su "pequeño secreto", sintió como una ola de vergüenza se colaba en su cuerpo. No es que le diera vergüenza ver Friends, de hecho para ella era la mejor serie del mundo, sino que sabía que no iba para nada con su imagen de "reina malvada" y eso la hacía sentir incluso vulnerable. Por supuesto, no dejó que nada de eso se mostrara y lo disfrazó de absoluta indiferencia.
-No sé a qué viene tanta sorpresa, ¿qué pasa? ¿Una diosa del mal no tiene derecho a divertirse? – a Emma le hizo gracia que Regina se refiera a sí misma como diosa del mal y no pudo evitar reírse.
-Para nada, simplemente me ha parecido curioso, no te hacía con ese sentido del humor – dijo aún con la sonrisa en los labios, sonrisa que aumentó al ver como Regina elevaba una ceja – De hecho creo que es la segunda cosa que tenemos en común después de Henry.
-Es la segunda y única cosa que tenemos en común, no te emociones sheriff – atajó Regina.
El que a Emma también le gustara esa serie tanto como a ella le habría hecho sentir por ella algo de simpatía si no fuera quien era. Esa serie era demasiado grande para tener una fan tan insoportable y mediocre. Además, no le gustaba tener cosas en común con ella, eso no hacía más que acercarla inevitablemente a Emma y eso era lo último que quería.
Por supuesto, la elección final fue ver capítulos sueltos de la serie. Emma iba diciendo las escenas de capítulos que más gracias le hacían y los ponía, y aunque Regina al principio se mostrara reticente, finalmente, y sin hacer imitaciones de las escenas como Emma, fue diciendo los capítulos que más le gustaban indicando únicamente el nombre.
Si Emma pensaba que le gustaba Regina enfadada, estaba claro que era porque no la había visto reírse. Jamás en su vida pensó ver a la reina en esa situación, sentada en un sofá a su lado y riendo a carcajadas por las esperpénticas situaciones de la sitcom. De hecho, en el primer momento que escuchó su carcajada ya no pudo evitar permanecer todo el tiempo con la mirada clavada en ella, no podía mirar a la televisión, el rostro de la reina era mucho más atrayente y atractivo que la que consideraba su serie favorita de todos los tiempos. De repente deseó ser ella quien produjera esas carcajadas, quién provocara esa mirada tranquila y divertida, deseó no estar ahí como una obligación impuesta sino como algo deseado entre las dos, deseó que esas esposas no las mantuvieran unidas sino que fuera algo más poderoso como sus sentimientos los que lo hicieran, deseó poder recostarse sobre su pecho y que Regina la recibiera con un beso y le acariciara el pelo. La intensidad de esos deseos la sobrecogió, una cosa era que le gustara Regina, y otra muy distinta todo eso. El simple pensamiento la asustó, no estaba preparada para eso y le entraron unas ganas enormes de volver a salir corriendo como esa misma mañana en el restaurante. Sin embargo, el sonido de una nueva carcajada de Regina la devolvió a la realidad, una realidad en la que determinó que podía más el deseo de verla reír que el miedo a lo que sentía.
Regina lo intentó evitó, de verdad que lo hizo, pero las ganas de reír eran superior a ella y no lo pudo soportar. Decidió olvidar que era Emma a quién tenía al lado, que era su brazo el que sentía pegado al suyo y su respiración la que escuchaba a su lado. Decidió olvidarse de todo y dejarse llevar por su serie favorita, la misma que siempre la hacía sentir mejor. Tenía que admitir muy a su pesar, que si hubiera sido otra persona la que estuviera ahí, jamás habría accedido a que toqueteara entre sus cosas ni mucho menos la habría dejado que la viera en esa situación tan poco intimidatoria. Aunque no la soportara, aunque le resultara peor que un dolor de ovarios, aunque la hiciera enfadar cualquier gesto de su cara, Emma le transmitía algo parecido a la confianza y sabía que no se aprovecharía de esos momentos entre ellas. Y eso le molestaba muchísimo, porque era la hija de su peor enemiga, porque era en sí misma alguien que había hecho lo posible por destruirla y que se había llevado lo más preciado que tenía. Era cierto que Henry se fue con ella por propia voluntad y por culpa suya, igual que era cierto que Emma nunca le había puesto impedimentos para que le viera, pero no podía evitar pensar dentro de ella que si Emma no hubiera aparecido nada de eso habría pasado. Su vida seguiría igual que los últimos veintiocho años y todo sería mucho más fácil. Realmente sus sentimientos respecto a Emma eran bastante confusos y contradictorios, por un lado la odiaba pero por otro parecía que confiaba de alguna forma en ella. No lo sabía bien, nunca quería ahondar en ellos porque era mucho más fácil y cómodo quedarse en el odio que profundizar en las diferentes sensaciones que la rubia le transmitía.
Cuando llevaban un rato viendo la serie Regina fue consciente de que Emma no solo no se reía ni hacía sus comentarios habituales de cualquier estupidez, sino que ni siquiera parecía prestar atención a la televisión. De hecho, aunque no quería mirar, podría jurar que llevaba bastante rato mirándola fijamente. Ella intentó ignorarlo, centrarse en la televisión, hacer como si no pasara nada, pero era verdaderamente incómodo sentir la mirada de la rubia a tan poca distancia. En un momento dado, se atrevió a mirar de reojo, y efectivamente, Emma la miraba fijamente con media sonrisa y un deje de fascinación. ¿Qué le pasaba a esa mujer? El tener la certeza de su mirada clavada en ella hizo que de repente se sintiera desnuda, violada, como si se estuviera colando dentro de ella y examinando cada uno de sus pensamientos. No le gustaba sentirse vulnerable, la incomodaba hasta tal punto que nuevamente empezó a irritarse. Hiciera lo que hiciera, Emma siempre terminaba irritándola.
-¿Se puede saber qué haces? – soltó sin poder aguantarse más. Emma dio un respingo y empezó a ruborizarse al sentirse descubierta. Se había quedado paralizada mirándola y no había sido consciente de ello, en su cabeza, su acoso con la mirada había sido mucho más discreto de lo que parecía haber sido en realidad.
-Me gustas – dijo sin pensar, arrepintiéndose al segundo. Regina tenía razón, era una bocazas.
