-¿Cómo? – preguntó Regina con los ojos como platos y una mirada de completa incredulidad.

-Que… me gustas… más cuando te ríes… eso – respondió la rubia con titubeos sin ser capaz de mirarla a la cara – Que… estás mejor así… riéndote. ¿Qué iba a ser si no? – se rió de forma nerviosa.

-Ya, claro – asintió con el ceño fruncido mientras Emma miraba ahora fijamente la televisión casi sin pestañear.

Y así fue como el ambiente pasó de estar todo lo normal que podía estar entre ellas, a estar tan incómodo y silencioso que hasta dolía. Ahora ambas miraban fijamente el televisor sin ver realmente lo que ahí había, las dos metidas en su mundo, pensando en el momento anterior sin moverse, sin hacer ningún sonido y se diría que casi sin respirar.

Emma se maldecía a sí misma por su incontinencia verbal del principio y por su absurdo intento de arreglarlo después. Sabía que no había sonado convincente, sabía que había actuado como un adolescente que pide una cita a alguien por primera vez, había sido simplemente patético. ¿Por qué había tenido que decirle que le gustaba? ¡Ah, no! Que le había dicho que le gustaba más cuando reía, claro, así se soluciona todo. ¿Cómo podía haber sido tan sumamente idiota? El día anterior ella vivía una vida feliz y maravillosa picando a Regina, ignorando que ese pique era motivado por su libido. Y ahora, ahí estaba, esposada literalmente a ella sin atreverse ni a moverse por miedo de que Regina la mirara y su maldita lengua la traicionara. ¿Qué sería lo próximo? ¿Qué le diera un beso y lo solucionara con un "perdona, es que me he tropezado y mi lengua ha caído casualmente en tu boca"?

La simple idea de besarla hizo que se le erizara el vello y sus mejillas empezaran a teñirse de un rojo poco habitual en ella. No pudo evitar mirar de reojo a Regina, que permanecía quieta como una estatua y con la vista al frente. Sus ojos recorrieron sus facciones lentamente, recreándose en ellas, hasta terminar inevitablemente fijos en esos labios surcados por esa cicatriz tan endemoniadamente sexy. Y ese fue su fin, a partir de ahí volvió a quedarse hipnotizada por ella, era como si le hubieran lanzado un hechizo de "amor adolescente". Sus ojos no podían despegarse de ella, ni siquiera hizo caso al dolor provocado por mantener tanto tiempo la mirada de reojo, simplemente no podía dejar de mirarla. Era como si su cerebro estuviera formado en su mayoría por neuronas que solo respondían a la presencia Regina haciendo que el resto del cerebro entrara en un estado de hibernación.

Regina fue consciente de la mirada de la rubia puesta nuevamente en ella desde el momento en que los ojos verdes de Emma se movieron. No entendía qué estaba pasando, o mejor dicho, qué demonios le estaba pasando a Emma. Era como si estuviera idiotizada… ¿por ella? ¿A qué había venido ese "me gustas"? ¿De qué hablaba? Ella no podía gustarle, ella odiaba a Emma y Emma tenía que odiarla a ella. En esa relación… no, relación no, en esa pare… entre ellas no había lugar para el gustar. Además, ella no le gustaba a nadie, nunca le gustaba a nadie ¿por qué iba a ser ahora diferente? Siempre que alguien se había acercado a ella era con un objetivo, nunca por ella misma, ¿qué estaría tramando Emma? ¿Qué podría querer de ella? ¿Sería un plan de Blancanieves? ¿Algo para echarla definitivamente del pueblo? ¿Pero cómo? Ese "me gustas" no es que pareciera parte de ningún plan, de hecho, había parecido bastante sincero y luego había intentado taparlo absurdamente con la tontería esa de la risa. ¿De verdad le gustaba a Emma? ¿Pero por qué? Si no habían hecho más que putearse, intentar matarse… bueno, lo de matar había que admitir que venía más de parte de ella. Pero se habían odiado desde el primer momento en que Emma pisó Storybrooke, de hecho todavía lo hacían. La rubia era la única persona que era capaz de irritarla y sacarla de quicio tanto como Blancanieves, aunque tenía que admitir que el odio que le provocaban ambas era bastante diferente. Pero eso no significaba nada, se odiaban y punto… ¿verdad? Sí, definitivamente ese "me gustas" tenía que haber sido un error, una broma de mal gusto o alguna forma de distraerla para que bajara la guardia. Pero si era así, ¿por qué no dejaba de mirarla? La estaba poniendo nerviosa, no le gustaba sentirse observada, ni estudiada, no le gustaba no tener el control de todo lo que pasaba, y ciertamente no tenía ni idea de lo que pasaba dentro de la cabeza de la rubia. Sin embargo, esta vez, la mirada fija de Emma en ella no le causó enfado, sino confusión, nerviosismo, malestar, pero no enfado ni odio. Estaba tan sumamente confundida que no tenía cabeza ni para enfadarse.

-¿De verdad te gusto? – preguntó de repente en tono neutro y sin despegar la mirada del televisor. Si había algo que soportaba menos que a la propia Emma, era el desconocimiento. Si no sabía que pasaba, ¿cómo iba a controlarlo?

Emma abrió los ojos sorprendida y apartó la mirada de Regina como si así se borraran todos los minutos que llevaba mirándola de reojo. No esperaba esa pregunta y ahora no sabía que responder. Lo lógico sería decir la verdad, pero no sabía lo que esta le traería. Igual Regina solo esperaba una confirmación para lanzarle un sectumsempra o algo por el estilo. Pero claro, si no decía la verdad… no se le ocurría nada malo, realmente no decir la verdad en ese contexto eran todo ventajas, si se olvidaba del hecho de que fuera una mentira y a Emma no le gustaba la mentira.

-Sí – respondió finalmente armándose de valor.

Volvió a mirar a Regina de reojo para comprobar su reacción, quería estar preparada para reaccionar de alguna forma por si su confesión le hacía ganarse alguna maldición o simplemente una bonita bofetada por osar a tener fantasías sexuamorosas con la reina. Pero nada pasó, realmente no hubo reacción. Regina seguía en la misma posición y con los ojos fijos en la televisión, como si no hubiera escuchado nada. Sin embargo, sí que lo había hecho.

-¿Por qué? – volvió a preguntar de la misma forma, tras un nuevo rato de silencio. Su tono de voz neutro no mostraba toda la curiosidad que verdaderamente sentía tras esa afirmación.

Emma no pudo evitar sonreír, siempre que le había dicho a alguien que le gustaba habían terminado enrollados a los cinco minutos. Nunca nadie le había cuestionado la naturaleza de ese sentimiento, y de hecho no sabía ni qué responder a eso, puesto que ni ella sabía por qué le gustaba Regina.

-Si te soy sincera no lo sé – respondió esta vez sí, mirándola directamente, aunque como Regina no giraba la cara, realmente solo le hablaba a la mitad de ella.

-¿Qué quieres de mí? – giró finalmente el rostro para encontrarse con los ojos verdes de Emma – ¿Qué sacas de todo esto?

-Bueno, si todo va bien con sacar algunos orgasmos me conformo – respondió con media sonrisa juguetona.

Regina sintió como se le erizaba el vello del cuerpo y una sensación incómoda se le instaló en el bajo vientre, sin embargo, disimuló tan bien como pudo. Prefería morir antes de que esa maldita provocadora se sintiera vencedora, además, lo que había sentido no significaba que le gustara Emma, sino que llevaba tanto tiempo sin sexo que volvía a ser virgen.

-Lo siento, señorita Swan – dijo finalmente Regina – pero aunque me dijeran que mañana se acaba el mundo si no me acuesto contigo, no lo haría.

Emma se la quedó mirando fijamente como analizando lo que acababa de decir. Y tras una pequeña deliberación interna, sonrió.

-Has mentido – dijo con una sonrisa triunfal.

-¿Perdona? – preguntó Regina confundida.

-¿Te he hablado alguna vez de mi superpoder? – ante la mirada claramente desconcertada de Regina añadió – Resulta que tengo el poder de saber cuando una persona miente con un cien por cien de fiabilidad. Y usted, su majestad, acaba de mentir.

-Eso son chorradas – dijo ya enfadada – Además, creo que ya va siendo hora de que me sueltes y te vaya de una maldita vez.

- ¿Te has puesto nerviosa o es cosa mía? ¿Tenerme atada a ti alimenta tus fantasías? – sonreía mientras elevaba las cejas repetidamente, cosa que no hizo más que aumentar la ira que ya volvía a crecer dentro de Regina.

- Sí, teniéndote tan cerca no puedo evitar desear asfixiarte con mis propias manos – dijo con una sonrisa siniestra. ¿Cómo se atrevía a insinuar que tenía fantasías sexuales con ella? Las únicas fantasías que le provocaba Emma Swan eran de torturas y asesinatos sangrientos.

Emma se mordió el labio, ese lado siniestro de Regina le encantaba. Sin embargo, y aunque podría haberse quedado molestándola todo el día, decidió hacerle caso. Se sacó la llave de las esposas del bolsillo y la liberó al fin de tan aparente suplicio. Aunque estaba segura que no había sido así, ella había sentido la mentira cuando dijo que nunca se acostaría con ella, y eso era suficiente para llenarla de esperanza. Puede que Regina no admitiera jamás que podía sentir algo por ella, pero estaba segura que su cuerpo la traicionaría y reaccionaría ante ella, y tenía claro que no iba a irse sin comprobarlo.

-¿No me acompañas a la puerta? – preguntó una vez se hubo levantado, al ver que Regina no hacía ni el intento de moverse tras ella.

-Creo que ya sabes donde está, así que puedes ir solita y ya de paso olvidarte del camino de vuelta – contestó sin ninguna amabilidad. Emma sonrió.

-Vale, tendré que hacerlo aquí, aunque tengo que decir que en la puerta siempre me ha parecido mucho más romántico.

Regina no tuvo tiempo de pensar en las palabras de Emma. De repente, sintió como ésta se lanzaba literalmente encima de ella y atrapaba sus labios de forma casi agresiva. La reina se quedó completamente paralizada al sentir los labios de la rubia moviéndose sobre los suyos, al sentir su cuerpo amoldándose al suyo. Intentó resistirse pero fue inútil, cuando sintió la lengua de Emma empujando para colarse en su boca no pudo más. Parecía que los labios de la rubia estaban hechos para encajar con sus labios, su cuerpo para encajar con su cuerpo y eso era más de lo que podía soportar, así que decidió no pensar y simplemente dejarse llevar por esa maravillosa sensación que hacía demasiado tiempo que no sentía.

No podría decir si estuvieron así un minuto, una semana, un mes o un año, pero cuando sintió que Emma se separaba de ella se sintió huérfana. Le abría gustado gritar que no se separara, que siguiera como estaba, pero de repente fue consciente de lo que acababa de pasar y se quedó nuevamente paralizada.

Emma se separó cuidadosamente de su cuerpo, le dirigió una mirada cargada de ternura y antes de abandonar la habitación y la casa, le guiñó un ojo y dijo:

-Y ahora te dejo que lo proceses.