17 de Junio de 1775.
1500 hombres se encontraban en Bunker Hill. Prescott, coronel de la milicia, y sus hombres, se habían encargado de cavar una fortificación para defender Breed's Hill de las tropas británicas.
Eran las 4 de la mañana cuando un barco inglés, Lively, abrió fuego. Inglaterra, desde Somerset, se molestó al oír el disparo, ¿acaso él había ordenado fuego? ¿Desde cuándo sus soldados actuaban por cuenta propia? Inmediatamente ordenó que pararan el ataque que él no había iniciado.
Sólo debió subir a cubierta y ver lo que su estúpida colonia había estado haciendo. ¿Una fortificación, eh?
–Abran fuego -ordenó-. ¡Los 128 cañones! ¡Quiero ver esas fortificaciones en ruinas!
–Señor -lo llamó dudoso uno de sus hombres. Inglaterra, por demás molesto, volteó su mirada hacia él-. Los cañones no pueden elevarse tanto como para llegar a la colina, no podemos apuntar a las fortificaciones...
Mientras tanto, al otro lado del estrecho canal en Boston, el general inglés Gage, sus tropas y un colono leal a la Corona británica vigilaban con suma atención a las tropas rebeldes.
Willard, el Lealista, reconoció casi al instante a Prescott, su cuñado. Al saber esto, Gage, sin mucho interés, preguntó:
–¿Luchará él?
–...No puedo hablarte de sus hombres -fue la respuesta que obtuvo-. Pero Prescott te combatirá hasta las puertas del infierno.
–¿Están listos para el ataque? -preguntó William Prescott a sus hombres, entre los cuales se encontraba Trece Colonias, que miraba los barcos con suma preocupación-. Pregunté, ¡¿Están listos para el ataque?!
Los hombres, algunos seguros, otros bastante dudosos, alzaron sus armas y gritaron, dando a entender que lo estaban. Trece Colonias no fue uno de ellos, su vista continuaba divagando en los barcos.
–¡No disparen hasta que vean el blanco de sus ojos! Presentaremos una batalla campal -el joven de ojos celestes dirigió su vista al hombre que hablaba. En sus palabras, parecía haber determinación y una promesa.
Los británicos habían comenzado a tomar sus posiciones. La colonia casi podía oír los pasos de los enemigos contra el suelo, y eso no hacía más que aumentar sus nervios. Alrededor de las dos de la tarde, los británicos ya estaban listos para el ataque.
–No dispare nadie hasta que los británicos crucen las vallas -ordenó el comandante Gridley.
Pero al parecer alguien no oyó la orden, o simplemente por rebeldía no quiso cumplirla. Alguien había disparados. Trece Colonias casi dio un salto en su lugar, aún no le gustaba el sonido de las armas y los disparos, sus piernas aún temblaban al ver al ejército inglés apuntar hacia sus hombres, sus ojos aún se llenaban de lágrimas al ver a Inglaterra apuntarle a él...
Vio a muchos de sus milicianos morir. Cuando Prescott ordenaba que diesen un funeral simple y discreta, o que acompañaran a los heridos a una zona más segura, muchos aprovechaban para huir. Trece Colonias quiso irse con ellos, quiso arrojar su arma y marcharse, pero entonces recordó las palabras de Washington...
"No dejes atrás a tu gente cuando ellos están dispuestos a dar su vida por ti"
Miró a su ejército, ese ejército que aún continuaba en el campo. Miró a Prescott. ¿Cómo podía anhelar ser un país si no era capaz de acompañar a los patriotas que morían por buscar su libertad, cuando no era su obligación hacerlo? Los británicos eran 2600, ellos sólo 1400, y aún siendo obvia la desventaja, ellos luchaban...
Los británicos intentaron cruzar la valla, pero los colonos se defendían. Tal vez no supieran cómo atacar, tal vez no supieran cómo utilizar correctamente un arma, pero muchos soldados realistas cayeron. Más de una vez los británicos debieron reagruparse.
Pero al tercer ataque, ocurrió un percance. Las balas se habían acabado. Los colonos ya no tenían cómo atacar, a diferencia de los ingleses, cuyos mosquetes estaban equipados con ballonetas...
El enemigo se acercaba con rapidez, los colonos retrocedieron. Prescott insultó en voz alta hacia nadie en particular. La Colonia sentía la falta de aire en sus pulmones... Estaban en problemas.
Los rebeldes se retiraron. No tenían cómo seguir defendiéndose. Marcharon lo más rápido posible, abandonaron la fortificación. Inglaterra dejó salir una sonora carcajada al verlos huir, Trece Colonias se volteó cuidadosamente hacia él, notando que lo apuntaba con la punta de su balloneta a pesar de estar a una considerable distancia.
–¡Mirate, huyendo como una rata!-se burló-. ¡Con más victorias como esta, dudo que la guerra dure demasiado!
Trece Colonias lo miró con seriedad y tristeza. Era verdad, otra derrota. Su mirada por un momento se dirigió al campo de batalla. Lentamente, la comisura de sus labios se curvó.
–¿Sonríes al saber que seguirás siendo británico? -el europeo arqueó una ceja con diversión.
–No... Tienes razón, con más victorias como esta, la guerra no durará mucho. Procura no quedarte sin hombres, England -dijo con tranquilidad. Falsa tranquilidad. Volvió a voltearse y, con paso lento, siguió a sus hombres.
Inglaterra, sin saber a qué se refería, se giró con lentitud hacia el campo. Bajó su arma al ver la gran cantidad de cuerpos que se encontraban en el campo de batalla. Su boca se abrió levemente.
Alguien se acercó, Inglaterra no supo quién hasta que oyó su voz llamándolo. Henry Clinton, uno de sus generales, le había preguntado cómo se encontraba. Sin responder a la pregunta, el de ojos verdes murmuró.
–¿Cuántas bajas sufrimos?
–226... Según pudimos contar, los colonos no pasaron de las 140 muertes -bufó el hombre-. Unas cuantas victorias más como estas seguramente pondrán fin a nuestro dominio sobre las colonias.
Inglaterra temió el tener que darle la razón.
