*Muchas frases de este capítulo son (supuestamente según investigué(?) verídicas. Cualquier cosa quejense con wikiquote y wikipedia(?)

El 29 de Junio de 1776, 45 buques de guerra británicos se agruparon a unos cuántos kilómetros de la isla de Manhattan. Las mejores maquinarias de guerra de las épocas, hechos con la madera de más de 2000 árboles, llevando cada uno cientos de soldados, armados con 64 cañones pesados capaces de disparar balas a una distancia de 2 kilómetros, y aún faltaba la llegada de otros 350 buques... Inglaterra era, sin duda alguna, el rival más poderoso que cualquier país podría enfrentar, y esto, para una Colonia, no era nada favorable.

Pero si lo que Inglaterra creía que Trece Colonias se rendiría por ello, estaba equivocado. Él resistiría, porque su gente continuaba segura de lo que quería. Resistiría porque no quería seguir bajo el mando del británico.

El 2 de julio, en Filadelfia, fue realizada una reunión de emergencia. La Asamblea del Congreso Continental volvía a entrar en sesión. La discusión era concreta: La total independencia de Gran Bretaña.

Aún sabiendo que esto bien sería considerado alta traición a la Corona, aún sabiendo que la pena ante una desobediencia así era la muerte, lo que buscaban estaba claro para la gran mayoría de los allí presentes.

–Estamos en medio de una revolución -dijo John Adams-. La más completa en la historia del mundo. Es de esperarse que se derrame mucha sangre para obtenerla.

–Debemos permanecer todos unidos...

–Sí -respondió inmediatamente Benjamin Franklin-. Tenemos que, de hecho, todos permanecer juntos, o, casi con toda certeza, todos seremos colgados por separados

–No tenemos oportunidad de ganar -se oyó la voz de uno de los delegados-. Estamos a punto de afrontar una tormenta abordo de un barco de papel.

Para estos delegados había un pequeño inconveniente. La democracia.

La mayoría de los delegados, que en su mayor parte eran radicales, estaban a favor de esta independencia, y no había nada que los demás pudiesen hacer al respecto cuando la mayoría votaba.

Así, el 4 de Julio de 1776 se realizó una nueva reunión de congresistas, esta vez no para debatir, sino para efectivizar algo por lo que lucharon desde un principio.

Ante los soldados, ante la Colonia, ante coroneles y generales, George Washington se disponía a leer el documento a viva voz.

Trece Colonias estaba de pie, con el corazón bombeando sangre demasiado rápido. No sabía si por los nervios, por la presión, por la felicidad... Sólo sabía que desde el momento en que supo que los congresistas se reunirían para Declarar la Independencia, no pudo sacarse de encima las ganas de llorar...

–Sostenemos como evidente estas verdades. Que todos los hombres son creados iguales. Que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables. -Su mirada se alzó hacia la multitud- Entre estos están la vida, la libertad, -con la mirada, buscó a su Colonia. Su País.- y la búsqueda de la felicidad -los hombres gritaron a la vez. La piel del muchacho de ojos color cielo se erizó. Washington volvió a tomar la declaración para leerla-. Por tanto, nosotros, los Representantes de los Estados Unidos, -y por primera vez, la Colonia, que buscaba dejar de ser Colonia, había sentido aquel nombre como un nombre propio. Por primera vez, sintió dolor en su pecho a causa de la emoción. La primer lágrima descendió por su mejilla sin que él pudiese pararla, por más que lo intentó con todas sus furezas.- reunidos en Congreso General, apelando al Juez supremo del Universo, por la rectitud de nuestras intenciones, y en el nombre y con la autoridad del pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos lo presente: que estas colonias son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes; que están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona británica: que toda conexión política entre ellas y el estado de la Gran Bretaña, es y debe ser totalmente disuelta, y que como estados libres e independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concluir la paz, contraer alianzas, establecer comercio y hacer todos los otros actos que los estados independientes pueden por derecho efectuar. Así que, para sostener esta declaración con una firme confianza en la protección divina, nosotros empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.

Nuevamente se alzó el grito orgulloso del pueblo. Washington alzó la vista para ver a todos lo milicianos festejar la declaración, algunos incluso llorando. También fue capaz de ver el momento justo en que su patria le daba la espalda a la gente y se marchaba a un lugar más alejado, acción que lo preocupó.

No dudó en seguirlo al paso más rápido que podía lograr. Debía saber qué ocurría con él, y lo supo cuando, al alcanzarlo, llegó a oír su llanto.

–¿Estados Unidos? -lo llamó, acercándose con lentitud. El chico se encontraba dándole la espalda, pero Washington no tardó en colocarse frente a él-. Hey, ¿qué ocurre? ¿Hay algo de la declaración de independencia que no te gustó? ¿O es otra cosa? ¿Acaso te duele algo? ¿Aún sigues con miedo por la reacción de Inglaterra? Hijo -lo llamó sin pensarlo, como hacía con los colonos de menor edad cada vez que dudaban de alguno de sus pasos- mira, no debes preocuparte por ello, todos nosotros hemos prometido que...

–Thank you! -el grito quebrado y agudo de Estados Unidos lo descolocó totalmente.

–¿Qué?

–S-Sin ti... ¡Sin ti jamás habría logrado nada! -continuó llorando-. ¡Tú, Jefferson, Franklin...! ¡Todos ustedes son muy importantes para mi! Confían en mi, se sacrifican por mi... ¡Muchas gracias! -y ya sin controlarse, lo abrazó con fuerzas. Tantas fuerzas que George no supo cómo responder.

El rubio continuó llorando a lágrima viva, e hizo falta algo menos de 3 minutos para que el hombre pudiese reaccionar. Con delicadeza acarició la cabeza de la nación que aún ni nación era.

–Boy -susurró y besó su frente con cariño-. No me agradezca aún. Guarda tus agradecimientos para cuando la Guerra haya acabado -aquella, más que una orden, sonó como un pedido. Estados Unidos se separó de él lentamente, mientras el comandante secaba sus lágrimas-. Nos falta mucho por recorrer aún, y te prometo que lo lograremos, pero no olvides que la guerra aún no acaba, ¿si?

Lentamente el de apariencia joven asintió. La declaración de independencia no significaba el haber vencido, significaba simplemente haber dado un gran paso. Un paso del cual Estados Unidos, porque ya no volvería a ser llamado Trece Colonias por ningún estadounidense, estaba total y completamente orgulloso, y aunque Washington le hubiese pedido que no lo hiciera, en su corazón se lo agradecería por lo que restaba de sus días.