Sin separarse ni un milímetro de sus labios, Regina fue empujando con ímpetu a Emma hasta hacerla caer en la cama, quedando ella encima. Con movimientos casi bruscos, le sacó la chaqueta que llevaba y empezó a desabrocharle los botones de la camisa. Dio un gemido de frustración que se ahogó en la boca de la rubia, al no poder desabrochar algunos botones. Así que sin ningún miramiento, dio un tirón de ambos lados de la camisa haciendo que los botones que no había podido desabrochar salieran despedidos. Emma se rió contra los labios de Regina, se separó unos milímetros de ella y no pudo evitar decir:
-La noto un poco ansiosa, majestad – dijo con la respiración entrecortada.
-¡Cállate! – espetó con la voz completamente ronca de la excitación.
Acto seguido, Regina se sacó su propio camisón por encima de la cabeza, lanzándolo sin preocuparse de donde caía. Emma se quedó mirándola embobada, la visión de Regina encima de ella mirándola con los ojos oscurecidos, mientras su pecho desnudo se elevaba al ritmo de su acelerada respiración era algo que ni siquiera se había atrevido a imaginar. Pero ahí estaba, era real y era de ella. Elevó el tronco hasta alcanzar nuevamente los labios de Regina, rodeándole la espalda con el brazo derecho, mientras su mano izquierda ascendía con suavidad desde el estómago hasta el pecho izquierdo de la reina. Regina gimió al sentir como los dedos de la rubia apretaban levemente su henchido pezón. Se separó de ella unos centímetros, y con una mano habilidosa, desabrochó el sujetador de la rubia quitándoselo y lanzándolo al instante. Emma sonrió con picardía.
-Vaya, cualquiera diría que tenías mucha práctica – dijo volviendo a acercar su boca a la de Regina, mordiéndole levemente el labio inferior.
-He tenido una vida larga – contestó con superioridad, mientras dirigía su mano al botón del pantalón vaquero de Emma, comenzando a desabrocharlo.
-¿Ah, sí? ¿Con cuánt…? – un gemino ahogó sus palabras. Regina había decidido callarla colando su mano en el interior de los pantalones de la rubia.
-¡Cállate! – susurró mientras movía su mano dentro de ella.
La reina comenzó a besarle el cuello, descendiendo lentamente, demasiado lentamente para el gusto de Emma, que sentía como una tortura los besos lentos y esa mano que Regina había decidido dejar de mover, pero que seguía en contacto directo con su sexo. Sin poder soportarlo más, agarró la espalda de Regina y, con un movimiento rápido, la hizo dar la vuelta quedando ella encima. Sonrió con picardía mientras se agachaba dispuesta a atacar a esos pechos que llevaban demasiado tiempo provocándola, sin embargo, Regina copió su jugada y las hizo dar la vuelta quedando de nuevo encima.
Apretó fuertemente sus piernas alrededor de la cadera de Emma y le agarró ambas manos sosteniéndoselas por encima de la cabeza. Le dirigió una sonrisa de superioridad y se agachó lentamente, ante la mirada deseosa de Emma, hasta sus labios. Se quedó a escasos milímetros de ellos, la rubia intentó elevar la cabeza para alcanzar los labios de Regina pero ésta se lo impidió. Volvió a sonreír con esa sonrisa de superioridad que tan provocativa le parecía a Emma, y rompiendo la escasa distancia que las separaba, mordió con fuerza el labio inferior de Emma, que no supo si gimió de placer o de dolor. Después, se acercó al oído de la rubia y susurró:
-Aquí mando yo.
Un inclemente rayo de Sol colándose a través de sus párpados la sacó del maravilloso mundo de los sueños, haciendo que se maldijera por no cerrar las cortinas la noche anterior. Apretó los ojos con fuerza con la intención de volver a dormir, intentando no sentir esa claridad que se colaba entre sus ojos cerrados. Sin embargo, un dolor en el brazo le hizo intentar moverlo para desentumecerlo, encontrándose con el impedimento de una cabeza que descansaba ajena a todo sobre él. Abrió los ojos y bajó la mirada hasta su brazo… Emma. De repente, escenas de la noche anterior empezaron a llenar su cerebro, arrepintiéndose al instante de lo que pasó. Se pasó repetidas veces la mano libre por la frente, como si así borrara los recuerdos y toda la noche anterior. Volvió a mirar a Emma que descansaba sobre su brazo completamente desnuda y con el rostro relajado. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, en realidad, la noche estuvo muy pero que muy bien, pero había sido un error que no estaba dispuesta a repetir. Con cuidado, le levantó ligeramente la cabeza de Emma con su mano libre para liberar su brazo, una vez libre, volvió a colocar suavemente la cabeza de la rubia sobre el colchón. Lentamente comenzó a deslizarse fuera de la cama, con miedo de despertarla. El corazón se le aceleró al escuchar una especie de quejido adorable cuando puso los pies en el suelo, pero volvió a tranquilizarse al comprobar que seguía dormida. Fue a buscar su camisón, encontrándolo completamente arrugado en una esquina. Después, abrió el armario con cuidado y cogió el primer conjunto que pilló. Comenzó a salir de puntillas de la habitación, sin embargo, al llegar a la puerta no pudo evitar darse la vuelta para volver a mirarla. La imagen de Emma dormida y desnuda con el rostro relajado, mientras un rayo de Sol le daba de lleno en el pelo haciéndolo brillar, era simplemente espectacular. La típica imagen que un pintor querría plasmar en sus cuadros y un fotógrafo en sus fotografías. En cambio, para Regina era una imagen que guardaría en su memoria en el álbum de errores placenteros. Sí, la noche anterior había sido un completo error, ¡pero qué error! No podía negar que hacía años que no se lo pasaba tan bien, su cuerpo ya iba necesitando un meneo y había recibido todo un terremoto en su lugar. Un terremoto llamado Emma Swan que era odiosa, pero una odiosa muy buena en la cama, y además tenía que admitir, que muy guapa. Por suerte no se parecía en nada a la insulsa de su madre. Pensar en la madre de Emma la hizo sonreír, le encantaría ver la cara que pondría si llegara a enterarse que se había acostado con su adorada hija. De hecho, lo único bueno que tenía haberse acostado con Emma, aparte de los orgasmos, era el placer de saber lo que molestaría eso a Mary Margaret y a su príncipe aburridor. Sonrió, dirigió una última mirada a Emma a la que parecía que no despertaría ni la bocina de un camión, y salió de la habitación. Lo que estaba a punto de hacer rozaba el patetismo y lo sabía, huir de su propia casa no era algo típico de ella. Pero era mejor que enfrentarse a un "después de" incómodo e incierto. No quiso pararse a pensar en la de veces que había echado directamente y sin miramientos a polvos esporádicos sin que le temblara la voz. Simplemente se metió en el baño para vestirse e irse lo más rápido posible antes de que Emma despertara.
Era más del mediodía cuando Emma por fin despertó. Ni siquiera abrió los ojos, sentía el cuerpo tan dolorido y agotado que lo único que quería era pasarse el día en la cama. Había perdido práctica y su cuerpo se lo hacía notar. Definitivamente la abstinencia sexual no era buena. Comenzó a recordar la noche anterior y una enorme sonrisa le afloró en la cara. Si tuviera que describir esa noche con una palabra ésta sería: mágica… y salvaje. Definitivamente Regina no la había decepcionado para nada, toda la pasión que tenía para odiar también la tenía en la cama. Comenzó a moverse buscando el cuerpo de Regina, pero al notar que no había nadie en la cama con ella, abrió los ojos y frunció el ceño barriendo la habitación con la mirada. ¿Estaría abajo? Agudizó el oído, pero no oyó nada, cosa que la alarmó más. Regina no podía haberse marchado sin más, no después de la noche anterior, no siendo esa su propia casa. Se levantó de la cama, y sin importarle su desnudez, salió de la habitación comenzando a buscarla por toda la casa. Nada, se había marchado. La muy cobarde había decidido huir mientras dormía. ¿Y esa era la Regina temible? ¿La que no se achantaba ante nada ni nadie? ¿La que se enfrentaba a lo que fuera? Regina no era más que una cobarde que es capaz de lanzar una maldición a todo un reino para lograr sus propósitos, pero que luego se esconde incapaz de enfrentarse a ella después de una noche de sexo. ¿Tan difícil era admitir que le gustaba? Joder, que no habían hecho nada malo, solo echar un polvo. Su desaparición no hizo más que enfurecer a Emma, que subió corriendo a la habitación dispuesta a vestirse y salir cuanto antes de esa casa. Ella no era el juguete de nadie, y mucho menos de Regina. Recogió toda su ropa desperdigada por la habitación y comenzó a vestirse. Maldijo nuevamente a Regina al ponerse su camisa y ver que le faltaban varios botones, así que sin ningún miramiento, rebuscó en el armario de Regina y le cogió una. Se sentó en la cama para ponerse los zapatos y, de repente, una nota en la mesita de noche que antes no había visto, le llamó la atención. La cogió con curiosidad y algo de esperanza, sin embargo ésta volvió a convertirse en furia al leer:
"Buenos días Srta. Swan. Puede comer cualquier cosa del frigorífico, pero le ruego que no esté cuando regrese. Me he divertido, gracias por sus servicios.
Regina."
¿Qué mierda era eso? ¿Gracias por sus servicios? ¿Acostarse con ella ahora era un "servicio"? Solo faltaba que hubiera dejado un billete de cien junto con la nota. El simple pensamiento la hizo mira alrededor temerosa de que así hubiera sido, por suerte para ella Regina no había considerado oportuno pagarle el "servicio". Además de cobarde agarrada, pensó con amargura. Se guardó la nota en el bolsillo sin preocuparse de que se arrugara o no, y cuando iba a salir, un pensamiento le hizo dar la vuelta y volver a la habitación. Rebuscó por la habitación hasta dar con el neceser de maquillaje de Regina, cogió el pintalabios que tenía pinta de ser más caro y se dirigió al espejo del armario. Ahí, preocupándose de hacer la letra lo más grande que podía y de apretar lo suficiente para cargarse el pintalabios, escribió:
"Si quieres un juguete cómprate un consolador.
Ahora soy yo la que no quiere saber nada de ti.
Que te den, majestad.
Emma S."
