Regina cruzó la puerta de su casa despacio, intentando no hacer ruido, podría decirse que incluso con miedo. Se había tirado toda la mañana y parte de la tarde dando vueltas en su coche, dando tiempo para que Emma despertara, encontrara su nota y se fuera de su casa sin tener que enfrentarse a la incomodidad de verla. Fue un alivio pasar al salón y ver que no estaba, ciertamente dudaba que Emma hiciera caso a su nota, puesto que conocía perfectamente la naturaleza rebelde y cabezota de la sheriff. Comenzó a subir las escaleras más tranquila, aunque aun con algo de incertidumbre, le seguía pareciendo extraño que Emma se hubiera marchado así como así. Pero así había sido, dio una vuelta rápida por el piso superior y respiró con alivio al ver que no había rastro de la rubia, aunque tenía que admitir que estaba un poco decepcionada. Cosa irracional porque era ella la que la había echado a golpe de nota. Nada más terminar su inspección, se metió directa en el cuarto de baño deseosa de ducharse. Esa mañana había salido tan rápido de casa en su intento de huir de Emma que ni siquiera se había duchado, así que llevaba todo el día oliendo a la rubia. Veinte minutos después, salía cubierta con un albornoz blanco que resaltaba el tono rosado que el agua caliente había provocado en su piel. Entró sin prisa en su habitación yendo hacia la cómoda, de donde sacó la ropa interior que se pondría, y no fue hasta que se dio la vuelta hasta el armario que no vio el mensaje de Emma. Se acercó rápidamente hasta el espejo del armario, frunciendo el ceño al leer lo que ahí ponía. Parecía que no le había sentado bien su nota y sinceramente no entendía el por qué. Podía entender que se enfadara por su huída, pero la verdad es que no era para tanto, además, le había ahorrado un momento incómodo y debería estarle agradecida por ello. ¿Pero lo del juguete? ¿Estaba insinuando Emma que ella la había utilizado? ¡Pero si fue la rubia la que se metió literalmente en su cama y la provocó hasta que estalló! Era ella la que debería sentirse como un juguete sexual, Emma prácticamente la había violado. Además, si quitaba la parte en la que le pedía, muy amablemente eso sí, que se fuera, su nota fue de lo más agradable y simpática. No decía nada malo, hasta admitió que se lo había pasado bien y le dio las gracias. ¿Y así reaccionaba Emma? Definitivamente la rubia era una completa desagradecida que ahora mismo debería estar dando saltos de alegría por haberse acostado con ella. De hecho, era ella la que debería estar enfadada, era ella la que había dado un bajón en cuanto a pareja sexual, pero a Emma le había tocado la lotería. No todos los días se acuesta con una reina poderosa. Claro que si prefería enfadarse y no querer saber nada de ella mejor, era lo que llevaba buscando mucho tiempo. Como si ella necesitara a Emma en su vida. Lo único que había aportado a su vida había sido enfados, peleas, ira, y la pérdida de todo lo que quería y le importaba. Por lo que a ella respecta, su vida era mucho mejor sin Emma Swan. Ahora por fin podría vivir tranquila sin esa rubia metomentodo incordiando.
Volvió a leer despacio esas palabras escritas con rabia, y fue en ese momento cuando se dio cuenta con qué estaban escritas. Ahogó un grito reconociendo al instante el pintalabios que había utilizado. Buscó por el suelo hasta dar con el cadáver de esa barra de labios de edición limitada de chanel, que solo utilizaba en ocasiones especiales porque ya no se fabricaba. La agarró con cuidado como a un pajarillo enfermo y se quedó mirándola. Si Emma quería guerra, la iba a tener.
Emma entró a su apartamento, bueno, al apartamento de su madre, arrasando con todo. Primero la tomó con la puerta, cerrándola de un golpe tan brusco que casi la hace girar. Después fue el turno de su chaqueta, que tuvo la osadía de resistirse a salir de su brazo, por lo que tuvo que arrancársela con rabia lanzándola a una esquina. Y finalmente le tocó al sofá, donde se tiró sin ningún cuidado, pataleando varias veces con fuerza hasta coger la postura.
Mary Margaret había permanecido mirándola desde que entró, quería decirle algo, preguntarle, pero le daba un poco de miedo su reacción. Sin embargo, rápidamente se quitó ese pensamiento de la cabeza, ella era su madre y tenía que actuar como tal.
-¿Te encuentras bien? – le preguntó con cautela acercándose y sentándose en el brazo del sofá.
-Perfectamente – respondió con dureza.
-¿Te ha pasado algo? – volvió a preguntar, estaba claro que le pasaba algo.
-No – respondió con el mismo tono seco.
-Has pasado la noche fuera – comentó de forma suave – ¿Has estado de servicio?
Esa palabra hizo que Emma se riera con amargura.
-Algo así – contestó.
-Podías haberme avisado, estaba preocupada.
-No tenías motivo, ya soy mayorcita y sé cuidarme – dijo cortante.
-Lo sé, pero soy tu madre, no puedo evitar preocuparme – sonrió ignorando su tono de voz - ¿Me vas a decir de verdad qué ha pasado?
-Mira, no quiero hablar de eso, ¿vale? Sabes que me pasa algo y quieres saber el qué para ayudar. Pero créeme cuando te digo que no puedes hacer nada. Ni yo misma puedo hacer nada, así que déjalo estar, ya se me pasará – dijo con un tono cansado.
-Está bien, lo dejaré estar. Pero si no me lo cuentas porque crees que me va a molestar el que hayas pasado la noche con una mujer, no lo hagas, porque no me importa. Yo lo único que quiero es que seas feliz – Emma abrió los ojos sorprendida y su madre se rió.
-¿Cómo…? – fue lo único que pudo decir, ni siquiera le salían las palabras.
-Esa camisa que llevas no es tuya – dijo haciendo que Emma mirara la prenda, maldiciéndose a sí misma y a Regina por volver a recordarla – Además, ya sospechaba que te pasaba algo, aunque no sabía muy bien el qué.
-Ya, bueno, no quiero que pienses que no confío en ti pero es que… no sé, no me acostumbro a tener padres. No sabía cómo decirlo – bajó la mirada.
-No pasa nada – la tranquilizó – ¿Me vas a decir entonces quién es la que te tiene así?
-No, lo siento pero… mejor no saberlo – negó con la cabeza. Una cosa es que no le importara que se acostara con mujeres, pero estaba segura que si supiera con qué mujer en concreto lo había hecho, le importaría y mucho. Bastante tuvo con la charla de Ruby en otro día para encima tener que aguantar una de Mary Margaret si se enterara. Además, ya no había nada de que enterarse, entre ella y Regina no había habido ni habría nada.
-Como quieras – aceptó aunque no demasiado convencida – Pero quiero que sepas que estoy aquí para cuando quieras hablar, ¿vale?
A Emma no le dio tiempo a contestar, de repente, Henry bajó corriendo las escaleras tirándose encima de su madre.
-¿Dónde habías estado? – preguntó.
Emma tuvo que incorporarse para quitarse al niño de encima y evitar que la estrujara. Cosa que le dio tiempo a pensar una excusa que darle.
-En la comisaría. He estado toda la noche de guardia – dijo intentando parecer creíble.
-¿Por qué no me has llevado contigo? Podríamos haber investigado algún caso juntos – se quejó.
Emma sonrió con ternura, como si en Storybrooke hubiera casos interesantes que investigar. Por no haber no había ni casos, más allá de buscar gatos perdidos, o alguna pelea nocturna provocada con la ayuda del alcohol.
-Lo siento chico, a la próxima te llevo sin falta – prometió.
Henry asintió con la cabeza sonriendo, sin embargo, un momento después borró la sonrisa y frunció el ceño mientras miraba fijamente a Emma.
-¿Por qué llevas la camisa de…? – Emma abrió los ojos asustada.
-¿De un estilo que no es el mío? – le interrumpió sin dejarle terminar, elevando la voz más de lo necesario completamente nerviosa.
Henry la miró confundido, al igual que Mary Margaret que no entendía el nerviosismo repentino de su hija.
-¡Henry! ¿Quieres que demos una vuelta? – volvió a decir con nerviosismo, queriendo llevarse al niño de allí por todos los medios antes de que soltara algo.
Henry accedió de buenas maneras, pero nada más salir por la puerta del apartamento volvió a preguntar:
-¿Por qué llevas la camisa de mi madre? ¿Y por qué te has puesto tan nerviosa antes?
Emma suspiró, definitivamente ese niño iba para detective privado.
-Porque – se calló un segundo para pensar – Antes de empezar la guardia fui a casa de Regina para hablar… de ti, de como te va el colegio y esas cosas. Y bueno, me invitó a una copa y se me cayó encima. Así que me dejó su camisa.
Henry frunció el ceño, como sopesando la veracidad de la historia que acababa de contarle Emma.
-¿Y por qué no podías decirlo delante de la abuela? – preguntó con perspicacia.
-Porque sabes que la abuela no soporta a Regina, así que se lo he ocultado para que no se moleste – contestó con rapidez – Lo entiendes, ¿verdad?
-Claro – le dijo con una sonrisa.
-Entonces tienes que prometerme que no se lo dirás ni a Mary Margaret ni a David, ¿entendido?
-Entendido – le dio la mano de forma solemne.
Después de dar una vuelta con el niño, decidió dejarle en casa antes de irse para la comisaría. Una cosa era que en ese pueblo nunca pasara nada, y otra que desatendiera todas sus funciones como sheriff. Aunque fuera aburrido quedarse en la comisaría, no podía pasarse todas sus horas de servicio hablando con Ruby en el restaurante o dando vueltas para evitar el tedio.
Como era normal, en las casi dos horas que llevaba en la comisaría no había recibido ni una sola llamada. Así que, para no morirse del asco, decidió ponerse a informatizar las fichas policiales que permanecían desde hacía años en un archivador lleno de polvo. Realmente, el trabajo en sí era monótono y aburrido, pero mucho más aburrido era quedarse sentada contando las telarañas del techo. Sin embargo, a los pocos minutos de empezar se metió tan de lleno en el trabajo que no fue consciente del tiempo que pasaba. Igualmente, no fue consciente, o fingió no serlo, de la fuerza de los pasos que acompañaban a un cuerpo que entró con furia. Únicamente pareció darse cuenta de su presencia cuando una mano dejó con brusquedad un objeto justo encima del teclado donde escribía. Emma elevó la mirada con tranquilidad.
-Me debes ciento cincuenta dólares – dijo con voz calmada pero firme.
Emma miró el pintalabios que había dejado sobre su teclado.
-Y tú una camisa – contestó con seriedad.
-Parece que ya te has cobrado la deuda por tu cuenta – señaló su camisa que seguía llevando Emma.
-No es que estuvieras esta mañana para pedirte permiso, así que tuve que dármelo yo misma – le lanzó una mirada retadora.
-Me parece que estás teniendo una reacción muy infantil. Me robas, destrozas algo mío… pero qué se puede esperar de alguien como tú – dijo casi con desprecio.
-Claro, porque es muy maduro huir de tu propia casa para no verme la cara después de habernos acostado – dijo con ironía.
-Deberías estar agradecida, lo hice por ti – Emma sonrió con incredulidad – No quería que pasaras un mal momento cuando te pidiera que te fueras, quise darte la privacidad de no tener que tener la cara de quien te echa mirando.
-Fíjate que yo creo que ha sido lo contrario. Lo has hecho únicamente por ti, porque eres una cobarde que no se atreve a enfrentarse conmigo y con lo que significa habernos acostado – sin ser consciente de ello, se había levantando hasta quedar a la altura de Regina, separadas únicamente por el escritorio.
-Y yo creo que simplemente eres incapaz de aceptar que no quiero nada contigo y que el polvo de anoche fue simplemente eso, un polvo – dijo con dureza.
-Y si no quieres nada conmigo, ¿por qué me buscas? Te dejé claro que ya no quiero nada contigo y aquí estás – dijo con media sonrisa de superioridad.
-Solo busco lo que es mío – le respondió con rabia. La sola insinuación de que ella buscaba a Emma la ponía enferma. Ella no quería saber nada de la rubia, únicamente iba a que le pagara lo que debía por el destrozo que le había hecho a su querido pintalabios.
-Muy bien – se dirigió a su bolso, sacó su cartera y empezó a sacar dinero de ella – Aquí tienes. A ver cuál es la próxima excusa que te inventas para venir a verme.
-Tu funeral – le soltó antes de marcharse más furiosa de como había llegado.
