Regina bajó a la cocina para preparar algo de desayuno. Al final la noche anterior apenas cenaron y mucho menos vieron la película, decidieron entretenerse de forma más divertida y con menos ropa. Estaba cortando una rebanada de pan, cuando unas manos se colaron por sus costados y sintió como Emma se pegaba a ella y empezaba a darle mordiscos en el cuello.
-Suéltame – dijo de forma seca, dándole un manotazo en las manos que estaban en su cintura.
-Me encanta que me recibas con tanto amor – volvió a darle otro mordisco en el cuello.
-¿Cómo se puede ser tan pegajosa? – suspiró al sentir que se pegaba más a ella.
-Anoche no te quejabas – dijo en tono insinuante.
-Anoche no tenía sangre suficiente en el cerebro como para formular una queja – giró levemente la cabeza para mirarla con media sonrisa.
-Y si me dejas seguir un poco más ahora tampoco – empezó a deslizar una mano por debajo del camisón de Regina, elevándolo a su paso.
-Ni hablar – le sacó la mano de donde la tenía – Estoy muerta de hambre.
Emma se mordió la lengua para no soltarle un comentario obsceno relacionado con su frase, así que simplemente la soltó y se colocó a su lado.
-¿Me vas a preparar el desayuno? – miraba como seguía cortando pan.
-Si claro, y si quiere también puedo coger una hoja de palmera para abanicar a su majestad – dijo con ironía sin mirarla siquiera.
-No por favor, aun no hace tiempo de abanicos. Mejor me das un masaje con final feliz – le guiñó un ojo sonriendo.
-Empiezo a arrepentirme de haberte dejado quedarte a dormir – la miró de reojo y negó con la cabeza.
-¿Arrepentirte? No lo creo, lo que deberías es estarme muy agradecida porque gracias a mí ha mejorado notablemente tu carácter. Hasta tienes mucho mejor aspecto. Te estoy dando sexoterapia – dijo en un tono tan creído que Regina puso los ojos en blanco.
-Si llego a saber que el coste de la terapia era tener que aguantarte recién levantada y con las neuronas frescas para dar el coñazo no habría aceptado – dijo de forma seca.
-Y si yo llego a saber que tus despertares iban acorde con tu carácter de mierda también me lo habría pensado, pero ya sabes lo que dicen, "el sexo siempre tiene un precio" – elevó los hombros con resignación fingida.
Regina se rio.
-¿El sexo? ¿Ahora piensas cobrarme por tu compañía? – Emma puso una mueca fingiendo ofensa y Regina sonrió.
-Si lo hiciera te arruinaría. Así que da gracias a que lo hago desde la más pura bondad de mi corazón, porque no puedo ver sufrir a una persona con la que mantengo una relación de soportamiento como tú sufrías por no tenerme en tu cama – dijo con afectación.
-¿Qué yo sufría? Pero si fuiste tú quien vino rogando un poco de cariño. Deberías estar dando saltos de alegría por tener el grandísimo honor de disfrutar de mí, no todos los días se acuesta una con una reina – la miró con superioridad.
-En mi caso sí, esta semana no hemos perdonado ni un día – sonrió de forma canalla.
-Porque estás muy salida – zanjó el tema dándose la vuelta para seguir con el desayuno.
Emma se rio, le habría encantado rebatirle diciendo que fue ella quien la llamó la mayoría de los días, pero sabía que eso la enfadaría. A Regina no se le podía presionar, bastante era que la noche anterior por primera vez desde que se habían vuelto compañeras de cama, la dejara quedarse a dormir. Le pasaba igual con la forma de llamar a su relación, a pesar de comportarse casi como una pareja, o como mínimo amigas, seguía empeñada en decir que lo suyo era simplemente una relación de soportamiento mutuo, en la que donde mejor se soportaban eran en la cama. Y ella estaba dispuesta a seguirle el rollo hasta que Regina fuera capaz de admitir que hacía tiempo que lo suyo había pasado del soportamiento. Seguían discutiendo, se seguían picando, pero ahora todo era diferente. No había odio en los ojos de Regina, no había ganas de convertirla en cucaracha para luego pisotearla, ahora había lujuria, deseo, y eso le encantaba.
Emma decidió ponerse a ayudar a Regina a preparar el desayuno, ya que estaba segura de que si no lo hacía no la dejaría probar ni un bocado. Se encontraba cortando naranjas para hacer zumo mientras Regina tostaba el pan, cuando sonó el timbre de la puerta sorprendiéndolas. Se miraron un momento confusas, nadie llamaba a la puerta de Regina excepto Emma y Henry, y ninguno de los dos podía ser. Regina apagó la tostadora y comenzó a dirigirse hacia la puerta, cuando una voz familiar la puso en alerta.
-¡Mamá! – gritaba desde el otro lado de la puerta.
Regina miró a Emma con los ojos completamente abiertos.
-¿Qué hace aquí? ¿No se lo habían llevado tus padres de acampada? – preguntó casi con pánico en la voz.
-Sí, se suponía que no volvían hasta mañana. ¿Qué hacemos? ¿Vas a abrirle? – hablaba con el mismo pánico que Regina.
-No, si te parece le dejo que se pudra en la puerta. Métete en el armario – abrió un armario empotrado cerca de la puerta de entrada.
Emma sonrió con incredulidad.
-¿En serio? – al ver el gesto duro de Regina añadió – Vale, vale. Me meto en el armario, pero que sepas que no se me escapa la ironía de la situación.
-Me alegro. Y ahora espero que seas capaz de mantener tu bocaza cerrada y no hagas ningún ruido – apartó unas cajas que había dentro para que cupiera mejor.
-Como ordene – se metió en el armario mientras mascullaba – También podía haberme escondido en su habitación que es más grande y tiene más luz.
Regina se digirió a la puerta, tomo aire y abrió con una sonrisa encontrando a su hijo que la miraba con el ceño fruncido.
-¡Henry! – se acercó a abrazarle – ¿No estabas de acampada con Mary Margaret y David?
-Sí, pero a la abuela se ha torcido un tobillo y nos hemos vuelto – puso una mueca de decepción – ¿Por qué has tardado tanto en abrirme?
-Porque estaba en el piso de arriba y no me he enterado – dijo con rapidez – Pasa, pasa.
Henry entró lentamente mirando de un lado a otro con los ojos entrecerrados. Habría ido mirando de habitación en habitación de no ser porque Regina le llevó hasta la cocina.
-¿Has desayunado? – le preguntó.
-Claro, son las once y media… ¿por qué sigues en camisón? – preguntó con ese tono de interrogatorio que Regina tanto conocía.
-Porque me he levantado hace poco – decidió contestarle con sinceridad.
-¿Y por qué te has levantado tan tarde? – siguió preguntando – Siempre te levantas a las ocho de la mañana, incluso los domingos. Te duchas, te vistes, preparas el desayuno y desayunas ya arreglada.
-Eso era antes. Ahora que no tengo nada que hacer y contigo fuera he perdido la costumbre – contestó suplicando que su hijo la creyera y dejara de hacer preguntas.
-El sábado pasado me quedé a dormir aquí e hiciste lo que acabo de decir – dijo con suspicacia, elevando ambas cejas.
Regina se quedó sin saber qué contestar, mientras que lo único que se le pasaba por la mente era que tenía que obligar a Emma a que prohibiera ver a Henry ver tantas películas policíacas.
-Cuando tú estás aquí la rutina es diferente – contestó al fin – ¿Qué has hecho en la acampada con los abuelos? – intentaba cambiar de tema, hablando con una jovialidad muy poco habitual en ella.
Henry volvió a fruncir el ceño, definitivamente algo tenía que estar pasando para que su madre llamara "abuelos" a Mary Margaret y David.
Regina se dio la vuelta para servirse un vaso de agua, y por qué no decirlo, para esquivar la mirada inquisidora de su hijo. Mirada que encima había aprendido de ella.
-¿Estás con Emma? – preguntó de sopetón, haciendo que Regina se atragantara con el agua que estaba tragando.
-¿Qué? – intentó fingir su mejor cara de asombro, aunque realmente no tenía que fingirla puesto que su asombro por la pregunta era real.
-Su coche está en la puerta, ¿está aquí? – volvió a preguntar sin apartar los ojos de los de su madre.
-No, claro que no. Se le habrá estropeado y por eso está ahí. Ese coche debería estar en un desguace desde hace años – contestó con más serenidad, volviendo a sentir que tenía el control, aunque sabía que no era así.
Henry se la quedó mirando fijamente unos momentos, como intentando descubrir la mentira en los ojos de su madre. Finalmente se dio por vencido.
-Puede ser, hace poco se quedó parado cuando me llevaba al colegio – admitió y Regina suspiró internamente de tranquilidad – Pero si no es Emma, ¿quién está contigo? – volvió a la carga y a Regina le entraron unas ganas inmensas de cortarle la lengua para que dejara de ser tan preguntón.
-No estoy con nadie cariño – contestó con tranquilidad.
-¿Segura? – preguntó mirándola tan fijamente que parecía que la atravesaría de un momento al otro.
-Puedes comprobarlo tú mismo – dijo con seguridad, esperando que su hijo no hiciera caso a su invitación.
-No hace falta, mi sexto sentido me dice que me dices la verdad – sentenció con una sonrisa y Regina volvió a suspirar de tranquilidad – ¿Hay tarta? Los interrogatorios me dan hambre.
-No, pero puedo hacerte tortitas – se ofreció en tono alegre, aunque su hijo no se las mereciera por el mal rato que le había hecho pasar.
Regina sacó los ingredientes que necesitaría con la ayuda de Henry, que se había ofrecido a ser su pinche. Le había puesto a trocear chocolate mientras ella se encargaba de la masa, cuando una pregunta que le llevaba rondando un rato se escapó de sus labios.
-Henry – el niño la miró – ¿Por qué creías que estaba con Emma?
-No sé – elevó los hombros acompañando sus palabras – Vi su coche en la puerta y como Emma tiene novias…
Regina abrió los ojos con sorpresa, ¿cómo que Emma tenía novias? En plural, ¿estaba sali… teniendo una relación de soportamiento con una promiscua? Bueno, una promiscua y bocazas, porque encima contarle sus conquistas a un niño de once años tenía delito.
-¿Cómo que tiene novias? – preguntó con una tranquilidad muy bien fingida.
-Me contó que solo tiene novias, no novios. Le gustan las mujeres como al abuelo – le contestó mientras seguía partiendo el chocolate. Regina se quedó más tranquila, no porque lo de antes la hubiera puesto celosa, para nada. Lo que ocurría es que no le gustaba compartir sus cosas.
-¿Y cuándo te contó eso? – siguió preguntando con curiosidad.
-Hace tiempo, es que entré en su habitación sin llamar y la encontré en la cama con Ruby – dijo como si fuera lo más normal del mundo.
-¿En la cama? – preguntó con enfado.
-Sí, dormidas – parecía ajeno al tono de voz de su madre.
Regina apretó la mandíbula con rabia e intentó serenarse sin conseguirlo. ¿En la cama? ¿La imbécil de Emma había dejado de su hijo de once años la encontrara en la cama con esa furcia? Definitivamente iba a matar a Emma.
