Regina alargó queriendo la visita de Henry, sabía que Emma estaría agobiada encerrada en el armario y se lo merecía. Aunque a las tres horas sintió una pizca de remordimiento, éste se le pasó rápidamente al recordar lo que le había dicho su hijo. Sin embargó, aunque quisiera que se quedara un poco más, a las tres horas y cuarenta y cinco minutos, Regina acompañó a Henry hasta la puerta, se despidió con un beso y un abrazo y se quedó en la puerta mirando cómo se iba alejando con paso tranquilo. Cuando le perdió de vista, cerró la puerta y suspiró, ahora le quedaba enfrentarse al desastre que habitaba desde hacía casi cuatro horas en su armario. Se dirigió con tranquilidad frente a él y se quedó pensando un momento si no sería mejor dejarla más tiempo como castigo, pero ganó su parte benévola y abrió la puerta. Podía esperarse muchas cosas de cómo se encontraría Emma, enfadada por la tardanza, irritada, agresiva, incómoda, triste… Lo que jamás se le ocurrió es que se la encontraría dormida. Estaba sentada al lado de las cajas, con las piernas encogidas y sí, completamente dormida con la cabeza apoyada en sus piernas. Regina la miraba sorprendida, ¿cómo podía haberse dormido ahí? Y sobre todo, ¿cómo podía estar ahí dormida tan tranquila mientras ella echaba chispas por lo que acababa de enterarse? Vale, era imposible que Emma supiera de su enfado puesto que desde el armario no podía haberse enterado de nada. Pero por empatía, por lo menos podría estar sufriendo por estar incómoda, así ella se sentiría mejor. Sí, era una sádica que disfrutaba del sufrimiento de otros, pero sólo cuando la hacían enfadar. Y Emma a estas alturas de la película debería saber que ella era dada a un enfado fácil, así que tendría que estar preparada para la situación.

Sin ninguna suavidad empezó a darle patadas en las piernas para que despertara. Pero ni en eso tenía éxito, cosa que la hizo enfadar aún más. Así que no tuvo más remedio que ir a la cocina, cogió dos tapaderas de sartén metálicas y las hizo chocar justo en su cara.

Emma despertó sobresaltada, encontrándose con las dos tapaderas que chocaban a escasos milímetros de su propia cara. Se levantó de sopetón sin recordar donde se encontraba, haciendo que su cabeza colisionara con fuerza con una balda del armario. Regina observó con satisfacción como la rubia se llevaba las manos a la cabeza, mientras se le saltaban lágrimas de dolor.

-Te lo mereces – le dijo con dureza.

Emma la miró sin entender, mientras se arrastraba hasta fuera del armario aún con las manos en la cabeza para mitigar el dolor.

-¿De qué hablas? – preguntó aturdida mientras se ponía de pie.

-De que acabo de enterarme que te acostabas con la loba delante de Henry, ¿qué pasa? ¿No podíais ir a su madriguera? – dejó en el suelo las tapaderas y se cruzó de brazos.

Emma la miró confundida, ¿de qué hablaba? ¿A qué venía eso ahora? Entre que acababa de despertarse y el golpe estaba verdaderamente desorientada.

-¡Pero si solo fue una vez! – soltó sin pensar y al ver la cara que ponía Regina fue consciente de que no había sido la respuesta correcta.

-¿Solo? ¿Le estás quitando importancia al hecho de que nuestro hijo de once años te viera fornicar con una mujer que aúlla a la Luna llena? – su tono era grave y serio, fiel reflejo de su mirada.

-No estábamos "fornicando" – se defendió – Fue un accidente, él no tenía que estar en casa y… bueno, no vio nada grave. Solo estábamos en la cama dormidas y tapadas por la manta, tampoco creo que se haya traumatizado ni nada.

Regina negó con la cabeza mientras se mordía los labios de rabia.

-Vamos, que te parece de lo más normal del mundo. Ya que estás, ¿por qué no te expones en un escaparate con tu amiguita e invitas a Henry para que te vea? Total, no se va a traumatizar ni nada – elevó el tono de voz y Emma la miró sin saber qué hacer. No entendía qué coño estaba pasando.

-¿Pero por qué te pones así? No vio nada, hablé con él y lo entendió todo perfectamente. No entiendo a qué viene que me montes esta escena ahora, cuando encima tú eres la culpable de que me acostara ese día con ella – le soltó y Regina la abrió los ojos con sorpresa mientras sonreía con incredulidad.

-¿Qué yo tuve la culpa? No recuerdo haberte echado follalobaxin 500 en ninguna bebida – le espetó con rabia.

-No, pero si no me hubieras escrito esa nota después de acostarnos por primera vez no me habría enfadado contigo, no habría decidido sacarte de mi vida, lo que por supuesto no me habría llevado a ahogar las penas en chocolate, ni mucho menos a acostarme con Ruby cuando ésta decidió consolarme.

-Muy lógico y maduro todo, sí señora – dijo con ironía.

-No he dicho que sea lógico ni maduro, es lo que pasó. Si no fuera por tu culpa jamás me habría acostado con ella – confesó y Regina la miró con más enfado aun.

-O sea que yo soy la culpable de que tu libido esté a unos niveles tan elevados que no seas capaz ni de frenar a una loba calentorra. Llámame rara, pero cuando alguien me rechaza no salgo corriendo a acostarme con otra. Había un luto que respetar y te lo pasaste por el forro… o por la lengua de furcirucita – dijo con tanto enfado que sus palabras ni siquiera fueron procesadas antes por su cerebro, de ser así estaba segura de que no las habría dicho.

-Así que es eso lo que te molesta… – sonrió con chulería.

-¿El qué? – preguntó molesta.

-Te importa un rábano y cuarto que Henry me viera, lo que de verdad te escuece es con quién me vio – afirmó con la misma sonrisa que Regina acababa de decidir que odiaba.

-¿Estás insinuando que estoy celosa? – preguntó como si no hubiera entendido bien lo que Emma había dejado caer.

-No lo insinúo, lo afirmo – dijo con tranquilidad.

-No tienes ni idea de lo equivocada que estás. ¿Celosa yo? ¿De esa zorríloba? Esto es lo último que me quedaba por escuchar – sonrió con incredulidad.

-No es tan raro. Soy encantadora, guapa y una fiera en la cama, es normal que te sientas amenazada por cualquier mujer. En el fondo no quieres perderme – dijo con una pedantería tanto en la voz como en los gestos que hicieron reír a Regina. Emma sonrió tranquila, el humor calmaba a la fiera de Regina. Quería dejar atrás el tema de Ruby y los celos, aunque estuviera segura de la reina estaba celosa. Sabía que su habitual negación en todo lo que implicara sentimientos hacia ella la podría hacer decir algo que, verdaderamente, no quería escuchar. Así que era mejor frenarla a tiempo. Era demasiado pronto y estaban demasiado bien para meterse en temas más profundos, así que sería mejor no pasar de la cómoda y segura superficialidad.

-Solo por eso te mereces no pisar mi cama en una buena temporada – dijo con un tono más calmado, aunque en sus ojos seguían habiendo restos de rabia. Regina también aceptó de buena gana ese cambio en el tono de la conversación, y sobre todo, la desaparición de ella de ese ser de furcios modales. Le molestaba que Emma hablara de ella, le molestaba que se hubiera acostado con ella, pero no eran celos. No lo eran.

-Sabes que no tengo objeciones en innovar, podemos hacerlo en el suelo, en la mesa, contra la pared… – se apoyó provocativamente contra la pared mientras le guiñaba un ojo.

-¿Quieres hielo para la cabeza? – le preguntó obviando esa clara provocación.

Emma de repente, volvió a recordar el golpe que se había dado y empezó a sentir como le palpitaba de dolor la zona de la cabeza donde lo había recibido. Asintió con un gesto y siguió a Regina hasta la cocina. Ésta, cogió un paño, lo llenó de hielos y se lo puso en la cabeza con delicadeza.

-No creo que sea bueno que te des tantos golpes en la cabeza – le dijo de pronto – Tus cuatro neuronas se pueden resentir y teniendo en cuenta que tres se encargan de pensar en sexo…

-No te preocupes, tengo neuronas en el banquillo para que no te falte tu ración de mí – se sujetó con una mano el paño de la cabeza, se acercó a Regina y la besó.

Y así fue como toda la conversación anterior quedó borrada, como muchas otras que surgían entre ellas de temas que podían crear problemas. Los sentimientos eran palabras tabú, al igual que todo lo relacionado con ellos. De vez en cuando se escapaba algo, como la palabra celos de esta vez, pero siempre terminaban borrándolo y superándolo mediante el efectivo método de correr un tupido velo. Estaban escondiendo la mierda debajo de la alfombra y un día no podrían andar sobre ella. Pero eso a ninguna le importaba, Regina vivía en su propio mundo de negación y Emma, en el de la esperanza.

Cuando Emma llegó a su casa se encontró a su madre tirada en el sofá con el pie en alto apoyado en unos cojines. No le sorprendió puesto que Regina le había contado todo lo sucedido con Henry, pero también le recordó la advertencia que le había hecho ésta acerca de las dudas del niño. Por ello, fingió su mejor cara de sorpresa cuando Mary Margaret giró la cabeza al escucharla entrar.

-¿Qué te ha pasado? – preguntó acercándose a ella para mirarle de cerca el inflamado pie.

-Un tropezón tonto – le restó importancia – ¿Dónde has estado? Henry ha estado un buen rato esperándote, quería que fueras a montar a caballo con David y con él.

-Estaba en la comisaría – mintió.

-Últimamente siempre que pasas la noche fuera estás ahí – dijo con intención.

-Me gusta mi trabajo – contestó con normalidad

-¿Y qué hacía tu coche frente a la casa de Regina? – la miró con seriedad, estudiando sus gestos.

-Se me quedó parado ahí y como llevaba prisa seguí andando – volvió a mentir rogando que no empezara a crecerle la nariz.

-Qué casualidad, ¿no? – dijo en un tono que estaba empezando a irritar a Emma.

-Ya ves, la vida es así – dijo con aspereza.

-Sí que lo es sí, a veces te tiene sorpresas inesperadas y muy desagradables – volvió a decir con clara intención de provocar alguna reacción en Emma.

-Como ¿qué? Sorpréndeme – la desafió.

-Como que mi hija esté teniendo una aventura con la misma mujer que ha vivido años y años con el único propósito de matarme, con la culpable de que hayas crecido sin padres, con una persona que ha matado y torturado sin que le temblara la mano, con la mujer que fue capaz de matar a su propio padre para crear la maldición que nos trajo aquí… con la reina malvada.