Hago un aviso que igual no gusta, pero yo aviso. Se acercan los exámenes, lo que significa que seguiré escribiendo, pero menos. O igual sigo escribiendo más, no se sabe. La época de exámenes es misteriosa.
Emma se quedó en silencio apartando la mirada de su madre. ¿Por qué tenía que recordarle eso? ¿Por qué se empeñaba todo el mundo en hacerlo? ¿Se creía que no lo sabía? ¿Qué no sufrió y se comió la cabeza por eso en cuanto empezó a mirar a Regina como no tenía que hacerlo? Claro que lo hizo, pero había decidido perdonar y dejarlo atrás. Ella más que nadie creía que las personas podían cambiar, y sabía que Regina lo había hecho. Aunque nadie la creyera, aunque para todos siguiera siendo la misma, ella sabía que había cambiado.
-¿No me dices nada? – preguntó Mary Margaret después de un momento de silencio.
-Ya lo has dicho tú todo – contestó con tranquilidad.
-Todo no, quiero que me des una explicación – exigió.
-¿Para qué? ¿Quieres saber si estoy saliendo con Regina? Pues mira, no lo hago pero me encantaría – dijo con seriedad.
-¿Entonces no tienes nada con ella? – preguntó con escepticismo y un deje de esperanza en la voz.
-No, sí que lo tengo, pero no te importa a ti ni a nadie. Ya soy mayorcita – siguió con enfado.
-Pues no lo pareces. Quiero que te alejes de ella, es una mujer peligrosa y no tienes de idea de lo que es capaz de hacer – le advirtió con severidad.
-No pienso hacerlo – aseguró mirándola directamente a los ojos.
-Emma, por su culpa has crecido sin madre – suavizó el tono para ablandar a su hija.
-No, si he crecido sin madre ha sido por tu culpa y la de David. Regina no me metió en ese armario árbol mágico o lo que fuera, fuisteis ustedes por la cosa del bien común, de que yo era la salvadora. ¿Pero te preguntaste alguna vez si yo quería ese papel? ¿Si no habría preferido vivir mil veces maldita pero con ustedes a mi lado que en libertad completamente sola? No lo hicisteis, porque no sois egoístas y siempre pensáis antes en el resto que en vosotros. Por eso he decidió perdonar y olvidar que por vuestra culpa he vivido toda la vida completamente sola, pasando de mano en mano, de familia de acogida a familia de acogida como si fuera un juguete usado, sin el cariño real de nadie, sin estabilidad, sin nada. Y he hecho lo mismo con Regina porque sé que ha cambiado y sé lo que es sentirse sola sin que nadie crea en ti – soltó con rabia, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que por orgullo no dejaría salir.
-Emma… – dijo con un nudo en la garganta.
-¡No! – la interrumpió – ¿Quieres que me aleje de Regina? ¿Quieres que olvide del perdón? Muy bien, pero si lo olvido para ella lo olvidaré para todo, así que atente a las consecuencias – sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió del apartamento dando un fuerte portazo.
Mary Margaret se quedó mirando la puerta con lágrimas en los ojos, deseando que se volviera a abrir y entrara su hija a pedirle perdón. A decirle que se había equivocado y que no era eso lo que pensaba realmente de su abandono forzado.
Regina miraba su móvil confundida. Hacía escasos minutos acababa de recibir un extraño mensaje de Emma y no podía dejar de mirarlo.
"Esta noche no puedo pasarme a verte, me quedo trabajando. Lo siento"
Bueno, el mensaje en sí no era extraño, lo extraño era que Emma cancelara una cita con ella y ¿por trabajo? ¿Qué trabajo? Si vivían en el pueblo más muermo del mundo, nunca tenía que quedarse trabajando de noche porque nunca pasaba nada de noche… ni de día, ¡ni nunca!
Se vio tentada a llamarla para pedir una explicación, pero eso sería muy impropio de ella, así que únicamente le contestó con un escueto mensaje.
"Vale"
Si la cosa iba de mensajes raros y sin información, ella sabía jugar a eso. Bloqueó el móvil con violencia y lo tiró de mala manera al otro lado del sofá donde estaba sentada. Parecía que el día acabaría peor de lo que empezó.
Alargó la mano para coger un libro que descansaba en la mesa de café, lo abrió por la página marcada y comenzó a leer. Cuando llevaba media página leída, de repente recordó que ese libro se lo había traído Emma de la biblioteca, así que como si estuviera infectado, lo cerró de golpe y lo lanzó a hacer compañía a su móvil.
Iba a dirigirse a su despacho para coger el ordenador, cuando el sonido del timbre la hizo dar la vuelta y cambiar de dirección. Sonrió, seguro que era Emma, así que puso su mejor cara seria y finalmente abrió la puerta llevándose una sorpresa. No, no era Emma.
-Vaya, vaya… Blancanieves – sonrió con desdén – ¿A qué debo el honor de tu visita?
-¿Puedo pasar? – preguntó con seriedad.
Regina no contestó, simplemente se hizo a un lado para que pasara. No por educación, no porque quisiera hablar con ella ni que pisara su casa, simplemente para evitar que alguno de sus vecinos la viera y sacara la horca y las antorchas creyendo que le haría algo.
-¿Ha metido el pie donde no debía? – preguntó al ver como se dirigía cojeando hasta la sala.
-Eso no te importa Regina – le respondió con hostilidad.
-Que poca educación te dieron de pequeña – negaba con la cabeza – Así no se le habla a alguien que te ha invitado a entrar en su casa. Y mucho menos a mí, aquí estamos solas y si me haces enfadar… puede que haya un accidente que termine contigo de alfombra decorando mi sala de estar.
-¿Eso es lo que quieres hacerle a mi hija? – la miró con dureza.
-¿Perdona? – le preguntó sin un atisbo de emoción en su voz.
-Sé que te estás viendo con mi hija – afirmó.
-¿Y? – dijo con indiferencia.
-Quiero que te alejes de ella o… – se frenó.
-¿Qué? ¿Me vas a matar? – soltó una risa sardónica.
-Si es necesario lo haré – aseguró sin un deje de vacilación.
Regina volvió a reírse.
-¿Dónde está esa Blancanieves de "corazón puro" a la que todos alaban? ¿Estás mostrando por fin tu verdadera cara? – la miró con una ceja alzada.
-No pienso dejar que le hagas daño a Emma y para eso estoy dispuesta a hacer lo que sea – la amenazó.
-¿Y quién te ha dicho que vaya a hacerle daño? – preguntó con tranquilidad.
-Vamos, Regina, que nos conocemos. Sé muy bien que estás planeando algo y no pienso dejar que ocurra. Así que por tu bien, aléjate de mi hija – le volvió a advertir, señalándola con el dedo. Comenzó a caminar hasta la puerta, cuando una pregunta la frenó e hizo que se diera la vuelta.
-¿Te has planteado que quizás sea ella la que no quiera alejarse de mí? – sonrió con el único fin de irritarla.
-Ella no… Emma está confundida, solo eso. Su vida ha cambiado mucho en poco tiempo y no ve las cosas con claridad – dijo queriendo convencerse a sí misma de que tenía razón.
-Me parece que conoces muy poco a tu hija – afirmó con otra sonrisa irritante.
-La conozco mejor que nadie y sé lo que le conviene. Por eso te prohíbo que la veas – dijo con rabia.
Mary Margaret volvió a darse la vuelta y caminó con paso rápido hasta la salida, seguida de una tranquila Regina. Se había alejado ya unos pasos de la puerta cuando Regina volvió a llamar su atención.
-¡Blancanieves! Se te ha olvidado una cosa – ésta se dio la vuelta y la miró – Yo no cumplo órdenes de nadie, y mucho menos de tuyas.
Sin darle opción a réplica, cerró la puerta de golpe y suspiró.
-¡Imbécil! –dijo en voz alta.
¿Quién se había creído que era para presentarse en su casa a amenazarla? Le habría encantado convertirla en cristal y romperla de una patada. ¿Sería por eso que Emma había cancelado su cita? ¿Iba a dejar de verla porque su mamá no la dejaba? Si era así no pensaba permitirlo, esa mosquita muerta de Blancanieves ya le había arrebatado demasiadas cosas en su vida, no iba dejar que también le quitara a Emma. Si alguna vez había tenido un pensamiento de dejar de verla completamente, que lo había tenido, ahora éste era historia. Eso conocido en psicología como reactancia siempre había sido fuerte en ella, no había nada como una amenaza a sus libertades para que reaccionara e hiciera justo lo que le intentaban prohibir. ¿Qué Blancanieves le prohibía que viera a Emma? Muy bien, ahora no solo la vería, sino que sería capaz hasta de casarse con ella. Nadie le daba órdenes, y mucho menos esa.
Con esa idea cogió las llaves de su coche y salió de casa como alma que lleva el diablo con un destino claro. Ya vería si Emma tenía la misma opinión de su madre o no.
Pocos minutos después, en parte porque el pueblo era muy pequeño y en parte porque había ido a una velocidad poco adecuada, aparcó frente a la comisaría y salió con su característico caminar altanero. Al entrar, se encontró a Emma con la mirada fija en el ordenador, jugando al buscaminas, supuso. En ese pueblo no pasaba nada que justificara la concentración que parecía tener Emma.
-Hoy he recibido una visita bastante interesante – soltó para llamar la atención de la rubia.
Emma se sorprendió, no esperaba verla. Sin embargo, se levantó rápidamente, se acercó a ella y la besó brevemente en los labios, casi por inercia. A Regina ese gesto la tranquilizó, estaba claro que Emma no pensaba hacer caso a su madre en lo de alejarse de ella.
-¿De quién? – preguntó temerosa, aun guardaba una pequeña esperanza de que no fuera de quién creía.
-De tu madre – le contestó, y sonrió levemente al ver como Emma ponía cara de disgusto.
-Ya, lo siento. Ni siquiera sé cómo se ha enterado que nosotras… eso – suspiró.
-Me ha ordenado que me aleje de ti – dijo con un tono divertido y media sonrisa.
-¿Y qué piensas hacer? – sonrió con tristeza.
-¿Tú qué crees? – la miró con intensidad. Un instante después, la agarró de la cintura, separó la distancia que las separaba y la besó con fuerza.
