-¿Entonces? – preguntó Emma sentada en las piernas de Regina, mientras ésta le daba mordiscos leves en el cuello– ¿Vas a darme asilo político en tu casa?

-¿Asilo político? – sonrió.

-Claro, ahora mismo hay un conflicto claro entre dos reinos y yo estoy atrapada en tierra hostil. Es tu obligación darme asilo político – dijo con solemnidad.

-No creo que eso sea bueno para nuestro contrato de soportamiento – habló con cautela.

-Tampoco lo es que esté sentada en tus piernas en medio de la comisaría mientras me metes mano, cuando puede entrar cualquier persona en cualquier momento. Y sin embargo, aquí estamos – soltó con un deje de molestia en la voz.

-No es lo mismo – se tensó.

-Claro que no, aquí puede vernos cualquiera y en tu casa no – se levantó con enfado de las piernas de Regina.

-Ya… es que no quiero vivir contigo – soltó de golpe y Emma sintió una sacudida en todo su cuerpo.

-No te estoy pidiendo que vivamos juntas, solo que me dejes quedarme en tu casa un par de días hasta que arregle las cosas con Mary Margaret o encuentre otro lugar. No creo que sea demasiado – explicó con desespero.

-Para mí sí – confesó.

-¿Por qué siempre tiene que ser todo tan complicado contigo? – se pasó las manos por el pelo con frustración.

-Está bien, puedes quedarte en mi casa – dijo de repente – Al fin y al cabo somos soportadoras – sonrió con nerviosismo.

-No, no lo somos Regina – dijo ya cansada de ese "juego".

-¿Perdona? – preguntó confundida.

-Que no somos "soportadoras", ni amigas, ni cualquier palabra que te quieras inventar para no aceptar la realidad – espetó con rabia.

-¿Y cuál es esa realidad según tú? – preguntó con dureza.

-Que hace casi un mes que somos pareja. Que nos tratamos como tal, que nos comportamos como tal, y por mucho que lo niegues eso no va a cambiar – relajó el tono de voz.

-Parece que entonces vivimos en realidades diferentes. Yo no he vivido eso – dijo con altivez.

-¿Ah, no? – preguntó con incredulidad.

-Pues no. Cuando empezamos ya sabías lo que había, lo que te podía dar y lo que no, y lo aceptaste. Así que este ataque de "novia" dolida no tiene ningún sentido – dijo con desprecio.

-Tienes razón – aceptó – Me dijiste lo que había y yo fui la imbécil que creyó que eso cambiaría. Que te darías cuenta que… da igual.

-¿Que qué? – preguntó con curiosidad.

-Que me quieres, que sientes por mí más de lo que quieres ver. Y sé que lo haces, pero no te quieres dar cuenta.

-Es que no hay nada de lo que tenga que darme cuenta. A ver, no somos niñas de quince años que se besan y ya están enamoradas, simplemente nos lo pasamos bien juntas. ¿No es suficiente con eso? – intentó calmar su voz para que no sonara con tanta brusquedad.

-Pues no, para mí ya no es suficiente – dijo con firmeza.

-Si no estás contenta con lo que somos, ya sabes lo que tienes que hacer… - dejó caer con intención.

-Claro que estoy contenta con lo que somos, me gusta lo que somos. Lo que no me gusta es que no lo aceptes, que te engañes a ti misma – volvió a repetir frustrada. No importaba que se lo dijera mil veces, Regina jamás lo aceptaría.

-¿Pero por qué tengo que aceptar nada? Estamos bien, ¿qué más da lo que diga? ¿Qué más da cómo llame a lo que tenemos? Como si quiero decir que somos primas, no importa – dijo con ímpetu.

-¿Puedes decir que somos primas y no que estamos juntas? Si no importa, ¿qué más da que lo digas no? – sonrió con ironía.

-No le des la vuelta a lo que… – se calló de golpe.

Archie miraba a las dos mujeres confundido. Había entrado a la comisaría buscando a Emma y se la encontró en plena discusión con Regina. Por suerte para ellas, no le había dado tiempo de escuchar nada, aunque eso no restaba incomodidad ni un ligero aire extraño a la escena.

-Archie – dijo Emma por fin, sonriendo de forma nerviosa – ¿Ocurre algo?

El hombre la miró a ella y a Regina alternativamente antes de contestar.

-Quería hablar contigo de un asunto… pero puede esperar – añadió con rapidez.

-Vale, ¿te parece bien que te busque dentro de una hora?

-Claro – sonrió.

-Bien – dijo queriendo dar por terminada la breve conversación.

-Bueno, ya me… – hizo un gesto con las manos señalando la salida, sin embargo, después de dar unos pasos hacia la salida volvió a darse la vuelta – ¿Estáis bien? ¿Ha pasado algo? Os noto muy tensas.

No pudo evitar preguntarlo, quizás fuera deformación profesional, pero sabía que ahí pasaba algo y quería ayudar. Sobre todo para evitar que algo malo pudiera pasar.

Regina puso los ojos en blanco y bufó. Emma se quedó mirando a Archie, después se volvió a mirar a Regina y, como poseída por un impulso que no pudo o no quiso parar, respondió.

-No pasa nada, discusiones típicas de pareja – sonrió con maldad mirando de reojo a Regina.

A ésta casi se le salen los ojos de las órbitas al oír las palabras de Emma, aunque no tanto como al pobre ex grillo, ahora convertido en psiquiatra metomentodo. Regina miró a Emma directamente con enfado y rabia en los ojos, de una forma que hacía tanto tiempo que no usaba con ella, que se le hizo extraño que le saliera de manera tan sencilla y natural.

Archie, en cambio, las miraba a ambas con asombro, completamente perplejo, sin saber qué hacer o que decir, y sin poder siquiera moverse. De todo lo que podían haberle dicho, eso era lo último que esperar oír. De hecho era lo último que esperaba oír en su vida.

-¿Có… cómo? – tartamudeó al preguntar, con una voz más aguda de lo normal.

-¿No lo sabías? – siguió Emma con una voz y sonrisa falsamente joviales.

-No… no… ¿qué… qué hay que saber? – volvió a preguntar el pobre hombre con ingenuidad, o simplemente idiotez. Una parte de él aún creía que era un gran malentendido.

-Que Regina y yo somos novias… ¿verdad cariño? – hizo énfasis en el apelativo cariñoso, sabiendo cuánto le molestaría a la reina.

Archie abrió más los ojos, si eso era posible. No sabía qué hacer, ni qué decir, ni si tenía que hacer o decir algo. Estaba anonadado y completamente paralizado, mientras su mente no dejaba de dar vuelta a las palabras de Emma y sobre todo, a las consecuencias que eso podría tener. Tan perplejo y metido en sus propios pensamientos estaba, que no se había dado cuenta como los ojos de Regina estaban a punto de escupir fuego, y como su mandíbula estaba tan apretada que podría hacerse estallar los dientes de un momento a otro.

-¿No nos vas a decir lo que opinas? – preguntó Emma para romper el silencio espeso que se había creado de repente.

-¡Eh! – soltó Archie sin saber qué decir – Bu… bueno qué puedo decir… ¿felicidades? – sonrió con nerviosismo.

Emma sonrió, tenía que admitir que ver a Archie así de nervioso y cortado no tenía precio. En cambio, ver el enfado monumental de Regina con ella no tenía el mismo efecto que antes. Ahora no le hacía gracia, simplemente le daba pena, mucha pena por ella misma.

Finalmente, Archie se fue de la comisaría haciendo un gesto extraño de despedida que no se parecía en nada a un gesto normal de saludo.

Nada más desaparecer éste de su vista, Regina no tardo ni medio segundo en colocarse directamente frente a Emma para increparle con dureza.

-¿A qué coño ha venido eso? – respiraba con tanta fuerza que su respiración se oía casi tan fuerte como su propia voz.

-No sé por qué te enfadas, si no importa lo que diga ¿no? Da igual cómo llame a lo que tenemos – dijo con ironía, mirándola con dureza.

-No da igual cuando vas contando cosas privadas a gente que no tiene por qué saberlo – espetó con rabia – Tú también dijiste que era mejor que no lo supiera nadie.

-Ya… dime una cosa, ¿qué te ha molestado más, que le dijera "cosas privadas" o que dijera que eres mi novia? – preguntó con firmeza, ocultando el miedo a la respuesta que sentía en realidad.

Regina se la quedó mirando, pensando, reflexionando en la pregunta. Podría haberla esquivado, negarse a responder, sin embargo, contestó sin ningún titubeo.

-Lo segundo – afirmó con rotundidad, mirándola a los ojos.

Emma cerró los ojos con fuerza mientras intentaba desatar el nudo que se había alojado sin permiso en su garganta. Tragó saliva con fuerza y suspiró.

-Entonces creo que ya está todo dicho – dijo con tristeza.

-Supongo – asintió Regina con seriedad.

Se quedaron mirando a los ojos sin saber qué más decir, aunque realmente no había mucho más que decir. Eran como dos extrañas mirándose, no se reconocían en los ojos de la otra y eso era porque no veían lo mismo. Ya no había nada que las uniera, querían cosas diferentes, estaban en dos caminos distintos que no sabían si llegarían a cruzarse.

Regina fue la primera en bajar la mirada, no soportaba mirar de frente a otro fracaso de su vida. Estaba cansada, agotada de que nada le fuera bien, de que echara a perder todo lo bueno que le pasaba, de que acabara espantando siempre a la felicidad. Levantó levemente la mirada para mirarla una vez, y finalmente, se dio la vuelta y empezó a alejarse con paso lento. Cuando estaba ya en la puerta, no pudo evitar volverse a mirarla de nuevo y se sorprendió al sentir algo extraño y doloroso en su garganta al ver que una lágrima surcaba la mejilla de Emma.

-¿Esto es todo? – preguntó sin creerlo – ¿Aquí termina lo nuestro?

-Realmente no se puede terminar algo que nunca empezó, ¿no?