La había dejado. ¿De verdad la había dejado? ¡Joder! Claro que la había dejado. ¿Cómo había podido hacerlo? Era la primera vez que la dejaban en su vida, era ella la que siempre dejaba, la que llevaba el mando en sus relaciones. ¿Cómo habían llegado a ese punto? Definitivamente a Emma se le había ido a cabeza y bien ida. Y todo ¿por qué? ¿Por no querer decir que era su novia? Es que no lo era, simplemente eran dos personas que hablaban, compartían cosas, pasaban tiempo juntas y de vez en cuando… bueno, muy frecuentemente, tenían relaciones sexuales consentidas. ¿Tan difícil era de entender? Nunca la había engañado, desde el principio le dijo lo que estaba dispuesta a hacer y lo que no, jamás le prometió nada. ¿Por qué reaccionaba ahora así? Jamás le dijo que quería una relación con ella, jamás hizo nada que diera a entender que quería una relación con ella y jamás hizo nada que le diera a entender que estaba enamorada de ella. Porque no lo estaba, y ahora por culpa de la obsesión de esa rubia infantil por cazarla y que le confesara un amor que no sentía, se había vuelto a quedar sola. Con lo bien que estaban… y todo por culpa de Emma. ¿Qué más da que le molestara que dijera que eran novia, pareja o lo que sea? ¿Por qué de repente tenían que poner nombre a lo que sentían o hacían? ¿Por qué no podían simplemente dejarse llevar y seguir como estaban? Pero no, Emma tenía que ponerle etiquetas a todo, como si eso sirviera de algo. Las etiquetas no son más que métodos para controlarlo todo, para creer falsamente que se tiene el control. Y sí, ella podía haber accedido a ponerse la etiqueta que a Emma le diera la gana y seguir igual, con la diferencia de que la rubia estaría más tranquila. Pero no podía hacerlo, no sabía exactamente por qué, pero simplemente no podía hacerlo. Ante la simple palabra "novia" o "pareja", le entraba un agobio difícil de explicar, acompañado de unos sudores fríos y unas terribles ganas de salir corriendo a esconderse en el primer lugar lejano y difícil de ubicar que encontrara. No es que tuviera miedo al compromiso, es que… bueno, no le gustaban esas palabras. Además, no eran las adecuadas para definir lo que ellas tenían. Porque… porque no lo eran, no eran nada de eso y nunca lo serían y ella no sentía nada más que atracción. Una atracción fuerte debido a la evidente buenorrez de Emma, pero nada más. Así que ahora tenía que volver a acostumbrarse a la vida de llanera solitaria odiada por todo el mundo. Tenía que volver a acostumbrarse a no tener nadie con quien hablar o discutir de nada. Tenía que volver a acostumbrarse a no recibir mensajes absurdos de aviso de que iban a verla. Tenía que volver a acostumbrarse a no sentir un cuerpo desnudo abrazándose con necesidad a ella. Tenía que volver a acostumbrarse a no volver a verse reflejada en los ojos verdes de Emma. Tenía que volver a acostumbrarse a… ¿Qué es eso? ¿Por qué sentía de nuevo como si alguien le estuviera apretando la garganta? ¿Por qué le escocían los ojos? ¿Estaba llorando? No podía ser, ella no lloraba.

Emma, en cambio, ya no lloraba. De hecho había decidido actuar como si no hubiera pasado nada. Si para Regina jamás habían tenido una relación, no merecía la pena que actuara como si hubieran roto. ¿De qué servía sentirse mal y llorar cuando estaba claro que todo había sido un espejismo? Había sido una idiota al creer que Regina cambiaría, que al estar con ella, de repente, se daría cuenta que siempre la había querido y terminarían los tres viviendo juntos y felices, cantando canciones que Disney compondría para expresar su felicidad perfecta en su vida perfecta de familia perfecta. Ahora lo único que quería era olvidarse de ella, meter en una bolsa todo lo que sentía, sus ilusiones, sus esperanzas y tirarlo a la basura para empezar de nuevo. Y lo primero que necesitaba para eso era encontrar un sitio donde vivir. Después de la discusión con su madre tenía claro que no podía seguir viviendo con ella, además, antes de tener nada con Regina ya se sentía agobiada viviendo tantos en ese piso. Necesitaba espacio, libertad, poder moverse sin que nadie le preguntara a cada instante dónde va o qué va a hacer. Tenía que empezar una nueva vida de verdad, volver a ser la aventurera independiente que no tenía que rendirle cuentas a nadie. Tenía que… joder, tenía que irse de ese maldito pueblo. Sin Regina todo volvería a ser aburrimiento, ahogo, claustrofobia, ya no la tenía a ella como respiro. Necesitaba salir de ahí y volver a respirar el aire de la ciudad, caminar por las calles siendo una completa desconocida, ver caras nuevas, tratar con gente que se interesase por ella por lo que es, no por quién es, como hizo… ¡Mierda! Tenía que olvidar ya a Regina, no podía aparecer cada dos por tres en su cabeza o se volvería loca. Si tenía que tatuarse en el brazo que Regina no la quería para hacerse a la idea lo haría. Aunque realmente no creía que Regina no la quisiera, lo que pasa es que era tan cobarde que no quería aceptarlo. Pero eso ya daba igual, estaba dispuesta a empezar una nueva vida lejos de Regina y lo iba a conseguir. Aunque para eso tendría que dejar de decir el nombre de Regina en cada frase que pensara, porque de otra forma jamás olvidaría a Regina y siempre tendría a Regina metida en todas partes y eso no podía ser. Tenía que centrarse en su plan, simplemente en su plan de irse de ese pueblo y volver a la acción. Claro que ese plan tenía lagunas porque, ¿qué iba a hacer con Henry? Estaba claro que no podía llevárselo, a Re… a su madre no le gustaría y una cosa era olvidarla y otra hacerle daño. Reg... bueno, ella, no tenía la culpa de que hubiera sido tan idiota como para enamorarse, si encima se llevaba a Henry iba a pensar que además de idiota era una despechada resentida. No, no podía llevárselo, pero tampoco quería estar lejos de él. ¡Mierda! Era mucho más fácil ser rebelde y vivir aventuras cuando no tenía ataduras.

Decidió dejar de lado el tema de irse del pueblo para centrarse en el tema de dónde demonios dormiría esa noche. Así que acudió al único lugar del pueblo donde se alquilaban habitaciones, sí, al imperio Granny's.

Entró al pequeño hotel repitiendo mentalmente un pequeño mantra particular que decía "que no esté Ruby", intentando que el poder de su mente cumpliera su deseo. Hoy más que nunca no le apetecía encontrarse con la mirada juzgadora de su amiga, o ex amiga, o ex amante ocasional, ni mucho menos quería darle la alegría de que lo había dejado con la que no debe ser nombrada. Porque para ella no era una alegría y ver alegría en otra persona por su desgracia, no haría más que hundirla en la miseria y/o hacer estallar toda la rabia y frustración que llevaba dentro por ello. Pero por supuesto el poder de su mente la traicionó como siempre, y ahí, tras un mostrador del siglo pasado con la madera completamente desgastada, estaba Ruby pintándose las uñas de rojo putón.

Al verla, ésta cerró inmediatamente el bote de esmalte y lo dejó encima del mostrador.

-¿Qué haces aquí? – preguntó sorprendida – ¿Venías a verme?

-¿Eh? No, no, es… necesito una habitación – respondió de un tirón sin mirarla directamente.

-¿Una habitación? ¿Para qué? – se la quedó mirando con el ceño fruncido hasta que una idea, para ella descabellada, le vino a la mente – No pensarás que voy a dejarte una habitación para que te revuelques con Regina, ¿no?

-Y si fuera así ¿qué? – la desafió.

-Ya podrías darte la vuelta por donde has venido, porque no pienso ayudar a que te arruines la vida – la miró con dureza.

Emma suspiró y se mordió la lengua, Ruby no tenía la culpa de nada y no podía pagar su frustración con ella. Además, atacándola no iba a conseguir que la que no debe ser nombrada le dijera que la quería.

-No es por eso, ¿vale? – dijo con decaimiento – La habitación es solo para mí, he discutido con Mary Margaret y necesito espacio.

-¿Y por qué no te quedas con… ya sabes? – volvió a preguntar, en tono más relajado al ver que Emma estaba realmente estaba mal.

-Porque ya no estamos juntas... y no quiero comentarios, ni una cara feliz ni un "es lo mejor que podía pasar". Solo quiero una puta habitación, así que si puedes dármela te lo agradecería – ni siquiera la miró. Decir en voz alta que ya no estaba con la que no debe ser nombrada era como hacerlo real, por mucho que intentara hacerse a la idea, por mucho que pensara en ello, nada lo hacía más real que contárselo a alguien. Y eso no hizo más que volverle a remover todos sus sentimientos, y de repente empezó a sentir de nuevo ganas de llorar. ¡Y no podía llorar! No podía llorar por algo que no había pa… ¡pero es que sí que había pasado joder!

Ruby se la quedó mirando fijamente, no podía evitar sentir alivio y sabía que eso haría daño a Emma. Así que se dio la vuelta y cogió la llave de una habitación vacía.

-¿Quieres que hablemos? – dijo en tono dulce mientras le tendía las llaves de la habitación.

Emma cerró los ojos con fuerza, notando cómo le escocían las lágrimas que intentaba reprimir.

-No – respondió con voz ronca. Cogió las llaves y se dirigió corriendo a las escaleras para ir a refugiarse a su habitación.

Ruby miró con tristeza como desaparecía de su vista, se quedó pensando un momento y finalmente cogió el teléfono para hacer una llamada.

Ahora que las lágrimas habían vuelto a salir de sus ojos parecía incapaz de pararlas. No sabía que decir en voz alta lo que había dicho traería esas consecuencias, de ser así no lo habría dicho y seguiría reprimiendo y guardando su propio dolor. Y además le molestaba estar mal cuando seguramente quien no debe ser nombrada estaría tan campante, alegrándose incluso de haberse deshecho de ella. O quizás sí que lo lamentaba, pero únicamente por el tema sexual. Y eso le jodía incluso más, le jodía que hubiera significado tan poco para la otra mientras que ella como una imbécil había terminado colada hasta los huesos. Eso hizo que las lágrimas de dolor se convirtieran en lágrimas de rabia, pero para nada consiguió frenarlas. Lo que sí lo consiguió, fue el sonido de alguien llamando a la puerta de la habitación. Ni siquiera pensó en quién podría ser, su instinto la llevó directa al baño a lavarse la cara para intentar ocultar su deplorable estado, algo que por supuesto no consiguió, pero por lo menos la idea de que alguien pudiera verla llorar cerró el grifo de lágrimas. Más repuesta, se dirigió a la puerta y la abrió esperando ver a Ruby, puesto que era la única persona que sabía que estaba ahí, llevándose una sorpresa al encontrarse a su propio hijo frente a ella.

-¿Qué haces aquí? – le preguntó sorprendida, cerrando la puerta después de que el niño entrara sin ninguna invitación.

-¿Y tú por qué lloras? – preguntó de la misma forma, mirándola con atención.

-No estoy llorando – intentó sonreír, pero sus ojos rojos y la nariz congestionada no la respaldaron – ¿Cómo sabías que estaba aquí?

-He escuchado a la abuela hablar con Ruby por teléfono y decía que estabas aquí – se sentó en la cama y se cruzó de brazos. Emma cogió una silla y se sentó frente a él.

-¿Y qué más has escuchado? – preguntó con curiosidad y algo de miedo, una conversación oculta no era la mejor forma de que su hijo se enterara de según qué cosas.

-¿Es verdad que mamá y tú sois novias? – respondió con una pregunta que hizo que Emma se frotara la frente mientras suspiraba.

-No, no es verdad – dijo con tranquilidad, sabiendo por la mirada de su hijo que no se creía nada.

-Pero la abuela dijo que estabais juntas y que eso no podía ser – miraba a su madre fijamente con el ceño fruncido. Y a Emma esa mirada le recordó a la que no debe ser nombrada.

-Ya… es verdad, estábamos juntas, pero ya no – seguramente a la otra madre de Henry no le gustara que le dijera eso, pero estaba cansada de mentir y ocultarse. Por lo menos había evitado la palabra novia.

-¿Pero por qué ya no? – preguntó con decepción.

-Porque… porque somos muy diferentes Henry y… y no puede ser… – tuvo que callar porque sintió un nudo en la garganta, precursor de un llanto que no estaba dispuesta a dejar salir delante de su hijo.

-¿Por eso llorabas? – volvió a preguntar.

-Sí – dijo en un susurro, le parecía increíble que estuviera teniendo esa conversación con su hijo de once años.

-Si estás triste porque ya no estáis juntas, ¿por qué no vas y se lo dices a mamá? Seguro que ella también está triste y hacéis las paces – dijo con seguridad. Para él era tan obvio que era eso lo que tenía que hacerse que le parecía mentira que Emma no lo viera.

Emma, en cambio, sonrió con tristeza.

-No es tan fácil Henry. Tu madre y yo… estamos mejor así. No podemos hacernos felices – dijo con voz apagada, y de nuevo, le pareció increíble estar teniendo esa conversación con su hijo.

-¿No la quieres? – preguntó confundido.

-Claro que la quiero – respondió con rotundidad, por lo menos ahí sí que no mentía.

- Entonces tenéis que estar juntas. ¡Tú eres la salvadora Emma! Rompiste la maldición e hiciste que mi madre dejara de ser la reina malvada. Eso es porque eres su amor verdadero y el amor verdadero puede con todo – dijo con ilusión y Emma se emocionó y entristeció a la vez. El libro de hadas con la historia de los habitantes del pueblo había calado hondo en su hijo. Le encantaría decirle que sí, que ellas estaban predestinadas, que era su amor verdadero y podrían con todo y contra todos, pero realmente no lo creía así. Solo eran dos mujeres aburridas que encontraron un consuelo sin compromiso en los brazos de la otra, con la mala suerte de que ella se había enamorado sin ser correspondida… o mejor dicho, sin que la otra pudiera admitir que la correspondía.

-Henry… – soltó finalmente en un suspiro – No puede ser… simplemente no puede ser.

Y nuevas lágrimas volvieron a agolparse en sus ojos sin que les permitiera salir, con tan mala suerte de que Henry las vio. Y fue en ese mismo momento, cuando vio los ojos de su madre brillar rojos de lágrimas, que Henry decidió que sí podía ser y que él lo iba a conseguir. A partir de entonces comenzaba la operación Swan Queen.