¡He vuelto! No estaba muerta, estaba de parranNO. Estaba de exámenes y me merezco un monumento por ponerme a escribir justo el día que he terminado los exámenes. Siento que el capítulo no sea demasiado largo, vamos que es pequeño, pero no quería dejar esto más tiempo abandonado. Gracias por seguir ahí, si es que alguien sigue acordándose de esta historia...


Henry siempre había sido un niño muy persuasivo, demasiado persuasivo. Gracias a esa cualidad de su persona había logrado encontrar a su madre biológica, y gracias también a su cualidad especial, le había hecho entender el cuento de hadas que era su vida. Él se consideraba en parte una especie de salvador, aunque el mérito de ser la salvadora se lo llevara por entero su madre. Pero sin él, Emma no sería salvadora y su madre no habría sido salvada. Así que ahora, nuevamente tenía que sacar el traje de superhéroe del baúl y volver a ejercer de salvador. Y tenía muy claro que lo iba a conseguir.

Pero antes de idear un plan, tenía que conocer el testimonio de la otra parte afectada, es decir, de su propia madre. Sabía cómo estaba Emma y ahora tenía que saber cómo estaba Regina.

Cogió su bicicleta, una que su abuelo le regaló, y emprendió el camino hasta su casa. Iba pensando qué le diría, conocía muy bien a su madre como para saber que evitaría la conversación e intentaría cambiar de tema. Así que tenía que ser firme… o, bueno, todo lo firme que podía ser un niño de once años.

Al llegar a la casa de su madre, que él seguía considerando su propia casa, dejó la bicicleta tirada de mala manera en el césped y, en lugar de ir a la puerta principal, se dirigió hasta la puerta trasera. Como era habitual, esa puerta estaba abierta, así que con sigilo entró en la casa agudizando el oído para intentar averiguar en qué lugar estaba su madre. Sin embargo, no escuchó nada, y así estuvo en su breve recorrido por la planta baja de la casa, hasta que le llegó un sonido lejano que no lograba ubicar. Comenzó a moverse de un lado a otro para ver si el sonido se hacía más fuerte, y así averiguar de dónde provenía. Y así fue, frente a la puerta del sótano podía escuchar perfectamente un sonido como de cosas cayéndose y lo que parecían ser gritos de su madre. Abrió la puerta con incertidumbre, y comenzó a bajar lentamente, pudiendo distinguir ya a la perfección los ruidos que antes no supo identificar correctamente. Al llegar abajo, no pudo evitar asustarse al encontrarse a su madre con los ojos inyectados en sangre, lanzando múltiples objetos con fuerza contra la pared, mientras dejaba salir gritos llenos de rabia. Nunca había visto a su madre así, y eso hizo que se asustara más y se apreciara a la perfección lo que realmente era, un simple niño.

-¿Mamá? – la llamó con un hilo de voz débil, que sin embargo Regina escuchó.

Ésta se sobresaltó al ver a su hijo allí, con una cara que no dejaba lugar a dudas del pavor que sentía en ese momento. Y no pudo evitar volver a llenarse de rabia, pero no contra él por haber aparecido de la nada, la rabia ella contra ella misma por haber perdido de esa forma el control. Por volver a ser la culpable del miedo que veía en su hijo, por ser la reina midas de la destrucción.

-Cariño, ¿qué haces aquí? – intentó dulcificar el tono de voz, aunque su rostro seguía rojo y su respiración estaba agitada por el esfuerzo que su hijo acababa de cortar.

-¿Por qué estás así? – preguntó con preocupación, aún con voz débil.

-Por… nada, es… ¿por qué mejor no nos vamos arriba? – hizo un intento de sonrisa y se pasó la mano por la frente para eliminar las gotas de sudor que habían en ella – Venga, vamos.

Agarró a Henry con los hombros y le guió hasta arriba. Al salir del sótano, el niño seguía mirándola con una mezcla de preocupación y miedo y ella se odió por ello. Le pidió que le esperara en el salón y se dirigió hasta la cocina. Allí, se sirvió un vaso de agua helada que se bebió al instante, y después, fue directa hasta el grifo y se echó agua en la cara queriendo que se borrara todo rastro del ataque de "locura" que sabía sufrido. El agua en la cara fue como un bálsamo reparador, el problema es que no llegaba hasta las heridas profundas. Suspiró con fuerza, y cuando se dio la vuelta para reunirse con su hijo, se sorprendió al verle parado frente a ella con la mirada seria.

-Tú y yo tenemos que hablar – dijo el niño con una firmeza recién recuperada.

- Te escucho – le invitó a hablar Regina, señalándole una de las sillas de la cocina. Henry se sentó y ella hizo lo propio enfrente de él. La verdad es que estaba segura de que el niño querría hablar de lo que acababa de presenciar y no sabía cómo excusarse. Podría haber intentado evitar la conversación, pero conocía bastante bien a su hijo como para saber que eso nunca era una buena idea.

-Quiero que hablemos de algo que me has estado ocultando… – Regina frunció el ceño confundida – Quiero que hablemos de tu relación con Emma.

A Regina no hacía falta que le pusieran un espejo enfrente para saber que su cara era un poema. De entre todos los temas que podría tener su hijo para discutir con ella, jamás en la vida se le habría ocurrido que ese sería el elegido. De hecho, es que su hijo ni siquiera tenía de saberlo. ¿Qué cojones había pasado para que se enterara? ¿Cómo lo había hecho? Para esto sí que no estaba nada preparada, y mucho menos en ese momento. Sobre todo, porque lo que acababa de pasar era culpa de eso, y más que nada, de la maldita Emma Swan.

-No sé a qué te refieres – dijo con una falsa seguridad y entereza que se sacó de la manga. De esa manga que antes siempre llevaba y la hacía ser esa mujer fría que únicamente mostraba lo que quería mostrar.

-Sé que eres… bueno, eras novia de Emma – soltó con tranquilidad sin tener ni idea de lo que esa palabra provocaba en su madre.

Regina no pudo evitar poner una mueca de disgusto al escuchar la palabra "novia" al lado del nombre de Emma, esa maldita palabra era la culpable de todo. Y extrañamente, le había provocado más reacción esa simple palabra que el que su hijo lo supiera. Claro que, rápidamente fue consciente del hecho de que su hijo tuviera la certeza de que entre ella y Emma había habido algo, y como era habitual, una gran rabia contra Emma la invadió. Porque ella tenía que ser la culpable, ella siempre era la culpable de todos sus males. Y para colmo, ahora le contaba a Henry lo que había habido entre ellas, utilizando la palabra novia para molestarla mucho más. No le bastaba con haberla dejado, sino que ahora encima utilizaba al niño para vengarse. Y lo peor de todo es que no sabía qué contestarle. Podría afirmarlo o podría negarlo, sabiendo que ambas cosas traerían un montón de preguntas que al final le llevarían a la verdad, porque sabía que su hijo no creería un no.

-Es verdad – afirmó finalmente – Pero no fuimos novias, simplemente… algo más que amigas.

Una cosa era decir la verdad, una muy distinta aceptar la verdad de Emma. No pensaba darle el gusto de escuchar a Henry decirle que había admitido que eran novias.

Henry sonrió al escuchar la confirmación por parte de su madre, creía que le iba a costar mucho más. De hecho, creía que lo negaría hasta que él se cansara y fingiera que le creía, como muchas veces en su vida había hecho. Sin embargo, por suerte no había sido así y eso solo podía significar una cosa. Su madre estaba tan enamorada que no podía ocultarlo. O eso es lo que pensaba su cabecita infantil y amante de los cuentos de hadas.

-Me alegra oír eso, porque tenéis que volver – dijo con seriedad pero sonriendo.

Regina no pudo evitar soltar una carcajada, nuevamente su hijo volvía a sorprenderla. Tenía que admitir que la broma era graciosa.

-Lo digo en serio – volvió a decir Henry de forma más seria.

La sonrisa de Regina se congeló en su rostro y suspiró con fuerza. Estaba claro que en su vida nada podía ser sencillo.

-Henry, Emma y yo no podemos estar juntas – iba a añadir un "no nos soportamos" pero pensó que no sería apropiado, así que cambió esa frase por – no nos queremos.

-¡Claro que os queréis! – dijo con convencimiento – Emma me lo ha dicho.

Y por no sabía ya qué número de vez más, Henry volvió a sorprenderla. ¿Cómo qué Emma la quería? Emma no podía quererla, Emma la había dejado tirada como un perro por no querer decir que era su novia. Una no abandona a alguien que quiere. Pero vamos, que a ella no le importaba nada.

-¿Te lo ha dicho ella? – se escuchó preguntar muy a su pesar. No le importaba Emma, era simple curiosidad humana.

-Sí. Por eso tenéis que volver, ella está llorando por ti y tú estás rompiendo cosas por ella. Os queréis, ella es tu amor verdadero y no puedes dejarla escapar. Tienes que buscarla y darle un beso de amor verdadero… como en el libro – dijo con ilusión.

Si cualquier persona le hubiera dicho eso, se habría reído en su cara sin ningún miramiento. Pero resulta que quién se lo había dicho era su hijo, un niño que estaba ilusionado con la idea de que Emma era su salvadora y amor verdadero, y al que había roto el corazón en demasiadas ocasiones como para hacerlo una vez más.

-Henry – dijo con voz dulce – Eso no puede ser. Emma… no es mi amor verdadero y yo no lo soy de ella.

- Pero… – intentó replicar pero Regina lo frenó.

- No, cariño. Nosotras… te queremos mucho, eres nuestro hijo, pero no funcionamos juntas. No podemos estar juntas, solo nos hacemos daño.

Regina suspiró con tristeza al ver la mirada decaída de su hijo ante sus palabras, y sobre todo, suspiró de tristeza al sentir la verdad de sus palabras. Realmente lo de ella y Emma fue algo que únicamente estaba destinado a traer dolor, y tenía que admitir que ella tenía gran parte de culpa de eso. Aunque estaba segura que pronto se le olvidaría esa culpabilidad y volvería a convertir a Emma en su chivo expiatorio.

Henry miró a su madre fijamente, intentando ver más allá de lo que le decía, y se encontró una tristeza en sus ojos que pocas veces había visto. Le estaba mintiendo, tenía que estar mintiéndole. Él estaba seguro que Emma era su amor verdadero, igual que en su día estuvo seguro de que era la salvadora. No, no se equivocaba. Por eso, le hizo la misma pregunta que horas antes le había hecho a Emma.

-¿No la quieres? – y siguió mirándola fijamente estudiando sus reacciones.

A Regina la pregunta le pilló tan de sorpresa que se quedó completamente paralizada. ¿Qué podía contestarle a eso?