He vuelto... otra vez. Vais a empezar a pensar que soy la escritora Guadiana que aparece y desaparece, pero no es mi culpa, la culpa es de los 40º que me derriten las neuronas y claro, así no rindo.


Henry la miraba, ella le evitaba. No quiso pensar, no quiso reflexionar y si pudiera daría marcha atrás en el tiempo y evitaría la pregunta.

-No te voy a contestar a eso – ella no era de evasivas, era una mujer directa. De hecho, eso era una de las cosas que más le gustaban de ella misma. Sin embargo, había algo que le impedía contestar a esa pregunta. No sabía muy bien qué era, o sí, pero prefería no enfrentarse a eso. No lo hacía en soledad como para hacerlo enfrente de su hijo.

Henry puso cara de enfado, pero para su sorpresa, no siguió con el tema.

-Está bien – aceptó – Entonces me marcho.

Levantó de la silla y salió de la casa por la misma puerta que había entrado, tras darle un beso a su petrificada madre.

Definitivamente su hijo estaba tramando algo. Él no era uno de esos niños normales que dejan pasar las cosas y las olvidan al momento, era insistente hasta la extenuación… su extenuación, para ser exactos. Pero prefería no pensar en posibles enredos de su hijo, ni en Emma, ni en ese maldito pueblo donde todos se atrevían a mirarla por encima del hombro, ni en Mary Margaret con su cara de santurrona prohibiéndole salir con su hija, ni mucho menos en la loba con piel de zorra que ya estaría pegándosele a Emma deseando consolarla. No quería pensar en nada, simplemente quería sacarse esa cosa extraña que le dolía por dentro y no lograba identificar. Quería olvidarse de todo y de todos y volver a ser la que era. ¡Dios! Si no fuera por Henry hace tiempo que habría volado a todo el que la mirara mal, sentía una gran frustración por dentro que había aumentado tras la ruptura de su relación sin relación con Emma. No entendía por qué, o mejor dicho, no quería entender por qué le pasaba eso justo ahora. Por qué sentía ese desasosiego interno, por qué de repente se encontraba llorando cuando ella no lloraba, por qué le dolía pensar en Emma… Ella no era así. Simplemente no era así. Se sentía completamente perdida, estaba viviendo algo completamente nuevo a lo que no sabía cómo enfrentarse y si su hijo no hubiera aparecido en su casa, seguramente se habría enfrentado a ello haciendo volar su sótano. Y no le gustaba tener la certeza de eso, había dejado atrás esa vida por su hijo y que su "ruptura" con Emma la desestabilizara hasta el punto de casi volver a lo que era, le daba miedo. Pero no quería pensar en ello, si no lo hacía podría fingir que no había ocurrido. Sí, para ella era mucho mejor la negación que aceptar que quizás, todo lo que le estaba pasando era debido a que sentía algo por Emma.

Y mientras Regina negaba, Emma planeaba su huída. En su cabeza cada vez tomaba más forma su plan de irse del pueblo, aunque claro, seguía con el inconveniente de no querer abandonar a su hijo por segunda vez en su vida. Pero aunque por nada del mundo quisiera estar alejada de él, tampoco quería estar cerca del foco de su dolor. Sabía a ciencia cierta que iba a quedar de egoísta, pero es que era una decisión egoísta. Muy egoísta, pero a veces en la vida hay que ser egoísta y anteponer el bienestar propio al del resto. Ahora mismo no era ella, era una imagen borrosa de sí misma, una imagen llena de dolor y resentimiento y eso no es lo que quería que viera su hijo. No, necesitaba marcharse y tomarse un tiempo para poderse desintoxicar de Regina, del pueblo y de todo. Y era ese plan, y el objetivo de olvidarse del sujeto R, lo que le daría la fuerza de enfrentarse a lo que hiciera falta para lograrlo. Aunque no podía evitar sentirse culpable por el daño involuntario que le haría a su hijo con su huída, pero más daño le hacía que los pensamientos de Henry le llevaran inconscientemente hasta Regina. Sí, definitivamente era mejor poner distancia entre Regina y ella.

Tan metida estaba en sus pensamientos y en su determinación interna, que no escuchó los golpes en la puerta hasta que éste pasó de aviso a insistencia. Se levantó con desgana y se dirigió con lentamente hasta la puerta, donde apoyó la frente pesadamente posando la mano en el pomo, sin querer abrir. Se había ido al hotel para estar a solas… y evitar a su madre, todo sea dicho, y de repente recibía más visitas que cuando estaba en casa. Finalmente, abrió la puerta encontrando a la culpable de su encierro en el hotel, bueno, la segunda culpable, realmente la culpable de todo era Regina. Se quedó mirándola con seriedad, planteándose si sería buena idea hablar con ella en ese momento. Y como no lo tenía claro, no hizo el intento de invitarla a pasar, simplemente se apoyó en el marco de la puerta y se cruzó de brazos, mientras esperaba que dijera algo.

-¿Has hecho todo el camino hasta aquí para quedarte mirándome? – dijo finalmente, al ver que no decía nada.

-No estés así conmigo Emma – respondió con suavidad Mary Margaret – He venido porque soy tu madre y me preocupo por ti.

-No hay nada por lo que tengas que preocuparte, pero gracias, puedes volver a casa – fue a cerrar la puerta, pero la mano de su madre se lo impidió.

-Lo sé todo, así que no me puedes engañar – dijo con el mismo tono suave, como si tuviera miedo de espantar a su hija si elevaba la voz.

-Vaya, últimamente te enteras siempre de todo. Voy a empezar a pensar que me tienes puesto espías – dijo con amargura.

-¿No me vas a dejar pasar? – preguntó ignorando la última frase de su hija.

-¿Para qué? Si vienes a celebrar mi ruptura con Regina llegas tarde, ya me he tomado el champán y tirado toda la serpentina que había.

-No, vengo a ver estar con mi hija que ha roto con su… novia y lo está pasando mal – dijo haciendo un esfuerzo porque no se le notara lo que le molestaba utilizar esa palabra para referirse a la que una vez fue su madrastra.

-¡Oh! No, no, no. No digas esa palabra, ni se te ocurra. Regina no es ni ha sido nunca mi… eso. No, no vuelvas a decir esa palabra – negó con dolor, como si esa palabra fuera la culpable de la inmadurez emocional de Regina.

-Lo siento mucho, de verdad, no me gusta verte así – intentó acercarse a abrazarla pero Emma se lo impidió.

-No mientas, a la única que le duele todo esto es a mí. El resto estáis encantados, por fin la hija díscola ha abierto los ojos y ha terminado con la bruja… ¿pero sabéis qué? Si ella viniera ahora mismo a buscarme y me dijera que me quiere de vuelta a su lado, me iría sin pensarlo ni un momento, porque a pesar de todo la quiero. A pesar de su pasado, de su invalidez emocional, de engañarse mil veces a sí misma y a mí, a pesar de la gente y a pesar de mí misma, a pesar de todo eso. Y por eso me duele esta ruptura de lo que fuera que tuviéramos, y ni tú ni nadie podéis decir nada que haga que me desenamore de ella, ni que me sienta mejor ni nada. Porque decirme que es lo mejor, que esto no iba a ninguna parte y demás chorradas, no me ayudan, únicamente hace que me sienta peor. Por eso no puedo hablar ahora mismo contigo, por eso no puedo hablar con absolutamente nadie, porque mientras yo me muero por dentro, vosotros os alegráis de que esto haya pasado. Así que, por favor, vete. Te prometo que hablaremos en otro momento, pero ahora, sinceramente, ni quiero ni puedo.

Esta vez Emma no rechazó el abrazo de su madre, de hecho, tenía que admitir que fue bastante reconfortante y que, si no se hubiera contenido con fuerza, lo más probable habría sido que terminara llorando en su hombro. Pero no fue así, y cuando deshizo el abrazo, Mary Margaret se fue sin decir palabra, sabiendo que nada de lo que dijera cambiaría el estado de su hija.

Y el encierro duró cinco días, cinco días en los cuales únicamente Henry tenía permitida la entrada en la cueva, como él mismo había bautizado a la habitación. No es que hubiera estado encerrada a cal y canto, de hecho había seguido trabajando con normalidad, simplemente había decidido evitar a la gente y tomarse un respiro del mundo. Cosa que perjudicó notablemente a Henry y su operación secreta de unir a sus madres, que se encontró de repente con dos madres ermitañas con el carácter cambiado que apenas salían de casa. Pero él no desistía, y aprovechando la vuelta de Emma al hogar familiar, decidió poner en marcha su plan… o por lo menos, uno de ellos.

Llamó a Regina para avisarle que esa noche se quedaría a dormir con ella, cosa que alegró sobremanera a su madre, que apenas tenía cosas en las que ocupar la cabeza para no pensar en lo que no quería.

Le estuvo insistiendo a Emma para que le llevara, pero claro, si fuera tan fácil que Emma accediera a acercarse a casa de Regina, aunque fuera sin tener que entrar dentro, no habría tenido que ponerse a elaborar su magnífico plan. Así que finalmente fue su abuelo el encargado de llevarle, pero no le molestó, sabía que pasaría eso.

Mientras estaba siendo abrazado con fuerza con su madre en la puerta de casa, empezó el plan. La verdad es que no era un plan demasiado elaborado ni especialmente original, pero es que era solo un niño.

-¡Ay! – se quejó poniendo lo que para él era su mejor cara de moribundo – No me aprietes mucho que me duele.

-¿Cómo que te duele? ¿El qué te duele? – preguntó preocupada, poniéndole la mano en la frente para ver si tenía fiebre.

-La tripa, me encuentro muy mal – dijo con un hilo de voz – Estoy mareado y tengo ganas de vomitar – fingió una arcada para darle más realismo a los síntomas que había encontrado gracias al doctor google.

-¿Pero cuánto tiempo llevas así? ¿Por qué no me han dicho nada? ¿Te encuentras mal y te traen aquí como si nada en vez de llamar al médico? ¡Vaya familia! – dijo con una mezcla de preocupación e indignación.

-Es que me ha empezado a doler hace poco y no les he dicho nada, además quería estar contigo – sonrió para ablandar a su madre, su plan no podía tener a Regina enfadada.

-Bueno, entonces ve a tu habitación y échate en la cama. Voy a prepararte un caldo o algo. ¿No has comido nada raro que te haya podido hacer daño?

-No, pero me duele mucho aquí – se señaló la zona que había visto en google que dolía cuando se tenía apendicitis.

Y eso todavía preocupó más a Regina, lo último que necesitaba en ese momento era que a su hijo le diera un ataque de apendicitis. Al final sería verdad eso de que todas las desgracias vienen juntas.

Mientras, en su habitación, Henry seguía con su plan de fingir una enfermedad. Encendió la lámpara de su mesilla de noche y esperó un poco a que se calentara para ponérsela en la frente y por toda la cara. Tenía que admitir que fingirse enfermo era más difícil de lo que pensó en un principio, sobre todo porque la lámpara quemaba y se estaba haciendo daño. Pero decidió que ese daño podría utilizarlo a su favor, unas lágrimas de dolor siempre eran bien recibidas en el mundo de la enfermedad fingida. Cuando escuchó los pasos de su madre subir por las escaleras dejó rápidamente la lámpara en su sitio, se llevó las manos la parte baja del vientre y empezó a emitir un leve quejido constante.

-¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor? – preguntó entrando en la habitación con una bandeja con un plato de sopa.

-No, me duele más – se quejó cerrando los ojos con fuerza esperando que le saliera alguna lágrima.

Regina soltó la bandeja en la mesilla y se sentó al lado de su hijo poniéndole una mano en la frente y la otra en la mejilla.

-¡Cariño, estás ardiendo! – dijo alarmada – Tengo que llamar al médico.

Fue a levantarse para ir en busca de su teléfono pero Henry la frenó.

-¡No! Quiero… quiero que venga Emma, no quiero médicos. Si… si Emma no viene no me toca nadie – dijo con obstinación, si era sincero, cuando ideó su plan se había olvidado que si fingía estar enfermo llamarían a un médico, y la verdad es que le daban miedo.

Regina le miró con sorpresa, no podía creer que su hijo antepusiera a Emma ante su propio dolor. Pero entendía que era su madre y en ese momento, querría tenerla cerca también. Aunque en realidad, si no estuviera obnubilada por el miedo que sentía al ver a su hijo sufrir, habría podido analizar mejor la situación y se daría cuenta que la reacción de su hijo era de todos menos normal.

-Está bien, vas a llamar a Emma. Pero no te alteres, ¿vale? A ver si te vas a poner peor.

Rápidamente salió de la habitación en busca de su teléfono para llevárselo a su hijo, puede que estuviera obnubilada para no ver que su hijo mentía, pero no lo estaba lo suficiente como para ponerse a hablar con Emma como si nada, aunque fuera de Henry.

Le dio el teléfono al niño y se dirigió hasta su habitación para buscar algún antitérmico infantil que pudiera darle a su hijo. Finalmente, encontró uno que no estaba caducado, y volvió hasta la habitación del niño, deseando que éste hubiera terminado su conversación para que no intentara hacer que hablara con ella por el móvil. Pensamiento un poco estúpido, dado que Emma iría hasta su casa y tendría que verla en persona. Pero en eso la suerte estuvo de su lado, y cuando entró en el cuarto Henry ya había terminado de hablar con su otra madre.

-Viene de camino – le dijo con una sonrisa cuando entró.

Regina intentó devolverle la sonrisa pero no pudo, ahora no solo estaba preocupada por el repentino dolor de su hijo, sino también por la inminente visita de Emma. Aunque intentó fingir que el que ella apareciera le era absolutamente indiferente, no estaba segura de haberlo hecho bien, puesto que cada vez que escuchaba un coche frenar o pasar cerca se sobresaltaba de forma más que evidente. A Henry eso le divertía bastante, pero lo ocultaba porque tenía que seguir manteniendo la pantomima de la enfermedad hasta que apareciera Emma. Si bien es cierto que cada vez se esforzaba menos, y si Regina no hubiera estado ida como no era habitual en ella, se habría dado cuenta. Claro que ella achacó la visible mejoría de su hijo al antitérmico que le había obligado a tomarse.

Unos minutos después, que aunque parecieron eternos no serían más de cinco, se escuchó el timbre de la puerta, haciendo que madre e hijo reaccionaran de forma completamente opuestas. Regina se levantó completamente nerviosa, sintiendo un nudo enorme en el estómago, mientras que su hijo sonrió contento de que su plan estuviera saliendo según lo planeado.

Regina bajó las escaleras más despacio de lo habitual, no sabía qué reacción iba a tener Emma con ella, si debía saludarla, cómo debía saludarla, hasta la forma de abrirle la puerta le planteaba dudas. Sin embargó, rápidamente sacudió la cabeza, odiándose por sus nervios de adolescente estúpida, y adoptó la pose que mejor controlaba: la altiva. Así que abrió la puerta con la cabeza bien alta y un rostro hierático, encontrándose de frente a una Emma nerviosa por su hijo y tremendamente guapa, aunque le costara admitirlo.

Emma ni siquiera saludó, nada más ver la puerta abrirse se coló con por el hueco que dejaba Regina y subió las escaleras con rapidez para encontrarse con Henry. A Regina, como era normal, eso le molestó y cerró la puerta de un portazo mientras murmuraba un "maleducada" entre dientes.

Cuando llegó a la habitación de su hijo, demorándose más de la cuenta para no darle el gusto a Emma de notar que le había molestado su entrada, se los encontró abrazados mientras Emma le tocaba en todas partes para ver si tenía algo.

-Le he dado un antitérmico y le ha bajado la fiebre. Puede que sea una gripe que se le ha ido al estómago o simplemente algo que le haya sentado mal – a pesar de todo, no pudo evitar decir eso para tranquilizarla al ver su cara de preocupación mientras exploraba a Henry.

-Hoy ha estado todo el día bien – contestó sin mirarla, ahora que veía que Henry estaba vivo era consciente de dónde y con quién estaba, y eso le ponía demasiado nerviosa. Le daba miedo mirarle a la cara y ver indiferencia en ella, y aun le daba más miedo no poder controlarse y agarrarse a su pierna para que no se separara nunca de ella. Poco podía imaginar que Regina se sentía casi igual, aunque ni era consciente ni lo admitiría en el caso contrario.

Henry notó el ambiente raro que se había apoderado de la habitación. Tenía a Emma a su lado sin soltarle y a su madre enfrente, a una distancia más que prudencial. Ambas mirando a lados completamente opuestos y sin decir una sola palabra. Podría haber dicho algo para romper el hielo, para obligar a sus madres a hablar, pero no estaba seguro de que fuera a funcionar. Así que pensó que lo mejor sería seguir con la siguiente fase de su plan.

Se llevó una mano a la boca y fingió una arcada que llamó la atención de sus madres. Al ver que ambas estaban pendientes de él, fingió otra arcada y se levantó rápidamente de la cama corriendo hacia afuera. Pero en lugar de dirigirse hacia el baño, cerró rápidamente la puerta de su habitación, sin dar tiempo a sus madres para reaccionar. Éstas vieron estupefactas como su hijo las encerraba echando el pestillo exterior que Regina mandó poner en la época que a Henry le dio por escaparse de casa al creerla, con razón, la reina malvada.

-¡Ya podéis empezar a hablar, porque no saldréis de aquí hasta que hagáis las paces! - escucharon que dijo Henry elevando la voz desde el otro lado de la puerta. Y ellas… ellas se miraron a los ojos por primera vez desde que se habían vuelto a ver, encontrando en los ojos de la otra un pensamiento en común: "voy a matar a mi hijo".