Antes que nada, merezco que me apaleéis un poquito. He desaparecido demasiado tiempo y espero no volver a hacerlo, aunque ahora mismo no tenga todo el tiempo deseado. Siento mucho mi ausencia y mucho más siento volver con un capítulo tan transitorio, pero oye, siempre podéis volver a leer capítulos pasados más interesantes... o no.


Y exactamente ocho días después de esa conversación, ocho extraños y ligeros días donde las horas pasaron como segundos y su vida se convirtió en una inercia constante, llegó el día de marras. No había vuelto a hablar con Emma desde entonces, era como si se hubiera establecido un acuerdo tácito de no comunicación, o simplemente, como si las cosas hubieran vuelto a ser como antes de que tuvieran esa pseudo relación. Quizás fuera mejor así, aunque ahora lo veía de otra forma. Henry se había vuelto a instalar en su casa y sería como si esos meses no hubieran pasado, como si Emma nunca hubiera pasado por su vida… o eso esperaba. De hecho, fue gracias a Henry que se enteró de la partida de Emma. El niño había llegado corriendo a casa con los ojos llenos de lágrimas, buscándola a voz en grito. Le contó que Emma se había despedido de él, le había regalado un teléfono móvil para que estuviera siempre disponible y se iba en una hora. Le gritó que no podía permitir que se fuera, pero ella no podía hacer nada, no debía hacer nada.

-¡Tienes que ir a por ella! – repetía por enésima vez, cogiendo las manos de su madre y tirando de ellas intentando levantarla del sofá donde estaba sentada – ¡No puedes dejar que se vaya!

-Henry no seas pesado – dijo con hastío, como si no fuera difícil aguantar como lo estaba haciendo, encima tenía a su hijo insistiendo cada dos segundos.

Él la miró con nuevas lágrimas en los ojos y se le hizo un nudo en la garganta, haría lo que fuera por su hijo pero esto… no podía. ¿Cómo contarle a su hijo que no tenía derecho a hacerlo? Que no tenía derecho a meterse de nuevo en su vida cuando fue ella quien echó a Emma de ella, que no tenía derecho a jugar con sus sentimientos por algo incierto, que no tenía derecho a… nada, no tenía derecho absolutamente a nada en su vida. Y no podía ser egoísta, no podía ponerse de nuevo ella por delante sin importar lo que sentía Emma y el daño que pudiera hacerle de nuevo. Ya no. Había sido incapaz de aceptar que sentía algo por ella, aun sabiendo el daño que le hacía, de hecho, aun le costaba aceptarlo. No, no podía ser débil y mucho menos podía arruinarle la vida y arruinársela ella. Porque, ¿qué les esperaría si decidieran estar juntas? Los padres de Emma no la aceptarían jamás, es más, ella no aceptaría jamás a los padres de Emma, a los que había intentado matar en tantas ocasiones que se había vuelto hasta una rutina. Por no hablar del pueblo, esa gente que se cree en el derecho de meterse en todo se meterían en su vida, y ya tenía bastante con que la repudiaran por ser quien era como para encima darles más motivos para que la miraran mal. Sobre todo porque estaba llegando al límite de malas miradas y al final terminaría convirtiendo a todos los habitantes del pueblo en enanos de jardín y no tenía jardín para tantos.

Ese último pensamiento le hizo esbozar una sonrisa amarga, sonrisa que su hijo contempló sin entender cómo era posible que su madre reaccionara así mientras el catalogado por él como "amor de su vida" se marchaba. No entendía por qué no hacía nada, todo era tan fácil como ir a buscarla y pedirle que se quedara. Y tampoco entendía por qué Emma se huía de esa manera, ¿acaso no había quedado claro ya que Regina la quería? Se estaban destrozando la vida y se la estaban destrozando a él por cobardes y obstinadas.

Emma estaba terminando de meter la última caja en su maltrecho escarabajo, parecía que en ese último año y medio había acumulado más pertenencias que en toda su vida, no sólo física sino emocional. Ella siempre había sido una ciudadana del mundo, como le gustaba decir, iba de un lugar a otro llevándose únicamente el recuerdo de lo vivido sin dejar nada atrás. Antes toda su vida cabía en una mochila, ahora su vida llenaba su coche y atrás dejaba a aquellos que despertaban en ella sentimientos que no creía que fuera capaz de desarrollar. Aún así, sabía que era lo mejor, en ese momento y para ella, era lo mejor. Aunque una pequeña… gran parte de ella no dejara de mirar de un lado a otro con la esperanza de verla aparecer, aunque esa misma parte de ella se riñera por ese deseo. Le había costado mucho tomar la decisión de marcharse, mucho más después de su última conversación con Regina, pero tenía que ser consecuente con sus actos y sobre todo con ella misma. No le había contado a nadie de su último encuentro con Regina, en realidad, lo que no había contado era de lo que habían hablado. Era su manera de protegerse, de hacer menos reales las palabras de Regina, porque de otra forma saldría corriendo a sus brazos sin importar nada. Aunque tenía que admitir que también se había callado por miedo a que le dijeran que estaba cometiendo el error de su vida y la hicieran sentirse peor de lo que ya se sentía, cosa poco probable dado que sus apoyos eran su madre y Ruby y no sabían quién de las dos mostraba más antipatía hacia su adorablemente malvada ex alcaldesa, reina y amante ocasional.

Revisó nuevamente todas las cajas para comprobar que no se dejaba nada de vital importancia y cerró el maletero con fuerza. Ya no tenía sentido esperar más. Le había prometido a sus padres que comería con ellos, de hecho creían que había bajado sólo a guardar las cajas, también le había prometido a Ruby que se pasaría por el restaurante antes de irse, pero ya la perdonarían. Se subió al coche y dirigió una última mirada alrededor justo antes de arrancar y marcharse sin saber cuándo sería la próxima vez que volvería a pisar ese pueblo.

Condujo durante horas sin un destino en mente, simplemente quería poner toda la distancia que pudiera, dejarse llevar hasta donde quisiera el destino. No sabía lo que buscaba, únicamente que necesitaba alejarse de todo y de todos.

Y nueve horas más tarde, el destino, o mejor dicho, el motor de su coche decidió que era hora de parar. Por suerte, su fiel automóvil había tenido la decencia de estropearse junto a un hostal, por lo que pudo reservar una habitación antes de salir a dar una vuelta por la ciudad que, de momento, sería su nuevo hogar.

No podía decir que fuera un lugar bonito, pero realmente ningún lugar en el que hubiera estado alguna vez le había provocado jamás ese sentimiento. Para ella las ciudades eran lugares de paso, escenarios que solo cobraban importancia cuando en ellos tenían lugar momentos trascendentes en la vida de la persona, era su experiencia con el sitio el que lo dotaba de la cualidad de bonito o feo. Y ahora mismo sólo había un pueblo al que podía calificar de bonito, el mismo del que huía.

Tras una hora paseando por aquellas zonas "imprescindibles" viendo edificios, plazas y parques que no le interesaban lo más mínimo, decidió que lo mejor sería ir a uno de esos sitios que fuera donde fuera nunca le defraudaban… un bar. Tras echar un vistazo a unos cuantos se decidió por el que tenía más aspecto de no contagiarle una ETS con solo apoyarse en una silla. Fue directa a la barra y sin saludar siquiera, pidió una cerveza sin mirar a la camarera. Mientras se la servían se dedicó a mirar a su alrededor, o esa ciudad estaba muerta o allí la gente tenía cosas mucho más interesantes que hacer que ir a los bares.

-No eres de por aquí, ¿no? – la voz de la camarera interrumpió su barrido visual y la obligó a mirarla, aunque lo último que quisiera en ese momento era entablar una conversación con una desconocida.

-No – contestó escuetamente. No quería ser maleducada, así que esperaba que su corta respuesta le hiciera ver que no tenía ganas de hablar. Le dio un largo trago a su cerveza observando como la camarera no tenía ni la más mínima intención de moverse de enfrente de ella.

-Ya… me habría acordado de una cara tan bonita como la tuya – dijo con evidente insinuación.

Ante tal declaración de intenciones Emma no pudo hacer más que abrir los ojos sorprendida. Miró a la camarera con una sonrisa de incredulidad y por primera vez desde que había entrado en el bar se fijó en ella. No era especialmente guapa, pero tampoco era fea, si bien tenía un atractivo que seguramente radicara en su seguridad y confianza en sí misma. La veía sonreírla con una sonrisa ladeada bastante sexy y hacía tanto tiempo que nadie intentaba ligar con ella como una persona normal que no pudo evitar seguirle el juego.

-¿Estás ligando conmigo? – preguntó en el mismo tono insinuante que había utilizado la otra chica.

-¿Serviría de algo? – se apoyó ligeramente sobre la barra acercándose a ella, de forma que dejaba su escote más visible.

-Puede – contestó, y sin poder evitarlo, sus ojos, república independiente de su cara, se dirigieron al escote de la camarera. Ésta sonrió, y justo cuando empezó a inclinarse más sobre la barra con la clara intención de besarla, el móvil de Emma sonó rompiendo el momento. La camarera retrocedió mordiéndose el labio y se dio la vuelta para servirse ella misma una copa.

Emma sacó su teléfono del bolsillo y se quedó mirándolo sin atreverse a tocarlo, una notificación indicando un mensaje de Regina había hecho que se le acelerara peligrosamente el corazón. Podía notar como casi le empezaban a temblar las manos cuando te atrevió a abrir el mensaje y las tres simples palabras que ahí aparecían la dejaron congelada.

"Te echo de menos"

Sintió que empezaba a faltarle el aire y la boca se le secó. ¿Por qué le hacía esto? ¿Por qué después de todo lo que le había costado alejarse de ella? ¿Después de incluso poner tierra de por medio, de separarse de su propio hijo? Cogió la cerveza y la apuró de un solo trago. Regina tenía pensado volverla loca y no iba a permitírselo. Volvió a mirar a la camarera que se tomaba lentamente una copa de whisky sin dejar de mirarla y pensó "¿por qué no?".

-¿Tienes algo que hacer cuando salgas de trabajar? – se oyó preguntar con una seguridad que no sentía, ¿de verdad era eso lo que buscaba?

-¿Tienes algo que ofrecerme? – le contestó con una pregunta sin dejar su tono insinuante. Emma sonrió, no, definitivamente no era eso lo que buscaba, pero le serviría para distraerse. Se sacó de la cazadora un papel arrugado y un bolígrafo y comenzó a escribir algo bajo la atenta mirada de la camarera, cuando terminó, le tendió el papel. Cuando la chica fue a agarrarlo Emma lo apartó con una sonrisa juguetona, la camarera sonrió aún más y volvió a apoyarse contra la barra. Pero esta vez no fue a por el papel, directamente fue hasta los labios de Emma que la recibieron contestando más por inercia que por placer, si bien, pronto el placer ganó la batalla. Fue Emma quien puso fin al beso separándose lentamente de ella, dejó el papel en la barra y mientras se levantaba para irse dijo:

-A la cerveza invitas tú – le guiñó un ojo y desapareció por las puertas del bar.

Nada más poner un pie en la calle, su teléfono volvió a sonar y ese molesto nudo en el estómago unido a la elevación de sus pulsaciones volvió a apoderarse de ella. Un nuevo mensaje de Regina aparecía notificado y no pudo evitar sentirse culpable por el beso que se había dado con esa camarera cuyo nombre desconocía.

"Se me había olvidado, soy Henry. El teléfono que me diste está sin batería y mamá me ha dejado el suyo. Te quiero y te echo de menos"

No sabía si se sentía más decepcionada o estúpida, seguramente ambas cosas, porque a pesar de todo no podía evitar sentir cómo le jodía que el mensaje anterior fuera de Henry y no de Regina.