Aunque no lo creáis no soy un espejismo, he vuelto a casa por Navi... verano. Siento la ausencia y siento el capítulo tan mierder, pero es lo que ha salido.
Regina abrió los ojos como platos, hacía poco más de un año que no escuchaba su voz. ¿Siempre había sido tan suave? El pulso comenzó a acelerarse de forma que estaba casi segura que podría oírse al otro lado del teléfono, cosa que le hizo maldecir su propio cuerpo. Intentó contestar pero se le había secado tanto la boca que no podía articular palabra. Era consciente de que el tiempo pasaba en silencio y de que Emma se preguntaría qué estaba pasando, y también era consciente que de que si tenía alguna oportunidad de sobrellevar la llamada con dignidad ésta se estaba marchando.
-¿Estás ahí? – volvió a preguntar Emma extrañada por la ausencia de contestación.
-Sí, perdona – se recompuso como pudo, intentado que su voz sonara lo más firme posible – Es que eh… nada, que me ha sorprendido tu llamada – confesó al ver que no se le ocurría ninguna excusa.
Emma sonrió al otro lado del teléfono, había imaginado muchas reacciones antes de atreverse a hacer la llamada, pero ninguna como esa.
-Vaya, eso es nuevo – no pudo evitar decir.
-Ya ves… – suspiró sin saber qué más añadir. Y entonces volvió a crearse un silencio incómodo entre ellas, en el que los únicos protagonistas eran sus propias respiraciones. Silencio que Emma decidió romper con su ensayado discurso.
-Bueno, yo te llamaba porque… vuelvo la semana que viene. Para el cumpleaños de Henry, me ha insistido mucho y no me he podido negar y… nada, simplemente quería que supieras que eso, que vuelvo – soltó del tirón mordiéndose el labio nerviosa. No sabía por qué se excusaba cuando realmente no tenía pensado llamarla, ni avisarle de nada, pero no quería arriesgarse a un mal recibimiento, producto de la sorpresa, delante del niño. Y qué coño, también se moría por volver a escuchar su voz, por ver si seguía teniendo el mismo efecto en ella, no podía aparecerse sin un ensayo previo de cómo sería la reacción de su cuerpo al verla.
-Ya lo sabía – dijo con dureza al recordar cómo y por quién se había enterado.
-¿Te lo ha dicho Henry? – preguntó extrañada, su vuelta era algo que pocas personas conocían.
-No, me he enterado hace un rato por tu gran amiga/amante/mascota Ruby – soltó con desprecio.
-¡Oh, vaya! Lo siento, le dije que no lo contara. Menuda bocazas – se lamentó suspirando. Aunque en realidad eso ya lo sabía, de hecho, su fama ganada de "bocazas" fue lo que hizo que le dijera a Ruby que volvía. Tenía la secreta esperanza de que lo fuera diciendo por el pueblo y que así Regina se enterara por otros, ahorrándose el mal trago de la llamada. Claro que si hubiera sabido que al final sus ansias por escucharla ganarían la batalla, jamás le habría contado nada a su amiga.
-No se le puede pedir peras al lobo… olmo. Se ve que está tan emocionada con tu vuelta que sólo le falta empapelar el pueblo con tu cara para recibirte… igual hasta reúne a su manada para que te aúllen "Bienvenido Mister Marshall" cuando lleguen – muy a su pesar Emma se rió.
-Pues es bastante decepcionante, si te digo la verdad esperaba que mi vuelta se mereciera como mínimo un coro de sirenas, una alfombra roja y un paje que vaya lanzando pétalos de rosa a cada paso que dé – siguió con su juego.
-¡Mierda! – soltó chasqueando la lengua con gracia – Ya me has estropeado la sorpresa, tenía pensado ponerle a las monjas sus antiguos trajes de Hada para que fueran lanzando polvo de hada a tu paso, pero si prefieres las rosas…
-No, no, tu idea mola más – dijo rápidamente con convicción.
-Ya… parece que este tiempo fuera tampoco ha logrado que madure, Srta. Swan – continuó con un tono relajado que cada vez sonaba más seductor.
-No todas hemos nacido con el traje de chaqueta puesto – le siguió el juego con el mismo tono.
-Si lo dices por mí te equivocas, yo nací con la corona puesta – afirmó altivamente.
-¡Oh! Disculpe majestad – dijo con falsa afectación.
-¿Qué día vuelves? – preguntó poniéndose más seria.
-El mismo día del cumpleaños, voy en coche, así que estaré conduciendo toda la noche – sin darse cuenta había ido bajando el tono de voz.
-Sabes que no pienso consentir celebrar el cumpleaños de mi hijo en ese restaurante cochambroso de tu amiga, ¿verdad?
-Lo sé, aunque sería lo más cómodo y… es terreno neutral – dijo con precaución, ahora que la conversación había tomado tintes amigables le daba miedo estropearlo.
-¿Terreno neutral? ¿Qué te crees que voy a secuestrar a los invitados de la fiesta para hacerme abrigos con sus pieles o algo? – se indignó de sólo pensar que, después de todo, la creyera capaz de eso.
-Lo digo por ellos, ahí todos estarán más cómodos que metidos en tu casa que, seamos honestas, es territorio hostil para muchos.
- ¿Para muchos o para ti? – preguntó con dureza.
-Para muchos, tu casa nunca me ha hecho nada como para tener problemas con ella – intentó sonar despreocupada, deseando que Regina no siguiera con el tema.
-Ya… no se puede decir lo mismo de la dueña, ¿no? – dijo con amargura.
Y de nuevo el ambiente volvió a espesarse, dejando claro que a pesar de todo, seguía habiendo un gran muro entre ellas. Y Emma negó con la cabeza, le habría encantado decirle que sí, que el problema era su casa, su casa y ella. Que le importaba tres mierdas la incomodidad de la gente del pueblo, que no sabía si iba a poder aguantar verla como para encima tenerlo que hacer en el sitio que les hizo de refugio.
-Bueno, ¿y qué le has comprado a Henry? Mi padre le va a regalar una espada – seguramente su noto risueño sonaba tremendamente falso, pero tenía que alejarse de los temas espinosos, ese no era ni el momento ni el lugar para discutir sobre eso. De hecho, no creía que hubiera ya tiempo ni lugar para discutir algún día sobre eso.
Y parece que Regina pensó exactamente lo mismo, porque volvió a ponerse su capa de sarcasmo para protegerse y ocultar la realidad. Tenía que controlarse, si para hablar con Emma tenía que fingir que todo estaba bien, lo haría. No podía dejarse llevar de nuevo y sacar los tabúes.
-¿Una espada? ¿En serio? ¿Qué pasa que no ha encontrado una granada sin anilla que ponerle en la mano? – su tono era, probablemente, más falso que el de Emma pero ella tenía mucho más experiencia que la rubia mintiendo.
-Creo que ese es el regalo de mi madre – dijo socarrona, intentando que volviera a desvanecerse ese aura raro entre ellas.
-Yo le he comprado un caballo para que aprenda el noble arte ecuestre – y aunque su tono era falsamente pomposo, en el fondo ocultaba una ilusión real porque a su hijo le gustara tanto como a ella.
-Vaya, un caballo, una espada… yo tenía pensado regalarle una consola, pero voy a tener que devolverla y comprarle una armadura.
-Te crees muy graciosa, ¿verdad? – y esta vez sí, le afloró una pequeña sonrisa. Era increíble la capacidad que tenían para reponerse siempre que no se tocaran ciertos temas.
-Pues sí, creía que eso era lo que te gustaba de mí – si tuviera un cuchillo a mano, Emma se habría cortado la lengua y se la habría dado de comer a los cerdos. O igual no, porque aunque no tuviera lengua, no podía evitar ese coqueteo natural que le salía cuando hablaba con Regina.
-Por supuesto, en la lista de cosas que me gustan de ti, tu sentido del humor está justo debajo de tu inmadurez y encima de tu amada chaqueta de cuero roja – y volvió a contenerse para no decir lo que realmente quería, recurriendo a su fiel amigo el sarcasmo. Porque Emma le daba miedo, ella se daba miedo, sobre todo, cuando estaba más que comprobado la facilidad con la que pasaban del dulce al amargo.
-Lo he echado de menos, ¿sabes? – soltó de repente Emma con sinceridad.
-¿El qué? – preguntó con temor de escuchar una respuesta que no fuera la que realmente deseaba… o quizás de que sí lo fuera.
-Hablar contigo así, tranquilamente, picándonos mutuamente… creo que me va a gustar volver.
Y aunque no fue la respuesta que deseaba, tampoco había imaginado que Emma llegara a decirle algo así.
-Y a mí que vuel… – una voz lejana procedente del teléfono de Emma la hizo callar súbitamente, mientras ese "nena, ¿has visto mis bragas?" que escuchó, no dejaba de reproducirse en bucle en su cabeza. Notó cómo Emma tapaba el auricular con la mano, seguramente para dirigirse a la dueña de esa odiosa voz.
-Perdona – dijo al volver a destapar el auricular – ¿qué decías?
-Nada, que llego tarde a una reunión – no pudo evitar que su voz sonara seca y dura.
-Claro, sí, lo siento – se extrañó del cambio de actitud de Regina – Supongo que ya nos veremos en el cumpleaños.
-Supongo que sí. Adiós – y sin esperar una contestación, colgó el teléfono con fuerza sin dejar de preguntarse quién coño era la perdedora de bragas.
