Capítulo tercero: Mierda otra vez
La noche transcurre sin incidentes, al margen del suave gimoteo de Katniss, incesante desde que soltaron el nombre de su amado por la megafonía de la Arena (junto al del resto de los caídos del día), y que no dejan a Johanna dormir. La parte buena es que le impiden concentrarse en los ruiditos que pudieran provenir del otro lado del parapeto, donde yacen Finnick y Annie, haciendo cosas que no está dispuesta imaginar. Aunque lo más probable es que no hagan nada. A pesar de la fama de casanova que tiene Finnick en el Capitolio, cuando se trata de Annie, se comporta como si ella fuera una novicia.
De hecho, al amanecer, que no es pausado ni muestra una exuberante mezcla de colores, como lo haría en la vida real, sino brusco y de golpe; ellos dos, Finnick y Annie, son los únicos que no tienen ojeras. Johanna y Blight se han turnado con las guardias, o con la tortura de escuchar a Everdeen, según se mire, por lo que ninguno de ellos ha pegado ojo.
Reemprenden la marcha sin ningún ánimo. Han descubierto, un poco tarde, que la mochila que Blight consiguió sacar de la Cornucopia contenía, además de una cuerda y un recipiente metálico, vació pero con tapa, y unas cápsulas blancas de función indefinida, una pequeña bolsa de frutos secos. Tocan a cinco por cabeza, y cada uno decide si comerlos o no en el momento del desayuno. Johanna se los mete en la boca todos a la vez —arduo error— y los mastica con suma dificultad ante la ausencia de líquido para pasarlos. La saliva se le reseca todavía más y nota la lengua con la misma textura que si fuera un papel de lija. La sed de por sí es una cosa terrible, pero sumada a la sensación de tener un engrudo taponándole la garganta, hace que Johanna empiece el día de muy mal humor.
—Os recuerdo que no estamos en vuestra puñetera luna de miel —increpa a Finnick y Annie, quienes se han sentado a desayunar mientras intercambian miraditas tiernas. Sólo les falta darse de comer el uno al otro—. Estamos esperando por vosotros.
—Cálmate, fiera. —Finnick bromea con ella.
Haymitch Abernathy, el mentor de Everdeen, es el único que se refiere a ella de esa forma, por lo que Johanna entorna inquisitiva los ojos al escucharle decir la palabra. Pero después de eso él la sonríe, media sonrisa suave e irónica, como si estuvieran compartiendo un chiste sólo comprensible para ellos dos, y entonces el cabreo de Johanna se disipa, se disuelve en la nada igual que una bruma en el horizonte del amanecer. Porque no puede enfadarse con Finnick, ni reñirle, ni sentir rencor hacia él. En ese momento le gustaría. Le gustaría quitarse a Finnick de la cabeza, dejar de pensar en él de esa forma, sólo que lamentablemente las cosas no son así. La idea persiste, y ella lo odia. Odia con toda el alma sentirse así.
—Me calmo —dice devolviendo el gesto—. Pero hay que ponerse en marcha o perderemos a Blight. Él no es la persona más paciente del mundo, ya se ha marchado por su cuenta, para despejar el camino.
La situación en la Arena esa segunda jornada de Vasallaje es la siguiente: los tributos de los distritos Uno, Dos, Tres y Cuatro, siguen con vida. Annie y Finnick es evidente que lo hacen, y para su sorpresa y cierto alivio, no vio ni a Majara ni a Voltios aparecer en el cielo de la noche anterior. Beetee es una pieza imprescindible en su plan. De hecho, según lo hablado previamente, a Johanna le correspondía quedarse e intentar salvaguardar a los dos científicos del Distrito 3. Los planes se chafaron con la muerte de Mellark. Que los profesionales estén de una pieza se lo podía esperar. Everdeen no dio pie con bola cuando los disparaba al pie de la Cornucopia; estaba demasiado afligida por la situación del panadero con el que compartía Distrito.
Ambos vencedores del Cinco y del Seis perecieron durante el baño de sangre. Una lástima en el caso de los del Seis, ya que, si bien no eran diestros con ningún arma e iban a pasarse el rato desquiciados por el mono —los dos eran reconocidos poli-multi-toxicómanos— formaban parte del grupo rebelde, aunque sólo fuera para hacer bulto, y a ella le gustaban tanto como le hacían reír. Ella misma y Blight siguen vivitos y coleando. De los del Distrito Ocho, tan sólo el representante masculino sigue vivo, Woof. Es tan mayor que no cree que pueda servir para nada, pero no puede negar que tiene agallas, aunque ronde los setenta años. Johanna lo siente por Caecilia. No es que la conociera de mucho, sin embargo la admiraba. Había conseguido rehacer su vida tras los Juegos. Tenía familia y unos cuantos retoños d los que cuidar.
Cuando todo termine, se dice a sí misma, cuando todo esto acabe, tendrán el tiempo y la responsabilidad de ocuparse y cuidar de ellos. La mayoría de las veces se queda alucinada consigo misma cuando aparecen ese tipo de pensamientos, pero así es, quiere ayudarlos. Le importan.
De los representantes del Distrito 9 y 10 no queda ninguno con vida, pero por suerte, Chaff, el tipo manco del 11, no se dejó ver en el cielo de la Arena, y él está de su parte. Buscando entre sus recuerdos, ve a Seeder ahogada, flotando en el lago salado.
Y en cuanto al Distrito 12, se recuerda suspirando, Everdeen… podría decirse que está viva. Se recuperará. Eso espera. O eso quiere esperar. Necesita creer que es más fuerte de lo que hasta ese momento ha dejado entrever
En resumidas cuentas, cayeron once tributos durante el baño de sangre incluyendo a Mellark (la mayoría muertos a manos de los profesionales o fallecidos debido al pequeño inconveniente de no saaber nadar), lo cual se encuentra dentro de la media —el Capitolio le ha acostumbrado a las estadísticas—. Así las cosas, quedan 13 vencedores para jugar a los Juegos. Todos ellos, a excepción de los profesionales de los Distritos 1 y 2, firmaron una alianza que tal vez les exigiría la muerte, con la esperanza de que todo cambiase al final. El objetivo ahora mismo debería de ser reagruparse, pero aún no han descubierto cómo funciona la Arena, cuáles son sus peligros o dónde se encuentran los recursos que les puedan permitir sobrevivir.
La jornada número dos apunta a ser aburrida, al parecer. Avanzan a trompicones sobre el húmedo suelo selvático hasta que cae la noche. Durante el camino, y gracias a Blight, descubren que las pastillas que no habían logrado identificar sirven para desalar el agua. Localizar el líquido no es tan difícil, sólo hay que hacer un profundo agujero en el suelo y emana de él. El hecho de que tanta vegetación logre abrirse camino sobre un sustrato de agua salada puede ser considerado otro de los grandes prodigios del Capitolio. Utilizan la piel de los asquerosos roedores que se han visto obligados a ingerir para poder conservarla. Al pasar por la garganta sabe a cuero, a cosa muerta y sobre todo a sangre, por no hablar de que está a la temperatura de una sopa, pero no está la cosa como para empezar a quejarse. Cuando se termina, sus uñas ya repletas de tierra, vuelven a excavar.
— ¿Qué os parece aquí? —pregunta Blight, indicando un nuevo espacio lo bastante libre de plantas como para estirarse durante la noche, una vez que se ha ocultado el sol.
Todos se encuentran demasiado agotados como para contestar con nada que no sea un asentimiento de cabezas, mientras que Johanna, además de cansada se siente taciturna, y sorprendida por el hecho de que no haya acontecido nada relevante en la Arena durante todo el día. Han escuchado los ruidos de la selva, aves y otros bichos que a saber qué son. Han escuchado también los ecos de una tormenta, probablemente en la otra punta del estadio, pero poco más. Le crispa además, a Johanna, una rara sensación de estar caminando en círculos, como si todo lo que ve fueran imágenes recurrentes que se repiten, repiten y vuelven a repetir. Sin embargo no han escuchado ni un solo cañón, ni el aullido desesperado que indique la muerte de algún tributo. La tranquilidad le resulta exasperante, y mucho peor que eso, le inquieta.
Por su parte, Everdeen no ha vuelto a llorar. Ni una sola lágrima durante el día, al menos que ella haya visto. Y la verdad es que no le ha quitado ojo. Sabe que es su responsabilidad mantenerla con vida.
Indecisa, Johanna, decide preguntarla si se encuentra bien. La chica se encoje de hombros.
—He vivido momentos más felices, a decir verdad.
—Ah, la felicidad —repone Johanna—. Ese oscuro deseo que nunca se cumple. Te repondrás. Yo lo he hecho. Finnick lo ha hecho, y también Blight. Todos lo hacemos, no tienes más que vernos.
Katniss clava la mirada en la parejita del Distrito 4. Ciertamente, en esos momentos, mientras se sientan en el suelo, buscando la forma de no parar de tocarse, ellos dos, Finnick y Annie, parecen serlo. Parecen haber encontrado la felicidad en ese siniestro paraje, con la silenciosa muerte acechando en cada momento, sin saber qué les deparará el futuro ni si mañana estarán los dos para poder proseguir con las carantoñas, o uno tendrá que llorar la ausencia del otro; la incertidumbre de no saber quién puede ser el primero en morir. Una felicidad que, según cree Johanna, debe de tener algo de amargo regusto a despedida, como un adiós permanente.
Finnick se propone para hacer la guardia esa noche, así que los demás duermen. O al menos la joven tributo (joven porque lo dicen sus años, no porque sea así como se siente) del Distrito 7 cierra los ojos tras mucho rato de estar disimuladamente mirándolo, y por alguna razón inexplicable consigue soñar. Sueña con un mundo en el que no existen las despedidas, y guía su sueño, si es que aquello es posible, hacia el mar, ese horizonte de oscuro azul y arena blanca que apenas ha visto algunas veces y que le hace sonreír, mientras sueña, con la sensación de la espuma de una ola acariciándole la suave piel de los pies.
Johanna también piensa en sueños que a veces se pone muy cursi. No es una parte de si misma de la que sentirse orgullosa, pero ahí está, en las profundidades de su alma, que por lo demás, suele ser bastante oscura. O eso cree ella.
Después sueña con mutos.
Y despierta.
Los pájaros no parecen cuervos, ni charlajos, ni sinsajos, tal vez sólo parezcan pájaros porque tienen alas y pico, pero van directamente a los ojos. Johanna se echa al suelo, de rodillas, cubriéndose la cara y la cabeza con brazos y manos. Siente las pequeñas mordidas de esas criaturas rasgando el traje, agujerearle la piel. Piensa en moverse para espantarlos, luchar contra ellos usando el hacha, pero la prudencia le dice que lo mejor es esperar. El Capitolio desea una víctima. Claramente. Los bicharracos no cesarán de atacar hasta que la consiga. Si la víctima va a ser ella, no merece la pena malgastar fuerzas en la pelea. Si va a sobrevivir, tampoco.
Escucha los gritos de sus amigos a su alrededor, atenuados por los horrendos graznidos que gorjean las aves y sus propios brazos rodeándose la cabeza. Nota el pico de un bicho escarbarle en el oído, las alas sobre su cabeza, picos como aguijones por toda la piel. Intenta desesperadamente controlar el pánico y no ponerse a gritar, centrarse en los latidos de su corazón. No quiere escuchar más que eso, pero tiene la impresión de que todas las aves se hallan concentradas sobre ella.
Hay un segundo en que las aves le dan un respiro, y entonces levanta la cabeza y, horrorizada, ve a Everdeen, dejándose aguijonear, con la cara sobre las manos, sí, pero el resto de su menudo cuerpo a la intemperie.
—¿Es que te quieres morir, imbécil? —le chilla.
Pero vaya pregunta más estúpida, claro que ella se quiere morir. Debería de haberse dado cuenta un poco antes de que esa chica no piensa hacer nada para intentar salvar la vida.
Sin pensarlo mucho más se lanza sobre ella, intentando cubrir sus órganos vitales, igual que hacía consigo misma. Envuelve su cuerpo con el de ella. Katniss se deja caer al suelo por completo y permanece quieta y callada. Ni un solo gemido de angustia, de miedo o dolor, igual que si no lo sintiera. Pero lo siente. Está segura de que lo debe sentir.
Porque Johanna sin embargo, se encuentra absorta en su propio dolor, y duele mucho. Se concentra en sus latidos, cubriendo a Everdeen con su cuerpo y envuelta en sí misma en la medida de lo posible, cuando oye los chillidos de los pájaros ganando intensidad, las alas batiendo con más fuerza, una pelea en el aire, plumas y metal; de repente siente un cuerpo cerniéndose sobre ellas. Johanna jadea ahogada. Ahora son una montaña de tres, manos y brazos que se protegen unos a otros. Intenta buscar aire e inesperadamente, lo encuentra. Huele como el océano que rodea el Distrito 4, a salado sudor, aire fresco y brisa y a mar. Huele a Finnick.
Se deja arropar por su amigo durante una cantidad indefinida de tiempo. Se siente más tranquila, aunque el corazón no le palpite más despacio. El tiempo se dilata, pero no tanto como para pensar que es un exceso. Y cuando todo termina, y se desenredan entre los tres, se da cuenta de que todavía quedan plumas flotando en el aire; de que ellos, Katniss, Finnick y ella misma, tienen topos de sangre en la vestimenta; de que Blight se ha esfumado; y de que Annie….
No es posible, y como no es posible no se lo quiere creer.
Pero el cuerpo de Annie yace inerte y desmadejado, los verdes ojos abiertos e intactos mirando el cielo nocturno, debido a alguna maravilla capitolina, hoy con estrellas. Y son ellas mismas, las estrellas, las que no dejan lugar a dudas de que el cuerpo de Annie ahora es un cuerpo sin vida.
Mierda. Mierda. Mierda. Y mierda otra vez.
Finnick la recoge en brazos y la levanta, luego vuelve a posarla en el suelo, la sujeta por los hombros y la bambolea, tratando de hacerla reaccionar. La chica responde con los estertores que anteceden al definitivo final. Hay una gran mancha roja a la altura de su pecho y un reguero de sangre fluyendo desde su boca. Johanna imagina lo que eso significa: le han perforado un pulmón, probablemente desde la espalda; se está ahogando en su propia sangre. Finnick se arrodilla con ella en brazos, su cara es todo un poema, Annie deja caer la cabeza hacia atrás, su pelo cubre el suelo igual que una cortina de hebras anaranjadas y revueltas. Los espasmos han cesado. No respira. Está muerta.
El tributo del 4 estalla en un grito desesperado e instantes después suena el cañón. Él hunde la cabeza en el hueco entre su cuello y su hombro, piel blanca, fría y sin vida, y una vez oculto, Johanna cree que empieza a llorar, por la forma en que el cuerpo le tiembla, los fuertes espasmos acelerados, su posición.
Johanna tiene la vista nublada, de lágrimas, tal vez. Se acerca de forma sigilosa por detrás y le cierra los ojos ausentes a la chica. Sabe que tienen que marcharse de allí, pero no encuentra la forma de comunicárselo a su amigo. No existe la forma de terminar ese momento de comunicación entre ellos dos: Annie muerta, y Finnick vivo. Siente un dolor profundo en el pecho, igual que si una astilla de madera se le hubiera instalado allí y le estuviera perforando, haciéndole añicos el corazón, que al parecer no tenía blindado a prueba de todo. Cae de rodillas también ella, incapaz de reunir fuerzas para sugerir la retirada. Sus lágrimas fluyen, ya abiertamente, desde lo ojos. Y se siente culpable; culpable por llorar la pérdida de Finnick en lugar de la muerte de Annie. Culpable por llorar, esa muestra de emociones que jamás se permite, indicio de debilidad y miedo y dolor, de todo eso ella se niega a sentir.
Tiene que obligar a Finnick a que suelte de entre sus brazos a Annie. Él es mucho más fuerte y se resiste, su mirada asemeja la de algún animal, salvaje, herido y ciego, como si lo estuvieran torturado.
—Katniss. Katniss, necesito ayuda —pide Johanna.
La chica del 12 se acerca hasta ellos. No parece que ella vaya a llorar, aunque está asquerosa con toda esa sangre. Se pone en cuclillas y cubre con una mano firme el apretado puño de Finnick, y le mira, una mirada repleta de dolor, pero sobre todo compresión, algo que Johanna no le puede dar. Finnick se suelta. Abandona a su chica cadáver para que la recoja el aerodeslizador.
Ellos ya se han alejado lo suficiente cuando aterriza el aparato. Ahora no son más que tres. Blight se ha ido. Johanna está convencida de que tienen que encontrar al resto.
Las siguientes tres jornadas son un infierno para todos ellos y están formadas ante todo de silencios. Constantes silencios. Silencio mientras caminan. Silencio cuando se echan a dormir, aunque lo cierto es que parece que nadie duerme. No vuelve a escucharse un cañón y los ruidos de la selva cada vez son menos, sólo se escuchan sus botas al caminar, uñas rasgando la tierra en busca de agua, y respiraciones forzadas cada vez que se ausenta el sol. El rayo o la tormenta han desaparecido. Tres días y no ha pasado nada. Al final de la tercera jornada, y debido a que Johanna ya no se siente capaz de soportarlo ni un minuto más, inicia una conversación.
—Formamos un grupito de lo más vivaracho ¿eh? —les dice.
Como era de esperar, obtiene una callada por respuesta. Aunque no se rinde. Saca fuerzas de su frío humor negro y continúa poniéndoles el dedo en la llaga, por si eso sirviera de algo y consiguiera hacerlos despertar.
—Propongo que hagamos un trío. Esto está siendo un muermo total, y opino que eso animaría mucho a la audiencia, e igual evitamos que manden más mutos…
Finnick se pasa una mano por los ojos y luego la arrastra hasta la cabeza, dejándola posada en su nuca. Everdeen la mira de una forma que no consigue descifrar.
—¿Es que no hay manera de haceros reír? —les pregunta, y se fuerza a poner una sonrisita pícara en la boca. Quiere provocar.
Y por supuesto. Por supuesto que lo consigue.
Everdeen, que se encontraba manoseando entre los dedos los restos muertos de un roedor, se lanza sobre ella, roja de rabia e ira mal disimulada. Sus grasientas uñas le arañan la cara a Johanna, quien casi da la bienvenida al dolor, dejando restos de arena y sangre, y una herida profunda a su paso.
Dolor. Uno físico, de los de verdad. Es un alivio sentirlo. Johanna no hace casi nada por contenerla, ni Finnick tampoco. Las observa revolcarse en el suelo durante un rato, y cuando considera que ha sido suficiente, proclama:
—Ya está bien. —Agarra a Johanna por el elástico de la camiseta y la estrella contra el tronco de un árbol.
Ah, eso ha dolido. Pero está bien. El dolor está bien. El chico se queda mirándola, sus verdes ojos relampaguean en dorados cuando les alcanza el fuego que han encendido. Están en llamas—. Ya hemos tenido suficiente, Mason.
Ella gruñe mientras se toca la cabeza, y luego la cara, manchándose los dedos con sangre.
—¿Prefieres que me marche, Finnick? —le increpa—. ¿Me largo por mi cuenta y os dejo? Así los dos podrías organizar un entretenido suicidio en grupo, y tal vez el resto tengamos la oportunidad de hacer algo.
El chico, de pronto, se halla fuera de sí, sigue escupiendo por la boca cosas que no tienen ningún sentido, aunque Johanna capta el nombre de Annie suelto entre ellas. Enseguida la toma con el árbol de al lado de Johanna y empieza a estrellar el puño contra él, con una fuerza bruta que ni siquiera ella sabía que tuviera.
—Joder Finnick. Nos vas a servir de muy poco si te rompes la puta mano derecha. Ya es suficiente. Basta ya.
Él la ignora.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento —ella intenta disculparse a gritos—. ¿Qué más quieres qué te diga, pedazo de gilipollas, que en el capitolio todavía no venden nudillos de repuesto?
Él la mira con furia, y continúa su acometida contra el tronco, como si este fuera el culpable de las muertes, de lo que le ha pasado a Annie, y los Juegos y todo lo demás. Mirándolo, se da cuenta de que tal vez lo necesite, sacar la rabia, así que lo deja seguir.
—Mejor que no. Mejor sigue dándole hostias al árbol. Ya veremos mañana como te inmovilizamos esa mano. Tal vez lo más útil sea amputarla —termina por decir ella.
El chico no la contesta, simplemente desaparece a la sombra de los árboles. Johanna vuelve al fuego, junto a Katniss y su mirada salvaje, sus ojos enloquecidos.
—Vale. Lo siento —se disculpa. Nunca en su vida había tenido que pedir perdón semejante cantidad de veces, y mira que ha dicho y hecho cosas muy bestias—. No hace ni una semana que ha muerto el amor de tu vida y yo os salgo con esas…
—Él no era el amor de mi vida —replica Everdeen. Como se ponga más roja, va a estallar.
—¿Ah, no? ¿Y entonces qué era? —quiere saber Johanna. La curiosidad nunca es una buena excusa, pero en fin…
—Mi amigo, y mi compañero —susurra ella, ya sin rabia—. Mi… Mi responsabilidad.
—Lo siento —reitera Johanna. Ya de perdidos al río con el tema de pedir perdón. Tampoco es tan difícil, aunque no esperaba que fueran a tomarse tan mal el comentario—. No volveré a mencionar algo así. Por favor… si no era más que una broma…
Katniss la observa con atención, centrando los ojos en el destrozo que le ha hecho en la cara. Por fin, parece que se desinfla.
—Yo lo siento por los arañazos. Se me ha ido de las manos. Lo lamento.
—Vale —dice Johanna, tocándose de nuevo la cara y volviendo a mancharse de sangre—. Estás perdonada, a los embarazados se les perdona cualquier cosa. Sólo tienes que resistir.
Siente cuando Finnick vuelve junto a ellas y las pocas ascuas que le quedan a la hoguera. Nota que se tumba entre las dos y apoyándose sobre un codo, se queda observándola. Johanna se apresura a hacerse la dormida. Odia desde lo más profundo de su corazón todas esas luces artificiales que cuelgan del cielo, haciéndose pasar por estrellas. Tanta luz envía cualquier tipo de intimidad al cuerno.
—Supongo que Annie sí que era el amor de mi vida, por si te interesa saberlo, Johanna. —Escucha decir a Finnick, un susurro brusco en medio del silencio a falta de oscuridad.
—Lo siento. —Ha perdido la cuenta de las veces que ha repetido esas palabras en las últimas horas.
—Te vi sobre Everdeen, con sangre por todas partes, y esas bestias repartidas por todo tu cuerpo y no lo pensé dos veces —musita el chico—. Ni siquiera me di cuenta de que Annie también estaba allí. Me había alejado un poco del campamento, cuando escuché el alboroto, y al regresar… Tú no tienes la culpa de nada, Johanna.
—Claramente, me he pasado —replica ella. No puede evitar llevarse una mano a la cabeza. Ha tenido que acostarse boca abajo por culpa de la herida que le ha ocasionado el golpe contra el árbol. Todavía se encuentra un poco mareada.
Finnick conduce su mano hasta ella, sobre la de ella, palpando la sangre seca que se le pega a la cabeza y hace que su pelo adquiera la textura de un grumo. Apartándola, palpa la protuberancia del inminente chichón, además de la carne abierta por debajo de su oscura melena. Johanna baja el brazo a su costado y lo deja acoplado allí. El contacto hace que por un momento, necesite contener la respiración.
—¿Te duele mucho? —pregunta él, con una evidente preocupación en la voz.
—Poca cosa —miente Johanna—. Se me pasará.
—Johanna…
—Tú también lo sientes. Lo sé. Vamos a tener que dejar de pegarnos unos con otros si queremos salir de esta. Intenta dormir un rato, Finn.
Finnick se queda callado, tanto rato, que Johanna ya se ha empezado a dormir. Él todavía tiene la mano posada sobre su cabeza y la mueve ligeramente, como haciendo círculos alrededor de la herida.
—Te prometo que voy a sacarte de aquí —susurra él por fin.
Johanna no lo menciona, pero piensa que esa es la misma promesa que ella se ha hecho a sí misma respecto a él
a/n: Mikah, aquí va el tercero. Me temo que tenías razón, Annie muere. En mi defensa diré que ya estaba pensado y escrito bastante desde el principio.
Aniuska, sobre tus dudas: Annie entra en la Arena porque es impulsiva y está de la olla, pero sobre todo porque no quiere separarse de su querido Odair. Es en plan, si tú saltas, yo salto, o si morimos, nos morimos los dos. Está loca pero quiere pelear, y eso le honra.
Actualizo en menos de una semana.
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