Capítulo quinto: Ese ridículo y raro asunto del amor.
Las siguientes semanas en el estadio pasan lentas, o tal vez demasiado deprisa, ya que el tiempo cada vez resulta más complicado de contar. Finnick y ella han decidido hacerse muescas en las botas, para tratar de contabilizar el paso de los días, pero allí dentro todo se ha convertido en un completo desastre, un caos de luces y sombras. En ocasiones, no llega a alzarse la luz, y a veces ven aparecer un sol resplandeciente y rojo, y al minuto se ha esfumado. La mayoría de la vegetación ha muerto y tampoco quedan muchos animales que cazar. Si no sucede algo pronto, van a morirse de hambre allí metidos. Lo que por otra parte haría justicia al nombre usado por el Capitolio para su pasatiempo preferido: Los Juegos del Hambre. Pero Johanna no tiene ninguna intención de morir, ni de hambre ni de nada, y piensa sacar de allí a Finnick y Katniss con vida cueste lo que cueste.
Siguiendo las indicaciones de Beetee han explorado cada centímetro de la Arena. Se han dado cuenta de que en un principio los círculos que rodeaban la Cornucopia se hallaban separados unos de otros por una densa masa de vegetación, o algún tipo de peligro inminente: zanjas con puntiagudas piedras aguardándote al fondo, zarzas de venenosas espinas, árboles cuyas hojas estaban destinadas a pegarse a la piel y ocasionar llagas las cuales, sin el tratamiento apropiado, podían llegar a ser mortales, las viejas conocidas rastreavíspulas, o entradas para nuevos mutos, motivo por el cual era tan complicado traspasarlos desde accesos que no estuvieran en el centro del estadio, junto al lago y la Cornucopia. La Arena del Vasallaje estaba diseñada para ser un auténtico laberinto mortal, pero que por alguna razón que todavía desconocen, dejó de ser funcional al tercer o cuarto día de los Juegos. Ahora no parece entrañar peligro alguno, siempre que conozcas algunas de las características de las plantas venenosas, aunque de todas maneras, la gran mayoría de éstas se han secado.
Se han estado dividiendo en cuadrillas de exploración, durante los ratos de luz, para tratar de encontrar el vértice, el fallo en el campo de fuerza que puede ofrecerles una salida, pero de momento no han encontrado ningún indicio de él. También organizan partidas de caza diariamente, grupos de recolección y buscadores de agua. Por suerte, los Vigilantes tuvieron a bien proporcionarles suficientes pastillas de desalación como para subsistir un grupo amplio durante un periodo de tiempo prolongado.
En cualquier caso, toda su actividad allí dentro es organizada en grupo, e incluso votada si resulta necesario. Hay algunos de ellos que, en los casi dos meses de encierro, ya han obtenido algún grado de especialización y siempre se dedican a lo mismo, como le ocurre a Katniss con la caza o a Majara y Beetee como cerebros que intentan desentrañar los secretos de la Arena.
Por muy dispersos que se encuentren por el estadio, siempre tratan de juntarse para la hora de la comida, y cuando estiman que es de noche, y además se ha ido la luz, dormir en compañía. Johanna no está nada acostumbrada a ese tipo de vida en comunidad, a depender los unos de los otros, al margen de que hay a algunos de sus compañeros a quienes, por más que lo intente, no soporta.
Una mañana, tarde o lo que sea, eso es algo imposible de adivinar, la partida de caza capitaneada por Johanna se interna en una zona bastante desconocida para ellos, en el interior del bosque tropical. Se dan cuenta de que los árboles en esa área no sólo no han muerto, sino que han crecido por encima de lo normal. Parecen secuoyas y se elevan hacia el infinito hasta casi perderlas de vista. Katniss y ella, la partida de caza en cuestión, atisban unas aves revoloteando en círculos cerca de las cumbres. Durante su estancia en la Arena no han estado muy por la labor de acercarse a ningún tipo de ave, sobre todo después del episodio de los pájaros que tuvieron que presenciar. Pero aquellos no parecen mutos.
Katniss malgasta una ingente cantidad de flechas, intentando acertarlos (suerte que más tarde las pueden recuperar); pero no da una. Las aves se mueven rápido y parecen esquivarlas con sorprendente facilidad.
Frustradas por la necesidad de alimento, comienzan a idear una trampa, pero aunque la chica del 12 diga ser experta en esas vicisitudes, resulta que de hacer trampas para aves al vuelo no tiene demasiada idea. Después de mucho rato mirando hacia arriba, cuando ambas han logrado hacerse con un buen dolor de cuello, se dan cuenta de que en las copas de los árboles se encuentran los nidos de las aves en cuestión.
—Puedo trepar hasta ellos. Tiene que haber huevos. Lo hacía a menudo en mi distrito y…—propone Katniss.
—Tal vez deberíamos de ir en busca de refuerzos —objeta Johanna, cortándola.
—Puedo hacerlo yo —replica Everdeen, y lo dice de una forma tan definitiva que parece imposible llevarle la contraria.
Johanna está apunto de decir: "ni hablar". A ver si la muchacha se le va a caer desde lo alto, se rompe el cuello y luego ella se gana todas las quejas y la consternación del resto de los tributos por permitirlo. Pero al final… al final, consiente. Se muere de hambre. El hambre, sin duda, es la peor enfermedad.
—Como te caigas te mato. Y si estás medio muerta, te remato —advierte Johanna haciendo gala de su simpatía habitual.
Katniss, con manos y piernas ya enganchadas a la rugosa corteza del árbol, le da una risita de suficiencia por toda respuesta. Trepa y trepa y trepa hasta la cumbre, y una vez allí se hace con los necesitados huevos. Las aves continúan merodeando a su alrededor, pero se mantienen a una prudencial distancia, probablemente asustadas porque una cosa de semejante tamaño haya accedido a sus nidos, aunque tampoco hacen nada por evitarlo.
Johanna la observa desde el suelo, con el alma en vilo, durante el descenso; pensando en que la Chica en Llamas en cualquier momento se la va a dar, y quedará apachurrada contra la tierra. Apachurrada junto con su cena potencial. Aunque Katniss trepaba igual que una ardilla durante la subida, la bajada es otro cantar. Ahora ella va cargada de huevos, lleva la mochila repleta y ha guardado unos cuantos envueltos en la camiseta, los cuales tiene que sujetar. No dispone más que de una mano para realizar la complicada operación de bajar.
No quiere pensar que ha sido a causa de ser agorera, pero tal y como había previsto, en el último tramo Everdeen se da. Salta desde la rama más baja del árbol, tropieza con sus propios pies, y al no tener manos con las cuales sujetarse, en un intento de mantener los huevos a salvo, termina cayendo en una postura bastante mala y ridícula, con el culo plantado en el suelo y una pierna retorcida por debajo de éste.
Johanna se apresura a ir su lado, con la noble intención de socorrer a los pobres huevos… y a ella.
—Uff —respira profundo al ver que no ha habido ningún estropicio—, por suerte están intactos.
—Los huevos sí, pero yo no, idiota —le grita Everdeen desde abajo, con una mueca en la cara y un gemido en la voz.
Resulta que al final necesitan ir a buscar refuerzos. Lo hace Johanna, ya que Katniss no puede moverse. Lleva a Finnick hasta allí, que traslada a Katniss hasta el campamento base subida a caballito, mientras ella lleva los huevos a buen recaudo. Lo siente por la lesión de la Chica en Llamas, espera que sea cosa de poco, pero está feliz de tener, por fin, algo con proteínas para llevarse a la boca. Por el camino parlotea a cerca de la forma en que los piensa cocinar al tiempo que Katniss gimotea, porque le duele la pierna.
—Desde luego, Johanna —le reprende Finnick—. A veces eres una insensible.
Johanna se pone roja de vergüenza. Finnick es el único capaz de hacerle sonrojar, lo cual es lógico, ya que es el único cuya opinión le importa.
Una vez que está en el campamento, hay una algarabía generalizada por la noticia de los huevos, aunque la mayoría de los tributos también se preocupan por Katniss. Majara y Beetee diagnostican que la evidente hinchazón del miembro tiene que deberse a un esguince en la rodilla y le administran a Everdeen la leche de una amapola por vía oral. Se trata de una flor blanca que aún crece en el anodino bosque de la Arena (a saber cómo, pues casi todo está seco)
Ella mientras tanto se encarga de encender una buena hoguera, sin miedos o sin remilgos, pues al estar todos juntos, no hay nadie que les pueda descubrir o intentar matar por hacerlo. Por increíble que parezca, Johanna cuenta con Cashmere como pinche de cocina.
—¿Te gustan los huevos revueltos? ¿O son demasiado burdos para tu refinado paladar? —le pregunta Johanna a Cashmere con cierta sorna. No sabe el por qué, pero no puede evitar meterse constantemente con la refinada tributo del Distrito 1. Ella acepta las acometidas de Johanna con pose estoica y cerrando el pico, como es habitual. Nunca entra al trapo, por más que intente picarla
—Creo que me los podré comer, a pesar de su dudosa procedencia —contesta la rubísima chica.
—La procedencia de todo lo que hay aquí dentro siempre es dudosa, querida amiga.
Cocinan los huevos sobre piedras calientes y tocan a uno y medio por cabeza. Reservan un par de ellos para Katniss, ya que en su estado (inducido por las drogas), le resulta imposible comer. Finnick y Johanna son los encargados de hacer la guardia esa noche. No es que a ella le importe hacer una guardia con Finnick, y de todas maneras, tampoco es que fueran a dormir. Se han convertido en una especie de guardianes oficiales de Katniss Everdeen y la tienen que vigilar. Ella duerme, rendida a los efectos de la leche de la amapola, pero no deja de soñar. Y sus sueños no son para nada tranquilos. Se retuerce sobre sí misma y llama a su madre y a Prim, a veces a Peeta, e incluso a Haymitch, pero sobre todo llama a un tal Gale.
—¿Gale? —pregunta Finnick contrariado, mientras le pone una mano en la frente a la chica, para comprobar si tiene fiebre.
—Creo que es el primo —responde Johanna—. Y no te molestes. Los esguinces de rodilla no aumentan la temperatura corporal. Debe de estar así por culpa de los opiáceos.
—¡Gale! —Vuelve a chillar Katniss, un grito ahogado en los sueños—. Esta vez sí que necesito que vengas a por mí. Necesito que me lleves a casa. No puedo moverme. Te busco pero no te veo. ¡Gale, encuéntrame!
—Pero es que delira —apunta Finnick.
Katniss vuelve a gritar el mismo nombre y sin abrir los ojos, sujeta a Finnick por las muñecas, quien se reclina sobre ella para evitar caer. Johanna se acerca a observar la escena y sacude a Katniss por los hombros, haciendo que ésta suelte el férreo agarre de las muñecas de Odair en medio de un gemido cercano al llanto.
—Cállate, Everdeen. Vas a volvernos locos con tanto Gale —espeta Johanna furiosa, sin dejar de menearla para conseguir que despierte—. Gale. Gale. Gale. Odio a ese tal Gale. En mi distrito ese es un nombre que se les pone a las chicas.
—No sea tan brusca, Johanna —se interpone Finn, obligando a su amiga a que se aleje de Katniss y permita que ésta siga soñando y parloteando en paz—. Está drogada y no se entera, y además está enferma. Sueña que un chico va a venir a rescatarla. Como en los cuentos… es muy tierno.
—En los cuentos el amor incita a cosas nobles y valientes. Pero esto es la vida real y las cosas no son así. Todo apunta a que nadie vendrá aquí dentro a buscarla —escupe Johanna—. Ni a ella ni a nadie —añade para apostillar.
Finalmente dejan que Everdeen sueñe en paz. Se sientan en el suelo, muy juntos, cerca de los restos de la hoguera y alejados del lugar en el que se han acostado los demás vencedores. Johanna no puede evitar que le guste estar así, notando el calor del cuerpo de Finnick a su lado, hombro con hombro y rozándose los brazos cada vez que uno de ellos se necesita mover.
—Me da pena Everdeen —afirma Finnick tras un rato de meditación—. No es más que una cría. Ha sido un error cargarla con una responsabilidad de esas características. ¿Qué puede hacer una niña asustada para salvar el país? La pobre está pidiendo ayuda. Tal vez no deberíamos de haberle contado nada.
—No —se opone Johanna—. Siempre. Siempre es mejor saber.
—¿Y qué podemos hacer el resto? Tengo la impresión de que estamos atrapados aquí dentro.
—Sabes lo que tenemos que hacer, Finnick. Vivir. Soportar lo insoportable y continuar viviendo. —Ese se ha convertido casi en su lema—. No vamos a rendirnos ahora. No vamos a rendirnos nunca. Y cuando estemos fuera, seguiremos sin rendirnos.
—Bueno, eso podemos hacerlo —comenta Finnick— tú y yo, juntos, somos dos huesos duros de roer, ¿no crees?
—¿Tú y yo? —pregunta Johanna, bastante abrumada con la idea de que exista un tú y yo —sea lo que sea a lo que él se refiere, la posibilidad de ese juntos hace que el corazón le palpite con mucha fuerza. ¿Podrá oírlo Finnick?—. ¿A qué te refieres Finn?
Finnick no contesta, pero sonríe, y es una sonrisa maravillosa, igual que él. Johanna ya no intenta resistirse a ellas, no intenta evitar la cara de boba que se le debe de poner. Si él todavía no se ha dado cuenta de nada, pueden seguir tan amigos, y si lo sabe, si intuye algo de lo que ella siente… pues de perdidos al río. Tanto ella como él tienen derecho a vivir. Johanna está dispuesta a compartirlo con el fantasma de Annie, está dispuesta a compartirlo con cualquiera si puede tenerlo, de la forma que sea.
Bastantes días más tarde, Johanna se encuentra haciendo que pesca en el lago, sentada en la orilla, con el agua mojándole la piel de los pies. El día es claro, caluroso y tranquilo, sin brisa o ruidos que lo estropeen. Descrito así suena a paisaje de sueño bucólico, y lo sería si no fuera tan evidente que no se trata de un paisaje real. La Arena cada vez se parece más a un escenario prefabricado, que es lo que es, y Johanna sabe que no hallará ni un puñetero pez en el lago salado que han colocado en el centro; pero aun con esas, Finnick le ha fabricado una caña para pescar, y aun con esas, ella hace que adora la idea de pescar.
Cada vez le parece más y más ridículo ese raro asunto del amor. Y si se mantiene a sí misma por esa senda de la permanente ridiculez, no sabe si al final acabará haciendo algo drástico.
Sospecha que él lo ha hecho, lo de la caña, para tenerla entretenida mientras él se dedica a bañarse y chapotear, igual que un niño con zapatos nuevos, en ese maldito charco de agua estancada. Y Finnick debería de sospechar, si es que todavía no lo tiene claro, que ella está haciendo el paripé con la caña sola y exclusivamente porque la ha fabricado él. Debería saber que Johanna es cualquier cosa menos una mujer contemplativa, y que de no tenerlo en frente, con el torso desnudo y el agua brillándole, igual que estrellas sobre la piel, cada vez que aparece sobre la superficie del agua para volver a zambullirse poco después, ella no aguantaría allí sentada ni medio minuto.
Por otro lado, Johanna se siente asquerosa, y es consciente de que de eso no puede andar culpando al amor. La mugre se les acumula y le gustaría, por una parte, entrar en el lago y ponerse a chapotear, igual que Finn. Pero la idea de meterse en el agua estancada, todavía con restos de sangre y muerte, le produce náuseas y un malestar que Finnick no se puede ni imaginar. Por lo que ante su propuesta de nado y diversión, ella se negó, y él le fabrico una caña para que estuviera distraída. Pero aborrece sentirse tan sucia, con esa mezcla de mugre y sudor pegándole el traje de neopreno a la piel.
—No aguanto más esta mugre —clama Johanna—. Si no se acaba esto pronto, juro que me voy a despelotar y andar por esta maldita Arena igual que Dios me trajo al mundo.
Podrá parecer increíble, pero ya llevan algo más de dos meses metidos allí. Y dos meses llevando la misma ropa, con sólo agua salada para lavarla y lavarse ellos… pues todo el mundo se lo puede imaginar, huele a rayos en líneas generales.
—¿Crees en Dios, Johanna? —le pregunta Finnick apareciendo desde debajo el agua. En ese momento hace uso del lago central para mejorar su técnica de nado a lo mariposa. Él no está desnudo de cintura para abajo (lleva la malla ajustada del atuendo de tributo), ni tampoco ha amenazado con un futuro de próxima completa desnudez. Lo cual es una lástima. Johanna se haría la fan número uno del nudismo en los Juegos si eso implicara a Finnick sin nada para cubrirlo. Sería una hermosa visión, y le alegraría los días, por lo demás, terriblemente aburridos allí dentro.
—Pues claro que no —contesta la chica—, sólo es una forma de hablar. Mi padre sí que lo hacía, pero hay que ser idiota para creer que algo cuida de nosotros a estas alturas. No hay más que ver lo bien que nos ha ido a todos. Tengo bastante claro que estamos solos —termina de hablar mirando al cielo— y lo digo en un sentido de lo más literal.
—Me preocupa que se acaben las pastillas para desalar el agua —comenta el muchacho, ahora practicando el nado de espalda, dejando ver su torso desnudo en todo su esplendor.
—Y a mí —conviene ella —. ¡Plutarch, cabrón, mándanos algo de agua fresca, o mejor, sácanos de aquí! ¡O por lo menos envíanos lluvia!. -Grita hacia el cielo otra vez.
—¡Pero Johanna! —Finnick le riñe desde el agua, aunque ríe abiertamente—. ¡Contente!
—Cuando me encuentre a esos dos capullos sí que no me voy a contener —advierte ella.
—¿Qué dos capullos? —pregunta Finn —. ¿Quién compone tu lista negra, aparte de Heavensbee? No me digas que estoy presente. Si lo estoy, avísame para que vaya escondiéndome…
—Tú no imbécil —replica Johanna con una sonrisa—. Los capullos son Haymitch y Plutarch Heavensbee, quienes prometieron que iban a sacarnos de aquí. Tú por el momento estás a salvo, pero no te confíes.
—Él no me comentó nada de todo ese plan —dice una voz a sus espaldas.
Es Katniss, que regresa de su jornada de caza a solas. Al menos así es como la había denominado ella, aduciendo una estúpida necesidad de soledad, pero el resto se opusieron y ha tenido que ir a solas, pero con la compañía de Chaff. Es la Chica en Llamas, la niña por la que comenzaron toda esa aventura, la que iba a ser el abanderado de la Revolución. Y ella ya se lastimó bastante yendo a por huevos. No quieren que le ocurra nada más, por si acaso les sorprendiera a todos sirviendo para algo útil además de cazar.
—Si te refieres a Haymitch. Haymitch siempre sabe más de lo que dice —apunta Johanna—, nunca debiste fiarte de él sin haber preguntado lo suficiente.
—Pero tú confiabas en él.
—Éramos amigos —repone Johanna—. Nos conocíamos desde hace más tiempo. Creí que podía confiar en él, y mírame ahora.
—Deberías tomarte esto como unas relajadas vacaciones —señala Finnick a Johanna desde el agua.
—¿Vacaciones de qué?
—Yo todavía confío en él. —Habla Chaff, que había estado inusualmente callado para ser él—. No sé lo que habrá pasado fuera, pero está claro que algo ha pasado. Si Haymitch prometió que vendría a buscarnos, no me cabe duda de que lo hará. Tarde o temprano lo hará.
—¿Te lo prometió mientras compartíais borrachera en una taberna? —Exige saber Johanna—. Porque siento tener que decírtelo, Chaff, pero esas promesas no cuentan.
—Haymitch es un hombre de palabra —asevera Chaff—, sean cuales sean las circunstancias; aunque lo cierto es que las circunstancias no suelen ser muy numerosas. Pero creedme. Lo es. Somos amigos desde hace décadas.
—También miente muy bien —señala Katniss —. Y rompe promesas. Y es un experto ocultador de la verdad.
—¿Ocultador de la verdad? —cuestiona Johanna—.No sé si esa expresión está registrada en el libro de expresiones de uso común en Panem, jovencita.
—No te rías de mí —espeta Katniss —. Bastante he tenido.
Finnick sale del agua por fin, conduciéndose hacia el recodo de piedra en el que se encuentran ellas y Chaff. Tiene las piel húmeda, debe de llevar más de dos horas metido en el agua, pero a él no se le arruga la piel como una pasa, igual que le pasaría al común de los mortales. Él está mojado y perfecto, resplandeciente bajo el embustero sol, que no debe de ser más que un foco y no te pone moreno.
Johanna encuentra cada vez más dificultades para no pasarse el día mirándolo. Desde la muerte de Annie, y en un escenario tan poco propicio como la Arena, la relación entre ellos ha ido cambiando. Y lo ha hecho a mejor. Antes eran confidentes y amigos y estaba bien, ya que era eso o nada, pero ahora… Ahora él, de vez en cuando la toca, y Johanna se derrite bajo sus manos. No se trata de caricias con ninguna connotación romántica o sexual; es su mano en el cuello, apartando un mechón de pelo desperdigado, o el roce de sus nudillos al caminar; y un par de veces, pocas pero ahí han estado, una caricia en la cara de ánimo, o simplemente para preguntarla si ella está bien. Incluso hubo una noche que la abrazó desde la espalda, rodeando con los brazos su cuerpo, cuando ella mencionó que hacía frío. Ella pasó la noche en vela, decidiendo si se trataba de la mejor noche de su vida.
Johanna, por supuesto hace todo lo posible por devolverle los gestos. Se sienta a su lado siempre que tiene ocasión, y se ocupa de que sus cuerpos se rocen. Se coloca hombro con hombro cada vez que caminan juntos y se auto incluye en su mismo grupo cada vez que se dividen para realizar cualquier actividad. Ha sido ella quien le ha estado curando sus nudillos magullados, aunque tenga cero nociones de enfermería; ella quien lo ha abrazado durante alguna pesadilla, en la que el chico gritaba sudoroso el nombre de Annie; y ha sido su hombro o su muslo quien le ha hecho de almohada, cuando él se ha rendido al sueño durante alguna velada nocturna.
Todas esas cosas no sucedían antes, lo que lleva a pensar a Johanna que su relación se está convirtiendo, de una forma que ella todavía no comprende, debido a que nunca había vivido algo así, en algo especial. Algo secreto y compartido e íntimo. Algo que en otras circunstancias, en el Capitolio, o con él en el Distrito Cuatro y con ella en el Siete, nunca hubiera llegado a pasar.
Así que Johanna no está del todo mal en la Arena, aunque de todas maneras se queje, porque tiene a Finn, y siente cosas y… lo cierto es que cuando que queja, lo hace en buena parte por deporte.
—Haymitch no oculta la verdad, sólo la embellece —opina Finnick—. En la medida que alguien como él es capaz de hacer que algo parezca bello, claro.
—¿Estaba embelleciendo la verdad cuando prometió que iba a sacarnos de aquí? —pregunta Johanna con voz suave. Ella es capaz hablar con voz suave a Finn, y solamente a Finn.
—Creo que al menos la estaba adornando un poco —replica Odair—. Pero pensad un momento, yo lo he estado haciendo últimamente…
—¿Ah sí? —pregunta Johanna con sorna. Está loca por ese hombre, pero no puede evitar los sarcasmos, ni siquiera con Finnick Odair.
—He estado pensando —repite Finnick mirándola a ella, y adorna las palabras con una sonrisa que a Johanna le hace estremecer—, y creo que podríamos apañárnoslas para salir nosotros mismos.
—Así que tienes un plan —comenta Chaff.
Katniss mira a Finnick fijamente y Johanna finge cara de consternación, aunque se sienta orgullosa de que él tenga un plan. Bien por Finn.
—Lo tengo. Y podría explicároslo, siempre y cuando obtenga la promesa de que seré yo quien lleve a cabo ese plan.
—Lo sabía, joder si lo sabía, y por supuesto que no. Ni en broma —se opone Johanna—. No tengo idea de cuál será ese plan tuyo, pero a buen seguro que es peligroso si te empeñas en hacerlo todo tú. Nos contarás cuál es tu maldito plan, y votaremos, como debe de ser.
—Entonces, no hay ningún plan —concluye Finnick. Y parece dar por terminada la conversación.
Pero Johanna no va a rendirse tan pronto. Conoce a Finnick, y ni por asomo va a permitir que se ponga en peligro él solo. Lo acosará, lo torturará a preguntas, lo atará a un árbol si fuera necesario, hasta qué le cuente qué puñetas es lo que piensa hacer. Porque él piensa hacer algo. Lo conoce. Lo sabe. Se las está dando de héroe, y podría morir haciendo cualquier idiotez. Y eso sí que no. No va a dejar que a Finnick sufra ningún daño pase lo que pase. Antes moriría ella.
a/n: vuelvo a dedicártelo a ti, Mikah, porque aquí ya hay algo de cursilería romántica por parte de Johanna. Creo que la chica se está reblandeciendo poco a poco. Todavía falta por saber qué pasa con Finn. Y por supuesto, falta por saber qué es lo que sucede en la Arena y como piensan salir de ella; y qué ha pasado en el exterior para que les ignoren de semejante manera.
Este era una especie de capítulo puente, y creo que en un par de capítulos llegaremos al final.
Gracias por leer a Aniuska y Mitchel, y por sus comentarios.
