Capítulo sexto: La guarida de las bestias.


Johanna no logra quitarse de la cabeza el supuesto plan de Finnick. Vive y sueña intentando dilucidar ese plan, tratando de dar forma a uno propio. Cuando su joven amigo comentó el tema, ella pensó en acosar a Finnick hasta que se lo contara; y lo ha hecho, sin duda, lo ha acosado hasta la médula: mientras comían, mientras buscaban comida, e incluso mientras el pobre chico intentaba dormir.

—Si no me lo cuentas, puedes amanecer rociado con esa baba viscosa que sueltan los árboles —le advirtió Johanna una noche.

Algunos árboles de la Arena, de los pocos que han sobrevivido a los cambios de temperatura, lloran por el tronco una especie de salvia espesa y blancuzca. No tienen idea de lo que puede tratarse, ya que resina no es, y ninguno de ellos ha dado el gran paso de llegar a comérsela. Pero la baba ahí está. Esperando a ser usada.

—Seguro que es buena para la piel —contestó Finnick, como cada noche, tumbado muy cerca de ella. Cada noche un poco más cerca.

—Te ataré a un tronco y te torturaré con una pluma de ave —prosiguió Johanna—. Tienes un sueño muy profundo, Finn. Yo que tú estaría a alerta.

—¿Atarme? ¿Una pluma? Yo no llamaría a eso precisamente tortura —repuso él, volviendo la cara hacia ella y formando una media sonrisa con su increíble boca.

Johanna se puso roja como un tomate aquella vez, últimamente le pasaba a menudo. No creía haberse puesto roja antes… antes de Finn. En aquel momento se maldijo por resultar tan transparente en sus intenciones, y se recordó a sí misma que debía intentar ser sutil, que Finnick no podía haber superado aún lo de Annie por completo y necesitaba tiempo. Él necesitaba tiempo y ella también.

Aunque claro, su cuerpo no lo entiende de esa manera. La información persistente que las terminaciones nerviosas le envían día y noche es que no puede soportarlo más. La cercanía, las palabras susurradas al oído, los ligeros roces, las risas, la complicidad entre ellos dos… Empiezan a resultar demasiado para ella.

Y al margen de todas esas sensaciones, Finnick se ha convertido en su brújula, una especie de estrella polar que le indica lo que está bien, que le da fuerzas y le anima para seguir; y Johanna tiene sus propias ideas sobre la obligación y el honor. No quiere hacer algo de lo que después puedan arrepentirse (no quiere que Finnick se arrepienta); y Annie… Ha pasado demasiado poco tiempo desde Annie.

Sin embargo, el tiempo se ha convertido en algo de lo más difuso allí dentro, llevan la cuenta a duras penas. ¿Cuánto más tiempo podrán continuar encerrados en esa Arena muerta? Se está acabando la comida, ya no quedan animales que cazar, y cuando los hay, vuelven a ser esos raquíticos roedores ardilla, que no saben nada bien (o todavía peor: topos). Los nidos que descubrieron Katniss y ella ya no contienen huevos, Katniss lo ha comprobado una y otra vez desde que recuperó la movilidad de su rodilla, y han tenido que regresar a las raíces como base esencial de su dieta.

Todos están más flacos, Johanna lo puede notar. A Katniss se le notan los huesos de los pómulos y las clavículas se le curvan como las proas de un barco. Finnick parece un corsario dentro del pantalón del traje de neopreno con el que les metieron allí. Necesita una cuerda para sujetárselo a la cadera. Cashmere y Enobaria, quienes ahora son buenas amigas, se han hecho un modelito de falda corta con el suyo, de lo grande que les quedaba; e incluso Gloss y Brutus, bestias pardas ellos, han dejado de tener esa masa muscular que les recubría por entero, y ahora parecen un tenedor, todo cabeza y el cuerpo flacucho como una sílfide. Y así podría seguir con el resto. Por no hablar de ella. En ella misma prefiere ni pensar, pero no cabe duda que ha perdido volumen, sobre todo a la altura del pecho, lo cual la molesta de una forma que no sabía que podía molestar, tratándose sólo de un apéndice inútil de su ya de por sí delgado cuerpo.

Necesitan ese plan de Finnick. Necesitan un plan.

Por el momento, igual que si fueran náufragos, se han dedicado a enviar mensajes escritos con piedras sobre la playa de arena, o escritos sobre la misma arena cuando se encuentra mojada. Se supone que van dirigidos a sus hipotéticos espectadores —los cuales Johanna cree que ya no tienen— o a cualquiera que les pudiera ver desde el cielo.

Al principio eran cosas serias, en plan:

SOCORRO

Luego empezaron las coñas, sobre todo por parte Finn y de ella:

SEGUIMOS AQUÍ, ¿ALGUIEN SE ACUERDA? (EJEM, PLUTARCH)

o

AVE SNOW, LOS QUE PIENSAN VIVIR TE SALUDAN

o

HAYMICH, HAY UNA FUENTE DE VINO AQUÍ ABAJO.

Incluso un día, le pusieron un mensaje a ese tal Gale, al que Everdeen llama en sueños:

PRIMO GALE, VEN, TU DAMA TE ESPERA

(Y dibujaron corazoncitos por los alrededores de las piedras)

La Chica en Llamas se lo tomó fatal, lo borró a patadas y se desgañito gritando que no había nada romántico entre su primo y ella. Pero fue divertido, Johanna y Finnick se echaron unas buenas risas a su costa; aunque Finnick acabase arrepentido por haberle creado a Everdeen tal desazón, ya que ésta se puso a llorar tras la burla (parecía una fuente de dos caños), gritando que no podía soportarlo más, y que necesitaba ver a su hermana y al resto de su familia. Finalmente hubo que consolarla. Lo hizo Finn y Johanna se dedicó a mirar, con ganas de gritarle que en la Arena estaban todos, no sólo ella.

Aquello fue una manera de pasar el rato, algo para entretenerse sin más, ya que o bien los mensajes no los recibía nadie, o el hipotético espectador hacía oídos sordos. Aunque todavía ponen alguno, de vez en cuando, si alguien acude a la playa para lo que sea, y se siente con ganas de juntar piedrecitas y escribir.

Lo triste de todo el asunto es que según pasan los días, según pasan las semanas, los ánimos flaquean, y ha ido calando en todos ellos una profunda desesperación. La falta de comida, el escaso líquido, les hace parecer a todos más insoportables y huraños de lo que en realidad son. Y Johanna nunca fue lo que se dice una chica con buen carácter…, por lo que con ella es peor que con el resto. Está perpetuamente enfurruñada, no lo puede evitar, ni siquiera lo puede evitar con Finnick Odair, y eso ya es mucho decir.


Un buen día, mientras asan raíces para una suculenta cena, Beetee se encuentra especialmente abstraído, haciéndole de vez en cuando comentarios a Majara en voz baja.

—Beettee —dice Johanna— ¿Te vas a comer una o dos? Estás son de las que provocan… er, un cierto malestar estomacal.

El hombre la ignora por completo, por lo que Johanna se ve obligada a elevar el tono de voz.

—¡Beetee! —Grita—. Hay un dragón de Komodo justo a tu espalda. Es de color rosa fucsia, si te interesan los detalles.

El tipo no se da por aludido y la chica se ve obligada a plantarse frente a él, con los brazos en jarras.

—Maldita sea Beetee —dice apuntándole con el extremo del hacha—. ¿Es que no me escuchas?

Beettee por fin la mira.

—¿Decías algo?

—Las putas raíces que dan cagalera. ¿Te sientes con ánimos para comértelas hoy o no? Eso decía.

—¿Cagalera? —Pregunta Majara distraída—. ¿Alguien sufre de ese mal? Habría que hidratarlo de inmediato. ¿Quién es? ¿Katniss? Esa chiquilla se come todo lo que encuentra. Le he dicho mil veces que hay que cuidar los hábitos de alimentación o no llegará a los treinta.

—Tal vez no llegue a los treinta ni con esas —repone Johanna.

—Fuegos artificiales —dice Beetee—mirando el cielo ilusionado. ¿Crees que lo podríamos hacer?

Majara responde afirmativamente con la cabeza, pero es Johanna quien pregunta:

—¿Fuegos qué?

Lo dice tan alto que no tarda nada en formarse un corrillo a su alrededor. Todo el mundo quiere escuchar cuando Beetee y Majara parecen haber descubierto algo, o planeado algo.

—Fuegos artificiales —repite el hombre—. Los fuegos artificiales son en sí mismos pura química. No creo que sea posible obtener colores, pero usando la pólvora de las plataformas explosivas que marcaban la posición de los tributos cuando nos trajeron aquí, junto a mi bobina de cable, y algo de cloro, soy capaz de hacerlos posibles.

—Pensaba que la bobina de cable estaba destinada a otro fin —apunta Chaff.

—Lo estaba —dice Beetee—, y lo estará, cuando dispongamos de la información necesaria sobre la arena para llevarlo a cabo. De momento, podemos seguir tratando de llamar a la atención.

—¿Y el cloro? —Pregunta Johanna—, ¿de dónde lo piensas sacar?

—El cloro es un elemento abundante en la naturaleza —contesta Majara por Beetee—. No suele encontrase en estado puro, ya que reacciona con rapidez con muchos elementos y compuestos químicos; por esta razón es posible hallarlo en las minas de sal, de las que no disponemos, y disuelto en el agua de mar, del que sí disponemos.

No esperan a que se alce la luz para ponerse en marcha; la luz es caprichosa y nadie sabe cuándo puede ir o venir. Después de haber dormido un rato, y sin haberse metido nada al estómago para el desayuno, un equipo capitaneado por Beetee, con Majara como segunda al mando, y a los que siguen dos bestias pardas (Brutus y Gloss), además de Johanna y Finnick, se encamina hacia el lago que contiene las plataformas. Una vez allí comprueban cuales siguen a flote y cuales explotaron durante el baño de sangre. De las que explotaron no hay nada que rescatar.

Beetee y Majara se encargarán de separar el cloro del agua mediante un mecanismo que sólo entienden ellos, pero antes les explican la forma de extraer la pólvora de las plataformas evitando su detonación. Es una buena idea por varias razones, piensa Johanna. La primera y primordial es que Finnick anda pululando por el lago cada dos por tres, y prefiere evitarle cualquier peligro (aunque él ya sepa evitárselos solo). La segunda razón es que nunca está de más hacer un poco de ruido. Los mensajes no funcionaron, tendrán que gritar más fuerte por si alguien se percata de que siguen allí.

Johanna se pega a Finnick igual que si fuera su sombra, tratando de impedir que él toque nada y empeñándose en hacerlo todo ella.

—Aparta, que eres un manazas —le dice mientras él intenta abrir una tapa metálica a base de fuerza bruta, ayudándose de una de las hachas de Johanna—. Déjame a mí.

—Has derramado la mitad de la pólvora en la plataforma anterior —replica Finnick—. Ahora el lago es como una cerilla, así que mejor pruebo yo.

La situación termina con Johanna hundida en el lago, víctima de la aguadilla que le hace Finn (con la intención de que ella se separe un poco, y le permita hacer algo a su manera).

La idea de Beetee fue llevada a cabo con éxito, y hubo fuegos, no muy altos, aunque bastante espectaculares. Sin embargo, tres días después de los fuegos, las cosas siguen igual. Nadie ha venido a rescatarlos, no hay señales desde el exterior, y la vida allí dentro se va agotando lentamente, haciendo que cada vez más ese paisaje prefabricado, parezca un desierto de arena seca y plantas muertas.


En ocasiones, Finnick y Johanna juegan a dar al centro de una diana, que han dibujado con un carbón de leña en un árbol, usando pequeñas piedrecitas untadas en baba de arbol, para entretenerse.

—Odair lo mejor que puedes hacer es rendirte —proclama Johanna es ese momento, omitiendo el hecho de que si Katniss estuviera jugando esa partida, les podría dar una paliza a ambos—. Admite que mi puntería está a años luz.

—¿Rendirme? —pregunta él—. Parece que no me conozcas. ¡Eso jamás!

—Mentira —afirma Johanna—. Sí que te rindes a veces. Te has rendido con ese rollo de tu plan magistral para salir de aquí.

—Yo nunca dije que fuera magistral. Dije que tenía un plan, y expuse mis condiciones para contároslo.

Johanna frunce el ceño, frustrada de estar intentando sacarle las palabras sobre eso a todas horas.

Ella y Finnick hablan de todo, se cuentan todo desde que están en la Arena. En realidad hablan de todo menos de ellos dos, pero claro, ese es un tema un poco excepcional. La cuestión es que él incluso le ha relatado su historia con Annie, cómo se enamoró de ella, la manera en que intentó ayudarla, y la forma en la que en ocasiones se sentía responsable de su salud tanto física como mental. Johanna reflexionó bastante a partir de ese día sobre el peliagudo asunto de la responsabilidad. Katniss le había dicho que Peeta era su responsabilidad. Ella se siente responsable de la propia Katniss, pues prometió que así lo haría. Finnick creía ser responsable de Annie. Pero ella no siente responsabilidad respecto a él, no es compromiso u obligación por lo que se empeña en interponerse entre él y lo que sea. No se trata de ningún tipo de deber moral. Es amistad, cariño y otro sentimiento más profundo. Le aterra perderle. Es como si prescindir de Finnick supusiera perder una parte de sí misma. Y desea, desea con todas sus fuerzas, que lo que siente Finnick hacia ella sea, sino igual, al menos parecido a ese deseo, no una responsabilidad.

—Pues creo que ya va siendo hora de que lo sueltes —espeta Johanna—, dada nuestra situación actual.

—¿No es buena nuestra situación actual? —pregunta Finnick, cuya piedra se ha pegado esta vez muy cerca del centro de la diana.

—Si no hacemos algo, moriremos aquí dentro Finn. Lo sabes tan bien como yo. Moriremos de hambre y de sed. O el termostato acabará de joderse y ese foco nos abrasará a todos. Tenemos que actuar como una sola mente. Tienes que contármelo.

Finnick permanece pensativo, sopesando las posibilidades.

—Bien, puedo contártelo —dice por fin—. Es posible que sea una majarada, pero tienes razón en que no está la cosa como para descartar planes. He encontrado una puerta, si la atravesamos, puede que haya una salida al exterior. No obstante, necesito que me prometas que no serás tú quien entre. No puedo soportar la idea de que seas tú.

—¿Entrar a dónde, Finn?

—A la guarida de las bestias.


Ese mismo día comparten el plan con el resto de tributos; a ninguno de ellos le termina de convencer. Enseguida se dan cuenta de lo que supone, enfrentarse cara a cara con los mutos, o lo que sea que los Vigilantes hubieran preparado para ellos.

—Si Plutarch de verdad pretendía sacarnos con vida, sus mutos no serán tan bestias como se supone que deberían —observa Chaff, mientras elaboran el plan magistral de Finn haciendo un plano sobre tierra seca.

—No te hagas ilusiones —dice Katniss—. Los mutos son mutos. Mataron a Annie. Tú no lo viste pero nosotros sí.

—La Arena se está muriendo —apunta Enobaria, quien en realidad tiene mucho mejor carácter de lo que parecía, a pesar de ese horror que se hizo en los dientes—. De eso nos hemos dado cuenta. Es posible que los mutos se encuentren ellos mismos moribundos también. Se supone que son seres vivos ligados a este lugar.

Acaban votando, como siempre y la resolución es que lo harán, entrarán a la guarida de las bestias. Preparan todo en un suspiro y deciden hacerlo ese mismo día. El criterio general es que no hay tiempo que perder, pero Johanna no se encuentra del todo convencida, y tampoco puede hacer nada por evitar que Finnick forme parte de la expedición que irá en cabeza. Por supuesto, se opone y se enfada con él.

—¡Es igual que un suicidio! —Chilla frustrada—. No. No y no. No puedo permitir que hagas algo así.

Finnick agarra a Johanna de un brazo y la lleva más allá de una zarza reseca.

—Johanna escúchame —le dice, con voz fría. Pero Johanna se retuerce e intenta zafarse. Ahora lo ve claro, es una completa locura ese plan. Finnick la sujeta con fuerza y sigue hablando—. No quiero poneros en peligro a todos y luego no dar la cara —continua—. Y desde luego, prefiero morir yo, a que lo hagas tú. Es mi plan, si de verdad quieres que lo llevemos a cabo, vas a tener que respetarlo. Quédate atrás, cubriéndonos las espaldas. Necesitamos que lo hagáis. Alguien tendrá que acabar con los mutos si salen en desbandada. No podemos dejarlos sueltos por la Arena.

—¿Pero es que no me has oído? No quiero llevar a cabo tu estúpido plan —responde, otra vez a viva voz—. He dicho que no, necio testarudo de mierda. No lo voy a permitir. Y no…

Finnick la acerca más a sí mismo, rodeando su delgada cintura con la otra mano, e inesperadamente, la planta un beso en la boca. Ha sido movimiento tan rápido que Johanna no lo ha podido advertir. Y el beso es tan corto, que no llega a ser ni la sombra de un beso, pero logra dejarlos cara a cara, mirándose a los ojos.

—Ahora menos —escupe Johanna furiosa—. Ahora ni de coña Finnick Odair.

—Pensaba que eso te haría cambiar de idea —afirma el chico.

—No juegues conmigo —murmura ella, soltándose a base de fuerza, y arreando un buen bofetón con la mano derecha a la mejilla izquierda de Finnick—. Te lo mereces, por capullo.

La tensión entre Finn y Johanna resulta palpable para el reto de la expedición cuando reaparecen de entre las zarzas, e incluso Everdeen, indiferente a casi todo, le pregunta qué es lo que ha sucedido entre ellos.

—Le has dejado una buena marca… —comenta Katniss

—Es un capullo engreído —dice Johanna para referirse a su amigo—. Se piensa que por ser él, el maravilloso Finnick Odair, siempre hay que darle lo que quiere, que nunca va a sucederle nada. O puede que quiera dárselas de héroe, o yo que sé. Es un imbécil.

Finalmente queda establecido quienes se adentraran en la guarida y quienes no, mediante otra votación. Katniss, la muy rastrera, vota para que Finnick entre (Johanna jura entre dientes que jamás se lo va a perdonar). Finnick entrará junto a Blight y las bestias pardas, y eso supone un leve consuelo; si tiene que morir alguien ahí dentro, Johanna confía en que sean las bestias pardas, pues son bastante menos listos que Finn.

Ella por su parte, junto con Everdeen, Enobaria y Chaff, se quedarán en la entrada, por si fuera necesario disparar a los bichos. El resto de tributos con capacidades se encontrarán dispersos en diferentes puntos de la Arena, para tratar de darles caza si fuera el caso.

Cuando Finnick les conduce a la guarida, lo primero que ven es una especie de puerta metálica de doble hoja. Está perfectamente camuflada en la ladera de un pequeño promontorio, oculta por zarzas y arbustos a los que les quedan pocas hojas. Johanna y Blight desbrozan la maleza en un momento a machetazos, quedando la tarea de abrir la puerta en manos de las habilidades de Beetee. El científico busca engranajes o mecanismos adyacentes durante un buen rato, hasta que se da cuenta de que lo único que hay que hacer es empujar hacia ambos lados cada una de las hojas. Los mecanismos de la Arena están definitivamente jodidos, piensa Johanna, mientras ayuda a correr el bloque de hierro, y una vez hecho eso, empiezan a comérsela los nervios.

Tal y como habían acordado, Katniss y ella permanecen al pie de la entrada, flanqueando la puerta; Enobaria y Chaff están ligeramente más lejos, mientras el equipo de exploración se interna en la guarida iluminados por cutres antorchas elaboradas con su propia ropa, que al parecer inífuga del todo no era.

—¿Qué crees que puede salir de ahí? —le pregunta Katniss, arco en mano y flecha apuntando al túnel negro, en el que ya sólo se adivina el leve resplandor de las llamas.

—A saber —responde Johanna —. Ya has visto la clase de monstruos que han venido fabricando últimamente. En realidad los pájaros eran de lo más normal. Los últimos años se habían especializado en engendros híbridos, partes de un bicho y partes de otro, y en ocasiones todo junto. Hay millones de variantes, a cada cual peor. El batiburrillo de ADN siempre es impredecible. Los Vigilantes quieren impresionar, y a la audiencia le gusta eso: cuanto más bestia mejor. También están probando a insertarles rasgos humanos. Recuerda los ojos de los mutos en tus Juegos.

—Prefiero no hacerlo —murmura Katniss, poniendo cara de horror.

—Y para el Vasallaje, lo normal es esperar algo especial —prosigue Johanna; hablar hace que piense un poco menos en que se muere de miedo—. Aunque puede que este año les haya dado por cosas más pequeñas, tipo aves o insectos en racimos. Si son muchos siempre son más difíciles de elimi-

El alarido que surge del interior frena en seco las diatribas de la chica. Al grito pronto le acompañan otros gritos, voces aullando: "apártate", o: "no podemos dejar que esa cosa salga fuera". Pero la cosa está saliendo, avanza a sonoras zancadas hacia el exterior, emitiendo rugidos de ira, como si fuera un león.

Johanna se queda congelada en el sitio, pensando en que es imposible que se trate de algo parecido a un león. Las pisadas que hacen retumbar el suelo suenan múltiples, como si fueran muchos engendros o el engendro tuviera muchas patas. Duda sobre si acercarse un poco más, pues ha prometido que mantendría su posición en un extremo de la puerta. Baja la vista a sus hachas para comprobar que siguen allí, como si la Arena pudiera haberlos hecho desaparecer. Tiene los nudillos blancos por la fuerza con la que sujeta los mangos.

Cuando se encuentra lo bastante cerca de la puerta, Johanna se da cuenta que la bestia no se parece en nada a un león. Es mucho más grande de lo que sería un león, y tiene cabeza y patas de araña, el cuerpo cubierto por un armazón duro, como el de una tortuga, y una larga cola mecánica que parece culminar en una afilada cuchilla.

Entre asombrada e incrédula, Johanna no logra lanzar nada hasta que la cosa se encuentra fuera. Le rebana dos patas haciendo uso de dos hachas, pero la bestia no cae (demasiadas patas). Empieza a echar mano de las hachuelas portátiles que guarda en el cinturón, mientras Katniss dispara flechas a la cabeza de la criatura como una posesa. Ya le ha atravesado los dos ojos que parecía tener, por lo que en teoría está ciega. Pero las huele, todavía las huele, moviéndose con una inusitada fluidez para la pesadez que aparenta.

No sabe muy bien como llega a pasar, pero la araña mutante deja a Johanna acorralada contra un árbol. Piensa en trepar, haciendo un rápido giro y clavando una bota en la corteza para empezar a subir, pero el muto la desprende de un manotazo, como si estuviera apartando moscas. Una vez la tiene al suelo, empieza a removerla entre sus patas igual que si fuera un balón, mientras la envuelve en un hilo de seda que se le desprende de la boca. Johanna intenta gritar, pero ya tiene la boca amordazada, los brazos sujetos al tronco y los tobillos atados juntos. Todavía puede escuchar los alaridos de Katniss pidiendo ayuda, la voz lejana de Beetee, aunque no escucha a Finn. Eso la aterroriza todavía más que la idea de morir asfixiada. Quiere escuchar la voz de Finn, una última vez por lo menos. Necesita escuchar su nombre en los labios de él. Y quiere vivir, quiere vivir más de lo haya querido nada nunca, aunque sólo sea para ver la cara de Finnick una vez más.

El mundo se va apagando a la par que la araña mutante envuelve más hilo de seda sobre ella. Deja de escuchar a Katniss y el murmullo lejano del resto desaparece por completo. Empieza a encontrarse ligeramente mejor, como si estuviera adormecida, no siente la presión en los nervios y la cabeza le flota en una especie de bruma gris. Se siente ligera, muy ligera, y de repente todo, cualquier sensación, cualquier sonido, desaparecen por completo.

No sabe el tiempo que ha pasado cuando despierta. Varias manos frenéticas rasgan capas de su traje de momia, de la zona de su cuello y su cabeza. Le han destapado medio oído cuando escucha Finn:

—Respira, respira. Por favor Mason, respira.

Alguien más se está encargando de desenvolverla de cintura para abajo, y otro alguien de cintura para arriba. Lo siente, pero mantiene los ojos cerrados, no puede abrirlos.

—Lo siento Finnick, creo que no respira.

Esa ha sido Katniss y suena apesadumbrada, casi al borde del llanto. Le ha colocado ambas manos sobre su pecho. Johanna supone que esperará encontrar algún tipo de movimiento allí, que suba y baje, algún indicativo de que sigue viva, pero ella misma se da cuenta de que no lo hay, aunque eso no significa que esté muerta, ¿no? No cree que pueda estar muerta. Durante un momento, cuando el mundo se le fundió en negro, pensó que así era, pero ahora no se siente muerta. Vamos a ver, siente, y eso debería de ser incompatible con morir.

Escucha a más gente, a más tributos, murmurando arracimados a su alrededor. Ya no queda hilo de seda que la envuelva, pero se nota inerte, no puede moverse. Lo intenta con algo fácil, un dedo de un pie, pero nada. Tampoco puede hablar, ni pestañear, y nota como empieza a cundir la histeria.

—¡Apartaos todos de aquí! —oye decir a Finn, un sonido gutural cercano al grito—. ¡Fuera!

Alguien le da palmaditas sobre la mejilla primero, y luego se la acaricia con suavidad. Es una mano áspera, no es de Finnick.

—Mason, soy Blight —escucha el sollozo de su compañero tributo. ¿Blight está llorando? ¿Por ella? Conoce a Blight desde hace media vida y jamás le ha visto soltar una lágrima—. ¿Me escuchas? Tienes que escucharme. No te puedes morir. Entiende esto, como te mueras, te mato.

Vaya, Blight es tan sutil y delicado como ella. Johanna quiere asegurarle que sigue viva, o eso le parece a ella y quiere preguntarle qué ha pasado con la araña gigante, ¿han conseguido matarla? ¿Han encontrado una salida?; pero es incapaz.

—¡He dicho que te largues!—vocea Finnick—. ¡Fuera! ¡Fuera, tú también Beetee! ¡Alejaros de ella!

Siente como se coloca sobre su cuerpo, sus rodillas a cada lado, presionándole los brazos y las caderas. Luego, con un gemido, empieza a asestarle fuertes golpes en la caja torácica. No le duelen, sólo nota una ligera presión y el gruñido de Finn cada vez que golpea. Cuando ha acabado con las embestidas se acerca a su boca, y…. la besa.

Johanna no sale de su asombro. Finnick la está besando, no intenta insuflar aire a sus pulmones, al principio sólo la besa, muy suavemente, dejando los labios posados sobre los de ella. De inmediato Johanna intenta responder, pero mover la boca o la lengua está fuera de su alcance. Se concentra muchísimo, esperando que el pensamiento genere movimiento, pero no hay nada que hacer, su cuerpo es inamovible.

No te puedes ir. No te puedes ir. No te puedes ir—repite Finnick, susurrando sobre su boca. Nota su cálido aliento e intenta empaparse de él, de su olor a mar y de tenerlo así de cerca. Su amigo está frenético, lo siente temblar sobre ella. Se incorpora brevemente, y luego baja para separar sus labios y empezar a soplar en su boca.

—Se ha vuelto majara —dice la voz de Majara desde la distancia. Johanna quiere reír ante eso, pero está demasiado concentrada en Finnick, y tampoco es que fuera a poder reír.

—¿Y quién no lo estaría? —replica otra voz, aunque Johanna no la identifica.

Finnick repite la operación innumerables veces, aire en la boca y presión sobre el corazón. Johanna quiere respirar desesperadamente. Quiere hacerlo por él. Quiere abrir los ojos por él, despegar los labios por él, y decirle que está viva.

Pero Johanna no respira.


a/n: queda un capítulo. Lo antes posible, lo prometo.