Bueeeno, lo sé, lo sé, no tengo perdón.. Pero como ya dije en mi último fic, he vuelto y esta vez con intención de dar bastante guerra jajjaja Espero que consigáis perdonarme algún día por mis retrasos TT^TT si todavía queda alguien detrás de la pantalla... Lo siento de veras y gracias. Gracias infinitas por seguir ahí y por leer. Siempre gracias por leer.
-Gracias papá. Si, estoy bien, estudiando ya sabes… Si, lo sé. Yo también te quiero.
Hoy es mi cumpleaños. Una fecha que coincide con el inicio de mis últimos exámenes de grado. Por lo tanto no podré celebrarlo como me hubiera gustado… Comida familiar, tarta de nata con velas, risas y bromas entre copa y copa; y una noche larga, larguísima con él.
Cambio planes perfectos por horas acompañada únicamente de libros y leyes. Por noches de café.
Pero me permito una pequeña escapada antes de comenzar mi exilio. Voy a comer con él. No tendré esa laga noche deseada pero, por lo menos, tendré un rato de tranquilidad con él. A solas. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que intercambiamos palabras con intimidad.
Él. Él estuvo ahí siempre. Dos años mayor. Nos conocimos lenta y suplicantemente entre libros y horarios de estudio en la biblioteca. Mis estudios siempre han estado relacionados con él. Pensar en la facultad suponía sonrisas estúpidas, carreras precipitadas por los pasillos para verle.
Ahora, cuando lo pienso, caigo en la cuenta de que he pasado casi media vida a su lado. Apoyándole, ayudándonos como podíamos. Le estoy agradecida, tremendamente agradecida. Estar con él se convierte estar con alguien por inercia.
Desde que se gradúo ya no contamos con horas y horas de charla y risas tremendamente tímidas. Nunca le he escuchado palabras cariñosas, valientes, y menos en público. Nuestra vida social siempre ha estado cubierta.
Creo que es culpa mía, no se si le doy lo suficiente pero siempre que lo miro noto que me falta algo. Comprometerme, quizás.
Llego al sitio de siempre, a la hora de siempre. Abro la puerta del local y me dirijo sin preguntar siquiera a la mesa de siempre.
Oigo que algo se rompe. No estamos solos. Sonrío.
-Hola.
-¡Felicidades! –Gritan todos, amigos, conocidos. Veo a Rebecca que me dirige una sonrisa. Una sonrisa disfrazada. Sus ojos me miran cargados de pena. Lo sé.
Lo sé porque mis ojos miran de la misma forma. Como si fuera ajena al momento. Como si no tuviese que ver conmigo. Como si yo no fuera yo. Como si me estuviera viendo a mi misma desde fuera. No se que cara estoy mostrando realmente, solo, me limito a sonreír.
Mientras, él, se agacha. Recoge la jarra de tinto que alguien, quien sea, ha tirado al suelo. Rompiéndola en pedazos. Grandes, pequeños. Cristales sobre un charco de hielo y rojo oscuro.
Me inclino y le ayudo.
-.-.
Resaca. He dormido hasta tarde. Me duele la cabeza y solo puedo apartar el periódico sin querer saber que tripa se le ha roto al mundo ahora.
No lo aguanto, tengo que salir, a donde sea. Solo puedo pensar en la idea de levantarme y caminar. Un paso y luego otro para vestirme con algo más que unos simples calzoncillos. Visualizo la escena. Me visualizo a mi mismo de pie y rebuscando en el armario. Vale. Imposible. Opto por hundirme más en el sillón de masaje. Un regalo de parte de las noches en vela y con ayuda de mí amada teletienda.
-Buenos días –Me desea una chica. Una chica que sale de mi cuarto de baño únicamente con toalla hasta las rodillas. Una chica que no recuerdo como se movía en la cama. Por no comentar su nombre.. Recuerdo esposas. – ¿Te hago un café? –Creo que mezclaba risas estridentes con gemidos escandalosos de una forma demasiado molesta cada vez que yo… - ¿Vas a leerlo? –No, esa fue la de la semana pasada… ¿O quizás la de antes de ayer? – ¿Hola? ¿Me estas escuchando?
Consigo levantarme, medio obligado, a duras penas. Ella sigue hablando mientras me visto. Cojo las llaves, el móvil y antes de salir por la puerta grito:
-Puedes coger lo que quieras de la nevera, menos el bacon. Cuando termines, cierra la puerta, por favor.
Si, estoy seguro de que fue a la que le gustaba el hielo. ¿O fue la del mes pasado?
-.-.-
-¡Eh! ¡Escucharme todos! Quiero hacer un brindis. Gracias a todos por haber venido al cumpleaños de Sherry. Enciérrate en tu cueva e inca los codos y yo te garantizo que si lo haces, dejaras a todo el mundo flipado. Eso me recuerda a algo que me contó mi profesor de la carrera...
-¡Por favor, no!- Le interrumpió la rubia. –Brindemos ¡Salud!
Mientras todos se levantan de sus respectivos asientos, levantan también consigo sus copas. Riendo a carcajadas ante la situación y la interrupción.
Ark aprovechando las risas para camuflarse se acerca a Rebecca.
-Oye Rebecca, cuando mi novia apruebe vamos a celebrarlo aquí mismo y espero que vengas porque va a ser una noche especial. –Susurró
-Vendré.-Él, satisfecho con la escueta respuesta, solo puede dedicarle una sonrisa y volver con los demás.
Al girarse, ella se encuentra de cara con su amiga. La rubia solo puede sonreír. Una sonrisa totalmente diferente a la del comienzo de la velada. Una sonrisa cargada de ilusión y alegría contenida.
-¿Has oído eso?
-¿El que?-Le replica la castaña.
-¿Lo has oído?
-¿¡Que?!
-Una noche especial. ¿Crees que me lo va a pedir?
-¿Aquí? Espero que no ¿Porque? ¿Te gustaría?
-No se. Es agradable.
-Perdón, creo que no he oído bien ¿Que es agra... qué? Dios mío, no puedo repetirlo. Sherry...
-¿Que? Es un encanto.
-Esta bien, Sherry, ¿tú te has visto? Mírate. Mírame a mí. Ahora a ti otra vez y después a él… Si tú acabas con eso, ¿con que voy a acabar yo?
-¡Oh, venga ya! Estas diciendo bobadas.
- Esta bien, no tengo que darte la paliza en plan hermana mayor pero ¡dios! ¡¿en serio!?- Al ver la cara de su amiga deja la broma. Ya no se trata de una broma y, por tanto, la sujeta por los hombros con ambos brazos para mirarla a la cara, para que centre su atención en lo siguiente que va a decir.
-Vale, es tu vida pero escúchame una cosa. Estamos hablando de matrimonio. Ma-tri-mo-nio. ¿De verdad quieres pasar el resto de tu vida con alguien del que opinas que es "agradable" o "un encanto? –Y sin dejar que la replique, se levanta con el bolso en el hombro, le da un beso para despedirse y da por terminada la conversación.
-Es tarde, me tengo que marchar. Llámame si necesitas algo. Adiós.
-Nos vemos ¡Gracias por venir!
Cuando Rebecca sale por la puerta del restaurante. En la mente de la rubia solo le quedan las últimas palabras de su amiga y no las leyes o sentencias que supuestamente ya se sabe de memoria. Y la maldice, sin terminar de darle la razón.
.-.-.-
Hace apenas media hora que se ha tomado una pastilla tras otras para intentar mitigar, aunque sea mínimamente, los efectos de la resaca.
Tras salir de casa, fue directo a la farmacia de la esquina. Ahora en el bar de siempre, tras toneladas de aspirinas, vuelve a estar receptivo. Lee el periódico acompañado por una taza de café solo. Amargo. Como a él le gusta, sin nada que lo cambie.
A la vez no puede evitar mirar y escuchar la escena que tiene enfrente.
-¿Sabes que palabra ya no se usa mucho? Cornudo. Soy un cornudo. Carlos Oliveira me ha convertido en un cornudo. En un cornudo apaleado.- recita un hombre como si de un mantra se tratará, dirigiéndose a nadie. Un hombre que conoce sin saber siquiera su nombre. Un hombre que le ha estado llamando la atención tras la décimo cuarta lamentación escuchada ayer.
-Se ha acostado con mi mujer y ni me he enterado. Esa es la definición de cornudo. Carlos Oliveira se ha acostado con mi mujer. Creía que lo había hecho todo bien. Me case, he tenido hijos, la casa... ¿Y que recibo a cambio? Una cornamenta.
El joven silba para atraer su atención y lo consigue. Cuando Chris le ve a través de su vaso de vodka con arándanos, recibe unas señas para acercarse y él lo hace. Se acerca con su inseparable bebida, levantándose con dificultad pero tranquilamente.
-Hola, Jake Muller.
-Chris Redfield
-Te invito a una copa, Chris.
-Gracias, pero ya estoy servido.
-Vamos, siéntate, quiero invitarte a una copa.
-Vale. ¿Sabes que? Mi mujer tiene una aventura con...
-Carlos Oliveira, lo sé. ¿Y como lo se? -Tras la cara de pasmado del mayor, solo puede continuar hablando sin necesidad de una contestación. Respira hondo.
-No te conozco. ¿Como podría saber algo tan intimo de tu mujer?
-¿Carlos Oliveira también se tira a tu mujer?
-No. ¿Quieres saber como lo se, Chris? Porque no he oído otra cosa desde ayer por la noche. Ni yo, ni nadie. Vas por todo el local dando el coñazo a todo el mundo con que eres un pobre cornudo y no entiendo porque.
-Mira, no tengo porque aguantar... –Dice de corrillo mientras se levanta.
-Siéntate.
-Vale. -Se sienta.
-Mira, se que te parecerá duro pero es verdad y tienes que oír la verdad, ¿vale?
-Vale. –Dice de nuevo como si nada, poniendo la atención de un niño pequeño al que están regañando pero que no sabe realmente lo que ha hecho mal. Llevándose la pajita a la boca sin dejar de mirarle.
-Sácate esa pajita de la boca. Por favor, al menos mientras te hablo. Parece que estas chupando un micropene. ¿Es eso lo que quieres?
-¿Que? –replica soltando la pajita automáticamente.
-¿Es esa la imagen que quieres dar?
-No estoy dando esa imagen. –Dicho esto vuelve a intentar sorber.
-Ah, no. –Sin pensárselo dos veces, le quita la bebida. -Permiso para hablar con franqueza, señor.
-Creo que ya lo estas haciendo.
-Tu corte de pelo es para matarte. Te estas emborrachando con vodka con zumo de arándanos aguado como si fueras una quinceañera. Usas una 54 cuando deberías usar una 52 por tu altura. Sinceramente, no se si ayudarte o aplicarte la eutanasia. Chris, tienes una cara aceptable, una buena mata de pelo y pareces buena gente. Quiero ayudarte, voy a ayudarte a redescubrir tu masculinidad. ¿Tienes idea de donde te la has dejado?
-Yo me remontaría a 1984.
-Bueno, vamos a encontrarla. En serio, te lo prometo y también te prometo esto, Chris. Cuando lo hagamos, tu mujer va arrepentirse de haber tirado la toalla. Esa es mi oferta. ¿Aceptas o no?
-¿Porque haces esto?
-Tal vez me recuerdes a alguien. ¿Aceptas o no?
-Acepto. –Solo cuando el joven cruza la puerta de salida, susurra. –Va a arrepentirse.
