¡Hola, gente! :3

Espero que hayan disfrutado el capitulo anterior. Aquí les tengo la continuación de "EL ALETEO DE UNA MARIPOSA".

De verdad espero que las personas que están leyendo mi historia, sepan valorar el esfuerzo que hago. Por eso trato de no retrasarme, ser constante en cada capitulo y no fallar. Les he publicado un capitulo semanal, sin falta. Los escritores siempre buscan una motivación para escribir; ya sea personal o social. Mi lado personal lo estoy dejando a un lado para enfocarme en lo social: "complacer al lector". A esa persona que está interesada y que se ha sentido parte de la historia. Por eso considero que Fanfiction da la oportunidad para que el escritor y el lector tengan un lazo. Un lazo donde puedan comunicarse. Y por eso decidí publicar ésta historia aquí. Por mis raíces y por la oportunidad que nos brinda. Y para que eso funcione, debe haber un equilibrio. No sé si estoy equivocada (y si lo estoy, los invito a comunicármelo), pero es lo que pienso.

NOTA: Naruto no me pertenece. Le pertenece a MK. No sigo la historia del anime/manga. Esto es obra de mi imaginación, y gracias a los personajes de "Naruto", he podido deslumbrar la historia. Si alguien quiere hacer una adaptación de mi historia, por favor, comuníquese conmigo directamente (cero plagio).

Sin más nada que decir... !disfruten de la historia! :D

PoPo!


EL ALETEO DE UNA MARIPOSA

Capitulo 5

A veces respirar no era suficiente…

Ir a lugares con mucha gente no era lo mío. Recordaba la última fiesta que había asistido con Ino. La música actual no era de mi agrado -aunque debía admitir que mis bailes privados al frente del espejo de mi cuarto, eran sensuales-, y pasar horas parada intentando agradarle a la gente no era lo mío, pero Ino insistió tanto en ir que no pude evitar decirle que si. Y a pesar que mi amiga mostraba mucha piel y que su labial rojo estaba manchando sus dientes, ella parecía feliz. Feliz de compartir algo normal a mi lado. Así que no me importó la falda de jean que se ajustaba a mis nalgas, ni los botines de tacón alto que me impedían moverme con libertad y mucho menos el maquillaje que me hacía parecer una chica coqueta. Nada de eso me importó en ese momento, porque Ino me brindó una noche de normalidad.

Eso había pasado hace un año. Cuando tenía pocos meses de haber cumplido los 18 años, y desde entonces no habíamos vuelto a tener salidas nocturnas, porque mi vida era muy ocupada, o porque ya no tenía ganas de nada. Pero aun así, Ino no paraba de insistir en ir los fines de semana al centro comercial para comprar ropa o zapatos, beber un café o comer sushi y al final, ir al cine. Y era algo que le agradecía eternamente.

Pero aun seguía teniendo problemas para relacionarme. No era porque la gente me incomodara, o porque no supiera como entablar una conversación. El problema era yo. Así que al ver la facilidad en que había hablado con Linda, me dejó un buen sabor en la boca. Pocas veces lograba ser la "yo" de antes. Sin embargo, aun seguía impresionada por lo que Linda acababa de decirme. ¿Cómo puede estar internado en una clínica psiquiátrica sin padecer nada? ¿Cómo?

Volví a girar, buscando con la mirada al chico, pero no lo encontré. Caminé por el lugar, mirando de un lado a otro, buscando esa cabellera negra. Pero nada.

Media hora más tarde, mamá y yo estábamos sentadas en la sala de espera. La secretaria del doctor Uchiha no dejaba de teclear en su portátil y yo no dejaba de contar cada vez que la oía decir "maldición". Por la forma en que escribía –usando solo dos dedos- me pude imaginar lo mucho que le debía estar costando escribir. Mamá había sacado una lima pequeña de su cartera, y se dedicaba a limarse las uñas de las manos.

Observaba las agujas del reloj, el "tic, tac" me estaba volviendo loca; mis pies se movían inconscientemente. Estiré mis piernas intentando relajar el musculo y sólo logre golpear a una señora por las pantorrillas. Le pedí disculpas, y ella las acepto (aunque en su mirada estaba un latente "jodete").

¿Por qué tenía que tardar tanto?

Los pacientes del doctor Uchiha no estaban en peligro de muerte –quizás-, y de seguro no llegaría ninguno por un impacto de bala, pero la desesperación en el aire de la sala de espera era tan espesa que sentía mi corazón débil. 1 minuto, 5 minutos, 15 minutos.

Un sonido sordo me sacó del conteo –que tenía en mi cabeza- y vi a un hombre calvo, de unos 55 años, pidiéndole -rogándole- a la secretaria para que le escribiera al doctor. El hombre parecía tener un ataque de ansiedad, porque su camisa estaba llena de sudor y no paraba de mover sus manos de un lado a otro. La secretaria no paraba de repetir: "siéntese señor Chiyi, el doctor llegará pronto y lo atenderá, solo siéntese y respire".

Mamá me susurró en el oído: «Si en media hora no llega el doctor, nos vamos»; suspiré y comencé a ver los retratos que colgaban en la pared de la sala.

-«Oh vamos, cerezo. Tu sabes que no encontrarás nada ahí.» La voz sonó en mi cabeza. Lo ignoré.

-«Sólo yo, sólo yo, cerezo.»

-Si, solo tú.- susurré entre dientes. Si mamá me escuchaba hablar sola, se arruinaría todo.

-«En mi encontrarás lo que tanto buscas, cerezo. Solo en mí lo encontrarás.»

¿Encontrar? Él solo era una prueba inmutable de mi grado de locura. Sólo eso.

El doctor Uchiha entró a la sala. Llevaba su maletín de cuero y los lentes de sol –que lo hacían ver cool-, saludó con un "Buenos días" y entró a su oficina. 2 minutos después, asomó la cabeza y le hizo una seña con la mano a la secretaria. La pobre comenzó a buscar algo entre el desorden que tenía en su escritorio y levantándose de la silla, le entregó un papel al doctor. El doctor leyó en silencio y le dijo: "hazlo pasar".

-Señor Chiyi, puede pasar.- dijo la secretaria mientras se acercaba al sujeto y le ayudaba a caminar.- Si, gracias a Dios, y-yo no sabría que hacer si el doctor no llegaba… es que usted sabe… yo…

Lo interrumpió.

-Tranquilo señor, ya el doctor está aquí. Pase, pase.- Lo llevó hasta la oficina y el doctor le dio la mano al sujeto, le entregó una carpeta a la secretaria y ésta salió dejando a un pobre señor Chiyi llorando y quejándose de su vida.

-Sakura, tu turno es el siguiente.- Mencionó la secretaria.

-Gracias.

Al día siguiente había tenido que regresar a la clínica para tener una conversación con el doctor. Ayer habíamos discutido sobre los valores en mi examen de sangre, y luego prosiguió a hacerme el chequeo psicológico. Lo cual había sido misión imposible gracias a los susurros del señor amable. Las preguntas del doctor se vieron interrumpidas por mi excusa –improvisada-. El supuesto "dolor de cabeza" que había presentado ayer, había atrasado el chequeo, y me había dado un respiro. ¿Cómo iba a contestarle con coherencia si tenía esa vocecita en mi cabeza, repitiendo, una y otra vez, la misma oración? «Las princesas pueden volar. Pueden volar.».

Yo no era una princesa. Ni una damisela. Era una mujer con esquizofrenia y un amigo susurrante. Y no tenía alas, solo brazos delgados.

Faltaban 15 minutos para que la secretaria llegara y nos dejara pasar. En el pasillo están dos señoras, una mujer con un niño y yo. Esperando por la secretaria para anotarnos.

La mujer caminaba como si tuviera bloques en los pies –en vez de zapatos- y movía su llavero de un lado a otro. Llegó a la puerta, dijo "Buenos días" y abrió. Encendió las luces y buscó el control del aire.

-Pueden pasar.- Dijo. Yo había sido la primera en llegar, gracias a que mi abuelo se había ofrecido a traerme de nuevo. Me anoté en el cuaderno y me fui a sentar. Ésta vez había traído mi Tablet, y mientras pasaba un nivel de Candy Crush, llegó el doctor.

-Buenos días. Sakura, pasa a la oficina.

-Ok.- entré y me senté. Guardé mi Tablet en mi bolso y me relaje. Esta era la prueba.

-¡Empecemos!, ayer en la noche pude echarle una ojeada a los exámenes luego de que te marcharas. ¿Cómo sigue ese dolor?- preguntó. Se sentó en la silla, busco sus lentes de leer, y saco su libreta de apuntes.

-Bien. Bebí un poco de té y al rato se calmó.

-¿Has desayunado? Te veo un poco pálida.- me reí.

-No me maquille el día de hoy, mi abuelo llegó muy temprano y no me dio tiempo.- mentí.

-Sakura, no sueles usar maquillaje, o al menos, no cuando vienes a mi consulta.- levanto una ceja, esperando que atrapara el anzuelo. Me mantuve callada.

-Bueno, me alegró mucho ver tus exámenes. Cero sustancias tóxicas, ni señales de tumores. Es excelente.

-Si pues, he dejado la droga desde hace tiempo.- Bromee. El sonrió de lado y de repente se puso serio.

-¿sabes lo importante de ésta consulta?- Preguntó. "No", respondí.- Si hoy observo que estás completamente estable, podríamos bajar la dosis del antipsicótico, o cambiarlo si no está funcionando. Además, no harían falta 4 consultas al mes.

-¿en serio?

-Enserio. Necesito que seas 100% sincera conmigo. Porque entenderás que unos exámenes no me dirán cuál es tu condición. Solo me indican cómo está tu organismo. ¿Correcto?

-Está bien.

-¿alguna duda?

-Si, tengo una duda-. Tenía que decirlo, si ocultaba los recientes episodios podría correr el riesgo de empeorar.- si estoy un poco… bueno, inestable, ¿qué me pasará? ¿Tendré que dejar mi rutina?

-Depende…

-¿de?- lo interrumpí.

-De lo que estés experimentando. Si es algo normal, "quizás" podamos buscarle una solución sencilla. También podría ser un efecto secundario del antipsicótico, que es muy normal; ahí solo tendríamos que cambiar de medicamento. Es sencillo.

-¿Pero?- pregunté. Sabía lo que iba a decir, pero igual quería escucharlo. « A veces necesitaba un poco de claridad.».

-Entonces, ¿has tenido alucinaciones o cambios de humor repentino?, recuerda, debes ser sincera conmigo, y sobretodo, contigo.-Ignoró mi pregunta.

Inhala, exhala.

Solté la sopa. Desde los cambios de humor repentinos -y sin razón-, hasta el episodio de hace dos noches. Omití al señor amable.

-Ya veo…

-Por favor doctor, dígame que haré. Me rehusó a dejar la universidad y mi trabajo. Dios, ya llevo dos semestres, y mi trabajo…

Me quedé callada. Sentía mis ojos pesados.

«Quería llorar»

-Tranquila, todo tiene una solución. Sólo que ahora implementaremos algo nuevo. Creo que lo necesitas; además eso me permitirá mantenerte chequeada. No podemos permitir que tengas una recaída.

-No, claro que no- Dije. Comencé a respirar despacio, intentando tranquilizar la ansiedad que brotaba por mis poros.

-Bien… dile a tu mamá que me visite ésta tarde. Necesito comunicarle esto.

-¿qué cosa?

-A partir de mañana, asistirás a terapias en grupo.

-¡¿Qué?!- No me jodas. Asistir a terapia era desagradable, sobretodo cuando el instructor te hablaba como si tuvieras algún retraso mental. Y la mayoría de las personas que asisten, son muy asociales.

-Sakura, tranquila. Eso te ayudará, créeme. Será por 3 meses, hasta que te vuelva a hacer otro chequeo. Si quieres ir a la universidad, y mantener tu trabajo, necesitas estar estable psicológicamente, y alguna alteración emocional puede ocasionarte muchos problemas. Una terapia en grupo te permitirá mantener tus emociones controladas. Cero alteraciones. ¿Comprendes?

Asentí.

-No le comentes nada a tu mamá. Déjamelo a mí. Ésta tarde firmaré la solicitud para conseguirte un cupo. Ah… casi se me olvida, mándame por correo tu horario, para poder organizarte las terapias.

-Muchas gracias doctor. De verdad… yo…

-No tienes que agradecerme Sakura, es mi trabajo. Preocúpate por ti. Soy tu guía para poder llegar a la meta, ¿vale?

-Vale.

Al salir del consultorio sentía que mi ánimo bajaba lentamente hasta quedar adherido al suelo. Le mande un SMS a mi abuelo y caminé hasta las escaleras. Baje una a una, mientras oía como sonaba una alarma. Seguí bajando hasta llegar a la planta baja, y lo que encontré me causó gracia. Las enfermeras corrían de un lado a otro, y la gente que estaba en la recepción, salía de la clínica desesperada. ¿Qué carajos?

Seguí a una enfermera que se dirigía al norte de la clínica, y el humo negro saliendo de unos de los edificios respondió mi pregunta. Había un incendio. Las llamas se podían ver a través de las ventanas del primer piso. A los pocos segundos, varias ventanas explotaron, causando que la gente -que venía corriendo y auxiliando a los pacientes- gritara y refugiaran su cabeza con los brazos. Vi a una enfermera que trataba de caminar con un anciano, tenía un tanque de oxigeno en una mano y la otra, aguantaba el brazo del anciano. Me acerqué a ayudarla; la muchacha, que parecía ser una interna, me dio el tanque de oxigeno y agarrando al anciano de cada lado, comenzamos a caminar a la entrada de la clínica.

Sentamos al anciano en la acera.

El estacionamiento estaba repleto de gente, la mayoría eran civiles, que no paraban de toser. Al menos, el edificio que estaba en llamas era él del laboratorio. Ahí no había habitaciones, así que los pacientes residenciados no corrían peligro.

Teclee el número de mi abuelo, pero luego de varios segundos, la llamada fue trasladada a la contestadora.

-Abuelo, no vengas a buscarme. Hubo un accidente en la clínica y toda la calle está trancada por la policía y los bomberos. En media hora te llamo para encontrarnos en dos cuadras abajo. ¿Vale?- Guarde mi teléfono y volví a entrar a la clínica. A pesar que el humo comenzaba a hacer estragos en mis pulmones, quería ayudar.

Los bomberos comenzaron a dispersar las llamas que azotaban en la planta baja y parte del primer piso del edificio. Los policías ayudaban a sacar a la gente y junto con las enfermeras –que traían consigo, mascaras y tanques de oxigeno- comenzaron a tratar a las persona que habían tenido contacto con el accidente. Gracias a Dios, no había sido un accidente mortal. Sólo dos doctores habían salido lastimados, con quemaduras leves.

Regresé al edificio principal -huyendo de la espesa nube negra que se formó en el jardín-, en busca de aire fresco. Sentía mi respiración lenta y una leve presión en el pecho. Mi teléfono vibro en mi pantalón y vi que tenía un SMS de mi abuelo y 10 llamadas perdidas de Meduki. Le mande un SMS a mamá. «Estoy bien. El abuelo me buscará en un momento.»

Me sentí un poco mareada. Detuve el paso al salir de la clínica. Me hice a un lado para no trancar el paso, ya que la gente entraba y salía a cada rato. Recosté la espalda en la pared, y lentamente me fui deslizando hasta quedar sentada en el suelo. Abrace mis piernas y cerré los ojos.

-Ha sido un día duro, ¿no?

Escuché un susurro de una persona. No quise abrir mis ojos, ya que por el humo me estaban ardiendo. Decidí responder sin necesidad de ver a la persona.- Si, muy duro.

La persona soltó un suspiro y mencionó.

-La vida nos sorprende con sucesos inesperados. Por eso es tan fascinante.

-¿fascinante? Claro.- ironice. Ya comenzaba a irritarme. Escondí mi cabeza entre las piernas, intentando que el extraño entendiera la indirecta de "No quiero hablar, así que no molestes". Abrí un poco los ojos, y solo llegue a ver sus zapatos grises.

-Si, fascinante. Un día te despiertas esperando que algo suceda, y no pasa nada. Y quizás… otro, suceda de todo. Es genial.- Escuche como su cuerpo se desplomaba en el suelo. Se había acostado.

Abrí los ojos, mirando al chico que se encontraba a una corta distancia de mí, acostado en el suelo, con ambos brazos tapando su cara.

«Excelente. Un vagabundo filosofando de la vida. CONMIGO.»

-Aja…

-¿cómo te llamas?- preguntó. No movió sus brazos de su cara, ni ningún musculo de su cuerpo.

-No te importa.- Respondí. Esperaba que mi respuesta ácida y antipática lo obligara a dejarme en paz. Joder, estaba cansada. Solo quería que mi abuelo me avisara que ya había llegado y caminar las dos cuadras para llegar hasta donde él.

-Dime tu nombre. No te hagas rogar.

-No.

El chico estiró sus brazos y giró su cabeza en mi dirección. Dejando su cabellera negra y ojos del mismo color a mi vista.

Era el chico de la foto. El hijo del doctor Uchicha.

-¿Por qué no?- Preguntó. Colocó una mano en su cabello mientras jugaba con un mechón de su cabeza. Se veía tan extraño, descuidado y lejano.

-No me gusta hablar con desconocidos.- Al decir eso, el sonrió de lado y dejó de verme. Cerró los ojos y suspiró. –Eres lista. Hablar con desconocidos es malo. Te podrías topar con un asesino serial.-dijo.

-Es imposible que eso pase.- le dije. El abrió sus ojos, y me miró nuevamente. Levantó su espalda del suelo, apoyándose con los codos.

-Claro, porque tú eres la asesina. ¿Correcto?- sonrió. Su mirada coqueta me descolocó un poco, pero a pesar de eso, su tono de voz era confiado y perezoso.

No dije nada. Sonreí por primera vez y me levante. Sacudí mi ropa y saque mi teléfono. Vi el mensaje de mi abuelo: "Te estoy esperando, conejita".

Di dos pasos y me detuve. Lo miré y le dije: "Me llamo Sakura". El no se inmutó. Parecía como si no me hubiera escuchado. Caminé, alejándome de la entrada, y escuche su voz.

-Y yo Sasuke.


Agradecimientos: Le agradezco a natico-yan por visitar mi historia y darle una oportunidad. Me alegra bastante que te haya gustado, ni te imaginas cuanto :3 así que espero que hayas disfrutado éste capitulo. ¡Cuídate! *hug* owo. También le agradezco a todas las personas que visitan mi fic, de verdad. Un enorme abrazos para todos */*.