The Beast 4


Un nuevo diseño de círculos concéntricos, perfectamente acomodado, las piedras de tamaños prácticamente iguales. John se quedó mirándolo un buen rato, no tenía la más mínima idea de la razón por la cual Lock hacía aquello, era el tercero que completaba y definitivamente tenía que haber una razón para ello. No era como si se lo pudiera preguntar, bueno, si lo había hecho, aunque la respuesta fuera una serie de gruñidos extraños que bien pudieran haber sido una explicación detallada. El punto es que John no entendía y eso lo hacía enojar, su ceño se fruncía y expulsaba una especie de bufido para ir a aventarle rocas a lo que estuviera disponible, el lago o las copas de los árboles.

En los días después de la construcción de un círculo, caía poco a poco en un estado casi catatónico, era como si no estuviera dentro de su cuerpo y permanecía quieto dentro de la cueva sin que John pudiera hacer nada por hacerlo reaccionar. Le preocupaba que no comiera, John le llevaba rocío en una hoja para mojar sus labios, era lo menos que podía hacer, porque por más que lo intentaba, no se movía, no abría los ojos, no parecía estar consciente de la presencia de él en lo más mínimo.

Pero cuando despertaba, quería ver todo, quería ir a todos lados. El problema residía en que precisamente ese día, el lugar a donde fueron, era el mismo que Donovan había escogido para reunirse con Anderson.

Los vio a tiempo, antes de que Lock saliera de entre los árboles, pero no antes de que ellos los vieran a él. Donovan hizo un movimiento para saludarlo sin embargo John no esperó a escucharla y dio media vuelta y voló lo más rápido que pudo para detener a su amigo, se paró en la punto de su nariz y la golpeó. Esto captó su atención y lo miró con molestia.

-Lock, ¿te conté de los prismas basálticos? –Le dijo John apresuradamente, la expresión de su amigo cambió en un segundo, de enojo a curiosidad y negó con la cabeza.- Vamos, rápido, hemos de llegar antes de mediodía, para ver el efecto de la luz en los mismos.

No hubo qué decir nada más, salió corriendo con tal velocidad que John tuvo que sostenerse con todo para no salir disparada y chocar irremediablemente con el tronco de un árbol. Llegaron a las grandes estructuras después de recorrer casi la mitad de la isla, Sherlock trepó, olió, escarbó, observó, corrió, hizo de todo en aquellas grandes estructuras de piedra que brillaban como si fueran piedras preciosas cuando el solo les caía de lleno. Y John, no dejaba de mirar para todos lados en busca de la aparición de Donovan, de Anderson o del mismo Lestrade.

¿Qué se suponía que les diría? ¿Qué Lock era una gran bestia, enojona y mal humorada, pero de buen corazón? ¿Qué pese a sus largas piernas que terminaban en pezuñas o sus cuernos gruesos en su cabeza, era un ser de gran inteligencia y curiosidad infinita? ¿Qué era su amigo, que no dejaría que nada le sucediera y que si intentaban lastimarlo tendrían que pasar por encima de él?

Amigo, ¿les diría acaso que era de hecho el único que tenía? ¿Qué se comprendían a pesar de que él no hablaba? ¿Qué lo mejor de su día era verlo sonreír porque descubría algo nuevo o resolvía el misterio de la existencia de alguna cosa? ¿Qué le gustaba su compañía más que ninguna otra? ¿Qué por alguna razón ahora se sentía vivo?

El problema residió en que unos días después, al ver que Donovan jamás apareció para descubrirlos, bajó la guardia y permitió que Lock lo convenciera de hacer algo que no le parecía del todo correcto. Quien los viera de lejos dirían que ambos podían entablar una conversación bastante funcional, John parecía interpretar los rugidos y quejidos de su amigo a tal grado que se entendían. Después de haber observado a los humanos de Nunca Jamás, a Lock le daba curiosidad saber de dónde venían, porque no eran seres mágicos como las sirenas o las hadas, por lo tanto, no deberían haber estado en ese lugar.

John trató de explicarle que en el caso de los piratas los habían traído, un hada un poco confundida había sido engañada y al final, aunque las cosas terminaron bien, Nunca Jamás había terminado con su barco pirata y una tripulación un poco incompetente. Ni hablar del Capitán de ese barco, se había frustrado al no conseguir nada y ahora se negaba a regresar hasta tener un tesoro inmenso que presumir.

Los niños, dijo John aquella vez, ellos llegaron porque se perdieron. Lock soltó un bufido espectacular y comenzó una serie de gruñidos cortos y enojados. John entendía, él se lo había preguntado mil veces y mil veces la respuesta no lo había dejado conforme. Pero era cierto, los niños humanos se perdían, los padres los perdían y aunque buscaran y buscaran, jamás los encontrarían porque estaban en un lugar imposible de alcanzar o encontrar para ellos. Y aunque los niños crecían, no dejaban nunca de ser niños, por siempre.

Eran pocos los que llegaban siendo bebés, porque ¿qué padre podría perder a su bebé? Meses atrás había llegado uno y el Rey permitió que una de las hadas lo cuidara, aunque tuvo que ser en Nunca Jamás, porque en la Tierra de las Hadas no podía crecer un niño humano. Construyeron entre todas un refugio que los protegiera de la vista de piratas y de indios. Lock se sintió triste al ver esto, no la devoción del hada hacía el pequeño niño, sino ante el hecho de que en la tierra de los humanos, alguien fuera capaz de perderlo.

Es posible que esa fuera la razón por la que quería ver aquella tierra lejana y aunque John no estaba convencido, juntó una buena porción del polvillo que guardaba en su casa y al estar frente a su guarida, lo esparció sobre de él. Fue de lo más cómico verlo flotar sin control, no era sencillo aprender a volar, para un hada si, lo hacían de toda la vida, pero para alguien como Lock no, acabó dando vueltas hasta que John lo tomó de una oreja y comenzó a tirar de él.

El camino a Nunca Jamás pasa a través de las estrellas, carece de toda lógica, es magia pura. Por eso cuando llegaron a la tierra de los humanos, los gruñidos y bufidos fueron interminables.

-Pero eres una gran bestia mágica, no sé de qué te quejas, ¿de qué podemos viajar a través de las estrellas? –le dijo John antes de echarse a reír. Lo pagó caro, un muy enojado Lock, al ver que no compartía su sentimiento de incredulidad, lo tomó en su boca y le dio vueltas con su lengua, para luego escupirlo.

Las carcajadas de John eran por demás escandalosas para un hada y ahora estaba cubierto de baba de bestia y sentía que apestaba bastante. Pero se sentía feliz, demasiado feliz.

Había estado en la tierra de los humanos antes, no era nada nuevo, después de todo, las hadas guerreras cuidan al resto de las hadas cuando vienen a traer el cambio de estaciones. Sin embargo, no le dejaba de sorprender el ruido, las luces, los vehículos que se movían a toda velocidad y los humanos en sí. No se parecían a los piratas, ni tenían nada que ver con los indios y hasta en cierto punto, entendía como era que los niños perdidos no extrañaban aquel lugar y buscaban regresar.

Los humanos caminaban con prisa, no miraban el cielo o disfrutaban los rayos de sol sobre su piel. Los humanos jalaban de la mano a sus niños y no cruzaban palabras con ellos, parecían que olvidaban que estaban ahí y sólo el hecho de que apretaban su mano era lo único que los mantenía unidos. Y tenían tantas cosas que hacer, comprar, vender, limpiar, gritar, correr, pelear. A John no le gustaba aquello, se sentía tan abrumado y triste que se aferró a los cuernos de Lock hasta que él se cansó de mirar.

Había que añadir a la larga lista de cosas que hacían mal los humanos la de observar. Una gran bestia había caminado entre los callejones de la ciudad, escondida entre las sombras, y nadie la había visto. Así que cuando anocheció y los humanos se guardaron en sus casas, regresaron con calma a su hogar. John tan sólo tenía que pensar en volver dormir bajo el cielo de la tierra de la hadas para hallar el camino, y Lock, sin cuestionar nada esta vez, se dejó llevar.

Lo dejó en su cueva para que pasara la noche y caminó de regreso hasta su árbol, cuando entró en su casa, la luz de la luna iluminaba la habitación entera y una figura era visible, sentado en su cama, esperando por él.

Lestrade había cumplido lo que él Rey le había pedido y había dejado de obsesionarse con el rugido y el cometa; de hecho hasta le dijo a Donovan y Anderson que dejaran de vigilar a John, para frustración de ambos cuando días atrás llegaron muy emocionados porque ambos creían que había huido de ellos por estar ocultando algo. Donovan no dejaba de hablar de la manera en que había salido volando del claro, volando hasta perderse de vista, cuando John sólo hacía vuelos cortos y lentos. Anderson decía que eso era una prueba clara de su culpabilidad.

Pero cuando salió al balcón de la Torre fue perfectamente visible la silueta de la bestia, recortada sobre la gran luna que iluminaba todo aquella noche. Voló con suma rapidez hasta donde tocó tierra y casi deja escapar un grito cuando vio que lo acompañaba su antiguo Capitán. Aunque hubiera querido hacer algo en ese momento le fue imposible, estaba como en estado de shock.

Lo vio entrar a la cueva y lo siguió, por lo tanto, fue testigo de cómo lo acostaba en un lecho de hojas y hierbas, y como pasaba su mano por sobre sus cuernos y luego sobre sus párpados para al final, depositar un tierno beso sobre su nariz. ¿Qué había sido aquello?

Salió del lugar y lo único que pudo pensar fue que necesitaba hablar con Watson, así que se dirigió a su casa y entró a su habitación, cosa que no había hecho nunca. Las hadas por lo general viven solas, no es algo raro, pero llenan sus hogares con las cosas más preciadas para ellos, cosas que gustan de mirar y poder tocar y examinar periódicamente. Donovan guarda bellotas, las cuales les da a las ardillas que llegan a su árbol todas las noches. Anderson hojas de formas raras, las cuales tiene clasificadas y estudiadas.

Lestrade guarda momentos. Por ejemplo, la copa en la que vio beber por primera vez al Rey, era su copa favorita, pero él se la pidió como un regalo y le fue concedida. En un pequeño recipiente de vidrio, una de esas cosas de humanos que luego aparecían en la tierra de las hadas, había guardado agua del río, porque en múltiples ocasiones había paseado hasta él en compañía del Rey y le gustaba recordar como mojaba sus pies en el agua cuando pensaba que ni siquiera Lestrade lo podía ver.

Pero en casa de John Watson no había nada, más que una cama y cajones llenos de frascos con polvillo de hadas.

-¿Qué es esa cosa Capitán? –le preguntó Lestrade en cuando fue obvio que John había notado su presencia.

-No soy Capitán de nada –respondió sintiéndose un poco herido por aquella forma de referirse a él.

-¿Qué es esa cosa John? –dijo Lestrade formulando de nuevo su pregunta.- ¿Qué clase de animal es ese?

No tenía la respuesta, para Lestrade fue más que evidente en el momento en que vio que John endurecía su expresión y dejaba que sus ojos vagaran por la habitación.

-Lo siento John –en un movimiento rápido salió por la ventana y John no tenía que adivinar siquiera a dónde iba, así que corrió, la distancia era corta pero él estaba muy cansado como pensar en volar. Sabía que estaba tardando mucho, sabía que casa instante era importante, sabía que el Rey no dudaría en tomar la palabra de Lestrade como buena, que jamás desconfiaría de él. Pero Lock no era un peligro, no era posible que lo fuera. Era un ser bueno y John lo quería…

La realización de aquello hizo que tuviera que detenerse para empezar a correr con más fuerza que al principio.


¡Ay John que vuela por favor!

Ejem, gracias por seguir leyendo y por su apoyo a esta pequeña historia.

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