CRÓNICAS DE UN EGOÍSTA

Víctima del egoísta IV

Estaba ya sentado en el lado del copiloto, justo a un costado de él se hallaba el futuro esposo de Arthur. Andaba ya algo distraído de su mundo normal, sus ojos zafiros miraban el paisaje correr conforme el auto avanzaba, ese sentir nuevo de extrañes abrumaban al joven Alfred. Empezaba a preguntarse si Scott estaba bien de la cabeza, ya que siempre decía una cosa, pero hacia otra.

De pronto el paisaje dejo de moverse anunciando que ya habían llegado a su destino. Desde que Arthur se había ido el escocés no le había dirigido la palabra, como si el americano tuviera la culpa del algo, pero ¿de qué?, ahora se sentía la victima de aquel hombre que solo se enredaba en su mundo. Así comenzó a entender que Scott era algo egoísta, ya que si eran ciertas esas palabras en la ventana entonces ¿Por qué? no paraba la boda y se casaba con él. Era un egoísta con el mismo, un egoísta con el británico, un egoísta con su amor.

Ya caminando dentro el lugar admiraba esos trajes negros muy elegantes, se cuestionó si algún día se pondría uno, a lo que su cabeza y corazón contestaron que no

Ya se había adelantado un poco el otro, viendo algún traje obscuro que le elevara su color de piel. Estaba mirando que un blanco le acentuaría perfecto a su persona y rasgos, en cambio Alfred pensaba que el negro iba perfecto al frio escocés. Entonces pidió ayuda a una joven para que se probara el traje, ya que su ayudante estaba distraído y perdido en quien sabia donde.

El hombre neoyorkino tomó un traje negro de la talla del pelirrojo, iba perfecto, además de que Arthur le había pedido que fuera de ese color, al encontrarse con el malvado Europeo este le miraba con una sonrisa ladina como si estuviera disfrutando del sentir no correspondido de Alfred.

-El negro te asentara mejor...además, tu prometido quiere este color...-lo había dicho con énfasis en la parte de "tu prometido" que irritó al mayor.

-no me interesa que color quiera él, o...acaso ¿eres tu quien le gustaría verme de ese color ese día?-

-Mmm… ¿que si me gusta ese color en ti?..-pregunto con indiferencia ante esa pregunta maldita del otro.

-..Oh…En ese caso...-se acerco al joven rubio y le arrebató el traje negro sonriendo de esa manera creída y mala- ...si quieres verme así en el altar con "mi prometido",...de ese mismo color será...-sedio media vuelta imaginándose la cara del rubio, de enojo quizá, por alguna razón quería lastimarlo a como diera lugar, acabar con él, lo odiaba, quería que sufriera por el simple hecho de meterse en su cabeza. - me llevare este señorita...- Se acercaba a la caja mirando la prenda, ya no tenía esas ganas de casarse como antes, es más, casarse era lo que menos quería, pero ya estaba comprometido y no había de otra. Arthur seria su esposo en unos días y así olvidaría el hecho de, en primera, haberse metido en la cama con América, segundo, en tenerlo en su cabeza y tercero estar enamorándose de él.

Jones estaba enojado, el otro estaba burlándose de sus sentimientos, estaba jugando con él. Cuando le vio acercarse a la caja, el se salió del lugar, pensando en que si Scott estaba siendo cruel, el sería peor.

Después de unos minutos de espera, el prometido de Arthur salió del lugar con su traje en la mano dirigiéndose al auto como si nada, Alfred le siguió entrando al lado del copiloto, al entrar el arrogante tiro el traje hacia la parte de atrás del auto sin cerrar su puerta.

-hey men! ¡Estás loco!, no deberías arrugarlo tarado...-

-hago lo que se me da la gana, quieres cerrar tu hocico, me harta tu voz...-

-no tengo hocico, aquí el único animal, eres tu...-

-jajá... eso dices, ardido...-

-ardido ¿yo?...¡estás loco!-

-No, estas ardido porque me casare con tu hermano, cuando se te nota a leguas que te mueres por mi...-cerro con fuerza azotando la puerta y encendiendo el auto.

-no estoy "ardido", al contrario, estoy feliz de que te vayas a casar con quien amas...-

El volante fue apretado fuerte por el otro al escucharlo que estaba feliz el otro, claro, si el gran egoísta era malo, Alfred sabia jugar mejor al malo, si ya tenía una buena experiencia en las guerras con el temible Rusia, así que un simple juego de palabras sabia que ganaría.

-claro…, entonces estas feliz, menos mal, ya que sería vergonzoso y doloroso para ti verme casarme ese día en el caso que me amaras- miró por el espejo el rostro del rubio que andaba perdido en una mirada ligeramente triste, pero, en cuestión de instantes sonrió como si nada, era increíble el cambio repentino de estado de ánimo del joven.

-hahahahahaha, eso no existe….ya que no te amo, o ¿tu si a mí?-

Por instantes segundos se quedo callado todo, solo el sonido de ambos respirar tranquilos de escuchaba, América tenía ese modo de hacerle sonreír por su forma de ser, a veces ingenua, a veces terrible. Le miró directo a esos hermosos ojos azules, queriendo decirles que tal vez si lo amaba, pero no iba a rebajarse a este.

-¿amar a un tipo cualquiera como tú?, un asqueroso gordo alegre y cara de fuck, no me jodas….prefiero amar a cualquier perro antes que a ti-

Crudas palabras lastimosas sin remordimiento de este, que solo hacia reír al rubio aunque por dentro estuviera el otro despedazándole.

-anoche…lo que me dijiste, parecía otra cosa-

-...anoche solo jugaba contigo, eres tan ingenuo e idiota…-

-y tu tan miserable…..y maldito…-

Escocia ya estaba feliz había logrado que Alfred se sintiera mal, sin mucho arrancó el vehículo y se dirigía a la casa Kirkland, en todo el trayecto el silencio asfixiante se hacía presente, los ojos zafiros del menor estaban perdidos en la belleza de las calles de Escocia mientras que los esmeralda se concentraban en no mirarlo y ceder ante ese ser tan noble, no había de otra, Scott estaba haciendo victima a Alfred, si tan solo tuviera el poder de cambiar el pasado y no haberse metido con él, ahora no estaría sufriendo esto, no estaría lastimándolo.

Ya cuando llegaban a la casa el mayor se estaciono y bajó sin siquiera bajar el traje, a lo que el otro se percató y bajo dichas prendas. Cerró la puerta y deicidio entrar de manera lenta, al dar unos pasos en la entrada miraba a todas partes si estaba Scott merodeando, pero ni sus luces, a lo mejor había subido a su habitación.

Al dar su siguiente paso, de pronto un manotazo le hizo soltar un leve grito al tiempo que el traje cayó al suelo y esa mano que había hecho eso hace un instante le estaba ahora rodeando la cintura erizándose ante ese calor; pretendió alegar por aquello, pero ni tiempo tuvo por que ya estaba siendo besado en los labios, correspondió, ¿Por qué correspondía?, si hacia minutos ese hombre le había dicho que prefería amar a un perro que él, su manera tonta le hizo ceder, y este se aprovechaba bien de eso, podía humillarlo y ahí estaría siempre.

Un gruñido se escuchó, estaba tan cerca y pegados que no supo cuando el maldito egoísta estaba ya besándole la mejilla, aquella suave piel de sus labios le hacía cosquillas mismas que le encantaban. La mano derecha de este subía suave por esa espalda hasta sostener firme la nuca y así fijarse en sus ojos, creyendo Scott que con esa mirada podía decirle al otro cuanto le quería, equivocado estaba, ya que lo único que hacía era incrementar el odio que Alfred le estaba teniendo que oculto con una sonrisa coqueta y alegre.

-jamás voy a entenderte...es por ello que te casas con Arthur...-

-hay más razones…ahora deja de sonreír, que solo haces que te odie mas-

Lo soltó de una forma suave como no queriendo alejarse, al tenerlo lejos de su cuerpo caminó hacia las escaleras mirando la ropa y sin importarle paso encima de ella, sin importarle nada. Ya pronto seria la boda, escasos días faltaban y sabia que sería torturado ese lapso, cosa que no le preocupaba ya que la venganza sería mucho mejor.