Hola de nuevo!. Para aclarar las cosas les digo que Prusia no murió, su hermano creyó que había muerto nomas. Me pareció que era la única forma de empujar a Alemania para que se enoje tanto, pero eso se los aclaro mas adelante . Ahora si, nuevo capitulo!

Eran las 11.45. El reloj despertador había dejado de sonar hacia bastante tiempo pero su dueño nunca se percato de ello. Fueron los rayos de sol que se colaron en su ventana los que finalmente despertaron al morocho de ojos almendrados. Abrió un ojo, luego el otro y los volvió a cerrar. Hundió su cara en la almohada. En el exterior se escuchaba el cantar de un gondolero al pasar por el canal donde se encontraba su casa.

-Un casamiento o algún turista curioso- pensó para si. De cualquier modo le encantaba escuchar a su gente cantar. El día era hermoso. El cielo y el mar se confundían en el horizonte. El sol brillante iluminaba cada rincón de su ciudad. Hasta podía sentir un delicioso olor a salsa que poco a poco iba inundando su habitación. Feliciano sonrió. Es por estas pequeñas cosas casi imperceptibles por las que viviría mil años más. Estaba en un estado de completa felicidad hasta que un ruido estrepitoso lo devolvió a la realidad. Se sobresalto, saliendo de la cama de un brinco.

Mientras bajaba la escalera se escuchaba la catarata de insultos que venían desde la cocina.

-Cazzo estúpido fratellino ¿Por qué guardas el orégano en ese maldito estante que esta tan alto?-Romano estaba furioso .Su cabello estaba lleno de condimentos de diversos colores y alrededor suyo yacían los restos de los platos que habían impactado en el suelo.

-veee es que la ultima vez que comí pasta en casa fue cuando vino Alemania y como el lavó los platos debió poner el orégano ahí-el rizo del romano se hizo un ovillo de solo escuchar el nombre del "macho patatas"- vee lo siento, lo siento hermano- se disculpo por instinto.

-¿ ese jodido bastardo patatero no se da cuenta que no todos somos unas malditas torres como el?- Y ahí volvía a empezar el repertorio de insultos de Romano, pero ahora dirigidos especialmente al alemán. Había ocurrido la misma escena pero en distintas situaciones desde hacia tres días. Y Feliciano amaba a su hermano pero a veces era tan insoportable, mas cuando desplegaba su catalogo de maldiciones hacia Ludwig. No es que quisiera echarlo, después de todo el lo había invitado pero tampoco le agradaba tenerlo en casa quejándose de la vida.

Feliciano empezó a barrer los trozos de platos mientras Romano, aun enojado, seguía preparando su salsa especial. Entonces se le ocurrió un a brillante idea, si invitaba a España a comer probablemente se llevaría a su hermano. No es que no lo quiera pero la convivencia con el era un poco mas que difícil.

Busco su celular por toda la cocina. No estaba. Ohh claro, lo había dejado en casa de Alemania. Se sonrojo un poco al revivir la escena, parecía un sueño haber visto un apasionado Ludwig queriéndolo amar en una esquina de su casa. Su corazón latiendo al ritmo de un tambor no lo dejaba mentir, le había gustado y mucho. Demasiado, quizás.

¿Cómo podría volver a la normalidad después de eso? Había huido como un cobarde, agradeciendo a los cielos la intromisión de Gilbert, porque si fuera por el no hubiera podido parar la situación. No se podía mentir a si mismo, le encanto morder los labios del rubio ,pero no quería enamorarse mas de el. No se lo podía permitir. Ni siquiera sabía porque fue que le dio ese beso en la plaza. Seguramente lo venció la nostalgia de sentirse solo en su niñez, pero se había prometido amarlo como amigo y por primera vez en su vida, quería cumplir sus promesas.

¿Cómo seguir entonces? Pensó en tomarlo como un malentendido para que todo siga igual, como siempre debió ser. No quería romper su amistad. No quería arriesgarse. No quería sufrir. No quería que nadie rompiera su felicidad, que tanto le costo conseguir. Nadie, ni siquiera su amado Ludwig. Deseaba que su relación con el teutón siguiera como siempre, en calma, inmutable, feliz.

-oye Veneciano ¿Qué diablos te ocurre?- pregunto el mayor de los italianos, sacando al menor de sus pensamientos.

-veee ¿a mi? Yo estoy bien-sonrió Feliciano.

-A mi no me engañas Veneciano, algo escondes- se acerco a su hermano-Tu nunca me llamas para que pase tiempo contigo, siempre prefieres estar con el bastardo bebedor de cerveza- puso su dedo índice en la frente del morocho- Y cada vez que el bastardo alemán te llamo a tu casa y lo mande a freír churros como bien se merece tu no me dices nada-le increpo.

-No te preocupes fratello, es que te extrañaba y quería estar unos días contigo, tu nunca sales de Roma- mintió Feliciano, con una sonrisa entre sus labios.

-Me importas un bledo Veneciano pero los dos somos Italia y si te jodes tú ,me jodes a mi también-mintió Romano. No quería que supiera que estaba preocupado por el, pero lo estaba, más si el rubio maldito estaba metido en el medio. Jamás entendió esa atracción irracional que tenia su fratellino por el macho patatas. ¿Por qué quería tanto a ese tipo? Para Lovino, el frio y mandón alemán era la antítesis mas precisa a lo que seria una "buena persona". ¿porque su hermano no podía ver ese lado? El sureño podía perdonar muchas cosas pero jamás olvidar. Nunca olvidaría todos los italianos que murieron por culpa suya y los otros tanto que escapando de la guerra jamás volvieron a pisar sus tierras. Y jamás olvidaría, porque lo tenía marcado a fuego en su memoria, cuando Alemania le trajo a sus brazos a su hermano ensangrentado y golpeado. Casi muerto. ¿o es que el era el único que se acordaba de eso? Por un momento, en los años posteriores cuando no se podían ver, pensó que ese vinculo se había roto pero cuando volvieron a encontrarse otra vez..su estúpido fratello fue como luciérnaga atrás del maldito. Y después el bastardo de España le decía que no se enoje ¿Cómo no enfurecerse viendo al muy inútil de Feliciano autodestruyéndose junto a ese bastardo patatero?

-Romano, la salsa se te quema- lo distrajo Feliciano.

El morocho siguió revolviendo con su cuchara de madera, maldiciendo por dentro y por fuera al bastardo patatero y al idiota de su hermano. Mando a Feliciano a comprar el orégano que faltaba. Así mataba dos pájaros de un tiro: se evitaba de golpear a cucharazos al italiano por hacerle cocinar mal la salsa y de paso evitaba la incomodidad de la conversación.

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Italia paseaba contento por las galerías de su ciudad, escuchando con felicidad la risa de su gente y piropeando alguna bella dama que se le cruzaba. En el camino de vuelta al mercado vio a un hombre a la orilla del muelle. Parecía triste así que se le acerco a ver si podía animarlo. Tal vez una sonrisa, un gesto amable o una charla entretenida podrían alegrar aquel turista. No iba a dejar que se fuera de Venecia sin sacarle una sonrisa, después de todo un mundo feliz empieza con pequeños gestos.

-Buongirono signore! No se quede sentado en el muelle que el día es hermoso. Si quiere le puedo mostrar la ciudad, la conozco como la palma de mi mano. O si tiene problemas amorosos le puedo presentar una bella regazza- trato de animar al señor que seguía cabizbajo. El hombre levanto la vista, que estaba clavada en un papel, una carta para ser precisos.

-¿Italia?- contesto Ludwig al levantar la vista y encontrarse con Feliciano.

¿Alemania?- lo miro pasmado. El encuentro con su amigo era toda una sorpresa inesperada. En un vistazo rápido observo la carta que tenia entre sus manos y la reconoció inmediato. Era la confesión, mas bien su descargo, se podría decir, que había escrito Feliciano el día que había querido desaparecer de este mundo. Estaba confundido ¿porque él tenia eso entre sus manos? Hubiera jurado que lo había tirado al mar, escondido dentro del cuadro que pinto ese día.