Me he encontrado con Italia tantas veces que no podría precisar el número. Siempre me sentí bien a su lado, tarde mucho en entender esto pero yo lo necesitaba. Me gustaba la idea de que alguien siempre esperaría por mi, alguien incondicional, alguien que a pesar de las guerras y traiciones de este mundo siempre volvería a mi lado. Italia siempre estaría ahí para mi. No le importaba mi pasado, ni mis pecados ni mi actitud un tanto fría hacia las personas. Al contrario, el me hacia sentir humano. Si, lo se, soy una nación pero junto a el me siento tan vivo, tan mortal…

Cuando alce la cabeza y me encontré con la figura del morocho, los dos nos miramos y fue un tanto incomodo. ¿Que decir? ¿Qué hacer?¿cual es la mejor forma de reaccionar? Mi primer instinto fue esconder la carta en mi bolsillo. No le dejaría saber lo que encontré antes de entender que decía.

Feliciano me miro un tanto sorprendido pero luego volvió a su típica expresión de alegría de siempre. Como si nada hubiera pasado. Casi me creo que había olvidado nuestro último encuentro y que todo volvía a ser como antes. Su sonrisa era limpia y fresca, sin ninguna mueca que expresara algo más que pura inocencia.

Si, casi me lo creo, pero el leve oleaje, casi imperceptible lo delataba. Sonreí por dentro. Yo sabia de su poder. Nunca más podría mentirme sin que lo supiera. Su propia ciudad lo delataba a los ojos del único que conocía su secreto.

Seguí el juego de Italia, pretendiendo que todo fue un malentendido. El se disculpo por haberme besado y yo por haberlo manoseado. Pero yo sabía que sus disculpas no eran verdaderas. A el le gusto tanto como a mi. El mar también lo sabía y como cualquier detector de mentiras, era la prueba mas certera de que tras su sonrisa escondía sus verdaderas palabras.

Me tomo del brazo, como de costumbre y nos dirigimos hacia su casa. Allí estaba su hermano, quien me dedico, como siempre, su biblia personal de insultos. Nunca nos llevamos bien, pero tampoco es que lo odie. Es una relación un tanto rara, aunque todas las relaciones con Romano eran raras desde mi punto de vista, siempre tratando de alejar a quienes le querían. En cierto punto me sentí identificado con el pues los dos compartíamos un cariño nunca dicho por Feliciano, él como su hermano y yo como su amante secreto.

Nos sentamos los tres en la mesa. Feliciano sonreía, yo trataba de hacer odios sordos al malhablado de su hermano y Lovino se jactaba de que su cocina era mucho mejor a la mía.

Al terminar de comer Romano se fue, con la excusa de que no toleraba a su "tonto fratellino" y al" bastardo patatero" juntos. Juró entre chillidos que prefería mil veces ir a tomar un helado con el "bastardo de Antonio" antes que seguir en nuestra compañía. Por supuesto eso también debió ser mentira. Estoy seguro que estaba preocupado por su hermano y cuando vio que todo estaba en normalidad le urgió volver con España.

Feliciano y Lovino eran las dos caras, las dos partes de una nación que una vez fue dividida. Sus personalidades eran casi opuestas, pero en ciertas cosas se parecían mucho. Los dos italianos eran bastante mentirosos , pero Lovino era fácil de leer. Los arranques de furia y las palabrotas escondían entre líneas su preocupación y falta de autoestima. En cambio Feliciano, que siempre se mostraba alegre y desmedido siempre fue una incógnita para mi.

AL quedarnos solos otra vez, todo parecía igual que siempre. Mi amore no escatimaba en palabras y me decía todas las novedades de los últimos días. Italia me conto sobre unos diseños que le había encargado Polonia y de un partido amistoso que había jugado con Portugal el día anterior. También me comento algunos chismes que había escuchado de los paparazzi.

Comenzando la tarde tuvo que ir a regañadientes a una reunión ,creo que homenajeaban a un ciudadano ilustre o algo así. Lo ayude a acomodarse la corbata y el me abrazo. Luego lo eche a patadas porque no tenía la más mínima gana de ir a cumplir con sus obligaciones.

Me dejo a cargo de su casa mientras estaba ausente. Volvía a estar solo. Me senté en uno de los sillones y mire hacia el estante que tenia al lado mío. Había muchas fotos, pero mas mías que de cualquier otro. Sonreí. Sonreí mucho. Lo había decidió. Hoy volvería a proponerle a Italia que sea mi amante. Esta vez no me quedaría helado ni aceptaría un "no" por respuesta. La ultima vez yo era mas joven y estaba mas confundido que enamorado .. tuvieron que pasar dos guerras para que me diera cuenta. ¿cuando fue que caí en la cuenta que estaba profundamente enamorado? ¿Cuándo me di cuenta que el enojo era mi escudo para no sentir dolor? los tiempos de postguerra, separado de mi hermano, al que creía muerto y sin permiso de volver a ver a mis exaliados.

En esos momentos, cuando te quitan todo es donde empiezas a apreciar lo que tenias. Fue en ese lapso que me di cuenta lo mucho que quería a mi hermano, cuanto extrañaba la silenciosa compañía de Japón y cuanto quería volver a ver a Italia. En el silencio de la desesperación de mi gente y el grito ahogado de los que habían quedado en el otro lado, hubiera vendido mi alma para volver a ver su sonrisa. Sus besos dulces y caricias, que alguna vez me parecieron tan tontas y fuera de lugar, en ese momento eran más que necesarias.

Nunca intente confesarle mis sentimientos. La idea de que me vuelva a rechazar me aterraba pero hoy será diferente. Lo había planeado todo y solo faltaba ponerlo en marcha. Aproveche que Feliciano no estaba e hice todos los preparativos. Alquile un yate pequeño para llevarlo a Murano, una isla véneta mucho más tranquila que el centro. Tenia el vino que había comprado y además fui a la florería a comprar unas rosas. Todo tenia que ser prefecto.

A la mierda con el libro de citas! Ni anillo, ni restaurante lleno de gente. Esta vez tenia que hacerlo bien. Tenía que ser en un ambiente tranquilo y por sobre todo estar solos. No iba a cometer los mismos errores. Esta vez iba a ser todo perfecto.

Por fin llego la noche y luego de cenar un poco de pizza en su casa, lo sorprendí con la propuesta de llevarlo a navegar por la costa. No podía decirme que no, navegar por sus aguas era una de sus más grandes alegrías. En la oscuridad del mar, el yate parecía una luciérnaga. Feliciano estaba muy feliz y por sobre todo silencioso, admirando la belleza de su propio paisaje.

Detuve el yate cerca de la costa de Murano y me senté junto mi amore, en uno de los sillones de la popa. Tomamos unas copas de vino. El ambiente era perfecto, ya no había rastro de esa sensación de incomodidad. Cuando reuní el valor suficiente le quite la copa de vino de la mano y lo bese.

-Alemania yo…no ..

-guarda silencio-lo calle con un dedo sobre sus labios

Incline su cuerpo contra el sillón y comencé a besarlo, desde los labios hasta el cuello mientras jugueteaba con malicia mi dedo entre el extraño rulo de sus cabellos.

-ahh ahh Alemana esto no esta bien- intentaba separarme

-no me importa-quite mi mano de sus cabellos y me dedique a desabrocharle la camisa. Recorrí con la punta de mis dedos cada límite de su pecho. Se sentía tan bien. Olía tan bien. No me importaba si la posición era incomoda, ni si el trataba de apartarme débilmente.

Ich liebe dich- le susurre al oído mientras pasaba la punta de mis dedos,haciendo círculos, ahora en los pezones del morocho. El me seguía diciendo que pare. Sus manos se clavaron fuertemente en el cuero del sillón cuando intentaba quitarle los pantalones. Volví a besarlo y acorte la distancia entre nosotros.

Ya no me importaba si éramos dos hombres o dos naciones. En ese instante todos mis prejuicios se fueron por la borda. Me despedí de sus labios y baje lentamente con mi lengua hasta su entrepierna. Es Italia. Es mi amore. No me importa nada. Solo el y yo. Mande al diablo toda mi educación y consejos sobre como ser un buen hombre. Un buen alemán. Solo quería hacerlo sentir bien y que confiese que también me ama. Se que lo disfruta también. El puede mentirme pero el mar no. No importa porque no lo quiere admitir, yo se que también el quiereesto. Pensando en el más delicioso de los wurst, arremetí mi lengua contra su miembro.

-ahhh ahhh nhn Alemania- gemía mi morocho. Sus manos dejaron de apretar el sillón y se dirigieron a mis cabellos. Dolía un poco sentir sus uñas clavadas en mi cabeza pero yo estaba mas concentrado en lamer su hombría.

-Alemania, detente me harás acabar-me suplicaba Italia entre respiración entrecortada, aunque seguía apretando sus uñas y atrayéndome hacia el.

Era ahora o nunca. Me aparte de repente y me incorpore. Italia abrió los ojos , un tanto enfadado porque lo había dejado justo antes de llegar. Me incline sobre el y de un movimiento lo acomode como quería. Sus rodillas quedaron apoyadas en el sillón, dándome un perfecta vista de su trasero. Sus manos recaían sobre la fachada del casco. Me acomode sobre el, rozando mi miembro contra su parte trasera y besando su cuello.

-Italia …voy a invadirte-le susurre al oído- Si no quieres puedes hundir ya mismo este yate pero sino yo continuare aunque tu me digas que pare- le mordí el lóbulo de la oreja, mientras escuchaba sus gemidos.

Me lleve mis dedos a mi boca y los humedecí con mi propia saliva. Luego los dirigí hacia el interior de Italia. La extraña sensación de la intromisión de mis dedos lo hizo gritar en seco. Pero lo calme tirando de su rulo, con la otra mano con la que estaba sosteniendo su cadera.

Italia estaba mas que duro. Yo también. La situación ya se había vuelto casi insoportable. Había prometido a mi mismo que seria suave y delicado con el, pero en ese momento mi conciencia estaba nublada por la necesidad de poseerlo. Lo embestí, entrando violentamente. Italia pego un grito estruendoso y una ola, que aprecio surgir de la nada, golpeo un costado del yate.

-eres un bruto Alemania- chillo mientras se cubría con sus manos , como si el dolor desapareciera por ese simple acto. Yo estaba tirado en el piso, el golpe de la ola me había echo perder el equilibrio y salir bruscamente del interior de Italia.

-lo siento- fue lo único que se me ocurrió decir. Lleve a Feliciano en brazos hasta la cabina, donde lo acosté en la pequeña cama que tenia el yate. Seguía cubriendo y masajeando sus nalgas, aun sentía mucho ardor. Lo bese y lo cubrí con una manta y me acosté al lado suyo. La sabana se cubrió con una pequeña mancha de sangre en el lugar donde se había apoyado Italia.

Me sentía el mas brillante de los genios. Otra vez mi desesperación había jodido una perfecta noche entre los dos. Pero Italia era incondicional, a pesar de todo el siempre que querría. Aunque aun le dolían sus entrañas, no dudo un segundo el abrazarme para dormir juntos y apretados, en ese reducido espacio, a la deriva la mitad del Adriático.