Notas del autor: Por fin terminé un nuevo capítulo de este fic. Gracias a todos los que han apoyado esta historia, espero que les guste el cap.

Disclaimer: Digimon no me pertenece.


—Que tengas un buen viaje —dijo Mimi a manera de despedida.

Se había quedado despierta hasta esas horas para despedirse personalmente.

—Gracias, Mimi, por todo —la besó con ternura—, te llamaré cuando llegue a Japón.

—Aquí te esperaremos.

Le acarició la mejilla, se despidió y salió de la casa para tomar un taxi hacia el aeropuerto. Una vez en el avión, trató de conciliar el sueño, pero no lo lograba. Se acomodó en su asiento y se dedicó a mirar por la ventanilla que estaba junto a este. «¿Cómo lo vas a hacer, Yamato?» se preguntaba, pero ninguna de sus ideas le parecía adecuada. Al final el cansancio ganó la batalla y se quedó dormido.


Un silencio incómodo se había adueñado del lugar, después de que Tai le diese la noticia a su hermana, ella se quedó mirándolo sin decir ni una palabra.

—Es una broma, ¿cierto? —dijo ella, rompiendo la atmósfera que se había creado.

—Nunca bromearía con algo así —respondió el castaño.

Hikari endureció su mirada.

—¡¿Cómo pudieron ser tan irresponsables?! —preguntó ella, su tono reflejaba su molestia.

Su hermano se sintió intimidado.

—Amor, cálmate —dijo Yuudai.

—No trates de ayudarlo —le lanzó una mirada que lo hizo callar—, ¿en qué estaban pensando?, Tai, esto es serio.

—Lo sé..., por eso quería hablar contigo.

La castaña suspiró resignada y ablandó su mirada. Sabía que su hermano necesitaba más de sus consejos que de sus regaños, después se encargaría de ello.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó mientras se acomodaba en el sillón. Estaba sentada frente a Tai.

—En realidad el bebé sólo a adelantado las cosas. Sora y yo habíamos estado hablando sobre la posibilidad de que ella y Yamato se divorciaran, pero no estaba segura.

—Imagino que la causa de su inseguridad es Narumi —dijo Hikari luego de meditar sobre lo que había dicho su hermano, este asintió con la cabeza.

—Me dijo que no quería que Narumi pasase por ello —frunció el ceño—, le respondí que, pasase lo que pasase, ella se vería eventualmente afectada, pero no lograba decidirse. No la entiendo —hizo una pausa, como si estuviese eligiendo con cuidado sus palabras—, las quiero mucho a las dos. —«Y había ocasiones en las que imaginaba que era mi hija» dijo para sí, su voz estaba llena de nostalgia, y su mirada estaba perdida en algún punto de la pared— Le dije que trataríamos de conseguir su custodia ó que no tuviese mayores problemas para visitarla, pero nunca parecía convencida.

Su hermana y su novio se miraron fugazmente, él no lo notó.

—Creo que deberías ir a hablar con ella, en poco tiempo el embarazo de Sora se hará visible, y deberán estar listos para cuando eso suceda. Espera un tiempo para hablar con Narumi, si quieres, pero que no sea mucho —dijo su hermana.

—Deben estar juntos en esto —agregó Yuudai.

El pelinegro miró el reloj que había en la pared de la sala y se levantó del sillón.

—¿Llegaste en tu auto? —preguntó.

—Sí, lo deje estacionado a una cuadra de aquí —respondió el castaño.

—¿Me podrías llevar?, tengo un compromiso que atender, queda de camino al departamento de Sora.

—Claro.

—La doctora dijo que debías guardar reposo —dijo Hikari.

—Es un trámite rápido, pero es importante que sea puntual.

La castaña frunció el ceño.

—No te preocupes, lo traeré de regreso sano y salvo, para que puedas "cuidarlo" —dijo Tai, comenzó a reírse al ver como las mejillas de su hermana se teñían de rojo.

Los dos salieron del departamento, Yuudai llevaba una muleta. Cuando llegaron a las escaleras se detuvieron.

—¿No tenían un elevador? —preguntó el castaño.

—Están haciéndole mantención, vamos, no va a ser complicado, pude subir, ¿no?. Sólo necesito un poco de ayuda para no caer.

Bajaron las escaleras y caminaron hasta el lugar en el que Taichi había dejado su vehículo. El lugar en el que Yuudai le indicó que se estacionara estaba a medio camino, el pelinegro entró solo a una tienda, Tai se limitó a seguirlo con la vista y se quedó pensando en lo que iba a hablar con Sora, y para cuando Yuudai regresó, ya estaba seguro de lo que iba a decir. Miró la bolsa de papel que el pelinegro tenía entre sus manos y volvió a mirar la tienda de la que había salido, ahora con más detenimiento.

—¿Esos son...? —comenzó a preguntar, pero antes de que terminara, el pelinegro sacó lo traía en la bolsa.

El castaño observó la pequeña caja y parpadeó un par de veces, antes de que hablara, Yuudai cambió su semblante relajado por uno más serio.

—Hay algo que debes saber, Tai, Sora quiso que nadie lo supiese, pero es algo que debes tener en cuenta de ahora en adelante.

El castaño lo miró con una mezcla de curiosidad y nerviosismo, hizo un gesto para que prosiguiera.


Sora seguía callada, no sabía que decir. La mirada de Narumi dejaba entrever un abanico de emociones.

—Yo... —empezó a decir con voz temblorosa.

—Sé sobre tu relación con Taichi —dijo ella con un atisbo de enojo en la voz—, sé que el bebé es suyo.

Sora sintió que su corazón se apretaba y que las lágrimas comenzaban a agolparse en sus ojos. «Son las hormonas, Sora, trata de calmarte, tus nervios afectarán al bebé» se decía mientras se levantaba y se acercaba a donde estaba su hija.

—Narumi... —trató de abrazarla, pero ella la rehuyó.

Sora se quedó petrificada al ver la expresión en el rostro de su hija.

—¿Qué, lo vas a negar?.

—Déjame explicártelo, yo... —comenzó a decir, pero su hija la interrumpió.

—Estabas aburrida de sentirte sola —su voz parecía destilar ácido—, por eso comenzaste a tirarte a Ta... —una fuerte cachetada la hizo callar.

Sora se quedó mirando la mano con la que había golpeado a su hija, cerró los ojos, había comenzado a temblar. Abrió los ojos y centró su mirada en Narumi. Esta había llevado una mano a su mejilla, seguía parada frente a ella con una postura firme, y su mirada estaba llena de algo que la inquietaba.

—Lo siento... Narumi... —dijo Sora con voz quebrada—. Yo... lo amo —agregó.

Esas palabras eran las que más le costaba decir. Habían pasado años desde lo ocurrido con Tai en su cumpleaños, cuando volvieron a encontrarse. Él se había ido a estudiar al extranjero bajo la excusa de querer conocer otros lugares, pero ella sabía que no era verdad y en esa época agradeció el gesto del castaño, pues su relación con Yamato se estaba hundiendo y ella se esforzaba por sacarla a flote, no era capaz de contarle al rubio lo sucedido y la presencia del castaño no hacía más que agudizar sus sentimientos de culpa. Verlo nuevamente en Japón la alegró.

Por un momento había pensado que la odiaría, pero cuando se encontraron y lo vio sonreír supo que no era así. Él actuaba como si nada hubiese pasado entre ellos y eso, sin saber por qué, le molestaba. Cada vez que ella intentaba hablar con él sobre ello desviaba el tema de la conversación, por lo demás, no hubo mayores cambios.

Su matrimonio con Yamato iba de mal en peor, su único consuelo era ver feliz a su hija, pero casi diez años de ello le estaban pasando factura, llorar en las noches en que sólo estaba Narumi y ella ya no servían para desahogarse, de igual forma que había dejado de serlo su trabajo, había dejado el alcohol después de lo de Narumi y cada vez sentía que hundía más en un pozo de angustias. Una tarde Tai apareció de improviso, Narumi estaba en la escuela y ella se encontraba perdida en sus recuerdos, él la invitó a ver una película, y por un par de horas se sintió libre de todo ese pesar que la acompañaba a todas partes. Cuando él se estaba despidiendo decidió que debía hablar con él sobre lo ocurrido años atrás.

Ese día, luego de volver a sentir el roce de sus labios, el aroma de su camisa y sus manos en su cintura, supo que no había sido la soledad, la lujuria ó un momento de confusión lo que había hecho que se entregara a él, era amor, el amor que ella había sentido por él cuando era una niña, el que quiso olvidar después de cansarse de esperar a que él se diese cuenta, el mismo que rechazó después de lo ocurrido en su cumpleaños, era ese amor el que se volvía a hacer presente en la vida de ambos.

—Lo sé —dijo Narumi, sacándola de sus pensamientos. Su tono de voz, a pesar de seguir siendo duro y estar cargado de enojo, había cambiado—. ¿Por qué se casaron? —su voz ahora sonaba insegura— ¿¡por qué me tuvieron si no se quieren!?.

La pregunta tomó a Sora por sorpresa, pero también le permitió entender la actitud de su hija. «¿Desde cuándo lo sabes?, ¿cómo lo averiguaste?, a no ser que... ¡oh!, Narumi, mi niña, nos oíste, ¿todo este tiempo te lo has guardado?» pensó mientras veía cambiar la expresión en el rostro de su hija, una mezcla de expectación y miedo iba quitándole terreno al enojo. «¿De verdad quieres saberlo?» se preguntó, ella no estaba segura de poder decírselo.

No le gustaba recordarlo, lo único que podía recordar de la fiesta eran imágenes sueltas, había bebido de más, Yamato también. Habían terminado su noviazgo unas semanas antes, pero lo habían hecho de buena manera, ambos sentían que su relación no daba para más. Lo único que podía recordar era que le había dicho algo, después todo se volvía confuso, se despertó al día siguiente con un fuerte dolor de cabeza y la sensación de que el mundo daba vueltas, se levantó rápidamente y, sin saber aún donde estaba, corrió en busca de un baño, sólo después de devolver lo que había ingerido el día anterior se dio cuenta de cómo estaba y del leve ardor que tenía en la entrepierna.

Narumi, luego de escuchar a su madre, caminó hacia atrás hasta que sintió la muralla tras su espalda y se sentó en el piso, su rostro reflejaba su abatimiento, por unos instantes mantuvo la vista fija en Sora, siempre con el ceño fruncido, pero no fue capaz de permanecer así, bajó la vista y se quedó en silencio, tratando de ocultar sus ojos. Sora comenzó a caminar hacia ella, cuando escuchó el primer sollozo fue como si frente a ella no estuviese la Narumi de doce años, la chica que nunca lloraba ni le gritaba a la gente, en su lugar le pareció ver a la Narumi de ocho, apuró el paso y se sentó junto a ella.

—¡Déjame! —dijo Narumi con la voz quebrada cuando sintió que Sora trataba de rodearla con sus brazos.

La pelirroja menor forcejeó débilmente mientras trataba de contener sus lágrimas, pero fracasó en ambas.

—No lo reprimas, déjalo salir —dijo Sora mientras abraza a su hija.

Puso una mano sobre la espalda de Narumi, con la otra sujetó su cabeza e hizo que la apoyase en su hombro comenzó a consolarla, su hija la abrazó con fuerza y comenzó a llorar. Sora se sintió como si se hubiese quitado una espina que tenía clavada desde hacía mucho tiempo.


Bien, debo decir que este capítulo me costó más de lo que esperaba y que forma parte de una especie de transición en el fic, no diré cuando creo que volveré a actualizar porque casi nunca se logra hacerlo cuando uno lo espera.

Nos leemos luego.