Notas del autor: Bien, casi un mes sin actualizar y creo que no volveré a hacerlo durante un tiempo (hay que tener prioridades), por lo que les traigo un capítulo más extenso que lo usual. Siento que le falta un no sé qué, pero ya lo tenía terminado y no se me ocurrió qué más agregarle, si notan algún error ó tienen alguna consulta, díganmelo en los comentarios ó mándenme un PM.
Disclaimer: Digimon no me pertenece, sólo mis OCs.
Se despertó con un fuerte dolor de cabeza, aún faltaban cerca de dos horas para que tocasen tierra y la perspectiva de volver a dormir era muy atrayente. Había tenido un sueño muy extraño, pero no podía recordarlo con exactitud. Trató de pensar en lo que tenía por delante, pero su mente lo traicionó, obligándolo a repasar toda su historia con Mimi y Sora.
Salvo el hecho de ser padre a los diecinueve y estar casado, sus planes para el futuro seguían siendo los mismos. Tras varios años de estudio, finalmente había logrado ingresar a la NASA, sentía que todos sus esfuerzos valieron la pena. No sabía explicar la razón por la cual eligió esa carrera, pero, ahora que se encontraba frente a las instalaciones, sabía que no se había equivocado.
Sora y Narumi se habían quedado en Japón. Su hija tenía casi siete años, y si bien los tres vivían juntos en un departamento que alquilaban, apenas si tenía tiempo para estar con ella, esto era lo que más le molestaba. Su relación con Sora no era mala, pero tampoco era lo suficientemente buena como para que se dijese que eran un matrimonio feliz, aunque guardaban discreción suficiente para que nadie lo notase.
Luego de que se hubiesen acostado tras esa fiesta, Sora y él casi no habían cruzado palabra alguna. Se sentía culpable por lo ocurrido, cuando habían terminado su noviazgo no tuvieron problemas para seguir siendo amigos, pero con esto no sabía cómo lidiar, y para dificultar las cosas, Sora no hacía más que poner excusas cada vez que intentaba hablarle.
Tai seguía en Alemania y era muy difícil contactarle, por lo que al único a quien pudo relatarle lo ocurrido fue su hermano. Takeru le dio todo el apoyo que necesitó y lo exhortó a que hablara con Sora, finalmente logró hacerlo, pero también supo que lo ocurrido esa noche tuvo consecuencias mayores.
Lo más difícil comenzó tras sobrevivir a la furia de los padres de la pelirroja y los de él, pues se le hizo imposible estar presente durante la mayor parte de la gestación de su hija, la Universidad en la que estudiaba estaba prácticamente al otro lado de Japón y era la única que impartía la carrera, pero al menos pudo estar presente durante el parto.
Su relación con la pelirroja era lo que realmente le causaba malestar, habían intentado reavivar lo que habían tenido, pero nada funcionaba. Sabía que ella le guardaba rencor por lo ocurrido a pesar de que cada vez que tocaban el tema ella lo negaba, no la culpaba, si él estuviese en la posición de Sora, haría lo mismo, y ese era el problema, eran demasiado parecidos, por lo que sería muy difícil que se dijesen todo lo que sentían. De esta forma pasaron los siguientes años, él viajando de un lugar a otro, ganando la experiencia necesaria para presentar su postulación, y ella trabajando desde su hogar, siempre escondiendo sus conflictos cuando estaban juntos.
Cuando le llegó la notificación en la que se le informaba que había sido aceptado, pensó que tal vez las cosas mejorarían, y en cierta forma así fue, pero ahora estar en Japón, por periodos de tiempo más ó menos largos, se le había complicado en gran medida. Fue durante esa época en la que volvió a ver a Mimi.
Nunca había sido muy cercano a la castaña, cuando eran niños llegó a pensar que era un tanto molesta, después ella se fue a los Estados Unidos y perdieron casi todo contacto hasta los hechos ocurridos durante el 2002, luego de los cuales tuvieron un trato más cercano. Unos años después, ella regresó a Japón para terminar sus estudios, por lo que la veía más a menudo, pero poco después de que naciera Narumi, regresó a los Estados Unidos y no supo gran cosa sobre ella.
Florida estaba pasando por una ola de calor que llevaba sofocando a la ciudad por casi dos semanas, él había estado en busca de algún lugar en el que comprar un refresco, pero en todas las tiendas no había ni siquiera una bolsa de hielo, en los días anteriores se habían acabado y ese día habían comenzado a hacer las reparaciones al sistema de tuberías en el hotel donde se hospedaba, cortando el suministro de agua. Caminaba de regreso, estaba un tanto molesto, dobló en una esquina y chocó de frente con alguien, sintió que algo le mojaba el rostro y el olor dulce del jugo de frutas llegó a su nariz.
—¡Hey!, ten más cuidado —dijo él con los ojos aún cerrados.
—Disculpe... ¿Yamato? —preguntó una voz femenina que se le hizo familiar.
Abrió los ojos y frete a él se encontraba una mujer un poco más baja que él, sus ojos eran color miel y su cabello castaño claro llegaba hasta su cintura, usaba un vestido de color amarillo pálido que le llegaba hasta debajo de las rodillas y un sombrero de playa color arena, llevaba un bolso en su hombro izquierdo y un vaso de cartón en su mano derecha.
—¿Mimi? —preguntó mientras se secaba el rostro con el antebrazo.
Ella le invitó a una nueva fuente de sodas que se había instalado cerca de la playa a manera de compensación, era la copropietaria, él aceptó y se pasaron la tarde hablando sobre sus vidas. Desde ese día comenzaron a verse de vez en cuando, su amistad fue creciendo y, antes de que se diera cuenta, ya estaban hablando de temas más profundos que simplemente lo que habían hecho durante la semana, pudo hablar sobre sus problemas y escuchar los de la castaña, reírse con sus anécdotas y discutir cuando tenían opiniones diferentes.
Casi medio año después de su primer encuentro se sorprendió pensando en la castaña, no como amiga, sino como algo más, esto vino acompañado de la percepción de pequeños detalles que antes había ignorado en ella, como la forma en la que se arreglaba el cabello y cosas de esa índole, y al final hasta comenzó a soñar con ella. Bastaba con recordar escenas sueltas de esos sueños para que el rostro se le tiñera de rojo. Trató de dejar esos pensamientos de lado, sin embargo, cuanto más se esforzaba en ello más recurrentes se le hacían, intentó convencerse de que no era más que una calentura causada por estar tanto tiempo lejos de casa, pero esto lo hizo cuestionarse si de verdad era esa la causa de ello.
Se mantuvo lo más alejado que pudo de la castaña sin que pareciese algo brusco ó sospechoso. Finalmente tuvo la oportunidad de regresar a Japón, podría estar cerca de tres meses allá, aprovechó ese tiempo para pensar sobre lo que estaba sintiendo, tomó la decisión de ir alejándose de la castaña de forma paulatina, porque tenía claro que de otra forma terminaría hiriéndola.
Tenía todo preparado para su viaje de regreso a los Estados Unidos, incluso había repasado todo lo que iba a hacer, pero en la víspera de su viaje tuvo la única discusión real que hubiese tenido con Sora en todo ese tiempo, esto lo dejo tan alterado que olvido todo lo que tenía planeado, llegando incluso a buscar apoyo en ella, el problema fue que no estaba en sus mejores condiciones cuando se encontraron. No pudieron conseguirle una habitación en el hotel de siempre debido a un error computacional, por lo que le alquilaron un departamento que quedaba justamente en el complejo donde vivía Mimi. Ignoró todas las llamadas que no proviniesen de su trabajo y pasó ese fin de semana bebiendo, la pelea con la pelirroja lo había dejado pero de lo que quisiese reconocer y no se encontraba con ánimos de recorrer la ciudad.
Era la mañana del Domingo cuando sintió que tocaban a su puerta, se puso de pie y con pasos tambaleantes la abrió. Frente a él estaba Mimi, quien le miraba de forma preocupada.
—¿Qué quieres? —preguntó él con voz ronca.
La castaña arrugó la nariz al sentir el aliento del rubio y le dedicó una mirada de reproche.
—Me dijiste que volvías esta semana, me pediste que te hiciese unos pastelillos, ¿recuerdas?. No contestabas el teléfono y cuando te los fui a dejar al hotel me dijeron que estabas viviendo allí, tuve que averiguar dónde estabas —respondió ella.
—¿Y mis pastelillos? —preguntó mientras apoyaba un hombro en el marco de la puerta.
—¿Cuánto tiempo has estado encerrado bebiendo?, apestas a alcohol —dirigió su vista hacia el desorden de la sala de estar—. Yamato, tienes todo un chiquero allí dentro.
Él sonrió de medio lado, le causaba gracia el tono de la castaña, parecía como si estuviese regañando a un niño. Su sonrisa se esfumó al recordar la razón por la que lo había hecho.
—No me había dado cuenta —respondió con sarcasmo, al tiempo que ella hacía ademán de querer entrar. Le dejó la vía libre.
Ella miró todo a su alrededor y luego se dirigió a él.
—¿Discutiste con Sora? —preguntó ella.
No sabía por qué la pregunta logró irritarle, la miró entrecerrando los ojos.
—¿Y a ti qué te importa? —respondió con voz áspera mientras cerraba la puerta.
Si Mimi se sintió intimidada lo disimuló muy bien, puso sus brazos en jarra y lo miró con dureza por unos segundos, tras los cuales su mirada se ablandó.
—¿Qué te ocurre?, Yamato, no deberías...
—Beber de más, es dañino para la salud —completó él mientras se tumbaba en el piso, apoyando su espalda en la pared que tenía detrás—. ¿Y qué?.
—Me estas preocupando.
—Vamos, Mimi, se que en el fondo no le importo mucho a nadie...
—No digas eso, no es verdad.
Él la miro por unos segundos y luego bajo la mirada.
—¿Cómo podría importarle a alguien, si lo único que hago es arruinarle la vida a los demás?. Todos lo han pensado alguna vez, y están en lo cierto.
Vio que ella caminaba hacia él, se ponía en cuclillas y le obligaba a verla.
—A mi me importas —fue lo único que dijo antes de salir del departamento.
No recordaba haber caminado hacia el baño, lo siguiente que supo era que estaba bajo la ducha, el agua fría caía en sobre su cabeza y le ayudaba a despejar su mente.
Esperó unos días antes de hablar nuevamente con ella, quería pedirle perdón, pero a la vez se sentía inseguro, las últimas palabras que le había dirigido la castaña seguían dando vueltas dentro de su cabeza, trataba de darles el significado correcto.
La invitó a cenar, le contó lo sucedido con Sora y se disculpó, ella no dio señas de estar enojada con él, cosa que le causo un gran alivio, pasaron el resto de la cena hablando como si no hubiese pasado nada ese Domingo. La acompaño de regreso a su departamento, después de todo vivían a sólo tres pisos de distancia.
Fue en la entrada al departamento de la castaña donde tomó la decisión que desembocaría en su situación actual. Una parte de él le decía que lo que hacía estaba mal, pero no pudo detenerse. Se acercó a Mimi y, antes de que pudiese hacer algo, tomó su barbilla y la besó. No fue un beso apasionado, en realidad hasta se sintió un tanto torpe, pero sí estuvo cargado de cariño, ella se separó de él y tras unos segundos de silencio las lágrimas comenzaron brotar de sus ojos.
—Mimi... yo no pensé, lo siento, por favor —dijo rápidamente mientras se golpeaba mentalmente.
Pero tras estas palabras ella lo abrazó con fuerza, provocando en él una mezcla de culpa y confusión. Mimi le confesó lo que sintió por él en su juventud, lo que seguía sintiendo y le causaba tanto dolor. Ese día comenzaron su relación secreta.
Llevaron las cosas con calma, una comida juntos, una tarde en un parque, ver una película, cualquier excusa para verse y estar juntos servía. Recién al año de comenzada se atrevió a ir más allá de los besos y caricias ocasionales, todavía recordaba la expresión en el rostro de Mimi cuando ella le confesó que aún era virgen ó el extraño brillo en sus ojos cuando entró en ella por primera vez.
No todo era dulzura, pero eso era lo que le gustaba de ella, ya que si bien se querían, ella era capaz de ponerlo en su sitio en un abrir y cerrar de ojos, en especial cuando él estaba de mal humor. En Mimi no encontraba un alivio a sus pesares, como en un principio había tratado de convencerse, sino que era mucho más que eso, era con quien quería estar.
El único momento realmente malo en su relación fue cuando regresó de un viaje al espacio que duró cerca de dos años. La noche dos días antes del despegue había sido la mejor de toda su vida, Mimi estaba más nerviosa que él y eso causó que fuese más apasionada que nunca, llegando a perder la cuenta de las veces que había hecho el amor, porque eso era lo que hacían, no se trataba de sólo sexo, se entregaban al otro en cada beso, suspiro ó caricia. Cuando regresó al planeta, lo primero que quiso hacer fue ver a la castaña, pero ella se mostraba esquiva con él, hasta que fue a verla a su departamento en un horario en el que sabía la encontraría. Así conoció a Yoshiro, su hijo.
La voz de la azafata, anunciando su pronta llegada a Japón, lo sacó de sus cavilaciones y le puso en frente su situación actual. Debía terminar de una vez por todas con todo esto, sabía que volvería a herir a Sora, pero era imposible que alguien no saliese lastimado emocionalmente de todo esto, él ya lo estaba, al igual que lo estaba Mimi.
Narumi seguía temblando en sus brazos, aunque ya no lloraba, por lo que esperó hasta que se calmara para hablar.
—Narumi, hija, ¿desde cuándo lo sabes? —preguntó Sora con voz pausada.
—Desde... desde los diez —respondió con voz entrecortada la pelirroja menor, hundiendo su rostro en el espacio que hay entre el cuello y el hombro de su madre.
A Sora se le hizo un nudo en la garganta, nunca había querido dañar a su pequeña, pero ahora sentía que todos sus esfuerzos sólo lograron lo contrario. No entendía porque ella no había estallado antes, si prácticamente sabía de su relación con Taichi desde que esta hubiese comenzado.
—Yo... no dije nada porque vi que él te hacía feliz... —agregó su hija casi como si hubiese leído sus pensamientos—, también porque encontré esto —sacó una foto doblada desde una de sus mangas y se la entregó a Sora.
La pelirroja mayor desdobló la foto y se vio con su antiguo uniforme de fútbol, estaba acompañada por el castaño que hacia palpitar su corazón como si fuese una quinceañera, ambos tenían la ropa cubierta de barro y una sonrisa estampada en el rostro.
—Narumi..., perdóname, yo nunca quise causarte daño. Tú te mereces algo mejor —dijo con voz apagada—, pero parece que siempre termino arruinándolo todo..., si quieres quedarte con tu...
Narumi se separó de ella y se quedo mirándola a los ojos fijamente.
—Los quiero a ambos —a pesar de que eran distantes, no podía negar el cariño que sentía hacia su padre—, pero me quiero quedar junto a ti, no voy a cambiar de opinión, además —se acerco nuevamente a su madre y la abrazó—, quiero ver cómo crece mi hermanito ó hermanita— le susurró al oído.
—Creo que lo mejor será ir a visitar a tus abuelos —dijo Sora tras unos minutos de tranquilizador silencio.
Mimi estaba horneando galletas cuando tuvo un mal presentimiento. No sabía la razón, pero comenzó a sentirse angustiada, hasta que el sonido del teléfono y la alejó de sus pensamientos. Caminó hacia el aparato y contestó, luego desearía no haberlo hecho. Ni bien colgó, sintió como se desmoronaba, tenía el corazón en un puño.
Se había cansado de llamar a Sora, su teléfono no dejaba de sonar ocupado. En un principio consideró que lo mejor sería hablar con ella en otro sitio, lejos de los oídos de Narumi. No podía dejar que sus nervios lo dominasen, eso habría sido más propio de Tai que de él, por lo que decidió armase de paciencia y esperar el momento justo para hacerlo.
Mientras subía las escaleras no dejaba de pensar en lo que le había dicho Yuudai.
Los dos estaban en su automóvil, el pelinegro iba a decirle algo que, según él era importante que supiese, cuando una patrulla pasó con las sirenas encendidas y lo interrumpió. Él bufo y le pidió que prosiguiera.
—No sé si Sora te habrá comentado algo de cuando esperaba a Narumi.
—Nunca ha querido hablar del tema.
Y él tampoco había querido presionarla a que lo hiciera, tampoco le daba mayor importancia, la quería con todo su ser y no quería ahondar en algo tan importante si ella no se sentía preparada.
—Verás, el embarazo de Sora no fue para nada tranquilo, con todo eso de inicialmente ocultárselo a Yamato y los largos períodos de ausencia por parte de él luego de que lo supiese.
—Di lo que tengas que decirme de una vez —dijo con un deje de enojo, no estaba de humor para escuchar cómo, el que hace muchos años consideró su mejor amigo, estuvo lejos de ella cuando más le hacía falta.
—Sora estuvo a punto de perder a Narumi —soltó Yuudai como si de una bomba se tratase.
Esas pocas palabras dejaron mudo al castaño.
—Ella estaba todo el día angustiada por como habían pasado las cosas, Takeru, Hikari y yo tratamos de ayudarla, pero nada lograba sacarla del estado depresivo en el que se encontraba. Un día me llamó, sonaba desesperada, fuimos a ver lo que sucedía y la encontramos en el suelo, nos dijo que sentía como si le hubiesen clavado algo en el vientre. Tai, casi tuvo un aborto por culpa de la tensión —agregó el pelinegro con voz seria.
No hablaron en todo el trayecto de regreso al departamento de su hermana, tampoco lo hicieron mientras subían las escaleras, pero cuando se encontraban frente a la puerta del departamento Tai no pudo seguir en silencio.
—Gracias por decirme todo esto.
Yuudai lo miró por unos segundos antes de que una leve sonrisa se dibujara en su rostro, posó una mano en un hombro del castaño.
—Cuida a mi prima —fue lo único que dijo antes de entrar al departamento y dejarlo solo en el pasillo.
Ahora, estando frente a la puerta de la pelirroja, estaba sereno, no permitiría que su amada Sora volviese a sufrir de esa manera, lucharía por su felicidad y se esforzaría para ser el mejor padre, eso era lo que se merecía el bebé que crecía en ella.
Tocó el timbre y, mientras esperaba a que abrieran, se dedicó a pensar en ella. La puerta se abrió, pero, en vez de encontrase con Sora, se vio frente a Yamato.
—Hola, Taichi, acabo de llegar. Pasa, necesito hablar contigo.
Gracias a MAZINGER-TAIORA por sus reviews de los capítulos anteriores.
Nos leemos luego.
