Prologo
En un lugar incierto hasta para los mismos dioses, una joven mujer se encontraba resguardada con una manta y el calor de las llamas. Era bella, una piel oscura se exhibía sin demostrar ninguna marca, el cabello negro se encontraba trenzado con hilos de reflejos platinados, ojos negros y brillantes como estrellas en el firmamento denotaban una preocupación casi impropia en un rostro de apariencia frágil.
A pesar de sus rasgos indígenas notables, llevaba un vestido griego blanco puro, brazaletes de platino cubrían sus muñecas y lucía una gargantilla de pequeños diamantes, casi astros en miniatura.
El lugar que la rodeaba parecía una cueva, no se veía una abertura o hueco para respirar, mucho menos uno de salida; más esto no parecía afectarle en lo más mínimo. Para encontrarse bajo tierra, el lugar tenía una apariencia más que lujosa y extravagante; una mesa de esqueleto de hierro esculpido y vidrio del siglo XIX inglesa, un librero de cedro oscuro de apariencia europea, esculturas de arte africano, e incluso en una esquina de lo que era una entrada a otra cámara, un atrapasueños.
La cueva tenía diferentes "cuartos" haciéndolo una casi una red de no ser porque tenía pocos túneles y no eran muy largos. Todos estaban ataviados con cosas de distintas culturas, más tenían algo en común: parecían nuevas y algo caras, como si la persona que los recibía tuviera mucho dinero o…bien simplemente las tenía la persona correcta. Las cámaras no eran muchas: una con 9 camas confortables y suaves; otra donde se veía una fuente de néctar y comidas varias; nueve recamaras de aspectos particulares y personales, como si una persona diferente hubiera decorado cada una; y por último a donde la joven se dirigía: una con 8 tumbas. No había electricidad, toda la luz provenían de braseros dorados que parecían arder por sí mismo.
No eran de las que se ven en el cementerio: estas no tenían cuerpo, en ellas había pedestales con algo negro parecido a cenizas, objetos varios y uno especial: proyectaba un brillo y parecía antiguo y nuevo a la vez, como si se hubiera hecho viejo pero no se viera deteriorado, un laud, un libro de texto regular de historia, una copia de la Odisea, etc. También en cada una poseían retratos: eran imágenes dibujadas, no se veían profesionales pero se notaba el cariño: una que se notaba que trataba de esforzarse en los detalles de una mujer afroamericana bailando, otra que era una caricatura de una mujer china insultando en ese idioma y con un laud roto en mano, otra no muy exacta no poseía trazos: la cara la componían notas musicales que se doblegaban para formar los rasgos viéndose una expresión de melancolía casi trágica.
La chica repaso todos, viéndolos con una expresión que parecía que le apretaran el corazón. A pesar de que se veían ocho tumbas, había un noveno pedestal; este estaba vació salvo por una cosa: un compás antiguo de la época griega, sin importar la vejez irradiaba cierta luminiscencia importante como si fuera algo radiactivo. La chica lo tomo con familiaridad y sin miedo y lo observo; al instante el compás cambio: se volvió completamente moderno y preciso, como si un relojero suizo de repente decidiera dedicarse a los compases. La mujer sonrió tristemente.
— Ah, no puedo creer que sea la última que quede; aunque sé que ninguna de mis hermanas podía imaginarse quién se quedaría al final—estaba sola, y aun así hablaba como si alguien escuchara; ¿Estaba desvariando o…?— El peligro corre, me lo dicen las estrellas; tiempos más extravagantes ocurrirán, mis hermanas y yo éramos de orígenes diferentes pero parece que lo que viene ahora saldrá de la estratosfera.
Dejo el objeto, cuando de en un segundo sintió un escalofrió, sus ojos se abrieron a más no poder pareciendo que un mensaje había llegado a ella "El tiempo ha llegado" se oyó en un murmullo en el viento. Los ojos se le fueron para atrás, envejeció décadas en cuestión de milisegundos; llegando a ser solo polvo que voló por una brisa invisible, siendo seguida por las cenizas de las tumbas. El fuego de los braseros se fue, los objetos con un aura de poder desaparecieron; toda la vida que mostraba el lugar se fue para siempre, y aquel mágico hogar quedo solo en tierra y rocas.
Mientras afuera, el polvo y cenizas volaban a gran velocidad, tornándose de repente en una luz blanca y brillante que se perdió en el horizonte.
. . .
Tres personas despertaron de improvisto en ese momento, todas de diferentes lugares y labores; una de ellas era Rachel Elizabeth Dare, actual ocupante del oráculo de Delfos; la segunda era Octavio, augur de la duodécima legión fulminata; y el tercero fue Carter Kane, mago y líder del nomo vigésimo primero.
Todos soñaron lo mismo, la chica nativo americana, las tumbas, y esa frase por una voz desconocida "Las próximas estarán por llegar"
