Disclaimer: Ni Percy Jackson ni las Crónicas de Kane me pertenecen.
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La tierra clama al cielo
Irene Morgenstern no era de las chicas que perdían la cabeza, eso le había quedado a cualquiera que la conociera. Con sus ojos verde jade que penetraban a la gente como si pudieran ver sus grietas, su cabello rojo como el fuego que resaltaba las pecas en sus mejillas, y piel tan clara que parecía que nunca había sido mancillada; era difícil decir porque la gente le tenía miedo.
Incluso cuando esta chica había hecho todo lo posible para parecer normal.
No solía hablar de cómo era adoptada, de los curiosos incidentes que le sucedían, del hecho de lo que lo último que sabía de su padre biológico era de como murmuraba incoherencias sobre magia. Si acaso hablaba de una que otra cosa importante con Seraphina, más eso era todo.
Se podría decir que había vivido alrededor de ciertas cosas extrañas alrededor de su vida, ella sabía que lo hacía; no obstante, nunca creyó lo que pasaría en su año de intercambio internacional con su amiga.
— ¡Vamos, por aquí! —grito su amigo, si es que podía llamarlo así. Un amigo era alguien con quién tenías confianza, ahora; ¿Cómo se le llamaba al amigo que te oculto que tenía cuernos y pezuñas?
Kay le había parecido un chico normal estadounidense cuando lo conoció; moreno, cabello negro, una chiva y un amor por los sombreros que solo sería posible en un país del primer mundo junto con sus pantalones holgados. Ahora que veía lo que eran, estaba segura que nunca volvería a hacer una broma sobre cómo se gastaba su mesada en ropa.
— ¡Irene, muévete! —le grito su compañera. Seraphine era la persona más razonablemente calmada que había conocido en su vida, con una paciencia tan grande que la había aguantado a ella. No obstante, ahora la tenía del brazo con una fuerza que estaba segura no era del todo normal, mientras la obligaba a correr y a sacarla del shock en el que al parecer se había metido.
De acuerdo, a veces su mente lógica no era tan buena; el hecho de que unos gigantes con demasiado pelo-gigantes hiperboreanos, le había dicho Kay-los perseguían en una de las pocas zonas silvestres de Nueva York lograba hacer que su mente se pusiera patas arriba. Lo que provocaba repasar todo lo ocurrido en su mente, provocando que se quedara quieta como una idiota y su mejor amiga tuviera que arrastrarla.
Irene no entendía como su amiga de repente podía arrastrarla hasta que Kay le ayudará, quizás era eso lo que llamaban "efecto adrenalina". Tomando en cuenta que ella tenía la consistencia de un palillo, cabello rubio como seda de maíz, ojos azul cielo y pequeña para sus diecisiete años; seguía sin parecer respuesta suficiente.
Y ella en serio estaba mal de la cabeza si en una persecución mortal se ponía a pensar en ello.
De repente lo vio, vio el gran pino que brillaba levemente de forma dorada, como una estatua magnifica y gloriosa se encontraba a pocos metros del árbol y se encontraban como las puertas hacia el campamento que les había mencionado, su salvación. En ese momento, tuvo un atisbo de esperanza.
Pero todo fue borrado cuando sentía que un golpe le llegaba la cabeza, como su vista se oscurecía de sorpresa, y como lo último que sentía era como caía hacia la hierba verde.
. . .
Zoe no podía creer como luego de años, no se acostumbraba.
Claro, ser una híade no estaba mal. Ella compartía con sus hermanas-unas que no había conocido, debido al hecho de que estás se encontraban en el cielo-; se había reencontrado con Calisto-que si bien no le había perdonado del todo el que rompiera el juramento, tenían una relación cordial-vagar por el cielo de forma eterna, como lo había hecho en la tierra por tres mil años, no estaba mal.
No obstante, no era lo mismo.
Echaba de menos el frío de la nieve, la sensación de adrenalina al atrapar a un monstruo, el estar viva. Encontrarse entre las estrellas era hermoso, te daba una visión a tu alrededor y lo que sucedía en el planeta de la nunca ningún mortal sería capaz de imaginar, más eso no compensaba nada.
Estaban en alguna parte de Rusia-que sí, incluso en un lugar tan frío, no era lo mismo-aunque honestamente no le interesaba. Hacia un tiempo se había aburrido de tratar de contemplar el mundo de abajo, de saber lo que pasaba; solo por el simple hecho que sabía que todo lo que sentiría era la impotencia de ello.
Prefería concentrarse en encontrar otras constelaciones, unas más lejanas; desde su posición. Jamás sería como cuando estaba viva, pero le daba paz levantar la mirada hacia arriba y aliviarse de que aún tenía algo encima de ella, como cuando estaba en la tierra.
Solo el gritillo de sorpresa de su hermana saco su vista de lo que se hallaba más allá de ella. Que
A pocos metros de ella, se encontraba Thanatos. La última vez que lo había visto, fue cuando le guío hasta donde se encontraba ahora, debido a que si bien no sería juzgada por hallarse entre las estrellas y no en el inframundo, todos los muertos eran escoltados por alguno de los dioses del inframundo.
Como la última vez, este le miraba directamente, sin hacer caso a todo lo que había a su alrededor. Solo que esta vez su alma no había sido expulsada por su diosa y no eran semidioses quienes la rodeaban; aún más importante, ¿qué asuntos tendría con ella ahora que estaba muerta?
— Zoe Nightshade—su tono de voz era neutral, helado como la tundra sin el sentimiento necesario para resultar ofendido. Le envió en un escalofrío en la columna; ningún dios-en especial uno de la muerte, que por lo general estaban ocupados- venía directamente hacia alguien solo para saludar— Las moiras requieren su presencia.
Se congelo súbitamente, sintiendo como las presencias a su alrededor-el resto de la Híades-no lograban tampoco articular palabra alguna, si es que no se había desconectado de repente logrando no escucharlas. Las moiras en sí no tenían mensajeros, se movían en grupo y su presencia solo se dejaba ver en momento de gran importante; ellas hacían llamados mucho menos que los dioses de la muerte. Ellas eran aún más importantes que el mismo Zeus, las únicas de las cuales aceptaba órdenes; ¿Qué podrían requerir de ella, una simple alma que vagaba en los cielos?
Respiro hondo-aunque no lo necesitaba, ya era un autoreflejo- mientras se levantaba. Había tenido que lidiar con momentos que requerían de gran valentía: la primera vez que sostuvo en sus brazos a una cazadora moribunda, cuando tuvo que aceptar ser la lugarteniente, enfrentar su pasado para salvar a su diosa; de ser más joven podría decir que ahora que había enfrentado la muerte nada peor podía esperarle, mas era lo suficientemente antigua para saber que sí existía cosas peores que la muerte. De todas formas, no es como si pudiera ignorarse una llamada de las parcas.
— Estoy lista—le dijo mientras se presentaba a su lado, ofreciéndole la mano. Así era el procedimiento para viajar con la muerte.
Sus hermanas le miraron. Eran tan distintas que era difícil creer que si eran parientes; con su piel de seda y resplandeciente, los ojos plateados y los cabellos negros en una visión de damas eternas-básicamente, era imposible decir que edad tenían-tomando en cuenta las edades que poseían, era un suspiro el tiempo que habían pasado juntas, y aun así estaban preocupadas por ella.
— Estaré bien—les aseguro. Quizás no podía decir que eso era cierto, y ellas sabían eso; no obstante parecía reconfortarlas que mintieran por ella.
Thanatos enarcó una ceja, sin decir palabra alguna para afirmar o desmentir. Quizás por el hecho de que honestamente, ni él mismo podía saber eso. Agarro la mano de la ex cazadora y bajo la mirada de las inmortales, desaparecieron en el sonido del aleteo de una mariposa.
. . .
Después de la paz a la que habían estado acostumbrados con la derrota de Gea, el campamento Mestizo no estaba acostumbrado a ver monstruos tan cerca de la entrada del campamento-sobre todo por Peleo, ni siquiera la atracción natural de la Atenea Partenos lograba hacer que se acercaran más de lo necesario-. Por lo cual, cuando oyeron lo que parecía ser la pelea de criaturas en un Freak Show poco después de enterarse que un sátiro venía con dos mestizas, las personas eran un poco torpes antes de tomar acción.
Entre toda la pereza y el despertar de que la muerte podía venir en cualquier momento, parecía que Lacy era la única que realmente no estaba atontada. Aun así, probablemente era de las más temerosas.
Ya había tenido que enfrentar cosas peligrosas esa mañana, escucho noticias de que el mundo estaba en peligro-y tuvo órdenes estrictas de comentarlo- y que aparecieran monstruos cerca del campamento, solo le daba uno horrorosos flash- backs del 1 de Agosto.
Y aun así, ella y sus amigas fueron las primeras en saltar a la acción.
— ¡Miranda, Katie; vean como retener a los monstruos! —les instruyo Lacy, mientras se dirigía hacia donde estaba las mestizas. No es como si fuera la mejor estratega; pero era la única de ellas que no poseía un poder especial en sí-a diferencia de las hijas de Deméter que podían lograr retener a los monstruos con enredaderas, al menos unos instantes- tragándose el miedo, hizo lo que los semidioses sabían hacer mejor: no pensar en nada mientras estaban a punto de morir.
No fue difícil ver a las chicas cuando estuvo cerca; entre que una era pelirroja y la otra parecía albina, entre tanto follaje resaltaban como las banderas de los juegos. No fue hasta que estuvo al frente que notó los detalles más perturbadores: heridas abiertas en la cabeza por rocas arrojadas que no estaban muy lejos, un brote de lo que quizás fuera un manzano-o algún árbol que obviamente no conocía-que debería ser el sátiro que las acompañaba. Queriendo alejar el pánico que sentía, trato de recargar a las en sus hombros; pero dado que eran mayores que ella por cerca de unos tres años y ella no era una hija de Ares, era difícil.
Podía sentir que los gigantes ya se estaban acercando, detenidos por las enredaderas-probablemente primero que al Sátiro hizo antes de morir, y ahora las de las hermanas que probablemente acababan de romper-. Katie y Miranda eran buenas, las mejores de entre sus hermanos; más no podían hacer milagros y una vez sujetando parte de una manada de Hiperboreanos era ya demasiado, como para hacerlo una segunda vez.
Los golpes en sus pasos se oían cada vez más cercanos, ya hartos de los juegos de tirar piedras y queriendo agarrarlos de una vez por las hermanos. Uno iba más adelantado, más rápido y grande, y tan cercano que casi oía sus dientes chirriar al contacto.
Sus amigas estaban demasiado lejos, ni siquiera los látigos enlazados de bronce que usaban como armas alcanzarían para ayudarla. Ya casi creía que el monstruo iba a alcanzarla...cuando súbitamente, este fue reemplazado por polvo dorado.
— La próxima vez que salgas de aquí y sea peligroso, por lo menos avísame—oyó una voz gruñendo. Cecil-que venía corriendo hacia ella, después de haberle dado al gigante con su ballesta-venía en camino junto con Lou Ellen, Nyssa y Kayla. Aunque Lou fue directamente con las hermanas pudo oír como esta protestaba.
— Lo mismo para ti, florecita—riño la maga, por el apodo sabía que se refería a Miranda. Lou pasaba algo de tiempo con los hijos de Deméter, más que nada con Miranda; el por qué…bueno, Piper les había prohibido interferir en la vida de otros.
La hija de Hécate levanto una mano en dirección hacia los monstruos; rápidamente detrás de estos aparecieron un montón de adolescentes con camisas naranjas. Lacy por un momento creyó que era una ayuda, hasta que se fijó en el hecho de que si veía directamente; los rasgos de las personas cambiaban continuamente, como el reflejo del agua. La mayor parte de los gigantes siguieron a las "presas" más cercanas.
La hija de Afrodita nunca había estado más agradecida en su vida; mientras trataba de que las chicas inconscientes no se cayeran- que ella fuera con ellas-Cecil y Nyssa le respaldaron con los gigantes que no se habían rendido; con la fuerza de los trabajos de la forja y la propia labrys que la hija de Hefestos construyo para sí, la menor se alegró de tenerla de su lado a la vez que los monstruos desaparecían. Cecil tampoco lo hacía nada mal con la ballesta-un regalo de Hermes con una mira para saber mejor a donde apuntar-que estaba prácticamente a su espalda, resguardándola. Kayla pronto llego para ver a las recién llegadas.
— ¡Mantengan los monstruos a raya! —gritó Kayla a las chicas armadas; Lou Ellen se estaba concentrando en que los monstruos se alejaran por los señuelos, sin tiempo para preocuparse por atacarlos de forma física; cansadas Katie y Miranda se aproximaron, a ver si podían ayudar a Lacy a cargar con las semidioses. Tan pronto Kayla les echó una ojeada, se puso pálida.
— C-Creo que han dejado de respirar—decía casi sin aliento; no había tenido tiempo para medirles el pulso apropiadamente o examinar las heridas en la cabeza. Tomo un poco de aire y miro a la líder y sub-líder de la cabaña cuatro—Miranda, Katie; agarren a la rubia, yo ayudare a Lacy con la pelirroja. Vamos a llevarlas con Will para ver que pueden hacer.
Rápidamente hizo lo que les dijo; con Lou, Cecil y Nyssa encargándose de que no tuvieran que preocuparse por ser devoradas.
En otro tiempo, cualquiera de ellas se hubiera horrorizado con llevar cadáveres desconocidos al campamento, probablemente ni hubiera ido a ayudar a las recién llegadas; pero la guerra de Gea había cambiado-un poco o mucho-a todos, y si hay algo que nadie quería repetir, era encontrarse con más muertes.
Lacy, sin que nadie lo notará; se preguntó secretamente si esas chicas serían las primeras víctimas de una nueva guerra.
. . .
Zoe nunca había visto a las moiras donde ejercían su "trabajo". Sabía que cada dios tenía ya sea en la tierra, el olimpo o el inframundo tenían un lugar propio, a veces tenían más de uno-como el estudio de los Ángeles que le pertenecía a Hades a la vez que su palacio en el inframundo-; era probable que las moiras aparte de tener uno en un sitio divino, lo tuvieran en la tierra. Eso era razonable.
No obstante, nunca creyó que sería un puesto de frutas en una carretera de camino a Nueva York.
No dijo nada, más la incredulidad fue obvia para el dios de la muerte— Las moiras siempre han querido un sitio…discreto; son demasiado importantes para dejarse en evidencia. Las musas hacían lo mismo,
Ante ese comentario, una mueca apareció en su rostro. Zoe se le quedo mirando; ella ya había sabido que las Musas tenían lugares propios en la tierra donde pasar el tiempo si sus ocupantes mortales se sentían agobiadas en el olimpo, también que estos más que discretos, estaban ocultos sin entrada y salida aparte de la aparición propia de dioses. También se preguntaba porque eso venía a colación.
Sin darle tiempo de preguntarse-o querer aguantar el hacerlo-el dios pasó por la puerta de la pequeña y destartalada tienda, siguiéndole rápidamente. Podía notar que la madera tenía el mismo aspecto de podrida como se veía por afuera, no había luz eléctrica-toda la que había era por las grietas del techo-, unos estantes oscuros que parecía que en cualquier momento se les caería los frascos en conserva-que justo por ser eso, no estaban podridos-, un pequeño escritorio cerca de la pared opuesta a la única puerta con una especie de caja donde guardarían el dinero manualmente.
Todo en el lugar daba el aspecto para correr y no regresar, quizás lo suficiente para que nadie notara los detalles: no había ningún baño, una cocina o lugar donde guardar comida; sin contar el hecho de que eso no resistiría una tormenta-al menos a simple vista, las moiras eran poderosas-. Secretamente, Zoe se preguntó cuanta niebla sería necesaria para que algún inspector-de cualquier clase-no clausurara el lugar; tenía aspecto de que mucha.
Ignorando todo eso, Thanatos fue directamente hacia la parte trasera del escritorio-la madera delantera llegaba hasta el suelo-pateo un punto en el suelo que estaba oculto de su visión, mientras oía un chasquido de lo que parecía una compuerta. Avanzó antes de que el dios volviera a irse sin consultar; donde efectivamente una pequeña puerta en el suelo se abría a unas escaleras. Thanatos avanzo con normalidad por ellas.
En un principio, las escaleras parecían ser de la misma madera destartalada de la cabaña-con lo que se alegró de ser un alma insustancial-hasta que en algún punto, pasaron a ser roca sólida. Estaban pasando por una escalera en espiral, donde las paredes que eran de tierra al principio se volvieron del mismo material de piedra junto con las escaleras. No estaba segura de dónde provenía la luz, más había un ligero destello azul que iluminaba por donde pasaban; súbitamente notó que era ella misma. Estaba en la tierra, pero aún era un alma.
Se sorprendió tanto por esto, que casi no notó cuando llegaron al lugar.
Era como si hubieran excavado un hoyo en la misma tierra, tres antorchas de fuego griego iluminaban la habitación; un gran telar se encontraba en el centro de la sala, con unos hilos de tantos y variados colores que no tenía forma de apreciarlos todos. Tres damas encapuchadas se ocupaban de distintas tareas en el telar, que pararon súbitamente cuando ella piso el suelo de la caverna yéndose de la escaleras.
"Las moiras" pensó para sí, queriendo no temer, pesando que debería haber pasado cosas más terroríficas que ver a las tres damas…por desgracia, ninguna se le ocurría.
— Zoe Nightshade—la primera en levantarse fue una que tenía unas tijeras, las que simbolizaban el fin de la vida. Le hubiera gustado decir que el hecho de estar muerta ayudo a no tener miedo, pero mentiría— Te hemos llamado para hacer una proposición.
— ¿Q-Qué proposición, Lady Átropos? —debido a sus siglos de experiencia y al lado de una diosa, sabía el nombre de cada una de ellas. Láquesis era la que determinaba cuanto tiempo viviría la persona, Cloto la que se encargaba de las desdichas y desgracias de la vida, y por supuesto la mencionada que era la que determinaba el momento en que su vida finalizaba.
— Las musas han vuelto al inicio del ciclo—le instruyo Cloto, poniéndose al lado de Átropos con Láquesis imitándola— como ex lugarteniente de Artemisa, sabrás lo que significa.
Por supuesto, ella lo sabía. El ciclo de las musas no tenía demasiado tiempo cuando ella aún era joven. Había vivido lo suficiente para saber cómo funcionaba, sobretodo porque su señora había sido amiga de las musas. Nunca había llegado a conocer a alguna antes de ser convertida en diosa.
Igualmente, estaba segura que el ciclo no debería ser ahora.
— Pero mis señoras, la última vez que se reinició el ciclo fue en los años cuarenta, no ha llegado ni a los cien años—argumento la híade.
— Lo sabemos—asintió Láquesis mientras respondía. Era difícil diferenciarlas sino estaban en posición o tenían el tiempo suficiente con ellas para averiguarlo, sonaban igual, se movían igual; era tan espeluznante como cierto—Por qué…tendrás la edad suficiente para saber que nunca hablamos de más, es porque solo causa miseria.
Zoe si conocía esa parte; era mejor que ellas no hablaban, si lo hacían era porque tenían buenos motivos, y sabían que lo que decían no afectaría el curso de las cosas. Igualmente, no era algo que hacían con frecuencia.
— Comprendo… ¿Qué requiráis de mí, señoras? —pregunto con cautela.
— Una de las musas ha decidido escogerte a ti, como su ocupante—declaro la que estaba en medio, de no haber estado tan sorprendida habría recordado tal.
Una de ellas…no entendía, ¿por qué ahora es que precisaban de ella? Estuvo viva por siglos, fue una opción por siglos; pero ahora era una híade, un alma vagando en el cielo. No servía de nada.
— ¿Por qué ahora? ¿Por qué yo? He fallecido, mi tiempo ha acabado; no he de poder ayudarlas—contesto, esperando que sus palabras no sean demasiado descorteses. Ninguna reacciono como si lo fuera.
— A lo único que podemos responder, es a la única cosa que no has preguntado—respondió una de ellas, quizás Cloto, quizás Átropos—guardas verdad; nosotras cortamos tu tiempo. Sin embargo, hay una forma de que eso cambie.
Zoe parpadeó, sin tener la seguridad de saber lo que significaban. Una imagen apareció arriba del telar, como el reflejo de un espejo, mostrando algo que obviamente no era ninguna de ellas— La muerte ha partido—se volteó, dándose cuenta que nuevamente tenían razón; Thanatos no estaban, más lo que se veía no era él. Eran dos chicas; se veían demasiado diferentes la una de la otra para ser hermanas, lo único que sabía es que debían rondar los diecisiete o dieciocho, parecían estar…en el campamento mestizo— La muerte iba a reclamar este día, con nuestra propuesta o sin ella; tu decisión no cambia nada.
— Podemos poner tu alma en el cuerpo de una de ellas—interrumpió una de las hermanas a la otra, siguiendo con la discusión. Zoe se quedó sin habla ante eso; ¿volver a vivir? ¿Sentir nuevamente el viento sobre sus cabellos? ¿Correr hasta que sus latidos se multipliquen? Parecía un sueño imposible— Eres la única a la que le hemos propuesto tal oferta, y eres a la única a la que se lo propondemos; solo una vez Hades dejara que un alma vuelva a la vida por petición de una musa. Es tu elección, híade.
— Te debemos advertir; cuando entres en el cuerpo no recordarás nada, solo tu voluntad podrá hacer que recuperes la memoria. No sabrás tu misión, y solo una vez que recuerdes quién eres podrás pedir la ayuda de la musa que te ha citado.
No recordar nada, volver a vivir, una misión más peligrosa que cualquier otra. Sabía que esto era importante, no solo por lo que sucedía cuando las musas no estaban, sino también porque si buscaban el alma de una muerta, es porque realmente estaban desesperadas; cualquiera se preguntaría, ¿realmente lo vale? ¿Quieres volver a vivir, a donde ya no sabrás ni conocerás nada, arriesgándote a quién sabe qué? De haber sido mortal, quizás la respuesta sería no; pero eso era lo que había deseado desde que su alma había partido a los cielos. Quizás, la segunda cosa que más había querido.
— Acepto—dijo, sin duda alguna.
Las tres empezaron a recitar un cántico, uno antiguo de tal forma que ni ella reconocía el idioma. Por primera vez desde que era una híade se sintió mareada, mientras sentía como levitaba e iba hacia otro lugar en contra de su voluntad; entiendo solo las últimas palabras "Salve Zoe Nightshade, seguidora de la diosa Artemisa, hija de Atlas, hésperide e híade. Salve ahora, como Irene Morgenstern, hija de Hécate. Musa del olimpo"
. . .
Will estaba frénetico, era obvio porque ni siquiera Nico-que el mismo hijo de Apolo había "obligado" a que fuera su asistente-no tenía permiso para pasar, solo aquellos que supieran de dotes medicinales. Habían llamado a Calypso inclusive para ver si podía ayudar con las chicas. La situación era crítica.
Aquellos que sabían de la profecía se miraron; no podía ser una coincidencia que unos monstruos trataran tan ferozmente de seguir a dos simples mestizas, tendría que pasar algo. No obstante, ¿Cómo estaban seguros que en realidad no estaban siendo paranoicos? Y aunque fueran musas, si apenas llegaban a la vida de mestizas; ¿Cómo explicarles que eran diosas si ellos apenas lo entendían?
Se habían quedado fuera para ver cuando se recuperaban, incluyendo a las chicas que le rescataron. Percy se sorprendió al saber que habían sido ellas, o las cosas habían cambiado desde que se fue o en serio las había subestimado.
Cuando todos estaban demasiado concentrados en la tensión-incluso los que no sabían las cosas que estaban en juego-súbitamente, Will apareció. Estaba sudoroso, sus ropas manchadas de sangre y se estaba quitando una mascarilla; se veía peor que cuando tuve que luchar en la batalla de Gea, y Nico sabía porque: no importaba cuantas veces, no importaba sus conocimientos y su magia, Will jamás se perdonaría perder una vida, fueran las condiciones que fueran.
El hijo de Hades sabía que él tenía pesadillas si pasaba, se acercó a él poniendo una mano en su hombro; temiendo lo peor. Will negó con la cabeza, cansado.
— Las pude salvar—comunico, notándose que sin importar cuanta magia debió usar para esto, estaba satisfecho— estuvieron muertas unos minutos, pero logré salvarlas. Sin embargo se hicieron heridas importantes en la cabeza, tal vez hayan perdido la memoria-
— Ajj—se oyó una queja, de una voz que estaba dentro de la enfermería. Las chicas que habían ido a rescatarla entraron primero, saliendo del shock antes; seguidas por aquellos que sabían de la profecía.
La que estaba despierta era la pelirroja; conservaba la camisa blanca de tiras y los bluejeans que había traido, aunque arruinados a tal punto que ni con la confección de una hija de Atenea se podrían rescatar. Tenía vendada la cabeza-igual que la chica rubia-y se había levantado levantándose por sus codos, se sujetaba la frente con dolor.
— No deberías moverte mucho, sufriste unos daños importantes—le riño Will, tambaleando un poco por la falta de fuerza al usar sus poderes. Para estar regañando a alguien, era él quién tenía la apariencia de necesitar una cama.
— ¿Quién eres? —pregunto Annabeth, mirándola de reojo. De haber sido una mestiza común y corriente, en una ocasión normal; habría sido más considerada, no obstante no era la ocasión.
La chica levanto la mirada, abriendo los ojos al tiempo que lo hacía. Si alguno de ellos la hubiera conocido, podría haber notado que los ojos verde jade que habían sido con los que la chica habían nacido, ahora eran de un marrón oscuro por el alma que había ocupado— Irene Morgenstern—hablo de repente—Irene Morgenstern—repitió, frunciendo el ceño. La chica no entendía; se acordaba de ese nombre, pero no sabía el porqué. Solo recordaba unas voces que lo habían dicho, sin entender porque lo hacían.
Ninguno de ellos lo sabría ahora, sin embargo; una persona que muchos habían conocido había regresado, porque la tierra había aclamado en ayuda al cielo.
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Eh, apuesto a que eso no se lo esperaban, ¿o sí? No sé qué podría ser más sorpresivo, el que Zoe vuelva a la vida, el que volviera a escribir, o el que decidiera hacerlo aunque crea que solo una persona lee esto. En fin, así soy yo.
Lamento el retraso, pero la verdad aunque por mucho tiempo ansié hacer este capítulo, cuando llegó la ahora no sabía que escribir-de hecho, me sorprende que este resultara más largo que otros-. ¿Por qué se me ocurrió ahora? Es curioso.
Estoy leyendo el sexto libro de los instrumentos mortales-por petición de mis amigas-pero estaba tan ladillada de hacerlo-y la traducción del asco no ayudaba, y lo dice la que leyó por primeras vez la sangre del olimpo con una traducción de google- que al final entre la leve chispa de inspiración, y mi fastidio, me puse a escribir.
De hecho, es por eso el apellido de Irene; los látigos de bronce de Katie y Miranda, y la ballesta de Cecil. Si no me hubiera leído esos libros, no se me hubieran ocurrido esas armas y menos el apellido; supongo que si bien tengo mis problemas con esa saga me gustaron ciertas cosas como para acuñarlas.
Ahora con respecto a BoO...pensaba modificar esta historia para adaptarlo; pero me ha parecido demasiado jodido. Algunas cosas trataré de resolverlas; pero con otras las tendré que ignorar-carajo, de haberme enterado nunca hubiera puesto a Octavian en la historia-me tendrán que perdonar pero gente, ¿qué quieren que les diga? En fin, ya que.
Hay, lo peor de todo esto; es un capítulo que quiero escribir pero que aun faaaaalta que jode para él.
En fin, gracias por leer-si lo hace alguien aparte del que mencione antes-ojala lo disfrutarán.
Lira.
