Para todas las chicas que se preguntan por Emma, aquí se las traigo, veremos la reacción de Emma y Regina al verse por primera vez, y a alguien que quiere conquistar a Regina, de ahora en delante Emma estará presente , para las que estaban ansiosas. Gracias Franchiulla por tu reviews, espero ya estés más tranquila, y gracias a sweedbastard a la nueva seguidora. Los dejo con este capi que me costo uff! Esta súper largo. Y quise adelantárselos para adentrarnos ya con Emma. Y una cosa más, en esta historia, cas o Graham es el mismo y es hijo de Granny, en cambio Ruby es simplemente la mesera.
Bueno a leer
.


Ruby tenía razón; tenían mucha clientela, había gente de, pueblo, excursionistas, turistas esparcidos por todas partes y gente de un campamento cercano que querían comer en un lugar cerrado. Regina y Granny trabajaron sin conversar mucho mientras las freidoras echaban humo y parrilla despedía calor.
- Come.
- Ah, gracias pero...
- ¿No te gusta mi sopa?
- No es eso.
- Siéntate en el mostrador y come. Ya se ha tranquilizado un poco y ya viene tu descanso. Te lo apuntaré en la cuenta.
- De acuerdo, gracias – la verdad era que ahora que lo pensaba, se dio cuenta que estaba hambrienta. Regina pensó que era una buena señal sentarse al final del mostrador.
Ruby le paso un plato con un pan y dos porciones de mantequilla.
- Granny dijo que necesitabas carbohidratos. ¿Quieres té para acompañar?
- Perfecto, yo puedo ir por el.
- Ya estoy en eso. Eres rápida –añadió cuando le llevo la taza.
- Más rápida que Granny algunos clientes. Y haces que la comida se vea bien en el plato. Algunos clientes lo comentaron.
- Oh, no quise cambiar nada.
- Nadie se esta quejando –la sonrisa de Ruby lució los hoyuelos de sus mejillas
- Eres un poco nerviosa ¿no?
- Supongo que si –Regina probo la sopa. El caldo tenía un ligero sabor picante.
- Ya veo porque se llena tanto este lugar, la sopa es buena.
Ruby volvió a dar una ojeada a la cocina.
- Algunos hemos hecho una apuesta. Ashley cree que tienes problemas con la ley. Abigail cree que huyes de un esposo abusivo. Yo creo que te rompieron el corazón. ¿Alguna adivino?
- No, lo siento – sintió una punzada de ansiedad, pero se recordó que los restaurantes estaban llenos de pequeños chismes y dramas.
- Es solamente que no puedo establecerme, solo viajo.
- Hay algo mas- dijo ruby
- A mi parecer, se nota a leguas que tienes el corazón roto. Y hablando de eso, aquí viene alta, blanca, rubia.

Era alta, pensó Regina al seguir la mirada de de Ruby. Media poco más de metro setenta, claro ayudada por botas con un poco de tacón. También era blanca, Con el cabello rubio despeinado y la tez aterciopelada. Pero no Le pareció guapa, no tendría por qué era una chica, ella también lo era pensó. Sus labios eran rosados que sobresaltaban al compás de su piel, y su físico era un poco tosco, y la forma en que recorrió en lugar con la mirada le pareció demasiado irritable, cínico, autoritario. Y no había nada interesante en la cazadora roja y en la botas del mismo color.
- Se llama Emma – le informo Ruby
- Es escritora y ya le han publicado tres libros. Novelas de misterio – Ruby vio de reojo como Emma iba hasta una mesa vacía.
- Se dice que solía trabajar en un diario de Boston y la despidieron. También se dice que le gustan las chicas. Alquila una cabaña junto al lago. Es mas bien reservada. Pero da propinas del veinte por ciento. ¿Cómo me veo?
- Estupenda, pero no te quieres aprovechar de ella, ¿verdad? – dijo Regina sonriente
- ¡Claro que no? –soltó Ruby una maliciosa risita
Regina pensó que Emma era muy hermosa, eso saltaba a simple vista y no se podía negar, y a su ver por su físico hacia mucho ejercicio, tenía unos bíceps súper marcados y creía que tal vez si fuera cierto el rumor de que era lesbiana o bisexual. Pero se preguntó Ruby también lo ¿será?, le gustara Emma, tendría que ser porque no se explicaba esa ración que había tenido Ruby anteriormente. Esta se había visto en un espejo, se había pintado los labios de un rojo sangre, arreglado bien su ropa, y había observado a Emma de una forma que ella, había visto algunas veces pero que solo pasaba en hombres, esa que se le da a una chica, linda o súper buena, tal vez un tanto en lasciva, y en este caso, Ruby se la había mandado a Emma, que a esta pareció no le importarle, o no se dio cuenta.

Ruby se dirigió a la mesa mientras sacaba la libretita del bolsillo. Un momento después, Regina oyó su alegre saludo.
Mientras Regina comía, vio a Ruby coquetear y cuando Ruby se dio la vuelta, le hizo un gesto exageradamente soñador. Emma alejo la mirada, y se concentró en el rostro de Regina.

Su mirada directa la puso nerviosa. A pesar de que aparto la vista rápidamente, pudo sentir sus ojos fijos en ella, groseramente, explorándola a propósito. Por primera vez desde que empezó su turno, se sintió vulnerable.
Se bajo del banco y se llevó los platos a la cocina.

Emma pidió chuletas de alce y engañó la espera con una botella de cerveza Coors y un libro de formato rústico. Alguien había puesto un disco de Emmylou Harris en la máquina y él tarareó mentalmente la música. Pensó en la morena y en su mirada. Marco Drubber utilizaba mucho la palabra petrificado. Buena palabra -pensó- a la nueva cocinera, con esa inmovilidad repentina, le va como un guante. Por lo que sabía de Granny, la morena no tendría trabajo si no fuese competente. Sospechaba que debajo del caparazón de Granny había un corazón tierno, pero el caparazón era grueso y espinoso, y no soportaba a los inútiles. Por supuesto, si quería enterarse de la vida, pelos y señales de la recién llegada solo tenía que preguntarle a la pelirroja. Pero entonces se sabría que había preguntado y otros le preguntarían qué pensaba, ya sabía como funcionaba las cosas en lugares como Storybrooke, era consciente de que vivían de las habladurías. Sin preguntar, tardaría un poco más en saber cosas de ella, pero habría murmullos y comentarios, rumores y especulaciones Y, cuando le interesaba, tenía buen oído para enterarse de esas cosas. La morena parecía frágil, de las que se diría que se van a romper de un momento a otro. Se preguntó por qué. Desde su posición ventajosa, podía ver que trabajaba sin cesar. Como solo un cocinero profesional, podía hacer parecer que tenía otro par de manos ocultas en algún lado. Como le resultaba mas interesante que su libro, continuó observándola mientras bebía su cerveza.

Tal vez era su primer día en aquel empleo, pero estaba seguro de que no era la primera vez que trabajaba en la cocina de un restaurante. No tiene ninguna relación con nadie del pueblo – pensó-. Emma llevaba casi un año viviendo allí, y si hubiese tenido que llegar la hija, hermana, sobrina o prima tercera de alguien, se habría enterado. No le parecía una trotamundos. Más bien una corredora. Eso era lo que había visto en sus ojos: cautela y rapidez para saltar en el momento oportuno. Cuando la morena se movió para colocar un plato en la fila de los pedidos listos, aquellos ojos le lanzaron una mirada; solo fue un instante, luego se abrió la puerta y aparto la mirada. Mostró una sonrisa y todo en ella cambio, se suavizó, y vio la belleza que tenía guardada.
Cuando volteo a ver que la había hecho sonreír así, vio a Marco Drubber sonriéndole y saludándola con la mano.

Marco se sentó en la mesa frente a la de el.
- ¿Que tal todo?
- No puedo quejarme
- Ansiaba comer algo que no hubiera frito yo. ¿Que tiene buena pinta hoy? Además de la nueva cocinera.
- Yo pedí las chuletas. No te veo por acá los sábados por la noche, Marco eres un hombre de costumbres y vienes los miércoles.
- No me dieron ganas de abrir una lata para comer y quería ver cómo iba la muchacha. Llego cojeando hoy al pueblo con la manguera del radiador rota.
No hace falta más que esperar cinco minutos – pensó Emma – y la iinformación te caía del cielo.
- ¿ah, si?
- En menos de lo que canta un gallo ya Estaba trabajando aquí. Se consiguió una habitacional en la casona. Se llama Regina Mills -dejó de hablar cuando vio que Ruby llegaba con la comida de Emma.
- Hola, señor Drubber. ¿Que le sirvo hoy?
Marco se inclinó hacia delante para ver el plato de Emma.
- Eso se ve bastante bien.
- La nueva cocinera nos ha ayudado mucho. Me dices si te gustan las chuletas, Emma ¿te traigo algo mas?
- Otra cerveza
- Yo una Coca-Cola y lo mismo que come Emma
Emma empezó a comer, corto la chuleta y la comió.
- Si se está quedando en el hotel, quizás no se quede mucho tiempo.
- Reservo una semana – a marco le gustaba saber que pasaba en el pueblo y a quien le pasaba. No sólo tenía la tienda, sino que también era el alcalde. Le gustaba creer que los chismes eran parte de sus tareas.
- La verdad Emma, no creo que la chica tenga mucho dinero. Pago en efectivo por la manguera del radiador y el hotel según se dice.
No tenía tarjetas de crédito – pensó Emma, se preguntó si la mujer no quería ser detectada.
- Puede ser que no quiera dejar rastro
- Tienes una mente suspicaz. Tiene cara de persona honrada.
- Y tú tienes tendencias hacer un romántico. Y hablando de romances –Emma ladeo la cabeza hacia la puerta.

Un hombre que entró iba vestido de Levi's, camisa de cambray y un abrigo negro, acentuados por unas botas de piel de serpiente y un sombrero stetson gris que lo delataban como un vaquero. El cabello rizado aclarado por el sol, le solía por debajo del sombrero. Tenía un rostro de facciones simétricas contrarrestadas por unos ojos negros como la noche, que, como Todo el mundo sabía, usaba tanto con le era posible para cautivar a las mujeres. Se pavoneó —no había otra forma de describir su paso lento y oscilante— hasta la barra y se sentó en un taburete.

- Graham ha venido para ver si la chica nueva merece su tiempo -dijo Mac sacudiendo la cabeza mientras se terminaba las patatas
- Graham le cae bien a todo el mundo. Es un tipo agradable, pero espero que ella tenga sentido común. Parte de la distracción de que disfrutaba Brody en el pueblo desde hacía un año consistía en contemplar la forma en que Graham hacía caer a las mujeres como si fuesen bolos.
- Apuesto diez dólares a que liga con ella y a que añade a sus trofeos antes de que acabe la semana.
Mac enarcó las cejas en un gesto de reprobación.
- Esa no es forma de hablar de una buena chica.
- No la conoces tanto como para estar seguro de que es una buena chica.
- Yo digo que lo es, así que voy a aceptar esa apuesta y tendrás que pagar. -Emma se echó a reír de mala gana. La disposición ligeramente puritana de Marco le parecía parte de su encanto.
- Es solo sexo, Marco
A Mac se le pusieron coloradas las puntas de las orejas.
- ¿Te acuerdas del sexo, no? -añadió Emma con una amplia sonrisa.
- Tengo un vago recuerdo del proceso.

En la cocina, Granny le puso un trozo de pastel de manzana sobre la mesa
- Tómale un descanso —le ordenó a Regina—
- Cómete el pastel.
- La verdad, no tengo hambre, y necesito...
- No te he preguntado si tenías hambre, ¿verdad? Cómete el pastel,no te cobraré nada. Es el último pedazo, y de todos modos mañana habrá que tirarla. ¿Ves a aquel que está sentado a la barra?
- ¿Ese que parece que acaba de bajarse del caballo?
- Es Graham Butler, pero aveces le llama Cas. Es el diminutivo de Casanova; le pusieron el apodo cuando era un chaval y se pasaba el día empeñado en llevarse a la cama a cualquier chica que estuviese en un radio de cien kilómetros.
- Ah, ya.
- Ahora casi todos los sábados por la noche Cas queda con alguna o va a Clancy's con sus colegas para decidir qué vaquilla separar de ese rebaño en particular. Ha venido para echarte un vistazo
Al ver que no tenía otra opción, Regina empezó a comerse el pastel
- No creo que haya mucho que ver.
- Eres nueva, mujer, joven y, que se sepa, soltera. En su favor, hay que decir que Cas no se lía con mujeres casadas. Mira, ahora está coqueteando con Ashley, este invierno estuvo liado unas semanas con ella, hasta que les echó el ojo a unas chicas que vinieron a esquiar. —Granny cogió la gran cafetera que siempre tenía a mano—.
- El chico tiene encanto. Ninguna de las mujeres con las que se acuesta le hace reproches cuando se abrocha los vaqueros y se marcha.
- ¿Me lo dices porque supones que se acostará conmigo una de estas noches?
- Solo te informo.
- Pues ahora ya lo sé. No te preocupes, no busco un hombre, ni para un ratito ni para siempre. Desde luego, a ninguno que utilice el pene como varilla de zahoría
Granny soltó una carcajada.
- ¿Cómo está el pastel?
- Muy buena, deliciosa. No le he preguntado por los panes. ¿Las preparas aquí o las compras en alguna panadería de la zona?
- Las hago yo.
- ¿De verdad?
- Ahora estás pensando que se me dan mejor los panes que la parrilla.. ¿Y a ti?
- No es mi fuerte, pero puedo echarte una mano cuando te haga falta.
- Te lo haré saber.

Granny sirvió un par de hamburguesas y luego echó patatas fritas y judías en los platos para acompañarlas. Estaba añadiendo encurtidos y tomates cuando Cas entró con paso lento en la cocina.
- Hola, Graham
- Hola, mamá —contestó él, se inclinó y le dio un beso en la frente.
A Regina se le cayó el alma a los pies. Mamá —pensó—, y yo haciendo chistes sobre su pene.
- Me han dicho que estabas mejorando la categoría del local —dijo él. Le dedicó a Regina una sonrisa lenta y afable antes de echar un trago de la cerveza que llevaba en la mano
- Mis amigos me llaman Cas.
- Yo soy Regina Encantada de conocerte. Yo me ocupo de estos, Granny -Cogió los platos, los llevó a la fila y observó con disgusto que por primera vez en toda la noche no había notas en espera de servir.
- Pronto cerraremos la cocina —le dijo Granny—.
- Ya puedes irte. Mañana haces el primer turno, así que tienes que estar aquí a las seis en punto.
- Claro, de acuerdo —respondió Regina mientras se quitaba el delantal.
- Te acompañaré al hotel con el coche —se ofreció Cas mientras dejaba la cerveza a un lado
- Así me aseguro de que no te ocurre nada por el camino.
- Oh, no, no te molestes —replicó Regina mirando a la madre con la esperanza de recibir un poco de ayuda por ese lado, pero Granny ya se había alejado para apagar las freidoras
- No está lejos. Estoy bien, y de todos modos me apetece caminar.
- Perfecto, te acompañaré. ¿Llevas chaqueta?
Regina pensó que si se negaba sería una descortesía por su parte, y que si aceptaba tendría que andar por la cuerda floja. Optó por la segunda opción. Sin una palabra, cogió su suéter
- Estaré aquí a las seis.
Se despidió entre dientes y se dirigió hacia la puerta. Notaba los ojos de la escritora clavados en su espalda. ¿Por qué seguía allí? Cas le abrió la puerta y salió detrás de ella.
- Hace fresco. ¿Seguro que no tendrás frío?
- Me sentará de maravilla después del calor de la cocina.
- Seguro que sí. No dejes que mi madre te obligue a trabajar demasiado.
- Me gusta trabajar.
- Seguro que esta noche no has parado. Te invito a tomar algo para que puedas relajarte un poco y me cuentes tu vida.
- Gracias, pero mi vida no vale una invitación. Además, mañana me toca el primer turno.
- Creo que hará buen día —dijo Cas con voz tan lenta como su paso
- Si quieres, te paso a buscar cuando salgas. Te enseñaré todo esto. Te aseguro que no hay mejor guía en Storybrooke Y tengo referencias que demuestran que soy un caballero.
- Regina debía reconocer que Cas tenía una sonrisa fantástica y una mirada seductora como una caricia. Y era el hijo de su jefa.
- Eres muy amable, pero como aquí conozco a poca gente, y desde hace menos de un día, podrías falsificar esas referencias. Mejor paso y mañana aprovecho para situarme un poco.
- Como quieras.
Cuando la tomó del brazo, Regina dio un bote.
- Tranquila, no corras —le susurró como si hablase a un caballo espantado—.
- Se nota que eres del Este porque caminas como si llegases tarde a una cita. Tómate un minuto y mira hacia arriba. Menuda vista, ¿no?
El corazón seguía latiéndole demasiado deprisa, pero miró hacia arriba. Y allí, por encima de las sombras recortadas de las montañas, flotaba la luna llena. Las estrellas brillaban a su alrededor como si alguien hubiese cargado una escopeta con diamantes y hubiese disparado al aire. Su luz teñía de un azul extraño la nieve de los picos y salpicaba con profundas e intensas sombras las grietas y hondonadas. Esto es lo que me pierdo cuando me pueden los nervios y clavo la vista en el suelo – pensó . Y aunque le habría gustado disfrutar a solas de aquel momento, tenía que agradecerle a Cas que la hubiese obligado a detenerse a mirar.
- Qué maravilla. La guía que compré dice que esas montañas son majestuosas, y yo creía que exageraba. Cuando las he visto antes no me han parecido majestuosas, sino ásperas y duras. Pero ahora sí lo son.
- Allí arriba hay lugares que hay que ver para creer, y cambian ante tus propios ojos. En esta época del año, si subes y te acercas al río, oyes el ruido de las rocas que arrastran las aguas del deshielo. Ya te llevaré. No hay nada como ver el bosque a caballo.
- No sé montar.
- Puedo enseñarte.
Regina reanudó la marcha.
- Además de guía, eres profesor de equitación.
- A eso me dedico sobre todo en el Circle K, un establo para turistas situado a unos tres kilómetros de aquí. Puedo pedirle al cocinero del establo que nos prepare un buen picnic y buscarte una montura mansa. Te prometo una jornada digna de contarla en tus cartas.
- Estoy segura. —Le habría gustado oír el ruido de las rocas y ver las arboles de cerca y los prados. Y en aquel momento, a la luz de aquella luna espectacular, casi era tentador acceder a que él se lo enseñase
- Lo pensaré —añadió—. Yo me quedo aquí.
- Te acompaño arriba.
- No tienes por qué. Estoy...
- Mi madre me enseñó a acompañar a las damas hasta la puerta.
Volvió a tomarla del brazo, como si tal cosa, y abrió la puerta de la casona percibió que desprendía un atractivo olor a cuero y a pino.
- Buenas noches, Neal—saludó al recepcionista de noche.
- Hola, Cas. Señora...
Regina vio la sombra de una sonrisa irónica en los ojos del recepcionista. Cuando Cas se volvió hacia el ascensor, Regina se echó hacia atrás.
- Mi habitación está en el tercer piso. Subiré a pie.
- Eres una de esas fanáticas del ejercicio, ¿verdad? Por eso estas tan delgada.
- Pero cambió de dirección sin protestar y luego abrió la puerta que daba a la escalera.
- Te agradezco las molestias —dijo ella, haciendo esfuerzos para no dejarse arrastrar por el pánico ante la caja de la escalera, que parecía mucho más pequeña con él a su lado
- Desde luego, he ido a parar a un pueblo acogedor.
- Maine es un estado acogedor. Puede que no seamos muchos, pero somos agradables. Me han dicho que eres de Boston.
- Sí.
- ¿Es la primera vez que vienes por aquí?
- Así es.
Un tramo más y se abriría la puerta.
- Te has tomado unas vacaciones para ver el país?
- Sí, exactamente.
- Tú sólita... eres muy valiente.
- ¿Tú crees?
- Demuestra que tienes un espíritu aventurero.
Regina se habría echado a reír, pero se sintió demasiado aliviada cuando él le abrió la puerta y pudo salir por fin al pasillo del tercer piso.
- Esta es mi habitación.
Sacó la tarjeta y bajó la mirada automáticamente para comprobar que la cinta adhesiva de la puerta seguía allí. Antes de que pudiera deslizar la tarjeta en la ranura, él la cogió y se le adelantó. Abrió la puerta y le devolvió la tarjeta.
- Te has dejado todas las luces encendidas —comentó—. Y la tele.
- Vaya, es verdad. Debía de estar demasiado ansiosa por empezar a trabajar. Gracias por la compañía, Cas.
- Ha sido un placer. Pronto te haré montar ese caballo, ya lo verás. Regina consiguió sonreír.
- Lo pensaré. Gracias de nuevo. Buenas noches.

Cruzó el umbral y cerró la puerta. Corrió el cerrojo y puso la cadena de seguridad. Se sentó al otro lado de la cama y se puso a mirar por la ventana, hacia todo aquel espacio abierto, hasta que ya no tuvo que esforzarse para respirar con regularidad. Más tranquila, echó un vistazo a través de la mirilla para asegurarse de que el pasillo estaba despejado antes de apoyar una silla en la puerta. Después de comprobar de nuevo el cerrojo y la robustez del tocador que bloqueaba la puerta de la habitación contigua, se preparó para acostarse. Puso el despertador del hotel las cinco de la mañana y luego el suyo, para mayor seguridad. Actualizó su diario y luego consideró cuántas luces podía dejar encendidas durante toda la noche. Era su primera noche en un lugar nuevo; tenía derecho a dejar encendida la luz del escritorio y la del cuarto de baño. De todos modos, en realidad el cuarto de baño no contaba. Era solo por seguridad y comodidad. Tal vez tuviese que levantarse en plena noche para hacer pipí. Sacó la linterna de la mochila y la colocó junto a la cama. Podía producirse un corte del suministro eléctrico debido a un incendio. Al fin y al cabo, no era la única huésped del hotel. Alguien podía fumar en la cama y dormirse, o algún niño podía jugar con fósforos. A saber. Todo el edificio podía arder a las tres de la mañana. En ese caso tendría que salir deprisa. Tener la linterna cerca era una cuestión de prudencia. El cosquilleo en el pecho le hizo recordad con añoranzas los somníferos, los Antidepresivos, y los medicamentos contra la ansiedad que tenía en el botiquín del baño.

Hacía meses que no tomaba un somnífero, y esa noche estaba lo bastante cansada para conseguir dormir sin ayuda. Además, si de verdad había un incendio y un corte del suministro eléctrico, se tambalearía al caminar y se movería despacio. Moriría achicharrada o asfixiada por la inhalación de humo. Esa idea la obligó a sentarse en un lado de la cama con la cabeza entre las manos, maldiciéndose por tener una imaginación desbordante y estúpida.

- Para, Regina —dijo en voz alta—.
- Para ahora mismo y vete a la cama. Tienes que levantarte temprano y realizar las funciones básicas como un ser humano normal.

Antes de acostarse volvió a comprobar el cerrojo. Se quedó quieta, escuchando los sordos latidos de su corazón, los sonidos procedentes de la habitación contigua, del pasillo, del otro lado de la ventana. No hay peligro —se dijo—. Esto es completamente seguro. No va a declararse ningún incendio. No va a explotar ninguna bomba. Nadie va a irrumpir en mi habitación para asesinarme mientras cielo no iba a desplomarse sobre su cabeza. Pero dejó la televisión encendida, con el volumen bajo, y aprovechó la vieja película en blanco y negro para conciliar el sueño. El dolor era tan horroroso, tan atroz, tan salvaje e impaciente que no podía gritar. La oscuridad, la oscuridad, cayó a plomo sobre su pecho para atraparla. Aplastó sus pulmones y le impidió respirar, le impidió moverse. Le aplastaba los pulmones, le retumbaba en la cabeza golpeándola. Hizo esfuerzos para respirar, pero el dolor era excesivo y el miedo era aún mayor que el dolor. Estaban allí fuera, entre las tinieblas. Los oía, oía los cristales que se rompían, las explosiones. Y, lo que era peor, los gritos. Peor que los gritos, las risas.
- ¿Zelena?, ¿zelena?
- No, no, no grites, no hagas ruido. Es preferible morir aquí a oscuras a que la encuentren. Pero venían, venían a buscarla, y no podía contener los gemidos, no podía impedir el castañeteo de sus dientes.
La luz repentina era cegadora, y los alaridos que resonaban en su cabeza salieron como gruñidos fúnebres.
- Queda una viva. Lanzó débiles manotazos y patadas contra las manos que querían alcanzarla.

Despertó envuelta en sudor, con aquellos gruñidos en la garganta, mientras cogía la linterna y la empuñaba como si fuese un arma. ¿Había alguien allí? ¿En la puerta? ¿En la ventana? Se sentó estremeciéndose, temblando, aguzando el oído. Una hora más tarde, cuando sonaron los despertadores, seguía sentada en la cama, con la linterna aún en la mano y todas las luces de la habitación encendidas.

Después de pánico, era difícil afrontar la cocina, la gente, la pretensión de ser normal. Pero además de estar casi sin blanca, había dado su palabra. Las seis en punto. Tenía otra alternativa: volver atrás, retroceder, y todos los meses que había pasado avanzando poco a poco quedarían borrados. Solo tenía que hacer una llamada telefónica para que la rescataran. Y para estar acabada. Se movió paso a paso. Vestirse fue una victoria; abandonar la habitación, otra. Salir al exterior y dirigir sus pasos hacia el restaurante fue un pequeño triunfo personal. El aire era frío —al invierno aún le quedaban fuerzas—, y su aliento resultaba visible a la trémula luz que precedía al amanecer. Las montañas eran siluetas oscuras y fuertes que se recortaban contra el cielo ahora que la luna llena se había ocultado tras los picos. Una extensa capa de niebla se extendía a los pies de las montañas. Dedos de bruma se alzaban del lago y envolvían los árboles desnudos, finos como las alas de las hadas. En la gélida oscuridad, todo parecía fantástico, inmóvil y bien equilibrado. El corazón le dio un vuelco cuando algo salió de aquella bruma. Volvió a calmarse al ver que era un animal. A aquella distancia no distinguía si era un alce o un ciervo pero, fuera lo que fuese, pareció deslizarse, y la bruma se hizo jirones a su alrededor cuando se acercó al lago. Mientras el animal inclinaba la cabeza para beber, Regina oyó el primer coro del canto de los pájaros. Una parte de ella quiso sentarse en la acera y contemplar a solas y en silencio el nacimiento del sol. Tranquila, echó a andar de nuevo. Tendría que enfrentarse a la cocina, la gente, las preguntas que siempre rodeaban a una cara nueva en cualquier empleo. No podía permitirse llegar tarde y estar nerviosa, ni quería atraer más atención de la estrictamente necesaria.
- Mantén la calma —se ordenó—.
- Céntrate.

Para conseguirlo, se puso a recitar fragmentos de poesía, concentrándose en el ritmo de las palabras, hasta que se dio cuenta de que hablaba en voz alta y se acobardó. Se recordó a sí misma que nadie la oía, y la confusión la acompañó hasta la puerta de Granny Diner.
Las luces encendidas que brillaban en el interior aflojaron parte de la tensión que pesaba sobre sus hombros. Vio movimiento dentro. Era Granny, ya en la cocina. ¿Aquella mujer dormía alguna vez?
- Tienes que llamar a la puerta —se dijo—.
- Llama, sonríe, saluda.
Cuando diera ese paso, cuando se obligara a entrar, ahogaría la ansiedad en el trabajo. Pero su brazo parecía de plomo y se negaba a moverse. Tenía los dedos demasiado rígidos, demasiado fríos para cerrarse en un puño. Se quedó donde estaba, sintiéndose estúpida, inútil e impotente.

- ¿Algún problema con la puerta?
Dio un bote y se volvió. Allí estaba Ruby cerrando de golpe la puerta de un pequeño y resistente utilitario.
- No, no. Solo estaba...
- Espiando? No parece que hayas dormido mucho esta noche.
- Pues no, la verdad.
El aire, ya frío, se congeló con cada paso que Ruby dio hacia ella. Los brillantes ojos verdes, tan amistosos el día anterior, se mostraban reservados, distantes.
- Llego tarde?
- Me extraña que hayas venido con la noche que debes de haber pasado.
Regina se recordó acurrucada en la cama, agarrando la linterna y escuchando.
- Cómo...?
- Cas tiene fama de resistir mucho.
- ¿Cas? Yo no... ¡Oh!
Una mezcla de sorpresa y regocijo calmó sus nervios.
- No, él y yo no... yo no. Por el amor de Dios, Ruby, hacía unos diez minutos que le conocía. Tiene que pasar al menos una hora desde que conozco a un tío para que ponga a prueba su resistencia. Ruby bajó la mano que había levantado hasta la puerta y miró a Regina con los ojos entrecerrados.
- Entonces, ¿no te acostaste con Cas?
- No —contestó, sintiéndose más fuerte—.
- ¿He roto alguna tradición secreta del pueblo? ¿Me despedirán? ¿Me detendrán? Si ser una tía fácil forma parte de los requisitos del empleo, deberían habérmelo dicho desde el principio y pagar más de ocho dólares por hora.
- Esa cláusula es voluntaria. Lo siento —dijo Ruby, sonriendo ruborizada—.
- Lo siento de verdad. No debería haberlo dado por supuesto y lanzarme sobre ti solo porque se marcharan juntos.
- Me acompañó al hotel, propuso que tomásemos algo, cosa que yo no quise, se ofreció a enseñarme la zona, algo que puedo hacer sola, y luego dar tal vez un paseo a caballo. No sé montar, pero a lo mejor pruebo esa parte. Le doy un diez en la escala de belleza masculina y otro diez en comportamiento y modales. No sabía que estuvieseis liados, de hecho creí que te gustaban las chicas y que querías, no se, acostarte con Emma.
- ¿Novios? ¿Cas y yo? —Ruby resopló—.
- ¡Qué va! De eso nada. Debo de ser la única mujer soltera de menos de cincuenta años en cien kilómetros a la redonda que no se ha acostado con él. Para mí un salido es un salido, ya sea hombre o mujer. ¿Y no quieres decir que soy lesbiana? – a Ruby se le abrieron los ojos como platos
- Nada de eso, Regina, si es una mujer muy hermosa y creo que cualquiera se le tiraría encima, pero yo opto por el, ya sabes, el juguete masculino, que si me dice que tiene uno entre esas piernas por lo ver torneadas y ejercitadas, me le tiro encima y no me importaría mucho esos pequeños y redondeados pechos.
- Y dices que no eres lesbiana –dijo Regina, un poco ruborizada por lo que había dicho Ruby.
- A no ser que, a ti si te guste la señorita Swan –la miro divertida viendo como los ojos se le saltaban como platos.
- ¡Claro que no, estas mal de la cabeza, ella es ¡una chica! – su voz parecía tranquila pero sus expresiones y su rubor no pasaba desapercibido
- Lo que digas – dijo Ruby
- Pero no puedes negar que con esa boquita y esas manos pueden llevar a cualquiera al Paraíso sin mencionar su cuerpo exquisito y que se le antoja a cualquiera hasta a la chica mas hetero.
Regina, se quedo pensativa, pensando en lo lascivo de los comentarios de ruby, no podía negar que lo había imaginado, y que no estaba mal, pero era una chica, y a ella le gustaban los chicos, lo pensó bastante y se dijo que era lo correcto le gustaran o no los chicos tenía que ser así, Emma no estaba dentro de sus posibilidades, sin mencionar que se decía que tal vez era lesbiana mas no era una seguridad, encogió de hombros, y luego Ruby volvió a observar la cara de Regina.

- De todas formas, pareces agotada.
- No he dormido bien, eso es todo. La primera noche en una casa nuevo, un trabajo nuevo... Nervios.
- Pues tranquilízate —ordenó Ruby mientras abría la puerta con mirada de nuevo cordial—.
- Aquí somos buena gente.
- Me preguntaba si iban a pasarse todo el día platicando ahí fuera. No le pago por charlar.
- Por el amor de Dios, Granny, son las seis y cinco. Descuéntamelo. Ah, por cierto, Regina, hablando de dinero, esta es tu parte de las propinas de anoche.
- ¿Mi parte? No serví ninguna mesa.
Ruby puso el dinero sobre las manos de Regina
- Son normas de la casa. El cocinero se lleva el diez por ciento de las propinas. Nos las dan por el servicio, pero si la comida es una porquería no nos darán gran cosa.
- Gracias..

- ¿Se acabó el chisme? —dijo Granny desde detrás de la barra con los brazos cruzados—.
- Pon las mesas para el desayuno, Ruby
- Regina, ¿te parece que estás lista para mover ese culo tan flaco y ponerte a trabajar?
- Sí, señora. Ah, y solo para despejar el ambiente —añadió mientras rodeaba la barra para coger un delantal—, tu hijo es encantador, pero esta noche he dormido sola.
- El chico debe de estar perdiendo facultades. Eso no puedo decírtelo. Yo pienso seguir durmiendo sola mientras este en Storybrooke Granny puso a un lado una pila de masa de tortitas.
- ¿No te gusta el sexo?
- Claro que sí. —Regina fue hasta el fregadero para lavarse las manos
- Simplemente no está en mi lista en este momento.
- Pues debe de ser una lista bastante corta y triste. ¿Sabes preparar huevos rancheros?
- Sí.
- Los domingos los piden mucho, como las tortitas. Vamos, empieza a freír tocino y salchichas. Enseguida llegarán los primeros clientes.
Poco antes del mediodía, Granny puso en manos de Regina un plato con un poco de comida apilada, una cucharada de huevos revueltos y tocino.
- Vamos, llévate esto a la habitación de atrás. Siéntate y come.
- Aquí hay comida para dos personas.
- Sí, si las dos son anoréxicas.
- Yo no lo soy —respondió Regina al tiempo que cogía con el tenedor un poco de huevo como para demostrarlo.
- Llévate eso a mi despacho y descansa. Tienes veinte minutos.
Regina había visto el despacho, y el término «habitación» resultaba muy generoso.
- Oye, tengo un problema con los espacios pequeños.
- Miedo a la oscuridad y claustrofobia. Tienes un montón de fobias, chica. Bueno, pues siéntate a la barra. Te doy igualmente veinte minutos.
Hizo lo que le decían y se sentó al final de la barra. Al cabo de un momento, Ruby dejó una taza de té a su lado y le guiñó un ojo.

- Buenos días, doctor —dijo Ruby mientras pasaba un paño por la barra y le dedicaba una sonrisa al hombre que se había deslizado en la barra situado junto al de Regina
- ¿Lo de siempre?
- Mi especial colesterol de los domingos, Ruby Es el día en que me gusta cumplir mis antojos
- Enseguida se lo pongo.
- Granny, el doctor está aquí—dijo sin molestarse en escribir el pedido—.
- Doctor, esta es Regina, la nueva cocinera. Regina, te presento al doctor Whale. Te curará todos los males. Pero no dejes que te convenza para jugar al póquer. Es una fiera.
- Bueno, bueno, ¿cómo voy a desplumar a los recién llegados si dices esas cosas?
- El hombre se movió en la barra y saludó a Regina con la cabeza—.
- Me dijeron que Granny tenía a alguien que sabía lo que hacía en la cocina. ¿Cómo te va?
- De momento bien. Me gusta el trabajo.
Tuvo que hacer un esfuerzo y recordarse que el tal Whale no llevaba una bata de médico y unas agujas.
- En Granny's sirven el mejor desayuno de domingo de todo Storybrooke —dijo él, dispuesto a disfrutar del café que Ruby, puso delante—. «En lugar de mirarlo —pensó el hombre—, como si la comida del plato fuese un rompecabezas» mientras Regina jugaba con la comida, él le contó que hacía casi treinta años que era el médico del pueblo. Llegó cuando era joven, en respuesta a un anuncio que puso el ayuntamiento en el periódico de Sídney
- Iba en busca de aventuras —dijo con una voz en la que se percibía vagamente el acento de las zonas rurales del Oeste—.
- Me enamoré del lugar y de una bonita chica de ojos castaños llamada Susan. Criamos a tres hijos aquí. El mayor también es médico, y este es su primer año de interno en Cheyenne. La mediana, Emily se casó con un tipo que hace fotos para la revista National Geographic. Se trasladaron a Washington. Allí también tengo un nieto. El más pequeño estudia filosofía en California. No sé sobre qué demonios va a filosofar, pero ahí está. Mi Susan murió hace dos años de cáncer de pecho.
- Lo siento.
- Es algo muy, muy duro —respondió Whale, echando un vistazo a su alianza—.
- Todavía la busco a mi lado cuando me despierto por las mañanas. Supongo que nunca dejaré de hacerlo.
- Aquí tiene, doctor. —Ruby puso un plato delante de él, y ambos se echaron a reír cuando Regina lo miró con los ojos desorbitados—.
- Se lo comerá todo, ya verás —dijo Ruby antes de alejarse.
Había un montón de tortitas, una tortilla, una gruesa loncha de jamón, una ración generosa de despojos fritos y tres salchichas.
- No puede comerse de verdad todo eso.
- Mira y aprende, niña. Mira y aprende.
M«Se le ve en forma —pensó Regina—, con su camisa de cuadros y su cómoda chaqueta de punto.» Hubiera dicho que era alguien que comía sano y hacía una cantidad razonable de ejercicio. Su rostro era rubicundo y enjuto, con unos ojos de color avellana claro detrás de unas gafas con montura metálica. Sin embargo, se zampaba el enorme desayuno con el apetito de un camionero de largo recorrido.
- Tienes familia en el Este? —le preguntó.
- Sí, mi abuela vive en Boston.
- ¿Es ahí donde aprendiste a cocinar?
Regina no podía dejar de mirar cómo desaparecía la comida.
- Sí, allí empecé. Fui al Instituto Culinario de Nueva Inglaterra, en Vermont, y luego pasé un año en París, en el Cordon Bleu.
- Instituto Culinario —repitió el doctor, levantando las cejas—. Y París. Qué elegante.
- ¿Perdón? —dijo ella, dándose cuenta bruscamente de que en dos minutos había revelado más de su pasado de lo que acostumbraba a contarle a nadie en dos semanas.
- Más que elegante, intenso. Tengo que volver al trabajo. Me alegro de conocerle.

Regina no paró de trabajar durante el turno del almuerzo; tenía el resto de la tarde y la noche para sí misma, y decidió dar un largo paseo. Podía rodear el lago, tal vez explorar parte del bosque y los riachuelos. Podía hacer fotos y enviárselas a su abuela por correo electrónico y, entre el aire fresco y el ejercicio, agotarse.


Dejen su reviews, me encanta leerlas, cuando dicen que les esta gustando la historia, O lo graciosa que es. Ya en los próximos capitu veremos que le aqueja a la pobre de Regina, y su interacción de cerca con Emma. Y gracias a los que le dieron fav o follow, espero su reviews para actualizar así de pronto. Nos vemos a la próxima.