Hola chicas, me gusta como se están tomando la historia, gracias me hace feliz.
Aquarius7, /Michii15 por sus reviews fav y follows, me hace mucha felicidad leerles, claro Regina sabe bien lo que hace en la cocina toda una experta, y creo que a todas nos gustaría comer de ella xD. Bueno.
Sin distraerlas mas les dejo el siguiente capítulo, y respecto al sueño lo veremos unos capítulos en delante.
Regina no paró de trabajar durante el turno del almuerzo; tenía el resto de la tarde y la noche para sí misma, y decidió dar un largo paseo. Podía rodear el lago, tal vez explorar parte del bosque y los riachuelos. Podía hacer fotos y enviárselas a su abuela por correo electrónico y, entre el aire fresco y el ejercicio, agotarse.
Se puso las botas de excursión y llenó la mochila exactamente como recomendaba su guía para excursiones de menos de quince kilómetros. De nuevo en el exterior, buscó un punto cerca del lago para sentarse y leer los folletos de información que había cogido de la casona. Decidió que se tomaría todos los días que pudiese para salir del pueblo, visitar el parque y tal vez un poco las zonas menos habitadas de la región. Se sentía mejor en el exterior al aire libre.
El primer día que no le tocase trabajar, tomaría uno de los senderos más fáciles y haría una excursión para ver el río. Pero por el momento más valía que empezase haciendo lo que aconsejaba su guía y ablandase sus botas de excursión. Se puso en marcha a paso tranquilo. Esa al menos era una de las ventajas de su vida en ese momento. Pocas veces tenía prisa. Podía hacer lo que quisiera cuando quisiera, a su ritmo. Antes nunca se lo permitía. En los últimos ocho meses había visto y hecho más que en los treinta y dos años anteriores. Tal vez estaba un poquito loca, y sin duda neurótica, fóbica y ligeramente paranoica, pero había huecos de sí misma que había conseguido volver a llenar y pedazos de sí misma que había devuelto a su lugar.
Nunca volvería a ser lo que fue, una urbanita activa y ambiciosa. Pero le gustaba cómo estaba tomando forma. Prestaba más atención a detalles que antes le pasaban desapercibidos. El juego de la luz y las sombras, el chapoteo del agua, notar bajo sus pies la tierra esponjosa por el deshielo.
Podía detenerse donde estaba, en ese mismo instante, y contemplar como una garza, silenciosa como una nube, alzaba el vuelo desde el lago. Podía contemplar cómo las ondas, cada vez más amplias, agitaban la superficie hasta alcanzar la punta de los remos que manejaba un muchacho en un kayak rojo.
Se acordó de su cámara demasiado tarde para captar la garza, pero sí captó al muchacho con su barca roja, y las aguas azules, y el reflejo deslumbrante de las montañas que atravesaba su superficie. «Adjuntaré pequeñas notas a cada foto», pensó mientras reanudaba la marcha. De esa forma su abuela se sentiría parte del viaje. Regina sabía que la había dejado preocupada en Boston, pero lo único que podía hacer era enviar largos correos electrónicos y hacer una llamada telefónica de vez en cuando para hacerle saber dónde y cómo estaba. Aunque no siempre era del todo sincera en cuanto al cómo.
Había casas y cabañas diseminadas en torno al lago, y se fijó en que alguien preparaba una barbacoa de domingo: pollo asado, ensalada de patatas, pinchos de verdura en adobo, litros de té frío y cerveza. Era un buen día para aquello. Un perro se metió en el agua chapoteando tras una pelota azul, mientras una niña permanecía en la orilla riendo y animándolo a gritos. Cuando el animal la recogió y regresó a tierra firme, se sacudió como un loco; las gotas que rociaron a la niña reflejaron la luz del sol y se encendieron como diamantes. El ladrido se llenó de alborozo cuando la niña lanzó de nuevo la pelota, y el perro volvió a saltar al agua para repetir el proceso.
Regina sacó su botella de agua y bebió mientras se alejaba del lago y se adentraba en el bosque. Si no hacía demasiado ruido, tal vez viese algún ciervo o alce, tal vez el mismo que había observado aquella mañana. Podía prescindir de los osos que, según los folletos y las guías, habitaban en los bosques de la zona, aunque la guía afirmaba que los osos acostumbraban a alejarse si percibían la presencia humana.
Cabía la posibilidad de que ese día los osos estuviesen de mal humor y la tomaran con ella. Así pues, se andaría con cuidado, no se alejaría demasiado y, aunque llevaba una brújula, no se saldría del camino. «Aquí hace más fresco», pensó. El sol no alcanzaba los charcos y parches de nieve, y el agua del pequeño torrente que encontró tenía que atravesar los trozos de hielo.
Siguió el torrente, escuchando el silbido y la caída del hielo que se fundía
despacio. Cuando encontró huellas, se sintió entusiasmada. «¿De qué animal serán estas huellas?», se preguntó. Para saberlo, se dispuso a sacar la guía de la mochila. Un crujido la dejó paralizada; echó un vistazo a su alrededor. Habría sido difícil decir quién estaba más sorprendido, si Regina o el ciervo mulo, pero se miraron mutuamente asombrados durante un intenso momento. «Debo de estar contra el viento —pensó—. ¿O era a favor del viento?» Mientras alargaba el brazo despacio para coger la cámara, se dijo que debería comprobarlo. Logró un primer plano y luego cometió el error de reírse encantada. Al oírla, el ciervo se alejó dando brincos.
—Sé cómo te sientes —murmuró mientras lo veía huir del contacto humano—. El mundo está lleno de cosas que dan miedo. Volvió a guardarse la pequeña cámara en el bolsillo mientras pensaba que ya no oía ladrar al perro ni el estruendo de los coches que circulaban por la calle principal del pueblo. Solo la brisa entre los árboles como una ola callada y el silbido del torrente. —Tal vez debería vivir en un bosque. Buscarme una pequeña cabaña aislada y tener un huerto. Podría ser vegetariana —consideró mientras tomaba impulso para superar de un salto el estrecho torrente—. Vale, seguramente no. Pero podría aprender a pescar. Comprarme una camioneta e ir a comprar al pueblo una vez al mes. Dibujo la imagen en su mente. Ni demasiado lejos del agua, ni demasiado metida en el bosque. Con montones y montones de ventanas para que fuese casi como vivir en el exterior. —Podría montar mi propio negocio. Una pequeña granja. Cocinar y vender los productos. Hacerlo todo a través de internet, quizá. No salir nunca de casa. Y acabar añadiendo la agorafobia a mi lista. No, viviría en el bosque —esa parte estaba bien—, pero trabajaría en el pueblo. Podría incluso seguir ahí y seguir trabajando para Granny —Esperaré unas semanas, es lo mejor. A ver cómo van las cosas. Me marcharé de la casona, eso desde luego. No va a servirme mucho tiempo. De todos modos, ¿dónde puedo ir? Es un problema. Puede que mire...
Dejó escapar un grito, retrocedió dando un tropezón y callo encima de Emma. Una cosa era encontrarse a un ciervo mulo y otra muy distinta tropezar y para colmo caerle encima a una mujer tendida en una hamaca con un libro abierto sobre el pecho. Emma la había oído venir. Habría sido difícil no hacerlo, pensó, porque iba discutiendo en voz alta consigo misma. Supuso que se desviaría hacia el lago, pero en lugar de eso giró directamente hacia su hamaca y callo encima de ella, muy cerca de sus labios, y con los ojos clavados en la punta de sus flamantes botas de excursión. cuando Regina se levanto rápidamente de su regazo. dejó el libro para contemplarla. —Disculpa tropecé, no te vi.. dijo Regina con un hilo de voz y tartamudeo, y sintiendo las mejillas al rojo vivo. Esperaba a que Emma no se diera cuenta o que al menos ella no lo percibiera.
—no te preocupes, pude notar que que estabas distraída, pude haberlo anticipado pero estuvo mejor así ¿no crees? – en el tono de Emma había un ligero coqueteo y un guiño, que dejaron a Regina pasmada, se veía aun mas hermosa que en otras ocaciones pensó Regina.
Emma pudo notar que Regina estaba, prácticamente como un tomate y como una estatua y no sabia porque, si era por su comentario, o por el hecho de que al caer se rozaron levemente los labios. Pero sea por lo que sea, le pareció tan linda que no pudo apartar los ojos de ella.
Regina pensó que al parecer era cierto lo que se decía en el pueblo, Emma era lesbiana, ella no supo que pensar, lo que sentía era golpe en el estomago y que el aire le faltaba, ¿se alegraba? ¿Se sienta feliz?. Lo que si sabia es que era extraño para ella, no es que le molestara, pero ella al verla por primera vez con Granny, su mente no dejaba de darle vueltas al asunto, lo que hacia que le entrara miedo. Para bien o para mal esa información iba a perturbarla por el resto de la semana.
Emma se cruzo de brazos y decidió cambiar de conversación, mientras la estudiaba meticulosamente.
«Una mujer decida explorando la naturaleza —reflexionó—. Mochila y botas L. L. Bean, Levi's que al menos parecen usados, botella de agua.» ¿Aquello que le asomaba del bolsillo era su teléfono móvil? ¿A quién demonios iba a llamar?
La muchacha llevaba una cola de caballo que asomaba por la abertura posterior de una gorra negra. Tenía la cara pálida, los ojos grandes y sobresaltados, de un intenso castaño oscuro. —¿Perdida? —No. Sí. No. —Miró a su alrededor como si acabase de aterrizar procedente de otro planeta—. Estaba dando un paseo. Debo de haber entrado en tu propiedad sin darme cuenta. —Sin duda. ¿Quieres esperar aquí un momento mientras voy a buscar mi pistola? —Pues no, la verdad. Mmm. Supongo que esa cabaña es tuya. —Ya llevas dos aciertos. —Es bonita. La observó, una sencilla estructura de troncos, un largo porche cubierto, una silla y una mesa. Le pareció encantadora. Una silla y una mesa. —Y privada —añadió—. Lo siento dijo Regina
—Yo no. A mí me gusta que sea privada. Dijo Emma
—Quiero decir... bueno, ya sabes qué quiero decir.
Respiró hondo mientras abría y cerraba el tapón de su botella de agua. Le resultaba más fácil con los extraños. Lo que no podía soportar eran las miradas de compasión e interés de los conocidos.
—Es de mala educación mirar fijamente a la gente, y vuelves a hacerlo —dijo Regina
Emma levantó una ceja. Regina siempre había admirado a la gente que sabía hacerlo, como si esa sola ceja tuviese un juego de músculos independiente. A continuación, alargó el brazo hacia el suelo y cogió sin fallar una botella de cerveza. —¿Quién decide ese tipo de cosas, lo que es de mala educación en una cultura determinada? Dijo Emma
—La SPME. Emma solo tardó un momento. —¿La Sociedad para la Prevención de la Mala Educación? Creía que se había disuelto. —No, siguen realizando su buena labor desde lugares secretos. Dijo Regina
—Mi bisabuelo era miembro de la SPME, pero no hablábamos del tema porque era un completo idiota. Dijo Emma
—Bueno, eso pasa en todas las familias y grupos. Te dejo con tu lectura. Dijo Regina
Dio un paso atrás, y Emma pensó que podría preguntarle si le apetecía una cerveza. Como habría sido un gesto casi sin precedentes, ya había decidido no hacerlo cuando un sonido agudo perforó el aire.
Regina se echó al suelo y se cubrió la cabeza con los brazos como un soldado en una trinchera. La primera reacción de Emma fue de diversión. Una chica de ciudad. Pero al ver que no se movía ni hacía sonido alguno, comprendió que era más que eso. Sacó las piernas de la hamaca y luego se agachó. —Es un escape —dijo con calma—. Es de la moto de August, una hermosura sobre ruedas.
—Escape, escape... La oyó murmurarlo una y otra vez, temblando. —Sí, eso es. Le apoyó una mano sobre el brazo para tranquilizarla, y ella se puso tensa. —No, no me toques. No me toques. No. Solo necesito un minuto. —Está bien —contestó Emma, antes de levantarse para ir a buscar la botella de agua, que había salido despedida cuando ella se arrojó al suelo—. ¿Quieres tu agua? —Sí, gracias. —Cogió la botella, pero sus dedos temblorosos no podían abrirla. Sin decir nada, Emma se la quitó, desenroscó el tapón y se la devolvió—. Estoy bien. Solo me he llevado un sobresalto. Creía que era un disparo. —También oirás ese tipo de cosas. No en la temporada de caza, pero a la gente de por aquí le gusta tirar al blanco. Esto es el salvaje Oeste, morena
—Claro, por supuesto. Ya me acostumbraré. —Si sales a caminar por el bosque y las colinas, es mejor que lleves algo de colores vivos, rojo o naranja. —Claro, sí, por supuesto, es cierto. Lo haré la próxima vez. Su cara había recuperado algo de color, pero en opinión de Emma era la manifestación de la vergüenza que sentía. Cuando se puso en pie, oyó su aliento entrecortado. Hizo un intento desganado de sacudirse la ropa. —Esto completa la parte de diversión de nuestro programa. Que disfrutes de lo que queda del día. Dijo Regina
—Eso pretendo dijo Emma . «Una persona más agradable —pensó Emma—, insistiría en que se sentara o se ofrecería a acompañarla hasta el pueblo.» Pero ella no era una persona más agradable. Regina reanudó la marcha y tras unos pasos echó un vistazo por encima del hombro. —Por cierto, me llamo Regina. —Ya lo sé. —Ah, bueno. Pues ya nos veremos.
«Será difícil evitarlo», pensó Emma mientras ella aceleraba el paso con la mirada clavada en el suelo. Una mujer asustadiza, con grandes ojos de cierva. Era bonita, y seguramente sería hasta sexy si pesase cinco kilos más.
Pero lo que le intrigaba era que fuera tan asustadiza. Nunca podía resistirse a imaginar lo que movía a la gente. Y en el caso de Regina Mills, suponía que lo que se movía en su interior, fuera lo que fuera, tenía muchas mechas demasiado cortas. Regina clavó la vista en el lago, con sus ondas, cisnes y barcas. Rodearlo representaría una larga caminata, pero le permitiría calmarse y superar la vergüenza. Empezaba a transformarse en una migraña, pero eso no era grave, no pasaba nada. Si no pasara nada mas, se tomaría un analgésico al llegar al casona. Tal vez tuviera el estómago revuelto, pero eso no era tan malo. No había vomitado para rematar la mortificación.
¿Por qué no estaba sola en el bosque cuando sonó el escape de aquella estúpida moto? Claro que, de haber sido así, tal vez siguiese acurrucada allí, lloriqueando. Al menos Emma se había mostrado práctica. Aquí tienes tu agua, tranquilízate. Eso era mucho más fácil que sobrellevar las caricias, las palmaditas y las frases de consuelo. El sol le molestaba en los ojos; buscó sus gafas en la mochila. Se obligó a mantener la cabeza erguida y caminar a paso normal. Incluso consiguió sonreírle a una pareja que paseaba junto al lago, como ella, y levantar la mano en respuesta al saludo del conductor de un coche que pasó cuando por fin llegó a la calle principal.
La muchacha de la recepción —Regina no consiguió extraer el nombre de su dolorida cabeza— volvía a estar en su puesto. Con una sonrisa, la chica le preguntó cómo estaba y si había disfrutado de su excursión. Regina contestó de forma mecánica, pero todas las palabras le sonaron falsas. Anhelaba llegar a su habitación. Subió por la escalera, sacó la llave y después de entrar se apoyó contra la puerta. Tras comprobar la cerradura dos veces y tomarse un analgésico, se acurrucó en la cama con las botas y las gafas de sol aún puestas. Al cerrar los ojos, cedió al agotamiento de fingir normalidad.
Algún error de dedo una disculpa, Ya saben como es la cosa con los reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.
