Capítulo III

La Ladrona

Bella comadreja, ¡cómo te jactas de tu elocuencia!—se burló la bestia, ella sonrió de costado.

No me jacto de ello, simplemente disfruto ver los resultados—dijo agitando su capa, él sonrió y se pasó la lengua por los labios.

Me gustan los desafíos.

Entonces intenta atraparme.

...

Harry se desplomo sobre la cama y se aferró al cojín como si alguien se lo fuera a apartar de un tirón. Sirius salió del baño con una toalla amarrada a la cintura y se dirigió hacia el armario mientras se secaba el cabello con otra.

—Deberías darte una ducha, apestas como cerdo—se burló, Harry gruñó.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de lo que nos acaba de pasar? —le espetó— ¿sabes que esta podría ser la última vez que disfrutemos del lujo en un hotel como éste? ¡Y todo por tu estupidez!

Sirius resopló desde dentro del armario.

—Nos quedan treinta días, relájate—dijo mientras se colocaba los pantalones—, podremos engañar a alguna heredera malcriada, no sé, tal vez el dueño del hotel tenga nietas.

—¡Deja de decir imbecilidades, quieres! —gritó Harry enojado, estaba nervioso, asustado, paranoico. Temía que la lámpara en el velador tuviera ojos, lo perseguía esa horrible sensación de ser observado por alguien invisible.

—Tú deja las imbecilidades—dijo Sirius hastiado sacando una camisa del perchero— tenemos treinta días, podemos comenzar mañana a idear una estrategia, pero hoy que tengo un día más de vida quiero salir y divertirme.

—Siempre piensas en diversión—bufó el otro, Sirius se sentó en la cama mientras se abrochaba la camisa—, de verdad estoy preocupado. La mafia es peligrosa Sirius, esto no es un juego, no es un blanco fácil como los otros.

—Lo sé, y por eso quiero disfrutar—dijo con tono paternal— luego tendremos veintinueve días para sufrir, pero no hoy, hoy quiero celebrar que me salvé de una cita con San Pedro.

Harry emitió una risa pequeña y se sentó en la cama. Se pasó ambas manos por la cara y se puso de pie.

—Jura que sólo será hoy y mañana buscaremos una solución—le pidió serio, Sirius afirmó con la cabeza.

—Te lo juro por mi vida que sabes que amo tanto—dijo sonriente, Harry rodó los ojos y se dirigió hacia el baño.

—Me daré una ducha—dijo, y luego cerró la puerta tras él.

Cuando salieron del hotel Sirius hinchó el pecho inhalando profundamente estirando los brazos hacia el sol primaveral, pero para Harry no existían más que nubes grises a punto de arrojarle una tormenta.

—¿Hacia dónde? —preguntó nervioso mirando a los transeúntes con las manos en los bolsillos; hacia su costado izquierdo la torre Eifel se alzaba imponente decorando el horizonte.

—¿Sacre Coeur? —opinó el otro, Harry levantó los hombros, cualquier lugar con multitud era mejor que estar vagando solos por los Campos Elíseos.

Tomaron el metro hasta la estación Anvers. Harry se cubrió los ojos con la mano cuando salieron a la luz a pesar de llevar puestos sus anteojos de sol. Frente a ellos se disponía una callejuela en pendiente repleta de tiendas y de vendedores árabes que se lanzaban a los turistas como leones al acecho. Alzó la vista, arriba hacia el horizonte resaltaba la grandiosa cúpula de la basílica. Con las manos en los bolsillos siguió a Sirius subiendo por la pendiente mientras eran atacados por cientos de vendedores ambulantes. A todos les dijeron que no, pero aún así intentaron convencerlos de comprar algún souvenir para llevar de regalo.

—Recuérdame comprar uno de esos llaveros luminosos, ¡son tan monos! —dijo Sirius, Harry rodó los ojos en un gesto que el otro no notó por llevar puesto sus lentes oscuros.

—Le compras uno y te venden veinte—dijo Harry— recuerda que ahora tenemos que ahorrar para pagar por tu estupidez.

—¿Sigues con eso? —jadeó mientras subían— ¡Olvídalo por un segundo!

—Qué fácil es para ti decirlo—ironizó el otro.

Cuando finalmente terminaron de subir llegaron a una plazoleta repleta de gente. Música de violín y flauta acompañada por aplausos sonaban en torno a la multitud. Harry bufó y miró hacia arriba donde la basílica por fin se veía completa.

—No podremos pasar—se quejó viendo a la cantidad de gente que formaba un círculo, Sirius se rascó la barba.

Ambos miraron el camino que llevaba hacia unas largas escaleras donde había mucha gente sentada. Harry frunció el ceño, para llegar a ellas primero debía atravesar por la multitud y luego subir otro trecho con curvas.

—¡Intentémoslo! —gritó Harry por encima de la música. Sirius asintió.

Trataron de abrirse paso a empujones pero los turistas estaban demasiado ensimismados en algo que Harry no veía. Enojado le dio un empujón a un tipo que llevaba cruzado sobre su pecho muchos bolsos con diferentes tipos de cámaras fotográficas, éste lo miró con cara de pocos amigos y Harry improvisó su mejor sonrisa.

—Lo siento, me empujaron—dijo señalando hacia nadie en particular. El tipo gruñó y se hizo a un lado, Harry agradeció que lo hubiese entendido. Dio un paso hacia delante y miró el centro del círculo que montaban los turistas.

Se quedó un segundo contemplando la vestimenta de los músicos. Una mujer de cabello negro y rizado tocaba un violín, un muchacho con un pañuelo en la cabeza soplaba una flauta traversa, y un sujeto con una larga barba trenzada golpeaba una caja en la que estaba sentado.

Sus ojos se desviaron de ellos al centro del círculo donde una muchacha bailaba y daba saltos con una exquisita facilidad. Se quitó los lentes y se colocó los ópticos que llevaba colgando en el cuello de la camisa.

—¿Por qué te detu…?—Sirius se quedó a su lado observando lo mismo que él.

La muchacha daba unas piruetas dignas de los juegos olímpicos, parecía que ni siquiera tocaba el suelo cuando bailaba. Llevaba puesta una falda vaporosa con diferentes tipos de tela y un pañuelo brillante que agitaba por encima de su cabeza. Harry la miró detenidamente. Era pelirroja, tenía el cabello largo y estaba repleto de trenzas con plumas entrelazadas; las manos le tintineaban por la cantidad de pulseras y brazaletes al igual que el tobillo izquierdo, y si sus ojos no lo engañaban, por encima de la cintura, donde terminaba la blusa que amarraba con un nudo sobre el ombligo, tenía un tatuaje.

—Vámonos de aquí—apremió Sirius nervioso, Harry lo miró con curiosidad.

—Nunca había visto gitanos antes.

—Y por eso mismo debemos irnos—insistió, Harry frunció el ceño.

—¿Qué tienes con ellos?

—Si crees que la gente que nos conoce debería temer por nuestros negocios, un gitano es mucho peor.

—No creo que sea peor que tu amiguito de esta mañana—ironizó el otro fijándose en la mujer con el violín, sus manos estaban tanto o más abarrotadas de pulseras que las de la chica.

—Deja de decir idioteces, anda, subamos antes que cierren—dijo empujándolo, Harry gruñó al sentir la presión de su padrino. Pero no alcanzó a dar un paso al costado cuando un pañuelo le rodeó el cuello.

—Qué demo…

Un tirón y repentinamente se encontraba en medio del círculo de turistas. La gente gritó entusiasmada y Sirius se llevó una mano a la cabeza.

No alcanzó a comprender qué sucedía, frente a sus ojos una sarta de manchas y de colores se movían con tal rapidez que apenas podía distinguir a la gitana.

Cuando ella se detuvo frente a sus ojos le indicó sólo con gestos que se mantuviera quieto, y a vista de todo el mundo comenzó a usarlo como objeto para sus piruetas. Sintió su cara arder cuando lo abrazó por la espalda. Jamás le había gustado exponerse ante el público, menos de esa manera.

Intentó escabullirse pero ella lo retuvo. Sirius le hacía gestos desde la multitud para que saliera de ahí, aunque estaba seguro de que estaba gozando de lo lindo con el espectáculo. En algún momento incluso creyó verlo sacar una foto con el celular.

Finalmente, después de que hubiese sido utilizado a su antojo por la muchacha, ésta lo empujó contra Sirius y le sacó la lengua. Inmediatamente hizo una reverencia al público y tan rápido como terminó el baile, recogió las monedas y desapareció con todo su equipo de músicos.

Una mujer que estaba de espectadora lo felicitó por su actuación, Harry le sonrió a medias, sintiéndose un idiota mientras Sirius reía a su espalda.

—¡Al fin camino libre para subir!—exclamó éste abriendo los brazos señalando la pendiente, Harry se pasó una mano por la cabeza.

—Nunca más permitas que me acerque a una multitud, sea por la razón que sea—dijo, Sirius lanzó una carcajada.

—¡Hubieras visto tu cara! —rió metiendo la mano al bolsillo de su chaqueta—. Mira, ¿quieres ver la foto que te tomé?

Harry sintió que sus mejillas se ponían rojas y empujó el celular con una mano desviando la vista, pero la vergüenza aún no acababa. No había puesto un pie en el camino cuando un vendedor se le acercó con tanto cachivache que apenas logró distinguir los objetos.

—¡Compre, compre!—le insistió con un inglés muy mal modulado. Miró hacia delante, Sirius ya se había adelantado, ni siquiera podía contar con él para sacarse al sujeto de encima.

—No, ahora no—dijo cansado. Pero el tipo prácticamente le bloqueó el camino. Enojado entrecerró los ojos, ya había tenido bastantes desgracias en un día. Miró con rapidez los objetos y le indicó con el dedo un llavero con la fotografía de la basílica.

—Seis euros—dijo el vendedor. Harry abrió los ojos como platos.

—¡Seis euros por un llavero hecho en china! —exclamó.

—Bueno, lindo, lleve, lleve—insistió el tipo arrojándole la mercancía encima. Harry agitó las manos.

—Ya, ya, basta—suspiró, y se metió la mano al bolsillo para sacar la billetera. Se extrañó. Buscó en el otro y luego en los traseros, su rostro palideció.

—¡Mierda! —gritó, el vendedor dio un salto— ¡me robaron!


Notas:

Cada quien puede hacer las conjeturas que quiera. Pero creo que es bastante obvio.
Espero que les guste la historia de los gitanos, porque leerán mucho de ellos.

En cuanto a la descripción del camino hacia el Sacre Coeur: al inicio de la historia comenté que iba a narrar lugares según mi experiencia. Hace un año estuve en Paris y Londres, así que la mayoría de las descripciones que leerán en esta historia son lo más cercano a la realidad según mi percepción. Cualquier corrección o aporte son bienvenidos.

Bonus: Si van a Paris no pueden dejar de visitar la basílica, y de paso pasar por el Moulin Rouge que queda de camino.

Gracias por leer.
Anya.-