El Tren
—Aunque rogara a los santos que me liberase de tu misericordia sé que no me escucharían.
—Las bestias no tienen santos —observa ella cautelosa.
—Oh, sí los tenemos, pero no abren oídos a ruegos insulsos.
—¿Y qué osaste solicitarles? —susurra cuando el halito tibio rosa sus labios.
—Qué dejes de contemplarme con ternura. Yo no imploro piedad, ¿no ves mujer que soy pleno en mi desgracia?
El manto blanco de sus manos ante la luna se deslizan cautivas por el pelaje fino como terciopelo de estrellas. Sólo dos perlas brillantes existen ahora frente a sus propios orbes.
—Nunca he osado contemplarte con piedad, ¿son acaso mis ojos mentirosos que no revelan lo que el corazón esconde?
—Tal vez los santos son listos y el equivocado es vuestro servidor que contemplando tu alma confundió deseo con miseria.
Como estrellas fugases entonces se observaron y el pelaje ardió brillante como hoguera aquella Noche de San Juan.
…
Primera clase. Habían terminado en primera clase gracias a alguna jugarreta de Sirius con sus supuestos conocidos. No obstante algo le vibraba en la espina, la idea no le había parecido para nada encantadora aunque su padrino abusara de lo lindo con las sobrecargos que servían bebidas y comida gratis.
La gitana en cambio parecida una niña en una juguetería. El tren aún no salía de la estación y su expresión de embelesamiento con la maquina sólo tenía comparación con la de una cría.
Sonrió ante el pensamiento y luego agitó la cabeza para quitarse aquella idea absurda. En realidad se veía ridícula: arrodillada sobre el asiento de cuero y apoyada con ambas manos en la ventana.
Ya habían cerrado las puertas cuando se decidió a relajarse y a acomodarse en el respaldo de su butaca. Sus ojos se perdieron en el andén, contemplando a los pasajeros y turistas que aguardaban por su tren. Entonces lo vio, un pequeño destello detrás de uno de los pilares, parpadeó rápidamente antes de ajustar bien la vista y contemplar otra vez.
El corazón le palpitaba hasta el cerebro, no había nadie mirándolo detrás de ningún pilar.
—¿Y a ti qué diablos te ocurre? —quiso saber Sirius bebiendo agua gaseosa con limón.
Harry movió la cabeza.
—Nada —contestó tajante, Sirius alzó una ceja.
De reojo volvió a mirar, la maquina había comenzado a moverse pero su cabeza no se había relajado. Volvería a Londres, a su hogar, y aún así temía ser perseguido hasta los confines de la tierra.
Miró a la muchacha frente a él, no había aceptado nada para comer, se notaba nerviosa. Cuando logró sosegarse se acomodó en su asiento con las manos apretadas sobre las piernas y los hombros elevados. Sus ojos no le quitaban la vista a la mancha borrosa que comenzaba a aparecer detrás de la ventana. Harry achicó la mirada, cruzó una pierna, apoyó el codo en el brazo de la butaca y se cubrió la boca con los dedos. Esa muchacha era la carta bajo la manga, así, tímida, asustada, tal cual la veía, era la mejor imagen de dama que podían obtener de una chiquilla criada en la calle.
Tenían que llegar al Duque antes que se acabaran los treinta días, tenía que salvar su pellejo.
Un poco más lejos de donde se hallaban, la silueta elegante y altanera de Draco Malfoy se alejaba de la estación de tren. Se veía más pálido de lo habitual y su frente sudaba.
Cogió su celular deteniéndose en un pasillo desolado y se apoyó contra la pared. Inhaló profundamente antes de que contestaran del otro lado.
—¿Draco? —saludó curiosa la voz de un hombre, éste movió la cabeza asintiendo olvidando que no lo veía.
—Padre, te tengo noticias —masculló nervioso. Sacó un pañuelo de su bolsillo e intentó secarse la cara con él.
—¿Qué ocurre? —inquirió el otro con prepotencia—, no me vengas con alguna estupidez que no tengo tiempo de atender tus payasadas y…
—Está viva —gimió, del otro lado se hizo una pausa.
—¿Cómo dices? —preguntó el otro con incredulidad.
—La hija del Duque Weasley está viva, la que el jefe creía desaparecida…
Otra pausa más prolongada se escuchó del otro lado. Hubiera preferido que le hablara antes que tener que afrontar ese silencio maldito.
—¿Cómo lo sabes?
—La acabo de ver —susurró nervioso.
—¿Cómo es posible? —jadeó el otro—, ¿cómo puedes estar tan seguro de que es ella?
—Los estafadores acaban de tomar el tren a Londres con una pelirroja —explicó comiéndose una uña.
—¿Cómo dices? —Exclamó— ¿Los estafadores huyeron?
—¡Eso es lo que trato de explicar padre! —insistió Draco nervioso— ¿Por qué razón huirían rumbo a Londres con una pelirroja sino fuera para cobrar la recompensa?
—¡Eso tiene explicación idiota!, una actriz, por supuesto.
—¡Te estoy diciendo que era ella! No tiene el perfil de las otras, la vigilé muy de cerca cuando huía del compinche de Black —se mordió la uña con más fuerza—, se parece muchísimo a la fotografía de la mujer que tiene el jefe en la oficina.
Esta vez su padre se sorprendió.
—¿Estás seguro? —preguntó con un dejo de preocupación.
—Piénsalo, nadie sabía de su paradero, si es ella, la real, Black querrá cobrar la recompensa para saldar la deuda con nosotros. No es tan idiota como para contratar una actriz, ¡no tiene tiempo!
Del otro lado se escuchó un largo y tendido suspiro.
—Ven de inmediato, si lo que dices es cierto, el jefe lo deberá saber, ha buscado a esa mocosa por años.
—¿Cuál es el interés del jefe por esa chiquilla? —quiso saber, del otro lado la voz de su padre bajó varios tonos.
—Es la única descendiente de la familia que puede seguir con el linaje de su estirpe —explicó—. El hermano es estéril, por eso el jefe no lo cazó cuando tomó el lugar de su pa…
Un sonido gutural vibró al otro lado del auricular y Draco se estremeció. Incluso pudo percibir el temor de su padre quien sin preverlo se vio obligado a cortar la comunicación.
—¡Demonios! —exclamó aterrado.
Al otro lado de la ciudad, Lucius Malfoy, el líder de la Mafia francesa yacía de rodillas en el piso como un pobre animal asustado ante la sola presencia de su jefe, el supremo, la eminencia misma de los mafiosos en el mundo.
Con un arrastrado acento, antiguo, soberbio y cuya fonética mezclaba diversos idiomas llamó la atención de su asustado interlocutor.
—¿Es cierto lo que escuché?, ¿la mocosa vive?
Lucius se estremeció. Frente a él un par de ojos rojos inyectados en sangre, sobre una faz blanca como la cera y curtida con el tiempo, lo observaban fijamente esperando una respuesta.
—Eso…. Eso es lo que dice mi hijo, pero yo dudo que…
—¡Silencio!
La figura siniestra vestida con un largo abrigo negro caminó pisándole los dedos de las manos con sus zapatos de suela gruesa. Lucius contuvo el grito soportando a duras penas el dolor. El supremo se detuvo frente a una ventana y contempló el callejón a sus pies donde yacían cuerpos de drogadictos consumados por su vicio.
Cerró los ojos y respiró profundamente con su nariz deformada y sin tabique. Esperó un segundo y abrió los ojos.
—Si eso es cierto….
Lucius repentinamente se vio elevado del suelo siendo sostenido con fuerzas por las solapas de su elegante chaqueta.
—¡Idiota! ¿Cómo pudieron perderle el rastro a una zarrapastrosa como ella? ¿Cómo es posible que un estafador de quinta haya dado con su paradero? ¿CÓMO?
—Señor yo… yo… no tenía idea, Draco me acaba de infor…
—¡Y una mierda! —exclamó el otro soltando las solapas y arrojando a Lucius al suelo— ¡Tuvieron años para encontrarla y un imbécil cualquiera da con su paradero sin mover un solo dedo! ¡Ahora la mujerzuela va de regreso a encontrarse con el mocoso de su hermano! ¡¿CÓMO LO PUDIERON PERMITIR?!
—Señor, juro por lo más sagrado que nunca imaginé que…
—¡CALLA IMBÉCIL, CALLA! —explotó el otro con la ira reinando en sus ojos como fuego ardiente—, ahora todo depende de mí… hay que evitar que pise tierras inglesas.
Sin dirigirse al lastimado hombre en el suelo salió de aquella lúgubre oficina dando un portazo. Lucius se estremeció. Desconocía las razones del porqué del estado físico del hombre, tan maltratado y siniestro para ser humano, y por lo mismo sospechaba que sus intenciones con aquella muchacha no serían sensatas. Cualquier cosa podía suceder si venía planificado de las manos de Tom Riddle.
/
Ginny se movió incómoda en el sillón. Apenas llevaban una hora de viaje y tanto Sirius como Harry parecían inmersos en una aburrida lectura del periódico Inglés. Sin embargo a pesar de que ya habían avanzado bastante y a su alrededor a través de las ventanas no se distinguías más que paramos y valles extensos, la ansiedad y el aburrimiento habían comenzado a hacer mella en su cabeza.
¿Qué haría llegando a Londres?, ¿huiría?
Jamás pensó tener la suerte de encontrar a dos idiotas que la ayudaran a salir de país como tanto lo había deseado. Su madrina alguna vez le contó que su familia era inglesa y que a pesar del cruel pasado que ella ignoraba alguien seguía con vida esperando por su aparición.
Su corazón palpitaba desbocado concentrando su atención en lo que ocurriría una vez que pisara tierras inglesas. ¿A dónde acudiría?, ¿con quién hablaría? Porque sin dudas que tenía que quitarse a esos idiotas de encima.
Se retorció las puntas de una trenza improvisada y suspiró. No negaba que estuviera nerviosa hasta la médula y que el estómago se le estuviera revolviendo. Por alguna extraña coincidencia su historia coincidía demasiado con la que los sujetos habían contado del Duque. Pero aún así dudaba que fuera la muchacha perdida. Ella recordaba su propia historia, su madrina le había comentado en su lecho de muerte de dónde provenía y lo recordaba muy bien. Aquella era su carta bajo la manga, con ella podía entrar a Londres y buscar a su familia.
Suspiró contemplando el páramo vasto y lejano que a ratos se difuminaba como una mancha de colores verdes y grises, y cerró los ojos.
Recordaba a la mujer agonizante, cuando estaba a pocas horas de morir, y su corazón se apretó con angustia. Era solo una niña, pero para ella aquella mujer era su mundo, su templo, su protección. Verla en ese estado le partió el alma y no sólo eso sino que contaminó su infantil mentecilla con ideas crueles sobre la muerte, sin ser consciente realmente que aquella dulce dama ya había llegado a su cenit después de largos años de vida. Pero era demasiado pequeña para comprender que la muerte era la mejor amiga si llegaba en el momento adecuado, y más aún, a la edad adecuada, y es que su madrina había fallecido casi a los ochenta años producto de un problema pulmonar. Asimiló la idea muchos años después, cuando aprendió a ver la muerte de cerca en el momento menos indicado, como con Dean.
Volvió a suspirar y agitó la cabeza. No quería recordar aquellas imágenes brutales. Sus ojos se toparon con la mirada concentrada del chico de ojos verdes sobre alguna noticia que parecía particularmente interesante, y recordó el por qué estaba ahí, cometiendo aquella locura.
La imagen de su madrina pasó por su cabeza y sus palabras brotaron a su memoria como aquella vez, cuando gastó su último halito.
—Mi cielo, sé que eres muy pequeña para comprender todas las cosas que te voy a decir, pero me queda poco tiempo en este mundo —suspiró agotada en su lecho, una modesta cama de madera de un viejo hostal turístico—, sé que no será fácil, pero una gran amiga mía te va a proteger y cuidar hasta que crezcas.
—¡No me dejes madrina! —sollozó la niña de apenas cinco años— ¡no me quiero quedar solita!
—Nunca te dejaré sola mi niña —la toz seca impidió que siguiera hablando hasta reponerse y continuar con voz ronca—, la dama Muriel es una mujer encantadora y ella te ayudará a vivir en este mundo tan ruin junto con su gente.
La niña lloró con angustia.
—¡No, no, no! ¡Yo no quiero a nadie! ¡Sólo tú!
Con esfuerzo logró sentarse en la cama hasta secar las lágrimas de la niña e inhaló profundamente. Una larga mata de cabello canoso cubrió sus hombros huesudos y frágiles.
—Mi amor, mírame —suplicó la mujer elevando la carita redonda de la niña—, sé que eres demasiado pequeña para recordar cada una de mis palabras pero debes escuchar —susurró ahogada y volvió a toser—. A tu familia los persiguió un hombre muy malo por mucho tiempo y sólo pudimos salvarte a ti y a tu hermano —a la niña le brillaban los ojos, intentando comprender el concepto de "hombre malo" que aterraría a cualquier niño—, cuando crezcas debes ir a Londres, en Inglaterra, a buscarlo. Tus papás eran personas importantes y te mereces el lugar que ellos dejaron designado para ti.
—¡Pero yo quiero ir contigo! —insistió la niña, y la mujer suspiró dando por hecho que al crecer tal vez su buena amiga podría ayudar a orientar a la pequeña.
Ginny parpadeó en ese momento saliendo de su ensoñación. Sin dudas que habían matices de la historia contada por su madrina que coincidían con la explicada por los sujetos que estaban a su lado. Por aquella razón era que sus nervios afloraban a cada kilometro que avanzaba el tren. Mientras más se acercaba a Londres más crecía su temor a perder la meta de sus propósitos.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando a su mente acudió súbitamente la muerte de su madrina y el traspaso de tutela a la anciana que haría de su madre hasta los dieciocho años, cuando ésta también falleció. Frunció los labios a recordar a la desfachatada gitana Muriel, siempre alegre pero a la vez de un humor perverso. Siempre le reclamó sus tobillos delgados, razón por la cual tenía que ocultarlos bajo sendos brazaletes, y al ser pelirroja se vio obligada a cubrirse el cabello con pañuelos brillantes para no dejarse en evidencia antes quienes brotaban sangre árabe y africana por los poros.
Recordó sus clases de danza, la tortura de aprender el idioma romaní y el acoso por hombres mayores del clan que la solicitaban en matrimonio sólo por el hecho de poseer una tez más pálida.
Fue en un desaventurado encuentro que conoció a Dean, El Cuervo, le decían, la vez que fue atacada en plena madrugada en un callejón cuando se estaban trasladando de pie a Tolouse. El muchacho un poco mayor que ella la salvó de quién sabe qué desgracias y no tardó en convertirse en su protector.
Con un suspiro Ginny salió de sus recuerdos y apretó las piernas al sentir una fuerte punzada en su vejiga. Sirius alzó la vista y la miró de soslayo con una mueca socarrona.
—Si quieres ir al baño puedes hacerlo querida, está justo entre ambos vagones —indicó divertido al ver la incomodidad de la chiquilla. La pelirroja se giró con las mejillas sonrojadas.
—No, no es necesario… esperaré a que lleguemos —dijo mirando con odio la botella de soda que había pedido y que en esos instantes se encontraba vacía.
—Si quieres esperar está en tus manos —se burló Harry—, pero aún falta una hora para que lleguemos y otra para encontrar donde alojarnos. ¿Crees poder aguantar? —dijo socarrón, Ginny bufó y se levantó del asiento apresurada en dirección a la división entre su vagón y el siguiente.
Ante ella se encontraba una puerta de vidrio corrediza que no supo cómo accionar hasta que un pasajero amablemente —que iba saliendo del baño de hombres— la abrió por ella indicándole un botón para poder salir después.
Con un gesto de la cabeza Ginny entró al baño y se deshizo rápidamente de la incomodidad de su vejiga. Sin embargo apenas puso un pie fuera del habitáculo todo a su alrededor fue envuelto por una densa niebla que penetró por sus oídos y nariz. Su cuerpo se llenó de un estado placentero y lleno de paz, entonces una voz comenzó a llamarla y sintió que sus ojos se humedecían.
—Mi niña, ¿eres tú?
Ginny miró hacia todos lados y descubrió que la puerta de vidrio que separaba a los vagones estaba abierta y que extrañamente donde se suponían debían estar los dos sujetos que la habían subido al tren, no estaban sentados. De hecho, no había nadie al interior de todo el vagón. Pero tampoco le importó, esa voz la conocía y sintió que su pecho se hinchaba de júbilo.
—Mi niña, ¡estoy aquí!
—Ya voy —susurró desconociendo su propia voz. Avanzó por el vagón hasta encontrarse con otra puerta de vidrio, pero ésta se abrió sola dejándola cruzar al vagón siguiente.
—¡Apresúrate, estoy aquí!
Con una risita tonta dio otro paso más y sintió un extraño remezón en su cabello, como si se hubiese abierto una ventana y dejara pasar todo el aire que chocaba contra la maquina.
—¡Mi niña ya casi llegas! —exclamó la voz con dulzura —¡Ven, aquí mi amor, quiero ver cuánto has crecido!
Ginny volvió a sonreír mientras seguía avanzando vagón tras vagón. Hasta que finalmente distinguió una elegante silueta al final del pasillo. Una mujer esbelta, con el cabello amarrado en un rodete alto y vestida con un traje de dos piezas. Sus brazos estaban abiertos y su sonrisa era el consuelo que Ginny había perdido.
Derramó lágrimas al sentirse de nuevo como una niña pequeña y comenzó a correr sintiendo sus pies volar. Perdió el equilibrio varias veces pero no se dejó caer.
—¡Madrina, madrina! —gritó llorando. Entonces un grito la desconcertó y frente a ella la mujer se transformó en un ser horrible, oscuro y con ojos rojos y garras filosas.
—¡GINNY BÁJATE DE AHÍ! —exclamó la voz de un hombre cuyo miedo se acentuaba en cada sílaba— ¡Mierda!
Todo sucedió demasiado rápido la criatura se lanzó sobre ella y agarró su brazo mientras alguien más la jalaba por el otro.
—¡QUÉ MIERDA TE OCURRE! ¡DESPIERTA GINNY! ¡DESPIERTA!
La muchacha entonces parpadeó, la sombra frente a ella se agarró la cabeza desapareciendo ante sus ojos y ella se tambaleó aturdida.
—¿Cómo mierda llegaste hasta aquí? ¡Tenemos que bajar!
Ginny no comprendía, sólo entonces se percató que no estaba dentro del tren sino que… ¡en el techo!
La maquina la zarandeaba a ella y a su rescatista mientras desde abajo alguien gritaba por ayuda. Se giró asustada y vio que el chico de ojos verdes, Harry, la sujetaba con fuerza del brazo y la cintura para no caerse.
—¿En qué mierdas estabas pensando? ¡Si querías suicidarte podrías haber negado la oferta!
Ginny sintió que la fuerte ráfaga de aire que azotaba sus cabellos también humedecía sus ojos, aunque una vez consciente, la paz y felicidad que había sentido al ver a su madrina se había esfumado, dejando un vacío amargo y desolado.
—Mi madrina…—susurró angustiada, pero Harry no la escuchó.
Por el contrario, el muchacho estaba con los ojos fijos al frente donde se divisaba a lo lejos el túnel que metería al tren bajo el mar para cruzar el Canal de la Mancha con rumbo a Inglaterra.
—¡MIERDA! —exclamo sacudiendo a la muchacha— ¡Tenemos que bajar o nos estrellaremos contra el túnel!
Ginny no alcanzó a comprender hasta que siguió la mirada del muchacho donde se divisaba a lo lejos una extraña construcción donde se distinguía un túnel y después… el mar…
—¡Oh por Dios! —gritó aferrándose al cuello del muchacho. Pero la movida de la chiquilla les hizo perder estabilidad sobre el techo de la maquina y se tambalearon cayendo encima de la superficie caliente.
—¡HARRY! —Harry miro hacia un lado y vio a Sirius con un tipo de seguridad haciéndoles señas para ir hacia una portezuela dos vagones más atrás de dónde se encontraban— ¡HAY UNA PUERTA!
Con lo poco que lograba oír debido al ruido de la maquina y el viento en sus oídos intentó ponerse de pie con Ginny aún agarrada a su cuello mientras gritaba incoherencias sobre su madrina, y la empujó para acercarse a la portezuela. Se insultó mentalmente varias veces mientras arrastraba a la aturdida gitana del brazo, ¿cómo no se le había ocurrido antes?, ¿por qué tenía que haberla seguido saliendo por la ventana?
Intentado no caerse Harry le indicó que se agachara mientras ya alguien desde adentro les abría la puerta.
Y bajaron por ahí media hora antes que el tren llegara al túnel.
/
Harry tuvo que aguantar gritos e insultos por parte del personal, de los pasajeros y del mismo Sirius por no haber dado aviso sobre la situación de la muchacha que había salido por la ventana del baño subiéndose al techo. La chiquilla aún temblaba sin comprender la situación, pero Harry fue quién se llevó la peor parte. Por suerte Sirius era encantador y logró calmar los ánimos para evitar de cualquier manera que a causa del incidente los descubrieran como los estafadores furtivos que eran.
Lamentablemente para los tres quedó hecha una advertencia que luego tendrían que apelar frente a un juez en Londres. Nadie quedaba impune por aquella irresponsabilidad ante una máquina como tal en movimiento.
La gitana sollozaba en su asiento conteniendo a duras penas los espasmos de sus hombros mientras que Harry y Sirius aguardaban en silencio. Tendrían que averiguar cómo huir de la estación sin ser detenidos por seguridad.
—¿Cómo pudiste hacernos esto? —le espetó Harry en un momento conteniendo su ira—, ¿qué diablos te ocurre, estás loca?
La muchacha no contestó y se limitó a seguir sollozando. Sirius sin embargo arqueó una ceja reticente.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —Preguntó levemente irritado, Ginny lo miró de soslayo.
—Yo creí… creí que…
—¿Qué? —espetaron ambos, y la gitana dirigió sus ojos hacia sus manos.
—Que había oído a mi madrina, ella… me llamaba, creí… creí…—suspiró sonoramente y derramó gruesas lágrimas—, creí que estaba dentro del tren, yo… no sé como… como…
Ginny se desbarató en lágrimas estranguladas cubriéndose el rostro con las manos y a Sirius se le apretó el corazón mientras Harry giraba la cabeza hacia otro lado para no mirar.
La estúpida gitana los había metido en un buen lío. Si hacía una nota mental debía replantearse todas las cosas que habían pasado los últimos días desde que Sirius hubiese sido confrontado por la mafia. Sí, definitivamente su padrino era el causante de todos sus males, de lo contrario no estarían en aquella situación.
/
Tom Riddle se paseó de un lado a otro observando en el interior de una fuente de agua los hechos acontecidos y maldijo en silencio estrangulando sólo con la mirada a los insectos que circulaban a su alrededor.
Con un manotazo sobre el agua pútrida las imágenes desaparecieron y se agarró la cabeza con hastío.
—No vendí mi alma para ver vencer a los Weasley… Esa criatura debe morir —susurró, y a su lado siniestras sombras chillaron en la oscuridad, como si estuvieran de acuerdo con su monologo—, pero esos dos… esos dos deben salir de su camino.
Rió con malevolencia y a su alrededor se comenzó a urdir una densa niebla púrpura que espantó a los espectros mientras en su cuello brillaba tenebrosa una horrible gema roja.
Notas:
De verdad lamento muchísimo el retraso. Este fanfic dentro de su extensión no es tan largo (para lo que tengo planeado), así que me es difícil confesar las demoras.
Puede ser una falta de musa, a eso sumado que tengo otro fic en proceso y quiero terminarlos ambos. Pero por otro lado debo admitir que es culpa de un fic y de un libro que estoy leyendo que me he demorado en actualizar, es increíble cómo vuela el tiempo cuando algo que lees te gusta.
En fin, espero haber avanzado un poco con la historia. Poco a poco se asemeja algo a Anastasia. ¿Recuerdan la escena del barco?, bueno… es similar, pero no igual. Recuerden que sólo estoy tomando los contextos.
Ahora hay un conflicto más profundo, y no es sólo que Tom haya descubierto la existencia de Ginny, sino que además Harry y Sirius tienen problemas con la ley, pero esta vez se sabe, no como sus estafas.
Así que veremos pronto cómo se las arreglan.
En cuanto a por qué Harry no vio al espectro, espero que sea lógico, de lo contrario igual será explicado más adelante.
Quiero agradecer la gran cantidad de "Favoritos" que tengo, no sólo en la historia sino que también como autora. Me alegra saber que estoy escribiendo historias del gusto universal.
Por otro lado les recuerdo que pueden contactarme a través de twitter: (arroba)KathleenCobac.
Muchísimas gracias por su apoyo.
¡Nos vemos en el siguiente! ¡Y hagan presión! (Extrañamente trabajo mejo cuando se me exige jajaja)
¡Cariños a todos!
Kate.-
