Londres
—Debo agradecer por dulce tentación —susurra encantado al verla sacudir la capa, roja como la sangre, y cuya capucha cubre los rizos dorados delante de sus fauces.
—¿Cuál tentación? —pregunta girando su cuello por sobre su hombro. Aquellos orbes celes y brillantes, confundibles sólo con la luna le causan un escalofrío.
—Tus pasos de ninfa sobre el frío de mi templo —dice tentador hincando sus garras en el terciopelo blanco a sus pies.
—¿No gustas acompañarme? —pregunta con presunción alargando su brazo, los ojos negros brillan y el hocico hambriento babea.
—No soy buen bailarín —confiesa y ella sonríe iluminando el firmamento con sus perlas blancas.
—Yo tampoco, pero sé que podremos entendernos —susurra, y él, como bestia, jamás creyó estremecerse como hasta ese momento.
…
Harry retorcía sus manos mientras esperaba que los dejaran descender del tren. Estaban en Saint Pancras* y aún no podía creer que después de tantos años vagando por Paris soportando las estupideces de Sirius para sobrevivir, al fin estuviera en casa.
Su corazón latía desenfrenado mientras escuchaba a Sirius hablar con un oficial de policía para quitarse aquel "problemita" de encima —refiriéndose a la escapada de la gitana por el techo de la maquina en movimiento, quién por cierto estaba más pálida que una vela—, todo iba de mal en peor.
Se pasó una mano por la cara y notó que sudaba como enfermo. Sus ojos miraron con odio a la muchacha frente a él y que aún permanecía en silencio; no pudieron sacarle más que monosílabos mientras entraban al túnel. Toda la emoción que parecía emanar por cada poro se había evaporado una vez que tomó asiento en la butaca. Frunció el ceño, la chiquilla se veía concentrada en un punto muerto perdida en el horizonte, más allá de Sirius y del hombre uniformado.
—¿Vas a hablar de una vez? —le espetó, Ginny dio un salto y lo miró asustada.
—No tengo nada que decir —dijo tajante aunque el temblor de su voz delataba su miedo.
Harry achicó los ojos.
—Vas a tener que dar una muy buena explicación si quieres salir de ésta, ¿me puedes decir qué mierda hacías en el techo del tren? —exclamó con voz baja inclinándose hacia delante, ella se hundió más en la butaca esquivando sus ojos—, ¿y bien?, ¿te quedarás callada para siempre?
Ginny se estremeció y una pequeña lágrima osó asomarse por uno de sus ojos, pero ella se la secó con violencia.
—¿Qué quieres que te diga? —le gritó con el mismo volumen—, ¡no me creerías!
Harry suspiró y se apoyó en el respaldo de la butaca cruzándose de brazos y de piernas.
—Pruébame —la tentó. Ella lo miró con rabia.
—¡No me vas a creer! —insistió levantando la voz, a su lado los pasajeros voltearon a ver con miradas acusadoras, ninguno de ellos había olvidado la locura de la chiquilla.
—¡No grites! —le espetó Harry sonriendo a un hombre que viajaba con su esposa—, intenta calmarte y explícame ¡qué mierda sucedió!
La gitana suspiró y los oídos impresionados de Harry escucharon la historia más bizarra de su vida.
—…entonces ella desapareció cuando tu llegaste y se transformó en una cosa negra que me agarró por el brazo, y luego… desapareció. Te juro que no sé cómo llegué ahí arriba —se lamentó bajando la cabeza humillada, Harry tenía la boca abierta.
—¿Realmente esperas que me crea semejante estupidez? —reclamó, ella elevó la mirada con los ojos brillantes.
—¡Te dije que no me creerías!
—¡Creí que sería algo sensato! ¡El suicidio me habría sonado más realista!
Ginny lo fulminó con la mirada y sus manos sobre el regazo temblaron.
—¡Yo no miento! —dijo enojada apretando los dientes—, si no me crees es tú problema.
—Sí, es mi problema porque debido a tu causa es que ahora tenemos que dar la cara con la justicia —dijo nervioso. La muchacha suspiró y se puso de pie sorprendiéndolo—, ¿qué haces?
—Voy a hablar con el oficial —dijo con un suspiro—, soy yo la del problema no ustedes.
El estómago de Harry se contrajo, por su cabeza pasó rápido como una película la imagen de la muchacha entregándose a los oficiales y su encarcelamiento o deportación de regreso a Paris. Con terror imaginó como la esperanza de cobrar la recompensa para salvar su pellejo desparecía lentamente corroyéndole las entrañas.
Sin pensarlo la agarró por la muñeca sin mirarla, tenía la vista hacia al frente como si aún la película se proyectara delante de sus ojos.
—No vas a ir a ningún lado —dijo lentamente.
—¿Qué dem…? ¡Suéltame! —demandó forzando la mano, entonces Harry reaccionó y se puso de pie.
—Escucha niña tonta —dijo con rapidez—, no puedes ir a la policía o Sirius no podrá llevarte con tu hermano.
La chica parpadeó confundida, había olvidado que aquel viaje no era de placer.
—Creí que habíamos dejado claro que yo no soy la chica que buscan —susurró para no ser escuchada por los demás pasajeros que ya tenían permiso de descender del tren.
Harry agitó la cabeza.
—¡Sí lo eres! —dijo con tanta convicción que hasta él se lo creyó, ya veía su cabeza rodar por el suelo cuando le descubrieran su gran estafa. La muchacha permaneció reticente pero había tal determinación en la mirada de Harry que era fácil dudar.
—Suéltame, por favor…—le pidió Ginny con suavidad, él frunció el ceño.
—¿Irás a la policía? —le preguntó con tono amenazante, ella elevó su mirada con angustia.
—No —contestó tajante.
—Bien —se alivió Harry soltándole la muñeca—, porque Sirius nos sacará de ésta. No sé cómo, pero confiemos en que sabe lo que hace.
Ginny arqueó una ceja y se hizo a un lado para dejar pasar a un hombre con su maleta.
—¿Pero él no trabaja para el Duque? —preguntó vivaz—, los oficiales deberían dejarlo pasar, ¿no?
Harry se estremeció y la espalda se le congeló, ¿cómo había dicho?, ¡qué memoria la de la chiquilla!
—Es probable que intente algo por ahí —dijo lacónico—, no queremos hacer de esto una noticia amarillista —contestó intentando quitarse la curiosidad de la gitana de encima, ella arqueó una ceja y levantó los hombros.
—Si tú lo dices…—suspiró.
Harry respiró aliviado liberando todo el aire de sus pulmones. Por la ventana vio que el oficial reía de algo que Sirius comentaba; más alivio aún. Su padrino lo había conseguido.
Con un par de palmadas en la espalda el uniformado dejó pasar a Sirius para que subiera de regreso al tren. Harry aguardó a que entrara, y cuando asomó su cabeza sonriente supo que el problema estaba resuelto.
—Pueden bajar, niños —bromeó—, no hay "moros en la costa" —dijo riendo.
Harry agarró su bolso y mochila cargándolos al hombro, la gitana hizo lo propio con las bolsas que contenían aún su vestido.
Los tres descendieron al andén con una clara expresión de alivio en sus rostros. Harry no podía creerlo.
—¿Cómo lo hiciste? —le susurró, Sirius dibujó su típica sonrisa ladina.
—Querido ahijado, simplemente soy encantador, ¿dónde estaríamos si no fuera por aquel don maravilloso que la vida me dio? —se jactó con petulancia sin borrar la sonrisa—, soy buen manipulador, un par de mentirillas por aquí y por allá, y ¡puf!, tengo una nueva versión de los hechos que sólo puede ser comprada por un idiota o ignorante.
—Ese realmente debió de ser un imbécil grande, porque si no pudiste engañar a un Malfoy…—miró de soslayo a la gitana que se veía inmersa en sus propios pensamientos.
—Esas son las ligas mayores —dijo levantando los hombros—, no podremos haberlos engañado pero lo haremos con el Duque —dijo muy bajito—, y si ese es tan imbécil como la muchachita que traemos de carnada, ¡pan comido!, tendremos nuestro dinero en menos de una semana.
Harry sintió un angustioso ardor en su estómago. Recordaba la historia del Duque y la búsqueda por la supuesta heredera perdida. La noticia con el tiempo se transformó casi en una leyenda urbana para la nación de no ser porque el mismo Ronald Weasley continuaba buscando a su hermana, algo que reafirmaba la veracidad de los hechos.
—¿Estás seguro de lo que vamos a hacer? —preguntó sintiéndose levemente culpable. Sirius lo miró sin comprender.
—¿De qué hablas?
Harry volvió a mirar a la chica. Después de hacer el trámite de rigor para entrar al país finalmente caminaban por las conocidas y a la vez nostálgicas calles de Londres. La muchacha parecía ensimismada en el entorno, sus ojos se perdían en cada estructura y edificación antigua que se cruzaba en su camino. Un nuevo estremecimiento recorrió la espina del chico causándole un serio ardor en la boca del estómago.
—Hablo sobre lo que le vamos a hacer al Duque y a ella —dijo apuntando a Ginny que caminaba delante de ellos envuelta en su propio mundo, Sirius frunció el ceño—, quiero decir, el tipo lleva años sufriendo por su hermana y nosotros le vamos a llevar a una… impostora —dijo bajando más la voz—, para poder salvar nuestro pellejo. Y además la chica dice tener familia aquí, prometimos ayudarla y en lugar de eso vamos a convertirla en carnada y en secuaz a la vez, tal vez incluso termine encarcelada por nuestra culpa.
Sirius lo miró impávido un instante, casi como si estuviera en shock, y luego lanzó una risotada que llamó la atención de la muchacha. Harry hizo un gesto que le restaba importancia y ella siguió caminando levantando los hombros.
—¡Eres un idiota! —rió el otro haciendo como si se secara una lágrima—, ¿desde cuándo sientes pena por alguien?
Harry sintió que su rostro se calentaba.
—No siento pena por ellos —susurró seriamente sin dejar de caminar—, pero creo que nos estamos extralimitando.
—Sabía que en algún momento se te escaparía lo maricón —bromeó Sirius abrazándolo por los hombros con afecto pero sin dejar de burlarse. Harry se desquitó con cuidado.
—¿No lo entiendes, cierto? —espetó con más seriedad de la de costumbre—, Sirius, estamos jugando con fuego. Vamos a llevar una gitana que no tiene nada de realeza a un tipo que es el mismísimo Duque de Lancaster, un sujeto que ha buscado a su hermana por años luego de que asesinaran a su familia, ¿tienes idea de lo que eso significa?
—¡Claro! —se entusiasmó el otro— ¡Mucho dinero!
Harry lo empujó con el hombro.
—Imbécil…—masculló— vamos a jugar con los sentimientos de un pobre idiota que cree poder encontrar a su hermana algún día, y por si fuera poco estamos convenciendo a esta chica de ser esa mujer, cuando ella tiene sus propios planes.
Sirius frunció el ceño y levantó una ceja.
—Piensa por el lado positivo, sea o no sea ella la hermanita perdida del pobre diablo, de algún modo le haremos creer que sí es, él estará feliz de haberla encontrado y ella creerá a su vez que se reencontró con su familia, sea o no sea así —explicó resueltamente con una sonrisa que indicaba el plan trazado en su cabeza—, todos terminan felices y nosotros con un gran botín que salvará nuestras vidas y nos mantendrá en el futuro.
Harry miró al suelo en un intento de evadir las palabras de su padrino. Quería dejar de sentir aquella culpabilidad. Saber que estaba haciendo algo errado jamás le había afectado tanto como hasta ese minuto, y sabía que una de sus razones se debía a que ni siquiera él mismo había podido conocer a sus padres. No le gustaba la idea de engañar a alguien que deseaba encontrar a su familia, pero dentro de las opciones también existía ser masacrado por la mafia, y entre salvar su pellejo o el de los otros, uno de los dos ganaba por mayoría. Lamentablemente en ese momento su cabeza estaba dividida en dos y no podía pensar con claridad, y no quería ser atormentado por su conciencia en aquel momento tan inoportuno.
—Está bien —aceptó finalmente con falsa resignación—, y ahora que estamos aquí, ¿qué haremos?
Sirius miró fijamente a la chiquilla que se había detenido a admirar a un sujeto que dibujaba en la acera con tintes multicolores. Había tal admiración en su expresión que no pudo evitar dibujar una sonrisa.
—Es una cría —rió Sirius y sus ojos se desviaron a Harry que sostenía la misma sonrisa—, ¡ey! —llamó—, se te está cayendo la baba.
Nuevamente sintió que su rostro ardía y sacudió encabronado la cabeza. Sirius siempre se aprovechaba de sus momentos de debilidad para burlarse de él cuando sabía que no obtendría respuestas rápidas para defenderse.
—¿Quieres dejar de molestar? —espetó irritado—, ¿qué haremos ahora? —repitió para cambiar el tema, Sirius curvó su sonrisa.
—Hay que educarla antes de llevarla al mocito con aires de nobleza —contestó jocoso—, habrá que iniciar por lo básico.
—¿Y qué implica, según tú?, Sirius, vas a educar a una gitana criada en la calle para hacerse pasar por una dama de alta sociedad, ¿cómo pretendes hacerlo si con suerte tú tienes modales? No sabes nada de nobleza y mucho menos de los Weasley, ¿me puedes decir qué harás para que parezca la hermana?
Súbitamente los ojos de Sirius se oscurecieron y su tono se torno sorprendentemente serio.
—Podré ser un ignorante en muchas cosas pero si hay algo que sé, es sobre los Weasley —dijo lentamente observando a la chiquilla que mantenía algún tipo de conversación con el dibujante.
—¿Cómo? —quiso saber Harry intrigado, Sirius le sonrió paternalmente.
—Sólo confía, ¿sí?
El hombre se adelantó un par de pasos y se acercó a la chica tocándole el hombro.
—Tenemos que seguir querida —le dejó una moneda al dibujante y empujó a la chica a través de la gente que paseaba por los alrededores.
—Era fantástico —dijo asombrada—, ¿se dieron cuenta que de lejos parecía realmente un agujero en el piso?
—Sus dibujos son famosos en Londres —contó Harry—, son tridimensionales*, es un artista conocido mundialmente.
Ella se volteó con los ojos muy abiertos.
—¿Y trabaja en la calle aún siendo conocido en el mundo? —parecía decepcionada—, ¿quién entiende a la sociedad?, artistas como él viven de limosnas mientras que otros simplemente van a una oficina a calentar el asiento y arman una fortuna sin mover un dedo.
—Técnicamente sí lo hacen —dijo Sirius sonriendo, ella lo miró— lo usan con el mouse del computador.
Harry soltó una risa divertida y Ginny rodó los ojos riendo también. Para cuando avanzaron un par de cuadras los tres ya habían reducido sus diferencias personales.
—Es fantástico —dijo ella observando el entorno fascinada a cada paso que daban, Sirius asintió.
—Es nuestra tierra —dijo abrazando nuevamente a Harry por los hombros—, ¿lo extrañabas?
—No entiendo por qué no volvimos antes —asintió, y luego bajó la voz—, si no hubieras estafado a medio Paris podríamos haber vuelto a casa hace tiempo.
—¿Y dónde viven? —quiso saber la muchacha interrumpiendo la conversación íntima de los otros dos—, ¿en algún lado pasaremos la noche, no? —agregó al ver la expresión de desconcierto de los hombres, Harry intercambió una mirada interrogante con su padrino.
—Sí Sírius, ¿dónde vamos a pasar la noche? —Inquirió alzando una ceja, el otro no se inmutó.
—En nuestra casa, por supuesto —dijo sacando unas llaves del bolsillo interior de su chaqueta. Harry parpadeó con una mezcla de sorpresa y confusión.
—¿Hablas en serio? —susurró pasmado, Sirius asintió completamente seguro.
—¿Habías pensado en otra opción? —preguntó lacónico, Harry desvió la mirada hacia la gente que caminaba tranquilamente a su alrededor.
—A decir verdad… —masculló—, no esperaba que anduvieras con las llaves del departamento guardadas en el bolsillo de tu chaqueta todo este tiempo.
—Casa es casa, ahijado —explicó con seriedad—, no importa donde vayamos nuestro hogar siempre estará en Londres.
Harry se estremeció y le sonrió a la chica con los labios apretados.
—Iremos a nuestro departamento —le contó—, está en el centro. No es muy grande, pero es nuestro —agregó, sintiendo como las palabras de Sirius lo calaban hasta los huesos.
—No me preocupa —dijo ella con suavidad, provocando en ambos hombres una inesperada sensación de cobijo—, toda mi vida he vagado de un lugar a otro en carretas y autos viejos. He dormido en la calle y en campamentos. Sin embargo cuando estoy con mi gente, aunque sea debajo de un puente, lo siento como mi hogar. Pero no negaré que dormir en una cama y bajo un techo suena agradable.
Harry volvió a mirar a Sirius con su gesto más obvio de "la estamos cagando", pero su padrino parecía inmerso en un mundo aparte, donde los carteles luminosos daban la bienvenida a Picadilly Circus.
—Bienvenido a casa Black —se dijo a sí mismo con una tremenda sonrisa de dientes blancos y perfectos.
—Es mucho mejor que en fotografías —dijo Ginny asombrada avanzando hacia delante con los ojos pegados al cielo—, ¡es espectacular!
—Bien, no es lo único que te deslumbrará querida —dijo Sirius caminando por un costado con el pecho hinchado, donde las tiendas y la gente se agolpaban para salir del metro.
Fueron apenas un par de cuadras, cuando, caminando a través de unas callejuelas pequeñas llegaron a un edificio cuya entrada principal comprendía de tres escalones y un enrejado negro.
El corazón de Harry palpitaba con fuerza, hacía años que no vivía ahí, pero sabía que Hagrid, uno de los mejores amigos de su padre y Sirius, lo había cuidado bien en su larga, larga ausencia.
Sirius sacó la llave del bolsillo de su chaqueta y los tres ingresaron al lobby gris y algo avejentado. Harry respiró profundamente sintiendo el aroma de limpiador para pisos y se acercó a un viejo ascensor que se abría con una reja.
Apenas cabían los tres pero se las arreglaron para entrar. Para cuando llegaron tercer nivel Harry hurgó el pasillo asomando la cabeza. El piso era de baldosa gris y un par de ventanales viejos decoraban la pared. La vista desde ese ángulo no era la mejor, pero aún así la nostalgia de estar en el edificio que por tantos años fue su hogar lo invadió de pies a cabeza. Recordaba que tenía sólo diez años cuando tuvieron que abandonar Glasgow — donde se encontraba la casa de sus padres— por culpa del poco dinero que obtenía Sirius para mantenerla. Razón por la que finalmente se dedicaron a lo que trabajaban actualmente. Siempre soñó con conseguir la cantidad necesaria para poder recuperar esa casa, pero ya sabía que era un sueño imposible.
Sirius avanzó por el desolado y triste pasillo hasta llegar a la puerta con un escueto número dieciséis. La llave hizo clic y con la adrenalina al máximo Harry se vio sobrecogido por su departamento, pero más lo estaba la muchacha.
—¿Aquí es dónde viven?
Si bien en apariencia la fachada del edificio era remilgoso y así también los mismos interiores, el departamento de los dos hombres era la prueba verídica del dicho "no juzgues un libro por su portada".
Las paredes tenían ese tenue color amarillo atardecer, los muebles eran de madera y las ventanas estaban reformadas. Cortinas de algodón en tonos cremas cubrían cada marco, y los pocos sillones que tenían conformaban una modesta sala de estar en tonos rojizos.
Las lámparas eran modestas, y sobre un espacio que prometía ser el comedor colgaba vagamente una ampolleta. Sin embargo aquellos detalles sólo significaban que el departamento estaba siendo remodelado poco a poco, y aún así se veía completamente limpio y acogedor.
Sirius lanzó sus bolsos al suelo y se arrojó sobre uno de los sillones estirando los pies sobre una pequeña mesa de centro con superficie de madera.
—Hay que admitirlo ahijado, Hagrid hizo un excelente trabajo —dijo husmeando el aire con la nariz—, ¡hasta olor a limpio tiene!
—Definitivamente se merece un aplauso —dijo Harry con los ojos brillantes luego de contemplar su propia casa—, trajo todos los muebles de mi madre.
La gitana los observó moviendo su cabeza de un lado a otro.
—¿Quién es Hagrid? —quiso saber, Harry abrió las cortinas y sonrió al descubrir una pequeña plaza que sólo su departamento tenía la dicha de poseer como vista.
—Un amigo de la familia —dijo, no quería dar explicaciones—, cuidó del departamento mientras estuvimos en Paris.
—Pues hizo un gran trabajo —observó la gitana deslumbrada.
—Sí que lo hizo —admitió Sirius poniéndose de pie— bien, hay que comenzar a trabajar —se acercó a la gitana y le sonrió con parsimonia—. Querida como habrás observado el departamento no es muy grande, así que deberás compartir la recamara con Harry.
—¿QUÉ? —saltaron los dos.
—Ni muerto duermo con ella en el mismo espacio, ¡no en mi habitación! —se defendió azorado, sin embargo la chica, sonrojada hasta las orejas, avanzó hasta uno de los sillones y se sentó.
—Yo puedo dormir aquí —dijo apresurada—, ya saben, estoy acostumbrada a pasar la noche en la calle, un sillón es casi tan lujoso como una cama.
Sirius se pasó una mano por la barba rasposa de varios días y agarró a Harry por el hombro.
—¿Pero cómo se te ocurre, niña? —exclamó sobreactuando—, no podemos dejar que la heredera del Duque de Lancaster duerma en un sillón, Harry lo hará.
—¿Qué? —exclamó Harry ofendido— ¡No me vengas con pelotudeses Black!
—No entiendo —interrumpió entonces la muchacha—, ¿por qué no vamos directamente donde el Duque?, si trabajan para él debería recibirme.
Harry y Sirius se miraron sudando frío. El mayor carraspeó.
—Verás querida, hay muchas cosas que debemos hacer antes de ir ante el Duque —dijo con rapidez—, primero debemos prepararte.
—¿Cómo dices? —preguntó ofendida.
—El Duque no te aceptará si hablas y vistes como gitana —dijo Harry abruptamente—, él querrá saber que eres su hermana.
—¡Pero no lo soy!
—¡Eso no lo sabemos! —insistió Sirius—, eres una huérfana criada por gitanos y como respaldo personal del Duque y a petición personal del mismo debemos preparar a quién creamos que sea su hermana.
La gitana se cruzó de brazos arqueando una ceja.
—Les digo que yo no soy —dijo levemente insegura—, que no recuerde nada de mi pasado no significa que sea la heredera.
—Yo estoy seguro que sí —dijo Sirius con misterio— y por lo mismo sorprenderemos a tu hermano cuando te vea.
La muchacha repentinamente cambió su expresión. Harry sabía que la labia de Sirius le haría cuestionarse si era o no era realmente la hermana perdida del Duque, y si todo salía bien probablemente lograrían convencerla. Sin embargo encontrarse en su casa nuevamente lo ablandó al punto de sentir que estaban siendo demasiado crueles con la chiquilla.
Pero luego recordaba que su pellejo tenía precio y le arrebataba cualquier asomo de debilidad.
—Duerme tú en mi recamara, yo me quedaré aquí —dijo depositando sus bolsos sobre uno de los sillones más largos.
—¿Estás seguro? —dijo ella alzando una ceja.
—No hagas que me arrepienta —amenazó con el dedo—, pero sí. Puedes dormir en mi cama, ¡sólo hasta que arreglemos el tema del espacio!
La chica sonrió con amabilidad y movió la cabeza con cordialidad.
—Muchísimas gracias.
Sirius frunció el ceño, una idea fugaz pasó por su mente al recordar a la esposa rechoncha del Duque muchos años atrás, cuando ella agradecía con aquel gesto tan propio de ella. Agitó la cabeza para quitarse la idea, debía enfocarse en otras cosas.
—Bien, ya que resolvimos el problema nos iremos a dormir, que mañana madrugaremos —dijo juntando las manos—, hay que comenzar con las clases.
Harry frunció los labios y la chica el ceño.
—¿De qué hablas? —quiso saber su ahijado, Sirius rodó los ojos.
—Hay que comenzar a educar a esta chica sobre su familia —dijo señalándola de pies a cabeza—, así que hay partir por lo básico: lecciones de danza.
A Ginny le brillaron los ojos mientras Harry hacía muecas de asco y de incertidumbre notorias.
—Tú no sabes bailar —masculló, pero Sirius lo acalló con la mirada.
—Eso es porque no me conoces, querido ahijado —susurró con misterio al pasar por su lado para tomar la mano de la chiquilla—, ¿estás dispuesta?
—Si me hablas de danza, ¡claro que sí!
La sonrisa de Sirius se amplió mientras Harry observaba intrigado a su padrino hacer gestos demasiado meticulosos con la muchacha. Algo extraño sucedía con él y no le gustaba nada, y eso que conocía sus artimañas.
Notas:
Parece que no demoré más de una semana. Espero que les haya gustado el capítulo.
Poco a poco se comenzarán a dar cuenta de uno que otro detalle de las cosas que guarda esta historia, así como habrán notado que algo ocurre con Sirius.
Había dicho que en este capítulo habría un acercamiento entre Harry y Ginny, pero por causas del argumento lo dejaré para el siguiente.
¡Gracias por sus lindos comentarios y por leerme! Prometo ponerme al día con ellos y responderlos uno por uno. Pero si con suerte tengo tiempo de escribir, menos tengo de responder.
Y en cuanto a los dibujos tridimensionales: hay un artista llamado Kurt Wenner. Es un tipo muy conocido, un verdadero artista que hace que los dibujos realizados en el suelo parezcan reales.
Saben que pueden enterarse de cada detalle y novedad a través de Twitter.
¡Saludos a todos!
Kate.-
