Ojos Azules
Bella y radiante deslumbra, todo tiembla con su simple presencia. De lejos oír el viento silbar y de cerca al león rugir. La bestia acecha, el frío cuela pero el fuego arde.
Sólo los Dioses saben lo que ha de pensar aunque los santos conocen su secreto. Legitima belleza pero esclava compañía. Se puede engañar al monje pero no a la monja, y si bien el hábito que la cubre esconde sus dones, nada es más pagano que verla retorcerse cual marioneta entre las sombras, suelta, lacia, reveladora.
Es cuando la oscuridad avanza y los sueños tiemblan, cuando la verdad contrasta las fantasías y el terror acecha como lumbre sobre el oro de los tontos.
…
Harry dejó a Sirius derrumbarse sobre el sillón donde pocos minutos antes había estado sentado con la gitana. Sintió su piel arder y la columna engrifarse. ¿Qué había estado a punto de hacer?, ¿se había vuelto loco? Sacudió la cabeza intentando quitarse de la nariz el aroma a canela, aunque ya no sabía si se había impregnado en su piel o simplemente su mente le jugaba una mala pasada memorizando aquella condenada fragancia.
Recostó a su padrino en la posición más incómoda que le dio su fuerza y luego lo cubrió con una manta vieja. El tipo roncaba como tractor, así que Harry de inmediato sospechó que a la mañana siguiente debería enfrentar una resaca de aquellas.
Se pasó ambas manos por la cara y suspiró profundamente. Estaba cansado. Observó a su alrededor, la sala seguía desordenada, con los muebles revueltos y la mesa de centro arrimada a un rincón. Los sucesos del día lo tenían agotado y sorpresivamente su mano presentaba una gran mejoría después que ella la cubriera con el ungüento. Movió los dedos y sintió un leve ardor, pero nada que le impidiera poder utilizarla prontamente. Se dejó caer en el suelo y apoyó la cabeza en las piernas torcidas de Sirius. ¿Dónde se había ido a meter su padrino?, probablemente después del error garrafal cometido por su bocota, existían altas probabilidades que se hubiera dado a la fuga para escapar de la mafia, ya que al no lograr poder hablar con la chiquilla salió corriendo por la puerta. Debía admitir que le sorprendía verlo ahí, creyó que nunca volvería.
Acumulando energía, apoyó las manos en el suelo para darse impulso y fue directo hasta la habitación de Sirius. Si el muy idiota pretendía que lo fuera a dejar acostado en su cama estaba muy equivocado. Después de todo él ya había pasado la primera noche durmiendo en el sillón, se merecía dormir en la cama de alguien más.
…
Con el corazón aún emitiendo latidos por todo su cuerpo, Ginny se recostó sobre la cama sin remover la colcha. Todo su organismo enviaba señales en diversas direcciones, siendo una de ellas los horribles retorcijones de estómago que no la dejaban dormir. ¿Cómo había llegado a ese estado?, sus labios estaban secos y la sola idea de recordar la situación de la que estuvo punto de ser protagonista le colocaba los cabellos de punta.
Clavó la nariz sobre la cama enterrando su cabeza como un intento bruto de no escuchar sus pensamientos, sin embargo el aroma a perfume varonil invadió sus fosas nasales y se vio obligada a dar un salto violento y despegar la cabeza de la colcha perfumada.
Se la agarró con ambas manos cerrando los ojos fuertemente. En su situación todo había dejado de ser normal. Le pesaba el cuerpo, cada fibra, cada músculo, cada hueso, y sin embargo se estaba arrepintiendo de volver a dormir en esa cama cuyo dueño se encontraba probablemente atendiendo el bulto que tenía por padrino. Sacudió la cabeza eliminando ideas y ensoñaciones vagas que la llevaban a pensar qué hubiese sucedido si Sirius Black no hubiera llegado en ese justo momento. Conocía esa sensación, la había vivido y odiaba la idea de volverla a sentir. El cosquilleo abdominal, las corrientes eléctricas en la espalda baja, las piernas de gelatina. ¡Por Dios! No era una adolescente, pero tenía todos los síntomas.
Al otro lado de la ventana el cielo nocturno no tenía estrellas y una luna menguante cubierta por una nube abatía todas sus esperanzas. ¿Podía ser más penoso? Había huido de Paris con la idea de recomenzar una nueva vida y de seguir los pasos de su madrina, esa mujer encantadora que hizo el papel de madre hasta que cumplió cinco años. Sabía que su familia vivía en Londres pero no tenía ninguna pista de ellos. Escapar con los dos hombres que decían trabajar para el Duque parecía una buena oportunidad para dejar atrás la vida callejera y embarcarse en la búsqueda de su propia familia. Pero ambos estaban tan seguros de su linaje que no podía dejar de pensar en que tal vez tenían razón, ¿y si ella era una Duquesa?, ¿y si esos dos realmente tenían razón y ella era quien decían que era? Cada vez que lo pensaba se le ponía la piel de gallina. Tantos años viviendo de la calle para de repente verse transformada en una dama de la alta sociedad, simplemente parecía descabellado, y de hecho lo creía. Pero esos dos se veían tan convencidos, que realmente se estaba esmerando por creerlo. Incluso estaba haciendo caso a las enseñanzas que Sirius tenía para ella. Jamás había bailado el vals y aprenderlo significaba un gran cambio en su estructura rígida de gitana. Era una plebeya y ellos la estaban convirtiendo en una dama. Una mujer que debía aprender andar en tacones cuando siempre había usado sandalias, y a hacerse moños cuando jamás había soltado sus trenzas, símbolos de posicionamiento dentro de su clan.
Apoyada en el alfeizar observando la luna desvanecerse tras las nubes cerró sus ojos. No pretendía volver a la cama, quería creer que no sabía el motivo cuando en realidad era plenamente consciente de ello. Pero aún sentada al borde de ésta con la cabeza acurrucada entre sus brazos Morfeo atacó, y si bien la posición no era la más cómoda, lentamente fue cayendo en un profundo sueño.
…
Frente al espejo observó su cuerpo ataviado con aquel elegante smoking negro que le quedaba corto en las extremidades producto de la transformación. Los años era lo que menos le había pasado la cuenta, la maldición era lo que lo había cambiado tanto. Su rostro pálido, su nariz hundida, su boca ausente de labios, y su cabeza calva. Sí, era un monstruo. Nada quedaba ya del apuesto joven que solía ser, ése que fue recibido por aquella noble familia cuando niño, ése cuya avaricia lo terminó transformando en un asesino. Ése que al no poder obtener lo que quería se vio tentado a vender su propia alma a cambio de los poderes oscuros necesarios para sacar del poder al hombre que le había dado cobijo.
Sus intenciones nunca fueron buenas, provenía de una familia mugrienta de madre prostituta y de padre desconocido. Ser recibido por una de las grandes familias de Reino Unido significaba un nuevo comienzo, hasta que el hombre falleció y entregó su título a un monigote que de noble no poseía ni un cabello. El título que le correspondía por derecho fue usurpado, hasta quedar como un simple asesor. Pero no se dejó abatir, el odio creció en él como fuego al rojo vivo y su inteligencia se vio alimentada por aquella sed de venganza. Era brillante y lo seguía siendo, al llegar a la adultez su agudeza lo llevó a plantear estrategias económicas que no solamente dejaron bien al Duque frente a la cámara de comercio, sino que además le brindaron un lugar preciado al lado del mismo. Sin embargo lo que más deseaba seguía siendo imposible, heredar el título estaba lejos de su horizonte, simplemente porque no era uno de sus hijos.
Aún recordaba cómo había planeado con cuidado cada conversación con China para traer material radiactivo a Inglaterra, un detalle no menor que lo habría dejado en lo alto del pedestal, pero el Duque descubrió sus planes. Todo acabó como una mala novela cuando el mismísimo hombre que le había brindado su respeto finalmente lo echaba de su morada tratándolo de terrorista. Eso terminó con su prominente carrera, pero no con sus ambiciones.
Con una sonrisa ladeada movió su mano por encima del espejo e instantáneamente se desvaneció su reflejo transformándose en la nítida imagen de una nevada campiña inglesa.
Frente a sus ojos apareció un joven apuesto vestido con una larga gabardina negra que aguardaba fuera de una hermosa casona con un cigarrillo en los labios.
La puerta principal se abrió y por ella apareció una hermosa jovencita de tez oscura y abundante cabello rizado de color negro. Encima llevaba un chaquetón blanco y usaba botas de taco alto, una bufanda de cachemira roja cubría su cuello y un par de orejeras rosas escondían sus orejas. La primera vez que la vio se sintió fascinado y obnubilado ante su presencia. Era la hija del dueño del banco, y le encantaba ser el centro de atención al ser visto junto a ella.
—Mathilda —saludó sonriente apagando el cigarrillo en la nieve. Se acercó a ella y rosó con sus labios la mejilla cálida, ella rió con suavidad y tomó sus manos.
—Creí que ya no vendrías, es algo tarde —le dijo a modo de regaño, él sonrió mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos provocándole un suspiro.
—Disculpa, ya sabes que el Duque me necesita —susurró jugando con uno de sus rizos—, pronto todos estos retrasos rendirán sus frutos.
Ella se movió de un lado a otro con coquetería.
—Sabes que no me interesan los títulos, te quiero tal cual eres, me preocupa más tu salud, estás trabajando demasiado, ¿qué esperas de ese hombre?, ¿no crees que ya te ha dado suficiente?
Sus ojos azules se oscurecieron y soltó las manos de ella sorprendiéndola.
—Ya lo hemos hablado —suspiró con un leve dejo de hastío—, no quiero ser un asistente toda la vida, el hombre tiene herederos y yo no puedo esperar a ocupar un lugar en la línea de sucesión. Lo único que queda es ganarme un lugar a su lado, si no puedo heredar el título puedo construirlo —agregó con ansiedad volviendo a tomar sus manos—confía en mí querida, dame un tiempo y te juro que si todo sale bien, pronto obtendré un título y serás la prometida de un conde.
Sus ojos brillaban, sentía la humedad en ellos, la ansiedad lo carcomía por dentro, sin embargo ella repentinamente se vio reticente y su expresión se contorsionó en una clara mueca de decepción.
—¿Aún sigues con eso? —preguntó preocupada—, ya te dije que con lo que ganas como asistente del Duque y lo que heredaré de mi padre cuando nos casemos será suficiente para vivir cómodamente, ¿qué más quieres?
Al verse al otro lado del espejo recordó aquella expresión gélida y petulante que en aquel momento le lanzó a su novia. La muchacha pareció arrepentida de inmediato de sus palabras y retrocedió un paso al sentirse atacada.
—No quiero ser un asistente para siempre Mathilda, no nací para servir a nadie, nací para la grandeza, bien lo sabes —masculló irritado, la mujer frunció el ceño con disgusto.
—No me gusta que hables así, ningún trabajo es indigno, por el contrario. Bien me parece que hayas comenzado como un asistente porque te enseña humildad, a ver el mundo desde una perspectiva diferente, pero al parecer a ti simplemente te llena de odio.
Al oírla apretó los labios en una línea recta intentando apaciguar la rabia que afloraba en él. Frente al espejo miró la escena y sintió la yema de sus dedos arder, ¡qué ganas había tenido de estampar su mano en aquellas bellas facciones cinceladas! Pero recordó que se contuvo, y eso mismo hizo su visión del pasado.
—No lo comprendes —masculló— tú naciste en una cuna de oro, siempre lo tuviste todo. Yo fui el allegado de un noble que luego heredó su título a un sujeto que recién se graduaba de la universidad. Lo único que me dejó el viejo de mierda fue una posición como aprendiz al lado de un idiota que no tardó nada en llenar la casa de críos —espetó dejando la furia emerger, a ella le temblaron los labios—. ¡Después de todos estos años merezco algo de crédito! No esperé toda mi vida por alguna recompensa en vano. ¡Conozco a la perfección cómo funciona el sistema! Hace solo una semana terminé un proyecto que el imbécil de Weasley presentó a la cámara de comercio, ¡el bobalicón recibió aplausos! ¿Pero de quién es el crédito? ¡Mío! ¡Todo el puto crédito es mío! Y al hijo de puta no se le ocurre nada mejor que ofrecerme una cena mientras él se pudre en el dinero que le pagan por no hacer nada, ¡nada!, ¿me escuchas?, ¿acaso no lo entiendes?
La desesperación lo llevó a agarrar a la mujer por los codos, era mucho más alto pero aún así la obligó a sostenerle la mirada, una mirada que ella devolvió cargada de pánico y desconcierto.
Observando las imágenes ninguna expresión cambió en su rostro plano. Era curioso cómo sus sentimientos se habían congelado, nada sentía al verla retorcerse entre sus brazos. Sin embargo una acides muy suave penetró por sus entrañas. La había amado y no sentía vergüenza de admitirlo, alguna vez había sido ese hombre y había estado a punto de transformarse en el yerno de un famoso banquero. Sin embargo la sed de poder era más fuerte, más intensa que todo ese amor que alguna vez profesó por aquella mujer. La única que había amado, la única que lo amó.
Las imágenes apenas se difuminaron cuando ella comenzó a quejarse muerta de miedo.
—¿Qué sucede contigo Tom?, ¿por qué hablas así? ¿Qué reacción es esta? ¡Por Dios suéltame, me estás lastimando!
—No lo entiendes, no quieres ver lo que yo veo, creí que estábamos juntos en esto —dijo desesperado aún sosteniéndola por los codos, la zamarreó levemente y ella se tensó.
—¡Suéltame! —lloró—¡Mi Dios voy a gritar! ¡Sabes que mis padres están dentro de la casa!
—¡Grita entonces, grita traidora! —dijo soltándola con furia. Un dejo de amargura se propagó por su boca cuando se observó a sí mismo con los ojos acuosos—, ¡tengo planes, grandes planes para los dos! ¡Pero no lo quieres compartir conmigo!
—¿De qué rayos hablas? ¡Sabes que todos nuestros planes son en conjunto! ¡Tenemos un futuro planeado! —lloró asustada, él agitó la cabeza y esta vez la tomó con suavidad por los hombros.
—Tengo un plan, un gran plan —dijo apresurado— hay una tecnología radioactiva que está en alza en China, solo debo convencer al idiota del Duque que firme el permiso para poder traerla a Reino Unido, una sola firma y puedo tener al gobierno en mis manos, y lo mejor es que nadie sabrá que fui yo, le echarán la culpa al imbécil por haber firmado los papeles y yo podré quedarme con las ganancias de la exportación.
La mujer se soltó asustada y retrocedió varios pasos cubriéndose la boca con las manos. La nieve había comenzado a caer provocando un halo fantasmal alrededor del hombre que creía amar.
—¿Qué ocurre contigo? ¿A eso viniste? ¿A decirme estas atrocidades? ¡Te desconozco Tom!
—¿Qué me ocurre?, no he cambiado en lo absoluto querida —dijo con acides—. Sigo siendo el mismo, si tú no quisiste ver lo obvio por tu obnubilación ante este espécimen no es problema mío —dijo burlón señalándose con petulancia, ella derramó un par de lágrimas que rodaron por sus mejillas hasta perderse en la bufanda.
Al otro lado del reflejo, observando la escena, se vio tentado a cerrar los ojos, pero a cambio estiró el brazo como si quisiera tocar las lágrimas. ¿Qué ocurría con él?, Había vendido su alma a cambio de eliminar cualquier rastro de humanidad para llevar sus propósitos a cabo y sin consecuencias emocionales, pero viéndola en ese momento aquel dolor lacerante en su corazón comenzó a quemarlo.
—¡Vete! —gritó ella con rabia— ¡Sal de mi vista!
Repentinamente el joven del reflejo pareció choqueado y al parpadear un par de veces descubrió lo qué había hecho, y dicho.
—No, Mathilda —balbuceó estirando el brazo, tal cual como lo tenía su "yo" del presente al otro lado del espejo—, no sé qué ocurrió conmigo, yo…
—¡Lárgate! ¡Eres un monstruo! —gritó llorando aterrada— ¡Si quieres jugar sucio con aquella dulce familia, hazlo! ¡Pero no me metas a mí en ese futuro horrible que planeas porque no quiero ser parte de él!
No lo soportó. Simplemente dejó que la mano se deslizara por el espejo hasta desvanecer la imagen donde él mismo caía arrodillado sobre la nieve, con la vista perdida y sus bellos ojos azules tornándose rojos.
Al volver el vidrio a reflejar su propia imagen, se descubrió a si mismo ataviado aún con el smoking, arrodillado sobre el suelo de madera podrida. Tras él se reflejaba el entorno de esa casucha vieja que prefirió por encima de las comodidades que alguna vez pudo tener. Se despreció a sí mismo al descubrirse convertido en aquel monstruo inmortal que creyó que algún día sería poderoso. Era cierto, tenía poder, pero mientras no cayera toda la familia Weasley como lo había prometido, las fuerzas del mal no le concederían el honor de transformarlo en Duque.
Se miró fijamente, aún de rodillas podía visualizar sus brazos largos de manos y dedos huesudos. No tenía ningún encanto, era pálido como un fantasma, su cabeza era calva y con forma de huevo, su boca no tenía labios, su nariz estaba transformada en una rajadura y sus ojos no poseían párpados ni cejas que los cubrieran.
No se quitó los ojos de encima. Se puso de pie con lentitud, metió la mano por el cuello de la camisa y sacó una cadena de plata con una pequeña esfera de cristal en cuyo interior brillaba una neblina mohosa. Su vida.
Lo poco que quedaba de ella después de haberla utilizado para mezclarse entre la gente y conseguir sus propósitos.
Recordó a la chica de rojo en su visión y la piel se le erizó, tal cual como cuando estaba con Mathilda. Tenía planes para esa muchacha, tal vez podría saldar su deuda y volver a recuperar su vida si la tenía cerca.
Sonrió de costado, malicioso, y aferró la esfera en su mano derecha.
—Necesito un mes —ordenó, y la niebla se escapó de la esfera envolviéndolo por completo.
Cuando se disipó el vapor, el traje que portaba calzó a la perfección. Los brazos largos habían desaparecido, así como todo rastro que lo tildara de monstruo. Ahora frente al espejo, un hombre apuesto, alto y elegante, con dos brillantes ojos azules devolvía una sonrisa seductora.
…
El salón aparecía ante sus ojos destellando elegancia y riqueza por donde se mirase. Los invitados la observaban de reojo y sonrisas encantadoras escapaban de los labios de las mujeres que la rodeaban. Giró con suavidad para contemplar su entorno, grandes y carísimos tapices cubrían las paredes, los ventanales llegaban hasta el techo y eran bordeados por gruesas cortinas de terciopelo, detrás se hallaban amplios balcones repletos de mesitas. El suelo brillaba a sus pies y sobre su cabeza colgaban sendas lámparas de lágrimas. Miró hacia el frente justo cuando se disipaba la multitud y un espejo de pie aparecía delante de sus ojos. Sorprendida se llevó una mano a la boca al auto descubrirse vestida con ese mismo vestido rojo, largo y elegante. Su cabello estaba completamente peinado hacia el costado izquierdo con ondas gruesas y amplias. Siguiendo sus propios movimientos en el reflejo bajó la mano de la boca a su garganta para tocar un collar de diamantes con una gran piedra azul con forma de lágrima. Se sorprendió a sentirla fría y real contra su piel. Se giró asustada intentando descubrir lo que ocurría pero no había nadie conocido a quién preguntar.
Sintió que el aire le faltaba y su corazón se aceleró, ¿no había estado durmiendo?, ¿qué hacía ahí entonces? Se pellizco los brazos y sorpresivamente ¡le dolió! ¿Cómo podía ser eso posible?, no lo sentía real, ¡nada de eso era real!
—¿Está bien Mi Lady? —le preguntó un hombre de elegante barba y cabellos grises, ella apenas pudo abrir la boca, la sentía seca y la lengua dura.
—Yo… no…
—Seguramente debe sentirse abrumada por tanta atención
No quiso responder, simplemente se limitó a sonreír de manera automática. Hizo una absurda inclinación de cabeza, como si le debiera respeto al caballero que tenía en frente, y levantó los hombros.
─Es falta de costumbre…─susurró sobrecogida, el hombre sonrió con afecto.
─Es normal, seguramente no estaba acostumbrada a tanto lujo ─le dijo, ella apretó los labios sintiéndose levemente insultada. No, no estaba acostumbrada al lujo, pero su vida no era peor que la que llevaba como Duquesa, después de todo era la dignidad lo que hacía que un estilo de vida fuese llevadero, y su vida como gitana había estado repleta de aventuras, altos y bajos de los cuales jamás se arrepentiría.
─Me disculpa ─dijo sosteniendo una sonrisa estrecha─, voy a saludar a los invitados.
Sin esperar una respuesta y con la rabia hirviendo en todo su cuerpo se dio media vuelta y comenzó a caminar entre los invitados con prisa. ¿De dónde había sacado tanta palabra bonita? Se preguntaba. Jamás fue una chica de vocabulario amplio y sin embargo ahí estaba, defendiendo su pasado como leona con las palabras más elegantes que se le ocurrieron para enviar a ese viejo a la mierda.
Mientras avanzaba sus ojos se encargaron de buscar, no sabía a quién ─en realidad sí lo sabía─, pero prefería negar sus emociones hasta hallar algún rostro conocido y amigable con quien poder conversar. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo, ¿por qué repentinamente había dejado de ser quien era?
Metida en sus propias cavilaciones no se dio cuenta cuando chocó contra el pecho de alguien. Sin poder evitarlo tropezó hacia atrás en el momento exacto en que el desconocido la agarraba por el brazo para evitar su caída.
─Debe andar con más cuidado y ver donde pisa ─dijo una voz amable y risueña.
─Disculpe, no lo vi…─contestó nerviosa. Elevó la mirada para conocer a la víctima de su torpeza y algo parecido al pánico se apoderó de ella.
─¿Está bien? ─preguntó el hombre, pero a ella se le había secado la boca y trabado la lengua. Necesitaba gritar, pero no sabía por qué.
Sobre su cabeza, rebasándola por varios centímetros, un hombre de edad mediana, cabello negro y brillantes ojos azules le sonreía con encanto. No supo en qué momento sus piernas flaquearon y el desconocido la agarró, esta vez por la cintura, cuando se desvaneció nuevamente.
─Parece que no está muy bien, ¿no desea que llame a un médico?
Ella negó con la cabeza sin poder aún pronunciar palabra al verlo tan de cerca. El sujeto era apuesto, bastante de hecho, y por el contacto con su pecho sabía que podía estar en buen estado físico.
─No, estoy bien, solo un poco distraída ─murmuró anonadada. Sentía esa extraña sensación en su estómago que la jalaba hacia abajo induciéndole pánico, pero al mismo tiempo, unas revoltosas mariposas jugaban un poco más arriba produciéndole aquel agradable cosquilleo que la hacían querer mantenerse cerca de él.
─¿Es demasiado, no? ─dijo él ayudándola a estabilizarse. Ella movió ambiguamente la cabeza─. Me refiero al baile que organizaron en su nombre, debe sentirse incomodada, ¿me equivoco?
Le costó trabajo apartar la mirada de su sonrisa. Tenía los dientes más blancos y perfectos que hubiese visto. ¿Cómo podía ser posible que un hombre como él fuera real?
─Algo así ─dijo nerviosa sintiendo sus mejillas arder. Aunque le costó apartar sus ojos del extraño, en ese preciso momento deseaba que alguien la sacara de aquel apuro, tenía un terrible presentimiento.
─¿Busca a alguien? ─preguntó ligeramente ofendido, ella se estremeció con el siseo serpenteante con el que pronunció aquellas palabras.
─Sí ─dijo nerviosa─, pero no los veo.
─¿Gusta que la acompañe? ─preguntó cortésmente, su espina dorsal se erizó─, me convidaron a esta fiesta en representación de mi difunta familia y la verdad es que no conozco a nadie.
Ella contempló como los ojos azules se llenaban de nostalgia y el pánico comenzó a desaparecer. Tal vez estaba siendo paranoica, y a decir verdad, tampoco ella encontraba a las personas que creía andar buscando.
─Claro, ¿por qué no?
El sonrió con encanto y ella suspiró aguantando la respiración.
─Si me permite un cumplido, creo que no fueron lo suficientemente justos cuando describieron su belleza ─dijo ofreciéndole el brazo derecho, a ella se le desbarató el corazón─. Es decir, es mucho más hermosa de cómo me la describieron.
Sonrojada hasta las orejas ella simplemente tomó el brazo avergonzada.
─Muchas gracias…─dijo dejando las palabras en el aire.
─Tom ─agregó él─ Tom Gaunt.
Sudada y con el corazón en la mano, la gitana se despertó sobresaltada sobre el alfeizar de la ventana y con las piernas dormidas. Se palmo los brazos y la cara completamente inconsciente de su propio cuerpo. Miró a su alrededor, pero todo estaba a oscuras y solo el sonido de los vehículos provenientes de la calle la devolvieron a la realidad. Recordó dónde estaba: en un departamento de solteros, durmiendo en la habitación de un muchacho que decía trabajar para el Duque de Lancaster. Se repitió la idea varias veces en su cabeza hasta adaptarse completamente a la realidad. Aquel hombre, Tom Gaunt parecía tan real, su propio vestido, la gente con la que intercambió miradas, el salón, las lámparas, los tapices, ¡todo había sido tan real!
Se levantó con torpeza intentando devolverle la vida a sus piernas y trastabilló hasta el baño saliendo al pasillo desolado, el único signo de vida eran los ronquidos de un hombre borracho en medio de la sala.
Se encerró y se lavó la cara hasta que le dolieron las mejillas. ¿Qué ocurría con ella? Su reflejo le devolvía la imagen de una muchacha cansada, ojerosa, con la piel blanca cubierta de pecas y el cabello rojo tan enmarañado que servía como nido de hurones.
En su sueño quedó el glamour y la belleza que el hombre había descrito, y se rió de sí misma. Era una tonta, ¿quién en su sano juicio se fijaría en una callejera como ella y la tildaría de duquesa? Se contempló fijamente y odió la luz que filtraban las ampolletas del baño, una luz blanca y pálida que sólo acentuaba sus contornos morados productos del cansancio y su clavícula huesuda.
Se tocó los hombros y separó el cuello de la camisa para mirar hacia dentro. Ni pechos decentes tenía. Demasiado tiempo bailando y poco comiendo la habían dotado de un cuerpo ágil y grácil pero sin musculatura. Era un alfiler, nadie se fijaría en ella como mujer aunque se vistiera como una reina. Tenía demasiados espacios que rellenar y colores que acentuar.
Agitó la cabeza y salió del baño dejando el reflejo atrás. Caminó lentamente hacia la habitación y cerró la puerta a su espalda, se apoyó en ella y miró hacia la ventana. El horizonte se teñía de naranjo, el amanecer estaba por llegar. Pero con mil preguntas en la cabeza ella aún no comprendía, ¿cómo comenzaría el día después de semejante sueño?
La respuesta era tan obvia y simple que se odió a sí misma por pensarlo, porque implicaba hacer lo que los dos hombres dentro de ese departamento querían. Pero tenía que admitirlo, sueño o no, le había gustado ser la Duquesa. Y haría lo posible por transformarse en esa mujer.
…
Conmocionado, volvió a la realidad después de aquel primer contacto. Sabía que la había desorientado y probablemente había introducido una idea en su subconsciente. La avaricia siempre comenzaba a germinar desde lo más hondo de los sentimientos hasta finalmente transformarse en deseo. La muchacha terminaría queriendo ser parte del mundo que él, como Tom Gaunt, le había ofrecido sin necesidad de comentarlo.
Se odió un instante y sintió asco de sí mismo por el sólo hecho de haber usado el nombre de su madre, pero si quería llegar al Duque y acabarlo desde adentro, primero tenía que llegar a ella, y como Riddle ya tenía un pasado escrito que probablemente todo Reino Unido conocería.
Poco a poco las cosas iban tomando forma de un modo que jamás imaginó. No necesitaba matar al Duque, ya desde un principio no podría conceder herederos y por ende la corona buscaría el mejor reemplazo a su puesto. ¿Y qué mejor que llegar a ella, obnubilarla, encantara y enamorarla?, si llegaba a ser el nuevo Duque de la mano de esa muchachita podría saldar la deuda con la Oscuridad, y de hacerlo su premio no solamente sería volver a vivir de esa juventud que perdió por avaro, sino que además se llevaría un bello y tentador premio a la cama.
Sólo necesitaba consolidar sus planes, y ya que había atacado a la muchacha desde lo más profundo de sus pensamientos, ahora su imagen se transformaría en ese ser deseable hasta volverla loca de amor. Sólo necesitaba encontrar el lugar y momento oportuno para hacer su aparición.
…
Harry se levantó esa mañana con un vago presentimiento. Hacía años que no sentía nada que tuviera relación con aquella densa sensación de vacío. Le costó ponerse de pie, el cuerpo le pesaba y los brazos le dolían. Después de haber acostado a Sirius con mucho esfuerzo sobre el sofá de la sala se dispuso a ir a dormir, pero en cambio se quedó mirando el techo de la habitación de su padrino en plena oscuridad mientras analizaba la situación vívida la última noche.
Cuando logró consolidar el sueño miles de imágenes relacionadas con un baile y un vestido rojo atacaron su mente sin dejarlo descansar. Pero lo que más invadió su cabeza fueron esos ojos azules y fríos con los que hacía años no soñaba.
Su cuerpo estaba tenso y todo en él esa mañana irradiaba temor y conflicto. La última vez que soñó con esos ojos fue cuando tenía diez años, y siempre iba ligado con la muerte de sus padres, aún sin explicación. Pero ahora esos ojos volvían, cargados de determinación y acompañados siempre de una figura ataviada con un vestido rojo.
Sacudió la cabeza, no podía permitirse pensar en semejantes ideas. Sus pensamientos estaban siguiendo una línea peligrosa, e iban completamente ligados a los últimos acontecimientos.
Todo había cambiado por ella, todo en algún punto lo llevaba a ella, y eso lo desesperaba.
Sin querer pensar más se levantó con toda intención de airearse y poder pensar en otra cosa, pero nunca creyó que sus deseos se cumplirían tan literalmente. Si ya el día anterior había sido extraño gracias a las absurdas ideas de Sirius por las clases de baile, verlo esa mañana de pie bebiendo agua de una jarra como condenado, y vestido con una chaqueta de viaje lo descolocó.
—¿Buenos días? —aventuró, Sirius levantó la mirada, dos bolsas oscuras asomaban bajo sus ojos. Terminó de beber el agua de la jarra y se pasó un brazo por la boca.
—Condenado Whiskey—se quejó—, no debería ser legal su existencia.
—Le predicas a la iglesia —masculló Harry sentándose en el sofá deformado por la silueta de su padrino—, creí que no despertarías hasta mañana.
—No puedo darme semejante lujo, —carraspeó—, ¿dónde está la mocosa?, ¿ya nos denunció? —se alarmó intentando huir— ¡Tenemos que salir de aquí!
Antes que Sirius diera un solo paso Harry lo agarró por la chaqueta—entendiendo finalmente por qué la usaba— y lo detuvo antes que pudiera tropezarse por el repentino tirón.
—No se fue —dijo con calma—, estaba bastante afectaba y pensaba irse con tu maleta, te gustará saber que parecía estar bastante decepcionada. Yo creo que había comenzado a creerte, así que la convencí y le dije que estaba enojado por el incidente del baile —se miró la mano vendada y curiosamente cicatrizada—, me creyó y desistió de irse. Después de eso llegaste, ebrio como una cuba y te abalanzaste sobre el sofá.
Sirius parpadeó y abrió mucho los ojos como si quisiera enfocarlo. Se quedó en silencio un instante y asustando un poco a Harry comenzó a reír como lunático.
—¡Hay alguien que me quiere en este condenado mundo! —exclamó alzando las manos al cielo— ¡Gracias Chuck Norris*!
Harry alzó una ceja y dio un paso atrás, su padrino no dejaba de reír.
—Sí, sí… como digas —dijo empujándolo hacia el sofá— te traeré otra jarra con agua —balbuceó.
Su padrino seguía sin dejar de reír, algo que probablemente llamó la atención de la gitana quien apareció súbitamente en el umbral del pasillo. Harry intercambió una mirada con ella que de inmediato la hizo a un lado fijándola en su padrino.
—¿Está todo bien? —quiso saber. Sirius al verla se levantó del sofá dando grandes zancadas hasta alcanzar a la muchacha y abrazarla con fuerza apretándole los brazos, Harry no pudo evitar notar los círculos morados debajo de sus ojos castaños.
—Sirius se levantó algo animado—masculló apretando los labios, la muchacha movió la cabeza incómoda mientras el hombre la balanceaba de un lado a otro como si fuera una muñeca de trapo.
—Eso veo —dijo sin aire—, me bajas, ¿por favor?
—Sí, sí, cómo no —dijo el hombre con euforia dejando a la chica sobre el suelo—, es que realmente creí que te habías ido.
Ella no respondió, levantó los hombros y movió la cabeza mirando hacia el mesón de la pequeña cocina en una esquina. Harry que se encontraba llenando la jarra con agua la miró, súbitamente ambos se sonrojaron y desviaron la vista del otro.
—¿Deseas algo para desayunar? —se animó Sirius, Ginny dudó un momento, como si estuviera distraída, finalmente asintió con la cabeza— ¡Genial!, ¿te gustan los panqueques?
—Tú no cocinas —dijo Harry arqueando una ceja—la última vez casi quemas la casa —dijo recordando un incidente pasado, pero su padrino simplemente lo hizo a un lado cuando llegó a la pequeña cocina y se dispuso a buscar sartenes y uno que otro ingrediente en los estantes.
—Hay muchas cosas de mí que no sabes ahijado —dijo curiosamente serio. Harry mantuvo la ceja alzada, realmente parecía que desconocía al hombre con el que se había criado. Súbitamente comenzó a manipular los sartenes y los ingredientes como si fuera un chef profesional.
Nuevamente intentó intercambiar miradas con la chica, pero ésta parecía estar en otro mundo, interesada especialmente en un aburrido cuadro de manchas.
—Espero que tengas hambre —dijo Sirius interrumpiendo a ambos jóvenes inmersos en sus propios pensamientos—, porque después de desayunar hay muchas cosas que debes recordar sobre tu familia.
La chica asintió mecánicamente, pero Harry, que nuevamente se sorprendió con Sirius cuando dio vuelta en el aire un panqueque con profesionalismo, supo que había algo en aquel hombre que decía ser su única familia, que no conocía del todo, y no sabía si temer u olvidar lo que estaba pensando.
Notas:
Más temprano que tarde, ¡pude traer un capítulo nuevo!
Me entretuve un montón escribiéndolo, sobre todo lo relacionado con la vida de Voldemort. Poco a poco irán comprendiendo qué sucedió en su pasado. Ahora tiene un nuevo blanco en la mira y su plan de acabar con el duque va directamente relacionado con su hermana.
Y para los fanáticos de Harry y Ginny, les prometo que desde el próximo capítulo las cosas entre estos dos serán más directas.
*En cuanto a lo de Chuck Norris, bueno, a modo de chiste, para muchos es catalogado como un "Dios" (por ser un actor inmortal que las hace todas) y siempre lo he encontrado divertido cuando lo comparan, (a veces sucede lo mismo con Morgan Freeman). Encontré que viniendo de Sirius era más sensato que rogarle a un "Dios" como tal.
Por otro lado les comento que estoy trabajando en un blog donde irán publicados todos mis fanfics y una novela original en la que estoy trabajando la cual publicaré online para compartirla con todos ustedes. Espero dentro de poco tener novedades.
Gracias por leer.
Kate.-
