Disculpas y notas al final del capítulo. Si olvidaron algo, el resumen de la historia lo pueden leer en el capítulo 13.


Nunca te Fíes de un Ladrón

Caíste demasiado fácil bajo la frescura de la carne.

Callad que no os he pedido vuestra opinión.

Aceptad bestia, que el fin ha llegado y salida no tenéis, rendiros a mi rifle y no tendréis que sufrir por la pérdida de quién nunca fue vuestra.

¡Dejad de llamarme bestia, que vos sois el que me quiere asesinar!

Sólo cumplo con la cadena del más fuerte y vos, ya habéis caído demasiado bajo para volver a subir.

No soy débil, no me rendiré a tu furia.

Entonces esperaré, porque sólo bastan algunas horas para que vuestro corazón comience a derrochar dolor, entonces, suplicaréis porque te mate.

Le dolía todo el cuerpo. Extraño para quien suele despertar en camas ajenas. Pero la respuesta era simple, o estaba fuera de práctica o la gitana lo había noqueado.

Sonrió como idiota y extendió un brazo en busca de su compañera, sin embargo solo encontró las sábanas vacías. Frunció el ceño sin abrir los ojos, el cansancio y el entumecimiento de sus extremidades le impedían recobrar las energías suficientes para abrirlos o simplemente impulsarse para sentarse en la cama.

Poco a poco se comenzó a desperezar y con un inquietante esfuerzo logró sentarse sobre el colchón. Curiosamente el cansancio era puramente físico porque la adrenalina y las energías activadoras habían comenzado a funcionar como nunca. Se llevó una mano a la cara y rió como idiota, las cortinas estaban abiertas y los tibios rayos del sol iluminaban el cuarto. Dudaba que las criadas hubieran entrado a abrirlas, así que con simples detalles descubrió que alguien más se había levantado temprano con la curiosidad picando para saber cómo había amanecido.

Sus ojos se acostumbraron a la luz y enfocó las imágenes con dificultad y algo de dolor por el brillo luminoso de la habitación. A los pies de la cama había una muda de ropa ordenada —la suya—, y notó que en la pequeña mesa que habitaba en el centro de la habitación aguardaba una hoja de papel doblada.
Se levantó lanzando las colchas hacia el otro extremo y sintió la corriente mañanera atravesar cada zona de su cuerpo. Volvió a sonreír como idiota, había quedado tan exhausto que ni siquiera se había vestido. Recogió sus pantalones y mientras se los colocaba avanzó por la habitación hacia la mesa a buscar el papel.

Se rascó la nuca y bostezó profundamente, sus ojos recorrieron las dos breves líneas escritas y sus labios se ampliaron hacia los costados. Las palabras eran una combinación de manuscrita muy junta con algunas letras en imprenta en diversos tamaños y formas, su solo nombre tenía tres mayúsculas.
Se imaginó que vivir en la calle no le había ayudado mucho a su formación en escritura, aunque extrañamente, aquella mezcla de letras decía mucho más de la muchacha de lo que creía, incluso se leía elegante:

"Espero que hayas dormido bien. Estoy desayunando en el comedor, apresúrate, hoy iremos a comprar ropa para la Ópera. Ginny"

Guardó la carta en el bolsillo del pantalón y se giró hacia el baño. Una ducha era lo que necesitaba antes de ir al encuentro con la gitana.

Aunque creyó que era más tarde, se sorprendió al descubrir en su reloj que eran las ocho de la mañana. Cuando bajó a desayunar el aroma a pan tostado y delicias dulces inundó su nariz haciendo a su estómago gruñir. No se había dado cuenta del hambre que tenía.

—Buenos días saludó —todos lo miraron y saludaron con rapidez.

Sirius, Remus, Hermione y Ginny reían de algo que él desconocía. Cuando lo vieron llegar automáticamente todos le sonrieron y se preguntó si sabían algo que él no. Su cabeza procesó demasiado rápido como para hacerse la idea que Ginny les había contado lo que había sucedido, pero de inmediato lo descartó cuando la vio sonreír de una manera diferente, como si compartieran un secreto—¡y qué secreto! —.

Su estómago se retorció y una sacudida en su espalda le obligó a sentarse con rapidez para no quedar en evidencia con sus acciones corporales. Ella soltó una risita cuando lo notó, pero curiosamente solamente él lo podía notar, ni Sirius ni Remus, que eran hombres, se habían girado a verla, no se habían dado cuenta de la corriente eléctrica que existía entre ambos.

—Buenos días Harry —lo saludó Hermione— ¿dormiste bien?

Harry apenas había comenzado a llenar su taza de café cuando un espasmo asaltó sus brazos y derramó agua hirviendo fuera de la taza.

—Sí, sí… rayos, lo siento —dijo secando con una servilleta de genero el derrame sobre el mantel, pero Hermione le agarró la mano.

—Descuida, es solo agua —dijo con amabilidad restándole importancia—. ¿He dicho algo impropio?

De inmediato sintió que sus mejillas se calentaban, mientras que al otro extremo de la mesa Ginny ocultaba su risa bajo la mano intentando inútilmente mantener a raya el espasmo de sus hombros.

—No, creo que aún no despierto de todo. Mis movimientos motores son algo brutos en la mañana—dijo con una sonrisa ridícula, o al menos así lo sintió. Sus ojos se cruzaron con Sirius y tuvo la mala suerte de notar su ceja alzada como preguntando "¿desde cuándo te sucede eso Potter?"

—Ah, qué bien, creí que te había molestado —dijo Hermione con ternura, Harry parpadeó un par de veces. No conocía a todas las mujeres y ciertamente desconocía el tacto maternal de algunas. Si ella sospechaba algo, tenía la extraña sensación de que no abriría la boca. Le empezaba a caer bien la mujer del Duque.

—¿De qué estaban riendo cuando llegué? —se aventuró a preguntar, Remus se limpió la boca con una servilleta.

—Estaba contando nuestras aventuras de juventud con tu padrino —dijo sirviéndose una tostada—, anoche rememoramos gran parte de ellas.

—Agradécele al Cognac—atajó Sirius—, sin ese amigo en la mano ningún recuerdo vale la pena.

Harry agachó la cabeza sintiendo que sus orejas se ponían rojas. No tenía por qué, no tenían cómo saber lo que había ocurrido en su habitación, sin embargo cualquier mención sobre la noche anterior le alteraba los nervios.

—¿Y qué vamos a hacer hoy? —dijo fingiendo estupidez crónica, Ginny rodó los ojos sin dejar de sonreír. Por un segundo sus miradas se cruzaron y se vio tentado a saltar sobre la mesa para besarla.

—Vamos a ir al centro, conozco una modista muy buena, Madame Malkin. Iremos de compras para que Ginny se pueda encontrar con Ronald en la Ópera de Paris.

—¿Tenemos que ir todos? —se quejó Sirius, Hermione frunció el ceño—, Remus puede prestarme un traje.

A su lado el hombre soltó una carcajada.

—Ni en sueños Black, no creas que he olvidado que me debes un traje nuevo después que quemaras el que te presté en la boda de James, ¡y de eso ya son veinticuatro años!.

—¿Quemaste un traje? —preguntaron Harry y las dos mujeres al mismo tiempo, Sirius hizo amago de apaciguar con sus manos.

—Sí, está bien, fue un accidente —explicó—, la fiesta estaba buena y fue en invierno. Había una chimenea, bebí demás, tropecé y bueno…

—¿Caíste sobre la chimenea? —preguntó Ginny asombrada, Sirius hizo una mueca.

—Cuéntalo como es Black —rió Remus—. No, no cayó sobre la chimenea, estaba tan prendido esa noche que usó una botella de Champagne como ducha.

Hermione hizo una mueca de asco.

—Nada fuera de lo normal —dijo Harry alzando los hombros, Sirius entrecerró sus ojos peligrosamente—, está bien, ¿qué estupidez hiciste entonces?

—Hacía frío, estaba ebrio y bañado en medio litro de Champagne, ¿qué crees que pasó?

—No…—dijo Ginny comenzando a reírse— te acercaste a la chimenea para entrar el calor y ¡bum!

Sirius la apuntó con el dedo y le cerró un ojo.

—Destruí el traje, ¡pero no me dirás que no fue épico! —le exclamó a Remus.

Hermione mantenía el ceño fruncido y movía la cabeza absolutamente abrumada.

—Eso no significa que no me debas uno nuevo, Black —insistió Remus entre risas.

—En fin… —suspiró Hermione con una mueca incómoda—, sí Sirus, tendrás que comprarte un traje también si quieres entrar a la Ópera, Ronald querrá conocer a quienes encontraron a su hermana.

Sirius soltó un resoplido, Harry movió la cabeza hacia un costado.

—La verdad es que agradecemos el ofrecimiento, pero no tenemos dinero para pagarle a una modista Hermione —dijo Harry con la más absoluta sinceridad, porque era cierto.

Ella sonrió.

—Los trajes corren por mi cuenta —dijo entusiasmada—, después de lo que hicieron por nosotros es lo menos que puedo hacer por ustedes.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —exclamó Sirius—¡Anótame a primer ahora con esa mujer! ¿Es guapa?

Hermione soltó una risa, pero Harry no sabía si era por gracia o por que se acababa de dar cuenta con quien se estaba metiendo y ya no podía dar marcha atrás.

—Bien —dijo levantándose—, iré a preparar todo para salir. Intenten estar listos antes de las diez, iremos en mi camioneta.

Todos asintieron, pero Harry notó como Sirius se inclinaba hacia Remus y le susurraba algo sobre una limusina.

—A Hermione no le gusta ostentar, prefiere manejar ella misma y pasar desapercibida —le explicó—. Tiene una camioneta familiar.

Un leve gesto en el viejo amigo de su padrino llamó la atención de Harry que no pasó desapercibido tampoco para Ginny.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella.

Remus apretó los labios.

—No debería hablar de esto, es un tema delicado de Ron y Hermione.

—No tienes que decirlo si no quieres —le dijo Sirius, Harry se sorprendió con el tacto dócil que utilizó, como si hubiera visto algo que él no.

—Es simplemente una ironía cruel —explicó Remus, por la expresiones de los demás, nadie entendió. El hombre suspiró—. Hermione no puede tener hijos, por eso la ironía con la camioneta familiar. Fue un regalo de bodas de Ronald, se prometieron a ellos mismos poder llevar a sus hijos de vacaciones en ese vehículo algún día.

—Eso es muy triste —lamentó Ginny, Harry asintió.

—No sabía eso —dijo sin saber exactamente qué decir, después de todo lo que planearon para estafar al Duque descubrir aquello sólo lo hacía sentirse más miserable. Tuvo suerte que Ginny fuera realmente la hermana perdida. Remus suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla.

—La corona es bastante tajante en cuanto a las descendencias. El Duque no puede tener hijos y no se les permite adoptar a no ser que renuncien al título. Las leyes reales discriminan a los hijos adoptivos y no los toman en cuenta en el linaje de sucesión al título.

—¿Y por qué no renuncian al título? —preguntó Ginny con la voz ahogada—, prefiero tener una familia que un puesto vitalicio en la corte de quién sea.

—Es gracias al título de Duque que Ronald pudo recurrir a recursos para tu búsqueda —dijo Remus algo sorprendido—, además, esta casa es lo único que le queda a Ronald de tus padres, no puede ceder tan fácil. Incluso para Hermione que podría haber huido y rehecho su vida en otro lado no lo hizo, ama tanto a su marido que por él aceptó no tomar en cuenta la adopción.

A Harry lo recorrió un escalofrío, y al parecer todos los hombres pensaron lo mismo porque automáticamente giraron las cabezas hacia Ginny.

—¿Qué?

—Si eres la Duquesa y puedes tener hijos eso le dará la oportunidad a tu hermano de poder adoptar un niño, porque el título seguirá a través de ti —descubrió Harry atónito. No sabía cómo tomar aquello, le parecía sencillamente demasiado para procesar en un instante. A la gitana no pareció gustarle el razonamiento.

—Yo…—dudó—, no lo había visto de esa manera.

—Creo que es algo para discutir por horas y se nos está haciendo tarde para reunirnos con Hermione —interrumpió Remus—, será mejor ponernos en marcha.

Ginny saltó como pinchada con un resorte de su silla y corrió hacia las escaleras sin si quiera mirar a Harry, una sensación helada, como un líquido frío se filtró en sus entrañas. Quedó mirando fijamente la estela invisible que dejó en su camino y el aroma a canela invadió su nariz.

—Debería ir a buscar mi chaqueta —dijo sin mirar a nadie, y se levantó de la mesa siguiendo la dirección que la muchacha había hecho hasta las escaleras. Para su sorpresa la encontró apoyada en la puerta de su habitación con la cabeza agachada. Levantó la mirada.

—Lindo modo de comenzar el día, ¿eh?

Harry se acercó y con la confianza de quien fuera un novio le acarició el brazo, ella no se inmutó.

—No debes pensar en nada ahora, más que en conocer a tu hermano —dijo Harry—, las demás cosas se irán dando con el tiempo.

—No lo entiendes —dijo ella, entonces Harry notó que tenía los ojos brillantes, su estómago se retorció—, de apellido seré una Duquesa pero de crianza soy una gitana y los gitanos no soportamos vivir entre paredes; me agobia, necesito mi libertad. Yo… quiero ser madre algún día, pero no quiero someter a mis hijos a una estúpida ley para complacer los caprichos reales de un país. No… no sé si me gusta la idea de ser una Duquesa si esas son las condiciones, si eso es lo que mi hermano espera de mí.

Harry intentó balbucear algo pero nada salió de su boca. Procesó la situación y luego, sin saber de dónde, sacó la labia para hablar.

—Por supuesto que tu hermano no espera eso de ti, te ha buscado por años, ¿realmente crees que es solamente para que se aseguren con un heredero al título y ellos puedan adoptar? Nadie caería tan bajo.

Ella hizo una mueca.

—Eso espero.

—Oye —susurró levantándole la barbilla—, todo va a salir bien. Encontraste a tu familia y si realmente tu hermano te ama, te dejará ir sin importar el título que esté en juego.

Aquellas palabras sonaron tan dolorosas en su propio fuero interno que intentó aguantar el nudo en su garganta. Dejarla ir. ¿Sería capaz de separar su camino de ella para volver a su vida de estafador? Viendo lo cerca que estaban repentinamente sintió la imperiosa necesidad de huír junto a ella.

—Creo que debemos irnos —dijo Ginny con una sonrisa débil, él asintió. Pero justo cuando creyó que iban a separarse ella atrajo su cara con fuerza y lo besó agarrándose a su cuello.

Harry por un segundo no entendió qué estaba pasando hasta que se vio en la necesidad de abrir la puerta de la habitación. Ella rió sobre sus labios cuando tropezaron hacia atrás mientras él miraba hacia el pasillo por si alguien venía y la sujetaba con un brazo por la cintura.

No tomó en cuenta el tiempo, creyó que Hermione les iba a recriminar llegar tarde, sin embargo el beso duró lo suficiente como para calmar las entrañas y no encender la chispa entre ambos. Se separaron con una sonrisa cómplice cuando se escuchó el motor de un auto estacionarse cerca de la entrada, era hora de irse.

Luego de aquel funesto almuerzo en el que el Duque se vio involucrado con el ministro Francés, finalmente se encontraba en la amplia habitación de su hotel. La cabeza la daba vueltas y le dolían los ojos. No había dormido nada los últimos días y todo por causa de esa maldita angustia.

Detestaba sentirse débil y menos que lo notaran sus pares, aunque intentaba ocultarlo. Extrañaba demasiado a su mujer y se sentía miserable después de haberse marchado de ese modo fulminante de la mansión. Como si ella tuviera la culpa de su desdicha cuando en realidad era la única que podía contenerlo.

Sentado en la cama, se pasó las manos por la cara y contempló el traje que esperaba colgado dentro de una funda negra al interior del armario. Sólo tres días y estaría de regreso en su hogar. Se preguntaba qué estaría haciendo ella. No se la imaginaba llorando, Hermione era una mujer fuerte y no de esas débiles mujercitas que lloraban por los rincones regando su desdicha. Sonrió. Nunca la vería desdichada. Si había una mujer fuerte esa era Hermione. Creyó que la noticia de su esterilidad la desestabilizaría, sin embargo ahí estaba, al pie del cañón, intentando buscar la mejor solución para ambos, para poder tener finalmente su propia familia y construir lo que le había sido arrebatado cuando niño.

Por su cabeza cruzaron imágenes de la mansión. Aquella enorme casona que alguna vez perteneció a los Diggori y luego a su padre. Sin embargo si tenía algo de corazón de Weasley estaba seguro que a su padre nunca le gustó la ostentosidad y con mayor razón aquella casona descomunal tal vez nunca lo llenó por completo. Si fuera así habría vendido aquel descubrimiento hecho hace algunas semanas, esa antigua casa al norte de Londres, esa bella estructura de ladrillo macizo rodeado de áreas verdes cruzadas por una pequeña laguna.

Aquel era su secreto, lo había descubierto leyendo las cartas legales sobre las posesiones de su familia. Aquella casa nunca había sido vendida, y seguía siendo, por ley, la casa de su padre. La original, donde había vivido hasta convertirse en Duque.

Se llevó una mano al corazón. Sabía lo que esperaba la corona de su título, un heredero. Pero, si no podía tenerlos sólo le quedaba la única posible opción: adoptar.

¡Solo Dios sabía cuánto ansiaba un hijo! Pero la realeza lo tomaría como un bastardo, y ya había sido lo suficientemente egoísta renegando de la idea de no perder la mansión donde habían vivido sus padres por encima de tener su propia familia. Pero si esa casa oculta existía, si ese bello paraíso entre bosques aún era suya, ¿sería capaz de dejar el título con tal de irse con su mujer y adoptar finalmente un niño… o una niña?

Le dolía el alma, esa sensación de angustia no era normal. ¿Qué deseaba?, ¿qué quería realmente?

Alzó los ojos a la ventana y observó el sol ocultarse tras un sinnúmero de jardines que bordeaban edificios de aspecto renacentista. Quería estabilizar su vida, quería dejar de seguir órdenes…él…

En un arrebato de ansiedad agarró su celular y marcó con desesperación, al otro lado la amable voz de su padrino lo saludó, pero no dijo su nombre. Se escuchaba nervioso, incluso parecía reacio a querer hablar, aunque un matiz de ansiedad se filtraba en su tono de voz.

—Remus, ¿recuerdas la casa de Birminham? —preguntó con rapidez, al otro lado de la línea su padrino se quedó un momento en silencio.

—Sí claro—vaciló—, ¿qué sucede con ella?

Sonrió, absoluta y plenamente confiado.

—Dile a los de bienes raíces que la dejen a mi nombre, tengo una sorpresa para Hermione a mi regreso.

Un jadeo hizo eco al otro lado. Ron alzó una ceja.

—¿Estás seguro? —preguntó Remus ansioso.

—Por supuesto.

Otro silencio.

—Déjame ver qué puedo hacer.

Ron frunció el ceño, su padrino se oía extraño y sospechosamente feliz.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente —dijo con rapidez, Ron alcanzó a oír un ruido suave detrás parecido al viento filtrándose por una ventana.

—¿Estás conduciendo?, ¿te llamo más tarde?

—No, déjalo —dijo bajito—, voy a revisar los papeles y te aviso apenas tenga confirmación de lo que me pides.

Una voz suave de fondo y una tos lo asaltó.

—¿Está Hermione ahí contigo?

—Sí —dijo Remus algo cohibido.

—¡Con razón actúas tan extraño! Está bien, no le digas nada, finge que hablas con Flitwick o con cualquiera de los abogados, no quiero que se arruine la sorpresa.

Otro silencio, Ron supuso que había cortado, pero antes de él hacer lo mismo, Remus volvió a hablar.

—¿Qué es lo qué estás pensando?

Ron sonrió.

—Creo que la Opera va a ser mi última labor como Duque.

Harry notó con extrañeza como Remus se desenvolvía en monosílabos y palabras entrecortadas mientras hablaba por teléfono. Parecía incómodo y extrañamente feliz, como si estuviera siendo testigo de un secreto y se muriera por contarlo.

A su lado Sirius sacaba la cabeza por la ventana como un perro, sólo le faltaba ondear la lengua. Harry recordó que en alguna ocasión le contó que en su juventud le gustaba la velocidad y que había tenido una motocicleta. De vez en cuando salía de noche sin casco y sin ninguna protección sólo para disfrutar del viento chocando contra su cara. Pero esta vez era diferente, ya que aunque le encantara la velocidad no estaban en una motocicleta y tampoco iban a doscientos kilómetros por hora. De hecho, iban a sesenta en una calle urbana repleta de vehículos y peatones.

—¿Quieres dejar de hacer eso? ¡Te ves ridículo! —espetó avergonzado, Hermione lo observó a través del espejo retrovisor. No podía sentirse más humillado.

—¿Viste a esas chicas? ¡Lindas piernas, preciosa! —le gritó a una pelirroja.

Harry agitó la cabeza y reconstruyó la idea anterior. No lo hacía por velocidad, estaba a punto de babear y de quebrarse el cuello por comerse a unas colegialas con la mirada.

—Son menores de edad idiota, no te pienso ayudar si te detienen por pervertido —espetó indignado. Sirius entró la cabeza y se acomodó el cabello.

—Gracias por preocuparte querido, pero yo sabré donde pongo los ojos.

—Y más te vale que no se te ocurra dónde poner las manos —agregó Remus con una sonrisa—. No queremos que liguen al Duque con un acosador de menores.

Al parecer la amenaza de Remus funcionó mejor que la de su propio ahijado, aunque la única reacción en respuesta fue guiñare un ojo.

Hermione no habló nada con ellos en todo el camino a excepción de intercambiar un par de palabras con Ginny, a quien le preguntó cosas relacionadas con zapatos y diseñadores que Harry no conocía. Se preguntó en algún momento si la Duquesa habría notado que debido a la situación de calle de Ginny ésta probablemente no conocía a ningún diseñador, pero la gitana se las arregló para contestar lo más políticamente posible lo poco que sabía de elegancia.

Cuando llegaron al centro, Hermione tomó algunos desvíos y se metió por calles estrechas repletas de tiendas y turistas. Al cabo de media hora finamente se metió por una callejuela sin salida cuyo límite era un enrejado que daba hacia un camino rocoso y repleto de árboles. Estacionó la camioneta en el aparcamiento cerca de un Maserati rojo —Sirius lanzó un chiflido—, y se dirigieron hacia el costado de uno de los edificios que conformaban el callejón. La construcción pasaba desapercibida por la calle principal, pero hacia el interior se contemplaba una fachada antigua de grandes ventanales arqueados y de balcones armoniosos. Toda la estructura era de piedra gris bien mantenida y los marcos de las ventanas lucían un elegante retoque de mármol. Harry notó que la entrada estaba resguardada por un guardia vestido como botones y aguardaba bajo un techo de lona cóncavo sostenido por dos pilares de bronce. Cuando el guardia vio a Hermione hizo una reverencia y le habló en un idioma que no supo detectar, ella contestó con cortesía en el mismo lenguaje y dos puertas automáticas de vidrio se abrieron cuando él le cedió el paso.

—¿Qué fue eso? —preguntó Ginny adelantándose a su duda. Hermione sonrió.

—Es gaélico —explicó—. He venido aquí tantas veces que me recibe en su idioma natal.

Harry asintió como si le hubiese contestado a él y se fijó en el interior del edificio. Aquello debía de ser un lujo escondido en medio de Lancaster. El hall principal era enorme, a la derecha había un largo pasillo con dos ascensores de vidrio, mientras que a la izquierda una pequeña escalera de tres escalones descendía hasta lo que parecía ser un restaurante. Unos veinte metros más allá, un gran ventanal se expandía en toda la extensión de la pared dejando visible una gigantesca piscina, un bar y varias sillas de playa. Harry reconoció los árboles que se amontonaban en una esquina, el enrejado del callejón debía estar para impedir que la gente que venía de la calle cruzara hacia el jardín.

—Vaya…—silbó Sirius, Hermione sonrió.

—Sé lo que piensan —explicó dirigiéndose hacia uno de los ascensores—, este edifico solía ser un hotel. Hace algunos años sus dueños quebraron y decidieron venderlo, pero era una construcción tan bella y tan secretamente oculta que muchas celebridades decidieron invertir para hacerlo su hogar —contó, Harry asintió en silencio pensando cuánto dinero debían de tener los dueños para haber comprado un hotel completo—. Madame Malkin compró uno de los penthouse y creo que uno de los periodistas de la BBC es su vecino, en fin. Cada quien invirtió en una habitación y se les paga a los empleados para que trabajen para ellos como si fuera un hotel cinco estrellas.

El ascensor tocó una melodía al detenerse frente a ellos y las puertas de vidrio se abrieron hacia cada lado. Harry sintió el aroma de vainilla disperso en todo el cubículo y su estómago gruñó.

—¿De cuánto estamos ablando? —preguntó Sirius viendo a Hermione de reojo, ella lo miró extrañada—, para comprar una habitación en un hotel debes tener una buena suma de dinero, ¿no?

Ella frunció los labios y miró a Remus.

—Realmente nunca lo he pensado—dijo, Sirius rodó los ojos.

—Son personas poderosas Canuto —bromeó Remus con una sonrisa—, hay desde figuras políticas, hasta artistas, chefs y presidentes de grandes compañías. Calcula.

Pero Harry ya había comenzado a calcular hace rato. El ascensor subió rápidamente hasta el último piso sin siquiera sentirlo, aunque de algún modo su estómago encontró el modo de llegar hasta su garganta.

Cuando el ascensor se detuvo Harry divisó frente a ellos una puerta y no un pasillo como es la costumbre. En lugar de pomo había una rendija negra con una luz roja, probablemente era la forma más segura de entrar al penthouse.

Hermione tocó algunas veces con distinto ritmo. Se encogió de hombros cuando se detuvo.

—Así sabe cuando soy yo.

Pasaron segundos cuando la puerta finalmente se abrió y por ella apreció la persona menos ostentosa que Harry habría imaginado conocer. Desde luego creyó que viendo tal lujo en el hall se encontraría con una versión de Cher a la inglesa, sin embargo frente a ellos aparecía una ancianita sonriente vestida con un traje floreado y con el cabello amarrado en un rodete desordenado. Desde el interior Harry sintió el delicioso aroma a chocolate.

—¡Hermione, hija mía! ¡Tantos días sin verte! Por favor, adelante, pasen, pasen, los estaba esperando—insistió la mujer.

La anciana era sólo un poco más baja que Ginny y Hermione. Era delgada, pero no desgarbada, y su postura demasiado esbelta para la edad que Harry sospechaba. Se notaba que trabajaba en la alta costura. A pesar de su apariencia sencilla, la anciana caminaba con delicadeza, como si pisara nubes de algodón, sus brazos eran largos pero no huesudos y por la forma en la que utilizaba el cinturón era obvio que la mujer aún poseía sus curvas. Harry la miró atentamente, su cabello era cenizo, su piel blanca y sus ojos celestes. Dedujo que en su más alto apogeo debió de ser guapa.

—Estaba preparando brownies para mis nietos, disculpen el desorden, pero por favor, ¡siéntense!

Harry arqueó una ceja, ¿desorden? El Penthouse era diez veces la biblioteca de Hermione y estaba seguro que aún faltaban habitaciones que no veía. Sin embargo a pesar del tamaño del espacio lo que menos había era desorden. Sí, había telas y algunos accesorios desparramados sobre los sillones y las mesas, pero por lo demás todo era absolutamente impecable. La decoración era minimalista pero exquisita y colorida, con la cuota justa entre diseñadora de lujo y abuela querendona.

La anciana hizo a un lado unas telas repletas de brillantina y les indicó que se sentaran.

—¿Gustan algo para beber?

—No gracias Madame, no tenemos tanto tiempo —le dijo Hermione ruborizada—, tenemos que empezar a trabajar cuanto antes.

—Ah, cierto —sus ojos escrutaron con rapidez a los demás comensales hasta encontrarse de cara con Ginny, ésta dio un resoplido cuando la mujer le tomó la mano y la observó de cerca.

—¿Eres tú?, ¿de verdad?

Ginny miró a Sirius como preguntando qué hacer, pero éste estaba entretenido en unas fotografías colocadas en la pared.

—Supongo que hablamos de la misma persona —contestó sonriente.

—¡Bella y divertida! ¿Quién diría Hermione que tu cuñada sería tan encantadora?

—¿Cierto? —sonrió la Duquesa.

—¿Le hablaste de mí? —quiso saber Ginny, Hermione se sonrojó nuevamente.

—Tenía que saberlo Ginny, eres la hermana del Duque y te vas a vestir para él, así que…

—¡No se diga más! —exclamó la mujer, la hizo girarse y luego la tomó por los hombros— eres tan bella como tu madre…—susurró, Ginny dio un respingo—. Sí, la conocí, hice muchos vestidos para ella cuando joven, una mujer bella y encantadora, veo mucho de Molly en ti, querida.

Harry sintió un nudo en el estómago al ver como a Ginny le comenzaban a brillar los ojos. Nadie le había hablado de su familia, nadie le había contado aún la trágica historia de los Weasley.

Antes que ella pudiera preguntar algo, Madame Malkin se giró y saludó a Remus con dos besos, uno en cada mejilla y le recriminó algo por su palidez, luego le recomendó unas hierbas que tenía en su despensa y que le recordara pedírselas antes de marcharse.

Finalmente se fijó en él y en Sirius. Nunca se había sentido tan intimidado por una mujer. La anciana lo recorrió con los ojos de pies a cabeza como si fuera un Brownie de chocolate, su sonrisa no auguraba nada bueno y el brillo en sus ojos lo dejó más que nervioso. Sirius sin embargo utilizó su encanto natural para ganarse la confianza y el cariño de la anciana como si la conociera de toda la vida.

—Así que ustedes son los héroes, ¿eh? —le guiñó un ojo a Harry, éste intentó tragar saliva pero descubrió que su boca estaba seca—. Te pareces muchísimo a uno de mis nietos, trabaja como modelo para Paco Rabanne, ¿sabes? Si te afeitas un poco, tonificas esos brazos y corriges esa postura tal vez podrías funcionar en el medio. Eres bastante atractivo, querido.

Harry sintió que sus orejas se calentaban irradiando calor hasta sus brazos. Se vio obligado a despegar el cuello de la camisa para ventilarse. Sirius tenía los labios apretados como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida y estuviera a punto de estallar en una carcajada monumental. Ginny y Hermione sin embargo lo quedaron mirando y lo recorrieron de pies a cabeza, como sopesando las palabras de la anciana. No le hizo mejor darse cuenta que Ginny asentía sonrojada ¡Él no era un maldito hermafrodita! Siempre creyó que los modelos masculinos tenían más atractivo femenino que masculino, que lo compararan con ellos lo descolocaba de alguna manera sin poder concentrarse realmente en sí le gustaba o no la idea.

—¿Qué tienes pensado, querida? —le preguntó a Hermioine, ésta parpadeó un par de veces y agitó la cabeza. Harry sintió como si una bolita en su estómago subiera y bajara. La Duquesa no le había quitado los ojos de encima.

—Ah, ah… sí, esto…—sacudió la cabeza, Harry notó sus mejillas ruborizadas y no pudo evitar sentirse peor—. Vamos a la Ópera en París a encontrarnos con Ronald para que conozca a su hermana, ya sabe como son con el tema de la gala y todo eso…

—Por supuesto —sonrió Malkin y su cabeza saltó de Harry a Ginny varias veces—, ¿irán juntos, me imagino?

Ambos se miraron. Por sus cabezas seguramente cruzó el mismo pensamiento "atrapados". Por suerte supieron solucionar el percance levantando los hombros como si aquella idea fuera una posibilidad que no hubieran imaginado.

—Si a él no le incomoda acompañarme…—fingió Ginny.

—No, no, para nada, puedo hacerte el favor…—dijo Harry alzando los hombros varias veces como si no tuviera nada mejor que hacer.

Malkin levantó una ceja y tomó a la gitana por el codo. Ginny se sobresaltó.

—¡Estupendo! —exclamó alejándola por un largo pasillo—. Si me permiten, la señorita será mía por algunas horas, Hermione si eres tan amable de acompañarme al salón de vestuario… caballeros, la cocina está a su disposición, sólo intenten dejar algunos Brownies para mis nietos.

Los tres hombres se quedaron en silencio un instante mientras escuchaban como la mujer exclamaba algo sobre el vestuario de Ginny y sus pulseras cantarinas. Harry creyó oír algo de la "elegancia gitana" y esperaba equivocarse al creer escuchar un "a tu novio le encantará y si no es, entonces será tuyo cuando te vea".

—¿Es siempre así? —preguntó Sirius sin quitar los ojos del pasillo, Remus sonrió.

—Ahora está tranquila —rió—, normalmente te desnuda antes de llegar al salón de vestuario.

El estómago de Harry se apretó y un escalofrío recorrió su espina erizándole los pelos de la nuca. Agradeció a quien fuera que estuviese arriba por haberlo salvado de las manos maestras de la mujer, al menos, mientras no era su turno aún.

Ginny perdió la cuenta de las horas. Para cuando abandonaron el hotel el sol se estaba ocultando. Sirius mencionó algo relacionado con una cerveza que Remus y Harry parecieron aprobar, pero Hermione los obligó a entrar a la camioneta para llegar cuanto antes a la mansión utilizando como excusa que al otro día tenían la segunda prueba de vestuario temprano en la mañana.

Ginny se fue sentada en el asiento trasero con Harry a su izquierda y la ventana a la derecha. Podía sentir el calor de sus piernas juntas y no evitó ruborizarse. Desvió la mirada hacia el otro lado del vidrio. En la prueba, Hermione le comentó sobre la cita que tenía para realizar el examen de ADN luego de realizar la segunda prueba de su vestido. Sus manos se retorcieron en la falda que llevaba ese día. No se dio cuenta en qué momento el vehículo se había puesto en marcha. Al otro lado de la ventana los vehículos pasaban con rapidez y la gente reía en las mesas que estaban colocadas en las veredas.

Apoyó la frente en el vidrio y suspiró. Su vida había dado un giro en extremo inesperado, sin contar además el suceso de la noche anterior. Jamás había sentido tantas emociones, jamás había sentido ese deseo. Se preguntó mil veces, después que Harry se hubo dormido, por qué fue a su habitación, qué esperaba conseguir. Sus entrañas vibraron al recordar la intensidad con la que ambos se habían entregado. Él la ansiaba tanto como ella a él desde el primer momento que lo vio. Pero jamás imaginó que su robo los llevaría a terminar juntos en la habitación de una mansión en Lancaster semanas después.
Con delicadeza se llevó una mano al cuello mientras la otra seguía aferrada a su falda. Tenía la piel caliente. Intentó que el vidrio la enfriara un poco, pero el calor se había apoderado de su cuerpo y ya no podía atenuarlo, a no ser que se encerrara a su habitación y dejara que el agua fría cayera por su espalda durante horas.

Con disimulo sintió que Harry agarraba su mano enganchada a la tela y enredaba los dedos con los suyos. Desvió la mirada con sutileza, él no la miraba, mantenía la vista fija al frente, pero sus mejillas estaban rojas y respiraba con la boca entreabierta. Sonrió internamente, ella le devolvió el agarré y mantuvieron las manos ocultas entre los pliegues de la falda.

Ginny recordó entonces las palabras de madame Malkin y su insistencia en el salón de vestuario cuando le decía que Harry estaba hecho para ella y que un muchacho así no podía desperdiciarse. Se vio en la obligación de contar su historia de casada, poniendo al día a Hermione con ese pedazo de su vida que solamente Harry había escuchado. Confesó que no estaba lista para tener otra relación formal durante un tiempo, pero Madame Malkin le hizo ver que aquello era una tontería. Sin embargo su cuñada se mantuvo callada sin hacer comentarios al respecto, aunque pudo detectar por su mirada brillante que la Duquesa era lo suficientemente sagaz como para percibir que algo se estaba entretejiendo entre ella y su rescatista.

Para cuando terminaron con su vestido Ginny se descubrió a sí misma como una verdadera estrella de cine. Sin maquillaje y sin el peinado apropiado las telas no lucían tanto como deberían haberlo hecho, pero Malkin insistió que eso era un mero detalle que solucionaría con el estilista de Hermione.

No se dio cuenta en qué momento llegaron a la mansión. Caminó como una autómata hasta su habitación. No le abrió la puerta a Harry por mucho que éste intentó hablar con ella. Por su cabeza se filtraron rápidas imágenes del vestido, de la mansión de Lancaster, del rostro sonriente de Malkin, de la expresión burlona de Sirius, de la sonrisa amable de Remus, del ceño sospechoso de Hermione, pero por sobretodo de los besos y las caricias de Harry. Sacudió la cabeza, ¿en qué se estaba metiendo?

Repentinamente la ventana que tenía al lado de la cama se vio tentadora. Se asomó por el balcón y observó el jardín que se abría ante sus ojos. Un poco más allá de un huerto de árboles frutales se extendía una larga pared por donde se filtraba el sonido de los vehículos que circulaban por la calzada. Era tan fácil. ¿Cuántas veces había escapado?, ¿cuántas veces había saltado paredes?...aunque la última fue un fracaso que la llevó a un callejón sin salida y terminó donde estaba ahora. ¿Y si al saltar esa pared al final del jardín el destino era peor?

Su piel se erizó, sus ojos se abrieron como platos fijos en el horizonte. El cielo se tornó rojo, el aire frío y el huerto quedó a oscuras. Se aferró al balcón con ambas manos. Bajo ella un susurro se filtró a través de la brisa caliente.

"—¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta es el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento, porque tú, su doncella la has aventajado en hermosura!..."

La columna de Ginny se enfrió y envió una fuerte descarga hasta sus piernas haciéndola temblar. Bajo el balcón, aquel hombre apuesto, Tom, aguardaba con ojos brillantes y sonrisa encantadora. El cielo rojo se fue aclarando hasta convertirse en atardecer con motas de estrellas al horizonte. Ante aquella visión parecía realmente un cuadro perfecto para caer bajo el encantamiento de aquel hombre, pero su instinto le decía que algo no estaba bien. Tom rió, un sonido seductor e inocente, el corazón de Ginny palpitó con fuerza.

—¿Qué haces aquí? —se atrevió a preguntar. Él se encaramó sobre un saliente de la pared.

—Quería verte —dijo con tono travieso. A Ginny le sonó amistoso y se dio cuenta que tenía dificultad para subir por la pared—. ¿Me ayudas con esto? No soy bueno en alpinismo.

Ginny sonrió pero de inmediato sacudió la cabeza y se atrevió a empinar el cuerpo hacia delante por el balcón. Tom había llegado hasta la mitad del camino y miraba hacia arriba.

—¿Qué pretendes? —preguntó un poco más divertida, él sonrió.

—Soy un idiota, Romeo tenía más experiencia en esto.

Con un empujón dio un salto hacia atrás y cayó acuclillado poniéndose de pie con elegancia. Ginny notó que iba vestido de traje. Algo se sacudió en su estómago.

—¿Qué quieres? —preguntó con un poco más de frialdad, la sonrisa de él se amplió seductoramente con gracia juvenil.

—Dije que quería verte, ¿no es obvio?

—¿Qué es lo que quieres de mí? —la pregunta salió sin más de sus labios. Cuando el silencio se hizo presente y la tensión recargó el aire fue cuando descubrió que su pregunta había sido demasiado atrevida.

—¿Qué es lo que quiero? —preguntó viéndola de lado, como si se dispusiera a marcharse—, creí que era obvio bonita.

Ella se estremeció, el cielo se tiñó de rojo nuevamente sólo que esta vez había algo monstruoso en las sombras negras escondidas entre las nubes. Se alejó con cuidado del balcón, pero unas enredaderas recorrieron la madera hasta enroscarse en sus muñecas.

—¿Qué…?

—A ti…—dijo él finalmente, Ginny lo vio con terror—. Te quiero a ti, y lo serás, preciosa.

Un rayo tronó en el cielo, el aire se volvió pesado y el cansancio la aturdió. Su cuerpo se abalanzó hacia delante.

—¡GINNY!

Antes de que su mente se borrara por completo dos brazos la agarraron por la cintura incrustándose en sus costillas. El cielo rojo había desaparecido y con él, Tom.

Harry sabía que Ginny estaba actuando extraño desde la prueba de su vestido, pero jamás creyó que se lanzaría por el balcón. O al menos eso parecía. Sin embargo la muchacha parecía sumida en un profundo sueño. Ante la emergencia, Hermione llamó al médico de la familia quien simplemente afirmó que no tenía nada. "Debe estar sobre estresada" Había dicho.

Como la noche se estaba acercando la dejaron dormir sin molestarla hasta la mañana siguiente. Harry no pegó un ojo manteniendo los oídos atentos ante cualquier ruido sospechoso. Cuando estaba golpeando la puerta para hablar con ella antes del incidente pudo sentir algo siniestro colándose bajo la hendidura, un aire frío que le puso la piel de gallina. Lo había sentido antes. Sus puños se enroscaron en el edredón de su cama al recordar los ojos azules.

—Él estaba aquí…—susurró. ¿Cómo lo sabía? No tenía idea. Era imposible aparecerse sin más, aunque con ese sujeto Harry sabía que cualquier cosa era posible aunque ni siquiera lo conociera.

Recién entrada la madrugada Harry pudo pegar un ojo. Durmió solo dos horas antes que Hermione los despertara para un nuevo día de prueba de vestuario. Ya había empezado a odiar la ópera.

Dos días. Harry quería que le devolvieran dos días de su vida. Miró a su alrededor y todo le pareció tan irreal como cuando llegaron a Lancaster la primera vez. Ahora estaba de regreso en Paris, a algunas horas de conocer al Duque en persona y con cólicos a causa de los Malfoy. Estaba seguro que ya sabían que se encontraban de regreso y sólo contaban con veinticuatro horas para obtener el cheque que salvaría su pellejo.

Se encontraba sentado en una gran cama dentro de una habitación circular que ni en sus más locos sueños hubiera imaginado costear. En pleno centro de París, una joya monumental destinada sólo a los ricos.

Sus ojos vagaron en las paredes cubiertas con un papel mural que representaba a la Venus a lo ancho de toda la estancia. El cielo estaba pintado con querubines desnudos y una lámpara de lágrimas colgaba desde sus manos que se unían en el centro. Los revestimientos eran de madera y bronce y las sábanas de Algodón Egipcio. Ni siquiera se había atrevido a cruzar la puerta del baño, estaba seguro que se encontraría con otra Suite, probablemente más grande que la propia habitación.

Dos enormes cortinas transparentes se agitaban con la brisa que entraba por el balcón, un área amplia con pequeños arbustos. La torre Eiffel brillaba al horizonte.

Llevaba la corbata desanudada, la chaqueta aguardaba sobre un mullido sillón rojo y tenía los codos apoyados sobre las rodillas.
En su loca vida había creído poder costearse un traje como aquel, a la medida, negro como el ébano y suave como la seda. Malkin había dicho algo de que estaba hecha con fibra de algodón de algún lugar de la India, algo carísimo sin dudas.
No había visto a nadie más desde que los habían instalado en sus habitaciones. Sirius estaba hospedado en algún lugar del piso de arriba, Remus despareció por su mismo pasillo hacia la dirección contraria, mientras que Ginny y Hermione aguardaban al menos tres o cuatro pisos más arriba. Por alguna razón la gitana había comenzado a mantener las distancias. Luego de su desmayo y de las pruebas de vestuario que le siguieron dejó de entablar conversaciones de más de diez segundos con él a no ser que fuera estrictamente necesario comunicarse. Hermione, por su lado, había comenzado a mantener a la gitana alejada de él. No sabía si era idea suya, pero cuando fue a realizarse el examen de ADN ni siquiera dejó que la acompañara. El contacto más cercano fue el intercambio de miradas clandestinas mientras volaban en el avión privado del Duque. Una vez en el hotel, en medio del Lobby, ella le sonrió tímidamente y se despidió con la mano cuando fue alejado de su campo de visión.

Estaba aturdido y cansado. Quería acabar con la farsa de una vez. Disfrazarse con un traje era peor que parecer payaso, era crear un personaje que iba a manejar la situación tal cual como si fuera una obra de teatro. Luego que la gitana fuera presentada ante su hermano con los resultados de la prueba de ADN el traje volvería a su funda y nunca más lo volvería a ver. El espectáculo terminaría y con ello su vida junto a la gitana. El fajo de billetes iría a parar en el bolsillo de Malfoy y él con Sirius perderían contacto con los nobles Weasley para volver a ser los estafadores y ladrones de siempre.

El teléfono de la habitación sonó y Harry dio un brinco. Se pasó una mano por la cabeza y levantó el auricular sin contestar. La voz de alguien en francés hablando meticulosamente en inglés le avisó que se debería reunir con Remus Lupin en media hora en el hall de entrada. Harry simplemente agradeció y colgó. Sus ojos se desviaron hacia la chaqueta colgada en el respaldo del sillón. Suspiró, estaba a punto de salir a escena.

El teatro era un magnífico edificio de mármol y piedra. La calzada estaba repleta de automóviles lujosos, de mujeres ataviadas con largos vestidos y de hombres con smoking. Miró la hora en su reloj sintiendo como la ansiedad se colaba en su pecho. A su lado, su padre permanecía impávido y en extremo elegante, una visión poco habitual para alguien que vivía en un departamento que se derrumbaba.

—¿Nada aún? —preguntó, su padre movió la cabeza.

—Deben estar por llegar, el Duque entró hace veinte minutos.

Él asintió.

—¿Y el jefe?

El hombre balanceó el peso de un pie a otro manteniendo la vista fija en el horizonte. Detrás de ellos se desplazaba la larga fachada del teatro con varios huecos arqueados por donde los invitados comenzaban a pasar. Las puertas aguardaban al interior.

—¿Repasamos el plan? —susurró, el hombre frunció los labios sin mirarlo.

—¿Qué quieres repasar?, ¿acaso no recuerdas nada inútil?

Una fuerte sensación de pesar calentó su abdomen.

—Sólo preguntaba —dijo levantando los hombros—. Siempre es bueno repasar los planes en caso que nos olvidemos de algo.

El otro suspiró.

—Hay que estar atentos cuando la Ópera termine el primer acto, el jefe nos dará una señal y será el momento de seguir al pelirrojo hasta su cámara privada. Según sus cálculos, llevarán a la muchacha a presentarse con él cuando esté solo con su mujer.

—Entonces dejamos a los ladrones en evidencia y nos llevamos a la chiquilla.

Un golpe en su nuca lo empujó hacia delante.

—¡Idiota! No hay que llevársela, sólo a los ladrones cuando sean descubiertos. El Duque ya sabe quiénes son..

—¿Lo sabe?

—Claro, los estafadores han robado a familias ricas, Weasley ha escuchado de ellos. El Jefe se encargó de filtrar la información.

Se sorprendió. Definitivamente necesitaba repasar el plan porque aquel detalle no lo recordaba.

—Entonces cuando ellos se presenten como los héroes…

—Weasley los reconocerá, no creerá ni una palabra de lo que dicen y llamará a la policía.

—Y nosotros aparecemos…—terció.

—Y nos los llevamos. El jefe se encargará de la mocosa, parece que tiene otros planes para ella.

Rodó los ojos. ¡Y qué planes! La obsesión de su jefe por esa muchacha era tan sicótica que llegaba a ser aterrador. Tan sólo las últimas noches había tratado de desbaratarla presentándose infinidad de veces en sueños y en visiones. Escucharlo susurrar su nombre con tal veneración y deseo le ponía la piel de gallina.

Movió los hombros para liberar la tensión en su espalda justo cuando una limusina se detenía frente a ellos. Draco abrió los ojos impresionado cuando vio descender de la puerta trasera al hombre que le causaba urticaria. Su jefe, Thomas Riddle caminaba con elegancia vistiendo un smoking tan caro como el del mismísimo Duque. Su prestancia y postura lo hizo causante de muchas miradas descaradas por parte de las damas presentes alrededor. Draco frunció los labios disimuladamente, ¿cómo era posible que un sujeto que parecía un cadáver pudiera repentinamente transformarse en un Don Juan como aquel? Aunque él sabía que no era más que un disfraz no dejaba encontrar la situación injusta.

Riddle pasó por el lado de ellos sin siquiera mirarlos, su paso era ágil y cada vez que se encontraba con escaleras las subía dando saltos. Jovialidad, juventud, belleza y agilidad, todo lo que las mujeres deseaban en un hombre. Sin embargo algo no andaba bien y lo presentía. ¿Un vacío en el plan? No, algo más. Un empujón a su costado lo hizo voltearse, su padre había comenzado a seguir al "jefe", y Draco con un suspiro lo siguió hacia el interior del majestuoso edificio.

Ginny temblaba. En sus manos sujetaba un pequeño bolso con forma de sobre de color turquesa como su vestido. Se miró al espejo por décima vez. El estilista le había hecho una cola alta que dejaba varios risos sueltos por encima de sus omóplatos y le había delineado los ojos en una gruesa línea negra. Su muñeca izquierda vestía una débil y aburrida pulserita de plata con algunos dijes pequeños. Nada comparado a sus frondosos y musicales brazaletes, y Hermione le había colocado en el dedo anular de la mano derecha un grueso anillo negro con una piedra Ónix. Ginny volvió a mirarse las uñas, jamás se las había pintado y ahora una capa brillante las cubría liberando un apestoso aroma que la mareaba. Tampoco había usado maquillaje, era todo tan irreal que repentinamente una oleada de pánico atravesó su pecho al verse envuelta en aquel mundo lujoso donde el disfraz no era un vestido vaporoso, sino un sinnúmero de torturas hacia su cabello y rostro. ¿Tendría que vivir eso todos los días?

Miró tras ella, Hermione había envejecido al menos diez años con su cabello amarrado como un nudo bajo la nuca. Un par de mechones rizados caían a cada costado, sus labios estaban rojos y sus ojos llevaban una gruesa capa de máscara para pestañas. Pero lo peor fue el rubor exagerado que cubría sus pómulos y aquel vestido zafiro de espalda abierta y escote cerrado. Malkin tenía un gusto exquisito para el diseño, pero el estilista definitivamente tenía un pésimo concepto para definir la elegancia sobre un cuerpo que no superaba los veinticuatro. Si eso era lo que le esperaba como Duquesa no quería ni imaginarse por lo que tendría que pasar.

Su cuñada le sonrió. Se veía hermosa, pero creía que lo era más sin tanto color encima. Hermione se acercó a ella arrastrando la cola de su vestido. No tenía mangas así que Ginny aprovechó de deslizar los ojos hasta sus manos que sostenían un bolsito parecido al de ella pero negro y brillante. La Duquesa llevaba las uñas rojas y oscuras. Ambas se miraron, Ginny no sabía cómo reaccionar. No quería volver a mirarse en el espejo, quería soltarse esa cola de caballo que tiraba de sus sienes, quería volver a ser ella.

—Ya te acostumbrarás a todo esto —le dijo Hermione leyéndole el pensamiento—. Sé que estás habituada a cosas más simples, pero créeme, estas actividades no son obligatorias para mí, sólo lo hago para que puedas ver a Ronald —se acercó y le murmuró al oído—. También detesto los vestidos y el maquillaje.

Ginny jadeó y apretó el bolsito verde cuyo interior guardaba los resultados del examen. Esa mañana el médico llamó a la mansión y tuvo suerte que preguntara por ella, porque aún no estaba segura de querer saber el resultado de la compatibilidad del ADN y si Hermione lo hubiese visto primero no quería imaginar qué podría haber pasado.

De cualquier modo no le avisó a nadie, fue a buscar el resultado y guardó la carta que permaneció con ella sin abrir llevándola consigo a dicha Ópera.

—…y podrás hablar con él—escuchó decir a Hermione. Parpadeó un par de veces, su cuñada se miraba las pestañas en el espejo que sustituía las puertas del armario. Se miraron a través del reflejo—. ¿No me estabas escuchando, cierto? —suspiró antes que Ginny respondiera—, eres tal cual como tu hermano, no hay duda de que eres una Weasley —pausó frunciendo el ceño—. Me pregunto qué habrá sucedido con el examen, deberían haberlo entregado hoy, tal vez deba llamar…

Hermione hizo ademán de abrir su bolso pero Ginny la detuvo.

—¡No! —la miró—, quiero decir… podrías llamarlo mañana, después de todo hoy veré al Duque y con la prueba mañana en sus manos podrá confirmar si soy o no soy yo la hermana que busca.

Hermione sonrió y le tomó la mano.

—Por supuesto que eres tú, lo siento en el corazón.

Ginny apretó los labios intentando sonreír.

—¿Deberíamos irnos ya, no? —la verdad no tenía ninguna intención de salir de la habitación del hotel, aunque ya podía imaginarse que en ningún lugar se sentiría más cómoda que en la calle. La habitación era tan grande y elegante que se sentía pequeña. El cielo pintado con un Zeus gigante rodeado de carruajes de oro y la cama con dosel ya le ponía la piel de gallina. No quería imaginarse qué sucedería con ella una vez que pisara el teatro cuando estuviera rodeada de la más alta alcurnia de Europa. Ella… una chica de la calle.

Un escalofrío recorrió su espalda al recordar el último sueño donde Tom le regalaba una rosa roja y le prometía que volvería por ella para sacarla de ahí. Se despertó tan atormentada y asustada que se preguntó mil veces por qué soñaba con aquel extraño, casi como si inconscientemente quisiera huir con él, aunque no lo conociera.

Hermione asintió a su pregunta y la vio caminar hacia la puerta. A tropezones la siguió olvidando que su vestido también tenía una cola pequeña. Se lo tomó con la mano izquierda mientras pensaba en lo poco que había visto a Harry y lo mucho que su cuerpo reaccionaba al tenerlo cerca sin poder siquiera intercambiar una paabra. Hermione se había encargado de mantenerla alejada de él, casi como si supiera que algo pasaba entre ellos. El corazón se le estrujó tirándole del pecho al sentir que lo estaba traicionando con un hombre que sólo veía en sueños.

Cuando comenzaron a descender por el ascensor su pecho terminó por desintegrarse. Harry no estaba ahí, ya se había ido con Sirius y Remus, y ahora una limusina aguardaba por la Duquesa y su acompañante. Con un leve dejo de melancolía siguió a Hermione hasta el vehículo con un mal presentimiento.

—¿Quieres quedarte quieto un segundo? —le espetó Sirius. Harry detuvo su andar de un lado para otro en busca de Ginny y se concentró en su elegante padrino.

Sí, elegante. Para Harry aún era una sorpresa ver a Sirius vestido de smoking con la corbata de moño apretando su cuello. El cabello peinado hacia atrás y la barba perfilada lo transformaban en alguien que si se lo hubiese cruzado por la calle jamás hubiera reconocido.

—Hermione se las ha estado arreglando para que no la vea…

—Y con justa razón —dijo Remus que parecía cansado de repetir lo mismo varias veces, sólo que ahora lo decía con palabras que Harry pudiera procesar—. El Duque esperará que la futura Duquesa tenga hijos y por ende le buscarán un pretendiente digno. Hermione no está a favor de las etiquetas y le caes muy bien—Harry abrió la boca para protestar, no podía sentirse más humillado—, déjame terminar, sabe que eres un buen tipo y si trabajas en tu comportamiento seguramente puedas mantener una relación con Ginevra.

—Ginny—corrigió Harry, de repente la idea enfrentarse a los mafiosos solo y sin armas le parecía una idea maravillosa antes que entregar a la gitana al Duque—, no le gusta su nombre de pila.

Remus suspiró.

—Ella los apoyará, pero dale tiempo a Ginny de adaptarse —dijo como si no hubiera escuchado nada—. Además, es primera vez que Hermione tiene una amiga en años.

Harry se pasó la mano por la cabeza. Hermione no era tonta, y por supuesto él había subestimado a Sirius y a Remus. Todos sabían que se traía algo con Ginny desde el momento que pisaron Lancaster y su padrino no tardó en hacérselo saber pidiéndole sutilmente que para el próximo encuentro no hicieran tanto ruido.

Fue un idiota en creer que todo se mantendría como un secreto. Aunque trataron de mantener la distancia con Ginny finalmente fue Hermione quien la alejó de él con el pretexto de que necesitaba prepararse para el Duque y que cualquier actividad extracurricular podría fastidiarlo si se mantenía distraída.

Respiró hondo varias veces. En algún lugar de aquel majestuoso edificio se encontraba el Duque Weasley, mientras que afuera, en otro rincón escondido a las orillas del Sena, aguardaban tal vez los mafiosos. Esperaba que así fuera y que no estuvieran a punto de saltarle al cuello, aunque ya no sabía qué prefería.

Un chiflido a su lado lo hizo girarse, Sirius miraba sonriente hacia el frente. En medio de la multitud Harry divisó a Hermione, caminaba con pasos largos y seguros a través de la volátil tela de su vestido metálico. Nunca fue entendido en lo que trataba de moda, pero podía asegurar al menos que Malkin, así como con su Smoking, había conseguido que en Hermione la tela se viera exquisita. Sin embargo sus ojos dejaron de divagar en aquella idea cuando finalmente encontró al delirio de todos sus problemas. Atrayendo más de una mirada Ginny se abría paso pisándole los talones a la Duquesa. Su vestido era turquesa, intenso y brillante. La muchacha no tenía mucho busto y sin embargo el escote con forma de corazón dejaba las dudas abiertas a la imaginación. La cintura se acentuaba con un forro de tela más ancha que resaltaba aún más las curvas de las caderas. El vestido se ajustaba en los muslos y se extendía en las rodillas dejando un ruedo amplio y una cola pequeña en la parte posterior.

El cabello lo llevaba atado a lo alto, el cuello se le veía tan largo que repentinamente descubrió que las comisuras de sus labios estaban húmedas. Sin embargo a pesar de lo hermosa que se veía y de lo poco que la conocía, podía asegurar quemándose a lo bonzo que la muchacha no se sentía a gusto enfundada en aquel vestido. Cada dos segundos se tanteaba las sienes tirantes y su mirada desafiante se había transformado en la tímida agudeza de un gatito que no quería ser descubierto haciendo una travesura.

Hermione se detuvo frente a ellos y sonrió ampliamente. Sus manos sujetaban con demasiada fuerza un bolsito de raso, Ginny se colocó tras ella y evitó mirarlo fijamente. Harry frunció el ceño.

—Damas, déjenme decirles que son todas unas bellezas andantes —dijo Sirius con parsimonia y su típico tono de galán en plena conquista. Hermione se ruborizó, Ginny ni siquiera lo escuchó, su ceño estaba fruncido y sus ojos fijos en alguna zona de las largas escaleras tras ellos.

—Despampanantes —afirmó Remus con tanta cortesía que sonaba igual que un padre forzado a admitir que sus hijas habían crecido y estaban listas para ser cortejadas.

—Sí, hermosas…—admitió Harry, sólo entonces Ginny pareció oírlo. Giró su cabeza hacia él y se ruborizó, aquel brillo típico en ella volvió a sus ojos.

—¿Mi Laidy? —dijo Remus ofreciéndole el brazo a Hermione, ésta aceptó y ambos avanzaron por la escalera; Una amplia estructura que se dividía en dos brazos a partir del segundo nivel y cuyas paredes estaban repletas de pinturas y arcos de bronce.

Harry miró hacia todos lados sin saber cómo proceder, hasta que Sirius lo empujó con la mano sin ninguna sutileza. Ginny sonrió divertida al comprender el gesto del hombre, Harry por su lado pareció agradecido. Hacía tres días que no tenía un momento íntimo con la muchacha —intimidad que implicara algo más que compartir un colchón—, así que tenerla agarrada a su brazo era un acercamiento más que bienvenido.

—¿Mi Laidy? —le ofreció Harry, Ginny soltó una risita.

—Por favor… nunca me digas así…—le pidió con tono asfixiado. Ella enganchó su brazo pero no con la misma elegancia con la que lo hizo Hermione. Su expresión era tan ilegible que le costaba entender qué le sucedía.

—¿Estás bien?

—Sí…—vaciló—. Me aprieta el moño —. Ella lo miró y le sonrió ampliamente, Harry asintió con lentitud—. ¿Vamos?

—Claro…

Sirius ya se había adelantado y los esperaba en el rellano del segundo piso. Ginny tenía dificultades con el ruedo del vestido, se notaba que no estaba acostumbrada a lidiar con prendas tan largas. Se aferró con la mano libre parte de la cola y comenzó a subir. Harry miró hacia abajo, la muchacha llevaba unos zapatos con tacón que podían quebrarle el cuello si daba un paso en falso. En algún momento comenzó a dudar, se veía hermosa, sí, pero no era la misma muchacha que habían conocido en el Sacre Cour. Seguía siendo ella, pero metida en un disfraz que opacaba toda la esencia y la belleza que lo había conquistado. Su cabello trenzado, sus pulseras cantarinas, el sonido de la tela vaporosa al caminar… ¿dónde la estaban metiendo?, ¿realmente dejaría a un espíritu libre como ella encerrada en una bóveda de oro?

Siguieron a Sirius escaleras arriba, consciente de que la mujer que estaba a su lado parecía absolutamente sumergida en su propio mundo.

Ginny lo vio, estaba segura. Observándola desde una de las escaleras, con su sonrisa arrebatadora y ataviado en un traje que le quitaría el aire a cualquier mujer. Sí, era guapo, lo había visto muchas veces y era incluso mucho mayor que ella, al menos unos veinte años, pero era guapo, apuesto y la tenía de alguna manera encantada y aterrada.

Cuando parpadeó ya no estaba. No se dio cuenta de cuánto rato estuvo con el ceño fruncido hasta que Harry le ofreció su brazo. El muchacho estaba tanto o más guapo que su alucinación. Malkin se había esmerado en su traje, la chaqueta se ceñía perfectamente a la silueta dejando a la vista la espalda ancha que había descubierto cuando estuvieron desnudos. Su estómago se calentó. Tenía los ojos brillantes pero también templados con una extraña bruma que llamó su atención. ¿Le preocupaba algo?, ¿habrá notado que Tom estaba cerca?

Intercambiaron preguntas bobas, su espina se congeló al ser llamada "Laidy" cuando ni siquiera se sentía como una. No quería serlo, eso ya estaba claro. Comprendió que Harry lo vio como un error y de alguna manera le enternecieron sus intentos de confortarla. En algún momento, antes de cruzar un amplio salón que daba a los palcos, él le comentó al oído que aunque se veía hermosa la prefería con el cabello suelto y con sus vestidos artesanales, la piel se le erizó y el corazón le saltó hasta las amígdalas. No tenía idea cuánto la había provocado con algo tan simple.

Enfocó su atención en lo que veía. Remus aguardaba detrás de una puerta.

—Hermione se ha ido a reunir con Ronald. Su palco es el del fondo —señaló con la mano hasta el final del pasillo—. Este es el nuestro—indicó abriendo la puerta.

Ginny se vio abrumada al descubrir un pequeño comedor exclusivo para observar la Ópera. El escalofrío en su estómago y su espalda regresó con mayor intensidad. Demasiada ostentosidad, demasiadas paredes.

Cruzaron una cortina de terciopelo roja y se sentaron en primera fila ante un balcón que estaba a la altura aproximada de un quinto piso. En el nivel del subsuelo, cientos de personas tomaban su lugar en amplias sillas forradas con tela roja. Todos absolutamente arreglados y bien vestidos.

Remus les entregó unos binoculares, sus manos sostuvieron el aparatito y lo miró fijamente.

—Ronald no sabe que estás acá, pero tú sí —dijo apuntando cinco palcos más alejados de ellos hacia la izquierda—. ¿Quieres conocer a tu hermano?

Sus manos temblaron. Miró a Harry, no sabía para qué, tal vez para preguntarle si era una buena idea. Pero su expresión era inescrutable.

Con lentitud se acomodó los binoculares y disimuladamente miró hacia escenario, como si quisiera probar los niveles del zoom, entonces con cautela giró la cabeza hacia la izquierda. Y lo vio.

De sus labios escapó un gemido seco, su mano izquierda se fue directamente hasta su pecho. Veía a Hermione muy acurrucada en los brazos de un hombre joven, de nariz y rostro alargado y mandíbula puntiaguda. El cabello era naranjo intenso, corto y lo llevaba peinado hacia atrás. Algo le comentó a Hermione que ella se reía. Movía sus brazos como si explicara algo con dimensiones, los tenía largos, sus manos eran amplias y sus dedos finos. Soltó los binoculares y la mano que apresaba su pecho se fue hacia los labios.

¿Ese era su hermano? Porque era encantador.

Cuando le hablaron que tenía un hermano Duque se imaginó a un hombre avejentado y amargado, pero había descubierto a un muchacho un poco mayor que ella de rostro apacible y expresiones dulces.

—¿Cuánto lo conoceré? —quiso saber, esta vez absolutamente convencida que era su hermana.

—Cuando venga el intermedio —dijo Remus, Harry y Sirius intercambiaron una mirada nerviosa.

—Yo te llevaré —dijo Harry. Remus lo miró, ella se giró sorprendida—. Nosotros te encontramos, quiero tener ese privilegio.

—Harry, recuerda lo que te dije, no creo que…—interrumpió Remus, pero él agitó la cabeza.

—Quiero hacerlo, quiero que el Duque me conozca —tomó la mano que Ginny tenía en la boca, le besó el dorso y se la apretó, ésta dejó súbitamente de respirar—. Sé que el Duque espera que si encuentra a su hermana ella una su vida a un noble, pero yo quiero demostrarle que soy tan bueno o mejor que cualquiera de estos estirados. Quiero que sepa que estamos juntos.

Lo dijo con tanta determinación y su mirada fue tan intensa que se vio incapaz de negar lo ciertas que eran aquellas palabras. Harry acababa de confirmar ante su padrino y el padrino del Duque que entre los dos sucedía algo y no sólo eso, sino que le había dado un nombre: estaban juntos.

La emoción que sintió en su pecho fue tan intensa que no le importó besar al muchacho frente a los otros dos hombres. Sirius se quejó con asco y Remus hizo en un gesto incómodo. Se sintió más viva que nunca cuando Harry le devolvió el beso. Nada espectacular y sin embargo había despertado todos sus sentidos. Tres días sin un mínimo acercamiento había avivado cada poro de su piel hasta hacerlo insoportable.

—Quiero que vengas conmigo —le dijo ella, no se imaginaba a nadie más a su lado en ese momento crucial de su vida. Después de todo había llegado hasta esa estancia gracias a él.

Justo frente a ellos y sin que lo notaran, el apuesto Riddle los observaba desde el palco justo un nivel por encima de ellos. Su ceño estaba fruncido y su corazón pinchaba. Disimuladamente sacó la esfera de uno de sus bolsillos y la observó con un leve dejo de terror. Cada vez quedaba menos poción. Su oportunidad de arrebatarle a la gitana al muchacho era esa. Pero debía ser paciente. La mujer sería suya, los estafadores meterían solos la pata, sería un espectáculo digno de ver.

A su lado, los dos mafiosos observaban a su alrededor como extranjeros perdidos. Suspiró y se cubrió los ojos, ¿por qué justamente él tenía que trabajar con esos perdedores? Con todo su poder podría haber conseguido a un ejército, pero no, se quedó con tonto y re tonto.

—¿Quieren dejar de comportarse como idiotas? Me están avergonzando.

—Lo lamento jefe, es que este lugar…

Suspiró rodando los ojos.

—Justo a mí… ¿por qué tenía que quedarme con ustedes? —se lamentó sin quitar los ojos el frente.

—Sabe que no tiene a quien acudir, maestro —le dijo el chiquillo tan pálido como el padre. La última semana le había dado por llamarlo así. Debía admitir que aquel título le causaba cierta calma y poder por sobre los otros dos, pero también sabía que el idiota del muchacho lo hacía para ganarse su confianza y bajarle el aura negra que se expandía cada vez que estaba cerca de la gitana.

—Deja de lamerme la entrepierna Malfoy —espetó.

—Lo siento —dijo el padre, Tom miró al techo.

—¡No tú, idiota! ¡Tu hijo!

—Lo siento jefe —volvió a decir. En un arrebato de rabia Tom lanzó un puñetazo limpio y rápido al estómago del padre que nadie notó. Malfoy se retorcía en el suelo.

—idiotas… trabajo con idiotas.

No se percató de lo que sucedió después. Algunos movimientos lentos le indicaron que el hijo estaba ayudando al padre a ponerse de pie, sin embargo el mantenía sus ojos fijos en la muchacha de cabello rojo cuyo centro de atención se dividía entre el estafador y el Duque.

—Una hora… falta una hora y todo habrá acabado preciosa…

Para Ron la Ópera era el evento más aburrido del mundo, y peor era hacerlo por trabajo. Un par de palcos bajo él, el ministro francés y algunos invitados especiales esperaban encontrarse con él cuando la función terminara. Quería acabar con esa pesadilla y huir de ahí. Por suerte Hermione le dio una sorpresa al aparecerse en su palco. Jamás creyó sentirse tan bendecido como en aquel momento. No la veía hace una semana y ya estaba muriendo por volver a estar con ella, lo único bueno de su vida. Se sentaron, se llenaron de arrumacos, besos y palabras tiernas, tenía suerte que estuviera ahí ¡había sido una maravillosa sorpresa!. Ella lo ayudaría a soportar en algo la tortura del evento.
Cuando comenzó la función, tuvieron la suerte que la música misma no fuera tan aburrida. La orquesta presentó una introducción que mezclaba tonos de música rock con el sonido indiscutible de la vocalista principal. Al menos se mantendría entretenido la primera hora antes de poder marcharse a comer algo con su mujer. ¡Tenía tantas cosas que hablar con ella! ¡Y qué mejor que hacerlo en París!

Casi al final del primer acto Ron se vio tentado a mirar a su mujer que lució nerviosa a lo largo de toda la presentación. Miraba a cada rato hacia los palcos a su derecha como si buscara a alguien. Sin embargo sus manos se mantenían quietas, aunque sudorosas.

—¿Estás bien? —le preguntó al cabo de una hora cuando la última nota dio cierre al telón y a los aplausos de pie. Hermione se giró bruscamente hacia él aplaudiendo, su labio inferior temblaba.

—Sí, sí…. —miró nuevamente hacia la derecha.

—¿A quién miras tanto? —dijo celoso, inclinó su cabeza pero solo vio a Remus sentado en uno de los palcos un poco más allá acompañado de otro sujeto.

—¿Has venidos con Remus y no me dijiste? —exclamo—, ¿a quién está con él?, ¿y por qué no compartió el palco con nosotros?

—Quería que estuviéramos solos—dijo con rapidez— y en cuanto a lo demás no lo sé, debe ser un conocido, pregúntale a él —miró hacia las cortinas a su espalda.

—¿Qué te ocurre? Haz estado nerviosa toda la función—palideció—. ¿Acaso quieres marcharte?

Ella giró la cabeza con violencia.

—¿Qué? —espetó— ¿De qué hablas?

—Sé que me he comportado como un patán contigo, pero no tienes que fingir que quieres estar conmigo si tanto te incomoda.

—¿De qué mierda hablas Ronald Weasley? —estalló ella media enojada media divertida. Suspiró y lo tomó por la solapa de su camisa y lo besó—. Aclaremos algo, estoy bien, no tengo nada contra ti, te he echado mucho de menos, te amo y…

—¿Y qué?

—Tengo un buen presentimiento…—murmuró bajito.

—Tus presentimientos suelen asustarme, ¿qué sucede Hermione?

—No lo sé —dijo, pero Ron sabía que Hermione era una pésima mentirosa.

—Me estás mintiendo —dijo volviendo a inclinar su cabeza hacia afuera —¿tiene algo que ver con el tipo que anda con Remus, no?

—¿Qué? No, ¿de qué hablas? Ni siquiera lo conozco.

Antes que perdiera la paciencia la puerta tras la cortina sonó, Hermione se puso de pie como impulsada por un resorte y casi tropieza con su silla.

—Yo voy —dijo con rapidez, Ron frunció el ceño, algo no andaba bien.

—Es ahora o nunca, esperen a los estafadores en el pasillo —indicó Riddle—. Weasley no tardará en despacharlos.

—¿Y qué sucederá con la muchacha, señor?

—Yo me haré cargo.

Y desapareció detrás de la cortina.

Harry avanzaba junto con Ginny a través del pasillo. Sus piernas estaban tiesas y su corazón latía con violencia excesiva. La gitana no parecía ir mejor. Toda ella temblaba como una hoja, jamás creyó conocer una faceta de la mujer que no fuera desafiante o violenta. Ahora parecía un cachorro asustado.

—Escucha —se detuvo y la tomó por los codos, ella lo miró fijamente a los ojos. Con los tacones alcanzaba su misma estatura—. Vamos a hacer las cosas con calma. Hermione esperará que aparezcas por la cortina, pero lo voy a hacer yo. Te voy a anunciar. Luego entras y conversas con él.

Ella suspiró.

—Está bien…—no sonó muy convencida.

—Respira —pidió deslizándole las manos por los brazos, la chica liberó una gran cantidad de aire.

—Tengo miedo…

—Yo también —admitió—. Pero estoy contigo en esto, ¿sí?

Ella asintió y lo besó con suavidad, apenas un roce.

—Gracias por hacer todo esto.

—No te escucho muy convencida —intentó bromear, ella bajó la mirada.

—No lo estoy —confesó, haciendo que Harry se sintiera la peor basura del mundo. No sólo la habían engañado, (aunque tuvieron la suerte de descubrir que era la heredera legitima), sino que la estaba metiendo en un mundo al cual no pertenecía, y no sabía cómo sacarla de ahí—-. ¿Estarás conmigo hasta el final, cierto?

—Hasta que tú me quieras a tu lado, sí —volvió a bromear, pero muy dentro de él sentía que algo no iba a salir bien con esa promesa.

—Andando entonces —dijo ella con súbita decisión.

Ambos se detuvieron en la entrada del palco al final del pasillo. Harry le hizo señas para que no hiciera ruido. Albergando toda esperanza golpeó la puerta, al otro lado se escucharon unos golpes torpes.

El rostro de Hermione asomó por el resquicio, lo miró sorprendida y luego dijo:

—¿Sí? —lo escrutó con el ceño fruncido. Sabía lo que Hermione creía de él, pero no iba a dejar a Ginny sola, no esta vez— ¿desea algo?

—Buenas noches mi Laidy, he venido a ver al Duque Weasley, espero que disponga un minuto de su tiempo para atenderme, es de suma urgencia y no sé si podré hablar con él en otra oportunidad.

Hermione frunció el ceño aún más.

—Lo lamento, el Duque está ocupado, ¿qué necesita? —fingió, como si se hubiese aprendido un guión. Harry escuchó que suspiraba resignada al verlo ahí por la gitana. Finalmente sonrió alzando los hombros—, ¿le quiere dejar un mensaje?

—En realidad es más que un mensaje —dijo—, dígale que he encontrado a su hermana.

Un violento ruido sonó desde el interior del palco y la puerta se abrió. Hermione se hizo a un lado sorprendida de verdad, Harry miró hacia arriba. El Duque era un palmo más alto que él y lucía bastante joven, aunque sus ojos estaban peligrosamente brillantes.

—¿Cómo se atreve? ¿Quién se cree que es usted para venir a molestarme con un tema tan delicado en un lugar público, señor…?

—Potter, Harry Potter —dijo Harry con rapidez—. Lamento molestarlo señor, pero traigo conmigo a la hered…

—¡Potter! —exclamó, y repentinamente a Harry se le congeló la sangre. ¿En qué momento se le ocurrió decir su nombre? El Duque lo escudriñó de pies a cabeza— ¡Sé quién eres!

Harry tragó saliva en seco y Hermione lo miró preocupada. Ginny estaba a pocos pasos de él pero el Duque parecía no querer mirar más allá de su propio rostro.

—No entiendo —balbuceó. El Duque achicó los ojos.

—Claro que lo entiendes —dijo enojado, su voz era juvenil pero tenía el tono de alguien con más edad. Harry sintió que cada célula de su cuerpo se congelaba. El Duque miró sobre su hombro, Harry supo que había encontrado a Ginny, no quiso voltear a ver—. Lamento si te hicieron venir engañada querida, pero es la última vez que alguien juega con mis emociones, ¡y tú, estafador! ¡Iras a la cárcel por todos tus crímenes!

—¿De qué hablas Ron? —exclamó Hermione tomándolo del brazo, pero éste se soltó con violencia.

—¿Lo sabías?, ¿conoces a este imbécil?, ¿por eso estabas tan nerviosa?, ¿por eso viniste a verme?

—Harry, ¿qué es lo que quiere decir? —preguntó Ginny, Harry la miró a ella y luego a Hermione que estaba absolutamente pasmada, por el pasillo Remus y Sirius corrían hacia ellos antes que la gente comenzara a salir de sus palcos para beber algo o ir al baño.

—¿Qué está ocurriendo Ronald?, ¿qué son esos gritos? —exigió saber Remus pero el Duque estaba con los ojos fijos y puestos en Hermione.

—¡Habla Hermione!, ¿lo conoces?

—Sí, lo conozco —dijo, Ronald crispó los nudillos pero ella se adelantó con la barbilla en alto—. No entiendo qué sucede, ¿quieres calmarte y dejar de actuar como un troglodita?, ¿por qué te comportas así?

—Sucede, querida esposa —dijo con ironía—, que medio París anda tras la pista de dos estafadores que han robado a todos nuestros conocidos, incluso se han aprovechado de muchachas inocentes, ¿o no recuerdas a Gabrielle Delacour, Potter?

A Harry se le secó la boca. ¿Qué estaba ocurriendo?, ¿cómo fue que cambiaron las cosas tan rápido?, peor, ¿cómo fue tan imbécil de decir su nombre a un personaje influyente que podría saber sobre sus crímenes?

—See... —se aclaró la garganta— señor, le juro que no sé de qué habla.

—Esto es una equivocación Mi Lord —dijo Sirius acercándose al Duque con paso largo—, nos está confundiendo con…

—Y tú debes ser su cómplice —lo apuntó Ronald, Sirius levantó las manos—. ¡Hermione! Llama a la policía.

—¿Qué está ocurriendo? —murmuró Hermione a Harry que estaba más cerca, él movió la cabeza con rapidez.

—¡Está bien! ¡Es cierto! Pero les juro que Ginny es la heredera legitima, sólo escúchala —le exclamó al Duque con total confianza. Ronald infló el pecho.

—¡Ya basta! ¡Me tienen harto las imitadoras de quinta! —miró a Ginny de pies a cabeza con asco—. Lamento si te hicieron creer que eras mi hermana, estos estafadores son expertos en engañar a jovencitas idiotas. Seguramente lo hiciste para conseguir la recompensa, ¿no, Potter? ¡Y de paso pagarle a la puta que te acompaña!

Ginny soltó un gemido y Harry se puso rojo.

—¿Cómo te atreves a llamarla así? ¡Es tu hermana!

—Esto no puede ser...no puede estar pasando—murmuró Hermione apoyándose en la pared, la gente comenzó a salir de sus palcos.

—¿Sirius? —llamó Remus tomándolo por el codo—, dime que esto es un error…—el padrino de Harry no contestó, parecía tan choqueado como su ahijado—, ¡no!—murmuró soltándolo con violencia—. ¡Eras mi amigo canuto! ¡Con James te salvamos la vida!

—¡Juro que es ella! ¡Lo juro por la vida de mis padres! —exclamó Harry mirando a Hermione, pero ésta estaba en shock. Remus se adelantó y lo empujó por el pecho.

—¡No uses el nombre de James y Lily para limpiar tu sucia reputación! ¿Cómo pudieron hacernos esto?

—¿Entonces es verdad…?—gimió de Ginny, Harry se giró a verla, sus mejillas estaban surcadas en lágrimas negras—, ¿me usaste todo el tempo?

—Es a lo que se dedican —se burló Ronald—, son estafadores profesionales. Sólo que esta vez la víctima iba un paso por delante y sabía de ellos, ¡guardias! —gritó—. Estafaron a la persona incorrecta.

Harry pasó de Ginny a Ronald, y de Remus a Hermione.

—¡No, por favor, te juro que es ella, te juro…! —por el pasillo venían dos tipos vestidos de traje con armas enfundadas a cada costado, Harry los reconoció enseguida—. ¿Qué? ¡NO! ¡No, Ronald, por favor, escucha, ellos nos…!

—¿Señor? —preguntó el más alto, un muchacho joven como Harry y de cabello pálido.

—Estos son los estafadores que anda buscando la policía —anunció—, llévenselos y entréguenlos.

—Como diga.

Sirius y Harry se miraron pero no alcanzaron a arrancar cuando ambos Malfoy los agarraron por los brazos con fuerza.

—¿Listos para saldar la deuda?—susurró Draco en el oído de Harry, éste comenzó a sacudirse al ser tomado por la espalda. ¿Desde cuándo tenía tanta fuerza?

—¡NO! ¡Ellos no son guardias! ¡Nos van a matar! ¡Están cometiendo un error! ¡Ella es la heredera! ¡Ginny!—Harry lanzó patadas al aire mirando a la gitana que aún permanecía en pie con el rostro manchado— ¡Eres la heredera Ginny! ¡Lo juro! ¡Suéltame imbécil!

Pero ella tenía los puños fuertemente apretados a cada costado.

—Te odio…—espetó con los dientes apretados— ¡Espero que te pudras en la cárcel! ¡Maldigo el día que te conocí hijo de puta!

—No... ¡GINNY!

Lo último que vio fue a la muchacha salir corriendo por una escalera de emergencia. Remus abrazaba a Hermione mientras Ron desaparecía dentro del palco. Ambos permanecían con los ojos fijos sobre la pared frente a ellos, no miraron atrás. Ni siquiera se enteraron cuando a Harry le pincharon el cuello y todo se volvió oscuridad.

El rostro de la gitana llorando amargamente era lo único que habitaba su mente.


Notas

¡Perdón, perdón, perdón!

De verdad lamento este retraso. He estado trabajando en el libro y no había tenido tiempo de escribir. (Además de aquellos momentos en que la musa simplemente no quiere ponerse a trabajar).
En fin, espero que les haya gustado este capítulo. Es el más largo hasta ahora y cierra varios puntos. Desde ya quedan solo tres capítulos y la historia termina. Los siguientes serán mucho más cortos, espero que no superen las diez páginas.
Existe una alta probabilidad que a final de año comience con la publicidad y el teaser el del libro que estoy escribiendo, así que El Último Vals en Paris tengo que acabarlo lo antes posible para dedicarle todo el tiempo a mi propia historia.

Gracias por sus comentarios, mails y twitters.

Cualquier duda la resuelvo a través de mi cuenta (arroba)kathleencobac

¡Cariños a todos y gracias por leer!

Kate.-